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Resumen

La Cuesta de Moyano

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            Estuve en Madrid un par de días. Hacía mucho tiempo que no iba, que sólo pasaba por allí. Me hubiera gustado disfrutar de tantos encantos como ofrece la ciudad (musicales, cines y teatros, museos, recitales, presentaciones…); pasear por sus plazas y callejuelas llenas de color y de sabor, antes que por los paseos o calles comerciales de gran ciudad; volver a perderme en parques o rincones por los que anduve en la niñez; entrar en las tascas donde aún se sirve el vino en frasco, en librerías y otras tiendas de viejo donde aún se pueden encontrar tesoros… Pero el tiempo apenas me dio para volver a ver a Tina y para visitar, por primera vez en Madrid, a Noelia (que vive allí desde hace cinco meses); comía con ella y dormía las siestas en su casa, antes de ir juntos a buscar a Tina y a Jose, su compañero; viven en todo el centro, junto a la Plaza de España, muy cerca del Palacio Real, de la Gran Vía. Tienen un apartamento pequeño, pero con una buena terraza desde la que se ven los tejados y las azoteas de otros edificios del barrio; es una imagen que siempre me ha gustado contemplar; cultivan allí muchas plantas, incluso hortalizas y algunos arbolitos (reconocí una higuera), que hacen sentirse fuera de la ciudad; me contaron que habían llegado a tener un gallo que los despertaba al amanecer… Celebraban el cumpleaños del niño y nos reunieron a muchos amigos (después de mucho tiempo volví a encontrar a Angelines, a Cristina, a Placido… también los padres de Tina, a los que no veía desde que ella y yo estábamos en Salamanca); con ellos recordé que fuimos junto a una romería en el pueblo de la madre, Argusino, que ahora permanece bajo las aguas de un pantano.

            Una mañana, Noelia y yo estuvimos husmeando en la “Casa del Libro” y luego me llevó a caminar por lugares que le gustan: la zona de Fuencarral y la de Olavide; en Madrid era festivo y la mayoría de los comercios estaban cerrados, pero me enseñó algunos escaparates, nos tomamos una cerveza sentados al sol en una terraza… Yo recordaba que cuando se fue a vivir a Valencia le descubrí algunos rincones con encanto; pero en Madrid era ella mi lazarillo, a mí sólo se me ocurrieron tres sitios que recomendarle: El restaurante “Casa Perico”, el literario “Café Gijón” y la Cuesta de Moyano, donde (entre otras publicaciones), uno puede encontrar, completamente nuevos y a buen precio, los libros que autores y pequeños editores mandan a las páginas culturales de los periódicos, con la esperanza de que les hagan una reseña.

            Cuento todo esto porque el último día, cuando abandoné mi hospedaje, decidí visitar estos lugares… Bueno, el restaurante, no, pues no hubiera podido pagar su menú; de hecho me había alojado en uno de esos modesto hostales que abundan en las calles adyacentes a la Gran Vía (desde el balcón de mi habitación, en un sexto piso, podía contemplar la fachada de un céntrico hotel en el que me había hospedado en tiempos económicamente mejores; pero no sentí ningún tipo de nostalgia). Desde allí pude caminar hasta el cruce de la Calle de Alcalá con el Paseo de Recoletos y, una vez en la encrucijada, recordando las recomendaciones que le había hecho a Noelia, decidí seguir andando hasta el Retiro y buscar la Cuesta de Moyano. No debería de haberlo hecho, puesto que no quería gastar más dinero en libros, pero me engañé a mí mismo diciéndome que sólo iba a mirar… Y miré. Y compré (aunque no tanto). Y, sobre todo, disfruté, porque como era día de diario había poca gente, porque la Cuesta ahora es un tranquilo paseo peatonal (la última vez que había estado todavía circulaban los coches junto a sus aceras), porque no tenía ninguna prisa y porque hacía una mañana muy soleada, pero no tan calurosa (había llovido torrencialmente la noche anterior y, desde los cercanos parques y jardines, llegaba un fresco olor a otoño). Encontré libros de mis amigos Rodrigo Rubio (de quien estoy queriendo escribiros desde que murió el año pasado), y Rosa Romá, su esposa… Así que pensé: “éste es, qué duda cabe, uno de esos lugares de interés que tienen que aparecer en mi blog, junto a cafés, bibliotecas y otras librerías”.

            Aún me quedaron ganas de caminar por el Paseo del Prado hasta el de Recoletos y tratar de pasar al Café Gijón, para tomarme una cerveza junto a alguna de sus ventanas; pero era ya la hora de la comida y las mesas estaban vestidas con blancos e intimidantes manteles. No sólo no me atreví a entrar, sino qué me pregunté por qué le habría hablado a Noelia de este lugar en el que nunca he llegado a sentirme cómodo; será por el halo literario que dicen que tuvo… porque notarlo, como digo, nunca se lo he notado. Me volví, pues, desde la puerta y, atravesando el barrio de Chueca, me fui a buscar el coche por bulliciosas calles llenas de vida y color.

            -- ¡Vida y color! Como la película.

            -- No, “Vida y color”, como los cromos… Que ya te contaré esa historia.

15/09/2008 00:28 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.

Budapest

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He vuelto a Budapest, después de más de siete años de ausencia… No voy a decir que he encontrado otra ciudad; era la misma, por supuesto, pero renovada, más elegante y moderna, mucho más vital… Se me ocurre compararla con un ser humano porque alguna vez, en algún lugar, leí que cada siete años se ha regenerado todo nuestro cuerpo y, aún siendo los mismos, no conservamos ni una sola de las células en las que antes consistíamos. No sé si esto será verdad, aunque yo me inclino a creer que sí, me gusta pensar que sí: el espejo, al levantarnos siete años después, nos devuelve la imagen del mismo rostro adormilado, un poco más viejo y arrugado, con menos pelo y más manchas en la piel; pero no dejamos de ser nosotros y, sin embargo, ninguna de las células que nos conforman estuvo antes allí… La diferencia es que algunas ciudades, como Budapest, se renuevan constantemente, sin dejar de ser ellas mismas, y rejuvenecen en vez de envejecer.

            Es posible que Buda siga siendo la de siempre. Quizás en eso consistan su esencia y su encanto: en permanecer a lo largo de los años y los siglos; en retener el aire de otra época para que los hombres de hoy, paseando por sus calles, podamos sentirnos transportados al pasado. Esta foto es del viaje anterior; si la hubiera tomado en éste, todo sería idéntico, salvo mi imagen... Permanecen también los puentes que tanto le gustan a Beatriz y que, salvando el Danubio, unen Buda con Pest… Permanece el majestuoso e impresionante Parlamento, reflejado en las aguas del río… Sin embargo cada vez que lo veíamos, yo le preguntaba a Ágnes si era el mismo Duna; “claro que sí”, me respondió en la primera ocasión; “pero no es la misma agua”, le señalé, recordando a Heráclito… A partir de entonces siempre me respondía que era el mismo río aunque no fuera la misma agua. (Ágnes no se cansa de que yo repita siempre los mismos chistes o los mismos dichos, porque sabe que es mi forma de practicar las palabras húngaras que voy aprendiendo).

            Permanecen también las pastelerías con encanto; unas más escondidas, como si fueran pequeñas “chardas” o tabernas en las que refugiarse un día de lluvia, para reconfortarse con un capuchino y un “Somlói galuska” bien cargado de ron; otras suntuosas, como acogedores salones de lujosas mansiones, con suelos enmoquetados, paredes forradas de madera, majestuosas arañas colgando del techo y relucientes vitrinas en las que se exponen los dulces más deliciosos: mazapanes, pasteles, sopas de frutas, crepes, albóndigas de requesón, tortitas y todo tipo de tartas (Dobo, Eszterházy, Rétes…), para que uno escoja cual de ellos quiere saborear, sentado en una butaca tapizada y ante un velador de mármol, como si estuviera en el palacio de la mismísima Sissi… Permanecen las flores en los parques y en las macetas de los balcones; muchas flores, aunque ya sea otoño, e interminables praderas de mullido césped en la ciudad; especialmente en ese jardín inmenso y sosegado que es la Isla Margarita, en medio de las aguas del Danubio… Permanecen sus baños termales, de aire decadente pero llenos de vida…Y permanecen los mendigos que leen; algo que no he visto en ningún otro lugar del mundo: un anciano de barba abundante y greñas enmarañadas; una mujer harapienta, con la cabeza tocada; un joven con “rastas” apelmazadas colgándole sobre los hombros y un par de perros sumisos a su lado; y cualquiera de ellos, leyendo un libro, mientras espera que alguna moneda caiga en el platillo o el sombrero que ha tendido ante sí… Y que no vaya a pensarse nadie que Budapest es una ciudad con mendigos; se ven pocos, pero algunos de ellos están leyendo, algo realmente conmovedor.

            Y mientras todo esto permanece, los bulevares y las avenidas recobran el esplendor que debieron lucir en siglos pasados y que había palidecido durante los años grises y tristes de la dictadura; las fachadas recuperan sus colores a la par que las gentes vuelven a subir las escaleras del metro con una sonrisa en los labios; la aceras de la plaza de Liszt Ferenc se llena de terrazas iluminadas por cientos de velitas y la calle Nagymezö de teatros, como el Broadway neoyorquino o la Gran Vía madrileña… Los majestuosos y colosales monumentos de la época comunista se han ido al “Parque de las Estatuas”, en las afueras de la ciudad (se puede visitar comprando una entrada. “¿Quién os habría dicho a los húngaros –le pregunto a mis amigos–, que algún día pagaríais por ver estas esculturas a las que les tirabais huevos y botes de pintura?”). Su lugar ha sido ocupado por figuras casi humanas, bellamente esculpidas en bronce o forjadas en hierro, que en vez de intimidarnos desde un pedestal, toman el sol sentadas en el banco de un parque, atraviesan sobre un puente un estanque lleno de nenúfares, descansan con los pies descalzos, caminan vencidas por el peso de una maleta en la que parecen cargar todas las fatigas de la vida o, como la “Pequeña Princesa”, cual adolescente traviesa, desenfadadamente encaramada a una barandilla, miran con una pícara  sonrisa a los transeúntes que pasean por la ribera del río (no hay turista que se resista a la tentación de hacerse una foto a su lado).

            Podía seguir hablando de la Budapest que conocí hace más de veinte años, de la ciudad que dejé tras mi última visita, hace siete; de la que he encontrado ahora. Podría hablar de rincones, de olores, de detalles, de sensaciones, de las comidas húngaras con las que me deleito (sopas y ensaladas aderezadas con crema agria o una pizca de páprika muy picante, verduras y carnes rebozadas, pasta con requesón y tocino frito, pescados de río o, mi preferida, “galuska”: pasta fresca con cualquier tipo de guarnición… por citar sólo algunas que no son tan conocidas como el “gulash”); y, por supuesto, podría loar todo lo que destacan las guías de turismo y que todavía no he mencionado: la zona peatonal de la calle Váci, el Bastión de los Pescadores, la Basílica de San Esteban, la iglesia del Rey Matías, la gran Sinagoga (el templo judío más grande de toda Europa), el Palacio Real, la Ópera, el Mercado Central, el espectacular Teatro Nacional de Hungría (denostado por muchos y que a mí me encantó)… Pero hay algo mucho mejor, algo más importante que todo cuanto he citado hasta ahora: mi familia húngara: Ágnes, sus hijas (Klára y Kati) y sus nietos (Frichi, Nándi, Marci, Julcsi y Gerus); también toda la gente que he conocido a través de ella: su marido (Gyuri), compañeros de trabajo, amigos, familiares… Abrazarlos, hablar con ellos, sentarnos juntos ante la misma mesa, ir al mercado a comprar la comida de cada día, viajar en un tren de cercanías, preguntarles “cómo se dice en húngaro”… Compartir, en suma, su vida cotidiana o hacer todos juntos algo tan extraordinario (o tan poco extraordinario), como una pequeña excursión, es lo que me hace realmente feliz y por lo que siento este cariño tan especial por Hungría y por Budapest.

25/09/2008 18:37 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 4 comentarios.


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