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Ramón de Aguilar

Levantada ya la niebla

Levantada ya la niebla

            Llegó al pueblo al oscurecer, a la hora en que se recogían los niños cuando él lo era y tenían que guiarse por el sol: los hombres del campo para ponerse a trabajar y para quitarse; los más pequeños, que habían salido con la merienda a la calle, para recogerse a hacer los deberes. Como si el tiempo no hubiera pasado, buscó el hotel que recordaba en la calle Mayor, la que entonces se llamaba de los Caídos. Tres escalones llevaban de la acera a la puerta principal, la que daba paso al zaguán con zócalos de mármol... pero el portón no cedió a su empuje y no había ni timbre ni picaporte a los que llamar, ni ventana a la que asomarse, ni cartel que anunciara que allí seguía estando el hotel de toda la vida. Lo habían cerrado. “Hace ya cinco o seis años” le explicaron gentes que no podía recordar, pero que quizás hubiera conocido en la niñez, y que le aconsejaron regresar a la carretera para hospedarse en el nuevo hostal, recién construido, frío en sus formas y en el trato de la recepcionista, la misma persona que atendía la barra del bar, que le serviría la cena poco después, que lo acompañaría hasta una aséptica habitación del último piso, sin otro encanto que la vista de la ventana: los tejados de las últimas “Casitas de Papel”, el barrio de su infancia, al pie del cerro donde volvían a girar las aspas de los molinos, coronados con un cielo cada vez más oscuro, cada minuto más negro, pero malva y dorado todavía en el lejano horizonte. Era otoño y el día agonizaba ante sus ojos. Desde la plazoleta cercana, la misma en la que años antes él jugara, le llegaron otras voces infantiles y, por un instante, tuvo la sensación de estar allí abajo, todavía con el babero de rayas azules y blancas, con la cartera de plástico bajo el brazo o la merienda entre las manos, mientras el humo de las chimeneas se aviva a medida que los hombres regresaban del campo y removían la lumbre para quitarse de encima el frío que les atería, las mujeres empezaban a preparar la cena y la lejana campana de la ermita tañía como en ese momento, tantos años después, volvió a repicar para sacarlo de su ensimismamiento y devolverlo a las prohibiciones de aparcamiento que habían brotado al pie de la acera, a los tubos de neón que anunciaban una cercana discoteca, al ámbar parpadeante que frenaba a los coches que llegaban al pueblo, a las antenas parabólicas que coronaban los tejados y, aunque no habría de saberlo hasta el día siguiente, cuando lo viera camuflado detrás del altar mayor de la iglesia, el equipo estereofónico que había sustituido al coro de que formara parte siendo niño.

            Después de cenar, guiado por la nostalgia, deambuló por todos aquellos lugares tantas veces recordados: la casa de su infancia, la iglesia, el cine, la escuela...la vieja escuela en la que, siendo niño, aprendió algo más que a leer o a escribir, a multiplicar o conjugar los verbos; y que ahora, bañada por la amarillenta luz de las últimas farolas, se mostraba abandonada y ruinosa a sus ojos. Se asomó a la ventana sin cristales de la que en otro tiempo fuera su aula: Estaba vacía; en las desconchadas paredes aún se adivinaba el antiguo zócalo azul que, por su color, le hacía soñar que un mar que entonces aún no conocía, que nunca había visto fuera de la pantalla del cine; un rayo de luz, como escapado del resplandor que a duras penas iluminaba la calle, se estrellaba contra la cuarteada pizarra negra que, así, parecía bañada por la luna; trató de verse a sí mismo resolviendo una división con la tiza en la mano mientras sus compañeros, temerosos de ser sacados a la tarima, permanecían en silencio, sentados ante los pupitres de madera, con el tintero lleno y un lápiz mordido entre los dedos… Allí había recibido, en forma de cuento, la lección que más lo había marcado en la vida.

            Era el maestro un hombre serio, poco risueño, al que una pertinaz tristeza hacía aparentar más años de los que en realidad tendría. Muchas veces, mientras alguno de los alumnos leía en voz alta la lección, y todos los demás permanecían callados, él perdía la mirada por aquella misma ventana, ahora sin cristales, y se ausentaba de la clase sin salir del aula, como si se hubiera marchado a otro lugar y, pese a la presencia de su cuerpo, ya no estuviera entre ellos… Ni siquiera los más alborotadores, los que se sentaban en la última fila de bancos, se atrevían entonces a decir una sola palabra; todos esperaban a que volviera lentamente la cabeza y, como si despertara de un sueño, indicase con voz muy pausada que podíamos salir al recreo… Una vez, sin embargo, una tarde de invierno en el que los tejados de las casas, las calles del pueblo y todo el campo que se alcanzaba a ver desde detrás de la escuela hasta el cerro de los molinos en ruinas y hasta el horizonte que no ponía fin a la llanura manchega, habían amanecido cubiertos de nieve, cuando el maestro volvió de su ausencia pidió a los niños que se acercan a la estufa con sus sillas e hicieran corro. Les iba a contar un cuento. Ninguno de ellos, por muy mayor que se sintiese, se atrevió a reír y él, mirándolos fijamente, les narró la historia del tío Cosme: un hombre que vivía en su molino, cuando los molinos aún molían, y al que todos tenían por loco porque decía que amaba a la gente, “tanto a los buenos como a los malos –precisaba–, a los niños y a los adultos, a los hombres y a las mujeres, a los pobres y a los ricos”… y así hasta que se cansaba de enumerar. Lo tenían por loco, pero no se reían de él y hasta su molino acudían los enfermos, cuando el médico no conseguía curarlos; los campesinos que necesitaban consejo, cuando la cosecha se torcía; las mujeres que habían olvidado las proporciones justas de las recetas de antaño, ya fuera la de un guiso de gallina, la del jabón de tocador, la de una cataplasma para los salpullidos de la piel o la de un elixir de amor; los niños que discutían por las reglas de los juegos que habían aprendido de sus padres… y hasta los perros abandonados, que a su lado encontraban un pedazo de pan y una caricia sobre el lomo apaleado.

            “Pero ellos, aunque les costase reconocerlo, también lo querían –continuaba contando el maestro, tras hacer una inflexión en la voz, que indicaba que se acercaba el desenlace–. Y, cuando llegaba el invierno y amanecía un día nevado como el de hoy, y las sendas se hacían intransitables, todos se inquietaban pensando cómo estaría el tío Cosme, qué necesitaría, aislado su molino… Así que, tan pronto como podían abrirse paso por entre la nieve, subían a verlo, cargados de leña, de la miel cortada de sus panales, quesos y requesones de sus cabras, mermeladas de ciruelas y de tomate… o todo aquello de lo que cada uno se pudiera desprender”.

            El maestro omitió la moraleja. Pero él, en medio de la noche, en mitad de un silencio que apenas era mordido por los lejanos ladridos de un perro, seguía recordando cada uno de los detalles de aquel relato, las inflexiones en el timbre de voz del narrador, los pensamientos que podían leerse en los ojos de cada uno de sus compañeros de escuela: desde el que quería ser como el tío Cosme, al que querría llevarle su única bufanda un día de nieve o el que, como él, anhelaría ser maestro algún día, para contar esa historia a los niños de otros lugares.

            No lo había sido pero, después de tantos años, la nostalgia de aquellos sentimientos que anidaron en su corazón habían guiado sus pasos, regresándolo al pueblo que abandonara en plena niñez.

            De vuelta al hostal trató de averiguar si aún vivía el maestro.

– Sí –le contestaron–, todavía vive; pero hace muchos años que perdió la cabeza… Se fue a vivir a uno de los molinos del cerro, que ahora están restaurados; dice que se llama Cosme y que fue molinero.

            Lo despertaron los gallos con su canto. Abrir los ojos fue como cerrarlos para sumergirse en un lejano sueño en el que, a través de la ventana del hostal, podía disfrutar de los primeros rayos de sol, abriéndose paso por entre la niebla otoñal, y el lento desperezarse de un pueblo que se ponía en movimiento: tractores que salían al campo; mujeres que dejaban la cama, todavía caliente, para ir a buscar la leche y el pan; niños que se apuraban para ir a la escuela, y un herrero lejano que comenzaba a golpear candentes hierros sobre el yunque.

            Pagó la habitación y guardó el equipaje en el maletero. Compró queso y vino de la tierra en un supermercado que en nada se parecía a las tiendas de su niñez, ni siquiera en el aroma inconfundible que componían la mezcla de olores, entonces destapados y ahora envasados al vacío: el de las legumbres, el bacalao, las galletas de coco, el tonel de las aceitunas, la cuba de las sardinas, la lata de la mortadela, la del bonito en aceite o escabeche y hasta el del mismo papel de estraza que serviría para envolver las pequeñas cantidades compradas de fiado. Luego recogió un folleto en el Ayuntamiento, en el que se le recordaba la historia del pueblo y se le recomendaban algunas rutas a pie. Visitó la iglesia. Hizo fotos y, por último, levantada ya la niebla, encaminó sus pasos hacia las última calle de las “Casitas de Papel”, desde la que salía la senda, ahora convertida en camino, que llevaba a los molinos; ya antes de llegar a la cima, pudo vislumbrar al viejo maestro, sentado en la puerta de su nueva morada, rodeado de perros y con la vista clavada en el punto por la que él aparecía. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al reconocer el molino en el que siempre había imaginado al tío Cosme, cuando recordaba su historia; y en tal se había convertido el maestro, con la cara arrugada, el pelo y la barba canos.

            Quiso que su antiguo maestro, por una vez, se sintiera identificado con el nombre por el que lo buscaban:

– Tío Cosme –lo llamó.

            El anciano se volvió hacia él.

– ¿Me conoces?

– Claro que lo conozco. Usted me enseñó a leer.

– ¿Seguro? Yo siempre fui molinero.

– Sí, siempre fue molinero, pero también me enseñó a leer y algo más importante.

El viejo le miró a los ojos, como si tratara de reconocerlo, como si quisiera rescatar su recuerdo de entre los de tantos niños como lo habrían tenido por maestro; pero no dijo nada. El hombre continuó:

– Usted me enseñó también a pensar… y, lo que es más importante, a amar a todos, ya fueran buenos o malos, niños o adultos, hombres o mujeres, pobres o ricos.

            El maestro, que había elegido imaginarse molinero, colocó su mano descarnada y temblorosa sobre la suya.

– Hijo mío –le dijo–, entonces te enseñé cuanto sabía.

            Y los dos quedaron en silencio, cogidos de la mano, al pie del molino y con la vista perdida en un horizonte que no ponía fin a la llanura manchega.

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1 comentario

Elena -

Qué bonito, Ramón. Me ha encantado. Muchas gracias.
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