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Ramón de Aguilar

Regreso al Bosque Animado

Regreso al Bosque Animado

            Ganar un premio literario, por modesto que sea, siempre llena de alegría… Sobre todo cuando, como en mi caso, es algo que sucede muy de tarde en tarde. Pero el ganar este año el  Certamen de narrativa “Emilio Rodríguez”, en La Coruña, me ha supuesto otras dos satisfacciones: el compartir los “laureles” con Miguel Ángel Carcelén (que obtuvo el premio de poesía), y el tener una buena excusa para volver a Galicia, después de varios años.

            Lo primero fue pura coincidencia. Ni idea de que Miguel Ángel se hubiera presentado. Creo recordar que una vez coincidimos los dos como finalistas en uno que ni él ni yo ganamos, y en otras ocasiones (más de una), él ha obtenido alguno al que yo también me había presentado. Lo segundo, de alguna manera, fue como regresar de un exilio porque yo, nacido y criado en ese lugar de La Mancha al que todavía alcanzan a llegar las brisas del Mediterráneo, desde niño soñé con ese otro paisaje donde los campos siempre están verdes y los bosques son tan frondoso que si uno se adentra por sus senderos deja de ver la luz, donde la lluvia cae permanentemente sobre los grelos y maizales, sobre las huertas de tierra oscura y campos de patatas que nunca se cansan de dar cosecha, donde las casas se pintan de rojo, azul o amarillo para que los ojos no se cansen de ver tanto verde (tantos verdes), donde las aguas frías y bravías del océano entran tierra adentro y se confunden con los ríos que salen buscando el mar, donde todavía, embozados en las brumas y la niebla, se esconden los trasgos y fantasmas, las meigas, las almas de los muertos… Echaba de menos las rúas empedradas, los soportales que protegen de la lluvia a quien anda por las calles, el aroma a galletas y chocolate de las tiendas de ultramarinos, con estanterías de madera y latas de las que cuelgan los embutidos secos y los lacones ahumados, sobre una pila de hojas de bacalao que huelen a sal y hacen la boca agua; el pulpo ofrecido sobre una tabla y el dorado ribeiro servido en taza de loza; la leche espesa y humeante, que ya no permiten vender de puerta en puerta, recién ordeñada, con un cuartillo de latón, desde el que cae espumosa a la jarra de cristal…La dulzura de una lengua que, con sólo ser hablada, se hace canción; el sol que crece a medida que se aleja para ponerse detrás del mar, y tantos pueblos y ciudades de los que todavía conservo recuerdos: Mondoñedo, Lugo, El Barquero, Betanzos, Villagarcía, Padrón, Santiago, Mondariz, Sanxenxo, Pontevedra, Allariz, Ortigueira, Monforte, Ponte Caldelas, Baiona, Viveiro.

            Es evidente que escribo más de la Galicia que llevo grabada en  el corazón que de la que pude ver en un viaje tan fugaz. Apenas tuve tiempo para nada; quizás por eso decidí no llegar hasta La Coruña, sino hacer noche en el camino. Quería quedarme en un pueblo donde pudiera caminar sin sentirme empujado, cruzar las calles sin esperar a que me autorizara un semáforo, escuchar el canto del gallo y el mugido de las vacas, caminar sin prisa bajo los soportales, viendo llover y escuchando caer la lluvia desde los canalones, cenar en alguna taberna donde nadie supiese que son el “ketchup” o la mostaza…Tenía, además, otro motivo para no seguir conduciendo. Puesto que viajaba solo y con el tiempo suficiente, había decidido darme un capricho: Llegar al final del viaje en tren; no en un tren cualquiera, sino en el mismo tren que se marchaban a La Coruña los personajes de El Bosque Animado. Todo el mundo sabe la debilidad que siento por las novelas de Wenceslao Fernández Flórez; en realidad es, más que por sus novelas, por algunos de sus relatos, como La Casa de la lluvia o Unos pasos de mujer (los que siempre cito); pero comprendo que El bosque animado sea para muchos la mejor de todas sus creaciones. Yo no sé si a mí me gusta más la novela que escribió el gallego o la versión cinematográfica que hizo Rafael Azcona y que dirigió mi paisano José Luis Cuerda; en cualquier caso, reconozco el hechizo que ejercen sobre mí Geraldo, el pocero, Hermelinda, Marica da Fame, la bruja Moucha, los señores d’Abondo, el bandido Fendestetas y su cruz: el espíritu de Fiz de Cotovelo, el loco de Vos, Juanita Arruayo, Fuco, Pilara…

            Me quedé en uno de los pueblos que bordean la fraga, antes de llegar a Cecebre. Aparqué junta una impresionante iglesia neorrománica que se ha construido apenas hace cincuenta años. Nos asombra la construcción de templos enormes en la Alta Edad Media... hasta se escriben libros fascinantes con ese tema; pero a mí me parece más asombroso que se construyan ahora, como la de este pueblo, Guitiriz, como la Sagrada Familia, en Barcelona, o como la iglesia nueva de Yecla, cuya construcción en el siglo XIX  sirve de prólogo a una novela asombrosa, a una de las lecturas que más me han marcado: La Voluntad, de Azorín. Vi los roscos de maíz que, como reclamo, se asomaban a todas las pastelerías; fui andando a la estación, para asegurarme de que podría hacer el viaje al día siguiente y luego, mientras buscaba un hotel o un hostal donde alojarme esa noche, di con uno de esos viejos bares en los que, al borde de las antiguas carreteras, un rótulo anunciaban a los viajeros: “Comidas y camas”. Sentí la tentación de abrir la puerta de madera con cristales para ver si, atravesándola, entraba también en aquella época “en que una gallina costaba dos pesetas”… Pero lo que sigue, y unos comentarios que en ese mismo momento Pedro Almodóvar hacia en la televisión, he decidido guardarlo para un relato, que os contaré otro día. Ahora sólo te adelanto que dos mujeres, al otro lado de la barra, atendían a tres o cuatro paisanos que se quedaron en silencio en cuanto yo entré en el local. Una era poco más que una chiquilla y la otra no tan mayor como para que pudiera ser su madre; tal vez fueran hermanas, aunque el único parecido que les encontré fue el sonrosado color de las mejillas, el gris de los ojos tan común en las gentes de la tierra y un aspecto más de campesinas que de hosteleras. El cuarto que me ofrecieron era espacioso y limpio, con una enorme ventana desde la que, como aún no se había cerrado la noche, pude contemplar las últimas casas del pueblo y unos cuantos prados separados por cercas de piedra, en los que pastaban algunas vacas mientras la lluvia repiqueteaba en los tejados de pizarra. Las paredes de la habitación estaban desnudas, tan sólo un crucifijo sobre el cabezal de la cama y, como en mi infancia, para encender la luz, un interruptor de pera colgado de un cordón.

            Aún llovía cuando me levanté, pero ya había dejado de hacerlo cuando salí a la calle y, a pie, me dirigí a la solitaria estación para subir al mismo tren que, algunas paradas después, pero muchos años atrás, esperaba Geraldo para ir a cambiarse su pierna ortopédica; el mismo tren en el que llegaron las hermanas Roade, en el que un día huiría Hermelinda de su tía, Juanita Arruado, y en el que habría de volver (quién sabe si, como ella pensaba, para humillar a quienes la habían humillado o, como Pilara creía, atraída por el hechizo de la Moucha); el mismo tren del que Fuco robaba el carbón y en el que su hermana soñaba que, cuando fuese mayor, se iría a repartir leche a la ciudad. Me di el gusto de cogerlo también yo, me bebí el paisaje que con tanta belleza describe Fernández Flórez, miré emocionado la estación de Cecebre, donde todos esos personajes acudían antes o después, y seguí escudriñando, desde la ventanilla, el interior de la fraga que tantas veces he recorrido en las páginas del libro que, además, llevaba abierto… aunque no leí. ¡Tanto tenía que mirar!

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