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Ramón de Aguilar

Sopa de piedras

Sopa de piedras

            Aún no había caído la tarde cuando, ante la puerta de casa, encendí una pequeña hoguera y puse las trébedes para que sirvieran de base a la olla. Las piedras ya estaban a remojo… Al revés que en la fábula, lo que pedí a quienes quisieron participar en la cena fue que trajeran cantos para hacer la sopa. Ponerlos a remojo, en agua con un poco de legía y después de haberlos lavado bien, fue sólo una excusa para que quedara constancia de que estaban bien limpios y nadie debía sentir aprensión cuando fuéramos a tomar el caldo. La imagen de aquí al lado es la de nuestras piedras, recién lavadas, momentos antes de echarlas en la olla.

            Se me ocurrió que convertir en experiencia real esta vieja fábula podía ser una divertida invitación a usar la imaginación para superar los tiempos de crisis en que vivimos. ¿Se puede hacer una sabrosa sopa con un puñado de piedras, un caldero y unos litros de agua? Como si la respuesta quisiera venir sola, apenas habíamos encendido el fuego, empezó a llover. La olla sirvió de paraguas a las llamas y pudimos pensar que hasta ésta nos caía del cielo: Agua de lluvia, guijarros recogidos en la playa o la ribera del río, fuego con leña seca del monte… Nosotros sólo tuvimos que poner la buena voluntad y, poco después de las diez de la noche (en el horizonte, al oeste, aún quedaba una delgada franja de luz, recordándonos que el verano está de camino), pudimos sentarnos a la mesa, ante los humeantes cuencos en los que habíamos servido la “sopa de piedras” (para unos como consomé y para otros con pasta, según el gusto de cada cual)

            Yo conocía esta fábula gracias a Anthony de Mello, que la incluyó en su Oración de la rana. Existen más versiones; basta con indagar un poco con la ayuda de Internet para enterarse de que, según la tradición portuguesa, los hechos descritos en el cuento ocurrieron en los alrededores de Almeirimn (hoy en día puede encontrarse “sopa de pedra” en todos los restaurante de la localidad), o de que en otros lugares de Europa se conoce como “sopa de clavos” o “sopa de hacha”, porque son éstos o ésta quienes sirven como pretexto para que los aldeanos empiecen a compartir lo poco que tienen, de un modo que ni siquiera habrían considerado sin el catalizador de la sopa que creían estar mejorando… Pero mejor os transcribo la fábula completa, por si algunos de vosotros todavía no la conoce:

 

 

     Cierto día, llegó a un pueblo un hombre y pidió comida por las casas; pero la gente le decía que no tenían nada para darle. Al ver que no conseguía su objetivo, cambió de estrategia y, cuando llamó a la siguiente puerta y se encontró con la misma negativa, dijo:

- "No se preocupe. Tengo una piedra en mi mochila con la que podría hacer una sopa. Si usted me permitiera ponerla en una olla de agua hirviendo, yo haría la mejor sopa del mundo.

 - ¿Con una piedra va a hacer usted una sopa? ¡Me está tomando el pelo!


- En absoluto, señora, se lo prometo. Déjeme un buen puchero y se lo demostraré.

     La mujer buscó el recipiente más grande que tenía y lo puso en mitad de la plaza. El extraño preparó el fuego y colocaron la olla con agua. Cuando ésta empezó a hervir ya estaba todo el vecindario en torno a aquel extraño que, tras dejar caer la piedra en la marmita, probó una cucharada y  exclamó:


- ¡Deliciosa! Lo único que necesita son unas patatas.

     Una mujer se ofreció de inmediato para traerlas de su casa. El hombre probó de nuevo la sopa, que ya sabía mucho mejor, pero echó en falta un poco de carne.

     Otra mujer voluntaria corrió a buscarla. Y con el mismo entusiasmo y curiosidad se repitió la escena al pedir unas verduras y sal. Por fin pidió: "¡Platos para todo el mundo!".

     La gente fue a sus casas a buscarlos y hasta trajeron pan y frutas. Luego se sentaron todos a disfrutar de la espléndida cena, sintiéndose extrañamente felices de compartir, por primera vez, su comida.

     Y aquel hombre extraño desapareció, dejándoles la milagrosa piedra, que podrían usar siempre que quisieran hacer la más deliciosa sopa del mundo.

 

 

            En este cuento que, según he leído en algún lugar, puede considerarse como una especie de Traje nuevo del Emperador a la inversa, (“nada” resulta ser “algo” al final), la piedra inicial es sólo un pretexto para que los aldeanos empiecen a cooperar. Yo sólo quería recordarlo y compartirlo con algunos de mis amigos, en estos momentos en los que la crisis nos obliga a hacernos nuevos planteamientos; por eso lo programé al revés y lo que les pedí que trajeran fueron las piedras y no el pollo, el jamón, los huesos o la verdura… Pero el resultado milagroso se produjo de todos modos: Nadie vino sólo con su guijarro y las ganas de conversar; sino que, aparte de la sopa (que quedó lo suficientemente buena como para que ninguno se dejara nada en el cuenco), la mesa se fue llenando con ensalada, empanadas, tortillas de patata y cebolla, “cocas” de verduras, de jamón, bebidas y deliciosas tartas para el postre: de manzana, rellena de muselina, bizcocho de chocolate, de zanahoria con nueces…

            ¿Será verdad, entonces, que la “sopa de piedras” es un buen catalizador para empezar a compartir? Probad a ver qué tal os sale.

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2 comentarios

Celia -

Me ha encantado... dan ganas de llevarse a la boca esas piedras tan bonitas y relucientes como si de caramelos se tratara...
Tu siempre nos sorprendes. Un beso

Puri Novella -

Sopa de piedras, pastel de paja o puré de tierra, cualquier "excusa" es buena para mantener una de las pocas cosas que nos quedan y por las que -todavía- no hay que pagar peaje: encontrarnos con quienes deseamos estar... el últimp párrafo da hambre... me recuerda a los libros de Enid Blyton (saga "Torres de Malory), cuando las estudiantes se reunían de noche a hurtadillas y organizaban picoteos colectivos... Enhorabuena Ramón: por tu gente y por tus piedras.
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