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Ramón de Aguilar

El vendedor de diarios (Ivana Michling)

El vendedor de diarios (Ivana Michling)

 

 

 

 

 

 

 

 

Os presento a Ivana …

Os aseguro que todos deberíais conocerla. Que os encantaría conocerla.

No resulta difícil encontrarla en Internet, basta con escribir “Ivana Michling” en alguno de los buscadores para encontrarse con todo tipo de información sobre ella, en su calidad de bailarina, profesora de baile, directora de danza… Podréis verla en fotos, disfrutar de los vídeos que sobre ella se han colgado y hasta acceder a su página: http://www.danzadelvientre.info/

Todo eso está muy bien. Y es probable que baste para que más de uno de vosotros se sienta fascinado por esta increíble mujer.

También podría hablaros, de una manera más personal, del tiempo en el que las circunstancias nos ayudaron a mantener una amistad más viva. Desde entonces, sobre mi cama pende un “atrapasueños” que ella me trajo de alguno de sus viajes y que impide que ninguno se me escape o, lo que es lo mismo, vivir muchas vidas paralelas a ésta en la que vosotros me conocéis.

Pero a la mujer que yo quiero presentaros la admiré antes de que fuera mi amiga y es una artista a la que apenas si se la encuentra en Internet (salvo en alguna que otra referencia). Es la Ivana que cuenta historias, la cuentacuentos, aquélla a la que “le encanta contar historias con la palabra y con el cuerpo ya que cree (igual que Eduardo Galeano) que a la voz cuando le tapan la boca sale por los poros, por las manos, por los pies … porque siempre hay algo que decir a los demás, algo que vale la pena ser escuchado o valorado”.

Ella misma lo dijo en algún lugar: “Comencé a contar cuentos un día en que en un taller de escritura me dieron ganas de contar lo que había escrito, de no mirar el papel… me gustó oír la voz yendo sin fronteras escritas”.

Yo la conocí así. Oyéndola contar historias que habían escrito García Márquez, Borges o Cortázar pero que, escuchadas de sus labios, parecían brotar directamente de su propio corazón.

No sólo me lo pareció a mí (os aseguro que, en más de una ocasión, me olvidaba de que estaba escuchando una creación literaria y tenía la impresión de que Ivana nos estaba narrando algo que le había ocurrido de verdad); ella misma me contó que más de una persona, después de escuchar alguno de esos cuentos tan duros de Mario Benedetti, compadeciéndose de ella, le había dicho con lágrimas en los ojos: “¡cuánto tienes que haber sufrido!”.

Os puedo dejar el enlace a un vídeo en el que habla (http://www.youtube.com/watch?v=XExuYoXqEMc), no es lo mismo que sentirse dentro de alguna de las historias que cuenta, pero esa vivencia tendréis que encontrarla en otro lugar, de otra manera. Creedme que merece la pena. Lo único que puedo transmitiros en el blog, además de estas palabras, es alguno de sus propios relatos.

Porque Ivana también tiene la capacidad de inventar historias. A mí me contó una que pensaba escribir sobre las cartas que se pierden y no llegan a su destino… pero nunca supe si llegó a escribirla. La que sí he conseguido para vosotros es esta otra, tan breve, que se publicó en una de aquellas deliciosas colecciones de relatos “cortos-cortos” de Edisena.

Con ella os dejo:

 

 

El vendedor de diarios

 

Los pobres se llaman carentes o carenciados.

No se dice capitalismo sino economía de mercado.

A la ley de la ciudad la llaman ley de la selva.

                                                   (Eduardo Galeano)

 

Su nombre es Renzo. Tiene siete años y vende diarios como su padre (pero él vende más que yo porque anda en bicicleta). Viene todos los días al centro a trabajar, caminando una hora desde su casa. En su barrio no los puede vender porque nadie se los paga. Los usan para envolver la lechuga en la despensa y leen de a pedazos, de lo que logran rescatar entre compra y compra.

Hoy llueve. Pide en un negocio una bolsa de residuos; es grande y negra. Cubre con ella los diarios. No se tienen que humedecer porque le manchan las manos a la gente.

—  ¿qué no pedís otra bolsa para cubrirte? —le pregunto.

—   No la necesito. Yo no tengo tinta que se corra.

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