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Ramón de Aguilar

El baterista del Plata

El baterista del Plata

 

Nunca le había gustado su nombre. Pero había nacido un catorce de febrero, un día de los enamorados, y a sus padres no se les había ocurrido nada mejor que seguir la costumbre de ponerle el santo del día, marcándolo así con un destino que a él se le antojaba inexorable y que, en su caso concreto, era el de ser víctima de las circunstancias, ser un don nadie, un mediocre que había dejado escapar su vida entre las cuatro paredes de un piso destartalado en el barrio viejo de la ciudad, al abrigo de su pluriempleo y a la sombra de Piluca, su mujer.

 

Cada mañana, cuando encendía la luz del cuarto de baño, deseaba encontrarse en el espejo un rostro diferente al que el azogue le devolvía, unos ojos penetrantes de mirar profundo, la sonrisa de un hombre fuerte y seguro, duro y tierno a la vez… mas era sólo un instante, una ilusión tan breve que la mayoría de las veces no se daba ni cuenta. Y así fue también la mañana de aquel sábado y trece que a la larga habría de ser diferente.

 

“Mal día para los franceses”, había pensado Valentín al despertarse; pero por la noche, ya de madrugada, cuando después de una jornada agotadora bajaron la persiana de la sala de fiestas y dijo adiós al señorito, que se había quedado con él hasta que todas las cuentas del día estuvieron cuadradas, tuvo la sensación que para nadie habría podido haber peor sábado que el suyo.

 

Hasta aquel día, hasta aquella madrugada, en la que solitario caminaba por las oscuras calles del casco viejo, en el que trabajaba y vivía. Al girar una esquina sintió la bofetada del frío en el rostro y se subió el cuello de la americana para guarecerse. Valentín, hasta entonces, se había visto en la obligación de creerse feliz, moderadamente feliz puesto que, pese a la ansiedad que de vez en cuando le embargaba, estaba convencido de que, dentro de lo que cabe, no le iba del todo mal, al menos para los tiempos de crisis que corrían… No había más que mirar los índices del paro, subiendo mes a mes, mientras él mantenía su empleo de dependiente en un puesto del mercado central y, desde hacía años, cada tarde y cada noche tocaba la batería en el Plata, para acompañar los números musicales, y ayudaba a hacer las cuentas al jefe, para redondear unos ingresos con los que llegar de manera holgada a fin de mes.

 

El trabajo y la familia. Su pluriempleo y sus tres hijos: Mari Pili, que quería empezar veterinarias el próximo curso; José Luis, en quien, pese a ser mal estudiante, seguía depositando la esperanza de que realizase todo aquello de lo que él no había sido capaz; y Benita, la hija pequeña, tan pequeña que aún era pronto para pensar que podría ser de ella más allá de aquel sábado y trece en el que acababa de recibir la noticia:

 

El Club se cierra

 

Nunca lo hubiera imaginado; pese a lo mucho que había bajado la clientela y el progresivo deterioro del centro, le parecía uno de los símbolos de la ciudad.

 

Es sólo temporalmente.

 

Por el puesto del mercado no habría qué preocuparse… la clientela era fiel y, después de casi cien años de actividad, no iba a dejar de ser el Mercado Central, por mucho “hiper” que se abriera a las afueras o centros comerciales que le robaran el espacio a los pequeños comercios del centro… Tendría que buscarse otro empleo para las tardes; nunca había tenido suerte pero, en ese sentido, la fortuna siempre le había sido favorable; quizás había sido la misma mediocridad, la misma falta de ambiciones lo que le había resguardado de infortunios y protegido de grandes contratiempos.

 

No siempre se había conformado con tan poco. Valentín había tenido que cumplir los cuarenta y cinco años para aceptarse a sí mismo como un simple dependiente que, por las noches, tocaba la batería en una sala de fiestas. Del Mercado Central al Plata y del Plata a casa, con la paga en el bolsillo y, junto a ella, la esperanza de que el sistema de las pensiones aguantase hasta su jubilación. Pero no siempre había sido así; para llegar a ese punto tuvo que ir renunciando a una serie de sueños como si, año tras año, fuera deshojando una margarita y, con cada sí o cada no, fuera arrancando de su propia vida la posibilidad de ser médico o religioso, poeta o empresario.

 

Primero, siendo todavía un niño, monaguillo en la parroquia, soñó con ser misionero, llevado por la piedad que le habían inculcado desde la cuna y a lo largo de los años en los que se preparaba para la comunión, pidiendo cada mes de octubre para los chinitos y los negritos que, de no ser por él, se hubieran quedado sin bautizar; piedad fácil de mezclar con las aventuras que cada tarde de domingo veía en el cine y le ayudaban a verse a sí mismo en medio de la selva, llegando a los poblados y a las tribus donde nunca antes había llegado el hombre blanco, conmoviendo a los mansos y bonachones indígenas con la buena nueva, bautizándolos en medio del fervor y la admiración que lo cubrían de gloria… El afán de aventuras se agostó en su corazón aún antes que la piedad; a medida que atravesaba la adolescencia, tuvo que ir admitiendo que estaba demasiado gordo para recorrer la selva colgado de una liana, que el estanque del parque era lo más parecido al mar que había visto nunca y que se mareaba hasta en los coches. Soñó entonces con hacer su papel sin tener que alejarse de la ciudad que lo había visto nacer, protagonizando la sacrificada labor de los curas que pululaban por la catedral, su comprensiva sabiduría, la alegría natural que mostraban en cada momento y, por supuesto, el respeto con el que eran tratados, el halo de gloria que les envolvía allá donde quiera que fuesen, porque incluso quienes a sus espaldas se mostraban irreverentes ante su presencia eran dóciles, complacientes y sumisos.

 

A medida que fue madurando y le llegaron las dudas religiosas, seguidas de una indiferencia de la que nunca hizo nada por salir, soñó con ser médico. Pero nunca fue un buen estudiante; acabó a duras penas el bachillerato elemental y empezó a tocar la batería de oído, sin pretensiones, porque empezaba a ser consciente de sus limitaciones. Se colocó de dependiente en un puesto del mercado y se propuso preparar oposiciones para la banca; las preparaba con ilusión, envidiando a los empleados que, de traje, veía tras las ventanillas de los bancos o que, portafolios en mano, salían de las oficinas cada tarde a las tres… Le hubiera gustado ser como ellos, pero la oposición se resistía y, suspenso tras suspenso, su sueño fue languideciendo para dejar paso en su imaginación al de tener algún día su propio puesto en el mercado: trabajar a su manera y no como le mandaran, atender sólo a los mejores clientes y, por supuesto, llevarse los verdaderos beneficios en vez de la escueta nómina de fin de mes… Al final se hubiera conformado con que alguien reconociera sus méritos y llegar a ser encargado después de tantos años… pero siempre hubo alguien que, con menos experiencia y antigüedad que él, tuvo una apariencia más brillante, mayor don de gentes o cualquier otra zarandaja que quizás no era más que suerte… así es que, cuando comprendió que nunca cambiaría la suya, se refugió en el único sueño de ser millonario.

 

Valentín se sabía mediocre y no se permitía otras fantasías: Ser millonario de la noche a la mañana. Tenía muy claro que, trabajando de dependiente en un puesto del Mercado Central, nunca llegaría a amasar una fortuna y, puesto que a nadie podía heredar, sólo las quinielas o la lotería podrían hacer realidad su sueño. Los sorteos o encontrarse un saco de billetes en medio de la acera, alguna de las noches que volvía de la sala de fiestas a su casa… cualquier cosa con tal de poderse comprar un coche último modelo, un ático de lujo como los que estaban construyendo en la Gran Vía, un apartamento en cualquier playa cercana…

 

Era consciente de que el dinero puede servir para más, que sus ambiciones eran pobres para un rico… pero, de por sí, ya le costaba imaginarse sin tener que descargar los camiones cada mañana antes del amanecer, o esperar a que se fuera el último borracho para bajar la persiana del club… Como aquel sábado y trece. “Peor que para los franceses”, pensó cuando el señorito le dio la noticia en la misma puerta del Plata.

 

Se estaba demorando con tanta cavilación; así es que decidió acelerar el paso, tratando de animarse y alejar de su mente aquella melancolía. Si en casa no hiciera tanta falta el dinero, a partir de ahora los sábados por la tarde podría quedarse durmiendo la siesta, viendo una película del oeste en televisión… o salir a pasear cogido del brazo de Piluca, ir de compras, al cine…

 

Se detuvo en seco a oír unos gritos. Acababa de doblar la esquina de su calle. A pocos metros de él, un hombre arrastraba a una mujer hacia la puerta abierta de un coche que permanecía en marcha; ella forcejeaba y alguien, asomado a una ventana, empezó a increpar. Valentín no lo pensó. No pensó en el sobre del salario que llevaba en el bolsillo, no pensó ni en los años ni en los kilos que le hubieran impedido colgarse de una liana, no pensó que no era un héroe, sino uno hombre mediocre a quien, cada mañana, al mirarse en el espejo, le hubiera gustado encontrarse con otra cara… Valentín no lo pensó, se interpuso entre el coche en marcha y la pareja que luchaba y sujetó al hombre por una manga. “Suéltala”, le ordenó con voz entrecortada, mientras sentía que las piernas empezaban a temblarle. Recibió un empujón y cayó al suelo. Se golpeó la espalda con el bordillo de la acera y sintió que se le cortaba la respiración, pero no dudó en agarrarse a la pierna de su agresor; éste le pateó la cara con el pie que tenía libre, pero perdió el equilibrio, dio un traspié y, aunque no llegó a caer, tuvo que soltar a la muchacha, que echó a correr. Se habían encendido luces en más ventanas y alguien abrió una puerta… pero Valentín no lo vio; desde el interior del automóvil había sonado un disparo y él sentía que el cuerpo le ardía; su presa se zafó y entró de un salto en el coche, que desapareció en un par de segundos, sin dejar más huellas que el chirriar de sus huellas en la oscuridad de la noche.

 

Valentín no había llegado a perder el conocimiento, pero todo le daba vueltas y sentía ganas de vomitar. “Llamen a un médico”, oyó decir. Le pareció que el tiempo volaba, que la ambulancia llegaba en el mismo instante que la pedían; se sintió transportado por los aires y escuchó sobre su cabeza el sonido de la sirena, mientras alguien que lo palpaba decía “no es nada, sólo un rasguño”. No sintió especial alivio y comprendió que, en el fondo, le daba igual. En medio del dolor y la excitación que lo agitaba se sentía extrañamente feliz. Cuando, transportado en una camilla, entraba por la puerta de urgencias del hospital, en medio de las caras que lo miraban con curiosidad, vio la suya reflejada en un cristal… Y, por primera vez, se alegró de que aquel rostro fuera el suyo, y fueran suyos los ojos que veía y hubiera sido suya la sonrisa, si hubiera podido sonreír.

 

 

 

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