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Ramón de Aguilar

29 de septiembre de 1969: En la biblioteca

29 de septiembre de 1969: En la biblioteca

            Esta tarde he ido a la biblioteca a devolver el último libro que he leído y a despedirme de Ana Pili: Mañana me voy a Zamora. “¿Qué tal?” Me ha preguntado ella, refiriéndose a la novela, mientras buscaba la ficha amarilla en la que firmé y consigné mi número de socio (el setenta y cuatro), cuando me la llevé. “Muy buena –le he asegurado–; pero muy extraña, no se parece a nada de lo que he leído hasta ahora”. No he sabido cómo explicarle que sólo con el Quijote sentí una emoción parecida a la que me han despertado las páginas de “Cien años de soledad”, escrita por un tal Gabriel García Márquez, creo que colombiano; me la recomendó Orieta, una amiga chilena que hice la primavera pasada gracias a la página de contactos del diario “Pueblo”. Ana Pili mira atentamente el libro, se fija en las aves, las caras, los soles, las lunas, las campanas, las calaveras que, en rojo y azul, se repiten en la portada. “¿Se lo podemos dar a leer a Ramona?” Ramona Cabezas es una niña no tan pequeña, de unos once o doce años, que permanece a su lado, esperando que le recomienden alguna buena lectura, algún libro que no sea para niños de once o doce años; ya la he visto otras veces, y no sólo en la biblioteca, también jugando al “pillao” o al escondite en la Cañada (donde todavía no hay toboganes ni columpios), preguntando a sus amigas dónde están las llaves, saltando a la comba, cambiando tebeos en el kiosco de la Nicolasa, bañándose en la balsa del Gato o haciendo cola para entrar al cine Rex muchas tardes de domingo. “No, creo que no”, respondo, sin atreverme a añadir que todavía es muy pequeña. “¿Qué le damos entonces?” Se me ocurre sugerir que los relatos de Clarín; seguro que “¡Adiós, cordera!” le emociona. A mí me conmovió hasta las lágrimas; toda la vida (cada vez que lo lea), me hará llorar. Ramona se va con su libro y yo me espero hasta que Ana Pili se queda desocupada, para contarle que mañana me voy con mi padre a Zamora, a empezar allí el curso; ella, además de bibliotecaria, ha sido también mi profesora de dibujo en los dos últimos años, y una vez, cuando íbamos a empezar el bachillerato, quiso ayudarnos a aprender francés con un curso en discos que tiene guardado y al que no todo el mundo puede acceder: “À droite”, decía una voz de hombre en el disco; “a druat”, repetíamos nosotros lo escuchado; “a la derecha”, respondía una voz de mujer”; “à gauche”, volvía a decir el primero, “a goch”, le replicábamos; “a la izquierda”, nos traducía la mujer… y así hasta que cada día memorizábamos unas cuantas palabras; no me valió de mucho. Tampoco me había servido la primera vez que lo intenté, con ayuda de un manual que les daban a los jornaleros que se iban a vendimiar a Francia; aunque entonces mi intención no era prepararme para el bachillerato, sino la de aprender a comunicarme con los franceses que habían venido a buscar petróleo y se hospedaban en el hotel de la calle Caídos. Se lo cuento a Ana Pili, para explicarle el miedo que le tengo a esta asignatura, que a duras penas he aprobado en septiembre. Ella me tranquiliza, mientras presta un libro de Enid Blyton a Carmen Navalón, una de las amigas de mi hermana, y me dice que yo siempre saldré adelante y que conseguiré todo aquello que me proponga en la vida; me hace sonreír, porque otro profesor (precisamente el de francés), a mitad de curso me vaticinó todo lo contrario (cuando se enteró de que escribía versos y novelas de aventuras, en las que su hija era siempre la heroína): “Tienes muchos pájaros en la cabeza y no llegarás a ninguna parte, siempre serás un fracasado”. Mientas yo recuerdo esto, que nunca le he contado a nadie, Ana Pili se va a llamarle la atención a Goyo, un chiquillo revoltoso e inquieto que de contino está  dando guerra, ya sea aquí, en la escuela o en la banda de música. Yo aprovecho para salir y no hacer más larga la despedida; al fin y al cabo, volveré en vacaciones, volveré en Navidad y, aunque nosotros no somos de aquí y, por circunstancias que ahora no puedo ni imaginar, acabaremos viviendo en Valencia (donde, convertida en seis familias, la nuestra se dispersará), yo siempre regresaré a Casas Ibáñez, conservando viejos amigos y haciendo otros nuevos, participando en sus eventos como espectador y, a veces, cuando venga al caso, de forma activa, como cuando en un futuro lejano, un domingo de agosto, víspera de la Feria del 2009, no en ésta, sino en la nueva biblioteca, la que se construirá donde hoy están los juzgados, presentemos mi segunda novela, “Mariscada de sardinas”. Ana Pili, muerta prematuramente, ya no estará con nosotros; pero sí que algunos de estos viejos amigos, y otros de los nuevos, junto a mi madre y mi hermano Amador,  junto a mi mujer y mis hijos (una de las seis familias en las que se habrá convertido la mía de ahora), estarán entre el público de la sala (salvo Eliana y Natalia, que subirán al escenario, con el resto de los actores de “Oleana Teatro”, para dar un toque de humor y color a la presentación); en la mesa, junto a mí, Gregorio López Sanz, Goyo, profesor universitario de Política Económica, coordinador de Attac España y amigo, como Carmen Navalón, diputada provincial y, para entonces, alcaldesa de Casas Ibáñez, y Noelia G. Cabezas, mi amiga Noelia, bibliotecaria en Madrid, la hija mayor de Ramona que, cuando todos se callen en la sala, me mirará de reojo,  sonreirá y empezará a decir:

 

            Hace ya algunos años que leí el borrador de esta novela. No obstante, por haber olvidado los detalles y por posibles cambios, le pido a Ramón que me la envíe por correo (puesto que no íbamos a vernos hasta hoy) para leerla de nuevo.

            Y la novela llega a mis manos un viernes, envuelta en un papel blanco satinado sellado con un celofán amarillo dispuesto de tal manera que los colores del paquete dibujan formas geométricas con total simetría. Me gusta. Sonrío. Sonrío porque me gusta y porque estoy sonriendo sólo con ver el envoltorio del libro. Es Ramón y la magia que lo envuelve. También sonrío por ese envoltorio.

            Y comienzo a leer también un viernes:

-          No son horas de ponerse a contar historias.

            Empieza la novela. Pero me pongo a escribir esto cuando sólo he leído la cubierta, la contracubierta y esta primera frase del libro.

-          No son horas de ponerse a contar historias.

            A Ramón le encantaría estar sentado conmigo en ese momento, en ese banco pintado de un verde más vivo incluso que el césped que lo rodea y con el sonido de las fuentes empapando los ecos de las voces de los visitantes del Museo donde está el jardín.

            “Sí, voy a empezar a leer ya”, me digo. Sólo antes aparto una hormiga que va a subirse a mi falda… Ahora.

            MARISCADA: comida constituida principalmente por marisco abundante y variado.

            SARDINA: pez teleósteo marino fisóstomo, de doce a quince centímetros de largo, parecido al arenque, pero de carne más delicada, cabeza relativamente menor, la aleta dorsal muy delantera y el cuerpo más fusiforme y de color negro azulado por encima, dorado en la cabeza y plateado en los costados y vientre.

            Se supone que yo hoy, aquí, tenía que hablar de Mariscada de sardinas, pero en lugar de eso he decidido que sería mucho más suculento invitaros a comer una…

            […]

            Nuestra mariscada está lista para ser degustada. Pero… ¡¡¡Cuidado!!! Las sardinas tienen raspas. Raspas que pueden clavarse en nuestra garganta y provocar, quizá, un leve pero desagradable dolor. Raspas tan delgadas que llegan a herirnos casi sin darnos cuenta… Raspas de envidia por aquello que otros poseen y creemos necesitar sin ser conscientes de todo lo que tenemos. Raspas de odio hacia aquellos que sentimos tan diferentes a nosotros que, sin más, rechazamos. Raspas de desilusión porque las cosas no siempre salen como hubiésemos deseado. Raspas de incomprensión, de errores, de injusticia.

            Pero todo no podía ser malo… ¿Qué hay del sabor en nuestro paladar de una sardina recién asada? Bocados de amor que sentimos por nuestra familia, por nuestros amigos. Bocados de sexo que disfrutamos, que descubrimos, que deseamos. Bocados de una libertad incipiente que nos asusta pero nos hace sentir especiales. Bocados de sol y playa, bocados de sorpresas, bocados de amistad…

            Esto es Mariscada de sardinas. Así que, cuidado con las raspas pero, por favor, disfrutad de todo su sabor cuando la comáis leyendo.

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