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Ramón de Aguilar

Tampoco valen las flores

Tampoco valen las flores

Describiré mi llegada a aquella oficina, cómo subí las escaleras, entré en el despacho casi vacío y la vi a ella frente a la máquina de escribir, junto a un mostrador de madera en el que hacía guardia un ventilador polvoriento, inútil en el invierno toledano... Quizás no fue así. La verdad es que sólo la recuerdo a ella y eso ya está muy repetido... Además, no quiero empezar por el principio. El lector tiene que saber que hubo un antes que tendrá que averiguar a medida que avance la historia. En vez de describir el despacho, recrearé la calle por la que anduvimos camino de un bar; le pregunté qué le habían traído los Reyes y me enseñó el reloj que se había comprado ella misma... Pero eso sería igual que ponerla a limpiar escaleras para pagarse la academia donde preparaba la oposición; son detalles que conmueven a quien los vivió, tal vez a quien los escucha, pero no al que los lee en una novela... Mejor lo de la caña con la que nos despedimos en una tasca de Toledo; parece un final y apenas era el principio; puedo describir el sol que entraba por los cristales, el sabor amargo y fresco de la cerveza, el murmullo de los parroquianos, un coche que pasaba por la calle, su sonrisa... Nadie podría sospechar lo que iba a ocurrir a partir de ese momento... Aunque se pueda imaginar que si está al principio será porque todo tiene que llegar... Es tan previsible que se puede convertir en un cuento rosa y ésta no es sólo una historia de amor... Por la misma razón, tampoco valen las flores; ya ni siquiera a mí se me ocurriría enviarlas; aunque el ramo sería  lo de menos, sólo una excusa para contar cómo amanecía en las calles de Jaén, cómo se despertaba la ciudad mientras yo, borracho de sueño, buscaba una floristería y repetía su nombre para mis adentros... ¿Y por qué no empezar por el final, por la última vez que, sin venir a cuento, me acordé de ella, después de años sin vernos y meses sin llamarnos?... Encontré un cuaderno gastado por el uso, un bloc de tapas verdes en el que se conservaba el borrador de la primera carta que le escribí, recién llegado a casa, antes de saber si había recibido las flores, si nos volveríamos a ver, si algún día sería yo quien le comprara los reyes, si cuando cumpliese mis cincuenta años estaría a mi lado, entre las personas más queridas… Por un lado fue como viajar en el tiempo y volver a ver mi letra de entonces, presurosamente escrita con la emoción del momento; mas por otro resultó penoso: La carta, leída así en la distancia, ni emociona ni conmueve; no transmite la fiebre con que la escribí, no refleja ni lo que sentí ni lo que quise expresar; sólo yo puedo entenderla, y no por lo que leo sino por lo que me recuerda... es más, me pregunto si a ella le pudo transmitir algo; podría servir para cualquier otra persona, no dice nada, nada que no haya podido decir o pensar cualquiera después de una primera noche de amor...Y a pesar de todo Blanca sigue aquí. Eso es lo asombroso: Que ella sí supiese leer lo que yo no había sabido escribir.

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