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Ramón de Aguilar

19 de octubre de 1979: Los pasos perdidos

19 de octubre de 1979: Los pasos perdidos

 Hoy es sábado y estamos en Barcelona. Mañana, cuando nos levantemos, dejaremos el hotel y, después de dar una vuelta por el Mercat de Sant Antoni (donde compraré ¡Vivir!, un libro de Ayn Rand que estoy deseando leer), nos iremos a Martinet, para hacer noche en un hotel que está junto al río Segre y en el que una vez paré con Vicente a tomar un café.

Veníamos de Andorra y yo viajaba de paquete en su moto. Es el único viaje que he hecho en moto. Era invierno y había nieve en algunos tramos de la carretera. Paramos en aquel lugar de casualidad, para quitarnos el frío con algo bien caliente. Me gustó tanto el sitio que pensé que algún día, cuando ya estuviera casado con Chima y tuviéramos nuestro propio coche, volvería con ella y pasaríamos allí la noche.

El “Ciento treinta y tres” lo hemos estrenado hace poco y éste es nuestro primer viaje largo. Casarnos, nos casamos hace un año y ocho meses menos dos días. Aún puedo contarlos. Divorciarnos, nos divorciaremos dentro de cuatro años, una semana y cinco días. Esa cuenta aún no puedo llevarla, pero podré hacerla cuando escriba todo esto y mire hacia atrás preguntándome qué fue de ella; qué fue de Vicente, que también sé casó, tuvo hijas y se divorció; que fue de Agustín, al que dije adiós por última vez desde la ventanilla de un tren que lentamente se alejaba de la estación Termini, en Roma.

Con él, con Agustín, hemos pasado dos días en Barcelona, recordando cuando, apenas hace un par de años, éramos soldados y compartíamos una habitación con un balcón que se asomaba a la calle Diputación, desde el que alcanzábamos a tocar las ramas de los arces; una habitación en la que él tocaba la guitarra; Vicente, que quería ser tahur, hacía solitarios con una baraja, y yo trataba de escribir una novela que nunca fui capaz de acabar.

Esta noche, cuando nos hemos despedido en su casa, después de cenar con él, su madre y sus hermanas, Agustín me ha regalado unos cuantos libros que ya ha leído y que piensa que me pueden gustar. Yo no sería capaz de regalar un libro que me haya gustado. Los conservaré siempre y los llevaré conmigo allá dónde quiera que vaya, allá dónde quiera que la vida me lleve. Entre ellos hay un par de Alejo Carpentier, escritor cubano que morirá en París el año que viene y al que nunca he leído, aunque su nombre lo encuentre siempre relacionado con los autores del “boom” hispanoamericano que tanto me gustan: García Máquez, Cortázar, Vargas Llosa, Felisberto Hernández... Escritores del realismo mágico que tanto tiene que ver con lo “real maravilloso” del cubano.

Esta noche, cuando Chima se acueste después de cenar en el comedor del hotel, yo me voy a sentar en un cómodo sillón, frente al fuego de la chimenea que, como en los clubes ingleses, caldea un sala de estar, y voy a comenzar la lectura de uno de los libros heredados de Agustín, el de Los pasos perdidos, sin sospechar que, cuando la termine, será (ya para siempre), una de mis novelas preferidas, una de las que a veces citaré junto al Quijote o los Cien años de soledad.

Durante las próximas decádas seré consciente de cómo las páginas de esta novela tan barroca han influido en mi manera de pensar y en mi forma de ver la vida o, lo que debe de ser lo mismo, cómo en más de una ocasión, unas veces de manera consciente y otras sin saberlo, he tratado de seguir los pasos (perdidos o no), de su protagonista:

Un musicólogo antillano que reside en Nueva York, casado con una actriz, es enviado a un país sudamericano con el encargo de rescatar y encontrar raros instrumentos. En el viaje lo acompaña una amante francesa, que parece representar la decadencia europea y a la que el musicólogo abandona por una mujer nativa a través de la cual entra en contacto con la vida de una comunidad indígena, de donde es rescatado y llevado de nuevo a una civilizada ciudad a la que no llega jamás a adaptarse, hasta que regresa a la selva. Un relato abstracto e irreal donde se funden los conocimientos y la inteligencia del autor con las imágenes más profundas de su expresión literaria”.

Treinta y tres años después, al releerlo, no sólo confirmaré esa impresión, sino que descubriré nuevas emociones y podré escribir en mi muro de Facebook (algo que aún tiene que inventarse y que ahora sería difícil de explicar):

Si no hubiera leído ya Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, no me habría echado a llorar ayer, al llegar al final de su quinto capítulo”.

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2 comentarios

Puri Novella -

Cansado estás de oirme decir que este estilo tuyo de memorias narradas o cuaderno de bitácora es el que te va a la medida... pero hoy has terminado de bordar querido Ramón, hoy te has salido, está perfecto.

Ramón -

El argumento resumido y entrecomillado está sacado de Wikipedia o alguna página similar. Si queréis leer la novela, no os recomiendo que hagáis esa consulta: La explicación es tan detallada que le roba la magia al final “desvelando quién es el asesino”. También he encontrado un enlace que, según asegura, permite escuchar la novela leída; pero no he podido abrirlo, por lo que no sé si se tratará de una buena lectura, con la que dejarse acariciar los oídos, o todo lo contrario.
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