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Resumen
- 05/11/2008 22:13 - “Bibelot” de regalo para el día del libro
- 06/11/2008 00:19 - De los cien años de Francisco Ayala
- 07/11/2008 21:42 - Un poema de Lola Mayo
- 19/11/2008 20:02 - La próxima novela de José Saramago
- 30/11/2008 23:36 - Sin Bruno ni Cecilia
“Bibelot” de regalo para el día del libro

Hace dos años, tal día como hoy, os escribí a todos. Uno a uno. Aunque las palabras fueran casi las mismas, en ti puse el corazón cuando escribí tu nombre… como cada vez que lo tecleo o lo escucho, como cada vez que evoco tu mirada o tu sonrisa. Os felicitaba por el día del libro, pensando que, como yo los quiero, también de alguna manera ésa es fiesta de todo a aquel al que amo; así es que me hice eco de la costumbre catalana, según la cual cada 23 de abril, día del libro y de Sant Jordi, las gentes que se quieren se regalan libros y rosas… Aquella carta abierta fue, además, uno de los textos que me sirvieron para emprender esta bitácora unos meses después.
Lo repetí al año siguiente, uno a uno a quienes pude y desde las páginas del blog para todo aquél que, aún sin conocerme, quisiera sentirse felicitado. Lo hice escribiendo sobre libros y eligiendo una de mis últimas lecturas (Narradores de la noche, de Rafik Schami), para obsequiar a todo aquél que me enviase una rosa (ya fuera real, dibujada o virtual)… Sólo recibí una, pero no me quejo.
Para no perder la costumbre, aquí me tenéis por tercera vez; dispuesto un año más a felicitaros el día del libro. Tal vez alguno de vosotros pretenda desentenderse, diciendo que él no tiene nada que ver con ellos… pues que no olvide que él, como cada uno de nosotros, es el protagonista de una asombrosa novela que aún está por escribirse.
En esta ocasión no hay poema (como la primera vez), ni libro a cambio de rosa (como la segunda). Este año mi regalo consiste en un cuento que leí hace unas semanas y que me impresionó tanto que enseguida quise compartirlo con todo el mundo. El título es “Bibelot” y su autor Félix J. Palma Macías… A él ya lo he mencionado en más de una ocasión (lo conocí en Villatoya, donde ha venido un par de veces; como finalista del primer certamen de relatos “Emilio Murcia”, con Permanente, y como ganador del segundo, con Métodos de supervivencia)
Seguro que, al leerlo, más de uno se acordará de El cuento de navidad de Augien Wren con el que Paul Auster nos emociona en Smoke… También yo me sentí un poco confundido en sus primeas páginas; pero no, para nada, quizás ese parecido sea parte del juego literario de Félix J Palma; no os dejéis engañar y seguid leyendo hasta el final. Seguro que “Bibelot” se convertirá en uno de vuestros relatos preferidos… y ése habrá sido mi regalo para ti este 23 de abril, este día del libro del 2008.
(Como el cuento es muy extenso, no lo coloco aquí. Para leerlo, pincha en este enlace)
De los cien años de Francisco Ayala

Hoy es 25 de julio, día de Santiago Apóstol. Seguro que, cuando termine de escribir este correo y me ponga a enviároslo a todos vosotros, ya será miércoles 26, San Joaquín y Santa Ana. Ya nadie celebra las onomásticas, pero yo todavía recuerdo la ilusión que me hizo la primera vez que recibí un telegrama, en plena feria de Casas Ibáñez, un 31 de agosto, cuando aún no habría cumplido los 10 años. Me lo mandaron, para felicitarme, mi tía Esperanza y mi prima Esperancita, abuela y madre (respectivamente), de la famosa Cañizares de “Cámara Café”; aunque hay mucha gente que no se cree que Esperanza Pedreño (la actriz que la interpreta), sea mi prima… También recuerdo que un 25 de julio Santi nació en Villatoya; era el hermano pequeño de mi amigo Ramón y, parece una tontería, pero es de esas cosas que no tienen nada que ver contigo y que, sin embargo, nunca olvidas. Ayer, justamente, después de muchos años, volvimos a nombrarlos, a mi amigo, a sus hermanos, a sus padres (que ya han muerto), a sus parejas (de quienes ya se han divorciado)…
Se me olvidaba puntualizar que esto no es una carta. Tal vez sea una circular con la que trato de disculparme, ante la gente que quiero, por no haber escrito antes. Como no se trata de nada personal (aunque a lo mejor luego salgas por ahí, que para algo eres importante en mi vida), podrías considerar que éste es un correo basura y enviarlo directamente a la papelera… Pero yo, por si acaso, seguiré escribiendo hasta que me tenga que acostar. A lo mejor piensas que hubiera sido mejor y más práctico escribir un poco a cada uno de quienes “debo carta” y decirle a cada cual lo que querría oír… Pero es que esto no quita lo otro, esto no me deja en paz contigo. Te sigo debiendo una carta más personal; por eso insisto en que, si no te apeteces, no tienes porque seguir leyendo.
Esta mañana me han dicho en La Lola (restaurante de Casas Ibáñez que te recomiendo, si algún día quieres comer algo diferente y que merezca la pena), que quieren organizar algo, una comida o un picoteo, algo a lo que yo pueda aportar mi “famosa” tosta “Amaretto”; la receta con la que gané el premio. A lo mejor aún hay gente que no se ha enterado de que, por una vez, en vez de obtener un premio literario, conseguí uno de cocina. Le he estado contando al hijo de Lola que la receta fue una de las diez finalistas y que por eso tuve que irme a Madrid, a elaborarla delante del jurado final, en la Escuela de Hostelería de la Comunidad de Madrid. Allí quedé el tercero, pese a que quizás la mía era la más simple de todas, aunque creo que la más original, puesto que me atreví a mezclar jamón ibérico con licor de almendras amargas (de ahí el nombre de Amaretto). Quienes quieran saber más detalles, que pinchen aquí y los podrán encontrar todos, con alguna que otro foto mía (y de los otros concursantes, claro) y todas las recetas finalistas.
Me decía Miguel Ángel Carcelén que esto no debería contarlo así, sin más, que debería escribir un cuento. No sé. Pero ya que lo menciono (pese a que a él no le voy a mandar esta carta), te voy a recomendar que, si puedes, leas su libro Las mentiras verdaderas; la primera edición se agotó en sólo unos días y de la segunda, por lo que parece, tampoco quedan ya ejemplares, así es que es difícil conseguirlo en librerías, pero puedes buscarlo directamente en la página de la editorial, uno de los enlaces que os ofrezco y que es de visita obligada por varias razones y, algunas de ellas (aunque no todas ni las más importantes), tienen que ver conmigo: Es la editorial que acaba de sacar mi libro de relatos “Historias de gente sin historia” y, además, es una editorial solidaria (creo que la única), que dedica todos (pero todos todos), sus ingresos a apoyar proyectos de desarrollo en el tercer mundo… Y los de este año de 2006 los están entregando a los proyectos que yo me traje de Colombia en mi último viaje: la construcción de un albergue para ancianos desamparados (éste ya está casi cubierto en lo que me comprometí: la compra del solar y de los primeros matinales para la obra), y el mantenimiento de un orfanato para niñas que han sufrido todo tipo de violencia, en la guerrilla o en los campamentos de desplazados por la violencia… Seguramente ya te he dado la matraca con este tema más de una vez; así es que no voy a insistir más, pero en la página de la editorial puedes ver algunos detalles en el enlace que dice nuestros proyectos en Colombia y que, además de aquí, aparece en varios sitios de la página principal… Por cierto que sepa mi desconocida y joven amiga Anita Lechuga, si ha llegado hasta aquí, que en Publicaciones Acumán también puede conseguir mi libro El Cerro de los Cuchillos, aunque no fue editado por ellos.
Estuvimos descansando unos días en la playa, en Mojácar (La imagen es la reproducción de un cuadro que se llama "Mojácar Night" de Sarah McEneaney’s). Eliana y los niños se pasaban las horas en el agua. Yo prefería quedarme leyendo en la terraza de la habitación, que también daba al mar. Además del libro de Miguel Ángel Carcelén, me leí Historia de mis calles de Francisco González Ledesma. Un verdadero placer que me obligó a recordar los viejos tiempos de la Editorial y de aquel entrañable certamen de cuentos cortos-cortos, que tantas satisfacciones nos dio y, entre otras, las de que un día este hombre sabio y bueno se sentara a nuestra mesa (acompañando a su hija Victoria, la responsable de los temas culturales en la revista “Mía”, que había ganado un tercer premio), y estuviera con todos nosotros, sin hacer ninguna ostentación de su calidad como escritor, de sus publicaciones con las editoriales más importantes del país, de sus premios (el Planeta entre otros)… con toda la humildad y sencillez con que se muestra en esta biografía suya que también te recomiendo, os recomiendo.
Por cierto que, ya que estaba en Andalucía, aproveché para comprarme (¡en un chiringuito de la playa!), un libro de relatos de Francisco Ayala (Historia de Macacos), porque además de ser andaluz acaba de cumplir cien años. Aún no he acabado de leerlo, pero el primer relato, el que da título al libro, desarrolla un tema que hace años yo venía imaginando para una novela que nunca fui capaz de escribir… No es la primera vez que me pasa esto de que, después de meses o años imaginando algo, me lo encuentro hecho. Pero es sólo una anécdota. Otra que, como cada año en la playa, me fui a buscar la biblioteca del pueblo, en la que nunca me tropiezo con otros veraneantes o turistas (de hecho, casi siempre están vacías, ya sea en el Rincón de Lois de Benidorm, en Playa de Aro o, esta vez, en Mojácar); en ésta no pude aguantar mucho porque hacía un calor espantoso y los libros estaban revueltos y amontonados sin orden por todos los rincones… un poco como
... (quiero leerlo todo)Un poema de Lola Mayo

No puedo decir que Lola Mayo sea mi amiga... pero la conozco y una vez me llamó “loco”. Lo dijo con tanto cariño que, años después, me sigue pareciendo un bello elogio. Fue durante la presentación en Madrid del libro Segundos Cortos, en el que se recogían los finalistas del II Certamen de relatos hiperbreves que convocamos en Edisena; entre ellos se encontraba Dobles cuerpos, uno delicioso que ella había escrito sobre las consecuencias del amor. Lola Mayo no ganó ni se ha hecho famosa como escritora, aunque algo sí que lo sea como guionista de televisión (Documentos TV) y de cine (Lo que sé de Lola). Recuerdo también que vino a la presentación con su madre y que se sentó a mi lado en la mesa; no la he vuelto a ver desde aquel encuentro, pero sí que hablamos un par de veces por teléfono y, meses después, me envió por correo un ejemplar dedicado de su libro Perfil del abordaje, con el que había conseguido en Navarra el premio de poesía “Angel Urrutia”... Lo he leído más de una vez y aún me emocionan sus poemas; el primero de ellos todavía me humedece los ojos:
HE ESCRITO un libro.
Me lo envían reciente
con las tapas azules y amarillas
y una dedicatoria en versos anchos.
He llorado al atardecer sobre mi libro.
Porque cuenta la historia de mi alma.
Porque cuenta los amores que no tuve,
los libros que leí y que no leí,
porque cuenta episodios de los que no soy protagonista,
porque contiene las claves de la vida
que aún no supe vivir, en tantos años...
Lloro porque un libro así
lleva mi nombre en la cubierta.
Pero lloro también por otras cosas.
Lloro porque para escribir mi libro
desoí las penas de algunos amigos,
me olvidé de contestar cartas sinceras
y casi maté de hambre al pobre Atticus,
mi perro, que a fin de cuentas,
tampoco tiene la culpa de que a los hombres,
a cierta edad, nos dé por hacer libros.
Este libro por tanto es culpable
de mis pecados tristes
de omisión e ignorancia.
Me acuso, sobre todo,
de que por este libro,
por la tiranía de sus capítulos,
por la necesidad de su trama,
amé a un hombre urgentemente,
le acaricié deprisa, sin paciencia,
y se fue de mi lado
más desnudo aún de lo que quiso.
Así que este libro ojalá lo compren muchos,
yo lo vendo; no lo quiero conmigo.
La próxima vez
escribiré libros con menos páginas,
o poemas con menos versos,
o versos monosílabos.
Y amaré más despacio.
La próxima novela de José Saramago

Antes de colgar este artículo en el blog (antes de hacer un asiento más en este cuaderno de bitácora), he tenido que averiguar si ya ha salido a la venta el nuevo libro de José Saramago, El viaje del elefante; su lanzamiento está anunciado para este mismo otoño. Afortunadamente aún no se ha puesto a la venta, aún no está en las librerías y yo puedo hablar tranquilamente de él... sin haberlo leído.
Parece que no tenga sentido escribir sobre un texto que no se conoce (y no es que lo parezca, es que es así). Pero que nadie se asombre, yo no voy a hacer ninguna crítica de sus páginas ni, por supuesto, voy a recomendar o desaconsejar su lectura; para lo que sí me va a servir esta novela, quizás ya impresa, pero que no se podrá comprar hasta dentro de unas semanas, es para contaros que yo me enteré de su existencia hace un par de meses, cuando preparaba mi viaje a Salzburgo y supe que el escritor luso se inspiró en un restaurante de aquella ciudad, “El Elefante”, para iniciar su escritura. Pensé que igual que, como el resto de los turistas, me haría un foto ante la casa en la que nació Mozart, o visitaría los lugares en los que se rodó Sonrisas y lágrimas, rescatando muchos recuerdos de mi primera juventud; acudiría una tarde a tomar un café en ese lugar y tal vez, sentado ante un velador de mármol, también yo empezaría a escribir una novela.
Siempre que he viajado me ha gustado visitar los lugares relacionados con los libros o los autores que me han gustado. Guardo con cariño las fotos que me he hecho en casi todos los parajes que fueron escenario de las aventuras de Don Quijote: desde la Cueva de Montesinos a la playa de “Barcino”, desde los molinos de vientos de Mota del Cuervo o Campo de Criptana a Sierra Morena... sin olvidar la iglesia o la Casa de Dulcinea en El Toboso, alguna que otra supuesta venta manchega en cuyo patio se rememora el nombramiento de Alonso Quijano como caballero andante, o la cueva de Medrano, antigua cárcel de Argamasilla de Alba en la que se supone que Cervantes empezó a escribir su obra maestra. He viajado adrede hasta Galicia para buscar “Gondomil”, la aldea en la que transcurre uno de mis relatos preferidos: La casa de la lluvia, de Wenceslao Fernández Flórez; y he aprovechado mi paso por otros lugares para leer y fotografiarme, con un libro suyo entre las manos, ante las casas de autores como Juan Ramón Jiménez (en Moguer), Kafka (en Praga), Rosalía de Castro (en Padrón), Gabriel y Galán (en Guijo de Granadilla), Teresa de Jesús (en Ávila), Álvaro Cunqueiro (en Mondoñedo) Pablo Neruda (en Isla Negra), por citar sólo a los primeros que me vienen a la memoria... Dos viajes siguen pendientes: el Dublín de James Joyce y el de Aracataca (o Macondo, como él le llama), de Gabriel García Márquez.
Hassan y Mónica (mis amigos austriacos, aunque él sea iraní y ella chilena), se desvivieron por lograr que mi estancia en Salzburgo también se convirtiera en un recuerdo bello e inolvidable; no sólo me acogieron en su casa con generosa hospitalidad, me hicieron partícipe de sus amigos y me enseñaron todos los rincones de la ciudad (casa natal de Mozart y escenarios de “Sonrisas y lágrimas” incluidos), sino que, además, como yo les había pedido, me llevaron un mediodía a “El Elefante”, que no era una cafetería, como yo había imaginado en un principio, sino un hotel y un restaurante. No pude inspirarme allí (y ha tenido que pasar casi un mes para que pueda convertir el recuerdo en palabras), pero me hice la foto junto al elefante de madera que le da nombre.
José Saramago es un autor que siempre me atrae. Sus títulos me resultan sugestivos y sus argumentos tentadores, pero luego no termina de engancharme cuando lo leo. Un fragmento de la novela aparece en su blog (puede leerse pulsando aquí). A mí no me ha gustado (tampoco esta vez); pero, después de lo que acabo de contaros, estoy seguro de que si un día pudiera alojarme en ese hotel, me la llevaría como libro de cabecera y la leería con mucha ilusión.
Sin Bruno ni Cecilia

A lo que más temía era a las trompetas del Juicio. Y eso que, a sus sesenta y tres años, ya no podía considerarse un niño ni tampoco, después de haber pasado prácticamente toda su vida durmiendo en la calle, se le podía calificar de cobarde... Pero resultaba inevitable: cuando se encontraba mal (lo mismo daba que hubiera conseguido cama en el albergue o que, como aquella fría noche de abril, se dispusiera a dormir en las escaleras del metro, arrebujado en cartones), no había manera de poder quitarse de la cabeza el cartel policromado que viera de niño, cuando todavía iba a la escuela; una
lámina en la que, en medio de una terrible tormenta, siete ángeles tocaban otras tantas trompetas anunciando el Juicio Final.
Presumía de no creer en papanaterías… o no quería creerlas; si no "¿a cuento de qué ese miedo?" Se preguntaba a si mismo. Y no sabía qué responderse. Se acurrucaba un poco más entre los trapos y los cartones con los que se había hecho la cama, y trataba de pensar en otra cosa. A veces lo conseguía y se dormía recordando el mar que sólo había visto una vez, siendo niño todavía. "Mañana mismo me voy para allá", se decía, ya medio dormido. "¿Qué más dará andar vagabundeando en un sitio o en otro? También allí habrá algún albergue donde me den un plato de sopa, cada dos o tres días, y me dejen dormir si hace frío; no me ha de faltar dónde encontrar un paquete de cigarrillos y una botella de vino" Veía entonces romper las olas sobre la playa y creía reconocer sus propias huellas de niño, marcadas en la arena. Otras veces recordaba a Bruno, el perro que un día se le llevaron a la perrera, los tres años de mili, la última película que hubiera visto en el cine, o a su amigo Juancho que, como sabía leer y escribir, siempre se las ingeniaba para dormir a cubierto; sólo si había bebido un poco de más y no podía controlarse, pensaba también en Cecilia. No le gustaba acordarse de ella, porque sólo hacía unos meses que había muerto; eso le había dicho Juancho: "Se la encontraron en el portal donde dormía, tiesa de frío. Se la llevaron al depósito sin saber quién era y allí ha estado más de un mes, hasta que han podido enterrarla".
Si pensaba en la muerte, enseguida se acordaba de las trompetas del juicio y se imaginaba que los ángeles lo llamaban a trompetazos desde una nube blanca, bajo un cielo plomizo y sin sol; y él, ¿cómo había de saber lo que tendría que hacer o decir?, ¿con quién podría acudir a la llamada? Si al menos Cecilia lo hubiera esperado para morir y se hubieran ido juntos; pero, claro, se habían enfadado y ya no había vuelto a verla. Habían pasado juntos casi dos años, riñendo los mas de los días y marchándose cada uno por su lado, pero volviendo a encontrarse poco después para compartir el vino, el pan y un camastro en una mal llamada pensión; luego montaban la trifulca y “si te
he visto, no me acuerdo”… Pero estaba bien porque, a pesar de los enfados, siempre volvían a buscarse con la certeza de que, antes o después, se encontrarían... Hasta que la llamaron las trompetas, y tuvo que irse sola, sin poder decirle adiós.
Si al llegar a este punto aún estaba despierto, se secaba una lágrima con el envés de la mano y trataba de pensar en otra cosa. Pero lo más seguro es que se hubiera dormido antes, a mitad de alguna de las aventuras que juntos habían vivido a lo largo de aquel tiempo que, visto con un poco de distancia, al abrigo de los cartones y del calor que por la boca del metro subía desde el centro de la tierra, se le antojaba tan hermoso como la propia niñez, como el mismísimo mar, como las películas de color.
Lo peor era cuando el traqueteo del último tren de la madrugada, o el primero de la mañana, lo despertaba sobresaltado y le hacía pensar en el Juicio Final. En medio de la oscuridad y de los indescifrables ruidos de la noche, la estampa bíblica adquiría todo el esplendor de una película en la que las imágenes, tomando vida, se ponían en movimiento, en la que se oía el toque de las trompetas, las alabanzas y los gemidos de quienes a su alrededor encaminaban los pasos hacia el Tribunal… y él, en medio de todos, sin saber qué hacer ni qué decir, completamente perdido y solo entre la multitud. En tan angustioso momento, lo único que hubiera deseado hubiera sido encontrar una mano de la que asirse, alguien querido que caminara a su lado, a quien coger por el hombro, a quien decir o que le dijera; "¡Vamos!"... Tenía miedo de llegar solo ante el Juez; tan solo como se encontraba al abrigo de sus cartones, tan solo como habría llegado Cecilia.
Ésa era la conclusión que sacó el día que pensó que lo mataban, la explicación que de su miedo se dio a sí mismo. Había sido antes de conocerla. Eran tres y lo habían despertado a patadas para pedirle un dinero que no tenía; le habían pinchado primero las piernas y luego, ante lo que ellos creían resistencia y no era más que miseria, le dieron dos navajazos más certeros que lo dejaron sin sentido en medio de un charco de sangre. ¡Si al menos hubiera estado Bruno para enseñarles los dientes!... Pero no, estaba solo: al perro se lo habían llevado los guardias en el camión de la perrera, estirándole del cuello con un lazo que ahogaba sus últimos ladridos. Cuando despertó en el hospital, pensando que iba a morir, recordó las trompetas del Juicio y tuvo miedo. “Aunque fuera Bruno", se decía para sí, sin encontrar a nadie más que pudiera acompañarle.
Fueron buenos aquellos días en el sanatorio: pijama limpio, comida caliente y muchos enfermos que le contaban sus penas y le preguntaban por sus heridas. Lo peor era el ahogo de verse todo el día encerrado entre cuatro paredes; pero volvería a gusto de vez en cuando, si no fuera preciso sentir de nuevo el pinchazo del acero, la humillación de ser despertado a patadas... Por si acaso, desde entonces siempre guardaba un billete bien doblado en el bolsillo.
Aquella fría noche de abril, ya con los ojos cerrados, buscó entre sus harapos el papel moneda y lo apretó fuertemente como si se tratara de un talismán. Tenía miedo y se encontraba mal, pero finalmente se durmió. Lo despertó la húmeda caricia de un beso y, al abrir los ojos, se encontró a Bruno cara a cara. "¡Te escapaste, granuja!", le dijo alborozado, abrazándose a su cuello, mientras el perro no dejaba de mover la cola. "¿Pero dónde te has metido todo este tiempo?" Un trueno le hizo levantar la vista hacia un cielo plomizo, sin luna ni estrellas, pero con la misma luz del cuadro de su escuela.
"Estoy soñando", pensó antes de escuchar una voz que lo llamaba: "¡Vamos!" Era Cecilia quien le tendía su mano y quien, con una sonrisa que nunca le había conocido, le ayudaba a levantarse. "Estoy soñando", se repitió, mientras la abrazaba con miedo a que de verdad sólo fuera un sueño. Echó a andar, con el perro a un lado y la mujer, cogida de su mano, al otro. Oyó entonces las trompetas, pero no quiso despertarse y siguió durmiendo.
