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Resumen
- 04/02/2008 21:36 - Un sólo momento
- 25/02/2008 01:07 - Promesas que parecen amenazas
Un sólo momento

He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer… He abandonado lo que estaba haciendo, para escribiros en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había vislumbrado en sueños… He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia... Os escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado. Maúlla un gato. Está más oscuro y el aire viene frío. Alguien llama al timbre, pero a mí me da pereza levantarme. Suena el teléfono, pero no me apetece cogerlo. Prefiero seguir pensando en el vaho de las gavillas de sarmientos mojadas sobre las blancas tapias de un patio, en aquellas panaderías que calentaban el horno quemando ramas de pino; tan bueno era el olor de la leña amontonada a la entrada como el de las hogazas recién sacadas del hogar, cuando todavía era de noche… Prefiero seguir mirando hacia un horizonte cada vez más difuminado, a las pequeñas ventanas que se van encendiendo en los edificios de enfrente, dando testimonio de que entre sus paredes hay vida: niños que hacen los deberes, hombres y mujeres que se disponen a preparar la cena, que esperan una llamada de teléfono o a que comience el programa de televisión que les hará olvidar sus penas por un momento… quizás alguien lea un libro o escriba una carta o escuche la radio con la luz apagada.
Las ideas corren más veloces por la mente que mis dedos sobre el teclado del ordenador. Mi imaginación salta a la oscuridad, al vacío, y esa lluvia que no cae, que tan sólo ha sido un recuerdo, me obliga a buscar refugio en el zaguán del cine Rex. Al otro lado de los cristales, los “cuadros” nos invitan a adivinar la próxima película que veremos… En aquellos tiempos de otoños lluviosos e inviernos de nieve y escarcha, en el pueblo había cine casi todos los días. Los lunes y los jueves, en sesión de noche; los sábados y domingos, por la tarde y después de cenar. Eran películas para adultos, incluso algunas (como La mujer marcada), de las calificadas por la iglesia como 3R… Tarde años en saber que existían también las que habían obtenido un 4, pues ésas, como eran moralmente peligrosas para todos, no llegaban nunca a Casas Ibáñez. Pero lo importante, para quiénes éramos niños, era la sesión que para nosotros se hacía cada domingo por la tarde: pocas películas infantiles, pero todas toleradas; la mayoría, en blanco y negro (como la vida), aunque la tendencia se fue invirtiendo con el paso de los años y acabaron siendo todas en color (como los sueños). El lejano Oeste americano, las enmarañadas selvas africanas, las profundidades marinas, los dibujos animados, los enredos de los cantantes de la época, los niños prodigio, los valientes espadachines, el más difícil todavía del mundo del circo, las vidas de los santos… y un largo etcétera que empezaba a alimentar nuestros sueños desde el domingo anterior pues, gracias al trailer que se proyectaba o los carteles que las anunciaban, podíamos jugar a adivinar qué iba a ocurrir en la película.
… Pero ya no llueve, ni las tahonas amontonan las ramas de pino en su entrada, ni las gavillas de sarmientos esperan la lumbre sobre las tapias encaladas del corral… Hace años que no funciona el cine Rex y los “cuadros” se llaman ahora “lobby card”. De nuevo suena el timbre y vuelve a repicar el teléfono. La noche se ha cerrado del todo; encenderé la lámpara y corregiré lo escrito: pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Es lo que tienen los momentos, que son tan efímeros como la eternidad.
Promesas que parecen amenazas

Muchas mañanas, antes del amanecer, cuando salgo de Requena para enfilar la N-322 e ir a Casas Ibáñez, me encuentro junto a la última rotonda un grupo de trabajadores, esperando la furgoneta que los llevará al tajo; arrebujados por el frío, malamente guarecidos de la lluvia, semiocultos por la niebla… según se presente el día que, en invierno, rara vez es bueno.
Son inmigrantes. Podrían no serlo, pero lo son, y esta vez viene al caso. A uno de ellos, Juan, lo conozco; por eso sé qué esperan y qué les espera.
La furgoneta llegará enseguida y, apenas dos kilómetros después, pararán a repostar en la gasolinera de El Pontón. El gasoil lo costean entre todos: un euro cada uno; saben que eso es suficiente para el combustible que necesitarán para ir y volver, pero seguramente ignoran que más de la mitad de lo que han abonado, sobre el 60,05 por cien, han sido impuestos (15 de los 25 euros que gastarán, día a día, a lo largo del mes). Trabajan en una obra, en la construcción; les pagan por semanas, 250 euros cada sábado… en la nómina que les entregan al final de mes figuran reflejados 1300 euros, de los que les descuentan 91 para Seguridad Social y 135 como retenciones de hacienda… así es que la cuenta, más o menos, les cuadra. Lo que Juan no sabe es que, además, la empresa cotiza por él otros 520 euros a la Seguridad Social.
Juan y sus compañeros almuerzan en la obra pero, de lunes a viernes, acuden a comer al bar de un polígono cercano, donde les ofrecen un menú por 7,50 euros, impuestos incluidos (es decir, que los cincuenta céntimos del pico no se los come él, sino la Hacienda Pública: 13 euros cuando haya acabado el mes).
Juan está casado y tiene dos hijos. Ella se llama María y ellos Andrés y Nicolás. Algunos de vosotros, a estas alturas de la lectura, habréis dejado de creerme: Los inmigrantes tienen nombres como Mohamed, Víctor Alejandro, Nicoleta, Fátima, Lina Paola, Yonatan, George… Es verdad, los nombres son inventados y los he puesto sólo para simplificar; pero Juan, María y sus hijos existen y las cantidades que estoy sumando para calcular sus impuestos son las mismas que utilizaría si estuviera hablando de una familia española de toda la vida, y que estuviese en una situación parecida… Así es que, si me lo permitís, voy a continuar:
Cuando Juan se va a trabajar, María se queda haciendo tareas en la casa y prepara a los niños para llevarlos a la escuela. Cuando ellos, en medio de alegre algarabía, entren por la puerta del colegio; ella también se irá al curro. Hace un par de años que cuida un anciano… Eso quiere decir que, aparte de atenderlo con un cariño especial (con todo el mimo y cuidado que su familia no sabe poner), mientras el hombre no la necesita, ayuda en la limpieza de la casa, en la cocina, en el planchado de la ropa; pero sobre todo se ocupa de él: lo asea, le obliga a comer, lo lleva a pasear por el parque (como en el dibujo), le hace rabiar entre risas… Cobra setecientos cincuenta euros al mes y, de ahí, ella se paga su seguridad social como empleada de hogar, unos 150 euros. Come en la casa donde trabaja y los niños lo hacen en el comedor escolar; así es que, entre semana, no tiene que hacer comida al medio día y su hijos sólo pagan 3,50 euros… entre los dos 140, de los que sólo 5 son de IVA.
Si alguno se ha molestado en ir haciendo las cuentas ya habrá llegado a la conclusión de que, después de todo esto, esta familia aún cuenta con más de mil euros para vivir… y ya han comido todos de lunes a viernes. Sólo faltan, las cenas y los fines de semana; pero también la ropa, las medicinas, los recibos de agua, luz, basuras, los móviles de ambos, las llamadas telefónicas a su país desde el locutorio, el alquiler del piso y la letra del coche que están pagando a plazos… No os equivoquéis, no pretendo dramatizar, no están ni mejor ni peor que otras familias del pueblo, que millones de familias españolas; no pueden ahorrar, les cuesta llegar a final de mes, pero comen cada día y viven con esperanza… La retahíla de los numerosos gastos que no pueden eludir era sólo para señalar que, al final de mes, todo el dinero se acaba y que eso les ha supuesto pagar (con la luz, el teléfono, el agua, el alquiler, el supermercado, la farmacia…), una media de 175 euros más en concepto de IVA… Pero, como no sé mucho de Matemáticas y no sé nada de Economía, pudiera ser que se me hubiera olvidado de algún detalle.
Cuando ha caído la noche, Andrés y Nicolás hacen los deberes, María termina de preparar la cena y Juan ha ido a tirar la basura… Luego verán la televisión, tal vez una de las cadenas que, sin que ellos lo sospechen, están contribuyendo a mantener… Es posible que ni siquiera imaginen que cada mes tributan a la Hacienda española 584 euros (7.000 a lo largo del año, más del doble si tenemos en cuenta también la aportación empresarial a la Seguridad Social, por parte de la empresario del marido)… Es posible que a Juan y a María, de saberlo, tampoco esto les importe o moleste más que al resto de los españoles; hasta podría ser que, si se percataran de ello, empezaran a ver como algo suyo las carreteras, los hospitales, las escuelas, el ejército, las oficinas de empleo, comisarías de policía, parques de bomberos, las televisiones públicas, el sistema de pensiones y todo lo que ayudan a mantener con su trabajo y su consumo, incluidos la familia real y los diputados que no pueden elegir… Hasta podría ser que se sintieran orgullosos de ello, de formar parte del país que han escogido para vivir y al que ayudan a crecer día a día… aunque luego no les permitan votar.
Bien, pues ahora resulta que Mariano Rajoy nos asegura que, cuando él sea presidente, los inmigrantes tendrán que pagar sus impuestos. ¿Qué querrá decir con eso? ¿No los están pagando ya con Zapatero? ¿No los pagaban ya con Adolfo Suárez, con Calvo Sotelo, con Felipe González, con Aznar?
Repito que no sé nada de Economía y que, a partir de aquí, sabiendo que en España hay ahora mismo más de dos millones de inmigrantes cotizando a la Seguridad Social, si tuviera que seguir haciendo multiplicaciones, me perdería… así es que tomo datos que han hecho públicos J. Ignacio Conde-Ruiz y Clara I. González, investigadores en FEDEA: “las aportaciones de los inmigrantes permiten pagar la pensión de 1.100.000 jubilados (sólo 69.000 son extranjeros); pagan el desempleo a 300.000 pardos (lo cobran sólo 150.000, la mitad); sin la inmigración el llamativo crecimiento del PIB, que en los últimos años ha tenido una media del 3,5%, no hubiera alcanzado el 2 %.”.. podéis leer el artículo completo: ¿La inmigración es un problema real?... Ellos lo explican mucho mejor que yo que (sólo quería deciros eso), no salgo de mi asombro por más veces que lea la promesa/amenaza de Rajoy.
