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Resumen

Tampoco valen las flores

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Describiré mi llegada a aquella oficina, cómo subí las escaleras, entré en el despacho casi vacío y la vi a ella frente a la máquina de escribir, junto a un mostrador de madera en el que hacía guardia un ventilador polvoriento, inútil en el invierno toledano... Quizás no fue así. La verdad es que sólo la recuerdo a ella y eso ya está muy repetido... Además, no quiero empezar por el principio. El lector tiene que saber que hubo un antes que tendrá que averiguar a medida que avance la historia. En vez de describir el despacho, recrearé la calle por la que anduvimos camino de un bar; le pregunté qué le habían traído los Reyes y me enseñó el reloj que se había comprado ella misma... Pero eso sería igual que ponerla a limpiar escaleras para pagarse la academia donde preparaba la oposición; son detalles que conmueven a quien los vivió, tal vez a quien los escucha, pero no al que los lee en una novela... Mejor lo de la caña con la que nos despedimos en una tasca de Toledo; parece un final y apenas era el principio; puedo describir el sol que entraba por los cristales, el sabor amargo y fresco de la cerveza, el murmullo de los parroquianos, un coche que pasaba por la calle, su sonrisa... Nadie podría sospechar lo que iba a ocurrir a partir de ese momento... Aunque se pueda imaginar que si está al principio será porque todo tiene que llegar... Es tan previsible que se puede convertir en un cuento rosa y ésta no es sólo una historia de amor... Por la misma razón, tampoco valen las flores; ya ni siquiera a mí se me ocurriría enviarlas; aunque el ramo sería  lo de menos, sólo una excusa para contar cómo amanecía en las calles de Jaén, cómo se despertaba la ciudad mientras yo, borracho de sueño, buscaba una floristería y repetía su nombre para mis adentros... ¿Y por qué no empezar por el final, por la última vez que, sin venir a cuento, me acordé de ella, después de años sin vernos y meses sin llamarnos?... Encontré un cuaderno gastado por el uso, un bloc de tapas verdes en el que se conservaba el borrador de la primera carta que le escribí, recién llegado a casa, antes de saber si había recibido las flores, si nos volveríamos a ver, si algún día sería yo quien le comprara los reyes, si cuando cumpliese mis cincuenta años estaría a mi lado, entre las personas más queridas… Por un lado fue como viajar en el tiempo y volver a ver mi letra de entonces, presurosamente escrita con la emoción del momento; mas por otro resultó penoso: La carta, leída así en la distancia, ni emociona ni conmueve; no transmite la fiebre con que la escribí, no refleja ni lo que sentí ni lo que quise expresar; sólo yo puedo entenderla, y no por lo que leo sino por lo que me recuerda... es más, me pregunto si a ella le pudo transmitir algo; podría servir para cualquier otra persona, no dice nada, nada que no haya podido decir o pensar cualquiera después de una primera noche de amor...Y a pesar de todo Blanca sigue aquí. Eso es lo asombroso: Que ella sí supiese leer lo que yo no había sabido escribir.

11/12/2008 19:20 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Como cuando los “Christmas” se llamaban Tarjetas de Navidad

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             La Navidad no se ve llegar desde la ventana, salvo que ésta se asome a una de las calles iluminadas por el Ayuntamiento o con escaparates decorados al uso… No es el caso; la mía da a cientos de tejados que se pierden en la distancia y se confunden con las montañas tras las que se esconde el mar… Aún así, me he enterado de que ya se acercan las deseadas y denostadas fiestas: lo dicen en televisión; en el salón de casa, Eliana ha colocado el árbol y el belén; los niños han dejado de ir al instituto; en los supermercados venden turrón y mazapán; en todos los conciertos se incluyen temas navideños; mis compañeros se han ido de vacaciones, dejándome solo en la oficina; en el colegio de al lado se oyen cantar villancicos en la hora del recreo y, por Internet, han empezado a llegarme archivos con felicitaciones de Navidad de todos los pelajes (humorísticas, humanitarias, emotivas, eróticas, tradicionales…); también María y Ramona, como cada año, me han enviado un “christma” hecho a mano, con tiempo y con amor.

            Queriendo añadir mi gotita de agua a este torrente de buenos deseos, he recordado que durante una época, cuando todas las felicitaciones las traía el cartero, mantuve la buena costumbre de guardar cada año las tarjetas que recibía y, cortándoles la parte escrita, enviarlas yo en la siguiente Navidad; no era tanto por ahorrar unas pesetas como por no tirar algo que me parecía bello y reutilizable (quizás sea por esa misma razón por lo que me gusta más comprar libros usados que nuevos; o por lo que, cuando era niño y coleccionaba sellos, sólo valoraba aquéllos que ya se hubieran utilizado, que ya hubiesen viajado de un lugar a otro, franqueando el camino a una carta de amor o de duelo, a las noticias de un soldado o de un pariente emigrado, al oficio que concedía una pensión de viudedad o que denegaba una beca, a una felicitación de cumpleaños… o de Navidad).

            Este año, aunque adaptándome a las nuevas costumbres, voy a hacer lo mismo que en aquel entonces (cuando los “christmas” se llamaban “Tarjetas de Navidad”) y, aprovechando una felicitación recibida por Internet hace dos años, os deseo todo lo bueno que se pueda desear con el dibujo que para Fernando Lalana hizo en diciembre de 2006 su amigo y colaborador José María Almárcegui… Yo sólo he tenido que poner el beso y todo el cariño que cada uno de vosotros se merece.

21/12/2008 23:33 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.


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