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Resumen
- 10/01/2007 01:35 - La procesión de los días (09.01.2007)
- 17/01/2007 00:14 - Carolina... o la princesa Luchima
- 27/01/2007 15:27 - En otros países (27.01.2007)
La procesión de los días (09.01.2007)

Hoy, para empezar a escribiros, le tomo prestado el título a Wenceslao Fernández Flórez; al que he vuelto a leer, con placer, después de mucho tiempo. Los Reyes me han traído sus obras completas, editadas por Aguilar en siete tomos… llevaba más de veinte años buscándolos. A veces, para empezar a escribir, cuando ya he perdido el hábito de hacerlo, tengo que buscarme una excusa como ésta, que me ayude a arrancar. Tenía otra preparada: “Esta mañana, cuando volvía al trabajo, en medio de la niebla me he encontrado con Irene, que andaba sola y sonriente, como siempre. Me ha recomendado que vea “Babel”, la última película de Alejandro González Iñárritu, antes de volverse a perder tras la densa cortina a que se cerraba a sus espaldas”
Cualquiera de los dos inicios me valía porque, en principio, pensaba hablar de libros y películas… aunque también de otras cosas; si me he quedado con la primera es porque el título de esta novela (que he terminado de leer esta misma tarde), me parecía muy adecuado para comenzar esta carta que también podría haberse llamado “Las doce uvas” o “Adiós para siempre”, como luego se verá.
Digo que hace tiempo que quería hablaros de libros, que casi nunca lo hago. De los que he leído estas Navidades: El hombre que fue jueves de Chesterton, Mi familia y otros animales de Gerald Durrell (no pude, sin embargo, con el Sebastián de su hermano Lawrence; aunque ahora lo estoy intentando con Justine y sí me está gustando), y una antología de Cuentos Colombianos… me vuelvo a quedar con El mago de Lublin de Isaac Bashevis Singer, que he releído después de varias décadas (¿nunca os he contado su cuento Cuando Shlemel fue a Varsovia? Pues merece la pena)
Pero ahora me doy cuenta de que eso hay que escribir en el momento, cuando las sensaciones que ha despertado la lectura aún están vivas; cuando, al llegar la noche, los personajes de las novelas se mezclan con nuestros amigos en mitad de los sueños; cuando basta con cerrar un momento los ojos para volver a sentir la caricia del tímido rayo del sol de invierno que iluminaba la página que leíamos junto a la chimenea, o en el banco del parque, solitario, en una fría mañana de Año Nuevo… E igual ocurre con las películas que se ven y no se cuentan; uno termina por olvidarse hasta del título (si no es de las que anuncian por televisión), y se queda sólo con alguna escena, con alguna imagen suelta o unas pinceladas de la historia, como la de aquellos dos hermanastros que encontraron el amor (o algo parecido), después de los treinta años, en “Las partículas elementales”, que al final dejan mejor sabor de boca que las películas de fantasmas (como “Scoop” o “Volver”, por muy de Woody Allen y Almodóvar que respectivamente sean)… Mas si hay una de estos últimos días que nunca voy a olvidar, aunque la viera en televisión, es la de “Dogville” (a la que pertenece la imagen que he escogido para acompañar este artículo).
Decía que había más cosas de las que hablaros, aparte de los libros y las películas… Quería mencionar también la muerte de Rafa, con quien trabajé codo a codo durante veinte años (hasta hace sólo unos meses), y no sólo en la oficina, sino también en la radio, en el teatro, en algún proyecto más idealista que político… Siempre estuvo ahí, cercano, en los buenos momentos (bodas, éxitos profesionales, presentaciones de libros, premios literarios…) y en los malos (enfermedades, separaciones, muertes de seres queridos…). Veinte años, a razón de 365 días por año y una media de 7 u 8 horas al día, son muchas horas de convivencia, como para no sentirlo enormemente… pero hablaremos de él cuando podamos hacerlo sin la tristeza de su ausencia, sólo con la alegría de haberlo conocido.
En fin, que muchos han sido los motivos y las excusas que tenía para volveros a escribir y, hasta hoy, no he sabido aprovechar ninguno de ellos… Lo mismo que me ocurrió al comerme las uvas, cuando pasábamos de uno a otro año: Se me olvidó formular deseos, hacer propósitos encomiables, apadrinar buenas intenciones… Me di cuenta al acabar y no supe muy bien si había perdido una ocasión o así estaba mejor puesto que, no mucho antes, estuve pensando (tomando conciencia), de todos esos planes que uno arrastra consigo desde que recuerda y que nunca llegan a realizarse: aprender inglés, adelgazar, dejar de fumar, ahorrar para la vejez… Hasta había empezado una lista de todas aquellas cosas a las que iba a decir adiós para siempre… Una lista que se quedó abierta, pero que bien podría ajustarse ahora, por aquello de las doce campanadas, de las doce uvas:
Adiós para siempre a
· tener un hijo biológico… me quedo definitivamente con Julie, David y Natalia; como me hubiera quedado en su día con Sandra o hasta con Alejandro, a quien le enseñé a distinguir las puertas de las ventanas y el agua de la lluvia… y si tres son pocos, pues ahí están todas las niñas del Hogar Niña María, para ser queridas y cuidadas en la medida de lo posible.
· aprender inglés… aunque lo cierto es que nunca lo intenté del todo. Ni italiano, ni gallego, ni catalán siquiera. Me quedo con el húngaro, que elegí sobre el mapa de Europa, cuando era poco más que un niño, y con el francés, que me obligaron a estudiar en el bachillerato y que ahora voy a leer por mero placer.
· aprender griego (vamos ahora con los clásicos), por más que me lo recomendara Torrente Ballester la única vez que tuve la ocasión de hablar con él (“Hasta que no haya leído La Odisea en griego –me dijo--, no habrá leído nada”)… Pues me quedo con el latín, que me enseñaron a estudiar como si de resolver un enigma policiaco se tratara.
· leer los cientos de peri&o
... (quiero leerlo todo)Carolina... o la princesa Luchima

La primera vez que vi a Carolina ella estaba a miles de kilómetros de distancia. Yo, por mi parte, en un pueblo mezquino de Toledo, cuyo nombre es preferible ignorar; sentado al borde de una cama en la que no había dormido, esperaba a que Nana, en la fría cocina del destartalado piso, acabara de hacer las primeras arepas que comí en mi vida; hacíamos tiempo para que se levantara la niebla de un precioso día otoñal y pudiéramos salir a la carretera para hacer nuestro primer viaje juntos… Entonces la vi ante mí; era diminuta, como un hada oriental, y miraba fijamente, con una sonrisa que no se apreciaba en sus labios (tan sólo en sus ojos), mientras empuñaba (en vez de la varita mágica), un arma de gran calibre. “Es mi prima Carolina”, me explicó Eliana, al verme tan absorto ante la foto. “¿Es guerrillera?”, le pregunté yo, como si todo colombiano de uniforme tuviera que serlo. “No, es periodista… pero hizo un curso de información militar o algo así”
Durante meses, en muchas ocasiones, volví a contemplar aquella imagen que me fascinaba sin atinar a saber por qué… tal vez fuera por el contraste de su aparente debilidad con la metralleta que lucía, tal vez por el atractivo encanto de sus rasgos orientales, tal vez porque un sexto sentido me hacía intuir que, cuando yo llegara a Colombia por primera vez, sería ella quien estuviera esperándome para ser mi guía, mi orientadora, mi incansable lazarillo… Ella me habló de autores colombianos de los que yo nunca había leído, de películas cuya existencia ignoraba y de leyendas que todavía me inquietan, como la de la princesa Luchima, con quien siempre la identifiqué.
Pues ahora Carolina se viene a España… No es sólo de visita, como turista, sino que lo hace para quedarse con nosotros, para ser una más de las personas que, día a día, con su trabajo y su entusiasmo, con su ilusión y su inteligencia, hacen más grande este país que nos cobija. Si todo sale bien, aquí estarán su vida, su hogar, su familia, su futuro… Nosotros, quienes la conocemos, tendremos la dicha de tenerla cerca, y quienes no, la posibilidad de encontrársela paseando por la calle o el parque, en un cine o un museo, en un concierto, en una noche de fiesta… Qué suerte para quienes, sin que hoy puedan sospecharlo, un día serán sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus enamorados, sus vecinos.
Hubo un tiempo en el que nos anunciábamos al mundo con un eslogan hermoso: “España: Entre sin llamar”, decía. Desgraciadamente, los tiempos han cambiado y hoy hay que golpear la puerta una y mil veces o colarse a escondidas… Pero ya que, al menos a ella (¿será por lo de princesa? ¿será como Luchima?), se la han abierto, digámosle: “Adelante. Bienvenida. Gracias por venir”.
En otros países (27.01.2007)

Tuve un amigo que fue gobernador de una ínsula… No, no fue Sancho Panza (por más veces que leí el Quijote, nunca llegué a conocerlo en persona); además, el que yo digo, vive todavía; vive y gobierna a su manera. Se trata sólo de una parábola, alegoría, apólogo o fábula que sigue así: Cuando este buen hombre se interesaba por un tema, ésa era la cuestión de la que debía ocuparse todo el país; si, por ejemplo, amanecía fascinado por la vida natural y ecológica, todos en su ínsula habían de volverse vegetarianos, los periódicos adquirían el formato de la revista Integral y en sus páginas sólo se hablaba de la energía solar y las propiedades de la soja; las emisoras emitían música “new age” a toda hora y los masteres de la Universidad eran sustituidos por estancias en Findhorn (la imagen pertenece a una de las actividades de esta escuela escocesa de espiritualidad)… Hasta que, tiempo después, fascinado por la lectura de algún libro sobre la Sábana Santa, hacía girar la vida de su pueblo en torno a esa cuestión: reportajes en radio, primeras páginas de los periódicos en blanco, si no se encontraba cualquier hecho que tuviera relación con el tema (por nimia que fuera), viajes a Turín y debates en televisión… Luego serían los barcos de guerra (con las mismas consecuencias); y más tarde, por seguir poniendo ejemplos, la paz o las máquinas tragaperras… El caso es que todo en la vida de su ínsula giraba cada día en torno al tema que a él le interesase en ese momento, no sólo cómo si no hubiera nada más para los habitantes de aquel pequeño mundo, sino como si lo mismo fuera más allá de sus fronteras, como si así hubiera sido siempre y así fuese a ser hasta el final de los tiempos.
¿No os habéis sentido alguna vez vosotros como ese ególatra soberano? Porque yo (siguiendo con ejemplos), cuando me asomo a este cuaderno siento ese temor: ¿Hablaré una vez más de Colombia y la gente que allí conocí, de las niñas del orfanato, de mi libro de cuentos, de Publicaciones Acumán o los tejados que se ven desde mi ventana? Os aseguro que, aunque así sea, hay muchas más cosas de las que podría ocuparme a la hora de sentarme a escribiros:
- Nuevas y asombrosas lecturas, como la de la demencial Sin tetas no hay paríso o el siempre actual Relato inmoral de Wenceslao.
- El viaje relámpago a Salamanca, para recoger a Dora Elisa, que me sirvió para revivir por unas horas el año que allí pasé: Las clases en el palacio de Anaya, las comidas en La Luna (restaurante frecuentado por estudiantes, que tenía el mismo nombre que el de Casas Ibáñez del que pronto os hablaré), los pisos de la calles Mateo Hernández y El Greco en los que viví, las gentes que conocí y a las que sigo tratando (Tina e Inés), o recordando con cariño (Laura, Ana Sedano, Natalia, Lauren, Arantxa, Keit…), la revista de la facultad con la que colaboré (“Vanidades”), la biblioteca de barrio en la que por primera vez disfruté de las obras de Fernández Flórez que ahora estoy releyendo.
- La visita a Toledo, también con Dora Elisa, en compañía de María Isabel y Carlos… para que conocieran ellos, más que para seguir recordando yo, calles y plazas como las de Zocodover, como las del Hombre de Palo o del Pozo Amargo, cuyas leyendas bien podían ocupar estas páginas; callejones medievales, sinagogas, la Casa Museo del Greco (entre cuyas paredes de yeso pasé mis primeros años de funcionario), mazapanes, damasquinados, puertas de la antigua muralla, iglesias y Catedral, bordados de Lagartera, espadas y armaduras…
- Los molinos de viento contra los que, creídos gigantes, luchó Don Quijote, y que nosotros cuatro (los mismos de antes, atravesando La Mancha), visitamos en Mota del Cuervo, donde casi es obligado hablar también de otro personaje literario: Manolito Gafotas, de Elvira Lindo; como obligado es citar a Plinio, de García Pavón, cuando se visita Tomelloso; o a Sara Montiel en Campo de Criptana donde, por cierto, también se conservan bellos molinos.
- La grata tertulia que tuvimos en casa el sábado por la noche, para hablar de algunos de estos temas y de muchos otros, con Gregorio y Mari Carmen, Marisol y Ramón, Elena, Roberto, Ángel y Mamen, Grian… Todos volverán a aparecer por estas páginas, antes o después. Como tienen que aparecer, todavía, Mónica, los niños (Julie Paola, David y Natalia), Tina, Rafa…
- El domingo que pasamos Eliana y yo mostrándoles Valencia a nuestras invitadas: la plaza del Ayuntamiento, con sus nobles edificios (El Ayuntamiento, que le da nombre, Correos, Telefónica…) y sus puestos de flores; la Lonja y el Mercado Central, la plaza Redonda y la de la Virgen, la Catedral con sus tres puertas y su esbelta torre (El Miguelete), el Palacio de la Generalitat y el del Marqués de dos Aguas, la señorial calle de la Paz, la estación central de trenes… Las playas de las Arenas y de la Malvarrosa, acariciadas por las aguas del Mediterráneo, la futurista ciudad de las Artes y las Ciencias, el Palau de la Música, en mitad del antiguo cauce del río Turia… Y eso por citar lo que pudimos ver en un sólo día, que mucho es lo que se quedó pendiente, junto a la sensación de que somos vecinos de una hermosa ciudad.
- Estuve presente en la aclamación de Carmen Navalón como cabeza de lista del PSOE en Casas Ibáñez para las próximas elecciones municipales; ha sido siempre una buena amiga y va a ser una buena alcaldesa; como Llanos lo será en Villatoya… Esa misma noche cené con los miembros de mi antiguo taller literario: Manolo Calomarde, David Zafra, que vino con Loli, Noelia, Manolo Picó… Faltaron Irene y Jesús, pero no faltaron temas de los que hablar; antes, m&aacu
... (quiero leerlo todo)