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Resumen
- 07/12/2007 19:35 - Paseando por la Red
- 16/12/2007 00:03 - Cuento de Navidad para felicitar la Navidad a quienes les guste la Navidad y a quienes no les guste la Navidad
- 29/12/2007 23:47 - Cuatro décadas y media de coincidencias
Paseando por la Red

Cuando empecé a escribir el blog hice referencia a otros cuantos y puse, aquí a la derecha, algunos enlaces que me parecían de interés… De aquello ha pasado más de un año y a lo largo de estos catorce o quince meses, aunque yo dedico poco tiempo a navegar, he conocido nuevos sitios que me gustaría compartir con todos mis amigos… Por eso mi propuesta de hoy es haceros una invitación a navegar por otros “mares”.
Los accesos a las emisoras no siempre funcionan, así es que no resultan muy útiles los enlaces, ni a la de Colombia (Bésame), ni a la de Chile (El Conquistador)… La que ahora utilizo para escuchare cualquier tipo de música (según el estado de ánimo), es una nueva página, mucho más completa y variada que a la que antes se llegaba utilizando el mismo enlace… Del mismo modo, para los que tengan ganas de leer y no quieran gastarse dinero en libros o salir de casa para ir hasta la biblioteca, mantengo la recomendación de visitar la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que sigue creciendo día a día.
El antiguo blog de mi primo Pablo ha cambiado de dirección (ya corregí el enlace hace tiempo), su bitácora “Echándole cuento” se fusionó con otra (“El burdel de las rimas”), para dar lugar a la web Cuentos de Burdel, tan sugestiva como su título. Como página ha ganado mucho. Según me confesó él, en el entierro de nuestra tía Esperanza, el mérito es de su colaborador, pero yo tengo que reconocer que lo que más me gusta son sus escritos… y no lo digo sólo yo, me lo han comentado fuera de este espacio, en el mundo real.
El enlace de Publicaciones Acumán se mantiene, no sólo por ser la editorial de mi libro de relatos Historia de gente sin historia, y de mi próxima novela: Mariscada sin sardinas; es además una ventana abierta a la solidaridad: proyectos de ayuda al tercer mundo, interesante “mercadillo” y acceso a otros enlaces que os aconsejo, como las páginas de otros escritores a los que editan: Alfonso Ruiz de Aguirre, David Melgar, Isidro Saiz, Ricardo Fernández, o la misma de Miguel Ángel Carcelén, siempre polémica y controvertida… El enlace a su blog continúa activo aquí a la derecha.
Se mantienen también los accesos a las páginas de otros escritores amigos… El de Coro Perales o Juana Gallo, que ya estaba… pero también el de otros nuevos como el de mi paisana Iluminada Navarro; estamos muy alejados en la forma de entender la literatura y discrepo de su concepto de la poesía o del teatro; mas sigo estando muy orgullos de los poemas del libro que le edité: Lágrimas de otoño… a ver qué día os pongo alguno de ellos; no dejéis de visitar su blog porque, además, me consta, le pone mucho cariño.
La página de Rafael García, el Ezcritor, ha ido subiendo de tono y, por lo que parece, ya le ha puesto punto final… En sus últimos diarios perdió aquella frescura que le daba el contar sus hazañas sexuales con tanta inocencia y candidez; por ejemplo, me parecía muy bueno aquello a lo que tanto recurría de poner una foto pescada en internet, que no pertenecía a la protagonista de la historia que nos estaba contando, con el pie de “esta no es ella, pero se le parece mucho”; de hecho ahora las fotos que antes sugerían muestran tan descaradamente que ya casi nunca se duda de que las chicas no son “ella”… Pero sigue mereciendo la pena (el video de Valencia me pareció muy bueno, sobre todo cuando su ligue ocasional se queda quieta ante la cámara esperando a que la gente pase)… Bueno, mejor los que seáis adultos le echáis un vistazo y adquirís vuestra propia opinión; por lo menos Rafael García escribe francamente bien y tiene un corazón muy grande. El enlace desaparece de mi blog, pero aquí os dejo abierto el camino para llegar hasta ese lugar que (lo dice su autor), no es recomendable para menores ni para nadie.
Un lugar, al que tampoco voy a dejar un enlace permanente (de momento, en el futuro volveremos a ella), pero que os recomiendo con muchas estrellas, es la página de Arantza Sestayo, que fue amiga mía cuando era poco más que una adolescente y algunos de cuyos dibujos de aquélla época todavía podéis ver en mi casa, junto a un chaleco que me tejió con lana amarilla… pero estos no son nada de nada en comparación con lo que hace ahora: cómics, portadas de libros, cuentos infantiles… Fascinante de verdad… incluso ella ha sufrido una transformación de cuento de hadas.
Hay otros amigos cuyas páginas en Internet os invito a visitar. Una de ellas es la de Inés, en Chile; algún día tengo que contaros el agradable recuerdo del viaje que hicimos juntos desde Concepción a Santiago; ella, convertida ya en mamá de Eduardo, anda metida en un bello proyecto de turismo rural y étnico en la X Región, cerca de Temuco… para los que estamos a este lado resulta un poco lejos pero, seguro que si visitáis su página os entran las ganas de viajar hasta allí. Otra es la de Ivana, a la que algunos de mis amigos ya conocéis como “cuentacuentos”, quizás la mejor de cuantos hemos escuchado… pero su página nos la muestra en otra de sus artísticas facetas, la de danzarina del vientre… Creo que, con los últimos cambios, la página ha perdido mucho de su encanto, pero merece la pena echarle un vistazo a las fotos que le hizo Vicenzo (en especial las que están en blanco y negro), y las de Sonia Haro (unas y otras están casi al final, tened paciencia). Y, por último, aunque no sea la menos importante, la candente y bien escrita bitácora (sanamente ambiciosa, ya que se ocupa de “Política, participación ciudadana. medio ambiente, cooperación al desarrollo y adopción internacional de menores”) de Goyo (Gregorio López Sanz), siempre lúcido en su pensamiento y claro en su expresión.
Y no creáis que sólo visito las páginas de los amigos; dedico poco tiempo a navegar pero, cuando tengo ocasión, me pierdo por estos recovecos, saltando de un lugar a otro, siguiendo las pistas de las cosas que me gustan: la literatura, los viajes, la cocina, el cine, la filosofía… Son muchos los lugares que merece la pena visitar, pero voy a ser escueto y me voy a limitar a mencionaros dos páginas de cocina, una porque es amena, práctica y diferente a las habituales: la del “gastronauta”, en la que además se mezclan viajes y cocina. La otra ni siquiera es una página completa, es sólo uno de los apartados de la del Ayuntamiento de Minglanilla; me encanta porque las recetas de cocina que recoge son tal y como siempre se han hecho en mi casa, así es que alguna vez recurro a ellas, si no puedo localizar a mi madre por teléfono, para consultarle alguna duda… Y voy a ir poniendo punto final con una recomendación de cine: en Filmaffinity encontraréis todo lo que busquéis al respecto, y con buenos criterios; una invitación a leer y escuchar poesía (que ambas cosas pueden hacerse en la excelente página de “A media voz”); y una muy curiosa, que da que pensar: ¿Quieres saber, por ejemplo, cuántos habitantes hay en el mundo en este momento… y en éste… y éste? Asómbrate en esta página “viva” de estadísticas, está en ingl
... (quiero leerlo todo)Cuento de Navidad para felicitar la Navidad a quienes les guste la Navidad y a quienes no les guste la Navidad

Zulema, en cuanto se acostó y como cada noche, pese a que ya empezaba a ser más adolescente que niña, me llamó para que le contara un cuento.
– ¿El del príncipe feliz?
– Ése ya me lo has contado muchas veces.
– ¿El del gigante egoísta?
– ¿Es qué sólo te sabes los de Oscar Wilde?
– ¿Y tú sabes quién es Oscar Wilde?
– En esta casa todo el mundo lo sabe.
Zulema llevaba razón… Aunque en “esta casa” sólo seamos tres: Ella, su madre y yo. Simulé que hurgaba en la memoria, antes de proponer el siguiente:
– ¿El del niño que apagó la luna?
– ¡Ese me lo contaste anoche!
– Pues no sé… -- volví a dudar.
– Quiero que me cuentes un cueto de Navidad.
– ¿De Navidad? ¡Si aún falta mucho para la Navidad!
– No, la ha traído hoy el cartero.
Era verdad. Esa misma mañana nos había llegado un sobre, escrito con letra de pendolista y, en su interior, una felicitación navideña como la que veis.
– Y además –añadió Zulema--, se ve por la ventana.
No era necesario mirar. En cuanto había oscurecido, la ciudad se había iluminado con miles de bombillitas y, poco después, como si ésa hubiera sido la señal que el cielo estaba esperando, había comenzado a nevar.
– Está bien –accedí dispuesto a inventar sobre la marcha y carraspeando antes de iniciar el relato–. Todo empezó cuando a María le dieron la noticia de que iba a tener un hijo… Aún era casi una niña, así es que se echó a llorar delante del médico. No se lo podía creer, aunque el recuerdo de la tarde en la que los soldados la habían forzado, volvió a su mente despertando todo el dolor de lo vivido.
– ¿Los había denunciado?
– No… Debió de sentir miedo y vergüenza.
Aunque a Zulema le hemos enseñado que estas cosas no hay que callarlas nunca, asintió con la cabeza, como si pudiera ponerse en el lugar de María.
– Es una historia muy triste.
– No todo el mundo tiene un hogar, una familia, verdaderos amigos… Otras chicas de su edad se iban con los mismos soldados a cambio de regalos o dinero; algunas de sus amigas ya eran mamás o vivían con sus novios… En su pueblo a nadie le parecían extraño El médico le explicó todo lo que podría hacer, pero pareció que ella no tenía que pensárselo: Aunque se sentía sola y estaba asustada, le dijo al médico que iba a tener ese niño y… “Mi prima Isabel se fue a España. Ella me ayudará a encontrar un trabajo y así podré ganar bastante para sacar a mi hijo adelante”. El médico se conmovió ante el valor de aquella chiquilla. Le puso la mano en la cabeza y le dijo “Tu hijo será hombre afortunado o una mujer dichosa… Quizás esté llamado a cambiar este mundo miserable que tú y yo hemos conocido”. Luego, sacando unos billetes de su bolsillo, se los tendió. “Toma –le dijo–, para el viaje. Y que Dios te bendiga… que Dios os bendiga”.
– Seguro que ese doctor se llamaba Ángel.
– Seguro… Debía de ser de alguna de esas “oenegés” sin fronteras, de esas que andan por los países pobres o en guerra.
– ¿Y María se pudo venir a España?
– Sí. No te creas que le fue fácil... Pero al final consiguió llegar a casa de Isabel, que se alegró con la noticia de que su prima iba a tener un hijo; también ella, como él médico, le auguró que el niño o la niña que iba a tener podría llegar a ser alguien muy importante: un sabio que ayudara a avanzar a la humanidad, un revolucionario que transformara la sociedad, un científico que venciera la enfermedad… Mas, de momento, María tuvo que ponerse a trabajar en la limpieza de una casa, al servicio de un hombre mayor, que se había quedado viudo…
– … Y que se llamaba José.
– Eres muy lista. Si quieres lo cuentas tú…
– No, sigue, sigue… Pero es que hay cosas que se adivinan enseguida.
– ¿Si? Pues espérate al final… a ver si es lo que te esperas.
– Continúa.
– José cogió un tremendo cariño a aquella muchacha, que podía ser su hija, pero que, además de trabajar para él, llenaba su casa de alegría y mitigaba su soledad. Cada día que pasaba se sentía más cercano a ella y, por otro lado, viéndola tan desvalida, empezó a forjarse una ilusión… No me interpretes mal, no es que se hubiera enamorado de ella; la diferencia de edad era muy grande, pero sí empezó a pensar que tal vez, si se casaban, María podría regularizar su situación en España y él, a la larga, podría ser como un padre para el niño que iba a nacer.
– ¿Qué es regularizar?
– Algo que no tenía que haber dicho, porque no sé cómo te lo voy a explicar.
– Pues ahora no tienes más remedio que hacerlo, porque si no, no voy a terminar de entender la historia.
– Quería decir que como ella no había nacido aquí, no podía vivir aquí… ¿Lo entiendes?
– No.
– Necesitaba un permiso y eso no es fácil de conseguir… No a cualquiera se lo dan.
– ¿Por qué?
– ¡Por qué!, ¡por qué! ¿Cómo quieres que yo lo sepa? Supongo que para que quepamos. ¿Te imaginas que todo el mundo se viniera a vivir a España? No cabríamos en las calles, ni en los cines… no habría campo, las gallinas no pondrían bastantes huevos para freír…
– ¿Y para qué iba a venir nadie cuando no hubiera sitio donde estar ni huevos para comer?
– Si quieres que hablemos de eso… dejamos la historia para otro día.
– No, sigue. Sigue….
– María y José, para arreglar sus papeles…
– ¿Para la regularización?
– Sí, para eso, para poder casarse; tenían que viajar constantemente a la ciudad… Otras veces era la policía la que iba a verlos. Nadie se creía que de verdad se hubieran enamorado.
– Tú has dicho que no estaban enamorados.
– Es que no lo estaban… Pero tenían que parecerlo para poder casarse.
– ¿Por qué?
– ¿Ya vas a empezar? Se su
... (quiero leerlo todo)Cuatro décadas y media de coincidencias

Recordadme que el día de Reyes os regale un relato que, en más de una ocasión y en esta misma bitácora, os he mencionado; una narración que escribí con el nombre de Apagones y cuya historia también es como una fábula… Y, aunque parezca que no tiene nada que ver con esto ni con lo que sigue, dejadme que primero os cuente que Noelia (sabiendo que una de mis aficiones preferidas es la de buscar libros, sin que me importe el que a veces tarde años en hallarlos), me pidió que encontrara una novela de Nick Hornby, llamada High fidelity…
Pero, en realidad, todo empezó cuando mi hermano Amador escribió El gigante egoísta, allá por el año 1962. Supongamos que es 28 de diciembre, tal día como hoy, pero hace cuatro décadas y media. Es el cumpleaños de papá; el tío Antonio y la tía Maribel han venido a pasar las Navidades con nosotros. Sus hijos (Antonio, Maribel y Juan Ramón), aún no han nacido, seguramente ni siquiera quienes algún día serán sus padres puedan soñarlos. En Casas Ibáñez han amanecido las calles blancas de escarcha; de los tejados cuelgan transparentes chuzos de hielo y también el agua de los charcos y las balsas se ha helado; los niños, sin escuela por las vacaciones de Navidad, calzados con botas de goma para no mojarnos los pies, tratamos de patinar sobre las improvisadas pistas; es tanta la humedad del aire que el humo de las chimeneas apenas consigue alzar el vuelo, y va impregnando de olor a leña quemada incluso las ropas de quienes en casa no encendemos lumbre, de quienes nos calentamos los pies (que al final se han empapado), junto a un brasero eléctrico que, como si también él huyera del frío, se esconde bajo las gruesas faldas de una mesa camilla, en la que Amador, que sólo tiene un año menos que yo, unos días antes, llevado por el espíritu de la Navidad, ha escrito un cuento de su invención al que ha titulado El gigante egoísta.
En la calle principal, que entonces llamaba “Caídos” y hoy le dicen “Tercia”, está la imprenta Lahiguera y, en la calle “José Antonio” (hoy “Correos”), la imprenta de Jesús; ambas son, además, las únicas librerías del pueblo y, aunque ninguna de ellas exista ya, el 28 de diciembre de 1962, cuando cae la noche, encienden sus pequeños escaparates para que cualquiera que pase por delante pueda ver los tesoros que se ofrecen de cara a la próxima venida de los Reyes Magos: cajas de colores, cuadernos con fotos de Marisol en la cubierta y las tablas de multiplicar en el dorso, el último número de la revista Ama, plumieres de madera, libros de cuentos, de recetas de cocina, de horóscopos que auguran un venturoso 1963… Amador, que no se ha mojado los pies, porque nunca hace lo que no debe, regresa a casa y se para ante algunos escaparates, desempeña los cristales, haciendo un circulo en el vaho con la manga del abrigo de paño, y se asoma al interior, tenuemente iluminado: los juguetes y tebeos del kiosco de la Nicolasa, los dulces de las pastelerías de Juan Manuel, de Blesa y de Torrente, más juguetes en la tienda de la Sole (en la que yo me había ofrecido como dependiente voluntario), y una de las librerías, en la que se lleva la sorpresa de encontrarse su propio cuento… creía que nadie lo había leído todavía y allí estaba su gigante egoísta, risueño y bellamente coloreado, con un niño en sus brazos.
Aunque para los más mayores fuera fácil imaginar que aquél no era el relato que él había inventado, que se trataba de una mera coincidencia con el título de otro, escrito por un tal Óscar “Bilde” o algo así (no olvidemos que en la escuela nos enseñaban que la “W” se leía “b”, como en “retrete”), yo nunca he olvidado la excitación con que nos contó su sorpresa porque luego, a lo largo de la vida, esto mismo me ha ocurrido más de una vez: no sólo me he encontrado publicado un título que yo guardaba como un tesoro, sino a veces todo un argumento que ya tenía escrito o, cuando tuve la editorial, el primer diseño que Ana hizo para la colección Odaluna resultó que coincidía con la “Biblioteca de Cuentos” de la poco conocida pero muy recomendable editorial Clan.
Podría poneros más ejemplos, pero entonces no me quedarían ni espacio ni tiempo para contaros que el otro día vino Inés a casa, con su marido y su hijo, el pequeño Eduardo; ni que he empezado a leer Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby que Noelia me pidió que buscara; ni de explicaros qué es un piscolabis de la CAT y que hubo una vez en que su tema fue “el apagón”… Los “piscolabis” son una especie de merienda o cena de sobaquillo, a la que cada uno se lleva su bocadillo y, además de la buena compañía, recibe bebida para regarlo y aceitunas y frutos secos con los que pasar el trago; a cambio, nada más, de acudir con algo escrito sobre el tema propuesto, ya sea original, sacado de Internet, rescatado de la memoria… Cuando aquella vez andaba yo pensando qué escribir sobre “el apagón”, Isabel Sanchís, la bibliotecaria de Requena, me ofreció una idea, contándome la historia de un niño que apagaba la luna a base de soplidos; se la había escuchado a un cuenta-cuentos (creía que en Chelva, en su mágica noche “al calor de las palabras”); decidí que yo la contaría a mi manera, Eliana se buscó un poema de Rafael Pombo y, con los bocadillos bajo el brazo, nos fuimos a cenar. El relato gustó tanto que decidí averiguar quién era su autor, o si no lo tenía, si estaba publicado y podía leerse completo… Pregunté a Lorenzo, que también había estado en Chelva, y no lo recordaba; a las cuenta-cuentos que conozco: Sonia, Ivana, incluso a Maricuela, la única persona que se sabe la historia de las hormiguitas y el fraile motilón, que mi padre nos contaba de pequeños y que ella recosntruye con las mismas palabras que él usaba… pero nadie conocía esa historia que me habían contado. Hice un breve resumen de su argumento y lo coloqué en foros literarios, pidiendo pistas; nadie respondió. Un par de años después encontré aquel borrador que había hecho para la CAT y pensé que era una pena que ese cuento que alguien había oído junto a un fuego, en una plaza de pueblo, se perdiera para siempre, así es que lo incluí en mi relato Cuando llegué a Chillán, pero explicando la circunstancia de que esa fábula, que uno de los personajes escribía para su hijo, en realidad se la había escuchado a un cuenta-cuentos… Y ahí se quedó la historia, como alguno de vosotros ya la habrá leído en el blog, hasta que hace un par de meses se me ocurrió escribirlo en serio y, partiendo de lo que me habían contado, inventar un ambiente, definir los personajes (por ejemplo, puse mucho empeño en inventar un padre obsesionado con explicarle todo a su hijo, que todavía no sabía hablar), y así, finalmente, narrarlo con mi propio estilo, añadiendo todo tipo de detalles, para que fuese mi obra y sólo en el argumento se pudiera parecer a la que alguien fuera contando por ahí… Sólo cuando ya estaba acabado y a mi gusto, encontré en “Google” las primeras referencias a la historia del niño que apagó la luna y que resultó ser un original de Carles Cano, incluido en su libro Cuentos para todo el año. Busqué inmediatamente el libro (lo encontré con facilidad, cuando, después de casi dos años, todavía no me había hecho con el de Nick Hornby), y me quedé tan asombrado como Amador cuando vio su Gigante egoísta en el escaparate de la imprenta: no era sólo la historia que narraba, es que estaba contada de idéntica manera, casi con las mismas expresiones que yo había ido hilvanando a lo largo de los años.
Pensé que ese cuento, aunque en parte aún pudiera considerarlo “mío”, ya no era publicable y sólo podría
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