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Resumen

La Tetería Luna

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Aún llego a tiempo, antes de que mañana cierre sus puertas por última vez, de hablar de este rincón como de uno de los lugares donde más a gusto me encuentro... ¡Cómo voy a lamentar no haberlo disfrutado más! ¡Cuántas veces me propuse adquirir la costumbre de ir cada tarde, a primera hora, antes de que se llenara de gente, a sentarme ante esa mesa a la que llegaba el último rayo de sol, para escribir historias que ya nunca nacerán!

¿Cómo serán los cumpleaños de Mari Sol o míos, sin la Tetería? ¿Dónde nos encontraremos, a partir de ahora, quienes allí acudíamos con la certeza (tal vez sólo la ilusión), de que alguien se alegraría con nuestra llegada? ¿Dónde ubicar el rostro amable de quienes la frecuentaban, empezando por Pepa y Beatriz, que la inventaron, siguiendo por quienes allí trabajaron, como Nandy o Sonia (que también nos contaba cuentos), y acabando con los clientes, desde los conocidos: Mari Sol, el otro Ramón (aunque él piense que el otro soy yo), Juani, Amparo, Raúl y el otro Raúl, varias Anas, Luismi, Bea y un largo etcétera en el que no deberían faltar otros hombres y mujeres con quienes no hablaba pero a quienes miraba con curiosidad (como a Luis, siempre acodado en la barra, como cualquiera de los personajes de "Cheers", aquella serie que tanto me gustaba) o con "ojos golosos", como a Pilar (según la gráfica descripción que dio Beatriz a mi mirada)?

En fin, creo que la mejor manera de rendir homenaje a La Tetería, va a ser transcribir aquí el texto que le envié a Pepa cuando mi cincuenta cumpleaños:

Aún no olía a hierbabuena ni a menta, a regaliz ni a canela; aún no se escuchaba la risa fresca de Pepa ni su mirada acariciaba desde el interior pues, a través de los polvorientos cristales, sólo se veían algunos trastos cubiertos de telarañas y un único rayo de luz que iluminaba una baldosa del suelo de barro cocido. “Algún día –pensaba yo--, aquí estará mi librería. Sobre las paredes blancas, en anaqueles de colores, descansarán todos los libros que merezcan la pena, los clásicos y las novedades, las fantásticas aventura que avivaron mi imaginación, las obras de teatro y de poesía que me conmovieron... En cualquier rincón una alfombra persa y un baúl lleno de cuentos servirán para que los niños se tumben en el suelo a leer mientras los mayores, sentados ante una mesita de mármol, lean despacio una novela y fumen sin miedo, saboreando cada página y cada calada, disfrutando del calor del sol y el regosto de un café”…  Pero Pepa llegó primero. La lotería no me tocó y nunca pude hacerme con el local, que se llenó de tazas y teteras, de aromáticos tés y hierbas para infusiones llamadas como poemas. El nombre de la Luna, como su aroma, se extendió por toda la ciudad y, atraídos por él, a su puerta llegaron los seres más singulares, exóticos, soñadores, cálidos, locos, idealistas, bohemios, libres, errantes, imaginativos...  ocuparon sus mesas o se sentaron ante su barra. Yo a veces, desde un rincón al que ahora llega el rayo de sol que antes se estrellaba en el suelo, añoro la librería que nunca tuve... pero ya no la echo de menos. Miro a mi alrededor y pienso que todas aquellas vidas son más interesantes, misteriosas, tiernas, sensuales, emocionantes… que los libros escritos o por escribir. Quizás sólo sea cuestión de aprender a leerlas… Ojalá y Pepa me enseñe ese abecedario que sólo los más sensibles, como ella, saben deletrear.

03/09/2006 00:19 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

Eliana

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La segunda vez que me casé con Eliana tuve la impresión de encontrarme dentro de una film. No era ésa la primera ocasión en que me ocurría (ni lo de la boda con ella ni lo de pensar “esto es como una película”). Supongo que, para el empezar, ya el hecho de casarse dos veces con la misma mujer pertenece más al mundo del cine que al de la vida cotidiana… En cuanto a lo otro, recuerdo en especial dos momentos en los que tuve esa sensación, uno charlando con Agustín en la terraza del ático viejo (creo que es la última vez que nos vimos, desde entonces no he vuelto a saber de él), y el otro paseando por el puerto de Vicedo, también de noche, ya de madrugada, con Natacha y Eugenio; había gente pescando a la luz de la luna y se acompañaban con la música de los coches, que escuchaban con tanta suavidad como nos acariciaba la brisa del mar… no sólo pensé que era una secuencia de película, además me pareció que debía ser de Fellini.

            Pero no es el momento de hablar de cine, ni de Agustín, ni de Natacha, ni de Eugenio… aunque, antes o después, todos habrán de tener su hueco en estas páginas. Éste es el espacio para presentar a Eliana, la mujer con quien comparto mi vida desde hace casi cinco años, prácticamente desde el mismo día en que nos conocimos… algo que también es más propio de los argumentos del cine que de las historias de la vida real.

            La primera vez que nos casamos llevábamos viviendo juntos más de un año y tuvimos que vencer la oposición del fiscal de turno, de pasando por la humillación de que un policía sucio y tripudo dictaminara si estábamos lo suficientemente enamorados como para poder hacerlo… Y esto, por lamentable y escandaloso que resulte, es tan habitual en nuestro país, que no voy a decir que también parezca de película, aunque a ninguno de los que me lea le haya ocurrido que, para vivir con su pareja, haya tenido que demostrarle a nadie lo mucho que la quiere, que están enamorados como dos adolescentes, que ganan lo suficiente para pagar la hipoteca o el alquiler… y que todo eso lo tenga que dictaminar alguien que tal vez abofetea a su mujer, que a lo mejor se casó sólo porque la novia se había quedado embarazada, porque necesitaba quien le hiciera la comida y le lavara los calzoncillos, porque su madre se aburría y quería un nieto al que cuidar, porque le salía muy caro ir de putas todas las semanas o porque todos los amigos se habían casado ya… Aunque nadie se lo vaya a creer, conozco casos reales de gentes que me han dado esos motivos y (aunque resulte igual de inverosímil), a ningún fiscal ni a ningún policía les preocupó lo más mínimo, del mismo modo que no les importó si tenían casa o trabajo, si antes de la boda ya vivían juntos o si sólo paseaban las tardes del domingo, cogidos de la mano, por la calle mayor del pueblo.

            La situación, junto a lo que había conocido a través de otros extranjeros (Rocío, Eveling y el marido cubano de Sonia, entre otros), y los casos de los que me enteré en mis vistas al arbitrario Consulado de España en Bogotá, me inspiraron el texto Señores de la Justicia y de la Ley, con el que obtuve el primer premio de Cartas de Amor de Béjar. Fuimos a recogerlo juntos, con los tres niños, que por fin vivían con nosotros y que, al pasar por la Sierra de Guadarrama, tocaron la nieve por primera vez. Seguíamos siendo felices, pese a la desconfianza de los agentes de inmigración y pese a estar ya casados.

            La primera boda fue en Villatoya, donde Camilo, el alcalde, nos compensó de tanta traba y tanta espera con acertadas referencias a Colombia y bellas palabras para los inmigrantes… Y dos años después, cuando pudimos viajar juntos a Colombia, nos casamos en Mariquita, por segunda vez, ante su familia, a la luz de unas antorchas y rodeados de exuberante vegetación y flores exóticas… Fue entonces cuando me volví a sentir en una película y recordé escenas de aquélla que tanto me gustaba “El violinista en el tejado”, en la que, siguiendo tradicionales ritos judíos, también una pareja se casa en mitad de la noche y a la luz de unas antorchas.

            Y aquí seguimos, por mucho que le pese a algunos, compartiendo techo, mesa y cama, luchando codo a codo por llegar juntos al día siguiente, cómplices en lo cotidiano y en la aventura, dispuestos a repartirlo todo (hasta los amantes, decimos, si se terciara), descubriéndonos todavía, sorprendiéndonos, tratando de compensar los años que no nos conocimos y asombrados, aún, de que caminos tan dispares y tortuosos como los que anduvimos, tan distantes en el espacio y los años, nos llevaran a encontrarnos un día y reconocernos de inmediato, pese a los avatares del tiempo.

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03/09/2006 03:27 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

Señores de la Justicia y de la Ley

20060903033631-pareja-denegacion-.jpgIlustrísimos señores:
            Hemos recibido su resolución denegatoria de la petición de exención de visado para la permanencia en España de mi mujer, Klára Gárdonyi, así como la orden de expulsión para ella y amenazas de sanción para mí, todo ello en base a que, por nuestra diferencia de edad y su situación de inmigrante ilegal, les hace suponer que el nuestro es un matrimonio de conveniencia celebrado sin amor.

            No voy a invocar el derecho a la presunción de inocencia que sistemáticamente (y no sólo en nuestro caso), están vulnerando... Es más, les voy a reconocer que Klára y yo no estamos enamorados, no lo hemos estado ni probablemente lo estaremos nunca. Es muy poco probable que una muchacha de veintidós años y un jubilado de sesenta y siete se enamoren ciegamente... pero están muy equivocados cuando suponen en mí algún tipo de debilidad y en ella aviesas intenciones. Es cierto que Klára y yo no estamos tan apasionadamente enamorados como lo está el resto de los matrimonios de este país, pero le aseguro que nos queremos tanto como el que más.

            A Klára me la trajo un día mi hermana para que arreglara la casa que, desde que murió mi mujer, estaba muy abandonada. Les aseguro, señorías, que no soy un inútil para las tareas domésticas y que, como cualquier otro español, me sobro para llevar adelante un hogar sin la ayuda de una mujer. Pero la muerte de Elena, mi esposa durante más de treinta años, me había quitado la ilusión por las pequeñas cosas hasta el punto de convertir mi vida en mero sobrevivir. La presencia de Klára, una tarde a la semana, aunque mejoró el aspecto del hogar, no cambió mi estado de animó y la única variación que supuso fue que, cuando llegaba la hora de la merienda, le pedía que interrumpiera su tarea para ofrecerle un café con leche y algunas pastas.

            Un día que me distraje, cuando ya había pasado un buen rato de la hora habitual, fue ella la que me buscó. “Tengo hambre” me dijo con los ojos empañados en lágrimas. Sólo dijo eso: “tengo hambre”; todo lo demás: la angustia, el dolor, el miedo, la vergüenza lo leí en su mirada. Supe entonces que en días como aquél mi merienda era su única comida y, con el tiempo, conocí otras muchas miserias que, desde que su madre muriera cuando ella sólo tenía diez años, había padecido hasta llegar a nuestro país.

            La historia sería larga de contar y difícil de entender para quienes como ustedes se casan realmente enamorados, después de haberse prometido formalmente, haber pedido la mano, bordado el ajuar, comprado un piso, celebrado un banquete y recibido regalos de amigos y familiares... Yo, señorías, me limité a abrirle las puertas de mi casa, que ahora es “nuestra” casa, y con ella regresaron la luz y la alegría. Un aire fresco llenó de vida hasta los últimos rincones, alejó el espectro de la soledad, desterró la angustia... Pronto la quise y aprecié que me quería de verdad, que su cariño no era mero agradecimiento. Klára se cuida de mí y del hogar, yo me preocupo de su bienestar y de su futuro; comemos juntos, juntos vemos la televisión, hablamos, vamos al cine, compramos los viernes en el mercado, viajamos algunos fines de semana... Nunca hemos compartido cama. Ni soy el hombre al que una muchacha llega a desear ni puedo olvidar a la que siempre fue mi mujer.

            Si algún día se enamora y se va, no me sentiré estafado... me alegraré de verla feliz y la seguiré queriendo como ella me querrá a mí. Pero de momento son ustedes, señorías, quienes la alejan de mi lado, quienes la condenan a volver a la miseria de la que salió y a mí me devuelven a las sombras en las que me consumía. El delito es no estar tan enamorados como ustedes lo seguirán estando de sus mujeres, no sentir esa abrasadora pasión que consume a todas las parejas de este país, donde sólo el verdadero amor da derecho al matrimonio...


            Pero yo la quiero y ella me quiere, señorías, y esa es la única alegación que puedo hacerles para que ustedes, dueños de la justicia y de la ley, nos permitan seguir queriéndonos juntos.

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03/09/2006 03:39 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.

Cuando llegué a Chillán

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            Llegué a Chillán a las cuatro de la tarde y no me fue muy difícil encontrar la casa. Las indicaciones que Felipe me había dado eran precisas y suficientes, pero la distancia que tuve que andar era mucho mayor de lo que había imaginado en un principio. Cuando me vi frente al bloque de hormigón, hice un alto en el camino y lo contemplé antes de empezar a subir la escalera. Las ventanas no tenían cristales, nunca los habían tenido y el frío entraba a raudales para quedarse a pasar la noche entre aquellas paredes sin pintar. A la altura de la segunda planta alcancé a ver el horizonte por el que se ocultaba el sol de las cinco de la tarde... Era la misma hora a la que tres años antes los policías del DINA habían irrumpido en mi casa tirando la puerta de una patada y me habían llevado con ellos, tras poner patas arriba mi apartamento de Maipú y no encontrar a nadie más a quien arrestar. Yo, inspirado o ingenuo, les había mostrado mi pasaporte español; hacía años que estaba caducado y en la foto amarillenta del niño que fui resultaba casi imposible reconocer al hombre que era... Mi madre había muerto poco después de traerme al mundo y yo había llegado a Chile con mi padre, para trabajar en las minas de cobre; cuando también él murió en un accidente, yo me trasladé cerca de la capital para estudiar en la Pontificia Universidad Católica y ganarme la vida con lo que saliera, siempre que me diera para comer y seguir estudiando; nunca había vuelto a España ni ya tenía necesidad de hacerlo; me sentía un chileno más, uno de los millones que, con entusiasmo, habíamos celebrado la llegada de Allende al poder y uno de los miles que, al ser derrocado, era buscado por la policía política.

            El día que llegué a Chillán, mi única documentación era ya aquel pasaporte con la foto del niño que fui. A base de golpes había olvidado hasta el número de mi cédula chilena; de hecho desde el primer momento, desde la primera noche en el Estadio Chile, todos habían empezado a llamarme “El Español”. Allí fue, entre las gradas en las que unos a otros nos arrebujábamos, para protegernos del frío y del miedo, donde había conocido a Felipe... Y juntos continuamos hasta el final; primero hasta el campo de concentración de Tejas Verdes y luego, como compañeros de barracón, hasta el día en que, inesperadamente para mí y en cumplimiento de sus vaticinios, fui puesto en libertad. “Como eres español, te soltarán pronto. Ya lo verás    --me decía a veces--. Yo me moriré aquí”. Y morirse allí no era tan difícil, aunque lo más fácil era desaparecer un día, ser llamado y salir para siempre de Tejas Verdes; sólo que entonces no sabíamos que los que se marchaban no llegaban a ningún lugar. Quizás por eso el día que a mí me tocó sentí más desconcierto que temor. “¿Lo ves? –me felicitaba Felipe--. Sabía que saldrías de aquí. No te olvides de hacer lo que te he pedido y llévale a Bárbara esta carta”. No pude comprender dónde ni desde cuándo guardaba aquel sobre... cómo había podido escribir ni de dónde había sacado el papel... tal vez cuando estuvieron los de la Cruz Roja, aunque de eso ya habían pasado casi dos años.

            Felipe me había pedido que fuera a Chillán. Me lo había pedido muchas veces, sobre todo cuando el asma lo ahogaba y se creía morir. “Prométeme que, cuando salgas, irás a Chillán y buscarás a mi mujer”. Le prometí que lo haría. Quizás yo fuera la única persona del campo que sabía que su mujer se llamaba Bárbara y que estaba en aquella ciudad del Biobío, viviendo con la suegra. “Si se enteran –me susurraba al oído--, también la detendrán a ella”. Yo pensaba que si el DINA hubiera querido apresarla ya la tendrían en campo de concentración hacía tiempo, en Tejas Verde o en cualquiera de los otros muchos que debía de haber a lo largo del país, aunque eso entonces no podíamos saberlo. Cuando a Felipe lo apresaron vivían en Santiago, al otro lado del río Mapocho y ella estaba embarazada; sólo un año más tarde, gracias a un voluntario de la Cruz Roja, pudo saber que se había refugiado en Chillán, junto a su la madre de él, y que allí había nacido su hija Panchita. “Mi mujer es más joven que yo –seguía contándome--, casi de tu edad... Tú estás sólo y no tienes dónde ir, así es que, cuando salgas, te vas  buscarla y le dices la verdad, que yo ya no voy a volver, que te dé cobijo. Si os tenéis el uno al otro, para los dos será más fácil y para Panchita también”. Unas veces me reía y le decía que estaba loco, pero otras me enfadaba de verdad y me entraba coraje porque para vivir, en ocasiones así, más que huevos, a la vida hay que echarle ilusión...y Felipe ya no la tenía.

            ... Y por fin estaba en Chillán. Terminé de subir la escalera y pulsé el timbre de la puerta derecha en la que, como él me había explicado, lucía una imagen del Sagrado Corazón. Pero el timbre no funcionaba y tuve que golpear con los nudillos. Oí pasos al otro lado de la puerta y alguien descorrió la mirilla para ver quién llamaba. Me presenté sin esperar a que me preguntaran. “Vengo de Tejas Verdes... de parte de Felipe”. La mujer que me franqueó el paso era muy mayor. Imaginé que sería la madre. “Adelante”, me invitó. En el interior sólo había una mesa desnuda con cuatro sillas a su alrededor y, pegado a la pared del fondo, un mueble pequeño con un televisor y un aparato de radio. Sobre un de las sillas se sentaba una niña, que debía de ser Panchita y que estaba pintando con colores en un cuaderno. Alzó la cara y me sonrió. “Estoy dibujando un barco”. Me lo enseñó levantando la hoja llena de garabatos. “Es muy bonito”, afirmé a la vez que con mi mano le acariciaba los negros cabellos. La mujer, que había cerrado la puerta, me explicó que Bárbara estaba trabajando todavía. “No vendrá hasta dentro de una hora”. “Traigo una carta para ella”. “Puede sentarse si quiere. La televisión no va. Le encenderé la radio”. La vertiginosa voz del “Chacotero Sentimental” irrumpió en la sala rebotando contra las desnudas paredes. “¿Qué dibujo ahora?” me preguntó la niña. “Dibuja la luna”, le propuse recordando el cuento que su padre había inventado para ella y que más tarde, cumpliendo mi promesa, habría de contarle.

 

         “Cuando Panchita cumplió dos años su mamá Bárbara le hizo un enorme pastel de mango y chocolate y encima colocó dos velitas para que soplara. Papá, mamá, la abuelita, un pirata, una princesa y los hijos de los vecinos, que habían sido invitados a la fiesta, le cantaron el cumpleaños feliz. Entonces Panchita sopló muy fuerte y apagó las velas. Todos aplaudieron y ella se puso tan contenta que quiso hacerlo de nuevo. Papá sacó el encendedor del bolsillo y volvió a encender las velitas. Los invitados re

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03/09/2006 20:50 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

El porvenir de mi pasado (Mario Benedetti)

20060904232515-mario-benedetti.jpgSon muchos los textos que podría elegir para ilustrar mi afición a leer a este entrañable hombrecillo uruguayo. Muchas las veces que he releído sus Poemas de la Oficina y sus Poemas del hoy por hoy; muchos los relatos suyos que me han hecho sonreír o llorar… Hasta he presumido, alguna vez, de que juntos aparecíamos en la antología Algo de Cada Uno, aunque el mérito no fuera mío ni, el compartir las páginas de un libro, aumentara el valor literario de mi cuento Sin Bruno ni Cecilia que, por cierto, también aparece en libro recién presentado: Historias de gente sin historia.

            Muchos, pues, los textos que podían estar aquí… Pero me he inclinado por uno, cuyo título me parece un hallazgo y que, además, llegó a mis manos en el momento más oportuno, el día en el que celebraba mi cincuenta cumpleaños. El escrito, muy breve, pertenece a un libro que lleva el mismo nombre:

El porvenir de mi pasado...

Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos. O tal vez una primavera que avanzaba a destiempo. O un suplicante desde el Más Acá. Ateo de aburridos sermones y supuestos martirios.Eso fui y muchas cosas más. Un niño que se prometía amaneceres con torres de sol. Y aunque el cielo viniera encapotado, seguía mirando hacia delante, hacia después, a renglón seguido. Eso fui, ya menos niño, esperando
la cita reveladora, el parto de las nuevas imágenes, las flechas que transcurren y se pierden, más bien se borran en lo que vendrá. Luego la adolescencia convulsiva, burbuja de esperanzas, hiedra trepadora que quisiera alcanzar la cresta y aún no puede, viento que nos lleva desnudos desde el suelo y quién sabe hasta (y hacia) dónde.
Eso fui. Trabajé como una mula, pero solamente allí, en eso que era presente y desapareció como un despegue, convirtiéndose mágicamente en huella. Aprendí definitivamente los colores, me adueñé del insomnio, lo llené
de memoria y puse amor en cada parpadeo. Eso fui en los umbrales del futuro, inventándolo todo, lustrando los deseos, creyendo que servían, y claro que servían, y me puse a soñar lo que se sueña cuando el olor a lluvia nos limpia la conciencia. Eso fui, castigado y sin clemencia, laureado y sin excusas, de peor a mejor y viceversa. Desierto sin oasis. Albufera.
Y pensar que todo estaba allí, lo que vendría, lo que se negaba a concurrir, los angustiosos lapsos de la espera, el desengaño en cuotas, la alegría ficticia, el regocijo a prueba, lo que iba a ser verdad, la riqueza virtual de mi pretérito.Resumiendo: el porvenir de mi pasado tiene mucho a gozar, a sufrir, a corregir, a mejorar, a olvidar, a descifrar, y sobre todo a guardarlo en el alma como reducto de última confianza.
 
04/09/2006 23:25 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Lección de húngaro (04.09.2006)

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            Una de las preguntas que más veces me han hecho es la de por qué estudié húngaro. Parece que lo normal es aprender inglés y, en todo caso, los que ya están “demodé”, francés; los que quieren hacer de esa segunda lengua una fuente de ingresos, alemán (algunos, con el mismo argumento, ruso o chino); quienes piensan en el futuro, árabe; los “aznaristas”, catalán (para hablarlo en la intimidad); los miembros de la casa real, vasco o vascuence (lo de “euskera” sólo deberían decirlo los que lo estén hablando)… Mejor dejemos a un lado el latín y volvamos al principio: ¿Cómo se me pudo ocurrir, cuando nuestro país aún no estaba en la Unión Europea y el de ellos todavía formaba parte del Pacto de Varsovia? Pues por eso; quizás hoy no se me hubiera pasado por la cabeza, pero a principios de los años ochenta, recién llegado a Castellón, tuve la tentación de conocer algún país, alguna cultura, que fuese muy diferente; me propuse huir de lo tópico: Oriente, la paradisíacas islas del Pacífico, el África negra… y así, repasando el Atlas una y otra vez, con el mismo ahínco que de niño buscaba en los mapas un país que se llamase “Guachilandia” y que nadie conociese (ésa es una historia que tendré que contar otro día); descubrí Hungría que, aún estando en la misma Europa, tiene una lengua que no es ni latina, ni céltica, ni germánica…. en realidad no es indoeuropea y, además, en aquellos tiempos, todavía era un país comunista (una República Popular), no sólo no está junto al Mediterráneo, sino que ni siquiera tiene mar... Todo se me antojaba diferente a lo nuestro y, sin embargo, cuando fui por primera vez, descubrí que los hombres y mujeres sí que, a pesar de todo, eran iguales (qué bonito lo canta Rafael Amor en sus canciones: “siempre quedan iguales en el adiós los pañuelos, y las pupilas borrosas de los que dejamos lejos, los amigos que nos nombran y son iguales los besos y el amor de la que sueña con el día del regreso.”)… Eso fue entonces, ahora, cuando vaya la próxima vez (¿este año por fin?), tendré la sensación de no haber salido de aquí, salvo por los rótulos que señalen la farmacia (gyógyszertan), el cine (filmszínház), la librería (könyvesbolt), la dirección al aeropuerto (repülőtér) la estación de tren (vasútállomás)… Y salvo porque no entenderé a nadie por las calles, ya que, desgraciadamente, lo de estudiar húngaro no ha pasado de ser un deseo durante este cuarto de siglo…

            Que, con tanto hablar, no se me olvide que el motivo de esta carta, de esta nueva circular, es el de quejarme de tu doloroso silencio. Si os escribo así a todos, a la vez, parece que es mentira. Cada uno puede pensar que, si me acordara de él, le escribiría directamente: “ mi querida Princesa”, “recordado Quijano”, “inolvidable Amapola”, “entrañable Lobo”… Y sin embargo, te aseguro que cada mañana, al despertar, cuando pierdo la mirada por las terrazas que se divisan desde la ventana del dormitorio, hay un momento en el que me acuerdo de ti… Voy a tratar de poner esa vista para ilustrar esta carta abierta; puede que no parezca hermosa, si no contempla pensando en ti, pero a mí me atrapa cada mañana, mientras amanece a mis espaldas y el pueblo empieza a despertar.

            Mirar por las ventanas de la nueva casa es una de las cosas que más me relajan. Creo que hay doce y al menos tres de ellas son enormes ventanales que van desde el techo a la pared, el sol entra a raudales por los cuatro puntos cardinales y estoy tan a gusto aquí que estas fiestas de Requena apenas he salido a la calle (la mayoría de los actos se pueden ver desde la terraza, porque estamos en el centro del centro). Donde sí fuimos fue a la feria de Casas Ibáñez, para presentar el libro el pasado domingo por la mañana; me hubiera gustado contártelo con detalle, porque la nota que han puesto en la página de la editorial es muy escueta… aunque lo bueno es que hubieras podido escuchar las emotivas palabras de Noelia, de Miguel Ángel Carcelén  y de Gregorio, el alcalde de Casas Ibáñez del que os hablaba en la carta anterior.

            A todo esto, ya me estaba olvidando de que había empezado hablándote de mi interés por el húngaro. Pues resulta que, cuando por fin elegí el país, la lengua y la cultura que iba a estudiar en profundidad, resultó que en España no existía tal posibilidad. Escribí un par de veces a la Embajada de Hungría en Madrid, pero no me contestaron y decidí olvidar el asunto hasta que en 1984 (¿tú ya habías nacido?), estando en Salamanca, en la Facultad de Filología (donde yo era alumno de primero pero, con mi barba y mi calva, todos me confundían con los profesores), hallé el anuncio de un curso de iniciación al húngaro, que iba a impartir la profesora de Budapest Gergelyi Ágnes, aprovechando su estancia en España… Fui uno de los cuarenta y un decididos que se inscribieron y uno de los siete que lo acabaron (aunque sin que mi oído carpetovetónico fuera capaz de distinguir el sonido de sus catorce vocales). Todavía conservo el libro y los apuntes del curso, el recuerdo de una compañera de La Rioja, que se llamaba Ana, que conocía casi todas las lenguas del mundo y soñaba con formar parte de algún harén árabe y, lo que es más importante, la entrañable amistad de la profesora, que acabó siendo Inés y no sólo me abrió las puertas de su ciudad y de su país, sino que también me hizo un hueco en su casa y en su vida… Aunque eso debería contarlo otro día, porque hoy, como te he dicho antes, no tengo tiempo para escribir y si me he puesto a hablar del húngaro es porque, gracias a todo lo que te he contado, conocí un poema de Ady Endre (Elbocsátó, szép üzenet), que nunca he sido capaz de comprender entero, pero cuyos dos primero versos siempre me han impresionado, porque dicen algo así como: “Cien veces me despedí de ti… ésta no es la vez ciento una, sino la última vez”. Cuando iba a empezar esta breve nota lo recordé porque mi intención es que ésta sea la última “circular”… Aunque no la última vez que te escriba. No quiero que mis mensajes se conviertan en “spam”… La idea no es de hoy, sino de hace tiempo, de tanto tiempo que he tenido el suficiente para encontrar y preparar una alternativa: mi blog, un lugar donde ir escribiendo para qu

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04/09/2006 23:47 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 11 comentarios.

De nuevo vienes... con otro nombre (Coro Perales)

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Algún día, en este mismo cuaderno de bitácora, presentaré a Coro como amiga y hablaré del atardecer en el que nos conocimos en Barcelona, en la bohemia terraza de la también escritora (más famosa que Coro y que yo), Care Santos... Y, si a ella no le importa, del par de veces que nos vimos en El Masnou, tan cerca del mar o, luego más tarde, en su piso viejo y mínimo del Barrio Gótico; de las pocas que vino a Villatoya y a Requena; de los libros que, generosa, me regaló... de una cinta de Caetano Veloso que ya habrá olvidado... Pero hoy está aquí como uno de esos escritores que, a veces, me conmueven. Leí de un tirón su primera novela, Bigote Prieto; me quedé con las ganas de que nos mostrara algo de esa otra, erótica, que nunca se decidió a concluir, y me sorprenden algunos de sus escritos cortos, como los que últimamente me manda cada vez que se acerca un huracán a las puertas de su nueva casa en México... Del hechizo que ejerce cuando cuenta historias o de ese compromiso que hemos establecido para construir algún día (cuando cualquiera de los dos tenga dinero), un hotel en el Caribe, donde dar refugio y medios para escribir a los escritores desamparados, hablaré en la próxima ocasión... porque ésta es sólo para que veais cómo escribe:

De nuevo vienes… con otro nombre

Te llamas Chris, como la vecina. Como la chica amable que saluda al encontrarme… Esa que vino del norte, pero que es cálida… le atrajo el calorcito y la humedad de esta zona, como a ti. Es una seductora y simpática, cómplice de mis andanzas. No hace ruido y deja, a veces, traspasar desde su ventana, una música suave.  De viento.

Vienes del sur, lo sabemos. Allí naces, allí te vas alimentando hasta que echas a volar… te tropiezas y reanudas el vuelo corajuda y enjundiosa. Y realizas cabriolas caprichosas. Y te llevas lo que encuentras, no te importa. Egoísta, traviesa, desastrosa… no te mides. Bailas salsas y merengues y ritmos tropicales como ninguna. Te meneas, sacudes cabelleras.
Imparable. Incansable. Agotas.

Tu madre te pare. Fruto del calor y del frío, del Sol y la Luna, de las mareas, las estaciones. De Helios y Selene y descendiente de todas las constelaciones. Niño o Niña… Creces. Y vas creciendo. Aumentas en grosor y estatura. Te alimentas, te vuelves caníbal y también vegetariana y sangrienta y sedienta. Devoras. Demandas, arrasas. No importa lo que ingieras… Bulímica, lo vomitas donde sea.

Te conozco. Cuando creces, tu soberbia no tiene límites. No hay poder humano que te destruya. Nadie ni nada puede contigo. Te dejamos. Te observamos… precavidos.
Agua, pan, latas, atún, frijoles, paté, aceitunas. Lámparas, pilas, velas, cerillos. Protegemos las ventanas. Quitamos los adornos. Llenamos las despensas, el botiquín, por si acaso…


No pasarás de largo.

                                                                                                   
  2006 Coro

 

09/09/2006 02:44 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 1 comentario.

Mauricio, amigo mío (Fernando Lalana)

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Estaba escribiendo una nota para explicar que algún día os invitaría a leer a Fernando Lalana… un breve texto para colocar, junto a su foto, en ese rincón donde voy dejando bocetos para más adelante, para cuando pueda… y me entero de que este autor acaba de ganar el Premio Jaén de Novela Infantil y Juvenil. Los que soñamos con los premios, como puerta por la que asomarnos a los hipotéticos lectores, sabemos que éste es de los importantes... Así es que me alegro enormemente por él; porque, aunque ya los tenga todos (incluso el Nacional), y sus libros sean publicados en las colecciones más conocidas y, a veces, hasta llevados al cine (Morirás en Chafarinas), bien que se lo merece por lo mucho que trabaja, por el tesón con el que escribe (presume de no haber tenido nunca otro oficio), y por ese corazón tan grande que esconde tras la barba, pero al que delata la limpieza de su mirada.

            Cuando nos embarcamos en la aventura editorial de Edisena, él nos ofreció desinteresadamente una serie de cinco divertidos relatos (enlazados por el tema del más allá), para que iniciáramos la colección “Odaluna”. El libro se llamó Tras la frontera y, aunque se vendió tan regularmente como casi todos (un libro no se vende por la calidad del texto o del autor, sino por las técnicas comerciales que se utilicen para lograrlo), nos produjo un gran beneficio: la amistad de Fernando Lalana quien, a pesar del transcurso de los años y el fracaso como editor, me sigue recibiendo con los brazos abiertos cada vez que paso por Zaragoza.

            Bueno, alguno de vosotros se estará diciendo, ¿pero no era a él a quién teníamos que leer? Pues sí, es verdad, pero es que, como de él no tengo ningún texto corto que poner de muestra (aunque podría buscarlo), he pensado remitiros al sitio de su página en el que se encuentra, precisamente, uno de los cinco relatos del libro que editamos. Podéis leer el cuento completo y, además, desde él, iniciar un paseo por el resto de la página. Sólo tenéis que pinchar aquí:

 

13/09/2006 19:44 Autor: ramondeaguilar. ;?> No hay comentarios. Comentar.

Próximamente... (13.09.2006)

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He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer…

            He abandonado lo que estaba haciendo, para escribirte en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había visto en sueños…

            He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los  tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia...

            Te escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado.

            La otra mañana, el día que se casó Mercedes, me ocurrió algo parecido… Pero era el amanecer y yo, como ahora que se pone, estaba de espaldas al sol que salía. Al abrir la ventana y dejar vagar la mirada por entre las sombras que se desvanecían, llegó hasta mí el aroma del pan recién cocido, que subía desde la panadería que está debajo de casa.

            Ahora maúlla un gato, está más oscuro y el aire viene frío. Alguien llama al timbre, pero a mí me da pereza levantarme. Suena el teléfono, pero no me apetece cogerlo. Prefiero seguir pensando en el pan, en las panaderías que calentaban el horno quemando leña de pino y tan bueno era el olor de las leña amontonada a la entrada como el de las hogazas recién sacadas del horno, cuando todavía era de noche… Prefiero seguir mirando hacia un horizonte cada vez más difuminado, a las pequeñas ventanas que se van encendiendo en los edificios de enfrente, dando testimonio de que entre sus paredes hay vida: niños que hacen los deberes del primer día de clase, hombres y mujeres que se disponen a preparar la cena, que esperan una llamada de teléfono o a que comience el programa de televisión que les hará olvidar sus penas por un momento… quizás alguien lea un libro o escriba una carta o escuche la radio con la luz apagada.

           

            Han pasado dos días desde que escribí el párrafo anterior. La inspiración se ha esfumado y no puedo seguir con el mismo tono… Hay temas que se quedan en el tintero para la próxima vez: la citada boda de Mercedes, el nacimiento de Pedrito (como aún no tengo ninguna foto de él, había pensado ilustrar la noticia con una de Tina, su madre, de cuando era pequeña, muy pequeña); el comienzo del curso para los niños; que Natalia quedó la primera en las pruebas de acceso para el conservatorio (pronto tendremos una clarinetista en casa… aunque ella se molesta cuando le digo que algún día podrá tocar junto a Woody Allen).

            Las ideas corren más veloces por la mente que mis dedos sobre el teclado del ordenador. 

            “Cuando éramos pequeños, en el pueblo, había cine casi todos los días. Los lunes, miércoles y viernes, en sesión de noche; y el sábado y domingo, por la tarde y después de cenar. Eran películas para adultos, incluso algunas (como La mujer marcada), de las calificadas por la iglesia como 3R… Tarde años en saber que existían incluso las que habían obtenido un 4, pues ésas, como eran moralmente peligrosas para todos, no llegaron nunca a Casas Ibáñez.

            Pero lo importante, para quiénes éramos niños, era la sesión que para nosotros se hacía cada domingo por la tarde: pocas películas infantiles, pero todas toleradas; la mayoría, todavía en blanco y negro (como la vida), aunque la tendencia se fue invirtiendo con el paso de los años y acabando siendo todas en color (como los sueños). El lejano oeste americano, las enmarañadas selvas africanas, las profundidades marinas, los dibujos animados, los enredos de los cantantes de la época, los niños prodigio, los valientes espadachines, el más difícil todavía del mundo del circo, las vidas de los santos… y un largo etcétera que empezaba a alimentar nuestros sueños desde el lunes anterior, cuando a través de los cristales del ambigú se mostraban a la calle los “cuadros”, ocho o diez fotogramas que incitaban a adivinar qué iba a ocurrir en la película, del mismo modo que los traílers que se proyectaban o los carteles que las anunciaban y que, desde mucho antes, ya estaba colocado en alguna de las paredes del cine, casi siempre con la leyenda de “PRÓXIMAMENTE”.

            Pues del mismo modo, entrando aquí, podrás ir viendo algunos de los temas que estoy preparado para mi blog: los textos y autores que quiero compartir contigo, los amigos que te voy a presentar, los lugares que vamos a visitar juntos… El orden no será el establecido… pero no dejes de mirarlo de vez en cuando, porque tal vez tú andes

... (quiero leerlo todo)
14/09/2006 07:34 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.

Noelia

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-- Siempre creí –confesó Noelia, levantando la vista del libro al llegar a este punto--, que en este lugar aparecería contando el cuento de “Los siete cabritillos y el lobo”.

Y lleva razón al creerlo, fue así como la vi por primera vez y hubiera sido lo más obvio... Pero lo cierto es que, cuando llegó el momento de presentarla, sentí la necesidad de no seguir los caminos trillados que habría aprovechado para introducir a otros personajes: Ni el inesperado primer encuentro, ni una evocación del idílico Valle del Cabriel, contemplado entre los pinos desde la balsa de Cilanco; ni una cena vegetariana en el bohemio barrio del Carmen, ni la populosa inauguración de una librería o una entrega de premios en la que, seductora, se convertía en protagonista…

-- Si sigues descartando momentos compartidos, no te quedará ninguno con el que darme entrada en la historia…

Volvía a llevar razón, pero también podían considerarse los proyectos esbozados, las vivencias imaginadas, las ensoñaciones…

-- ¿Cómo la invitación a guiarte durante la escritura de un relato?

-- Como aquel juego –asentí--, o como todo lo inesperado que nos pueda traer el futuro.

Veíamos caer la tarde por el horizonte y pensé que el futuro debería estar, más o menos, por allí; por donde el sol se pone en busca de otros mundos, en busca del próximo día que vendrá.

E imaginé que, como no hay lugares perfectos (sólo recuerdos perfectos de lugares normales), Noelia podría ser como un país de las maravillas que limitara al sur con Albacete y sus cines Candilejas; al este con Valencia y su café de las Horas, su restaurante La Luna, su jardín botánico, su UPV Radio… y con Italia, con el Trastévere en Roma y un museo del cine en Turín. Al norte con las calles empedradas de Albarracín y, aunque no lo sepa o no lo recuerde, con los “Encantes” del Mercat de Sant Antoni en Barcelona… Y al oeste, ese futuro en el que, de camino al mar, caben un palacio de Gaudí, las mágicas ruinas de un hotel y el último rayo de luz, pintando de verde el océano, dejando al desnudo sus pensamientos.

22/09/2006 23:47 Autor: ramondeaguilar. ;?> Hay 2 comentarios.


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