Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.
Resumen
- 08/10/2006 01:11 - La vida es una tómbola (07.10.2006)
- 08/10/2006 02:42 - Luchas y tesoros
La vida es una tómbola (07.10.2006)

Amador siempre dice que, cuándo éramos pequeños, yo quería ser “feriante”. Lo que yo recuerdo es que quería serlo todo; aunque me imagino que lo mismo os ha pasado a cada uno de vosotros: Desde carpintero a médico, desde misionero a cantante, desde portero de fútbol a periodista… El afán por escribir y por viajar me acompañaron siempre; pero es que éstos no eran incompatibles con todos los demás. Un profesor del instituto de Casas Ibáñez me vaticinó que nunca sería nada; pero, años más tarde, al acabar C.O.U. en Valencia, otro me dijo que yo podría llegar a donde me propusiera… El del pueblo se acercó más a la realidad, pero durante muchos años, si me esforcé por conseguir algo en la vida, fue por llevarle la contraria, no porque tuviera verdadero interés en ninguna de las carreras que comencé… El otro día fui al cementerio de Casas Ibáñez, que era uno de mis lugares preferidos en la adolescencia (incluso lugar de encuentro en citas clandestinas con la novia de un amigo… convencidos de que allí nunca nos iban a encontrar), y entre los recuerdos, me tropecé con la tumba de aquel hombre. Me dio verdadera pena. Era un mal profesor y una mala persona, pero resulta que lo recuerdo con cariño…
Mas volvamos a los feriantes. Aunque no lo fui, uno de los juegos que en mi niñez se estilaban era el de hacer tómbolas en las que se rifaban todo tipo de juguetes de plástico rotos y tebeos gastados por el uso. Creo que lo reflejé en uno de los capítulos de La Calle de Atrás, uno que se llamó “Luchas y tesoros”. No estoy muy seguro, pero luego lo busco y, si me da tiempo, lo coloco también en el blog, por si a alguno de vosotros le apetece leerlo. Lo de las tómbolas surgía espontáneamente, nunca supe cómo, pero de pronto alguien la hacía y poco a poco todos los niños se iban contagiando y montando las suyas en las puertas de sus casas… Si hice alguna fue dejándome llevar por la corriente, así es que el único mérito que me cabe es el de haber montado el Teatro Circo “La Ponderosa”, en cuya única función no sólo hubo magia, canciones y volteretas, sino también la representación de una obra de teatro que yo mismo escribí sobre la muerte de Viriato, episodio que, al parecer, me impresionaba. Las entradas se vendieron a dos reales y estaban impresas de verdad pues, como otras veces, Jesús Gòmez, el impresor con quien todavía me paro a hablar alguna vez, nos siguió la corriente y se prestó a hacérnoslas.
Cuando años después conocí a Ana no me enamoré de ella porque sus padres hubieran sido feriantes, ni porque la imaginara nacida entre tómbolas y tiovivos, caballitos y coches de choque, sino por otras razones que no vienen al caso y las mayorías de las cuales estarán escondidas por los recovecos del inconsciente. Además, la historia de su familia la supe cuando ya salía con ella y lo único que cabía era escuchar las historias que me contaban, y lamentar que aquel fuera un tiempo pasado y que nuestro noviazgo no tuviera lugar en un carromato de circo o la taquilla de una montaña rusa.
Mas si cuento todo esto no es tanto por recordar viejos tiempos como porque me sirve de prólogo para deciros que la otra noche (hace ya unas semanas), tuve la ocasión de hacer realidad ese sueño y estuve “trabajando” en una tómbola de verdad, en las fiestas de Alborea. Verdad es que mi colaboración se limitó a vender boletos durante unas horas y entregar algún premio pequeño, algún encendedor, libro o botella de vino… pero por un momento allí estaba, bajo las luces, al otro lado del mostrador, como un feriante más. La razón era bien sencilla, Cáritas, que monta todos los años esa “Tómbola de la Solidaridad”, me había ofrecido la recaudación de este año para los proyectos de Colombia (no vuelvo a describirlos porque ya los debéis de conocer todos y, si alguno no, puede verlos en la página de Acumán, a la que se accede pinchado aquí)… Bueno, no sé si al final la ayuda vendrá o no, pero para mí fue muy agradable ver realizado ese sueño de la infancia y constatar, una vez más, que nunca es tarde para nada, que la vida siempre nos da sorpresas y que lo que no ha ocurrido nunca, se hace realidad en un solo día… Que también la vida es una tómbola.
Y el título no es sólo por esto. Cuando de verdad se me ocurrió fue una semana después, cuando se reunió el Jurado del IX Certamen Literario “Emilio Murcia”. Cada vez que he tenido la oportunidad de vivir un momento así, he tenido la misma sensación. Más de quinientos trabajos se habían presentado a concurso entre las dos categorías. La mayoría de ellos malos o muy malos; pero unos veinte o treinta bastante interesantes y, auque la calidad de algunos de estos pudiera ser discutible, al final siempre quedan diez o doce cuentos y otros tantos poemas que podrían ser premiados perfectamente… pero el galardón ha de ser sólo para uno… Y ahí es donde me doy cuenta de lo relativo que es todo. Este año, Noelia y yo estábamos convencidos de que iba a ganar un relato llamado “El instante”, pese a ello, su favorito era “Seis” y el mío “Encuentro entre dos mundos”. Los demás nos parecían que estaban como de relleno. Los dos primeros que desechó el jurado fueron nuestros favoritos. Luego el que iba a ganar seguro. Al final el premio fue para “Sombras”, un bello relato, que a ella no le gustaba y que yo tuve que volver a leer para recordar. ¿Qué hubiera ocurrido si en el jurado hubiéramos estado nosotros, si hubiera tenido otros miembros o si, aún siendo los mismos, se hubieran reunido otros día?
Y así con todo. ¿Cómo llegamos a conocernos? ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Seguro que en el origen de todo, en la razón del primer paso que nos acercó aquel día, hay algo intranscendente, una nimiedad, una tonta decisión que podríamos no haber tomado porque daba igual y, sin embargo, eran el paso, la decisión, la ocasión que la vida nos brindaba para conocernos.
No quería irme por estos derroteros. No quería ponerme tan serio. Me estuvieron urgiendo para que entregara mi colaboración de este mes al “Casas Ibáñez Informativo”. Hacía semanas que el tema lo tenía claro; el tema, el título y un esquema… Pues bien, cada vez que me ponía a escribirlo me salía un borrador completamente diferente y nunca tenía un trabajo terminado para entregar… Y hoy, lo mismo: Sólo pensaba contar lo de la tómbola de Alborea y mira por donde vamos ya.
El otro día recibí un correo electrónico de Carmen Morales, desde México, en el que me decía que le estaban gustando los relatos de Historias de gente sin historia. Quise escribirle unas líneas para darle las gracias y le conté todo esto:
“Me alegra que te esté gustando la lectura de mis relatos; si hubiera sido oportuno, me hubiera gustado contar, al inicio de cada uno, la historia de cómo y cuándo nacieron, de los avatares que siguieron hasta adquirir esa forma definitiva en la que los estáis leyendo; porque ahí, de algún modo (junto a las anécdotas, las situaciones y los personajes de los mismos), está mi vida o parte de mi vida; desde "Galad y Sera", que debe de ser el más antiguo de los publicados y que escribí en Barcelona, cuando era un soldado que se negaba a vivir en el cuartel y tenía que ganarme la cama y la comida trabajando por las tardes (recuerdo la habitación de alquiler que compartía con un amigo chileno, al que le perdí la pista y que creo recordar que se llamaba Hugo Francisco "Noséqué" Cortés y con Agustín, que andaba por Roma dando clases de español la última vez que supe de él; la mesa camilla sobra la que leía los anuncios de trabajo del periódico
... (quiero leerlo todo)Luchas y tesoros

Supongo que fue el asfalto de las calles, o la llegada del primer televisor, lo que acabó con las “luchas”, con esa despiadada forma de jugar que nos llevaba a agruparnos en pandillas y pelear, unos contra otros, a pedradas… Visto con la distancia que, en el tiempo, me separa de la Calle de Atrás, se me ocurre pensar que aquello era jugar a vivir, lo mismo que las tómbolas que hacíamos para rifar nuestros tebeos, los circos que imitábamos o cualquier otro de los juegos que inventáramos y que, con el paso del tiempo, ha terminado por perderse.
La casa de mis abuelos, en la Calle de Atrás, tenía un corral grande, al que se salía desde la cocina por una puerta de madera con cristales, o se entraba por los postigos, si uno venía de fuera de la casa. Junto a la primera crecía una parra que, además de uvas, daba sombra en los días de verano; al lado de las portadas, un porche de cañas y la sarmentera donde se apilaban las gavillas que avivarían el fuego del invierno, hacían el mismo papel. El patio era mi refugio y allí pasaba muchos de los ratos que me dejaba libre la escuela o en los que no estaba en la calle, jugando con Domingo al juego que estuviera de moda. Allí podía entretenerme con el zompo o las bolas del “gua”, sin ayuda de nadie; jugar incluso a las chapas, tirando a la vez con dos “chavos” para hacer mi propio papel y el de un rival imaginario… y, sobre todo, escondiendo mis tesoros en la tierra.
Así como para luchar era necesario entrar en una banda y encontrar otra con la que apedrearse, para hacer un tesoro prefería esconderme entre las enjalbegadas tapias de mi patio y que no me vieran. Por un lado porque nadie debería saber dónde se encontraban enterrados aquel puñado de silvestres margaritas que rodeaban un cromo, una canica de barro cocido o cualquier otra fruslería que, cubiertos por un pedazo de cristal y tapados con tierra, volverían a aparecer ante los ojos de quien, con sumo cuidado, frotara con los dedos en el lugar exacto; y, por otro lado, porque éste (como las parejillas, la comba y tantos otros), era un juego de guachas y me hubiera avergonzado que alguno de mis amigos, con los que iba a la lucha, me sorprendiera en ello.
De cualquier modo todo ello pasó y, como tantas otras vivencias de aquel tiempo, ha quedado relegada al olvido de donde sólo borrosamente (como si con los dedos frotara la tierra para ver el tesoros que celosamente guardé bajo un pedazo de cristal), aparece de tarde en tarde, sin que pueda saber muy bien si fue el asfalto de las calles, o la llegada del primer televisor al casino, lo que acabó con aquellos juegos.
