Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.
Resumen
- 05/11/2006 00:16 - Quinto viaje a América... Tercero a Colombia (04.11.2006)
- 18/11/2006 21:54 - Cien colombianos... y más
- 19/11/2006 23:47 - Canción de Cuna de los Elefantes
Quinto viaje a América... Tercero a Colombia (04.11.2006)

Ayer me preguntaba María por los olores de Colombia (“me gustaría que junto a todos los cachivaches que traerás de tu nuevo país, me enviaras un pequeño frasco con los olores de cada lugar que has visitado y de todos los sabores que has probado”). Me sorprendió darme cuenta de que, entre tantas y tantas imágenes como me han acompañado en mi vuelta, no he traído conmigo el recuerdo de ningún olor que me impactara… Justamente ahora, cuando lo último que estoy escribiendo se va a llamar "Dónde habitan los olores"; próximo capítulo de Déjame que te cuente en el que trato de narrar dónde vive el olor de la infancia, cuando nos hacemos mayores; el del frío, cuando llega el verano; el olor de los sueños, cuando estamos despiertos... hasta el olor de la muerte, cuando ya hemos enterrado al ser querido que murió.
Será tal vez, le expliqué, que siendo tantos los sabores que me hechizaron, no me quedó capacidad para almacenar más sensaciones. A éstos habría que sumarles los colores de tanta y exuberante vegetación, de las ropas con que visten y hasta de las pinturas con que alegran las paredes de sus casas… el sonido de la lluvia torrencial que me acunaba casi todas las noches, la música que se escapaba por las ventanas de cada casa, el dulce acento con el que los colombianos hablan su lengua, que también es la nuestra… Mas yo le mencionaba a María los sabores y, al hacerlo, pensaba en todas esas frutas que para nosotros son exóticas y que allí ayudan a calmar la sed y recargarse de vitalidad. Me encantan el mangostino y el anón, pero también la granadilla, el lulo y los jugos de arazá, badea, guanábana y marañón; sé que no me gustaron tanto los de tamarindo, papaya o carambola... Y hay otras frutas que he comido (o bebido), pero cuyo sabor no puedo recordar (curuba, mamey, pitaya...) No me im
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“Cuando yo me muera, me abrirán el corazón… y lo tendré lleno de nombres”
La frase es de Monseñor Pedro Casaldáliga y me la cita la hermana Libia Morales, en su contestación a la carta que escribí para toda la gente de Colombia a la que quiero… Para los que vi, por el tiempo y las atenciones que me dedicaron; pero también para aquellos con quienes no tuve ocasión de encontrarme, porque estando cerca aún se me hizo más grande su ausencia.
Ya anuncié que hablaría de todos ellos en el blog y, bajo una foto tomada a la entrada de la Catedral de Sal de Zipaquirá, fui mencionando a todos los que recordaba. Supongo que, a lo largo del tiempo, unos y otros irán apareciendo por aquí pero, mientras llega el momento, hoy os dejo sus nombres y las fotos de algunos de ellos, de algunas de las personas a las que dirigí esa carta con la que quise darle las gracias a Iván y Alba Lucía, porque fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado y porque, además, no me abandonaron en ningún momento y siempre estuvieron dispuesto
... (quiero leerlo todo)Canción de Cuna de los Elefantes

No diría del todo la verdad si incluyera a Adriano del Valle entre mis autores preferidos… Y, sin embargo, versos suyos fueron no sólo los primeros que escuché, sino los primeros que, sin tener que cerrar los ojos, me permitieron ver, más allá de las paredes de mi cuarto, una selva rezumante de vida; más allá de la pelada bombilla de ciento veinticinco vatios, la luna llena; más allá de mis lágrimas, las de un elefante que tampoco quería dormir...
Ahora sé, porque lo he averiguado gracias a Internet (mi cultura no da para tanto), que Adriano del Valle fue un gran amigo de la familia de Borges y del poeta portugués Fernando Pessoa, con el que intercambió cartas durante muchos años… y que hablar de Adriano del Valle es hablar de uno de los máximos representante del movimiento ultraísta español. Antes (aunque no mucho antes), sólo sabía que era el autor de la “Canción de Cuna de los Elefantes”, el poema que mi padre, teniéndome en brazos, me recitaba cuando yo lloraba porque no me quería dormir. Es uno de los recuerdos más antiguos que conservo y, junto a él, me han acompañado durante medio siglo esas imágenes de la selva iluminada por la luna y algunos versos que, cuando he tenido la ocasión, he repetido al oído de algún niño que
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