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Resumen
- 07/12/2006 00:32 - Gente de paso (06.12.2006)
- 07/12/2006 01:46 - Cerezas (Rafael Camarasa)
- 18/12/2006 23:32 - Felicitación de Navidad (18.12.2006)
Gente de paso (06.12.2006)

Algunos de vosotros sabréis que Ibáñez llegó a Casas Ibáñez por carretera. Lo conté en el número ciento setenta y dos del periódico de allí, en octubre del año dos mil dos. Ibáñez había visto por primera vez el nombre del pueblo en un libro que enseñaba geografía a quienes se preparaban para trabajar en los ferrocarriles y, aunque por el nuestro nunca llegó a pasar el tren (por más que lo soñáramos), lo que tenían que aprender en él los futuros factores, revisores, maquinistas o jefes de estación eran las cabezas de los partidos judiciales… Ibáñez, que decía vivir en Burgos cuando era niño, se extrañaba de que un pueblo se llamara como él y de que siendo sólo “casas” apareciera en la lección junto a otros de la importancia de Sigüenza, Ocaña, Alcázar de San Juan, Talaver de la Reína, Tomelloso o Puertollano, por citar sólo algunos de nuestra región. Aquel asombro infantil le hizo viajar, una vez jubilado, para pasar aquí un tiempo, viviendo de hotel y contando en el periódico las cosas que veía y le pasaban…
De algo escrito en el párrafo anterior es fácil desprender que nunca llegó nadie a nuestro pueblo por tren; nadie se apeó en una estación que, cerca de la Virgen de la Cabeza, estuviera rotulada con el nombre de “Casas Ibáñez” y desde la que, andando por un camino bordeado de acacias, o a bordo de un taxi en cuya puerta estuviera pintado el monolito dorado que recuerda la batalla de Serradiel, pudiera llegar al centro en busca de posada… Sin embargo, el “hombre blanco” vino en helicóptero. Representaba una marca de detergentes que todavía existe e, impoluto, con traje, sombrero y zapatos albos, se dejaba caer en cualquier pueblo de España para dar regalos a cambio de que las mujeres (u hombres, si lo hubiera habido que lavasen, cuando la colada se hacía a mano, restregando la ropa mojada en una losa de madera o de cemento), le enseñaran su paquete de jabón, a medio usar, de la marca en cuestión. El helicóptero se posó en medio del campo de fútbol de la Cruz Verde y, si no de mujeres con el blanqueador en mano, enseguida se vio rodeado de niños, mientras sus madres corrían a las droguería más cercana, para pedir de fiado un paquete de detergente que cambiar por el regalo… No recuerdo si alguna lo consiguió antes de que el personaje estrechara unas cuantas manos y alzara de nuevo el vuelo, en busca de otro pueblo al que alborotar con su presencia.
Será quizás el único caso de alguien que no llegó hasta aquí por carretera… Así es que lo que diferencia a la gente de paso es el vehículo o el motivo que los trajo. Siempre estuve convencido de que yo vine en carro desde La Gineta, cuando quizás aún no tuviera los tres años de edad. Ahora sé que eso es imposible, pero me gusta recordarme mirando hacia la esquina, desde la puerta de nuestra primera casa en el pueblo, e imaginando que, con sólo llegar hasta ella y darle la vuelta, si me hubieran dejado andar hasta allí, podría haber visto mi hogar de antes y los lugares que hasta entonces habían contemplado mis ojos… Mas yo no llegué de paso porque, aunque años después me marchara como tantos otros jóvenes, nunca dejé de volver y, como una vez confesé: “uno no es de donde vive, sino de aquel lugar al que siempre regresa”.
Quien sí que llegó en carro, según él mismo me contó hace mucho tiempo (quizás la única vez que hablé con él), fue “Farina”, cuando sólo era un niño. Pero también él se quedó para siempre y cada vez que nos cruzamos por las calles del pueblo, me conmueve recordar la maravillosa historia que me contó de aquél, su primer día en el pueblo, y que yo algún día os contaré a vosotros… Será que cuando uno llega así de despacio, andando, en bicicleta o escuchando el gemir de las ruedas de un carro que se clavan en la tierra del camino (los ejes de la carreta a los que cantaba aquel argentino), es para no marcharse ya; como aquel otro niño o poco más que un niño, el “peoncillo”, que vino a trabajar en las vías de ese tren que nunca nos llegó (por más que lo soñáramos), y, nadie sabe por qué, lo fusilaron frente a la tapia del cementerio, junto a los “rojos”. Para siempre se quedó enterrado en el pueblo al que había venido a traer el ferrocarril.
Helena, personaje fugaz de “El Cerro de los Cuchillos”, vino a fotografiar los restos de aquel sueño: estaciones cuyo reloj nunca se puso en marcha y cuyas puertas jamás se abrieron, puentes por los nadie salvó ningún barranco, andenes en los que no pudimos esperar el regreso de los que como ella, como Helena, si se fueron.
Años después fue petróleo lo que vinieron a buscar “los franceses”. Durante un tiempo se les vio por el hotel que había en la que entonces era calle Caídos, hoy es calle Tercia y siempre ha sido la calle principal del pueblo. Se les vio poco y se marcharon pronto, quizás por eso no encontraron el “aceite de piedra” que, seguramente, les debe seguir esperando debajo de alguna viña o de cualquier pinar… Ahora, desde el norte de África o el este de Europa, a veces desde el otro lado del mar, vienen otros hombres y mujeres buscando trabajo, bien tan preciado o más que el oro negro. Al verlos me pregunto cómo habrán arribado hasta aquí, cuándo oyeron hablar por primera vez de este lugar, cómo lo imaginaron antes de llegar, por qué lo fueron a elegir entre tantos otros donde quizá sea más fácil hacer su sueño realidad… Muchos de ellos estarán de paso y algún día, sin echar raíces, se irán a otros lugares, quizás más prósperos. Otros, como hicieron muchos ibañeses en los años sesenta, regresarán a sus países de origen cuando hayan ahorrado lo suficiente para comprar una casa, un campo o un pequeño negocio… pero algunos se quedarán para siempre y nos ayudarán a hacer de éste un pueblo más grande y más rico; levantarán aquí su casa y sus recuerdos; y aquí crecerán o nacerán sus hijos, que serán quienes mañana mantengan vivas nuestras costumbres, escriban en el periódico o protagonicen sus páginas con hazañas científicas, artísticas o deportivas… Pero esa ya no será gente de paso, como de la que hoy estoy hablando, como el muchacho que llegó pedaleando para ver a la trapecista de la que se había enamorado en el pueblo anterior; como los maestros y guardia civiles que vivieron aquí unos meses, a la espera de un destino mejor; representantes de comercio, vagabundos, veraneantes despistados, titiriteros, feriantes… gente anónima que llegó por unas horas o unos días y luego se marchó… O famosos que quizás ni llegaron a aprenderse el nombre del pueblo. ¿Se acordará Sara Montiel de que vino un día, no como artista, sino acompañando como amiga a Marujita Díaz, que iba a actuar en el Cine Rex? La gente la aclamó hasta que salió al escenario y, aunque no cantó, aseguró que algún día volvería para hacerlo. El Cordobés y Palomo Linares torearon en la plaza que ahora va a cumplir cincuenta años; ellos lo habrán olvida
... (quiero leerlo todo)Cerezas (Rafael Camarasa)

Cuando seleccionábamos los cuentos y poemas que este año habían de pasar al Jurado Final del Certamen Literario “Emilio Murcia”, Noelia me habló con entusiasmo del que era su favorito: Seis. Su lectura me hizo recordar uno de mis relatos favoritos, uno de Rafael Camarasa que se llama Mapas y que había ganado el Certamen Flor de Cactus en 1997. Seis no obtuvo el premio, pero el Jurado le hizo una mención especial y propuso su publicación; así es que hubo de abrirse la plica y se supo que el autor era Rafael Camarasa, del que además yo había leído otro par de libros de poemas: La ciudad sin mar y Algunos corazones solitarios, que sin embargo no me habían dejado tanta huella.
Esto que acabo de contar me ha permitido volver a ponerme en contacto con este joven autor valenciano (aunque lo de “joven” siempre es relativo y depende de quién lo diga o quién lo escuche), que me ha puesto al corriente de sus últimas publicaciones: El libro de relatos Feos (“Todos los feos escribimos, pintamos o soñamos”, me escribió en la dedicatoria… gracias por la parte que me toca), y el de poemas Cabos sueltos.
Como el que más me sigue gustando de todos es el de Mapas le pedí que me dejara compartirlo con todos vosotros. Le pareció bien y me lo envió digitalizado… pero descubrí que era demasiado largo para leerlo como “post del blog” (“artículo o entrada de la bitácora”, debería escribir), así es que decidí crear este acceso directo para el que tenga ganas de leerlo con más calma y, en su lugar, colocar este poema de su último libro, que me emocionó hasta las lágrimas… ¿Por qué? Explicarlo sería tema para una “carta abierta” y aquí estoy compartiendo “lo que escriben mis amigos”:
CEREZAS
En la pizarra de la cocina dejaste
un recordatorio para el día siguiente:
“Hay que comprar cerezas”.
Y yo me sentí feliz
Sólo porque existía un espacio
vacío en nuestro frutero
y éste ocupaba su lugar de siempre
en un rincón de la nevera,
y esa máquina de frío
habitaba en silencio la cocina
de esta casa recién pintada
en la que hemos compartido las cerezas
que faltaban en el recipiente
que esperaba en el frigorífico.
Y porque en aquel detalle tan nimio,
parecido a tantos otros,
de escribir con tu letra redonda
algo que anoche faltó en la mesa
-aunque nunca lo había pensado
y tú ni siquiera lo sospeches-
residía el gesto de seguir,
de continuar un rumbo que me incluye:
nadie se preocupa por la ausencia
de unas cerezas en su vida
cuando piensa en arrojar la toalla,
en marcharse sin volver el rostro.
Así que aquella frase tan simple
que cruzaba la superficie de la pizarra
y que a nadie que visitase la casa
descubriría nada sobre sus moradores,
se convirtió en una de esas señales
que dejamos en los libros de cabecera
y nos indican a la noche siguiente
la página donde nos quedamos.
(Sé que una marca no me asegura
que volverás a por el libro de tu mesilla,
pero sí que tenías esa intención
al doblar el ángulo de la hoja).
Esta mañana cuando llegaste
con el bolso lleno de cerezas
y las dejaste junto a las que yo
compré al pasar por el mercado,
(quiero leerlo todo)
Felicitación de Navidad (18.12.2006)

Para todos los que me pedisteis menos de lo que necesitabais y me disteis más de lo que podíais.
Algún otro año, como felicitación de Navidad, he mandado una foto de la familia al completo, de los cinco… Y ahí seguimos, para quienes los conocéis y para quienes no los conocéis: Julie, David y Natalia, creciendo (en estatura y sabiduría); Eliana peleando con los cuatro, mas sin perder la belleza de dentro ni la de fuera; y yo, aunque con más canas en la barba, como siempre, que ya estoy muy mayor para cambiar… Y eso que éste ha sido un año lleno de cambios: nuevo trabajo para mí, nuevo hogar para la familia, nuevo libro (y ya se está agotando la segunda edición de Historias de gente sin historia), y, como ya he contado en varias ocasiones, nuevo viaje a Colombia, en octubre pasado, esta vez solo…
Cuánto bueno, ¿verdad? Pues aún ha habido algo mejor: A lo largo del año, con la ayuda de Publicaciones Acumán, de muchos desconocidos y de algunos de vosotros, hemos conseguido buena parte del dinero que nos propusimos enviar a Colombia, para financiar los proyectos en los que me embarqué durante las Navidades pasadas: el del albergue de paso para los ancianos sin recursos y el de la ampliación y el mantenimiento del Hogar Niña María, donde se acoge a niñas con alto riesgo físico y moral. Durante mi viaje de este otoño pude ver el solar que se ha comprado para construir el primero y las obras de mejora que se han hecho en el hogar de las niñas, porque la ayuda ha alcanzado no sólo para la comida, la ropa, el material escolar, las medicinas y demás gastos del día a día, sino también para seguir mejorando las condiciones en las que viven y haciendo crecer las instalaciones para que, dentro de poco, sean más las niñas que encuentren en él un refugio en su huida de la violencia, los abusos, las vejaciones y hasta las violaciones a las que se ven sometidas… En total, hasta la fecha, han sido 15.200 los euros enviados.
Bueno, pues por todo esto que os cuento, la felicitación de estas Navidades no va acompañada del tradicional “christma” o de la foto de la familia, o con un dibujo de los niños… Este año es una foto de alguna de ellas (podéis verlas a casi todas pulsando en este enlace).
Y sabed que, cuando miraban a la cámara, os sonreían a todos los que anónimamente estáis ayudando, y no decían “patata” o “güisqui”… sino “¡Gracias!” y, por supuesto…
¡Feliz Navidad!
