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Ramón de Aguilar

Antes de que crezcan

Antes de que crezcan

            En una de las más divertidas canciones de Les Luthiers en la que, además de la risa, ponen música a una programación de televisión, cuando anuncian la actuación de los “Niños Cantores del Tirol”, recomiendan: Veánlos, antes de que crezcan… Y ahora, cada vez que enredando en el ordenador me encuentro con la foto que preparé de Julie, David y Natalia para cuando hablase de ellos en este blog, me acuerdo de aquel consejo… porque los niños tienen eso, que crecen y dejan de serlo; así es que pudiera ser que esta foto, de uno de nuestros primeros viajes por España, ya no venga tan a cuento para ilustrar estas palabras.

            La primera vez que Eliana me habló de los niños, Natalia apenas tenía cinco años de edad, David ya había cumplido los siete y Julie acababa de hacer los 13… Pronto habrán pasado seis años de aquello y cuatro de que viven con nosotros. No parece mucho, salvo que se enfoque de alguna manera determinada, que se diga, por ejemplo, que para Natalia ha sido la mitad de su vida… No parece mucho y, sin embargo, ¡cómo me han enriquecido la vida!

            A la primera que conocí en persona fue a Julie Paola, que vino con su abuela y con Marta Patricia a recibirme al aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, la primera vez que viajé a Colombia, en el verano del 2002. Dos días después fuimos juntos hasta Mariquita y allí, jugando en el “corredor” nos esperaban sus hermanos… Apenas un año más tarde serían ellos los que llegaran al aeropuerto de Valencia, y yo quién los estuviera aguardando, con tantos nervios como ilusión, para emprender juntos esta aventura de compartir el día a día, de verlos crecer, madurar, transformarse… aprender (o reaprender), a mirar lo que nos rodea con una mirada de asombro (“¿El mundo era en blanco y negro cuando tú eras pequeño?”, me preguntaba un día Natalia), ávida de saber (“¿Dónde está el Peñón de Ifach?” “¿Cuál es la mayor altura de la Península Ibérica?” “¿Cuántos satélites tiene Marte?”… o cualquier otra cuestión científica de las que David pregunta, sabiendo casi siempre la respuesta), o inquisitiva, como las silenciosas miradas con las que Julie, desde siempre, analiza todo lo que le rodea, y que ahora empieza a mostrársele criticable, con la sana rebeldía de los dieciocho años (creo que fue Azorín quien escribió que quien a los veinte años no sea anarquista será viejo toda la vida… Bueno, tal vez no lo dijo así, pero la idea era esa y siempre parecerá mejor si digo que la frase es suya).

            Me he interrumpido en el punto anterior para repasar con David unas ecuaciones… Ahora, mientras termino de escribir estas líneas, Natalia toca el clarinete en su habitación. Julie está en el colegio y no vendrá hasta mañana, viernes, pero el sábado iremos, por tercera vez en pocos días, a hacer prácticas con el coche, porque se está sacando el carné de conducir… Realmente, ya no son los pequeños de la foto; mas supongo que, para Eliana y para mí, siempre serán “los niños”… aunque crezcan. Lo importante es que la vida sigue y juntos seguimos para vivirla, con todo lo que de bueno y de malo nos quiera traer.

Las palabras curan

Las palabras curan

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            No sé a cual de los temas que configuran este blog pertenece la aportación de esta noche; aunque, cuando tú la estés leyendo, ya lo habré decidido… Podría ser una “Carta abierta”; pero no lo es, porque la mayoría de lo que vas a leer (si continúas), está escrito por otros… Podría ser, por lo tanto, parte de “Lo que escriben mis amigos”; mas, aunque amigos sí lo son, ninguna de estas tres personas escribe con afán de ser publicada, ni de tener lectores que ellas mismas no hayan elegido… Tampoco son ellas el tema, no se trata, pues, de “Amigos, conocidos o gente de paso”. Ni hablo de uno de esos lugares, mágicos para mí, de los que iré dejando constancia en “Cafés, bibliotecas, librerías y otros lugares de interés”, si bien todo lo que se cuenta ocurrió en una biblioteca, la de Requena, de la que sí hablaré otro día… Por último, aunque también se hable de algo escrito por mí, tampoco es “Lo que escribo”… Ahora que me doy cuenta, si siquiera tengo un título que poner, aunque eso tampoco lo vas a notar porque, cuando lo leas, ya lo habré encontrado: lo voy a buscar entre las palabras que te voy a transcribir y que fueron pronunciadas en la presentación de Historias de gente sin historia, el pasado viernes, en la biblioteca de Requena… Las de Noelia, con alguna variación, fueron las mismas de la presentación de Casas Ibáñez, el pasado mes de agosto, y que figuran como prólogo de la tercera edición; hablaron luego Elena y Marisol y, por último, Roberto, el Concejal de Cultura… aunque él sólo llevaba un guión y sus palabras no puedo reproducirlas.

Dijo Noelia:

            Hoy me toca hablar de Ramón y, la verdad, cuando el otro día me puse a pensar qué podía decir de él me costó decidirme, de hecho creo que todavía no me he decidido. Supongo que sería sencillo tomar un ejemplar del libro que presentamos hoy y leer el párrafo de la contra-cubierta que, junto a su foto, menciona dónde nació, cuánto ha vivido, las novelas que ha publicado o los premios que ha obtenido. Pero al leer “manchego del 55” alguien podría olvidar que, aunque sus raíces están en La Mancha y en sus relatos refleja tradiciones y costumbres con descripciones maravillosas, en realidad tiene su corazón repartido por todo el mundo, porque no ha parado de viajar, y uno de los pedazos más importantes está en Colombia. Y al leer “tiene publicada la novela El Cerro de los Cuchillos (Edisena, 1999)”, pocos de los que la habéis leído podríais imaginar que el que parece un rotundo final, sí, ese que termina con la estudiada palabra “fin”, no es más que una de las diversas versiones que Ramón escribió para terminar su novela. Y después, al seguir leyendo: “su carrera literaria está jalonada por varios premios” y una lista de lugares y certámenes literarios, muchos dejaréis de saber que también ha ganado algún concurso de cocina, porque no sólo escribe bien.

            Es curioso, la mayoría de los que hoy estamos aquí tenemos alguna historia común con Ramón. Directa o indirectamente, muchos de nosotros podríamos llegar a ser personajes de alguno de sus cuentos o novelas. Y así, nos convertiríamos en compañeros del colegio con los que hubo vivido alguna aventura, en amigos eternos con los que hubo viajado hasta algún lejano destino o en chicas de 16 años a las que escuchó contar el cuento de Los siete cabritillos y el lobo, ignorando, ambos, que el destino ya tenía pensado que pronto los uniría una historia de amistad. Es la magia de haber conocido a Ramón.

            El otro día hablé en sueños con algunos de los personajes de los relatos que se incluyen en Historias de gente sin historia, que atropelladamente empezaron a preguntarme cosas sobre Ramón -no les has contado nada sobre ti a tus propios personajes-. Valentín, el baterista, quería saber si le gusta la música: “Mucho, y además la buena música, canciones que todavía se conservan en el surco único de los discos de vinilo y que Ramón escucha con una taza de café, sólo y sin azúcar, entre las manos”. Enrique y Victoria, eternos enamorados, preguntaron por sus historias de amor, la respuesta es sencilla: “El amor es su historia”. Doña Carmen y Raquel, su hija, dueñas de la fonda en la que vivió el joven estudiante protagonista el relato En los tiempos que se fueron y no volverán, en su afán por asignarle una carta de la baraja española o del tarot a sus inquilinos, me preguntaron cual sería la idónea para Ramón, y yo, después de algunas consultas, dije: “El rey de copas”, aunque el prefería el caballo. Álvarez permaneció callado; según él, sabe todo lo que tiene que saber sobre ti. Galad y Sera me enviaron miles de besos desde su nuevo planeta. Y el león del circo, dentro de su jaula, emitió un rugido con el que quería darte las gracias porque, aunque prisionero de la carpa, permitiste que conociera la amistad.

            Hoy también me tocaba hablar de Historias de gente sin historia, y aunque ya haya presentado alguno de sus personajes, no voy a decir mucho más, prefiero que lo leáis para que seáis vosotros mismos los que, en algún punto de la historia, en todas y cada una de las historias, notéis como vuestros ojos se empañan, esbocéis una sonrisa de ternura o levantéis la vista de las palabras impresas para, cerrando los ojos, traer a vuestra memoria el recuerdo de una persona, de un lugar, de un olor, de una sensación. RAMÓN.

Dijo Elena:

            Tengo que deciros que cuando Ramón  me pidió que presentara su libro se me hizo de noche. Me sentí infinitamente halagada por su confianza, pero a la vez sentí un miedo enorme. No soy ninguna crítica literaria y mi sentido crítico después de leer un libro es el mismo que cuando veo un cuadro: Me gusta o no  me gusta. Eso es todo lo más lejos a lo que puedo llegar.

Por ello, no acabo de entender qué hago aquí sabiendo que hay tantas personas que podrían hablaros de la obra de Ramón y del propio Ramón mucho mejor que yo.

         Pero el me lo pidió y aquí estoy. Es difícil negarle algo a Ramón. Quienes lo conocéis seguro que me entendéis. Es difícil no dar algo, lo que sea, a quien jamás ha tenido el más mínimo reparo en darlo todo a quien sea, lo que sea, como sea y  cuando sea. En definitiva, es difícil negarle algo a quien siempre está dispuesto a darlo todo. De la generosidad y solidaridad de Ramón hacia quienes más lo necesitan no hay que dar mucha cuenta. De hecho, aquí estamos esta tarde para presentar uno de sus libros cuyos beneficios irán  íntegramente destinados a financiar una casa de acogida para niñas que atraviesan por una difícil situación en Colombia.

         Pero lo mas valioso de cuanto Ramón nos ofrece y nos da con una generosidad sin límite es su capacidad de entrega, su inalterable lealtad y un derroche infinito de  sensibilidad y de ternura. Contar con el afecto y la confianza de Ramón de Aguilar es un honor, un orgullo y una suerte inmensa y que yo misma quiero, esta tarde y en este momento, agradecerle pública y profundamente.

        Como ya os he dicho, mi capacidad para la crítica literaria no va mas allá del “me gusta o no me gusta”. Historias de Gente sin Historia me ha gustado. Me ha gustado muchísimo. Es un libro que he disfrutado leyendo aunque solo a medias, porque de alguna manera lo fui leyendo  para vosotros, para ver que os podía contar sobre él esta tarde. Pero os aseguro que es un libro que volveré a leer de nuevo, pasado algún tiempo y olvidado este acto, porque quiero disfrutarlo, desgranarlo, saborearlo egoísta e íntimamente. Quiero releerlo, tan sólo para mí.

         Lo primero que os tengo que decir es que en absoluto estoy de acuerdo con su autor cuando nos dice en el prólogo del libro que se trata de historias de gente mediocre, de hombres y mujeres vulgares, de antihéroes y eternos perdedores, como él mismo los define. Yo he encontrado un nexo de unión entre todos que les hace ser personas especiales, eternos triunfadores y auténticos héroes: Su común facilidad para abandonarse a los sueños.

         Sinceramente pienso que la gente mediocre es la gente que no sueña. La gente práctica y realista que se levanta, que come, que  trabaja, que compra, que recorre las mismas calles para ir a los mismos sitios y... que se engaña creyendo que hasta ama. Pero que se conforma con ello y hasta se cree feliz. Los personajes que nos presenta Ramón de Aguilar en este libro son gentes que sueñan. Gente que no se conforma con aquello que tiene, sino  que anhela aquello que tuvo y que los hizo estremecer o que anhela aquello que nunca les hizo estremecer porque no lo tuvieron.

- Valentín se creía mediocre porque sus sueños se habían ido rompiendo uno a uno y aún así nunca dejó de soñar aunque fuera tan solo con poder disfrutar del lento transcurrir  de una  tarde de sábado paseando  del brazo de Piluca.

- Victoria despertó de su rutina y su vacío el día que el brillo de un sueño de amor llamó a sus cristales sucios.

- El niño de la horca, soñaba con destruir la horca que se llevó a su padre. 

- Las prostitutas Cecilia y Leonor soñaban con un mundo mejor para los seres amados que habían dejado en su país antes de emigrar.

- La gris funcionaria Juana Fernández se inventó a una Joaquina Salavert que le permitía convertirse en la persona que le hubiera gustado ser  y, así, explica:  “... Lo que tu veías cada verano era mi sueño hecho realidad por unos días...”

- El niño que se enamoró de la niña  trapecista continuó soñando toda su vida con llevarla de la mano hasta la escuela, enseñarle los pueblos en un  mapa y caminar junto a ella hasta el mar de una postal.

- Y aquel  soldado que  muere soñando con el musgo de los tejados de su pueblo, con el olor de la lluvia en otoño y el de las eras después de la siega...

         Este es un libro de  historias de gente con historia. Historias de nostalgias, de anhelos, de sueños... Los escasos personajes que no deliran en este cuento de cuentos son quienes, a mi juicio,  realmente se presentan como seres triviales, pero hasta ellos nos enseñan la importancia de la quimera, del ensueño, por que es su carencia lo que les hace desdichados y miserables.

         Así pues, yo describiría este libro como un conjunto de personajes que, a pesar de sus destinos mas o menos grises, mas o menos tristes, mas o menos frustrados, han adquirido la destreza  de sobrevolarlos, de ganarles el pulso desarrollando una enorme capacidad para guardar en su corazón  retazos de sueños, de ilusiones,  que les permite alimentar su alma y les ayuda a afrontar su realidad.

         Yo creo que la vida está llena de hermosos momentos: pequeños instantes aparentemente  intrascendentes, pero cuya constante sucesión  acumula en un rincón del alma eso que llamamos felicidad y que permanece ignorada mientras nos afanamos en ir a buscarla quién sabe donde. Y alguno  de esos pequeños y fugaces momentos que convierten mi vida en una sucesión de cosas que me hacen feliz,  son aquellos en los que, tras leer la última frase de un libro, lo cierro y camino hacia mi biblioteca a buscar uno nuevo. Mirarlos, elegirlo y sacarlo del estante.... Me gusta sostenerlo entre mis manos  y mirarlo un rato antes de abrirlo. Es todo un ritual, un momento mágico. Antes de abrirlo, pienso qué esconderá dentro, qué lugares recorreré, que personajes me abrirán su alma y qué historias compartiré con ellos. Historias de Gente sin historia me ha hecho sentir esa mágica y maravillosa sensación con cada nuevo capítulo, sin necesidad de ir a buscar un nuevo libro a la estantería. Cada página en blanco entre relato y relato ha sido un emprender el mismo ritual, repetirme esas mismas preguntas, e iniciar una nueva aventura hacia lo desconocido,  pero sabiendo ya, con toda certeza, que me esperaba un viaje inesperado y  sorprendente en el que iba a conocer a gente, para nada mediocre, sino extraordinaria.

         Para finalizar os diré que para mí una de las palabras mas hermosas que existe en nuestro lenguaje es precisamente esa: palabra. La palabra que nos libera, la palabra que nos acerca, la palabra que convierte en aparente lo intangible. Hacemos uso de ella sin ser conscientes de su poder, un  poder que crea o que destruye, que cambia realidades. No tenemos más herramienta que la palabra para abrir nuestro corazón o para saber que se esconde en el corazón de los demás. Ni siquiera una mirada, porque hasta la expresión de una mirada, inconscientemente, la convertimos en palabras. Cuando todo se pierde, como decía Blas de Otero, siempre nos queda la palabra. Por eso,  cuando me pregunté a mi misma, inútilmente, con qué historia me quedaría, decidí quedarme finalmente con unos párrafos. Pertenecen a la conversación que se mantiene entre un enano y un niño. El asombroso enano, enloquece cuando a través del niño se entera de la destrucción del libro que andaba buscando desesperadamente. El niño, sorprendido, intenta aliviar su tristeza restándole importancia a esos papeles llenos de palabras que nadie entendía y trata de explicarle  que bien distinto sería si lo perdido hubiese sido un verdadero tesoro de oro y de plata y de cristales brillantes... Conmovido  finalmente ante  los esfuerzos  del  niño por consolarle, el hombrecillo le dice:

... Pero no olvides nunca que los verdaderos  tesoros no consisten en riquezas guardadas en cofres, sino en palabras, palabras que encantan y fascinan, que enseñan y descubren, que hacen brotar la risa y el llanto, que despiertan la ternura y la esperanza, que conmueven el corazón de los hombres y que, una vez perdidas, ya no pueden volver a encontrarse nunca mas.

         Nadie creyó en la historia del niño y hasta le robaron la moneda de oro que el enano le había regalado. Pero  al niño ya dejó de importarle su moneda de oro perdida o lo que la gente pensara de él. Aquel niño tan solo anhelaba encontrar palabras, palabras mágicas que hicieran brotar la risa y el llanto, que devolvieran una ilusión que se creía perdida, que conmovieran el duro corazón de los hombres, que sembrasen la esperanza allá donde todo se creyera perdido......

        

         Conociéndote como te conozco, Ramón, estoy segura de que aquel niño eras tú y que las palabras que anhelabas encontrar, finalmente las hallaste y las has dejado guardadas en este libro.

Dijo Marisol:

¿Las palabras curan?

¿Las palabras son ungüento o bálsamo para curar heridas?

Habría que preguntárselo a esos héroes o heroínas de la vida cotidiana que tan bien nos describe Ramón.

Las historias que jalonan las páginas del libro de Ramón tienen por protagonistas a esos seres invisibles a los que a menudo la vida nunca dio oportunidad alguna, esas personas con las que nos cruzamos a diario sin que nuestra mirada se paré en ellas, esos “otros” como algunas ancianas o las niñas de Mariquita a las que la vida sonrió poco.

Sin embargo, a través de esas palabras que Ramón inventa para esos seres invisibles, ellos van emergiendo de la nada, a través de esa manera suya de contar tan “redondeada” y tan alejada de cualquier aspereza sus contornos van adquiriendo definición, a través de esa escritura dulce tan alejada de fragores y demás pompas sociales, ellos van adquiriendo fuerza….y dignidad hasta colocarse de pie frente a tanta…y tanta adversidad.

Nos cuenta la historias de una mujer marchita que anda como tantas otras asomada al mundo a través de ventanas sucias tras las cuales el polvo y los dolores se van acumulando….hasta que su mirada tropieza con otra mirada olvidada, justamente en esos días en los que ella temía dejar de creer en los milagros….y el milagro como la primavera acaba por estallar en sus venas y de pronto se sorprende a si misma limpiando con saña el cristal sucio mientras tararea una canción.

También hay hombres asomados a las páginas de este libro, alguno como Manuel que apareció siendo niño por el pueblo sin ninguna compañía allá por los años del hambre y al que internaron en un asilo de pobres cuando las rarezas le entraron. A Manuel le gustaba decir aquello de que se alimentaba con el rocío de las plantas que transformaba en lluvia cuando cantaba.

Son relatos cortos, fugaces de gentes sin apellidos ni linajes….que transitan por la vida sin demasiada suerte.

Manuel como el resto de sus protagonistas sale de una tiniebla y quizás vuelva a otra tiniebla pero entre una tiniebla y otra hay un poco de lluvia, torrijas, unas cuantas flores, alguna canción, alguna experiencia sexual plena y alguna que otra conversación bella.

Quizás todos deseemos como sus protagonistas no llegar a la otra tiniebla con las  manos vacías ni pensar que todo ha sido vano.

Quizás Ramón sintió al escribir que andaba devolviendo parte de la belleza, del placer y de todo aquello que el mundo le había regalado.

El paso de una tiniebla a otra es un hecho pero lo que hay entre esos dos extremos a Ramón le resulta dulce, incluyendo sus momentos amargos y así nos lo cuenta….y por si las palabras no fuesen suficientes para curar las heridas, ahí estará el dinero o la plata que éstas producen para sobrevenir a las necesidades de esas niñas o ancianas de Mariquita a las que la vida no siempre sonrió.

Historias de gente sin historia

Historias de gente sin historia

            Apenas hace unos segundos que ha empezado el día. El fuerte viento con el que siempre recordaremos el inicio de esta primavera azota los cristales de la casa y me invitan a apagar el ordenador y marcharme a la cama: Mañana, como todos los días, como casi todos los días, hay que madrugar… Pero no quiero acostarme aún sin deciros algo a todos los amigos que estáis lejos (en el espacio, porque vivís en otros lugares o en el tiempo, porque aún no os he conocido). Se trata de algo que anoche escribí a los más próximos y esta misma tarde a los periódicos y emisoras de la zona: El viernes, mañana ya, vamos a presentar Historias de gente sin historia en la biblioteca de Requena.

         Como sé que los que lo estéis leyendo aquí no vais a poder venir, os voy a adelantar las palabras que he preparado y que hablan de la intrahistoria de algunos de estos relatos… Por cierto (y esto no lo voy a contar, porque ellos no la van a ver), la imagen que ilustra esta entrega es un dibujo que Arantxa Sestayo hizo para el cuento Galad y Sera, del que aquí hablo, que está en el libro y que, además, va a ser dramatizado por la buena gente de “Oleana Teatro”… hablaré algún día de ellos y hablaré también de Arantxa Sestayo y de su hermano Chuto y de su hermana Lourdes.

 

            El libro que hoy nos ha reunido a todos en esta biblioteca no siempre ha sido así, como tú lo ves… Los cuentos que lo componen no nacieron con la vocación de estar juntos, de convivir en las páginas de un mismo volumen… De hecho, desde que finalicé el más antiguo de ellos (Galad y Sera), allá por el año 1978, hasta el último de los escritos (¿Cuánto vale una horca?), en el 2005, transcurrió un cuarto de siglo… Demasiado tiempo para que hubieran podido mantener un mínimo de coherencia estilística, si no hubiera sido porque los más antiguos han sido escritos y reescritos una y mil veces, y los más nuevos casi lo mismo…

            Aún así, el libro comienza con una contradicción, soy consciente de ello, pero también de que son muchas las contradicciones con las que tenemos que convivir. Empiezo por decir que como no me gustan los prólogos al inicio de los libros de ficción, voy a resistir la tentación de escribir uno… pero eso en sí, esa presentación, ya lo es, ya nos está condicionando de alguna manera antes de empezar a leer la primera historia; la lectura debería de haber comenzado en la página  14, allí donde dice “Nunca le había gustado su nombre”… Luego, por si fuera poco, en la tercera edición se han introducido, como prólogo, las palabras con las que Noelia hizo su presentación en Casas Ibáñez…

            En fin, lo que yo quería decir con mi breve introducción es que, aunque las obras de ficción no necesitan presentación, no deben ser “explicadas”, a mí si me apetecía contaros detalles de estas historias, de cómo nacieron, qué pasó cuándo las premiaron o cómo es que fueron publicadas…

            Éste sería un buen momento para hablar de todos esos entresijos, de toda esa intrahistoria que se encuentra más allá de cada uno de los relatos. No recuerdo, por ejemplo y por citar uno de los que ya he nombrado, cómo ni por qué escribí Galad y Sera, aunque sospecho la influencia de El Principito, de Juan Salvador Gaviota y de otras lecturas propias de aquella época… lo que sí recuerdo perfectamente es el asombro que me produjo el que la publicaran en la revista “Óbolo”, de Barcelona; yo, hasta entonces, sólo había publicado algunos relatos de terror en una revista de “cómics” que se editaba en Valencia y que se llamaba SOS; por intermediación de un amigo que trabajaba en la entrañable Editorial Valenciana, había conseguido que me compraran algunos guiones para los dibujantes y luego intenté que me publicaran relatos, que era lo que me gustaba hacer; por lo general me los devolvían sin más y sólo, de tarde en tarde, me aceptaban alguno, después de tener que hacerle muchas correcciones que ellos me indicaban y que, de alguna manera, herían mi orgullo creador (quizás por eso nunca han aparecido con mi nombre y los mantengo escondidos bajo el pseudónimo que utilizaba para los “tebeos”)… Así es que el que, sin más ni más, me publicaran este cuento tal y como yo lo había  concebido, me produjo más asombro que gozo.

            ¿Cuánto vale una horca?, el otro de los relatos que ya he citados, surgió aquí en Requena. El germen está en uno de los “piscolabis” que organiza la CAT, esos deliciosos encuentros en los que cualquiera puede participar con la única condición de llevar algo escrito sobre el tema que toque en esa ocasión, y que en aquella fue el de la “horca”… Yo quise jugar con dos de las acepciones, la del apero para aventar y la del patíbulo… el juego con los dos términos me sirvió para reflejar una estampa de la feria albaceteña (realmente conocí una familia de Jarafuel que iba allí todos los años a vender utensilios hechos con las ramas del almez), y, a la vez, desahogarme de la angustia que me produjo una noticia leída hacía muchos años, en relación de un accidente de tráfico en un país que tal vez no fuera Turquía.

            Así, como veis, detrás de cada una de estas historia hay algo más que un personaje sin historia… El baterista del Plata, por ejemplo, no fue músico hasta la versión definitiva… durante muchos años fue sólo un personaje anodino que no se gustaba a sí mismo y que un sábado y trece (día de mala suerte para los franceses), se veía envuelto en una mala experiencia que, sin embargo, le reconciliaba consigo… Después de muchos años, un buen día se me ocurrió “pluriemplearlo” por las noches y hacerle ganarse un sobresueldo tocando la batería en un curioso cabaret, “El Plata”, ya desaparecido, al que me había llevado una amiga, que murió muy joven y me dejó, junto al de su nombre, Azucena, el recuerdo de ese antro y un par de libros de Ray Bradbury, autor al que no conseguí valorar hasta no hace mucho…

            En los tiempos que se fueron y no volverán, versión corregida de la primera narración que publiqué en forma de libro (As de espadas), era sólo un capítulo que se desgajó de la novela El Cerro de los Cuchillos; en una de las múltiples revisiones que le hice, decidí sacar uno de los personajes, que no terminaba de encajar en la historia. Guardé los folios que hablaban de ella (era una mujer, una muchacha), y meses más tarde, vi en ellos el germen de un relato… le di forma y, ganando el premio “Flor de Cactus”, no sólo pude ver mi primer libro publicado, sino que tuve la ocasión de conocer a algunas de las personas que han sido más importantes en mi vida: Sonia Cabezas, Delia, José Pablo, Mariela, Bigné, Anselmo Cid… Lo curioso es que, en una posterior versión de la novela, volví a meter el personaje que se había hecho independiente y tomó tanta fuerza que acabó por convertirse en protagonista… Así que podría decirse que, en el fondo, la misma son Llanos de El Cerro de los Cuchillos, Cecilia de As de Espadas y Noelia, en esta nueva versión, En los tiempos que se fueron y no volverán.

            En fin, ya que he nombrado a “Flor de Cactus”, y para terminar (que tampoco os voy a contar toda mi vida de un tirón), os voy a confesar que Prisioneros de la carpa, uno de mis relatos preferidos, se me ocurrió justo el día que recogí ese premio en Gandía; apenas había terminado de hablar y de dar las gracias cuando se me ocurrió una frase y supe, o pensé, que ése era el comienzo de una historia, una historia que durante dos o tres años no tuvo ni título ni argumento… Sólo una oración, sólo un inicio: “Su primer amigo fue un león; su primer amor, una trapecista del mismo circo”… Esta frase me la repetí infinidad de veces durante aquellos meses, pero nunca supe continuarla hasta que un día, por fin, ese león y esa bailarina se convirtieron en los protagonistas de esa historia que, junto a otras quince, podéis encontrar en este libro.. Dieciséis historias que, a su vez, se mezclan con otras treinta, las de cada una de las niñas que en este momento están refugiadas en el Hogar Niña María, en Colombia, a donde se envía cada euro que se recauda vendiendo este libro, no sólo aquí en Requena, sino en cualquier parte, donde quiera que haya alguien dispuesto a comprarlo.

Pleamares de la vida

Pleamares de la vida

Después de mucho tiempo, volví a leerme una novela de Agatha Christie. Fue un día en el que estuve enfermo… Bueno, han pasado ya dos o tres semanas de aquello y tampoco fue tanto (lo de la enfermedad): congestión nasal, dolor de cabeza y de garganta, unas décimas de fiebre… me tuve que quedar una mañana en casa, más que nada porque el malestar me había hecho pasar una mala noche… Cuando me espabilé, y con la intención de seguir todo el día en cama, me cogí una novela de esta autora inglesa, dispuesto a leérmela de un tirón, como cuando tenía quince o dieciséis años y me pasaba toda una tarde de verano (a esa edad la siesta era un suplicio), enfrascado en los casos que tan ingeniosamente resolvía Hércules Poirot… Desde entonces no había sido capaz de aguantar otro de estos relatos hasta el final, ni siquiera de releer Diez negritos, que siempre había considerado como el mejor. ¿Por qué volver a intentarlo? Supongo que por el recuerdo que me quedó de aquella época… o de cuando, siendo más pequeño, leía en la cama los tebeos de Tintín (siempre pensé que “Milú” era el perro ideal y quise tener uno igual… luego, cuando pude haberlo conseguido, supe que los de esa raza son malhumorados y poco cariñosos); y sobre todo porque una vez, estando Chima enferma en Ayora, mientras velaba su sueño, leí por primera vez a Isaac Bashevis Singer, al que ya mencioné en estas páginas. Desde entonces parece que asocio el tener que guardar cama con lecturas placenteras.

            Pues resulta que ésta, Pleamares de la vida (la novela que escogí así al azar), no sólo se dejó leer hasta el final sino que incluso me gustó y, pese a que mientras pasaba sus páginas, no podía dejar de ser crítico con la estructura argumental, el abuso de los tópicos y hasta los prejuicios que la autora deja traslucir, también me sorprendían el retrato psicológico de algunos de los personajes y la dosificación de la intriga (que no siempre resulta tan acertada en las novelas policíacas)…

            Claro que yo no escribo aquí para hacer crítica literaria, ni voy a recomendarle a nadie que se enfrasque en la lectura de Pleamares de la vida (aunque sí en las aventuras de Tintín o en los realatos de Isaac B. Singer)… Si cuento todo esto es para narrar al hilo otras cosas, como lo de que estuve enfermo (o que ahora lo está Natalia), como que la primera vez que vi una novela de la Biblioteca Oro (la colección a la que pertenece la edición con la que ilustro estas letras), fue en casa de mi tíos José María y Carmina y, aunque yo era muy niño (tal vez aún no había nacido su hijo Pablo, a cuyo blog Cuentos de burdel tenéis un enlace permanente aquí al lado), me quedé fascinado con aquellos colores de la portada, con aquellos dibujos que (como los cuadros que anunciaban la película del domingo en el cine Rex), ya nos estaban adelantando la historia que encerraban aquellas páginas que olían a buhardilla, a trastienda, a mesa camilla… tanto me impresionó que todavía las recuerdo y, de hecho, aunque no son cómodas para leer, siempre he buscado sus ejemplares por rastros y librerías de viejo.

            Sin embargo yo seguí estas intrigas en una edición posterior (y este es ya otro recuerdo), aunque también de la editorial Molino, que es en las que llegaron a Casas Ibáñez, cuando se abrió la biblioteca… En alguna ocasión tendré que contar aquel primer día (aquella primera tarde), en la que se abrió al público y éste se apelotonó en la puerta: la gente hacía cola, se empujaba y hasta se peleaba por entrar a leer; aunque ese furor sólo debió de durar dos o tres días, salvo para algunos (como Ramona, madre de Noelia, o yo), para quienes allí nació la afición a la lectura. La semana pasada volví a ella (aunque ahora está ubicada en otro lugar y poco tiene que ver con la de entonces, cuyo carné, con el número 74, he conservado hasta hace poco); la razón del regreso fue que en una de sus salas se presentó el libro que recoge el relato ganador del último premio Antonio Machado (Rumbo al presente de Juan Lorenzo Collado Gómez), junto a uno mío, al que el Jurado hizo una mención: Cuando llegué a Chillán, que ya os presenté en los primeros días del blog… Así es que, si a alguno de vosotros le apetece seguir leyendo (y no tiene a mano Pleamares de la vida u otra novela de Agatha Christie), sólo tiene que pinchar aquí para ir al relato o, si lo prefiere impreso sobre papel, pues como decía el otro día: que me lo pida y, gustosamente, le mando un ejemplar.

Entrega de premios

Entrega de premios

El sábado nos reunimos en Villatoya para hacer la entrega de los Premios Literarios “Emilio Murcia”, que se habían fallado (como ya os conté) el 23 de septiembre. De los miembros del jurado sólo vino Ana (Anichuí), pero también estaban algunos de quienes me ayudaron con las lecturas previas: Dolores y Nacho, Noelia, Ramona… No faltaron los ganadores, Fernando Flórez, de poesía, que viajó desde Asturias y Santiago Casero, que llegó desde Alcázar de San Juan con su encantadora familia. Vinieron también los dos mencionados de Valencia, Rafael Camarasa (de quien ya compartimos el poema Cerezas en este blog) y Miguel Ángel Ríos Padilla (“Ángel Padilla” para sus lectores), alguno de cuyos geniales dibujos tengo que mostraros un día, acompañado de su mujer y de su musa, Valentina di Nícola.         “Perdonadme –les dije--, si por amor a la lengua latina, a la lengua castellana y al resto de las lenguas romances, no digo amigos y amigas o, lo que aún sería peor, amigos barra as” En realidad quería decir “amigos/as” o, incluso, “amig@s”, pero eso no podía pronunciarlo, así es que continué señalando que estábamos poniendo punto final a la IX Edición del Certamen Literario Emilio Mucia, los premios de poesía y cuento de Villatoya. Son nueve ediciones pero, en realidad, han transcurrido ya once años desde que, en el verano de 1996 se convocaran por primera vez. Los cambios de fechas que se han ido produciendo en sucesivas convocatorias han hecho que, al revés que Fileas Fog que perdió un día de su cuenta dando la vuelta al mundo, nosotros hayamos ganado dos años convocando a los narradores y poetas, leyendo los miles de cuentos y poemas que, desde todos los rincones de España, y aún del mundo, han enviado hasta ese pueblo de Albacete, tan pequeños que algunos de quienes escriben no sabrían encontrarlo en el mapa…         Y diez años cumplidos, camino ya de los once, son un buen momento para pararse a rememorar y hacer balance. Así es que lo hice:“Tuve la suerte ser Concejal de Cultura en aquellos años tan difíciles para nuestro pueblo; y serlo, además, con Camilo como alcalde, quien (no sé si por sabio iluminado o por loco soñador), en mitad de días tormentosos me invitó a trabajar con él para que me ocupara de promocionar la cultura; pues en la cultura veía el futuro y, sin ella, (pensaba acertadamente), de nada serviría cualquier otro logro. Junto a él, quien, sin ser concejala de Villatoya, hacía las funciones de tal con una ilusión digna de admiración: Inés Picazo. Inés, desde su puesto de auxiliar administrativo, yendo más allá de todas sus obligaciones, sin escatimar tiempo ni dedicación, apostó por todo lo que enriquece el alma, aunque no dé inmediatos beneficios materiales: la cultura, el asociacionismo, el voluntariado… Y llegó también, en el momento oportuno, la propuesta de Maribel Rubio, ofreciendo una cantidad de dinero para que, en la escuela, se creara un premio en memoria de Emilio Murcia; quien, además de haber sido su marido, su compañero y su cómplice, había sido un hombre bueno nacido allí… Siempre que lo menciono hago hincapié en lo de “hombre bueno” (el único de sus méritos que figura en la plaza que lleva su nombre), porque lo que he aprendido de él a lo largo de estos años es que, por encima de sabio, que lo fue; de político comprometido, que lo fue; de soñador, que lo fue… por encima de todo, fue un hombre bueno que como tal dejó recuerdo en quienes lo conocieran, ya fuera como vicerrector de universidad, como catedrático, como consejero del Principado de Asturias, como sindicalista o como director del Instituto Geográfico Nacional… sólo por citar algunas de las tareas de las que se ocupó en su corta vida… Un cúmulo de circunstancias y coincidencias que me empujaron a llevar una propuesta al pleno del Ayuntamiento y que, una vez aprobada, supuso la convocatoria de aquel I Certamen que a todos nos sobrepasó: tres veces más obras presentadas que habitantes había en aquel momento en Villatoya, la visita de escritores de excepción (como Fernando Lalana, premio Nacional de Literatura y de Rodrigo Rubio, premio Planeta) y tres primeros premios de los que dejan buen sabor de boca.”         A los nombres de aquellos tres primeros ganadores: Luis Leante, en novela (en los primeros tres certámenes también se convocó esa modalidad); María Cristina Rodríguez Tuero, en poesía, y Florián Recio en relatos; siguieron los nombres de muchos autores, hoy apreciados por los lectores y que, en sus currículos y en las solapas de sus libros, pasean el nombre de Villatoya y el del Certamen, Emilio Murcia, por todas las librerías, bibliotecas y hogares en los que se ame la lectura. Estoy pensando, entre otros, en el asturiano Pepe Monteserín, la pacense Francisca Gata, nuestro paisano Miguel Ángel Carcelén, el aragonés Oscar Sipán, el gaditano Félix J. Palma Macías, el valenciano José Montoro, la madrileña Beatriz Jiménez de Ory… y así, entre premiados y finalistas, hasta un total de 50 que, con los galardonados esa tarde, llegaron a los 56… 56 autores a quienes corresponden otras tantas historias, cientos de personajes con los que conmoverse, con los que reír o llorar… cientos de versos que hacen florecer todo tipo de sentimientos (desde la melancolía a la rabia, desde el deseo más ardiente a la desazón, desde la nostalgia de la infancia perdida a la esperanza de un mundo mejor)… Cenicientas modernas (más de una), peluqueros obsesivos, amantes condenados al silencio o hermanas que no pueden escapar del odio que las liga, náufragos y mendigos del amor, curas mafiosos (también más de uno), cobardes toreros y niños tan malvados como los de la vida real, personajes secundarios de obras famosas (Don Quijote o El diablo Cojuelo), escapados para vivir su propia aventura…Soldados que vuelven después de la derrota… Literatura en suma que os invito a gozar con la lectura de las obras premiadas porque, año tras año, convocatoria tras convocatoria, el Ayuntamiento de Villatoya, en otro rasgo de generosidad, las ha ido editando para que todo el mundo pueda disfrutarlas… Por eso no os cuento más, os propongo que leáis. ¿Cómo? Pues muy sencillo, sólo tenéis que pedidme un ejemplar y yo os lo mando.

Miguel Ángel Carcelén

Miguel Ángel Carcelén

Se supone que soy yo quien , en las virtuales páginas de este cuaderno, os presento a la gente que quiero... Se supone que soy yo el que escribe y, a lo sumo, os dejo leer algo de lo que me emociona.

Hoy sin embargo, para daros a conocer a Miguel Ángel Carcelén (que ya ha sido mencionado otras veces y que, como muchos sabéis, antes fue un escritor al que edité y ahora es un editor que me publica), voy a recurrir a las palabras de otro, a lo que sobre él escribió en su blog, David Melar (DaviDelsur)...

 

"De la casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía salen de viaje las palabras. A ella llegan sólo como letras, por las escaleras hasta el tercer piso, pero allí las une como el aire a las corcheas, la única posible argamasa de las arquitecturas etéreas: la voz solidaridad. Antes de seguir hablando como si hiciese castillos en el aire, tengo que decir que Miguel Ángel es el director de Publicaciones Acumán, la única editorial solidaria del mundo. Una editorial que recibe un manuscrito, lo valora. Si es publicable paga la edición, lo vende. Envía el importe íntegro de la venta del libro, al proyecto de la ONG con la que se ha comprometido ese año, lo cimienta. De un tercer piso de una calle de Toledo donde nadie lo diría, hay muchas cosas que decir: allí llegan las letras que quieren hacerse palabras, y se hacen sinfonía.

 

"Un 3º A cuyas ventanas dan a un Tercer Mundo. En casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía, hay ladrillos para Mozambique en el salón; hay semillas y fertilizantes para Nigeria en la cocina; hay lápices y páginas para los niños de Colombia en la mesa de su habitación; hay microcréditos para campesinos paraguayos en el cajón de la mesilla; hay cajas de medicinas para los centros de Malawi, que están en el pasillo, como si fuesen las paredes de su casa periferias de salud para todo el mundo. El mundo es un pañuelo en la estantería de Miguel Ángel.

 

"Las conversaciones de la casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía llegan a los sitios donde menos palabras llegan; ven; y vencen.

 

"Porque Miguel Ángel no vive escribiendo, sino que escribe viviendo. Ver lo que hace con tus propios ojos, es leer la vida a la cara, sin traducción. Yo tengo la suerte de tener el único ejemplar del libro en que lo cuenta, porque soy su amigo y, como con los libros de los que echo mano cuando necesito saber algo, sé que puedo contar con él si alguna vez le necesito. Porque él es así.

 

"Él destina el importe íntegro de todos los premios literarios que gana, a proyectos en el Tercer Mundo. Gana varios concursos todos los años. Ha ganado más de 200 en toda su vida (la máquina de la verdad: podéis buscar en Google si no lo creéis). Miguel Ángel, del mismo modo que se viste de payaso (pero se viste sin disfraces seudónimos) para arrancar una sonrisa de la cara de algún niño enfermo, se viste de papel: del papel de regalo con que envuelve los paquetes de material que envía a miles de kilómetros. En realidad, son los miles de kilómetros quienes lo envuelven a él, porque él es el regalo. Ya digo que Miguel Ángel no vive escribiendo: escribe viviendo. Él nunca escribe/vive para él: siempre está escribiendo las obras completas de la vida de quienes más lo necesitan.

 

"Dulce Chacón dijo de ti, Miguel Ángel: “su prosa conmueve”; Almudena Grandes: “sus argumentos enganchan de principio a fin”; Alfonso Ruiz de Aguirre: “su literatura es esencialmente comprometida”.

 

"Yo digo que tu prosa, tus argumentos y tu literatura, son tú. Tú eres quien de verdad conmueve, quien engancha de principio a fin y quien tiene la esencia del compromiso en la profundidad del corazón".

 

...

 

"Por la sencillez que muestras con todos los que tenemos la suerte de conocerte y tratar contigo: solamente gracias, Miguel Ángel.

 

"Por la humildad que tienes, la humildad que gastas sin gastar: gracias por nada, Miguel Ángel. Con el nada quiero decir que no te doy las gracias por algo en particular. Que, como al prisma que digiere todos los colores en un blanco único, quiero decirte gracias sólo porque sí. Porque, como en el prisma, en ti entran todas las letras del mundo, y salen comprimidas en una sola palabra, la palabra absoluta: solidaridad.

 

"Gracias por inventarte eso que en ningún sitio conocen: una editorial solidaria. GRACIAS POR ACUMÁN."

 

    Os aseguro que yo podría firmar perfectamente lo que acabáis de leer... Pero no hubiera sido capaz de escribirlo así de bien.

En otros países

En otros países

Tuve un amigo que fue gobernador de una ínsula… No, no fue Sancho Panza (por más veces que leí el Quijote, nunca llegué a conocerlo en persona); además, el que yo digo, vive todavía; vive y gobierna a su manera. Se trata sólo de una parábola, alegoría, apólogo o fábula que sigue así: Cuando este buen hombre se interesaba por un tema, ésa era la cuestión de la que debía ocuparse todo el país; si, por ejemplo, amanecía fascinado por la vida natural y ecológica, todos en su ínsula habían de volverse vegetarianos, los periódicos adquirían el formato de la revista Integral y en sus páginas sólo se hablaba de la energía solar y las propiedades de la soja; las emisoras emitían música “new age” a toda hora y los masteres de la Universidad eran sustituidos por estancias en Findhorn (la imagen pertenece a una de las actividades de esta escuela escocesa de espiritualidad)… Hasta que, tiempo después, fascinado por la lectura de algún libro sobre la Sábana Santa, hacía girar la vida de su pueblo en torno a esa cuestión: reportajes en radio, primeras páginas de los periódicos en blanco, si no se encontraba cualquier hecho que tuviera relación con el tema (por nimia que fuera), viajes a Turín y debates en televisión… Luego serían los barcos de guerra (con las mismas consecuencias); y más tarde, por seguir poniendo ejemplos, la paz o las máquinas tragaperras… El caso es que todo en la vida de su ínsula giraba cada día en torno al tema que a él le interesase en ese momento, no sólo cómo si no hubiera nada más para los habitantes de aquel pequeño mundo, sino como si lo mismo fuera más allá de sus fronteras, como si así hubiera sido siempre y así fuese a ser hasta el final de los tiempos.

            ¿No os habéis sentido alguna vez vosotros como ese ególatra soberano? Porque yo (siguiendo con ejemplos), cuando me asomo a este cuaderno siento ese temor: ¿Hablaré una vez más de Colombia y la gente que allí conocí, de las niñas del orfanato, de mi libro de cuentos, de Publicaciones Acumán o los tejados que se ven desde mi ventana? Os aseguro que, aunque así sea, hay muchas más cosas de las que podría ocuparme a la hora de sentarme a escribiros:

-         Nuevas y asombrosas lecturas, como la de la demencial Sin tetas no hay paríso o  el siempre actual Relato inmoral de Wenceslao.

-         El viaje relámpago a Salamanca, para recoger a Dora Elisa, que me sirvió para revivir por unas horas el año que allí pasé: Las clases en el palacio de Anaya, las comidas en La Luna (restaurante frecuentado por estudiantes, que tenía el mismo nombre que el de Casas Ibáñez del que pronto os hablaré), los pisos de la calles Mateo Hernández  y El Greco en los que viví, las gentes que conocí y a las que sigo tratando (Tina e Inés), o recordando con cariño (Laura, Ana Sedano, Natalia, Lauren, Arantxa, Keit…), la revista de la facultad con la que colaboré (“Vanidades”), la biblioteca de barrio en la que por primera vez disfruté de las obras de Fernández Flórez que ahora estoy releyendo.

-         La visita a Toledo, también con Dora Elisa, en compañía de María Isabel y Carlos… para que conocieran ellos, más que para seguir recordando yo, calles y plazas como las de Zocodover, como las del Hombre de Palo o del Pozo Amargo, cuyas leyendas bien podían ocupar estas páginas; callejones medievales, sinagogas, la Casa Museo del Greco (entre cuyas paredes de yeso pasé mis primeros años de funcionario), mazapanes, damasquinados, puertas de la antigua muralla, iglesias y Catedral, bordados de Lagartera, espadas y armaduras…

-         Los molinos de viento contra los que, creídos gigantes, luchó Don Quijote, y que nosotros cuatro (los mismos de antes, atravesando La Mancha), visitamos en Mota del Cuervo, donde casi es obligado hablar también de otro personaje literario: Manolito Gafotas, de Elvira Lindo; como obligado es citar a Plinio, de García Pavón, cuando se visita Tomelloso; o a Sara Montiel en Campo de Criptana donde, por cierto, también se conservan bellos molinos.

-         La grata tertulia que tuvimos en casa el sábado por la noche, para hablar de algunos de estos temas y de muchos otros, con Gregorio y Mari Carmen, Marisol y Ramón, Elena, Roberto, Ángel y Mamen, Grian… Todos volverán a aparecer por estas páginas, antes o después. Como tienen que aparecer, todavía, Mónica, los niños (Julie Paola, David y Natalia), Tina, Rafa…

-         El domingo que pasamos Eliana y yo mostrándoles Valencia a nuestras invitadas: la plaza del Ayuntamiento, con sus nobles edificios (El Ayuntamiento, que le da nombre, Correos, Telefónica…) y sus puestos de flores; la Lonja y el Mercado Central, la plaza Redonda y la de la Virgen, la Catedral con sus tres puertas y su esbelta torre (El Miguelete), el Palacio de la Generalitat y el del Marqués de dos Aguas, la señorial calle de la Paz, la estación central de trenes… Las playas de las Arenas y de la Malvarrosa, acariciadas por las aguas del Mediterráneo, la futurista ciudad de las Artes y las Ciencias, el Palau de la Música, en mitad del antiguo cauce del río Turia… Y eso por citar lo que pudimos ver en un sólo día, que mucho es lo que se quedó pendiente, junto a la sensación de que somos vecinos de una hermosa ciudad.

-         Estuve presente en la aclamación de Carmen Navalón como cabeza de lista del PSOE en Casas Ibáñez para las próximas elecciones municipales; ha sido siempre una buena amiga y va a ser una buena alcaldesa; como Llanos lo será en Villatoya… Esa misma noche cené con los miembros de mi antiguo taller literario: Manolo Calomarde, David Zafra, que vino con Loli, Noelia, Manolo Picó… Faltaron Irene y Jesús, pero no faltaron temas de los que hablar; antes, más bien, se nos acabó el tiempo y ellos se fueron a sus casas y yo, como me gusta hacer de tarde en tarde, me quedé a dormir en un hotel de carretera, en una de esas habitaciones con las paredes desnudas, una estrecha cama y una ventana que da a un cartel de luces de neón que parpadean, haciéndonos sentir personaje de novela.

-         La llegada del temporal de frío y nieve que ha cubierto con una alfombra blanca nuestros campos y tejados y nos ha devuelto el recuerdo de otros inviernos, cuando éramos niños y la nieve nos traía la alegría de un día laborable sin colegio, una batalla de bolas de nieve entre resbalones y patinazos, un muñeco blanco con nariz de zanahoria, bufanda y gorro de paja; “atascaburras” para combatir el frío comiendo (patata cocida con bacalao, huevos duros, nueces y aceite de oliva) y hasta un helado para merendar, hecho con la misma nieve y papilla de frutas.

-         Y, además, como ya sabéis, ha llegado Carolina a España (la hemos recogido esta misma mañana en Barajas), y ahora entre todos tenemos que encontrarle un trabajo que le permita hacer aquí su vida

 

Esto es sólo repasando la última semana, así por encima; pero habría muchos más temas sobre los que escribir (y sin salirme de las pretensiones de este blog)… Sin embargo, una vez más, voy a volver a lo de siempre (de ahí la parábola, alegoría, apólogo o fábula con la que comenzaba), voy a volver a hablar de Publicaciones Acumán, la editorial solidaria que siempre menciono…

Me comenta Miguel Ángel Carcelén, su director y próximo protagonista de esta página, que cerrará en el plazo de 6 meses, el tiempo que Hacienda les ha dado para “regularizar” su actividad o desaparecer. Parece ser que nuestra Administración, ésa que es de todos pero que no cuenta con nadie a la hora de tomar sus decisiones y siempre impone sus criterios a base de amenazas (basta con equivocarse en una suma, o que ellos crean que te has equivocado, para ser tratado como un defraudador, menospreciando el derecho a la presunción de inocencia); pues bien, Hacienda no entiende eso de “editorial solidaria”, no le cuadra que unos locos puedan estar empleando su tiempo y su dinero en hacer literatura, en publicarla, en difundirla y dedicar a proyectos solidarios hasta el último céntimo que consiguen. ¿Cómo se come eso en esta España de la especulación inmobiliaria, de la privatización de la sanidad y de todos los servicios, de la explotación de los inmigrantes (o no inmigrantes, si se dejan…), de la prepotencia de empresas eléctricas, telefónicas, farmacétuticas y otras multinacionales frente al consumidor, de los proyectos faraónicos subvencionadas con dinero público… No encaja, claro, y Hacienda, que no quiere parecer tonta y siempre teme ser engañada, porque es consciente de que no ha sabido ganarse el respeto de los ciudadanos, no va a consentir que todos los ingresos que obtenga Publicaciones Acumán (hasta el último céntimo), se vaya a ir a África (Nigeria, Mozambique, Sahara…) o América Latina (República Dominicana, Guatemala, Honduras, El Salvador, Colombia, Paraguay…); ellos también quieren su parte. Allá los autores si deciden ceder sus derechos, allá los ilustradores, correctores, maquetadores y demás profesionales si no quieren cobrar su trabajo, allá el editor si también renuncia a su beneficio, y el librero que rechace su porcentaje y el voluntario que venda los libros por los mercadillos… Ella, la Hacienda Pública, no va a hacer lo mismo.

No sé si la actitud del Organismo es discutible o no. No sé cuales son los derechos ni los deberes de una asociación con las características de Publicaciones Acumán; no digo pues que los funcionarios que dependen del Ministerio de Economía actúen indebidamente… sólo constato el hecho y me lamento de que  esta situación vaya a hacer desaparecer algo tan noble, algo tan especial, algo tan poco común como es una”editorial solidaria”, probablemente la única del mundo, y todo lo que eso conlleva…

Desaparecer o entregar al fisco una buena parte de ese dinero que se envía al tercer mundo… Y digo yo que si, al final, esto último fuera la solución, tal vez habría que proponerle a Hacienda que, igual que ella nos pide que señalemos en una casilla, a dónde queremos que vaya ese 0,5239 % de nuestros impuestos que destina a fines sociales (el 0,5239 por cien, frente al 100 % de Publicaciones Acumán); deberíamos ofrecerle a ella otras casillas en las que señalara de qué proyecto quiere que la editorial sustraiga ese dinero:

 

      □ Construcción de pozos de agua potable (Bolivia, Honduras, El Salvador)

      □ Construcción y equipamiento de escuelas (Guatemala, Paraguay, Nigeria)

      □ Mantenimiento del Hogar Niña María, para niñas maltratadas (Colombia)

      □ Centros de salud (República Dominicana, Mozambique)

 

      Hay algunos más, pero de aquí ya puede sacar el erario público una buena tajada… Y como (insisten) Hacienda somos todos y ellos no se van a mojar, yo te pediría a ti, lector de esta carta abierta, que en su nombre señalaras tu opción preferida… ¿De cual de los proyectos mencionados debe retirar Publicaciones Acumán su aportación para entregarla a Hacienda? No olvides, antes de pronunciarte, que ese dinero sirve, (en otros países y entre otras muchas cosas), para enviar tropas a guerras ileales como la de Irák, subvencionar ruinosos parques temáticos, pagar sueldos de cargos públicos corruptos, comprar medallas u otros honores en USA, financiar sucias campañas electorales, mantener mezquinas cadenas de televisión con las que tratar de desinformar y manipular la opinión de los ciudadanos,… Y ya digo que son sólo algunos ejemplos y que no estoy hablando de España sino de otros países, que algunos son muy mal pensados…

 

Carolina... o la princesa Luchima

Carolina... o la princesa Luchima

La primera vez que vi a Carolina ella estaba a miles de kilómetros de distancia. Yo, por mi parte, en un pueblo mezquino de Toledo, cuyo nombre es preferible ignorar; sentado al borde de una cama en la que no había dormido, esperaba a que Nana, en la fría cocina del destartalado piso, acabara de hacer las primeras arepas que comí en mi vida; hacíamos tiempo para que se levantara la niebla de un precioso día otoñal y pudiéramos salir a la carretera para hacer nuestro primer viaje juntos… Entonces la vi ante mí; era diminuta, como un hada oriental, y miraba fijamente, con una sonrisa que no se apreciaba en sus labios (tan sólo en sus ojos), mientras empuñaba (en vez de la varita mágica), un arma de gran calibre. “Es mi prima Carolina”, me explicó Eliana, al verme tan absorto ante la foto. “¿Es guerrillera?”, le pregunté yo, como si todo colombiano de uniforme tuviera que serlo. “No, es periodista… pero hizo un curso de información militar o algo así”       

Durante meses, en muchas ocasiones, volví a contemplar aquella imagen que me fascinaba sin atinar a saber por qué… tal vez fuera por el contraste de su aparente debilidad con la metralleta que lucía, tal vez por el atractivo encanto de sus rasgos orientales, tal vez porque un sexto sentido me hacía intuir que, cuando yo llegara a Colombia por primera vez, sería ella quien estuviera esperándome para ser mi guía, mi orientadora, mi incansable lazarillo… Ella me habló de autores colombianos de los que yo nunca había leído, de películas cuya existencia ignoraba y de leyendas que todavía me inquietan, como la de la princesa Luchima, con quien siempre la identifiqué.       

Pues ahora Carolina se viene a España… No es sólo de visita, como turista, sino que lo hace para quedarse con nosotros, para ser una más de las personas que, día a día, con su trabajo y su entusiasmo, con su ilusión y su inteligencia, hacen más grande este país que nos cobija. Si todo sale bien, aquí estarán su vida, su hogar, su familia, su futuro… Nosotros, quienes la conocemos, tendremos la dicha de tenerla cerca, y quienes no, la posibilidad de encontrársela paseando por la calle o el parque, en un cine o un museo, en un concierto, en una noche de fiesta… Qué suerte para quienes, sin que hoy puedan sospecharlo, un día serán sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus enamorados, sus vecinos.       

Hubo un tiempo en el que nos anunciábamos al mundo con un eslogan hermoso: “España: Entre sin llamar”, decía. Desgraciadamente, los tiempos han cambiado y hoy hay que golpear la puerta una y mil veces o colarse a escondidas… Pero ya que, al menos a ella (¿será por lo de princesa? ¿será como Luchima?), se la han abierto, digámosle: “Adelante. Bienvenida. Gracias por venir”.