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Ramón de Aguilar

Qué pasa cuando no pasa nada

Qué pasa cuando no pasa nada

En la última novela de Luis Landero (Hoy, Júpiter), uno de los personajes, siendo todavía poco más que un niño, se levanta de la mesa, después de los postres, y anuncia a su familia: “Me voy a mi cuarto a leer”. La obra que está leyendo es de Calderón, La vida es sueño. Al final de una de sus escenas cierra los ojos y se pone a pensar hasta llegar a la convicción de que, al retirarse del comedor, lo que tenía que haber proclamado era: “Me voy para siempre a leer”… Y a partir de entonces vivió ya para los libros.

            De esta bella novela, que me recomendó mi prima Esperanza y que yo os recomiendo a vosotros (con el mismo ahínco que os sugiero la lectura de Juegos de la edad tardía, si aún no la habéis leído), extraigo el título de mi carta de hoy. El mismo personaje, páginas después, siendo ya adulto, preparando una clase o un tema para las oposiciones, analiza el inicio de Tio Vania y, de forma bella y emocionante para el lector, llega a esa conclusión: “Qué pasa cuando no pasa nada: eso es lo que nos cuenta exactamente Chéjov”

            ¿Qué pasa cuando no pasa nada? Me decía a mí mismo que, si llevaba un mes sin volver a escribir en el blog, era porque no había pasado nada que mereciera la pena  ser contado… claro que podría haber colgado algún texto, más o menos literario, sin necesidad de escribiros ninguna carta; o algo escrito por alguno de mis amigos o cuya lectura me hubiera emocionado (como he hecho otras veces), o haberos hablado de una biblioteca, de un algún restaurante como La Lola, del que hace tiempo que pretendo hablar y en el que estuve cenando un día con María, José María y los niños (David y Natalia); de algún amigo que se deje retratar… Pero, por lo que parece, cuando no pasa nada ni siquiera se tienen ánimos para escribir.

            Ahora, después de un mes, lo hago desde Albacete. Creo que es 2 de octubre; no estoy muy seguro, pero por ahí anda la cosa; hasta el viernes no volveré a casa, así es que aún tardaré unos días en colgar esta nueva carta abierta en la que pretendo contar qué he hecho en todo este tiempo en el que no he hecho nada.

            Como os contaba el último día, habíamos estado en la playa. Luego tuve que volver al trabajo y me pasaba las horas de la mañana en la oficina, a veces sin más asueto que los minutos justos para tomarme un café en el bar de la Santa. Por las tardes, ya en casa, repasaba matemáticas con David, leía novelas sin tapas, estudiaba algo de húngaro o de francés, traducía un par de frases latinas, rompía recortes almacenados durante años (al darme cuenta de que ya no los quería para nada), me asomaba a la terraza para ver a la gente pasear por la avenida… Un par de veces fui con Eliana a tomar un helado en la heladería donde Julie ha trabajado este verano; en una maceta del pasillo salieron unos hongos amarillos y les hice una foto (la he puesto para acompañar estas palabras, porque me resulta muy difícil encontrar una imagen para ilustrar “nada”)… Me cuesta creer que sólo fuera eso, pero no consigo recordar otra cosa. Luego volví a estar unos días de vacaciones. Como Eliana y Julie tenían que trabajar, nos íbamos solos los tres (David, Natalia y yo); fuimos a la playa (a Moncófar), también a ver el deprimente museo de Ciencias Naturales de Onda y a navegar por el río subterráneo de las Grutas de San José, en Vall de Uxó; fuimos un par de veces a la caseta de María, en Utiel, para comer al aire libre y bañarnos en la piscina; hicimos noche fuera de casa, camino de las Lagunas de Ruidera y alquilamos un patinete para navegar en una de ellas; buscamos las cascadas que hay en la cueva de Las Palomas, en Alborache, y en la cueva Turche, de Buñol; con la sequía apenas caía una fina cortina de agua en la primera, pero pudimos bañarnos en los pequeños lagos que se forman a sus pies.

            Supongo que cualquiera de estas aventuras hubiera dado para contar mucho:  de la playa de Moncófar guardo un par de recuerdos muy emotivos en los que me hubiera podido recrear, no era la primera vez que iba al museo de Onda y, además, de allí era un amigo del primer año de facultad, que colaboró en una revista que monté  “Sin embargo…”, y que ayudaba a reprografíar desde el segundo número (aunque no tenía intencionalidad política, el primer lo hicimos con una multicopista, tan en boga durante los últimos años del franquismo); de Vall de Uxó era mi primera mujer, allí nos casamos (justo en la ermita que se levanta sobre las grutas), e incluso llegué a vivir allí durante un tiempo… y así podría haber ido rescatando otros recuerdos de Utiel, las lagunas de Ruidera, Buñol… Incluso sin evocar al pasado, hubiera podido recrearme en la narración de algunas anécdotas, como la comida que hicimos en una desolada terraza, en la que sobre una mesa sucia, una camarera con uñas renegridas le sirvió a los niños una hamburguesa y a mí un bocadillo; el baño era tan pequeño que encontré a una chica con la puerta abierta, porque no podía cerrarla para poder sacar los pies… En el Albergue Juvenil de Alborache, la directora no sólo nos impidió  entrar a preguntar, sino que nos negó toda la información que le pedimos sobre el camino qué debíamos seguir o cómo hacer para poder utilizar las instalaciones algún día… nos indicó que si queríamos información fuéramos al Ayuntamiento de Buñol, pese a que estaba a varios kilómetros y cerrado en fin de semana; no lo hicimos porque yo recordaba que el camino por el que le preguntábamos nace precisamente frente a la puerta del albergue y, por más que ella quisiera ocultárnoslo, encontramos un mapa mural junto a la puerta. Los niños se quedaron bastante impresionados porque nunca habían visto a nadie así, pero yo (aunque ella no lo recuerde), la conozco personalmente, hemos coincidido incluso en alguna cena y, como cualquiera que la conozca, no hubiera esperado otro comportamiento de ella; si llegamos hasta allí a por la información fue porque, siendo fin de semana, confiaba en que en su lugar hubiera estado algún empleado que, como otras veces, nos habría dado alguno de los planos que tienen fotocopiados con el recorrido que nos interesaba y, como en otros albergues (Barcelona, Córdoba, Toledo…), además del teléfono para reservas, nos hubiera facilitado precios, temporadas, características y demás.

            Así podría seguir contando nimiedades hasta llegar al día en el que volví al trabajo y a la rutina de lo cotidiano; pero el caso es que, ahora que os lo estoy contando, (diciendo que lo podría haber contado), me doy cuenta de cuántas cosas pasan cuando no pasa nada…. Ya no volveré a tener excusa para escribiros.

La biblioteca del verano

La biblioteca del verano

¿Biblioteca de verano? ¿No sería canción del verano? Sí, creo que era “la canción del verano” y recuerdo que la de 1968 fue una de las que me aficionaron a la música pop: “Lola”, de Los Brincos… este verano, cuarenta años después, como quien dice, parece que vuelve a estar de moda, en una versión que oí de pasada en la radio y que no me pareció nada mal, aunque me siga quedando con aquella que escuchaba una y otra vez en un transistor de pilas en el que iba cambiando de emisora, a medida que la radiaban, porque sabía que, en la que acababa de sonar, tardarían un buen rato en volver a pasarla…

            Pero no se trataba de ningún error, de lo que hoy iba a hablar es de bibliotecas, de bibliotecas de verano o, mejor dicho, en verano; puesto que ellas están siempre ahí y soy yo el que llega hasta su puerta un día de vacaciones y busco un libro entre sus anaqueles, mientras otros veraneantes caminan a la playa y buscan un hueco en la arena, donde clavar la sombrilla que les proteja de sol la piel y las cervezas.

            No tengo nada contra el sol ni contra la cerveza, ni siquiera contra la playa, aunque prefiera bañarme en los ríos… pero siempre sentí una especial atracción por las bibliotecas (de hecho creé esta sección dentro del blog, pensando que hablaría de algunas de las que han sido más significativas para mí, como la de Casas Ibáñez, la Histórica de la Universidad de Valencia, la del CIR –Campamento de Instrucción de Reclutas- de San Clemente de Sasebas, la del barrio de San José en Salamanca, la de San Pablo y la Santa Cruz en Barcelona, la de Requena…) Durante mucho tiempo pensé que, cuando tuviera el suficiente dinero como para no tener que trabajar en una oficina, haría un viaje de biblioteca en biblioteca, visitando las de distintos pueblos, hospedándome en viejas pensiones, leyendo al menos un libro en cada una de ellas, escribiendo, enamorándome de algunas de las bibliotecarias… También hubiera sido una buena manera de pasar unas vacaciones, pero siempre tuve otras mil ocupaciones que nunca me dejaron el tiempo suficiente.

            Sin embargo un año, el primero que los niños estaban en España y que, como familia, fuimos juntos de vacaciones a Benidorm, descubrí (justo el último día de las vacaciones y cuando ya estaba cerrada), la biblioteca del Rincón de Loix. No pude entrar pero caí en la cuenta de que también en los lugares de playa puede haber bibliotecas además de chiringuitos en los que beber cubatas y escuchar rancheras, tiendas de todo a cien, kioscos con prensa extranjera, atascos de tráfico, descapotables (o coches con las ventanillas bajadas), que vomitan bacalao, latinos tocando ritmos andinos en sus flautas o vendiendo ropa con la marca falsificada, guiris rubios pidiendo una ayuda a cambio de la música de sus armónicas y guitarras acústicas, “jipis” o quinquilleros ofreciendo artesanía a la luz de una lámpara de gas, “subsaharianos” que ofrecen las últimas novedades musicales sobre una manta, ruidosos puestos de feria, cervecerías, heladerías y restaurantes chinos… por citar lo más típico.

            Al verano siguiente, el del 2005, fuimos a Playa de Aro… pero esta vez ya iba sobre aviso; así es que, nada más llegar, busqué la biblioteca, que resultó ser un lugar encantador, con mucha madera, en medio de un parque… Si la memoria no me falla, para acceder a ella había que hacerlo a través de un rústico puentecito  como los de los cuentos… Quise aprovechar aquellos días para leer a Josep Plá, autor de la zona, pero la verdad es que no me resultó nada cómodo. La actitud de los empleados me resultaba hostil; supongo que el pantalón corto, la camiseta con el eslogan “Rostros de Colombia de todos los colores” y la calva quemada por los primeros días de sol, me convertían en un intruso; recuerdo que, en contra de lo que es habitual en Cataluña, me contestaban en catalán a mis preguntas en castellano. Aunque yo no hable el catalán en la intimidad (como algún gran gran grandísimo estadista de este país), lo leo con frecuencia, lo escucho con agrado y podría hacerme entender en él… pero no ante quien quiera utilizarlo como herramienta excluyente y símbolo de una mal supuesta superioridad.

            Al verano siguiente, 2006, en Mojácar, encontré la biblioteca en un pequeño local, anexo al Ayuntamiento, al que se llegaba por un estrecho corredor que, más que tal, parecía un balcón. Me dio la impresión de que allí les sorprendía la llegada de cualquier lector, fuera o no fuera turista. Tengo que reconocer que nunca había visto una biblioteca tan desordenada; tal vez no sea así habitualmente y el caos se debía a que estaban instalando nuevas estanterías, que falta hacían, porque los libros se amontonaban en pilas por todos los rincones y sobre las mesas de lectura, salvo una, en la que los carpinteros tenían sus herramientas; pese a la simpatía y la buena voluntad de la bibliotecaria, lo único que pude hacer fue ojear los títulos hasta que los carpinteros volvieron de su almuerzo y empezaron a dar martillazos… Quería leer a Francisco Ayala, que cumplía cien años (como creo que conmemoré en estas páginas), pero tuve que salir de nuevo al balcón que me llevaba a la calle y posponer la visita para otro verano; el título de Ayala (Historias de macacos), me lo compré en un puesto de libros de ocasión que, perdido como un náufrago, miraba al mar desde una de las bellas playas (no todo van a ser bocatas y sangría).

            Éste, el del 2007, que aún no ha terminado, volvimos a Cataluña. En esta ocasión a Salou. La biblioteca está en un edificio moderno, funcional y muy acogedor… Pasearse entre sus libros, cuidadosamente ordenados, es un verdadero placer; las salas de lectura son espaciosas y muy luminosas y, por raro que pueda parecer, en su interior había muchos más lectores que “internautas”. Los empleados se mostraban amables y serviciales, pero casi no era necesario recurrir a ellos, porque todo lo tienen perfectamente organizado. Acudí varios días. No encontré ningún autor de la zona que me resultase llamativo (supongo que es mera ignorancia); así es que, mientras David, que me acompañaba cada mañana, hacía esquemas de Ciencias Naturales, yo repasaba los últimos tomos del Summa Artis, que me recordaban al padre Erviti, mi profesor de historia del Arte en bachillerato y que se había programado para leer la enciclopedia completa en lo que le quedaba de vida.

            A la salida de la biblioteca, en una calle recogida (y no mirando al mar como en Mojácar), había también un puesto de libros, pero éstos eran usados. Compré una novela de Faulkner y dos ejemplares de La Codorniz del año 1963, de cuando para mí eran una lectura prohibida… también un ejemplar del Ulises de Joyce para que Noelia se lo lleve a Dublín.

Un cielo para Sartén

Un cielo para Sartén

Es curioso como en las tardes de Otoño, cuando el viento y los primeros fríos empujan a guarecerse en casa, y el peso de los años en los recuerdos, el que con más nitidez me llega desde aquellos tiempos no sea el de mi madre ni el de mis abuelos, ni tan siquiera el de mi tío Manolo, que me enseñaba trucos de magia, me entrenaba para ser portero de fútbol y me dejaba encasquetarme su gorro caqui de soldado cuando, siéndolo, venía a casa de permiso... Curioso es que, más que a ninguno de ellos, recuerde a mi perro.

Sartén no tenía raza ninguna; pero eso para mí era lo de menos. Hoy no sabría decir si era blanco con manchas negras o, al contrario, negro con manchas blancas, pero la cola era tan negra que alguien dijo que parecía el rabo de una sartén y ése, “Sartén”, fue el nombre que le di. A nadie les gustó, ni el nombre ni el perro; nunca lo pude meter en casa, pero cada tarde, cuando al oscurecer regresaba de jugar a las luchas o de andar por las vinazas, se quedaba acurrucado cerca de la puerta, esperando que yo saliera para correr a mi lado, revolcarse conmigo en la paja de las eras, meternos juntos en los charcos, subirnos a lo alto de las sarmenteras o, si llovía, escuchar atentamente bajo un porche todo lo que yo le contara de la casa de las huertas, junto al río Cabriel, en la que había vivido con mis padres; de mis abuelos, del colegio, de Mónica (la novia de mi tío, de la que estuve enamorado hasta que conocí a Geles), y de lo que juntos haríamos los tres cuando yo fuera mayor...

Ahora, que ya lo soy, se me da por pensar que ya nadie me fue tan fiel, ni nadie me quiso con tanto ahínco; quizás por eso, cuando un par de meses después lo perdí, dentro de mí se abrió una herida que nunca ha terminado de cicatrizarse, que todavía, alguna que otra vez, me escuece un poco.

Había aparecido en el verano y dejé de verlo una de las primeras mañanas de otoño, poco después de que empezara la escuela. Durante muchas tardes me fui a la carretera de Alcalá con la ilusión de que volvería a verlo de nuevo... Ni aún cuando alguien me insinuó que podría haber muerto se desvaneció mi esperanza y, si bien dejé de aguardarlo junto a la carretera, durante mucho tiempo lo busqué en mis sueños, donde de tarde en tarde acudía jadeante, moviendo su negro rabo de sartén; y no me quedó otro consuelo que el de imaginarlo en ese cielo de los animales, que todo el mundo dice que no existe, pero en el que yo, más cercano ya del nuestro que de la Calle de Atrás, espero encontrarlo un día.

(De La Calle de Atrás)

El canto del agua

El canto del agua

            ¿Alguno de vosotros ha oído hablar de  Enrique Trogal o de Robert A. Heinlein; de Edgar Wallace o de Evan Hunter…? ¿Alguno de vosotros los ha leído?

            Todos ellos, como Nelly Rosario, Malba Tahan y Joaquina Pomareda de Haro son escritores o, por lo menos, cada uno de ellos ha escrito algún libro que probablemente yo nunca hubiera comprado en una librería, pero que, por cosas del azar, llegó hasta mis manos, fue leído (algo probabilísticamente más difícil que lo anterior), y me dejó tan “buen sabor de boca” como para que hoy os hable de ellos.

            Este primer párrafo lo escribí hace tiempo, el mismo día en el que leí  Desangrándose en la acera, el tercero de los relatos de Evan Hunter que conforman su libro Feliz año nuevo, Herbie. No me termina de gustar ese “buen sabor de boca” que entrecomillé por gastado, pese a que soy de los que sí creen que un libro se paladea, como un vino; reconozco que también puede disfrutarse con el tacto, cuando deslizamos la yema de los dedos por la gastada tela de sus tapas; con el olfato que reconoce la vieja piel de su encuadernación, la humedad y el polvo que lo envejecieron; y, por supuesto, con la vista que se recrea en las imágenes que lo adornan, en la composición de las letras, la blancura resplandeciente de sus páginas, vírgenes de miradas, o amarillentas por el paso de los años… Si me apuráis, hasta con el oído, y sin necesidad de que nos lo lean: basta con que escuchemos pasar sus hojas a medida que avanzamos en su lectura una calurosa tarde de verano, en las fresca sala de una biblioteca de altos techos (la de la Histórica de la Universidad de Valencia, la de San Pablo y la Santa Cruz en Barcelona…), o junto a una lumbre en una noche de invierno, cuando el crujido de las hojas se confunda con el crepitar de los leños que arden en el hogar.

            Decía que todo esto lo empecé a escribirlo después de leer los primeros cuentos de Feliz año nuevo, Herbie... Sin embargo, la imagen con que lo voy a ilustrar la tengo “escaneada” desde mucho antes, desde el día de mi último cumpleaños, que es cuando acabé la lectura de El canto del agua, novela de Nelly Rosario a cuya cubierta pertenece ese bello desnudo, fotografiado por Bettmann y Corbis (según rezan los títulos de crédito). Ya entonces pensé que algún día hablaría sobre estas lecturas a las que llego de forma casual, estos tesoros que me encuentro sin buscar, puesto que nadie me ha hablado de ellos, ni han aparecido en las páginas literarias de los periódicos, ni en los programas culturales de televisión, ni en los escaparates de las librerías, ni han llegado a mí por el socorrido boca a boca con el que trata de explicarse los éxitos de las obras que no han sido promocionadas…

            Tal vez, pienso releyendo lo que llevo escrito hasta ahora, estoy dejando al descubierto mi ignorancia, y los autores que menciono aquí como ignotos o raros son sobradamente conocidos por cualquiera que esté leyendo esta página (me pareció ridículo que en “El País”, al anunciar que Luis Leante había ganado el Premio de Novela Alfaguara, lo calificaran de “desconocido”, cuando hace años que yo lo conozco y lo leo… pronto hablaremos de él y de su magnífica novela, Mira si yo te querré) Pero en este caso, el de Malba Tahan, Evan Hunter, Edgar Wallance, Robert A. Heinlein, Enrique Trogal o Nelly Rosario, no importa tanto el que sean mucho o poco conocidos como el que para mí hayan sido un descubrimiento casual; ni nadie ni en ningún lugar me habían hablado de ellos, sólo la fortuna los puso en mi camino: El canto del agua, de Nelly Rosario, joven autora dominicana, formaba parte de un lote de libros que me regalaron al comprar una enciclopedia; la mayoría de ellos muy vistosos, lujosamente encuadernados, pero con escaso interés para la lectura. He olvidado, sin embargo, cómo llegó a mis manos Il Caravaggio, obra teatral de Enrique Trogal; aunque me empeño en relacionar su hallazgo con Cuenca, hace 20 años que la leí y sigo recordando la fascinación que sentí desde sus primeras líneas; cada vez que me tropiezo con el libro me sorprende que su autor no sea famoso y que esta obra no se haya representado en todos los teatros. Rebelión en el espacio, de Robert A. Heinlein, sí recuerdo haberlo comprado en Valencia, mediados los años setenta, cuando, cada vez que pillaba algún dinero, me iba al “París-Valencia” de la calle Pelayo a comprar libros a duro (es ésta una de esas librerías de las que algún tengo que hablar en el blog), con especial interés por las novelas de ciencia-ficción, de las que me hablaba Vicente Roca, uno de mis jefes en Sercoval, al que yo consideraba un sabio mal ubicado; la novela permaneció a mi lado durante décadas sin que encontrara el momento de leerla y, convencido de que ya nunca lo haría, pensé deshacerme de ella en el último traslado… pero se me ocurrió indagar antes en Internet quién era este autor y descubrí la importancia que tiene en su género, así es que me di la oportunidad de leerlo y, como en el resto de los casos que estoy contado, pese a ser una novela juvenil, no me defraudó. El hombre que calculaba, de Malba Tahan, lo encontré en Colombia, maltratado y sin tapas, ya hablé de él en el blog, recién terminada su lectura; si lo vuelvo a mencionar es porque se trata de uno de esos libros que, pese a su aspecto destartalado, con mayor mimo conservo en mi biblioteca, por el placer que su lectura me proporcionó y que me sigue ofreciendo. El mencionado Feliz año nuevo, Herbie, de Evan Hunter, ha sido el último de los leídos; me lo encontré tirado en el Rastro (el vendedor que lo abandonó ni siquiera consideró que merecía la pena romperlo, como hizo con otros, para que nadie se lo llevara sin haber pagado 50 ó 60 céntimos por él); por Internet supe que autor había sido el guionista de Los pájaros de Hitchock y el autor de La jungla del asfalto, que también fue llevada al cine… eso bastó para picar mi curiosidad y que no quedara relegado al olvido; ahora busco otras obras suyas, para seguir leyéndolo. Por último, le toca el turno a Las hijas de la noche, de Edgar Wallace, también encontrado en el Rastro de Valencia, en circunstancias parecidas al anterior (aunque hace ya un par de años), y del que no me he deshecho porque descubrí en Internet que de este autor fue el argumento de King Kong, película a la que le tengo especial cariño por dos motivos: porque mi amiga Inés fue su traductora al húngaro y porque me conmovió que, viéndola un día en Madrid, mi prima Maribel llorara por la muerte del monstruo.

            A todos éstos títulos tendría que añadir los dos libritos de Joaquina Pomareda de Haro, que conservo firmados por la autora, fallecida ya hace muchos años, Las chispas del duende y El actor y sus personajes… Sé de al menos otros dos que publicó y que tal vez todavía puedan encontrarse en la biblioteca de Casas Ibáñez, donde yo los descubrí siendo un niño… pero ésa es otra historia que me voy a guardar para otro día.

Tú eres la belleza (Andrés Aberasturi)

Tú eres la belleza (Andrés Aberasturi)

    No puedo llamarme amigo de Andrés Aberasturi. Nunca hemos hablado y la única vez que lo vi en persona él estaba sobre el escenario, en el bello auditorio de Cuenca, y yo sentado entre el público; en primera fila, eso sí, porque María, sabiendo de la admiración que le tengo, no sólo me había invitado, sino que había conseguido las mejores localidades para un recital de poemas suyos: Un blanco deslumbramiento.

    De esto han pasado ya algunos años… y muchos más desde que empecé a seguirlo en televisión y en radio, cautivado siempre por su voz, por su estilo y por su bella manera de decir lo que piensa, de convertir en poesía hasta lo más prosaico. Así es que uno de los primeros textos que preparé para el bloc, para este apartado de “Lo que escriben sus amigos”, fue éste de Tú eres la belleza. Me lo envío Mari Lucre, hace miles de años, cuando aún no estaba enferma y, tan detallista como siempre, cual moderna amanuense, lo copió a mano pacientemente, en dos columnas, con capital roja y encabezado con una de sus frase entresacada del texto: “Tal vez mi cuerpo no resulte hermoso, pero todo cuanto en él se contiene sí lo es”… Os recomiendo la lectura completa:

 

         “De la belleza se ha dicho casi todo, incluso la verdad; es decir, que no existe más allá de la química ni más acá del amor. No tiene reglas fijas, ni medidas, ni cánones; es engañosa lo mismo que la aurora, triste como un septiembre, convulsa como la mar, recóndita como un tesoro, inútil como la muerte, frágil como el cristal, violenta como una daga, opaca como un dolor, íntima como la noche, amarga como un final.

         No existe la belleza más que dentro de nosotros mismos y sólo desde lo más íntimo de nuestro ser puede romperse la coraza de vulgaridad para que brote la hermosura.

         Os confieso que yo amo mis ojos verdes, de un verde inadvertido, saltones, misericordiosos, guardadores perpetuos de las lágrimas que aún tengo que llorar.

         Y amo mis piernas, que ni son largas ni hermosas, pero que me mantienen orgullosamente en pie sobre esta tierra que habito.

         Y amo mi boca y cada uno de mis dientes, porque con ellos muerdo las tragedias o simplemente beso.

         Amo también esta nariz descomunal, mi pelo que fue indómito y que ya apenas es, y me siento orgulloso de mis manos cuadradas, de cada uno de mis dedos que tienen vida y proyectan el futuro.

         Pero amo mucho más que lo visible; amo mi corazón que es más que un simple músculo, que no recibe órdenes, que se acelera cuando quiere y se serena después de la batalla.

         Y amo de igual forma mis entrañas, y las venas que me cruzan y la sangre que me brota de mis cinco costados.

         Porque tal vez mi cuerpo no resulte hermoso, pero todo cuanto se contiene en él sí lo es.

         Porque sólo mis ojos te ven como te veo y sólo mis piernas se saben de memoria tu camino, lo mismo que mi boca te prueba cada día, y mi nariz te huele y te descubre más allá del perfume y las esencias. Porque mis manos se han hecho a tu medida y te aploman en los días más tristes, y cada uno de mis dedos bucea en tu cuerpo cuando es tiempo de caricias o te alisan las cejas cuando duermes y sueñas.

         Si a través de mi cuerpo te reconozco y amo, si gracias a él amo y reconozco el mundo, ¿cómo no amarme a mí mismo y hasta reconocerme hermoso si los demás me aman?

         Ahí está mi belleza, la única posible, la que brilla un instante como esas mariposas de ciudad que nacen para morir el mismo día, borrachas de color y vida, sobre el asfalto negro.

         A través de ti me siento hermoso y fuerte y sé que puedo echarme a llorar entre tus brazos porque la auténtica belleza, la que nada sabe de rímel y de sombras, de pinceles y lacas, ha de cubrirme todo mientras dure la noche y esta desesperanza tenue que hoy me habita con razón y sin tregua."

Mimó... Mónica Castro, para los amigos

Mimó... Mónica Castro, para los amigos

            Esta mañana, camino del trabajo, escuchaba una canción en la que el cantautor Lucho Roa añoraba su Chile natal: “bailar cueca, tomar chicha, ir a Matucana, pasear por la Quinta; ir a Santa Lucía contigo, mi bien…”

            Y he recordado, una vez más, que fue allí donde me vi por primera vez con Mónica. He recordado, una vez más, aquella soleada mañana de un invierno austral no tan frío, en la que esperaba impaciente a la que por unas horas habría de ser mi guía en Santiago y, durante el resto de la vida, una entrañable amiga… aunque eso, entonces, no pudiéramos saberlo. Serían encuentros posteriores quienes lo propiciaran mediante largas horas de complicidad y conversación, nuevos viajes sobrevolando el Atlántico (de aquí para allá cuando regresé meses después; de allí para acá, cuando ella vino); cartas, llamadas telefónicas, regalos, fotos, confesiones, juegos, vagabundeo por los caminos de España (Toledo, Córdoba, La Coruña, Valencia, Albacete, Sevilla…), lágrimas, risas, malentendidos, disgustos y tantos momentos compartidos, algunas veces codo a codo y otras, las más, en la distancia.

            Por todo ello, por la amistad fiel, el amor generoso, la nobleza de espíritu, su eterna paciencia; hace mucho tiempo que quería dedicarle a ella una pagina en el blog… Ya lo había adelantado de esta manera:

 

“Me enseñó las palabras chilenas que no conocía, a moverme por la ciudad, a sintonizar en la radio el “Chacarero Sentimental”… Me llevó al templo votivo de Maipú, donde unos soldados vestidos de época impiden que las parejas se besen, y también me hizo entrar a una capillita haciéndome creer que era la Catedral de la ciudad; yo le expliqué, tratando de no herir si orgullo patrio, que en España eran más grandes… y ella me escuchaba seriamente, mientras las enorme Catedral de Santiago se reía a mis espaldas en la Plaza de Armas… Sólo hubo dos cosas que no quiso enseñarme: el “Memorial por los detenidos desaparecidos y ejecutados”,  en el Cementerio General, donde yo temía encontrar el nombre Orieta, mi amiga de Iquique en la adolescencia, y los “cafés con piernas”… Esto último aún no se lo he perdonado”.

 

            Bueno, eso de que no se lo había perdonado era sólo un final literario… A Mo se le puede perdonar todo; incluso el que prefiera vivir en Austria en vez de en España. ¿Os había dicho que toda la vida estudió alemán? Eso le permitió aterrizar en el centro de Europa con un trabajo que hace tiempo terminó… pero se quedó allí porque en Austria, además de los valses de Strauss, de las pastelerías de Viena, con sus aromáticos cafés y ricos “strudeles”, de sus pulcras ciudades y de no sé cuantas cosas más, estaba Hassan, un periodista iraní que la conquistó. Vinieron a casa cuando todavía eran novios (ahora están casados), y él, sin decir una sola palabra en español, también nos sedujo a todos nosotros.

 

             Quienes leyeran todo esto antes del 20 de mayo de 2007, habrían visto una foto de Mo en Toledo, sentada en la terraza del parador y con la vista, borrosa, de la ciudad a sus espaldas... pero era una foto que a ella no le gustaba, porque se veía demasiado niña, demasiado joven (fue en su primera visita a España), supongo que también porque pertenece a otra época de su vida... Así es que la he cambiado por esta otra en la que ella, a su vez, ha cambiado Toledo por Venecia... Por lo menos, nadie podrá decir no sabe elegir bien los destinos de sus viajes.

Narradores de la noche… para felicitar el día del libro

Narradores de la noche… para felicitar el día del libro

“Las palabras salen ahora de mi corazón como mariposas en busca del mundo” 

            Hoy, de nuevo, es el día del libro parece mentira que ya hayan pasado doce meses desde que hace un año os felicitara el 23 de abril, por este motivo, con un poema que yo mismo había escrito (El polvo sobre los libros). En esta ocasión no voy a ser tan osado, pero no quiero dejar que la noche se convierta en el día de mañana, sin celebrar de alguna manera, con todos vosotros, mis amigos, algo tan importante y, siguiendo la tradición, os aseguro que corresponderé a cada una de las rosas que me regaléis con un bello libro. Llevo varios días pensando en cual. He repasado mentalmente todas las lecturas de este año (de algunas de las cuales he dejado constancia en el blog); desde los autores que leo constantemente, casi a diario (Cervantes, García Márquez, Ortega y Gasset, Fernández Flórez, Pérez Galdós), hasta alguna lectura que me ha dejado especial buen sabor de boca en los últimos meses: Cuentos de Saki o de Faulkner, todos los prólogos de la edición hecha por las Reales Academias de Cien años de soledad; El retrato de Dorian Gray de Óscar Wilde; alguna obra no tan conocida, como Este sol de la infancia de Isidro Saíz de Marco (de otros curiosos descubrimientos os hablaré en el blog dentro de unos días) El caso es que, al final, casi me había decidido por El hombre que plantaba árboles de Jean Giono; de hecho, buscando y buscando por librerías de Albacete y Valencia, ya había conseguido cuatro ejemplares (para los cumpleaños de Marisol, ya pasado, y de María, por llegar; además de otro para Mo, que siempre la tengo en cuenta, y del mío). No es que su lectura me pareciera tan asombrosa como la narración escuchada en una cinta de casete que me prestó Sonia, la cuenta-cuentos, pero no deja de ser una historia que conmueve y que me gustaría compartir Y digo que ya estaba casi decidido cuando, después de tenerlo más de diez años a la espera, este fin de semana se me ocurrió sacar de la estantería Narradores de la noche, de Rafik Schami. Lo tomé entre las manos y no pude soltarlo hasta que, con los ojos empañados por la emoción, pasé la última de sus páginas, convencido de que es uno de los libros más bellos que he leído, una de esas lecturas que uno quiere participar a la gente que aprecia, una de esas historias que uno quiere contarle a todo el mundo pero no lo voy a hacer, claro, prefiero regalaros el libro a cambio de vuestras rosas y no deciros nada más; tan sólo que la frase que encabeza este escrito esta sacada de sus páginas y que la ilustración la he recortado de la funda de la edición que yo tengo Bueno, eso y, aunque ya queda poco, ¡Feliz día del libro!

Además de avena, centeno y poblados bosques

Además de avena, centeno y poblados bosques

            Cuando yo era pequeño Suecia era un país que estaba en Casas Ibáñez, concretamente en la página 147 de mi libro de Geografía, y cuya inimaginable capital, Estocolmo, confundía fácilmente no sólo con Oslo, nombre de cuatro letras más fácil de recordar, sino con otros casi imposibles de pronunciar como Helsinki o Réikiavik… Todos ellos aparecían en la misma lección. Poco después, gracias a las casposas películas de Mariano Ozores, de Fernando Esteso y Andrés Pajares o de un Alfredo Landa que disimulaba sus dotes de actor, supimos que en Suecia, además de avena y centeno, de poblados bosques y significativa producción de acero, había también “suecas”, unas mujeres con cara de niñas y cuerpos esculturales, fácilmente seducibles por los paletos con boina, que no sabían pronunciar la erre y que venían a las playas españolas para que las viéramos semidesnudas… y por si alguien no había terminado de creérselo, Enrico Altavilla escribió un sorprendente libro: Suecia, infierno y paraíso, con el que, a lo aprendido en el texto de bachillerato, pudimos añadir que allí se vivía de una manera diferente: las conquistas sociales, la libertades de todo tipo (incluida la sexual), la riqueza que, en todos los sentidos, suponía el Estado del Bienestar, inventado por ellos con la pretensión de garantizar una vida cobijada por la sociedad “desde la cuna a la tumba”, pero que paralelamente lleva implícitos todos los males: promiscuidad sexual, ateísmo, divorcio, drogas… uno al final del libro no sabía si quería vivir en Suecia por lo que tenía de paraíso… o de infierno.

            Pero todo eso fue hace tantos años que los lectores de este blog todavía no habían nacido. Cuando la mayoría de vosotros vinistéis al mundo España ya había descubierto Suecia (no sólo América), y en algunas cosas hasta empezaba a imitarla… De allí habían llegado las cerillas, el termómetro, la cremallera y la llave “inglesa”… De allí venían las películas de Ingmar Bergman y, sorprendentemente, sus bellas escandinavas (Ulla Jacobsson, Liv Ulman, Bibi Anderson…), al contrario que las anónimas de Ozores u otros directores españoles, eran más bien puritanas, poco exhibicionistas y a veces atormentadas por las cuestiones filosóficas y teologales de Kierkegaard y otros pensadores nórdicos… De allí venía también una bella forma de hacer política, a la manera de Olof Palme, de quien Felipe González tanto aprendió; escritoras de libros infantiles como Astrid Lindgren (sin lugar a dudas) y Maria Gripe (a quien, con ese nombre, siempre imaginaba española); y de allí creí que había llegado hasta Villatoya un vagabundo fascinante que se llamaba Knut Pedersen y que al final resultó ser noruego (de nuevo, años después, las mismas confusiones que en los primeros cursos de bachillerato); se presentó en las páginas de un libro de Knut Hamrun que me regalaron las hermanas de Chima (Ana, Ampa y Placi); aunque ellas lo habrán olvidado hace muchos años, yo aún lo conservo, completamente desencuadernado de tanto pasar sus páginas, porque además de sus bellas e idílicas descripciones  me trae el recuerdo de su primera lectura, sentado en algún ribazo aprovechando las escasas horas de sol del invierno o al calor de la lumbre, cuando caía la noche y el exterior de la casa desaparecía tras un espeso manto de niebla…

            Más tarde vendrían desde aquellos fríos las canciones de Abba y los muebles de Ikea… Al final, lo único que resulta folclórico en Suecia son los premios Nobel, siempre discutibles, en especial los de la paz (¿quién no recuerda el que le dieron a Kissinger?); pero hasta en eso se le ha querido parecer la España democrática instituyendo los “Príncipes de Asturias” que, curiosamente, son de esos premios que no dan tanto prestigio a quien los recibe, como ellos reciben de los galardonados.

            Empezaba esta carta abierta diciendo que, cuando yo era pequeño, Suecia estaba en Casas Ibáñez… Luego, como siempre, me he ido por las ramas y, cuando me he dado cuenta, estaba a punto de hablar del último festival de Eurovisión… De nuevo iba a equivocarme, porque fue Finlandia quien lo ganó; pero el error me ha servido para hacer un alto y percatarme de qué alejado estaba ya del pueblo de mi infancia y mi vejez, qué lejos, incluso, del pasado jueves santo y de lo que quería deciros, aunque quizás la mayoría de vosotros ya lo sepa, y es que ese día, el 5 de abril, en su residencia de Estocolmo, murió María Gripe, de quien con tanta ilusión me hablara Noelia un día… Quería que lo supierais y que supierais también que nos ha dejado a todos parte de su herencia; hoy somos un poco más ricos porque, ya para siempre, nos pertenecen sus obras, sus personajes, sus historias, sus palabras… Su foto acompaña esta carta y tres de sus libros hace tiempo que viven en los anaqueles de mi biblioteca, pero acabo de dejarlos sobre la mesa de trabajo, porque ya no quiero demorar más su lectura:

 

            Cuando Jonás Berglund cumplió 13 años, el 27 de junio, recibió, por fin, el anhelado magnetófono. De inmediato comenzó sus investigaciones.

            Quería proceder metódicamente y por eso empezó grabando los ruidos que surgen en la naturaleza cuando los animales se comunican entre sí.

            También quería grabar todos los ruidos mecánicos que se producen en las diversas actividades humanas.

            Aquella noche del 27 de junio, Jonás, con su hermana Annika, que tenía…

 

                                                                       (Inicio de Los escarabajos vuelan al atardecer)