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Ramón de Aguilar

La procesión de los días

La procesión de los días




 

Hoy, para empezar a escribiros, le tomo prestado el título a Wenceslao Fernández Flórez; al que he vuelto a leer, con placer, después de mucho tiempo. Los Reyes me han traído sus obras completas, editadas por Aguilar en siete tomos… llevaba más de veinte años buscándolos. A veces, para empezar a escribir, cuando ya he perdido el hábito de hacerlo, tengo que buscarme una excusa como ésta, que me ayude a arrancar. Tenía otra preparada: “Esta mañana, cuando volvía al trabajo, en medio de la niebla me he encontrado con Irene, que andaba sola y sonriente, como siempre. Me ha recomendado que vea “Babel”, la última película de Alejandro González Iñárritu, antes de volverse a perder tras la densa cortina a que se cerraba a sus espaldas”

            Cualquiera de los dos inicios me valía porque, en principio, pensaba hablar de libros y películas… aunque también de otras cosas; si me he quedado con la primera es porque el título de esta novela (que he terminado de leer esta misma tarde), me parecía muy adecuado para comenzar esta carta que también podría haberse llamado “Las doce uvas” o “Adiós para siempre”, como luego se verá.

            Digo que hace tiempo que quería hablaros de libros, que casi nunca lo hago. De los que he leído estas Navidades: El hombre que fue jueves de Chesterton, Mi familia y otros animales de Gerald Durrell (no pude, sin embargo, con el Sebastián de su hermano Lawrence; aunque ahora lo estoy intentando con Justine y sí me está gustando), y una antología de Cuentos Colombianos… me vuelvo a quedar con El mago de Lublin de Isaac Bashevis Singer, que he releído después de varias décadas (¿nunca os he contado su cuento Cuando Shlemel fue a Varsovia? Pues merece la pena)

            Pero ahora me doy cuenta de que eso hay que escribir en el momento, cuando las sensaciones que ha despertado la lectura aún están vivas; cuando, al llegar la noche, los personajes de las novelas se mezclan con nuestros amigos en mitad de los sueños; cuando basta con cerrar un momento los ojos para volver a sentir la caricia del tímido rayo del sol de invierno que iluminaba la página que leíamos junto a la chimenea, o en el banco del parque, solitario, en una fría mañana de Año Nuevo… E igual ocurre con las películas que se ven y no se cuentan; uno termina por olvidarse hasta del título (si no es de las que anuncian por televisión), y se queda sólo con alguna escena, con alguna imagen suelta o unas pinceladas de la historia, como la de aquellos dos hermanastros que encontraron el amor (o algo parecido), después de los treinta años, en “Las partículas elementales”, que al final dejan mejor sabor de boca que las películas de fantasmas (como “Scoop” o “Volver”, por muy de Woody Allen y Almodóvar que respectivamente sean)… Mas si hay una de estos últimos días que nunca voy a olvidar, aunque la viera en televisión, es la de “Dogville” (a la que pertenece la imagen que he escogido para acompañar este artículo).

            Decía que había más cosas de las que hablaros, aparte de los libros y las películas… Quería mencionar también la muerte de Rafa, con quien trabajé codo a codo durante veinte años (hasta hace sólo unos meses), y no sólo en la oficina, sino también en la radio, en el teatro, en algún proyecto más idealista que político… Siempre estuvo ahí, cercano, en los buenos momentos (bodas, éxitos profesionales, presentaciones de libros, premios literarios…) y en los malos (enfermedades, separaciones, muertes de seres queridos…). Veinte años, a razón de 365 días por año y una media de 7 u 8 horas al día, son muchas horas de convivencia, como para no sentirlo enormemente… pero hablaremos de él cuando podamos hacerlo sin la tristeza de su ausencia, sólo con la alegría de haberlo conocido.

            En fin, que muchos han sido los motivos y las excusas que tenía para volveros a escribir y, hasta hoy, no he sabido aprovechar ninguno de ellos… Lo mismo que me ocurrió al comerme las uvas, cuando pasábamos de uno a otro año: Se me olvidó formular deseos, hacer propósitos encomiables, apadrinar buenas intenciones… Me di cuenta al acabar y no supe muy bien si había perdido una ocasión o así estaba mejor puesto que, no mucho antes, estuve pensando (tomando conciencia), de todos esos planes que uno arrastra consigo desde que recuerda y que nunca llegan a realizarse: aprender inglés, adelgazar, dejar de fumar, ahorrar para la vejez… Hasta había empezado una lista de todas aquellas cosas a las que iba a decir adiós para siempre… Una lista que se quedó abierta, pero que bien podría ajustarse ahora, por aquello de las doce campanadas, de las doce uvas:

 

Adiós para siempre a

 

·        tener un hijo biológico… me quedo definitivamente con Julie, David y Natalia; como me hubiera quedado en su día con Sandra o hasta con Alejandro, a quien le enseñé a distinguir las puertas de las ventanas y el agua de la lluvia… y si tres son pocos, pues ahí están todas las niñas del Hogar Niña María, para ser queridas y cuidadas en la medida de lo posible.

·        aprender inglés… aunque lo cierto es que nunca lo intenté del todo. Ni italiano, ni gallego, ni catalán siquiera. Me quedo con el húngaro, que elegí sobre el mapa de Europa, cuando era poco más que un niño, y con el francés, que me obligaron a estudiar en el bachillerato y que ahora voy a leer por mero placer.

·        aprender griego (vamos ahora con los clásicos), por más que me lo recomendara Torrente Ballester la única vez que tuve la ocasión de hablar con él (“Hasta que no haya leído La Odisea en griego –me dijo--, no habrá leído nada”)… Pues me quedo con el latín, que me enseñaron a estudiar como si de resolver un enigma policiaco se tratara.

·        leer los cientos de periódicos y revistas que he acumulado durante más de treinta años, para cuando tuviera tiempo… Ya nunca lo tendré tanto. Eso sí, seguiré conservando los suplementos de El País, por si acaso un día me aburro… o quiero recordar como era el mundo hace treinta, cuarenta, cincuenta años…

·        dar la vuelta al mundo, visitar todos los países… Sin embargo todavía pienso que me gustaría volver al menos una vez a todos los lugares en los que he estado, desde el pueblecito en el que nací al Estrecho de Magallanes, desde una aldea checa en la frontera con Polonia a un fantasmal oasis de Túnez… O conocer algún nuevo país como Uruguay, pongamos por caso.

·        volver a utilizar los pantalones que usaba a los treinta años, y que conservo para cuando adelgace. Cada día me pareceré menos al joven que fui y más a mi bisabuelo, según una foto que me enseñaron y en la que me fue fácil reconocerme, pese al siglo que nos separa.

·        escribir una gran novela. Me conformaré con escribir cartas como ésta para el blog y, si llega la inspiración, algún que otro cuento… Mejor dedicar mi tiempo a disfrutar de las grandes novelas que ya están escritas o se siguen escribiendo.

·        ir al cielo, si no se vienen conmigo todos los demás… porque no podría ser eternamente feliz, sabiendo que seres a los que quiero (a aún a quienes no conozco), estaban eternamente sometidos a tortura y sufrimiento.

·        conocer (en el sentido bíblico, quiero decir), alguna mujer cáncer o sagitario; en parte porque me son inaccesibles pero, más que nada, porque se estaba haciendo necesario dar una pincelada de frivolidad en medio de esta serie tan seria.

·        estar al día en informática… porque ya no quiero aprender más que aquello que necesite cada día para ser feliz, disfrutando de lo que ya tengo y logrando con esfuerzo (moderado), lo que me apetezca.

·        finalizar esta lista (por eso tiene sólo once puntos, si éste fuera el duodécimo estaría terminada); porque la vida sigue y todavía aprenderé a decir a otras muchas cosas “adiós para siempre”.

Felicitación de Navidad 2006

Felicitación de Navidad 2006

Para todos los que me pedisteis menos de lo que necesitabais y me disteis más de lo que podíais.

 

    Algún otro año, como felicitación de Navidad, he mandado una foto de la familia al completo, de los cinco… Y ahí seguimos, para quienes los conocéis y para quienes no los conocéis: Julie, David y Natalia, creciendo (en estatura y sabiduría); Eliana peleando con los cuatro, mas sin perder la belleza de dentro ni la de fuera; y yo, aunque con más canas en la barba, como siempre, que ya estoy muy mayor para cambiar… Y eso que éste ha sido un año lleno de cambios: nuevo trabajo para mí, nuevo hogar para la familia, nuevo libro (y ya se está agotando la segunda edición de Historias de gente sin historia), y, como ya he contado en varias ocasiones, nuevo viaje a Colombia, en octubre pasado, esta vez solo…

         Cuánto bueno, ¿verdad? Pues aún ha habido algo mejor: A lo largo del año, con la ayuda de Publicaciones Acumán, de muchos desconocidos y de algunos de vosotros, hemos conseguido buena parte del dinero que nos propusimos enviar a Colombia, para financiar los proyectos en los que me embarqué durante las Navidades pasadas: el del albergue de paso para los ancianos sin recursos y el de la ampliación y el mantenimiento del Hogar Niña María, donde se acoge a niñas con alto riesgo físico y moral. Durante mi viaje de este otoño pude ver el solar que se ha comprado para construir el primero y las obras de mejora que se han hecho en el hogar de las niñas, porque la ayuda ha alcanzado no sólo para la comida, la ropa, el material escolar, las medicinas y demás gastos del día a día, sino también para seguir mejorando las condiciones en las que viven y haciendo crecer las instalaciones para que, dentro de poco, sean más las niñas que encuentren en él un refugio en su huida de la violencia, los abusos, las vejaciones y hasta las violaciones a las que se ven sometidas… En total, hasta la fecha, han sido 15.200 los euros enviados.

         Bueno, pues por todo esto que os cuento, la felicitación de estas Navidades no va acompañada del tradicional “christma” o de la foto de la familia, o con un dibujo de los niños… Este año es una foto de alguna de ellas (podéis verlas a casi todas pulsando en este enlace).

         Y sabed que, cuando miraban a la cámara, os sonreían a todos los que anónimamente estáis ayudando, y no decían “patata” o “güisqui”… sino “¡Gracias!” y, por supuesto…  

¡Feliz Navidad!

Cerezas (Rafael Camarasa)

Cerezas (Rafael Camarasa)

            Cuando seleccionábamos los cuentos y poemas que este año habían de pasar al Jurado Final del Certamen Literario “Emilio Murcia”, Noelia me habló con entusiasmo del que era su favorito: Seis. Su lectura me hizo recordar uno de mis relatos favoritos, uno de Rafael Camarasa que se llama Mapas y que había ganado el Certamen Flor de Cactus en 1997.   Seis no obtuvo el premio, pero el Jurado le hizo una mención especial y propuso su publicación; así es que hubo de abrirse la plica y se supo que el autor era Rafael Camarasa, del que además yo había leído otro par de libros de poemas: La ciudad sin mar y Algunos corazones solitarios, que sin embargo no me habían dejado tanta huella.

            Esto que acabo de contar me ha permitido volver a ponerme en contacto con este joven autor valenciano (aunque lo de “joven” siempre es relativo y depende de quién lo diga o quién lo escuche), que me ha puesto al corriente de sus últimas publicaciones: El libro de relatos Feos (“Todos los feos escribimos, pintamos o soñamos”, me escribió en la dedicatoria… gracias por la parte que me toca), y el de poemas Cabos sueltos.

            Como el que más me sigue gustando de todos es el de Mapas le pedí que me dejara compartirlo con todos vosotros. Le pareció bien y me lo envió digitalizado… pero descubrí que era demasiado largo para leerlo como “post del blog” (“artículo o entrada de la bitácora”, debería escribir), así es que decidí crear este acceso directo para el que tenga ganas de leerlo con más calma y, en su lugar, colocar este poema de su último libro, que me emocionó hasta las lágrimas… ¿Por qué? Explicarlo sería tema para una “carta abierta” y aquí estoy compartiendo “lo que escriben mis amigos”:

 

CEREZAS

En la pizarra de la cocina dejaste

un recordatorio para el día siguiente:

“Hay que comprar cerezas”.

Y yo me sentí feliz

Sólo porque existía un espacio

vacío en nuestro frutero

y éste ocupaba su lugar de siempre

en un rincón de la nevera,

y esa máquina de frío

habitaba en silencio la cocina

de esta casa recién pintada

en la que hemos compartido las cerezas

que faltaban en el recipiente

que esperaba en el frigorífico.

Y porque en aquel detalle tan nimio,

parecido a tantos otros,

de escribir con tu letra redonda

algo que anoche faltó en la mesa

-aunque nunca lo había pensado

y tú ni siquiera lo sospeches-

residía el gesto de seguir,

de continuar un rumbo que me incluye:

nadie se preocupa por la ausencia

de unas cerezas en su vida

cuando piensa en arrojar la toalla,

en marcharse sin volver el rostro.

Así que aquella frase tan simple

que cruzaba la superficie de la pizarra

y que a nadie que visitase la casa

descubriría nada sobre sus moradores,

se convirtió en una de esas señales

que dejamos en los libros de cabecera

y nos indican a la noche siguiente

la página donde nos quedamos.

(Sé que una marca no me asegura

que volverás a por el libro de tu mesilla,

pero sí que tenías esa intención

al doblar el ángulo de la hoja).

Esta mañana cuando llegaste

con el bolso lleno de cerezas

y las dejaste junto a las que yo

compré al pasar por el mercado,

sonreímos pero cada uno

lo hizo por una cosa.

A ti te resultó gracioso

que los dos nos acordáramos.

yo tan sólo te agradecía

que hubieras confirmado el presagio.

Gente de paso

Gente de paso

Algunos de vosotros sabréis que Ibáñez llegó a Casas Ibáñez por carretera. Lo conté en el número ciento setenta y dos del periódico de allí, en octubre del año dos mil dos. Ibáñez había visto por primera vez el nombre del pueblo en un libro que enseñaba geografía a quienes se preparaban para trabajar en los ferrocarriles y, aunque por el nuestro nunca llegó a pasar el tren (por más que lo soñáramos), lo que tenían que aprender en él los futuros factores, revisores, maquinistas o jefes de estación eran las cabezas de los partidos judiciales… Ibáñez, que decía vivir en Burgos cuando era niño, se extrañaba de que un pueblo se llamara como él y de que siendo sólo “casas” apareciera en la lección junto a otros de la importancia de Sigüenza, Ocaña, Alcázar de San Juan, Talaver de la Reína, Tomelloso o Puertollano, por citar sólo algunos de nuestra región. Aquel asombro infantil le hizo viajar, una vez jubilado, para pasar aquí un tiempo, viviendo de hotel y contando en el periódico las cosas que veía y le pasaban…

            De algo escrito en el párrafo anterior es fácil desprender que nunca llegó nadie a nuestro pueblo por tren; nadie se apeó en una estación que, cerca de la Virgen de la Cabeza, estuviera rotulada con el nombre de “Casas Ibáñez” y desde la que, andando por un camino bordeado de acacias, o a bordo de un taxi en cuya puerta estuviera pintado el monolito dorado que recuerda la batalla de Serradiel,  pudiera llegar al centro en busca de posada… Sin embargo, el “hombre blanco” vino en helicóptero. Representaba una marca de detergentes que todavía existe e, impoluto, con traje, sombrero y zapatos albos, se dejaba caer en cualquier pueblo de España para dar regalos a cambio de que las mujeres (u hombres, si lo hubiera habido que lavasen, cuando la colada se hacía a mano, restregando la ropa mojada en una losa de madera o de cemento), le enseñaran su paquete de jabón, a medio usar, de la marca en cuestión. El helicóptero se posó en medio del campo de fútbol de la Cruz Verde y, si no de mujeres con el blanqueador en mano, enseguida se vio rodeado de niños, mientras sus madres corrían a las droguería más cercana, para pedir de fiado un paquete de detergente que cambiar por el regalo… No recuerdo si alguna lo consiguió antes de que el personaje estrechara unas cuantas manos y alzara de nuevo el vuelo, en busca de otro pueblo al que alborotar con su presencia.

            Será quizás el único caso de alguien que no llegó hasta aquí por carretera… Así es que lo que diferencia a la gente de paso es el vehículo o el motivo que los trajo. Siempre estuve convencido de que yo vine en carro desde La Gineta, cuando quizás aún no tuviera los tres años de edad. Ahora sé que eso es imposible, pero me gusta recordarme mirando hacia la esquina, desde la puerta de nuestra primera casa en el pueblo, e imaginando que, con sólo llegar hasta ella y darle la vuelta, si me hubieran dejado andar hasta allí, podría haber visto mi hogar de antes y los lugares que hasta entonces habían contemplado mis ojos… Mas yo no llegué de paso porque, aunque años después me marchara como tantos otros jóvenes, nunca dejé de volver y, como una vez confesé: “uno no es de donde vive, sino de aquel lugar al que siempre regresa”.

            Quien sí que llegó en carro, según él mismo me contó hace mucho tiempo (quizás la única vez que hablé con él), fue “Farina”, cuando sólo era un niño. Pero también él se quedó para siempre y cada vez que nos cruzamos por las calles del pueblo, me conmueve recordar la maravillosa historia que me contó de aquél, su primer día en el pueblo, y que yo algún día os contaré a vosotros… Será que cuando uno llega así de despacio, andando, en bicicleta o escuchando el gemir de las ruedas de un carro que se clavan en la tierra del camino (los ejes de la carreta a los que cantaba aquel argentino), es para no marcharse ya; como aquel otro niño o poco más que un niño, el “peoncillo”, que vino a trabajar en las vías de ese tren que nunca nos llegó (por más que lo soñáramos), y, nadie sabe por qué, lo fusilaron frente a la tapia del cementerio, junto a los “rojos”. Para siempre se quedó enterrado en el pueblo al que había venido a traer el ferrocarril.

            Helena, personaje fugaz de “El Cerro de los Cuchillos”, vino a fotografiar los restos de aquel sueño: estaciones cuyo reloj nunca se puso en marcha y cuyas puertas jamás se abrieron, puentes por los nadie salvó ningún barranco, andenes en los que no pudimos esperar el regreso de los que como ella, como Helena, si se fueron.

            Años después fue petróleo lo que vinieron a buscar “los franceses”. Durante un tiempo se les vio por el hotel que había en la que entonces era calle Caídos, hoy es calle Tercia y siempre ha sido la calle principal del pueblo. Se les vio poco y se marcharon pronto, quizás por eso no encontraron el “aceite de piedra” que, seguramente, les debe seguir esperando debajo de alguna viña o de cualquier pinar… Ahora, desde el norte de África o el este de Europa, a veces desde el otro lado del mar, vienen otros hombres y mujeres buscando trabajo, bien tan preciado o más que el oro negro. Al verlos me pregunto cómo habrán arribado hasta aquí, cuándo oyeron hablar por primera vez de este lugar, cómo lo imaginaron antes de llegar, por qué lo fueron a elegir entre tantos otros donde quizá sea más fácil hacer su sueño realidad… Muchos de ellos estarán de paso y algún día, sin echar raíces, se irán a otros lugares, quizás más prósperos. Otros, como hicieron muchos ibañeses en los años sesenta, regresarán a sus países de origen cuando hayan ahorrado lo suficiente para comprar una casa, un campo o un pequeño negocio… pero algunos se quedarán para siempre y nos ayudarán a hacer de éste un pueblo más grande y más rico; levantarán aquí su casa y sus recuerdos; y aquí crecerán o nacerán sus hijos, que serán quienes mañana  mantengan vivas nuestras costumbres, escriban en el periódico o protagonicen sus páginas con hazañas científicas, artísticas o deportivas… Pero esa ya no será gente de paso, como de la que hoy estoy hablando, como el muchacho que llegó pedaleando para ver a la trapecista de la que se había enamorado en el pueblo anterior; como los maestros y guardia civiles que vivieron aquí unos meses, a la espera de un destino mejor; representantes de comercio, vagabundos, veraneantes despistados, titiriteros, feriantes… gente anónima que llegó por unas horas o unos días y luego se marchó… O famosos que quizás ni llegaron a aprenderse el nombre del pueblo. ¿Se acordará Sara Montiel de que vino un día, no como artista, sino acompañando como amiga a Marujita Díaz, que iba a actuar en el Cine Rex? La gente la aclamó hasta que salió al escenario y, aunque no cantó, aseguró que algún día volvería para hacerlo. El Cordobés y Palomo Linares torearon en la plaza que ahora va a cumplir cincuenta años; ellos lo habrán olvidado, salvo que hayan guardado en su colección particular algún cartel de aquella corrida que colapsó el pueblo. Y tampoco nos recordará otro ilustre que pasó por aquí, camino de Alcalá del Júcar, como desfilaron los americanos por Villar del Río, en “Bienvenido, Mr. Marshall”… Me refiero al incombustible Fraga Iribarne, cuando no era Senador democrático, sino ministro de Información y Turismo de Franco. Como en la película de Berlanga, los niños de la escuela tuvimos que hacernos banderitas para salir a recibirlo a la entrada del pueblo; tal vez, quién sabe, se prepararon saludos, canciones y una fuente con chorrito… pero él, como en el film, precedido y seguido de escoltas, pasó de largo, sin parar, sin sacar una mano por la ventana para saludar a quienes le habían esperado toda la tarde. Yo me lo perdí. Nunca podré decir que vi pasar el coche de Don Manuel. Me castigaron en el colegio porque no preparé la bandera roja y gualda… Más de uno, en mi lugar, presumiría ahora diciendo que tuvo la osadía de hacer la republicana… pero mi discrepancia no fue política sino estética: pensé que quedaba menos chillona y más bonita si sustituía el amarillo por el naranja.

            No me pusieron muchos castigos en el colegio, pero todos fueron por razones así de estrambóticas (cambiar los colores de la bandera de España, comerme una carta de amor, tirar media piedra, pintar el mar de color verde)… Eso sí, éste que acabo de contar es el único que me dejó un recuerdo palpable: una bandera de papel manila con tres franjas horizontales: roja, naranja y roja.

            Por cierto, algunas de estas historias no son ciertas pero, las que más inventadas parecen, son verdad.

Canción de Cuna de los Elefantes

Canción de Cuna de los Elefantes

 

 

 

            No diría del todo la verdad si incluyera a Adriano del Valle entre mis autores preferidos… Y, sin embargo, versos suyos fueron no sólo los primeros que escuché, sino los primeros que, sin tener que cerrar los ojos, me permitieron ver, más allá de las paredes de mi cuarto, una selva rezumante de vida; más allá de la pelada bombilla de ciento veinticinco vatios, la luna llena; más allá de mis lágrimas, las de un elefante que tampoco quería dormir...

            Ahora sé, porque lo he averiguado gracias a Internet (mi cultura no da para tanto), que Adriano del Valle fue un gran amigo de la familia de Borges y del poeta portugués Fernando Pessoa, con el que intercambió cartas durante muchos años…  y que hablar de Adriano del Valle es hablar de uno de los máximos representante del movimiento ultraísta español. Antes (aunque no mucho antes), sólo sabía que era el autor de la “Canción de Cuna de los Elefantes”, el poema que mi padre, teniéndome en brazos, me recitaba cuando yo lloraba porque no me quería dormir. Es uno de los recuerdos más antiguos que conservo y, junto a él, me han acompañado durante medio siglo esas imágenes de la selva iluminada por la luna y algunos versos que, cuando he tenido la ocasión, he repetido al oído de algún niño que llorara en mis brazos.

             Hoy quiero compartir este recuerdo con todos vosotros… este recuerdo y este poema (quién sabe si alguno lo necesitará esta noche para conciliar el sueño). 

 

Canción de Cuna de los Elefantes 

          El elefante lloraba

          porque no quería dormir…

          Duerme, elefantito mío,

          que la luna te va a oír… 

          Papá elefante está cerca;

          se oye en el manglar mugir.

          Duerme, elefantito mío,

          que la luna te va a oír… 

          El elefante lloraba

          con un aire de infeliz

          y alzaba su trompa al viento;

          parecía que en la luna

          se limpiaba la nariz… 

         Duerme, elefantito mío;

         ¿por qué no quieres dormir?

         Estoy mirando la luna

         que muy pronto se va a ir.

Cien colombianos... y más

Cien colombianos... y más

Cuando yo me muera, me abrirán el corazón… y lo tendré lleno de nombres

            La frase es de Monseñor Pedro Casaldáliga y me la cita la hermana Libia Morales, en su contestación a la carta que escribí para toda la gente de Colombia a la que quiero… Para los que vi, por el tiempo y las atenciones que me dedicaron; pero también para aquellos con quienes no tuve ocasión de encontrarme, porque estando cerca aún se me hizo más grande su ausencia.

            Ya anuncié que hablaría de todos ellos en el blog y, bajo una foto tomada a la entrada de la Catedral de Sal de Zipaquirá, fui mencionando a todos los que recordaba. Supongo que, a lo largo del tiempo, unos y otros irán apareciendo por aquí pero, mientras llega el momento, hoy os dejo sus nombres y las fotos de algunos de ellos, de algunas de las personas a las que dirigí esa carta con la que quise darle las gracias a Iván y Alba Lucía, porque fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado y porque, además, no me abandonaron en ningún momento y siempre estuvieron dispuestos a acompañarme a casi todos los sitios donde quiera que se me antojara ir. También a Carolina, que me cobijó en su casa, siempre que estuve en Bogotá, que nos hizo un sabroso ajiaco y que me presentó a la encantadora Sonia… Y a los demás primos de Eliana: la dulce Jimena, a la que por fin conocí y que me trajo un día a sus hijos, Valentina y Sebastián, para que también los conociera… César, también compañero en casi todas las salidas y en las apacibles tertulias de la noche, en el corredor de la casa. A Ingrid, que no pierde el encanto ni cuando se cae de la moto, por mucho que cojee o que el golpe le cierre uno de sus lindos ojos… A Darwin, que vino a verme nada más llegar a Mariquita, antes de irse a la sierra a hacer alguno de sus rebuscados trabajos. A Francisco, que se comprometió a enviarme alguna de las cosas que escribe… Gracias también a Yanet, porque siempre estuvo a la espera, dispuesta a acompañarme en cualquier momento y por esa velada tan agradable que compartimos la noche que cenamos con sus hijas, Erika y Tatiana… tan grandes ya, que parecen primas más que sobrinas; como ocurre con Estefanía, que también pasó conmigo, y el resto de la familia, el último fin de semana, viaje incluido hasta Chiquinquirá; como Daniel y Julie, a punto de cumplir su primer año de casados y siempre disponibles para todo lo que se necesite.

            Fue una carta para darles las gracias, también y por supuesto, a Jorge y Gloria, que me tuvieron en su casa de Mariquita todos esos días, que me llevaron todas las mañanas a caminar durante más de una hora y se preocuparon de que no me faltara ni comida, ni ropa limpia, ni jugos, ni lectura, ni remedios… ni libertad, porque fueron los únicos que siempre me decían que no tenía que dar explicaciones de a dónde iba o de dónde venía… Pero también a todos los tíos y tías, que tuvieron todo tipo de detalles conmigo, para hacer mi estancia más agradable: Enrique, Elisa, Rosa y Marina, que no dejó de hacerme, como cada vez que voy a Colombia, su sabrosa “frijolada”.

            Sirvió la carta, también, para enviar un abrazo a todos aquellos que vi y con los que apenas pude compartir un saludo, unos minutos, la intención de un encuentro más largo: Felipe, Pastor, Consuelo, Mario Molina, Leticia y sus encantadores hijos: Marcela, Luis Guillermo y Geraldín, Jennifer… Y a quienes me atendieron con especial esmero, como las farmacéuticas Lucero y su madre; Sandra, la estilista; Wilson, el zapatero; Socorro, cantinera y amiga; Osito y Junior

            Una carta, por supuesto, para mantener el contacto con amigos de “siempre”, de los que espero seguir recibiendo noticias: Esperanza Gil y el resto de su familia, Brenda, Eddie, Dora Elisa (a quien confío ver dentro de unas semanas en Salamanca o aquí, en Requena, donde le espera la presentación de mi libro), Daniel “Cabuya”… Y, también, para quienes conocí en este viaje y me gustaría volver a ver pronto: Raquel, Dayana y Claudia Liliana, que dedicó el tiempo de su almuerzo a mostrarme librerías de Bogotá… Sin olvidar a Sonia, que me llevó al taller de novela de Juan Manuel Silva, donde también tuve el placer de conversar (además de con el escritor y mi anfitriona), con Jazmín y con Carmen.

            Esa fue, casi por último, una carta para enviar mi afecto y mis deseos de seguir en contacto con las hermanas Betlehemitas: Trinidad, cuya entrega y dedicación admiro cada día que pasa; Rosalba, que me metió en ese lío (del que ya no quiero salir) y, la superiora, Libia, a quien tuve la suerte de conocer en esta ocasión y que me respondió, además de con la cita que encabeza este escrito, con un bello poema de Neruda… Vaya con estas letras, una vez más, mi agradecimiento por el almuerzo al que me invitaron, todas las atenciones que tuvieron conmigo y por haberme permitido colaborar en su hermoso proyecto. Me quedé con las ganas de saludar personalmente a la hermana Olga, que ha sido mi interlocutora durante estos últimos meses; esperemos que pronto se brinde la ocasión… Seguí aprendiendo del padre Humberto, que siempre tiene maravillas que contar y, a través suyo, mandé un saludo muy cariñoso a todos los miembros de la Fundación Madre Teresa de Calcuta. Gracias, también, a los miembros del Núcleo de Trabajo por la Vida, la Paz y la Justicia, que me acompañaron a conocer la invasión de “Los Pinos”, una de las experiencias más impactantes de este viaje y, en especial, a la mujer de Jaime (cuyo nombre nunca seré capaz de aprenderme), por todas las fotos que tomó (donde yo no me atrevía a hacerlas), y los libros que me recomendó (en Bogotá conseguí la edición que me interesaba de “Colombia, mi abuelo y yo” y uno de los títulos de Celso Román, el amigo de Jaime: “Las cosas de la casa”).

            Esa fue también, de alguna manera, una carta para cada una de las niñas del Hogar Niña María, que me hicieron sentir querido con sus palabras, sus preguntas y sus agasajos… No fui capaz de aprender a distinguirlas por sus nombres, pero siempre conservaré la foto que cada una de ellas se hizo a mi lado y, por supuesto, el recuerdo de sus sonrisas, inocentes e infantiles, por encima de cualquier dolor. Un beso también para la psicóloga (a la que tanto admiran las niñas), las mamás y todos los que colaboran en la tarea.

            Y esa fue también (ahora sí que es el final), una carta para todos los que no tuve ocasión de ver (en la foto, arriba: Tania y Tibisay, abajo: Jacobo, Saranna y Sara) y me hubiera gustado: desde Eros, que estaba tan cerca (en el balneario de San Felipe), a Marta Patricia, a quien siempre echo de menos en Colombia; el matrimonio Toño y Dolly, Numa y sus hijos, Joaquín y sus hijos (en especial Lisie, a la que conocí en el mes de diciembre), Clara Paz y Carlos Arjona, Carlos Guillermo, su mujer y su hija… Toda la familia de Medellín: Marta, Pedro y Maruchis, Sara, Tania y su esposo, Jacobo, Federico, Nacho y Tibisay, Saranna… Más todos aquellos cuyos nombres no me vienen ahora a la cabeza.

            Millones de besos para todos. Me vine ya con las ganas de volver.

Quinto viaje a América... Tercero a Colombia

Quinto viaje a América... Tercero a Colombia

Ayer me preguntaba María por los olores de Colombia (“me gustaría que junto a todos los cachivaches que traerás de tu nuevo paí­s, me enviaras un pequeño frasco con los olores de cada lugar que has visitado y de todos los sabores que has probado”). Me sorprendió darme cuenta de que, entre tantas y tantas imágenes como me han acompañado en mi vuelta, no he traído conmigo el recuerdo de ningún olor que me impactara… Justamente ahora, cuando lo último que estoy escribiendo se va a llamar "Dónde habitan los olores"; próximo capítulo de Déjame que te cuente en el que trato de narrar dónde vive el olor de la infancia, cuando nos hacemos mayores; el del frío, cuando llega el verano; el olor de los sueños, cuando estamos despiertos... hasta el olor de la muerte, cuando ya hemos enterrado al ser querido que murió.

         Será tal vez, le expliqué, que siendo tantos los sabores que me hechizaron, no me quedó capacidad para almacenar más sensaciones. A éstos habría que sumarles los colores de tanta y exuberante vegetación, de las ropas con que visten y hasta de las pinturas con que alegran las paredes de sus casas… el sonido de la lluvia torrencial que me acunaba casi todas las noches, la música que se escapaba por las ventanas de cada casa, el dulce acento con el que los colombianos hablan su lengua, que también es la nuestra… Mas yo le mencionaba a María los sabores y, al hacerlo, pensaba en todas esas frutas que para nosotros son exóticas y que allí ayudan a calmar la sed y recargarse de vitalidad. Me encantan el mangostino y el anón, pero también la granadilla, el lulo y los jugos de arazá, badea, guanábana y marañón; sé que no me gustaron tanto los de tamarindo, papaya o carambola... Y hay otras frutas que he comido (o bebido), pero cuyo sabor no puedo recordar (curuba, mamey, pitaya...) No me importa probar cualquier tipo de vegetal, pero para las carnes soy más aprensivo; en este viaje le di una nueva oportunidad a la chunchulla (tripas fritas), y me atreví, por primera vez, a comer hamburguesas del Corral (dicen que están hechas con lombriz de tierra)… Los jugos sí. Hay una frutería (“Pachamama” se llama y os la recomiendo; un día hablaré de ella en el apartado de “Cafés, bibliotecas, librerías y otros lugares de interés”), donde los hacen en el momento, por menos de un euro y de la fruta que escojas… Sólo hay un problema: los “vasitos” tiene una capacidad de un litro, y no siempre apetece beberse tanto zumo.

         Por cierto, que nadie vaya a pensarse que es zumo lo que estoy bebiendo en la foto que ilustra esta entrega… Claro que, aunque sí está tomada en Colombia, tampoco es de este viaje… En éste me moví de otra manera (si alguien tiene curiosidad que eche un vistazo a esta otra foto… o a ésta… o que sé dé una vuelta por la página de Publicaciones Acumán, donde he dejado una carta abierta a todos los que están colaborando con los proyectos de Colombia).

         La verdad es que hubo tiempo para todo… para almuerzos y reuniones que podríamos considerar de “trabajo” con las hermanas de la Fraternidad Misionera Betlehemita, los miembros de la Fundación Madre Teresa de Calcuta y los del Núcleo de Trabajo por la Vida, la Paz y la Justicia, pero también para jugosas comida en familia (la “frijolada” de Marina, el Ajiaco de Carolina, los huevos criollos que alguna mañana fritaba Gloria, mi suegra, y me ofrecía acompañados con arepas, la cena española que preparamos en Bogotá dos noches antes de mi partida: tortilla de patatas, ibéricos, quesos… y vino), largas horas de tertulia, cervezas, algún trago de ron viejo de Caldas, compras de libros en las surtidas librerías de la capital y hasta en un puesto callejero de La Dorada, en el parque de las iguanas; viaje en barca por el caudaloso río Magdalena, en buseta por la sabana del norte de Bogotá, hasta las ciudades de Zipaquirá (con su impresionante catedral de sal) y de Chiquinquirá; algunos mimos personales; la participación, como invitado, en el taller de novela que dirige el escritor Juan Manuel Silva y, eso sí, todas las mañanas, tan pronto como empezaba a amanecer, una caminata de casi hora y media, con mis suegros (Gloria y Jorge), por los bellos alrededores de Mariquita, recreando la vista en las escarpadas montañas del Cerro Lumbí, en la frondosa vegetación (húmeda, todavía, por las torrenciales lluvias de la noche), que se convierte en frondoso bosque a los pies del Cerro de la Cruz y alcanzando a ver, si el cielo estaba limpio, la blanca cima del Nevado del Ruiz… por cierto que también estuve paseando por el parque que ocupa el lugar de la ciudad de Armero que, tras la erupción de este volcán, despareció en una sola noche, dejando más de veinticinco mil muertos y la imagen tristemente célebre, de la niña Omaira, agonizando durante días ante las cámaras de televisión.

         … Y, por último, está la gente. Esas más de cien personas, que bien podrían ser personajes de una calidoscópica novela, pero con las que tuve la oportunidad de relacionarme directamente, desde el abrazo a Iván y Alba Lucía (que fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado), hasta “Yanet”, la compañera de viaje en el avión de regreso, e incluyendo en el número, por supuesto, a las treinta niñas acogidas en el Hogar Niña María, con las que pasé una agradable mañana de sábado, viendo sus actividades, comiendo helados, contestando a sus innumerables preguntas, tratando inútilmente de aprender sus nombres y fotografiándome con cada una de ellas. Hablar de toda esta gente, mencionarla al menos, lo dejo para una próxima ocasión… Será otro día.

Luchas y tesoros

Luchas y tesoros

Supongo que fue el asfalto de las calles, o la llegada del primer televisor, lo que acabó con las “luchas”, con esa despiadada forma de jugar que nos llevaba a agruparnos en pandillas y pelear, unos contra otros, a pedradas… Visto con la distancia que, en el tiempo, me separa de la Calle de Atrás, se me ocurre pensar que aquello era jugar a vivir, lo mismo que las tómbolas que hacíamos para rifar nuestros tebeos, los circos que imitábamos o cualquier otro de los juegos que inventáramos y que, con el paso del tiempo, ha terminado por perderse.

         La casa de mis abuelos, en la Calle de Atrás, tenía un corral grande, al que se salía desde la cocina por una puerta de madera con cristales, o se entraba por los postigos, si uno venía de fuera de la casa. Junto a la primera crecía una parra que, además de uvas, daba sombra en los días de verano; al lado de las portadas, un porche de cañas y la sarmentera donde se apilaban las gavillas que avivarían el fuego del invierno, hacían el mismo papel. El patio era mi refugio y allí pasaba muchos de los ratos que me dejaba libre la escuela o en los que no estaba en la calle, jugando con Domingo al juego que estuviera de moda. Allí podía entretenerme con el zompo o las bolas del “gua”, sin ayuda de nadie; jugar incluso a las chapas, tirando a la vez con dos “chavos” para hacer mi propio papel y el de un rival imaginario… y, sobre todo, escondiendo mis tesoros en la tierra.

         Así como para luchar era necesario entrar en una banda y encontrar otra con la que apedrearse, para hacer un tesoro prefería esconderme entre las enjalbegadas tapias de mi patio y que no me vieran. Por un lado porque nadie debería saber dónde se encontraban enterrados aquel puñado de silvestres margaritas que rodeaban un cromo, una canica de barro cocido o cualquier otra fruslería que, cubiertos por un pedazo de cristal y tapados con tierra, volverían a aparecer ante los ojos de quien, con sumo cuidado, frotara con los dedos en el lugar exacto; y, por otro lado, porque éste (como las parejillas, la comba y tantos otros), era un juego de guachas y me hubiera avergonzado que alguno de mis amigos, con los que iba a la lucha, me sorprendiera en ello.

         De cualquier modo todo ello pasó y, como tantas otras vivencias de aquel tiempo, ha quedado relegada al olvido de donde sólo borrosamente (como si con los dedos frotara la tierra para ver el tesoros que celosamente guardé bajo un pedazo de cristal), aparece de tarde en tarde, sin que pueda saber muy bien si fue el asfalto de las calles, o la llegada del primer televisor al casino, lo que acabó con aquellos juegos.