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Ramón de Aguilar

LO QUE ESCRIBO

Levantada ya la niebla

Levantada ya la niebla

            Llegó al pueblo al oscurecer, a la hora en que se recogían los niños cuando él lo era y tenían que guiarse por el sol: los hombres del campo para ponerse a trabajar y para quitarse; los más pequeños, que habían salido con la merienda a la calle, para recogerse a hacer los deberes. Como si el tiempo no hubiera pasado, buscó el hotel que recordaba en la calle Mayor, la que entonces se llamaba de los Caídos. Tres escalones llevaban de la acera a la puerta principal, la que daba paso al zaguán con zócalos de mármol... pero el portón no cedió a su empuje y no había ni timbre ni picaporte a los que llamar, ni ventana a la que asomarse, ni cartel que anunciara que allí seguía estando el hotel de toda la vida. Lo habían cerrado. “Hace ya cinco o seis años” le explicaron gentes que no podía recordar, pero que quizás hubiera conocido en la niñez, y que le aconsejaron regresar a la carretera para hospedarse en el nuevo hostal, recién construido, frío en sus formas y en el trato de la recepcionista, la misma persona que atendía la barra del bar, que le serviría la cena poco después, que lo acompañaría hasta una aséptica habitación del último piso, sin otro encanto que la vista de la ventana: los tejados de las últimas “Casitas de Papel”, el barrio de su infancia, al pie del cerro donde volvían a girar las aspas de los molinos, coronados con un cielo cada vez más oscuro, cada minuto más negro, pero malva y dorado todavía en el lejano horizonte. Era otoño y el día agonizaba ante sus ojos. Desde la plazoleta cercana, la misma en la que años antes él jugara, le llegaron otras voces infantiles y, por un instante, tuvo la sensación de estar allí abajo, todavía con el babero de rayas azules y blancas, con la cartera de plástico bajo el brazo o la merienda entre las manos, mientras el humo de las chimeneas se aviva a medida que los hombres regresaban del campo y removían la lumbre para quitarse de encima el frío que les atería, las mujeres empezaban a preparar la cena y la lejana campana de la ermita tañía como en ese momento, tantos años después, volvió a repicar para sacarlo de su ensimismamiento y devolverlo a las prohibiciones de aparcamiento que habían brotado al pie de la acera, a los tubos de neón que anunciaban una cercana discoteca, al ámbar parpadeante que frenaba a los coches que llegaban al pueblo, a las antenas parabólicas que coronaban los tejados y, aunque no habría de saberlo hasta el día siguiente, cuando lo viera camuflado detrás del altar mayor de la iglesia, el equipo estereofónico que había sustituido al coro de que formara parte siendo niño.

            Después de cenar, guiado por la nostalgia, deambuló por todos aquellos lugares tantas veces recordados: la casa de su infancia, la iglesia, el cine, la escuela...la vieja escuela en la que, siendo niño, aprendió algo más que a leer o a escribir, a multiplicar o conjugar los verbos; y que ahora, bañada por la amarillenta luz de las últimas farolas, se mostraba abandonada y ruinosa a sus ojos. Se asomó a la ventana sin cristales de la que en otro tiempo fuera su aula: Estaba vacía; en las desconchadas paredes aún se adivinaba el antiguo zócalo azul que, por su color, le hacía soñar que un mar que entonces aún no conocía, que nunca había visto fuera de la pantalla del cine; un rayo de luz, como escapado del resplandor que a duras penas iluminaba la calle, se estrellaba contra la cuarteada pizarra negra que, así, parecía bañada por la luna; trató de verse a sí mismo resolviendo una división con la tiza en la mano mientras sus compañeros, temerosos de ser sacados a la tarima, permanecían en silencio, sentados ante los pupitres de madera, con el tintero lleno y un lápiz mordido entre los dedos… Allí había recibido, en forma de cuento, la lección que más lo había marcado en la vida.

            Era el maestro un hombre serio, poco risueño, al que una pertinaz tristeza hacía aparentar más años de los que en realidad tendría. Muchas veces, mientras alguno de los alumnos leía en voz alta la lección, y todos los demás permanecían callados, él perdía la mirada por aquella misma ventana, ahora sin cristales, y se ausentaba de la clase sin salir del aula, como si se hubiera marchado a otro lugar y, pese a la presencia de su cuerpo, ya no estuviera entre ellos… Ni siquiera los más alborotadores, los que se sentaban en la última fila de bancos, se atrevían entonces a decir una sola palabra; todos esperaban a que volviera lentamente la cabeza y, como si despertara de un sueño, indicase con voz muy pausada que podíamos salir al recreo… Una vez, sin embargo, una tarde de invierno en el que los tejados de las casas, las calles del pueblo y todo el campo que se alcanzaba a ver desde detrás de la escuela hasta el cerro de los molinos en ruinas y hasta el horizonte que no ponía fin a la llanura manchega, habían amanecido cubiertos de nieve, cuando el maestro volvió de su ausencia pidió a los niños que se acercan a la estufa con sus sillas e hicieran corro. Les iba a contar un cuento. Ninguno de ellos, por muy mayor que se sintiese, se atrevió a reír y él, mirándolos fijamente, les narró la historia del tío Cosme: un hombre que vivía en su molino, cuando los molinos aún molían, y al que todos tenían por loco porque decía que amaba a la gente, “tanto a los buenos como a los malos –precisaba–, a los niños y a los adultos, a los hombres y a las mujeres, a los pobres y a los ricos”… y así hasta que se cansaba de enumerar. Lo tenían por loco, pero no se reían de él y hasta su molino acudían los enfermos, cuando el médico no conseguía curarlos; los campesinos que necesitaban consejo, cuando la cosecha se torcía; las mujeres que habían olvidado las proporciones justas de las recetas de antaño, ya fuera la de un guiso de gallina, la del jabón de tocador, la de una cataplasma para los salpullidos de la piel o la de un elixir de amor; los niños que discutían por las reglas de los juegos que habían aprendido de sus padres… y hasta los perros abandonados, que a su lado encontraban un pedazo de pan y una caricia sobre el lomo apaleado.

            “Pero ellos, aunque les costase reconocerlo, también lo querían –continuaba contando el maestro, tras hacer una inflexión en la voz, que indicaba que se acercaba el desenlace–. Y, cuando llegaba el invierno y amanecía un día nevado como el de hoy, y las sendas se hacían intransitables, todos se inquietaban pensando cómo estaría el tío Cosme, qué necesitaría, aislado su molino… Así que, tan pronto como podían abrirse paso por entre la nieve, subían a verlo, cargados de leña, de la miel cortada de sus panales, quesos y requesones de sus cabras, mermeladas de ciruelas y de tomate… o todo aquello de lo que cada uno se pudiera desprender”.

            El maestro omitió la moraleja. Pero él, en medio de la noche, en mitad de un silencio que apenas era mordido por los lejanos ladridos de un perro, seguía recordando cada uno de los detalles de aquel relato, las inflexiones en el timbre de voz del narrador, los pensamientos que podían leerse en los ojos de cada uno de sus compañeros de escuela: desde el que quería ser como el tío Cosme, al que querría llevarle su única bufanda un día de nieve o el que, como él, anhelaría ser maestro algún día, para contar esa historia a los niños de otros lugares.

            No lo había sido pero, después de tantos años, la nostalgia de aquellos sentimientos que anidaron en su corazón habían guiado sus pasos, regresándolo al pueblo que abandonara en plena niñez.

            De vuelta al hostal trató de averiguar si aún vivía el maestro.

– Sí –le contestaron–, todavía vive; pero hace muchos años que perdió la cabeza… Se fue a vivir a uno de los molinos del cerro, que ahora están restaurados; dice que se llama Cosme y que fue molinero.

            Lo despertaron los gallos con su canto. Abrir los ojos fue como cerrarlos para sumergirse en un lejano sueño en el que, a través de la ventana del hostal, podía disfrutar de los primeros rayos de sol, abriéndose paso por entre la niebla otoñal, y el lento desperezarse de un pueblo que se ponía en movimiento: tractores que salían al campo; mujeres que dejaban la cama, todavía caliente, para ir a buscar la leche y el pan; niños que se apuraban para ir a la escuela, y un herrero lejano que comenzaba a golpear candentes hierros sobre el yunque.

            Pagó la habitación y guardó el equipaje en el maletero. Compró queso y vino de la tierra en un supermercado que en nada se parecía a las tiendas de su niñez, ni siquiera en el aroma inconfundible que componían la mezcla de olores, entonces destapados y ahora envasados al vacío: el de las legumbres, el bacalao, las galletas de coco, el tonel de las aceitunas, la cuba de las sardinas, la lata de la mortadela, la del bonito en aceite o escabeche y hasta el del mismo papel de estraza que serviría para envolver las pequeñas cantidades compradas de fiado. Luego recogió un folleto en el Ayuntamiento, en el que se le recordaba la historia del pueblo y se le recomendaban algunas rutas a pie. Visitó la iglesia. Hizo fotos y, por último, levantada ya la niebla, encaminó sus pasos hacia las última calle de las “Casitas de Papel”, desde la que salía la senda, ahora convertida en camino, que llevaba a los molinos; ya antes de llegar a la cima, pudo vislumbrar al viejo maestro, sentado en la puerta de su nueva morada, rodeado de perros y con la vista clavada en el punto por la que él aparecía. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al reconocer el molino en el que siempre había imaginado al tío Cosme, cuando recordaba su historia; y en tal se había convertido el maestro, con la cara arrugada, el pelo y la barba canos.

            Quiso que su antiguo maestro, por una vez, se sintiera identificado con el nombre por el que lo buscaban:

– Tío Cosme –lo llamó.

            El anciano se volvió hacia él.

– ¿Me conoces?

– Claro que lo conozco. Usted me enseñó a leer.

– ¿Seguro? Yo siempre fui molinero.

– Sí, siempre fue molinero, pero también me enseñó a leer y algo más importante.

El viejo le miró a los ojos, como si tratara de reconocerlo, como si quisiera rescatar su recuerdo de entre los de tantos niños como lo habrían tenido por maestro; pero no dijo nada. El hombre continuó:

– Usted me enseñó también a pensar… y, lo que es más importante, a amar a todos, ya fueran buenos o malos, niños o adultos, hombres o mujeres, pobres o ricos.

            El maestro, que había elegido imaginarse molinero, colocó su mano descarnada y temblorosa sobre la suya.

– Hijo mío –le dijo–, entonces te enseñé cuanto sabía.

            Y los dos quedaron en silencio, cogidos de la mano, al pie del molino y con la vista perdida en un horizonte que no ponía fin a la llanura manchega.

No leas poesía

No leas poesía

(Parodiando un escrito de Marco Antonio de la Parra, leído hace muchos años en el desaparecido periódico “El Sol”, y al que pertenecen las bellas frases entrecomilladas)

 

Ten cuidado, mucho cuidado: No leas poesía porque, si lo haces, se romperá tu rutina y en tu vida, “amaestrada por los hábitos y la existencia programada, entrará el aliento quemante del poema”.

La poesía cambia nuestras vidas, da color a los días grises, amplía el horizonte, ilumina las miradas y nos abre el corazón... Si la lees terminarán por “preguntarte en el trabajo qué te pasa, qué te ha sucedido”. Si no quieres ser más bueno o  más sabio o más tú, no leas poesía o “notarás sus devastadores efectos: la esponjosidad del pensamiento, la tendencia al desvarío, el profundo paladeo del lenguaje, los ojos que miran de otro modo lo que antes parecía opaco, mudo, indiferente...”

Que no te engañen. La poesía es para los niños y los locos, para los enamorados de la vida, los románticos melancólicos, los eufóricos visionarios... La poesía es para los insatisfechos e inconformistas, para los rebeldes comprometidos, para los soñadores... No la leas o “desaparecerá lo obvio de tu vida... Se convertirá tu existencia en un huerto de destellos... Amanecerá”

Los lectores son una especie en extinción y tú tienes toda la vida por delante: el progreso, el triunfo y la conquista... Que nadie te confunda con un “ser imaginario, elfo, enano o dinosaurio”.

“Los poemas son como mariposas, epifanías, instantáneas del alma, conjuro de una mirada hecha verbo, sonido, imagen, cristalización que crea adictos, que deja marcado para siempre, que exige generosidad, poros abiertos, riesgo de vida o muerte en su lectura”. No digas que no te lo advertí, que no te he prevenido: No leas ni un poema, ni un verso, ni una sílaba, “quédate fuera de un universo explosivo, de un territorio donde no existen los límites, de una catarata de visiones, de una constante profecía”

Te lo repito por última vez: No leas poesía; ni un poema, ni un verso, ni una sílaba... Si caes en la tentación, estás perdido, serás otro, se te cambiará la vida, se iluminarán tus días grises y tu sonrisa:

El horizonte y el corazón se te han de abrir si lees poesía.

Ocho minutos de Navidad

Ocho minutos de Navidad

   "Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, saca la bota María que me voy a emborrachar..." Álvarez, al volante de su coche, cantaba villancicos, aunque no pensaba celebrar la Navidad. Era el veinticuatro de diciembre del año en el que sucedieron estos hechos y algo se le había pegado del ambiente, de las luces navideñas que, a la altura del frontón, daban la bienvenida al pueblo a los valencianos, o sea, a aquellos que un día lejano se fueron a trabajar a Valencia y mantuvieron su casa para seguir regresando al pueblo; o a los hijos de estos; o a los amigos de unos y de otros que vinieron un día por las fiestas, o por la Virgen o en otras Navidades más lejanas y, desde entonces, se hicieron también un poco de aquí… como empezaba a pasarle a este hombre, que llevaba ya varios meses viviendo en el hostal, sin que nadie supiera muy bien de qué.

   Cuando días después, acodado como otras veces en la barra del bar y con su tercera cerveza a medias, me contó lo que le había ocurrido aquella noche del veinticuatro de diciembre, Álvarez trató de excusarse a sí mismo alegando que cuando sucedió estaba bebido.

   — La embriaguez —le alegué yo en plan moralista—, debería ser un agravante en vez de un atenuante de los delitos, porque el que bebe se pone voluntariamente en estado...

   —Déjese de rollos y permítame acabar la historia -me cortó él, con la misma amabilidad que en otras veces me había dicho pesado, pedante o piropos
similares.

   El caso es que el hombre, en ocasiones, se sentía solo y, pese a los amigos que iba haciendo por el pueblo, a veces sentía nostalgia de esa familia que debió de tener en la niñez, o de alguna pareja de la que nunca nos habría hablado, o de los conocidos que dejó en su tierra natal... Y el vacío u otras carencias le empujaban, de tarde en tarde, a buscar la compañía de alguna...

   — ¿Puta?... ¿se dice "puta"? — me preguntó casi desafiante, como si la culpa de lo que le pasó fuera mía o fuese yo el responsable de las palabras que se usan en esta historia.

   — O meretriz, o ramera, o prostituta, o chica de alterne, si así le suena más suave.

   — ¿Y si son sólo niñas empujadas por el hambre o por el miedo, que lo último que querrían hacer en esta vida es lo que están haciendo?

   Me puse serio. Los ojos de Álvarez se habían humedecido y, aunque no llegarían a derramar ninguna lágrima, comprendí que su tristeza venía de más allá de las cervezas que lo había puesto nostálgico y locuaz.

   — Diga simplemente que necesitaba la compañía de una mujer... Cualquiera puede entenderlo.

   — De una muchacha... Y le juro que no es sólo por echar un polvo. Son las ganas de hablar y ser escuchado de otra manera, de que unos ojos se beban tus palabras, de sentirte deseado, admirado, importante... Las ganas de que una mujer bonita te coja la mano, te acaricie la nuca y te diga unas frases al oído, aunque tú sepas que no son sentidas y que toda la magia se esfumará en cuanto aceptes su propuesta y os quedéis a solas, desnuda ella, desnudo tú y desnudo el cuarto desangelado, donde ya lo único que desea de ti, lo único que le interesa, lo único que pretende es que acabes cuanto antes... quizás porque siente asco y quiere pasar el mal rato rápidamente, como el niño que se traga la medicina que le repugna o el recluta que limpia las hediondas letrinas.

   Álvarez había oído cantar villancicos toda la tarde. Sonaban en la emisora local que tenían sintonizada en los comercios, en los programas de televisión que ambientaban los bares, los cantaban los niños que pedían el aguinaldo por las calles... Había cenado solo en el hostal, en su mesa de siempre, y luego, cuando salió con la intención de tomarse una copa con alguien, se encontró con que todo estaba cerrado. Las familias se reunían en las casas o cenaban con los amigos. A eso de las doce vio a la gente acudir a la iglesia para la Misa del Gallo. No era él hombre de misa, pero se asomó y, en medio de la algarabía, se sintió aún más solo. Decidió regresar al hostal y encerrarse en su cuarto a ver la televisión en compañía de una botella de güisqui. No tenía sueño y la programación navideña, regada con el alcohol, terminó por hundirlo en la melancolía que, a eso de las dos de la mañana, lo devolvió a la calle y le hizo coger la carretera.

   Aunque no asiduo, en el club ya era hombre conocido. Últimamente repartía sus visitas entre dos hermanas dominicanas, Cecilia y Leonor.

   — Es por el morbo, ¿sabe? Como son hermanas... Por lo demás lo mismo da una que otra; ni siquiera sé cuál de las dos es la mayor o la más joven, porque ninguna debe llegar a los veinticinco. Ya le he dicho que lo importante es la espera, mientras te haces de rogar y te dejas querer. Luego, cuando salgo del reservado, aún me quedo allí en la barra hasta que cierran, tomando otra copa, haciendo tiempo y, si no hay gente, pues hablando con ellas que ya no pretenden nada y, aunque de otra manera, siguen siendo una compañía agradable.

   Eran ya las cuatro de la mañana, era ya 25 de diciembre cuando empezaron a apagar luces y Alvarez se dispuso a salir.

   — Espera un momento —lo llamó la muchacha con la que había estado aquella noche-. ¿Nos puedes hacer un favor?

   Él se ofreció, con una caballerosidad etílicamente acentuada.

   — Acércanos a la cabina del pueblo, para llamar por teléfono.

   — ¿A estas horas?

   — En Santo Domingo son todavía las once de la noche, aún no ha nacido el Niño Dios.

   Las esperó en el coche, aunque ellas le dijeron que podían volver andando. A través del cristal las vio pegarse al teléfono, cara contra cara para alcanzar las dos al audífono, cuerpo contra cuerpo para arrebujarse del frío. Vio a la una marcar el número de la tarjeta que la otra le leía, luego el que se sabían de memoria y, en medio de aquel silencio de helada madrugada de diciembre, le pareció incluso escuchar los tonos que marcaban la llamada.

   — Mamá...

   — …

   —No podemos hablar mucho, sólo nos quedan ocho minutos en la tarjeta.

   Ocho minutos para decir "Feliz Navidad", para escuchar las voces queridas tan cercanas como si los seres amados estuvieran ahí mismo, como si cerrando los ojos y estirando el brazo pudiera acariciarse la cara de la madre, el pelo de la hermana pequeña o alzar en brazos al hijo que se quedó esperando el regreso.

   — Sí, papito, claro que sí, te llevaré un camión grande... sí, de bomberos... sí, con una escalera que llegue al cielo.

   Ocho minutos para decir que todo va bien, que el trabajo es bueno, que la ciudad es bonita, que los jefes las estiman, que comen mucho, que no pasan frío, que no se preocupen.

   Al otro lado todos se pelean por pasarse el teléfono, todos quieren decir "feliz Navidad"... Pero el tiempo vuela. Ya sólo un par de minutos para preguntar si llegó el último dinero enviado.

   — Es para la cuota, que no se pase el plazo —suplican más que recuerdan—, y para los regalos del Niño Dios. Cómprenle a Nicolás Alberto el camión y paguen la cuenta del almacén. La semana que viene mandaremos para lo del tejado, pero que lo arreglen.

   — …

   — Adiós mamá, se va a acabar... adiós... adiós... adiós...

   Hasta Álvarez llega ahora el tono repetido de la comunicación cortada.
   Las dos hermanas se vuelven hacia el coche. Está a solo dos pasos, pero ellas siguen abrazadas. Leonor rompe a llorar tan pronto como se han sentado. ¿O será Cecilia quien se sorbe las lágrimas? Álvarez no lo sabe porque no se atreve a mirarlas, ni siquiera cuando se bajan, de nuevo le dan las gracias y juntas, muy juntas, vuelven al club, ya con la puerta cerrada y las luces apagadas hasta el día siguiente.

Los libros de cada casa

Los libros de cada casa

             El pueblo era pequeño aunque se sentía grande. Las calles más importantes tenían aceras de cemento, que permitían no llenarse los zapatos de barro durante los largos inviernos en los que, si dejaba de llover, era porque iba a nevar. Las mejores casas estaban en el centro; eran las de los ricos, las de las familias que tenían apellido, panteón en el cementerio y jornaleros que se quitaban la boina para saludarles; las puertas de la calle siempre permanecían cerradas y relucientes, con picaportes y aldabas de bronce a los que ningún niño osaba tocar… Lo que hubiera en esas casas era un misterio para quien cuenta esta historia. Las imaginaba atestadas de muebles pesados, maderas nobles que olían a perfumadas ceras; lámparas en cuyas lágrimas de cristal la luz se descomponía en brillantes colores; mullidas alfombras, tal vez traídas del lejano oriente para silenciar los pausados pasos del señor, vestido de batín y con bufanda al cuello; dorados pomos y manivelas en las puertas; un cuarto de baño con azulejos blancos y una bañera grande que se podría llenar de agua caliente; un patio sin conejos ni gallinas, sin gorrinera, con árboles que no tendrían la obligación de dar fruto; rosales y otras flores sin nombre conocido… Pero todo esto lo imaginaba tal y como lo muestran en las películas, porque entrar, nunca entró a ninguna y no supo, por lo tanto, si también tenían una librería con cristales que protegieran del polvo libros antiguos, heredados de un antepasado que leyera el Quijote, a Blasco Ibáñez o folletines encuadernados con tapa dura, forrada en tela y con estampaciones en oro.

            Los guardias civiles vivían en el cuartel con sus familias (mujeres y niños forzados, por la profesión del padre o el marido, a convivir en un espacio tan reducido que resulta extraño qué la situación no haya dado origen a más novelas). Los maestros y comerciantes, los empleados de los bancos y las oficinas, algún profesional que trabajaba por su cuenta (ya fuera herrero o albañil, carpintero o pintor), ocupaban los primeros pisos que se construían o las casas baratas que podían pagarse en cuotas mensuales. En las viviendas había tres habitaciones y un sólo y minúsculo cuarto de baño, con media bañera. La cocina y alguna de las alcobas daban a un patio en el que crecía un jazminero entre macetas de claveles, mientras en un rincón se apilaba la leña que alimentaría la estufa en el invierno (el mismo de antes, el de las lluvias pertinaces y las copiosas nevadas). El olor de los leños se hacía más intenso cuando se mojaban con los aguaceros de los primeros días del otoño, apenas había terminado la vendimia... El resto de las habitaciones daban a una calle ancha, por la que, al atardecer, paseaban los novios cogidos de la mano; o a una plaza en la que los niños jugaban al “pillao” y al escondite, al corro de la patata y a adivinar con quién se casaría la niña que fuera a por las llaves del castillo que, como todo el mundo sabe, estaban (no sé si todavía), en el fondo del mar. Sobre los tejados de algunas de estas casas crecían las primeras antenas de televisión y, en las pequeñas salas de estar, un Inter o un Telefunken ofrecían las noticias del telediario, los programas infantiles de Herta Frankel y la perrita Marilín, las telecomedias de Jaime de Armiñán, las novelas que sólo duraban una semana, las galas musicales de los sábados y las series norteamericanas… en blanco y negro, como todo lo demás. Junto al televisor, un tocadiscos y varios discos de moda (los Cinco Latinos, José Guardiola, Filippo Carletti y su Cuarteto…) y, en algunas casas, hasta cuatro o cinco libros: novelas de Gironella y de Martín Descalzo, vidas de santos, un libro de teología que nadie leería nunca ni nadie hubiera podido entender, algunos cuentos infantiles con dibujos y, fuera del alcance de los niños, un ejemplar de “La Codorniz”, comprado a escondidas en la capital.

            A la mayoría de las casas, sin embargo, se entraba por el corral. Las cocinas tenían chimenea y la lumbre no sólo servía para calentar, sino también para guisar y alumbrar a la familia a la hora de comer. En muchas de ellas había pajar y cámara. Tampoco solían faltar ni la cuadra ni el gallinero, ni las conejeras, ni la cachera para el cerdo. El agua se sacaba del pozo y un pedazo de espejo, cogido con yeso a la pared del patio, sobre una pila de piedra, hacía las veces de cuarto de baño, junto a una maceta de geranios y una mata de dompedros. La radio empezaba a hacerse un hueco que, con el paso del tiempo, habría de corresponderle a la televisión… pero, por aquel entonces, cuando la luz llegaba a 120 voltios a través de cables aislados con tela y trenzados en cordón, eran los modernos aparatos de válvulas, Marconi o Telefunken, quienes, después de calentarse, traían las noticias del país y del mundo, o el entretenimiento en forma de concursos emitidos en directo, radionovelas escritas por Sautier Casaseca, soluciones para los problemas en consultorios como los de Elena Francis, risas y sonrisas con las peripecias de “Matilde, Perico y Periquín” o las primeras incitaciones al consumo con tonadillas como las de aquel negrito del África Tropical, que invitaba a tomar Cola-Cao. En algunas de estas casas, junto a la radio y un puñado de tebeos, que acabarían guardados en la cámara dentro de un baúl, convivían también algunas novelas de kiosco; novelas del oeste escritas por Marcial Lafuente Estefanía (que en realidad eran un padre y dos hijos, escribiendo a destajo con la ayuda de unas fichas que combinaban de una y mil maneras, gracias a un sistema que ellos habían inventado); novelas de amor de Corín Tellado (una asturiana que se llama María Socorro Tellado López, quería ser escritora de libros con tapa dura, y escribía novelas eróticas que la editorial Bruguera publicaba como traducciones de una imaginaria autora inglesa); novelas de ciencia ficción de George H. White (un valenciano que se llamaba Pascual Enguídanos Usach y empezó a escribirlas porque se había quedado en el paro, cuando eso no se pagaba, y no tenía más patrimonio que una máquina de escribir portátil… Quizás se murió sin saber que era escritor, que sus novelas se traducían y leían en Estados Unidos, que se escribía sobre ellas en las más prestigiosas revistas de “SF”); novelas policíacas de Silver Kane (que en realidad se llama Francisco Fernández Ledesma y no podía publicar sus libros de “verdad”, porque era un rojo fichado al que, cuando cambió el régimen, le llovieron premios como El Planeta, el Semana Negra de Gijón y otros muchos y bien merecidos). La gente que tenía estas novelas no necesitaba comprarlas. Con dos o tres en casa eran suficientes porque vivían en ese pueblo que se sentía grande... Acaso les hubiera ocurrido lo mismo en cualquier otro lugar, porque quizás también en otros pueblos habría kioscos como el de enfrente de correos, o los del paseo; donde, cada vez que las leyeran, podían cambiarlas por otras, pagando unos pocos céntimos, según como estuvieran de gastadas… Del mismo modo que era posible estar leyendo siempre tebeos (si no querían guardase en el arca de la cámara), cambiándolos cuantas veces se deseara… Y hasta se podían alquilar: Pagar esa calderilla para leerlos allí, dentro del kiosco, sentados en una silla de enea, mientras la tarde del domingo moría lentamente y tal vez llovía sobre los olmos o, si dejaba de llover, era porque a lo mejor iba a nevar de nuevo.

Palabras por Villapalacios

Palabras por Villapalacios

         Hasta bien entrados los años setenta, Villapalacios formó parte de un mundo casi mágico, situado de forma imprecisa en el sur de la provincia de Albacete (casi en su límite con Andalucía), y en un pasado tan lejano que yo ni siquiera había nacido. Era uno de esos pueblos que mi padre nombraba cuando recordaba su infancia y que, como Alcaraz, Bienservida, Povedilla, Siles, Salobre, Reolid y otros, servía de escenario a sus cuentos, romances y retahílas. Con él tuve ocasión de conocerlo cuando, siendo ya mayor, le hice de chófer en un viaje de trabajo que tuvo que hacer hasta allí. En Villapalacios acababan de reestrenar fuente y plaza mayor; creo que también la iglesia la habían remozado y el conjunto de suelo y tapias empedrados nos impresionó hasta el punto de que guardé su recuerdo todos estos años. Nunca más había vuelto a subir hasta sus calles, pese a que varias veces, camino de Córdoba o de Jaén, había visto quedarse el pueblo en lo alto, a la derecha en la carretera.

         En Villapalacios, además del encanto de su nombre y sus paisajes, de sus cultivos y su ganadería, de sus balnearios y otras gracias (como su peculiar léxico, el “paloteño”), convocan desde hace tres años un certamen literario (“Palabras por Villapalacios”), al que, por todo lo que acabo de contar, siempre me he presentado con la esperanza de que, si algún día ganaba, tendría una buena razón para volver a sus calles y revivir aquel paseo que di casi de la mano de mi padre. A la tercera fue la vencida y este año el jurado me dio el premio de poesía, algo que siempre me confunde un poco, porque yo no me considero poeta y lo que de verdad quisiera ganar sería los premios de relatos... Pero el caso es que regresé a sus calles empedradas y conocí a algunas de sus gentes, que me trataron con sincera cordialidad y me permitieron asomarme a su mundo: historias, costumbres, leyendas, anécdotas que van a pasar a formar también parte de mi vida.

          … Espero tener ocasión de volver (aunque sea sin premio), y mientras llega el día,

 

PÁGINA EN OBRAS... En breve la restauraré 

         

19 de diciembre de 1976: Cuando llegué a Chillán

19 de diciembre de 1976: Cuando llegué a Chillán

            Como es domingo y no he tenido que ir al cuartel, me he pasado la tarde escribiendo en casa. Bueno, como siempre me ocurre, he imaginado mucho y he escrito poco. Aunque quizás hoy tenga un motivo: Estoy nervioso. Nervioso e ilusionado porque el viernes voy a subir en avión por primera vez. El brigada Ventura se ha ofrecido a ocupar esa mañana mi puesto de soldado raso, para que yo pueda pasar la Nochebuena en casa. Volaré hasta Valencia y, desde allí, me iré con el tío Flores hasta Albacete… Mientras pensaba en el viaje y trataba de escribir el relato de un parado que busca trabajo a través de los anuncios de un periódico, he hablado a ratos con Hugo Francisco, nuestro compañero de cuarto chileno. Me cuenta historias de su país y yo me acuerdo de mi amiga Orieta, de Iquique, de la que no sé nada desde el golpe de estado de Pinochet. La última vez que supe de ella, estaba a punto de casarse, así es que no sé si es una de las tantas personas desaparecidas o si es que, una vez casada, no ha podido seguir escribiéndome. Algún día iré a Chile y buscaré su nombre entre la lista de los desaparecidos que, cuando la situación cambie, se grabaran en mármol en el cementerio general de Santiago. También algún día, dentro de muchos años, cuando el relato del parado que busca trabajo siga inconcluso, situaré en Chile uno de mis cuentos preferidos, el de Cuando llegué a Chillán.

 

          Llegué a Chillán a las cuatro de la tarde y no me fue muy difícil encontrar la casa. Las indicaciones que Felipe me había dado eran precisas y suficientes, pero la distancia que tuve que andar era mucho mayor de lo que había imaginado en un principio. Cuando me vi frente al bloque de hormigón, hice un alto en el camino y lo contemplé antes de empezar a subir la escalera. Las ventanas no tenían cristales, nunca los habían tenido y el frío entraba a raudales para quedarse a pasar la noche entre aquellas paredes sin pintar. A la altura de la segunda planta alcancé a ver el horizonte por el que se ocultaba el sol de las cinco de la tarde... Era la misma hora a la que tres años antes los policías del DINA habían irrumpido en mi casa tirando la puerta de una patada y me habían llevado con ellos, tras poner patas arriba mi apartamento de Maipú y no encontrar a nadie más a quien arrestar. Yo, inspirado o ingenuo, les había mostrado mi pasaporte español; hacía años que estaba caducado y en la foto amarillenta del niño que fui resultaba casi imposible reconocer al hombre que era... Mi madre había muerto poco después de traerme al mundo y yo había llegado a Chile con mi padre, para trabajar en las minas de cobre; cuando también él murió en un accidente, yo me trasladé cerca de la capital para estudiar en la Pontificia Universidad Católica y ganarme la vida con lo que saliera, siempre que me diera para comer y seguir estudiando; nunca había vuelto a España ni ya tenía necesidad de hacerlo; me sentía un chileno más, uno de los millones que, con entusiasmo, habíamos celebrado la llegada de Allende al poder y uno de los miles que, al ser derrocado, era buscado por la policía política.

            El día que llegué a Chillán, mi única documentación era ya aquel pasaporte con la foto del niño que fui. A base de golpes había olvidado hasta el número de mi cédula chilena; de hecho desde el primer momento, desde la primera noche en el Estadio Chile, todos habían empezado a llamarme “El Español”. Allí fue, entre las gradas en las que unos a otros nos arrebujábamos, para protegernos del frío y del miedo, donde había conocido a Felipe... Y juntos continuamos hasta el final; primero hasta el campo de concentración de Tejas Verdes y luego, como compañeros de barracón, hasta el día en que, inesperadamente para mí y en cumplimiento de sus vaticinios, fui puesto en libertad. “Como eres español, te soltarán pronto. Ya lo verás    --me decía a veces--. Yo me moriré aquí”. Y morirse allí no era tan difícil, aunque lo más fácil era desaparecer un día, ser llamado y salir para siempre de Tejas Verdes; sólo que entonces no sabíamos que los que se marchaban no llegaban a ningún lugar. Quizás por eso el día que a mí me tocó sentí más desconcierto que temor. “¿Lo ves? –me felicitaba Felipe--. Sabía que saldrías de aquí. No te olvides de hacer lo que te he pedido y llévale a Bárbara esta carta”. No pude comprender dónde ni desde cuándo guardaba aquel sobre... cómo había podido escribir ni de dónde había sacado el papel... tal vez cuando estuvieron los de la Cruz Roja, aunque de eso ya habían pasado casi dos años.

            Felipe me había pedido que fuera a Chillán. Me lo había pedido muchas veces, sobre todo cuando el asma lo ahogaba y se creía morir. “Prométeme que, cuando salgas, irás a Chillán y buscarás a mi mujer”. Le prometí que lo haría. Quizás yo fuera la única persona del campo que sabía que su mujer se llamaba Bárbara y que estaba en aquella ciudad del Biobío, viviendo con la suegra. “Si se enteran –me susurraba al oído--, también la detendrán a ella”. Yo pensaba que si el DINA hubiera querido apresarla ya la tendrían en campo de concentración hacía tiempo, en Tejas Verde o en cualquiera de los otros muchos que debía de haber a lo largo del país, aunque eso entonces no podíamos saberlo. Cuando a Felipe lo apresaron vivían en Santiago, al otro lado del río Mapocho y ella estaba embarazada; sólo un año más tarde, gracias a un voluntario de la Cruz Roja, pudo saber que se había refugiado en Chillán, junto a su la madre de él, y que allí había nacido su hija Panchita. “Mi mujer es más joven que yo –seguía contándome--, casi de tu edad... Tú estás sólo y no tienes dónde ir, así es que, cuando salgas, te vas  buscarla y le dices la verdad, que yo ya no voy a volver, que te dé cobijo. Si os tenéis el uno al otro, para los dos será más fácil y para Panchita también”. Unas veces me reía y le decía que estaba loco, pero otras me enfadaba de verdad y me entraba coraje porque para vivir, en ocasiones así, más que huevos, a la vida hay que echarle ilusión...y Felipe ya no la tenía.

            ... Y por fin estaba en Chillán. Terminé de subir la escalera y pulsé el timbre de la puerta derecha en la que, como él me había explicado, lucía una imagen del Sagrado Corazón. Pero el timbre no funcionaba y tuve que golpear con los nudillos. Oí pasos al otro lado de la puerta y alguien descorrió la mirilla para ver quién llamaba. Me presenté sin esperar a que me preguntaran. “Vengo de Tejas Verdes... de parte de Felipe”. La mujer que me franqueó el paso era muy mayor. Imaginé que sería la madre. “Adelante”, me invitó. En el interior sólo había una mesa desnuda con cuatro sillas a su alrededor y, pegado a la pared del fondo, un mueble pequeño con un televisor y un aparato de radio. Sobre un de las sillas se sentaba una niña, que debía de ser Panchita y que estaba pintando con colores en un cuaderno. Alzó la cara y me sonrió. “Estoy dibujando un barco”. Me lo enseñó levantando la hoja llena de garabatos. “Es muy bonito”, afirmé a la vez que con mi mano le acariciaba los negros cabellos. La mujer, que había cerrado la puerta, me explicó que Bárbara estaba trabajando todavía. “No vendrá hasta dentro de una hora”. “Traigo una carta para ella”. “Puede sentarse si quiere. La televisión no va. Le encenderé la radio”. La vertiginosa voz del “Chacotero Sentimental” irrumpió en la sala rebotando contra las desnudas paredes. “¿Qué dibujo ahora?” me preguntó la niña. “Dibuja la luna”, le propuse recordando el cuento que su padre había inventado para ella y que más tarde, cumpliendo mi promesa, habría de contarle.

 

         “Cuando Panchita cumplió dos años su mamá Bárbara le hizo un enorme pastel de mango y chocolate y encima colocó dos velitas para que soplara. Papá, mamá, la abuelita, un pirata, una princesa y los hijos de los vecinos, que habían sido invitados a la fiesta, le cantaron el cumpleaños feliz. Entonces Panchita sopló muy fuerte y apagó las velas. Todos aplaudieron y ella se puso tan contenta que quiso hacerlo de nuevo. Papá sacó el encendedor del bolsillo y volvió a encender las velitas. Los invitados repitieron la canción y ella sopló otra vez... Y vuelta a empezar. Al cabo de un rato las velas estaban casi consumidas y todos, menos ella, cansados del juego. Así es que papá Felipe le acercó el encendedor a la ventana y, apagando las luces le dijo, a la vez que señalaba a la luna llena: Mira que vela más grande, a ver si puedes apagarla. Todos hicieron corro a su alrededor, entonces Panchita sopló todo lo fuerte que pudo y, ¡plaf! la luna se apagó dejándolos a oscuras... La niña aplaudió alborozada, pero papá, mamá y la abuelita estaban asustados, los niños de los vecinos se pusieron a llorar. Papá Felipe corrió a encender la luz. Los niños callaron, pero la princesa y el pirata habían aprovechado la confusión para desaparecer del cuento. ¡Otra vez, otra vez!, insistió ella. El papá volvió a encender el mechero y, esta vez sí, estiró todo lo que pudo el brazo, tratando de acercarlo lo más posible al lugar donde antes estaba la luna, que volvió a encenderse. Luego cerró corriendo la ventana y, aunque Panchita quería volver a soplar, le dijo: No, ahora vamos  a comernos la tarta, para que pueda acabarse el cuento”

 

            Hasta que llegué a Chillán y estuve dentro de la casa, hasta que conocí a Panchita y le acaricié las negras guedejas, hasta que me enseñó su dibujo del barco y me preguntó por el siguiente tema para plasmar sobre el papel con los únicos cinco colores que tenía, no había vuelto a acordarme del cuento que su padre había imaginado para ella. “¿De verdad lo has inventado tú?” le pregunté cuando me lo contó. “Sí. Así es que apréndetelo para contárselo cuando la veas. Lo he hecho para ella”. “Es muy bueno     –admití—, parece de un escritor de verdad”. “Lo cierto es que me he inspirado en una historia que oí contar a un rapsoda --reconoció él--. Fue en un concierto que dio Víctor Jara en el Estadio Chile”. Era el campo de fútbol donde los dos habíamos estado presos los primeros días, donde nos habíamos conocido y donde, aunque no lo sabíamos, también había estado Víctor Jara, antes de que le cortaran la lengua y las manos. “Se quedará a comer con nosotros”, me anunció la abuela. No supe si era una decisión que la mujer había tomado o una invitación que me estaba haciendo. En cualquier caso, no tenía otro lugar al que ir. Por pudor, por un poco de vergüenza tal vez, había dejado todas mis cosas, que cabían una sola bolsa de deportes, en la consigna de la estación de autobuses. Me hubiera dado apuro presentarme con ella en la mano, como invitándome a dormir en la casa. La anciana se metió hacia la cocina y yo me quedé mirando dibujar a la niña mientras seguía escuchando la radio... Cerré los ojos y fui consciente de que, en tres años, era la primera vez que estaba sentado en una silla y en el interior de una casa, por humilde que esta fuera y por mucho frío que reinara en la habitación. Al poco se oyó la puerta.

            Cundo subía las escaleras de aquel bloque de pisos a las afueras de Chillán, me preguntaba a mí mismo cómo sería esta mujer de la  que tanto me había hablado Felipe y que, en su fuero interno, parecía haberme destinado. Aunque era una idea absurda a la  que no quería prestar ninguna atención, no dejaba de rondarme su propuesta: “Dile que te he dicho yo que te quedes con ella. Los dos estáis solos y yo no voy a salir de aquí con vida. Mi madre tampoco puede vivir mucho más. Juntos podréis hacer frente a las dificultades que vengan y sacar adelante a Panchita. Bárbara es una buena mujer, joven como tú, y muy bonita, ya lo verás”. No me fijé en si era o no era bonita. “Vengo de Tejas Verdes... De parte de Felipe”, dije a modo de presentación, levantándome de la silla. Sus ojos se iluminaron con una luz especial. Quizás ninguno de los dos éramos ya tan jóvenes como Felipe nos veía porque, más que los años, nos había envejecido el sufrimiento; pero en su porte y en su mirada me pareció vislumbrar el majestuoso orgullo de la sangre aymara que, seguramente, correría por sus venas. “¿Y cómo está?”, me preguntó. “Bien –mentí--. Te envía esta carta” Se la tendí con cierto temblor en las manos, preguntándome si en ella le hablaría de sus aprensiones sobre una muerte cercana, de su descabellada idea de uncirnos frente a un destino sin él... o si simplemente sería un escrito que evocara recuerdos de un pasado feliz o reiterara un juramento de amor eterno... Ella la cogió, la besó antes de abrirla y, para mi tranquilidad, la dejó junto al televisor. “¿Se quedará a comer con nosotros?” Su madre me sacó de un humillante consentimiento. “Ya lo tengo todo preparado. Ayúdame a poner la mesa”. Durante la cena, y aún temiendo que la posterior lectura de la carta me dejara en mal lugar, traté de convencer a las mujeres de que Felipe se encontraba bien, de que pronto estaría libre, igual que yo; de que la vida en el campo  de concentración no era tan dura; adornándolas un poco les narré tres o cuatro anécdotas que les hicieron sonreír y, por un momento, hasta yo mismo llegué a creerme que aquello no eran tan malo. Panchita se había quedado dormida con la cabecita apoyada sobre la mesa. “Acuéstala en tu cama”, le pidió Bárbara a la abuela. La mujer se levantó y la cogió en brazos. “Pues yo también me despido y les dejo que puedan seguir platicando”.

            La casa de Chillán estaba en un barrio de las afueras, en un barrio de grises bloques de hormigón, sin cristales en las ventanas de la escalera. La casa se había caldeado un poco con el calor que escapaba de nuestros cuerpos y el de la cocina de gas en el que la abuela había hecho la cena. Aparte del comedor en el que estábamos, sólo tenía un aseo, la cocina y dos alcobas: la de la abuela y la que compartían madre e hija. Cuando nos quedamos a solas, le ayudé a quitar la mesa y ella preparó un tecito; mientras la infusión se enfriaba la mujer cogió la carta que había dejado junto al apagado televisor y la leyó. Apenas tardó unos minutos. Cuando volvió a guardarla en el sobre, estaba llorando. “¿Sabes lo qué pone Felipe en esta carta?”. Era la primera vez que me tuteaba. Negué con la cabeza. Era verdad que no lo sabía, ni lo había leído ni él me lo había dicho. No podía saberlo, pero un nudo me sellaba la garganta y no hubiera podido decirlo con palabras. Ella tampoco me lo desveló. Me preguntó algunas cosas más sobre el campo de concentración, sobre la comida, la ropa, cómo hacíamos para lavarla, si era verdad que había también mujeres... Luego, cuando la situación se hubo distendido un poco, me invitó a pasar la noche. “Puedes quedarte en mi alcoba. Yo me acostaré con la niña y mi suegra”, “No quiero ser una molestia”, traté de resistirme sin mucho convencimiento, puesto que no tenía dónde ir. “No seas tonto... Supongo que no tendrás dónde ir”. No respondí y me limité a verla preparar la cama desde el salón.

            Cuando a la mañana siguiente desperté en la habitación de Bárbara, la oí trajinar en la cocina. El frío apenas me había dejado dormir, pero el agua helada de la ducha me reanimó. Cuando salí del aseo, sobre la mesa humeaban dos tazas de té. “He comprado pancito --me anunció, señalando los bollos recién hechos que lucían en la panera--. Hay también mantequilla y fiambre”. Desayunamos juntos y callados, mientras la abuela y la niña todavía dormían. “¿Qué vas a hacer ahora?”, me preguntó ella, rompiendo por fin el silencio. “No lo sé aún... Todo parece tan difícil”, “Si quieres, puedo ayudarte a encontrar un trabajo”. “Creo que voy a tratar de irme a España”. Me miró asombrada y me di cuenta de que no le había contado nada de mí. “¿A España?”. “Sí, quiero ser escritor... Voy a contar todo esto que nos está pasando” “¿Lo qué nos está pasando? ¿Y a quién le podrá importar lo que nos está pasando?” “No lo sé, pero alguien tal vez, algún día, en el lugar más remoto, quizás dentro de muchos años, va a leer esta historia y va a saber que existimos, lo que nos pasó... Va a saber de Panchita, de ti, de Felipe y de que un frío día de invierno vine a traerte una carta hasta Chillán”. Barbará me miró directamente a los ojos y una vez más creí apreciar en su interior el noble orgullo de los aymaras, cuya sangre seguramente correría por sus venas. “Lo que nadie tiene que saber nunca –me pidió--, es lo que decía esa carta”.

25 de julio de 1985: Los otros

25 de julio de 1985: Los otros

            Hace días que estoy encerrado a cal y canto en Villatoya, preparando el último examen de la oposición. Me he venido de Salamanca porque, al final, no voy a ser escritor (como toda la vida había pensado), sino funcionario, como mi padre y mi abuelo. Eso me permitirá comer de caliente todos los días (“pan poquito, pero blandito”), y no me impedirá escribir, de vez en cuando, algún artículo para el periódico de la capital de la provincia o algún poema para los juegos florales del pueblo. Además, no voy a ser un funcionario cualquiera: Me voy a pedir destino en una embajada de Centro o Sudamérica… Si me animo, hasta puede que en Hungría, para practicar el húngaro que he aprendido este curso; o en Madagascar, como mi amigo Emiliano; da igual: Iré allí donde quiera que me ofrezcan una plaza de canciller; pero para eso tengo que aprobar también este último examen (ya he superado los dos primeros), y por esa razón me he aislado de todo el mundo y sólo salgo de mi cuarto para comer; ni siquiera a Juana le dejo que venga a verme. Me levanto antes del amanecer y me acuesto de madrugada. Hoy he hecho una excepción: Después de comer, me he subido a Casas Ibáñez a tomar un café y asomarme a las puertas del cine Rex. Lo he decidido al enterarme, en el telediario de las tres, mientras comía, de que anoche murió José Bódalo. Como es festivo, las rejas estaban abiertas; pero, como era pronto, las puertas aún estaban cerradas. A través de los cristales he escudriñado el interior y, como cuando era niño impaciente, he tratado de vislumbrar qué películas se anuncian, para proyectar “próximamente”, en los carteles más lejanos. Apenas se alcanzaba a ver el título en la distancia; sólo cuando estaba dentro, podía pararme ante cada uno de ellos y leer minuciosamente toda la información que acompañara a la imagen: Manuel J. Goyanes presenta. Ramón y Manolo, Duo Dinámico. Marisol. Isabel Garcés. Robert Hutton. “Búsqueme a esa chica”. Juan Carlos Mareco, Pinocho. Perla Cristal. Con la participación de Ethel Rojo y José Bódalo… Quizás fuera ahí, con su nombre destacado con un recuadro, donde supiera de él por primera vez pero, con sus inolvidables interpretaciones en Estudio 1 (“Trampa para un hombre solo”, “Misericordia”, “Doce hombres sin piedad”…),  terminaría siendo uno de mis actores preferidos. Por eso he querido rendirle este pequeño homenaje, viniendo hasta el cine en cuya pantalla lo vi por primera vez y, aunque supongo que seguiré viéndolo en sus películas, cuando regresaba a Villatoya, se me ha ocurrido pensar que sin él, Casas Ibáñez, el pueblo de mi niñez, parece más vacío… Es algo que a partir de ahora me va a ocurrir siempre que se muera alguno de los actores, de los cantantes, de los artistas que han formado parte de mi infancia, de mis juegos de niño, de mis primeros sueños: José Isbert, Manuel Aleixandre, Rafaela Aparicio, Alberto Closas, Fernando Fernán Gómez, José Luis López Vázquez… Cuando dentro de unos años (faltan más de veinte), se muera María de los Ángeles de las Heras, lo explicaré con un texto al que llamaré “Los otros” y que, más o menos, dirá de esta manera:

 

El pregonero llevaba una trompetilla de latón en la mano derecha y, así fuera invierno o verano, la boina calada hasta las cejas. Siempre andaba ligero, aunque no llevara prisa, pues tenía que recorrer todas las calles del pueblo e ir parándose en las encrucijadas para canturrear su mensaje, ora fuera la llegada de un camión a la plaza (para vender mantas, frutas o cualquier otra mercancía), ora un bando del alcalde o el anuncio de la muerte de un vecino... Aunque quizás de esto sólo se encargaban las campanas, los mismos bronces que tocaban a arrebato si se había incendiado una casa o un pajar, que llamaban a misa los domingos, anunciaban las doce del medio día (la hora del Ángelus), y tañían tan pausada como acompasadamente cuando alguien se había marchado del pueblo para siempre. El hombre escuchó la noticia en el televisor del bar, mientras comía solitario en un rincón apartado de la barra en la que, con estrépito, se servían los cafés; en otras mesas, otros parroquianos se jugaban ya la copa al dominó (golpeando ruidosamente las fichas contra el tablero), o a las cartas (levantando la voz para señalar el triunfo o cantar la afortunada concurrencia de un rey y un caballo del mismo palo y en la misma mano). Nadie pareció inmutarse con la noticia. El pregonero hacia mucho tiempo que había dejado de pregonar y las campanas de la torre, esta vez, no habían tocado a muerto; quizás nadie iba a echar en falta por las calles del pueblo a María de los Ángeles de las Heras, Marieta… Mas el hombre, mientras vertía el azúcar en la taza del café y le daba vueltas con la cucharilla, para endulzarlo y que se enfriase un poco, recordó la primera vez que la había visto allí mismo, siendo él todavía un niño y ella poco más que una adolescente. Debió de ser en los primeros años sesenta, cuando Don Vicente, además de farmacéutico era el alcalde; cuando Tomás Pérez Úbeda era un maestro y no el nombre de una calle; cuando no sólo había cine varios días a la semana, sino que además, los sábados y domingos, se llenaba… Muchas uvas habían dado las cepas desde entonces, muchas cosechas de trigo los campos que, por fin, después de larga sequía, volvían a estar encharcados. La muchacha, una ayudante de peluquería a quien le daban miedo las tormentas, se había convertido en mujer, se había casado con Antonio y había tenido tres hijos, que ahora lloraban su muerte al otro lado de la pantalla del televisor...Podía parecer ajena a todos los que mataban el tiempo en el bar y, sin embargo, de alguna manera, había formado parte de sus vidas, de la del pueblo en el que estaban y de la de cada uno de ellos; había sido, como cada cual, un personaje más de la historia que día a día, desde hace cuatrocientos años, se escribe en las calles de Casas Ibáñez; como los comerciantes y los hosteleros, como el alcalde y sus concejales, como los maestros que aquí viven o que cada día del curso vienen desde fuera a impartir sus lecciones, como los agricultores y las amas de casa, como los estudiantes, los albañiles, los carpinteros, los jubilados... Son los "famosos", los de ayer y los de hoy, los de siempre: cantantes y toreros, futbolistas y presentadores de televisión, actores y actrices... son los otros, los que nunca vinieron al pueblo, nunca jugaron con los niños al salir del colegio, ni hicieron tertulia con sus padres en el café, ni se sentaron en un banco de la Cañada con los abuelos; no fueron a la Virgen de la Cabeza, ni a pasear por la feria, ni a merendar en la Calera... no se bañaron en la balsa del Gato, ni amanecieron en la Melody, ni acudieron el lunes a comprar en el mercadillo... Pero estaban y están presentes en los sueños de todos, en los juegos de los niños, en la imaginación de los mayores, en las conversaciones del casino, en el jolgorio de las costureras, en las fantasías nocturnas de hombres y mujeres, que quizás se aman y se amaban con los ojos cerrados, creyendo tener en los brazos a la protagonista de la última película, o escuchando el envolvente susurro de la voz de un cantante de moda... nunca vinieron, pero siempre estuvieron con los que nunca se fueron... Tal vez por eso, cuando el hombre salió del bar en el que había comido, a medida que caminaba por las calles del centro, tenía la sensación de aquella tarde de incipiente primavera, aunque ella nunca hubiera estado en Casas Ibáñez, sin Rocío Dúrcal, María de los Ángeles de las Heras, el pueblo se había quedado un poco más vacío para siempre.

29 de septiembre de 1969: En la biblioteca

29 de septiembre de 1969: En la biblioteca

            Esta tarde he ido a la biblioteca a devolver el último libro que he leído y a despedirme de Ana Pili: Mañana me voy a Zamora. “¿Qué tal?” Me ha preguntado ella, refiriéndose a la novela, mientras buscaba la ficha amarilla en la que firmé y consigné mi número de socio (el setenta y cuatro), cuando me la llevé. “Muy buena –le he asegurado–; pero muy extraña, no se parece a nada de lo que he leído hasta ahora”. No he sabido cómo explicarle que sólo con el Quijote sentí una emoción parecida a la que me han despertado las páginas de “Cien años de soledad”, escrita por un tal Gabriel García Márquez, creo que colombiano; me la recomendó Orieta, una amiga chilena que hice la primavera pasada gracias a la página de contactos del diario “Pueblo”. Ana Pili mira atentamente el libro, se fija en las aves, las caras, los soles, las lunas, las campanas, las calaveras que, en rojo y azul, se repiten en la portada. “¿Se lo podemos dar a leer a Ramona?” Ramona Cabezas es una niña no tan pequeña, de unos once o doce años, que permanece a su lado, esperando que le recomienden alguna buena lectura, algún libro que no sea para niños de once o doce años; ya la he visto otras veces, y no sólo en la biblioteca, también jugando al “pillao” o al escondite en la Cañada (donde todavía no hay toboganes ni columpios), preguntando a sus amigas dónde están las llaves, saltando a la comba, cambiando tebeos en el kiosco de la Nicolasa, bañándose en la balsa del Gato o haciendo cola para entrar al cine Rex muchas tardes de domingo. “No, creo que no”, respondo, sin atreverme a añadir que todavía es muy pequeña. “¿Qué le damos entonces?” Se me ocurre sugerir que los relatos de Clarín; seguro que “¡Adiós, cordera!” le emociona. A mí me conmovió hasta las lágrimas; toda la vida (cada vez que lo lea), me hará llorar. Ramona se va con su libro y yo me espero hasta que Ana Pili se queda desocupada, para contarle que mañana me voy con mi padre a Zamora, a empezar allí el curso; ella, además de bibliotecaria, ha sido también mi profesora de dibujo en los dos últimos años, y una vez, cuando íbamos a empezar el bachillerato, quiso ayudarnos a aprender francés con un curso en discos que tiene guardado y al que no todo el mundo puede acceder: “À droite”, decía una voz de hombre en el disco; “a druat”, repetíamos nosotros lo escuchado; “a la derecha”, respondía una voz de mujer”; “à gauche”, volvía a decir el primero, “a goch”, le replicábamos; “a la izquierda”, nos traducía la mujer… y así hasta que cada día memorizábamos unas cuantas palabras; no me valió de mucho. Tampoco me había servido la primera vez que lo intenté, con ayuda de un manual que les daban a los jornaleros que se iban a vendimiar a Francia; aunque entonces mi intención no era prepararme para el bachillerato, sino la de aprender a comunicarme con los franceses que habían venido a buscar petróleo y se hospedaban en el hotel de la calle Caídos. Se lo cuento a Ana Pili, para explicarle el miedo que le tengo a esta asignatura, que a duras penas he aprobado en septiembre. Ella me tranquiliza, mientras presta un libro de Enid Blyton a Carmen Navalón, una de las amigas de mi hermana, y me dice que yo siempre saldré adelante y que conseguiré todo aquello que me proponga en la vida; me hace sonreír, porque otro profesor (precisamente el de francés), a mitad de curso me vaticinó todo lo contrario (cuando se enteró de que escribía versos y novelas de aventuras, en las que su hija era siempre la heroína): “Tienes muchos pájaros en la cabeza y no llegarás a ninguna parte, siempre serás un fracasado”. Mientas yo recuerdo esto, que nunca le he contado a nadie, Ana Pili se va a llamarle la atención a Goyo, un chiquillo revoltoso e inquieto que de contino está  dando guerra, ya sea aquí, en la escuela o en la banda de música. Yo aprovecho para salir y no hacer más larga la despedida; al fin y al cabo, volveré en vacaciones, volveré en Navidad y, aunque nosotros no somos de aquí y, por circunstancias que ahora no puedo ni imaginar, acabaremos viviendo en Valencia (donde, convertida en seis familias, la nuestra se dispersará), yo siempre regresaré a Casas Ibáñez, conservando viejos amigos y haciendo otros nuevos, participando en sus eventos como espectador y, a veces, cuando venga al caso, de forma activa, como cuando en un futuro lejano, un domingo de agosto, víspera de la Feria del 2009, no en ésta, sino en la nueva biblioteca, la que se construirá donde hoy están los juzgados, presentemos mi segunda novela, “Mariscada de sardinas”. Ana Pili, muerta prematuramente, ya no estará con nosotros; pero sí que algunos de estos viejos amigos, y otros de los nuevos, junto a mi madre y mi hermano Amador,  junto a mi mujer y mis hijos (una de las seis familias en las que se habrá convertido la mía de ahora), estarán entre el público de la sala (salvo Eliana y Natalia, que subirán al escenario, con el resto de los actores de “Oleana Teatro”, para dar un toque de humor y color a la presentación); en la mesa, junto a mí, Gregorio López Sanz, Goyo, profesor universitario de Política Económica, coordinador de Attac España y amigo, como Carmen Navalón, diputada provincial y, para entonces, alcaldesa de Casas Ibáñez, y Noelia G. Cabezas, mi amiga Noelia, bibliotecaria en Madrid, la hija mayor de Ramona que, cuando todos se callen en la sala, me mirará de reojo,  sonreirá y empezará a decir:

 

            Hace ya algunos años que leí el borrador de esta novela. No obstante, por haber olvidado los detalles y por posibles cambios, le pido a Ramón que me la envíe por correo (puesto que no íbamos a vernos hasta hoy) para leerla de nuevo.

            Y la novela llega a mis manos un viernes, envuelta en un papel blanco satinado sellado con un celofán amarillo dispuesto de tal manera que los colores del paquete dibujan formas geométricas con total simetría. Me gusta. Sonrío. Sonrío porque me gusta y porque estoy sonriendo sólo con ver el envoltorio del libro. Es Ramón y la magia que lo envuelve. También sonrío por ese envoltorio.

            Y comienzo a leer también un viernes:

-          No son horas de ponerse a contar historias.

            Empieza la novela. Pero me pongo a escribir esto cuando sólo he leído la cubierta, la contracubierta y esta primera frase del libro.

-          No son horas de ponerse a contar historias.

            A Ramón le encantaría estar sentado conmigo en ese momento, en ese banco pintado de un verde más vivo incluso que el césped que lo rodea y con el sonido de las fuentes empapando los ecos de las voces de los visitantes del Museo donde está el jardín.

            “Sí, voy a empezar a leer ya”, me digo. Sólo antes aparto una hormiga que va a subirse a mi falda… Ahora.

            MARISCADA: comida constituida principalmente por marisco abundante y variado.

            SARDINA: pez teleósteo marino fisóstomo, de doce a quince centímetros de largo, parecido al arenque, pero de carne más delicada, cabeza relativamente menor, la aleta dorsal muy delantera y el cuerpo más fusiforme y de color negro azulado por encima, dorado en la cabeza y plateado en los costados y vientre.

            Se supone que yo hoy, aquí, tenía que hablar de Mariscada de sardinas, pero en lugar de eso he decidido que sería mucho más suculento invitaros a comer una…

            […]

            Nuestra mariscada está lista para ser degustada. Pero… ¡¡¡Cuidado!!! Las sardinas tienen raspas. Raspas que pueden clavarse en nuestra garganta y provocar, quizá, un leve pero desagradable dolor. Raspas tan delgadas que llegan a herirnos casi sin darnos cuenta… Raspas de envidia por aquello que otros poseen y creemos necesitar sin ser conscientes de todo lo que tenemos. Raspas de odio hacia aquellos que sentimos tan diferentes a nosotros que, sin más, rechazamos. Raspas de desilusión porque las cosas no siempre salen como hubiésemos deseado. Raspas de incomprensión, de errores, de injusticia.

            Pero todo no podía ser malo… ¿Qué hay del sabor en nuestro paladar de una sardina recién asada? Bocados de amor que sentimos por nuestra familia, por nuestros amigos. Bocados de sexo que disfrutamos, que descubrimos, que deseamos. Bocados de una libertad incipiente que nos asusta pero nos hace sentir especiales. Bocados de sol y playa, bocados de sorpresas, bocados de amistad…

            Esto es Mariscada de sardinas. Así que, cuidado con las raspas pero, por favor, disfrutad de todo su sabor cuando la comáis leyendo.