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Ramón de Aguilar

La vida es una tómbola

La vida es una tómbola

Amador siempre dice que, cuándo éramos pequeños, yo quería ser “feriante”. Lo que yo recuerdo es que quería serlo todo; aunque me imagino que lo mismo os ha pasado a cada uno de vosotros: Desde carpintero a médico, desde misionero a cantante, desde portero de fútbol a periodista… El afán por escribir y por viajar me acompañaron siempre; pero es que éstos no eran incompatibles con todos los demás. Un profesor del instituto de Casas Ibáñez me vaticinó que nunca sería nada; pero, años más tarde, al acabar C.O.U. en Valencia, otro me dijo que yo podría llegar a donde me propusiera… El del pueblo se acercó más a la realidad, pero durante muchos años, si me esforcé por conseguir algo en la vida, fue por llevarle la contraria, no porque tuviera verdadero interés en ninguna de las carreras que comencé… El otro día fui al cementerio de Casas Ibáñez, que era uno de mis lugares preferidos en la adolescencia (incluso lugar de encuentro en citas clandestinas con la novia de un amigo… convencidos de que allí nunca nos iban a encontrar), y entre los recuerdos, me tropecé con la tumba de aquel  hombre. Me dio verdadera pena. Era un mal profesor y una mala persona, pero resulta que lo recuerdo con cariño…

            Mas volvamos a los feriantes. Aunque no lo fui, uno de los juegos que en mi niñez se estilaban era el de hacer tómbolas en las que se rifaban todo tipo de juguetes de plástico rotos y tebeos gastados por el uso. Creo que lo reflejé en uno de los capítulos de La Calle de Atrás, uno que se llamó “Luchas y tesoros”. No estoy muy seguro, pero luego lo busco y, si me da tiempo, lo coloco también en el blog, por si a alguno de vosotros le apetece leerlo. Lo de las tómbolas surgía espontáneamente, nunca supe cómo, pero de pronto alguien la hacía y poco a poco todos los niños se iban contagiando y montando las suyas en las puertas de sus casas… Si hice alguna fue dejándome llevar por la corriente, así es que el único mérito que me cabe es el de haber montado el Teatro Circo “La Ponderosa”, en cuya única función no sólo hubo magia, canciones y volteretas, sino también la representación de una obra de teatro que yo mismo escribí sobre la muerte de Viriato, episodio que, al parecer, me impresionaba. Las entradas se vendieron a dos reales y estaban impresas de verdad pues, como otras veces, Jesús Gòmez, el impresor con quien todavía me paro a hablar alguna vez, nos siguió la corriente y se prestó a hacérnoslas.

            Cuando años después conocí a Ana no me enamoré de ella porque sus padres hubieran sido feriantes, ni porque la imaginara nacida entre tómbolas y tiovivos, caballitos y coches de choque, sino por otras razones que no vienen al caso y las mayorías de las cuales estarán escondidas por los recovecos del inconsciente. Además, la historia de su familia la supe cuando ya salía con ella y lo único que cabía era escuchar las historias que me contaban, y lamentar que aquel fuera un tiempo pasado y que nuestro noviazgo no tuviera lugar en un carromato de circo o la taquilla de una montaña rusa.

            Mas si cuento todo esto no es tanto por recordar viejos tiempos como porque me sirve de prólogo para deciros que la otra noche (hace ya unas semanas), tuve la ocasión de hacer realidad ese sueño y estuve “trabajando” en una tómbola de verdad, en las fiestas de Alborea. Verdad es que mi colaboración se limitó a vender boletos durante unas horas y entregar algún premio pequeño, algún encendedor, libro o botella de vino… pero por un momento allí estaba, bajo las luces, al otro lado del mostrador, como un feriante más. La razón era bien sencilla, Cáritas, que monta todos los años esa “Tómbola de la Solidaridad”, me había ofrecido la recaudación de este año para los proyectos de Colombia (no vuelvo a describirlos porque ya los debéis de conocer todos y, si alguno no, puede verlos en la página de Acumán, a la que se accede pinchado aquí)… Bueno, no sé si al final la ayuda vendrá o no, pero para mí fue muy agradable ver realizado ese sueño de la infancia y constatar, una vez más, que nunca es tarde para nada, que la vida siempre nos da sorpresas y que lo que no ha ocurrido nunca, se hace realidad en un solo día… Que también la vida es una tómbola.

            Y el título no es sólo por esto. Cuando de verdad se me ocurrió fue una semana después, cuando se reunió el Jurado del IX Certamen Literario “Emilio Murcia”. Cada vez que he tenido la oportunidad de vivir un momento así, he tenido la misma sensación. Más de quinientos trabajos se habían presentado a concurso entre las dos categorías. La mayoría de ellos malos o muy malos; pero unos veinte o treinta bastante interesantes y, auque la calidad de algunos de estos pudiera ser discutible, al final siempre quedan diez o doce cuentos y otros tantos poemas que podrían ser premiados perfectamente… pero el galardón ha de ser sólo para uno… Y ahí es donde me doy cuenta de lo relativo que es todo. Este año, Noelia y yo estábamos convencidos de que iba a ganar un relato llamado “El instante”, pese a ello, su favorito era “Seis” y el mío “Encuentro entre dos mundos”. Los demás nos parecían que estaban como de relleno. Los dos primeros que desechó el jurado fueron nuestros favoritos. Luego el que iba a ganar seguro. Al final el premio fue para “Sombras”, un bello relato, que a ella no le gustaba y que yo tuve que volver a leer para recordar. ¿Qué hubiera ocurrido si en el jurado hubiéramos estado nosotros, si hubiera tenido otros miembros o si, aún siendo los mismos, se hubieran reunido otros día?

            Y así con todo. ¿Cómo llegamos a conocernos? ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Seguro que en el origen de todo, en la razón del primer paso que nos acercó aquel día, hay algo intranscendente, una nimiedad, una tonta decisión que podríamos no haber tomado porque daba igual y, sin embargo, eran el paso, la decisión, la ocasión que la vida nos brindaba para conocernos.

            No quería irme por estos derroteros. No quería ponerme tan serio. Me estuvieron urgiendo para que entregara mi colaboración de este mes al “Casas Ibáñez Informativo”. Hacía semanas que el tema lo tenía claro; el tema, el título y un esquema… Pues bien, cada vez que me ponía a escribirlo me salía un borrador completamente diferente y nunca tenía un trabajo terminado para entregar… Y hoy, lo mismo: Sólo pensaba contar lo de la tómbola de Alborea y mira por donde vamos ya.

            El otro día recibí un correo electrónico de Carmen Morales, desde México, en el que me decía que le estaban gustando los relatos de Historias de gente sin historia. Quise escribirle unas líneas para darle las gracias y le conté todo esto:

Me alegra que te esté gustando la lectura de mis relatos; si hubiera sido oportuno, me hubiera gustado contar, al inicio de cada uno, la historia de cómo y cuándo nacieron, de los avatares que siguieron hasta adquirir esa forma definitiva en la que los estáis leyendo; porque ahí, de algún modo (junto a las anécdotas, las situaciones y los personajes de los mismos), está mi vida o parte de mi vida; desde "Galad y Sera", que debe de ser el más antiguo de los publicados y que escribí en Barcelona, cuando era un soldado que se negaba a vivir en el cuartel y tenía que ganarme la cama y la comida trabajando por las tardes (recuerdo la habitación de alquiler que compartía con un amigo chileno, al que le perdí la pista y que creo recordar que se llamaba Hugo Francisco "Noséqué" Cortés y con Agustín, que andaba por Roma dando clases de español la última vez que supe de él; la mesa camilla sobra la que leía los anuncios de trabajo del periódico, escribía las cartas a mi novia de entonces, Chima, quien luego fue mi primera mujer, y relatos como éste… Recuerdo el falso platanero que daba sombra a nuestro balcón y el tramo de la calle Diputación que alcanzábamos a ver si salíamos a él; la forma peregrina en que conocí a los editores de la revista "Obolo", que lo publicaron y, junto a estos recuerdos, como las cerezas enzarzadas en un ramillete, vienen otros recuerdos: las canciones que Agustín componía y cantaba con su guitarra, sólo para él; la piedra de lapislázuli que Hugo Francisco cargaba con la ilusión de venderla un día para salir de pobre; Feli, la patrona que nos había alquilado el cuarto, que nos fiaba comida de su despensa, cuando no nos quedaba otra cosa que comer, y que tenía un amante borrachín, al que trataba de esconder con poco éxito, porque ya se encargaba él de que lo viéramos, aunque fuera en calzoncillos, unos calzoncillos con un estampado que simulaba la piel del tigre... Y, junto a ellos, también un viaje en tren a Sitges, ligues de una sola tarde o una sola noche que no me han dejado el recuerdo de su nombre ni de su cara, pero sí un relato escrito ("Merche está en la hierba", "Necesitamos una Maga"...); y, ahora que nombro a la Maga (existió de verdad, hace poco la vi en una entrevista que le hicieron, anciana ya), recuerdo también muchas horas leyendo a Cortázar, que me fascinaba, y a Torrente Ballester, al que descubrí allí mismo, justo en aquella época, en aquel lugar.

         Luego vendrían los demás relatos. "El baterista del Plata", del que hubo varias versiones y otro título (“Sábado y trece”),  hasta que encontró su forma definitiva el día que le sumé mis recuerdos del casco viejo Zaragoza y un cabaret muy peculiar de la calle conocida como El Tubo, al que iban viejos y soldados; me llevó una amiga que se llamaba Azucena y sabía que se iba a morir de cáncer, de hecho me regaló algunos de sus libros como recuerdo (El país de octubre, de Ray Bradbury, por ejemplo), sabiendo que ya no nos veríamos nunca más, porque ni siquiera éramos tan amigos como para que alguien me dijera que se había muerto; sólo un día dejé de recibir sus cartas y ya no la busque más, ni siquiera cuando, años después, fui novio de Sonia, que estudiaba allí veterinarias e iba a verla con frecuencia y juntos paseábamos por la ciudad, comprábamos libros en alguna librería de lance, tomábamos "quemadillos" en alguna cafetería del centro y, antes de irnos a dormir, nos asomábamos a las oscuras aguas del río Huerva, que separaba su barrio del centro... Aún volví algunas veces, tanto el año que Amador estuvo allí de “fraile” con los Hermanos de San Juan de Dios, como en alguna visita en plan turístico (por ejemplo, para llevar a los padres de Eliana a que conocieran la Basílica del Pilar)… Pero recuerdo también la noche en la que, hasta bien entrada la madrugada, estuve escribiendo esta versión, recorriendo con un dedo las calles del barrio sobre un mapa de la ciudad, en el que iba haciendo anotaciones; luego la entrega del premio, el reencuentro con Fernando Lalana, el curioso restaurante al que me llevó a cenar y el paseo que, bien entrada la noche, nos dimos por los escenarios de mi relato y por los lugares en los que a la ciudad le gustaría hacer una Exposición Universal

         Bueno, no puedo seguir así, repasando cada uno de los cuentos del índice hasta llegar al último escrito (“¿Cuánto vale una horca?”), en el que mezclaba mis recuerdos de la feria de Albacete, con los de una familia que conocí en Ayora (descendiente de Jarafuel), que hacía ese tipo de astiles, horcas y garrotes y una noticia leída hace años en la prensa y que me impresionó (el linchamiento de un camionero español que había atropellado a un animal, no fue un niño y tal vez tampoco fue en Turquía); todo esto lo mezclé para uno de los piscolabis literarios de la CAT; pero hablar de éstos, de las obras de teatro (como la de “Criaturas”,en la que colaboran Eliana y los niños), del certamen literario que convocan, de la gente a la que tanto aprecio (como Montse, Ángel, Lorenzo, Mamen, Cano… por citar sólo a los que vinieron a la presentación del libro en Casas Ibáñez, pero dejando claro que hay muchos más: Celia, Rafa Muñoz, la familia Monzó al completo, Miguel Ángel Plaza e Isabel Garrudo, Isabel Sanchís… y cada uno con su historia, como Ayora y Jarafuel, Lidia y sus hermanas, la feria o las ferias… sería como el cuento de nunca acabar; así es que mejor lo dejo y me voy despidiendo

            Bueno, Carmen ya no me ha escrito nunca más… A lo mejor tú tampoco vuelves a entrar en el blog. Por si acaso, la próxima vez seré más breve.

Noelia

Noelia

-- Siempre creí –confesó Noelia, levantando la vista del libro al llegar a este punto--, que en este lugar aparecería contando el cuento de “Los siete cabritillos y el lobo”.

Y lleva razón al creerlo, fue así como la vi por primera vez y hubiera sido lo más obvio... Pero lo cierto es que, cuando llegó el momento de presentarla, sentí la necesidad de no seguir los caminos trillados que habría aprovechado para introducir a otros personajes: Ni el inesperado primer encuentro, ni una evocación del idílico Valle del Cabriel, contemplado entre los pinos desde la balsa de Cilanco; ni una cena vegetariana en el bohemio barrio del Carmen, ni la populosa inauguración de una librería o una entrega de premios en la que, seductora, se convertía en protagonista…

-- Si sigues descartando momentos compartidos, no te quedará ninguno con el que darme entrada en la historia…

Volvía a llevar razón, pero también podían considerarse los proyectos esbozados, las vivencias imaginadas, las ensoñaciones…

-- ¿Cómo la invitación a guiarte durante la escritura de un relato?

-- Como aquel juego –asentí--, o como todo lo inesperado que nos pueda traer el futuro.

Veíamos caer la tarde por el horizonte y pensé que el futuro debería estar, más o menos, por allí; por donde el sol se pone en busca de otros mundos, en busca del próximo día que vendrá.

E imaginé que, como no hay lugares perfectos (sólo recuerdos perfectos de lugares normales), Noelia podría ser como un país de las maravillas que limitara al sur con Albacete y sus cines Candilejas; al este con Valencia y su café de las Horas, su restaurante La Luna, su jardín botánico, su UPV Radio… y con Italia, con el Trastévere en Roma y un museo del cine en Turín. Al norte con las calles empedradas de Albarracín y, aunque no lo sepa o no lo recuerde, con los “Encantes” del Mercat de Sant Antoni en Barcelona… Y al oeste, ese futuro en el que, de camino al mar, caben un palacio de Gaudí, las mágicas ruinas de un hotel y el último rayo de luz, pintando de verde el océano, dejando al desnudo sus pensamientos.

Mauricio, amigo mío (Fernando Lalana)

Mauricio, amigo mío (Fernando Lalana)

Estaba escribiendo una nota para explicar que algún día os invitaría a leer a Fernando Lalana… un breve texto para colocar, junto a su foto, en ese rincón donde voy dejando bocetos para más adelante, para cuando pueda… y me entero de que este autor acaba de ganar el Premio Jaén de Novela Infantil y Juvenil. Los que soñamos con los premios, como puerta por la que asomarnos a los hipotéticos lectores, sabemos que éste es de los importantes... Así es que me alegro enormemente por él; porque, aunque ya los tenga todos (incluso el Nacional), y sus libros sean publicados en las colecciones más conocidas y, a veces, hasta llevados al cine (Morirás en Chafarinas), bien que se lo merece por lo mucho que trabaja, por el tesón con el que escribe (presume de no haber tenido nunca otro oficio), y por ese corazón tan grande que esconde tras la barba, pero al que delata la limpieza de su mirada.

            Cuando nos embarcamos en la aventura editorial de Edisena, él nos ofreció desinteresadamente una serie de cinco divertidos relatos (enlazados por el tema del más allá), para que iniciáramos la colección “Odaluna”. El libro se llamó Tras la frontera y, aunque se vendió tan regularmente como casi todos (un libro no se vende por la calidad del texto o del autor, sino por las técnicas comerciales que se utilicen para lograrlo), nos produjo un gran beneficio: la amistad de Fernando Lalana quien, a pesar del transcurso de los años y el fracaso como editor, me sigue recibiendo con los brazos abiertos cada vez que paso por Zaragoza.

            Bueno, alguno de vosotros se estará diciendo, ¿pero no era a él a quién teníamos que leer? Pues sí, es verdad, pero es que, como de él no tengo ningún texto corto que poner de muestra (aunque podría buscarlo), he pensado remitiros al sitio de su página en el que se encuentra, precisamente, uno de los cinco relatos del libro que editamos. Podéis leer el cuento completo y, además, desde él, iniciar un paseo por el resto de la página. Sólo tenéis que pinchar aquí:

 

Yo también quiero leer el relato de Fernando Lalana Mauricio, amigo mío

De nuevo vienes... con otro nombre (Coro Perales)

De nuevo vienes... con otro nombre (Coro Perales)

Algún día, en este mismo cuaderno de bitácora, presentaré a Coro como amiga y hablaré del atardecer en el que nos conocimos en Barcelona, en la bohemia terraza de la también escritora (más famosa que Coro y que yo), Care Santos... Y, si a ella no le importa, del par de veces que nos vimos en El Masnou, tan cerca del mar o, luego más tarde, en su piso viejo y mínimo del Barrio Gótico; de las pocas que vino a Villatoya y a Requena; de los libros que, generosa, me regaló... de una cinta de Caetano Veloso que ya habrá olvidado... Pero hoy está aquí como uno de esos escritores que, a veces, me conmueven. Leí de un tirón su primera novela, Bigote Prieto; me quedé con las ganas de que nos mostrara algo de esa otra, erótica, que nunca se decidió a concluir, y me sorprenden algunos de sus escritos cortos, como los que últimamente me manda cada vez que se acerca un huracán a las puertas de su nueva casa en México... Del hechizo que ejerce cuando cuenta historias o de ese compromiso que hemos establecido para construir algún día (cuando cualquiera de los dos tenga dinero), un hotel en el Caribe, donde dar refugio y medios para escribir a los escritores desamparados, hablaré en la próxima ocasión... porque ésta es sólo para que veais cómo escribe:

De nuevo vienes… con otro nombre


Te llamas Chris, como la vecina. Como la chica amable que saluda al encontrarme… Esa que vino del norte, pero que es cálida… le atrajo el calorcito y la humedad de esta zona, como a ti. Es una seductora y simpática, cómplice de mis andanzas. No hace ruido y deja, a veces, traspasar desde su ventana, una música suave.  De viento.

Vienes del sur, lo sabemos. Allí naces, allí te vas alimentando hasta que echas a volar… te tropiezas y reanudas el vuelo corajuda y enjundiosa. Y realizas cabriolas caprichosas. Y te llevas lo que encuentras, no te importa. Egoísta, traviesa, desastrosa… no te mides. Bailas salsas y merengues y ritmos tropicales como ninguna. Te meneas, sacudes cabelleras.
Imparable. Incansable. Agotas.

Tu madre te pare. Fruto del calor y del frío, del Sol y la Luna, de las mareas, las estaciones. De Helios y Selene y descendiente de todas las constelaciones. Niño o Niña… Creces. Y vas creciendo. Aumentas en grosor y estatura. Te alimentas, te vuelves caníbal y también vegetariana y sangrienta y sedienta. Devoras. Demandas, arrasas. No importa lo que ingieras… Bulímica, lo vomitas donde sea.

Te conozco. Cuando creces, tu soberbia no tiene límites. No hay poder humano que te destruya. Nadie ni nada puede contigo. Te dejamos. Te observamos… precavidos.
Agua, pan, latas, atún, frijoles, paté, aceitunas. Lámparas, pilas, velas, cerillos. Protegemos las ventanas. Quitamos los adornos. Llenamos las despensas, el botiquín, por si acaso…

No pasarás de largo.

 

No pasarás de largo.                                                                        

 

El porvenir de mi pasado (Mario Benedetti)

El porvenir de mi pasado (Mario Benedetti)

 

 

Son muchos los textos que podría elegir para ilustrar mi afición a leer a este entrañable hombrecillo uruguayo. Muchas las veces que he releído sus Poemas de la Oficina y sus Poemas del hoy por hoy; muchos los relatos suyos que me han hecho sonreír o llorar… Hasta he presumido, alguna vez, de que juntos aparecíamos en la antología Algo de Cada Uno, aunque el mérito no fuera mío ni, el compartir las páginas de un libro, aumentara el valor literario de mi cuento Sin Bruno ni Cecilia que, por cierto, también aparece en libro recién presentado: Historias de gente sin historia.

Muchos, pues, los textos que podían estar aquí… Pero me he inclinado por uno, cuyo título me parece un hallazgo y que, además, llegó a mis manos en el momento más oportuno, el día en el que celebraba mi cincuenta cumpleaños. El escrito, muy breve, pertenece a un libro que lleva el mismo nombre:

 

 

 

 

 

El porvenir de mi pasado... 

     Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos. O tal vez una primavera que avanzaba a destiempo. O un suplicante desde el Más Acá. Ateo de aburridos sermones y supuestos martirios.Eso fui y muchas cosas más. Un niño que se prometía amaneceres con torres de sol. Y aunque el cielo viniera encapotado, seguía mirando hacia delante, hacia después, a renglón seguido. Eso fui, ya menos niño, esperando
la cita reveladora, el parto de las nuevas imágenes, las flechas que transcurren y se pierden, más bien se borran en lo que vendrá. Luego la adolescencia convulsiva, burbuja de esperanzas, hiedra trepadora que quisiera alcanzar la cresta y aún no puede, viento que nos lleva desnudos desde el suelo y quién sabe hasta (y hacia) dónde.
Eso fui. Trabajé como una mula, pero solamente allí, en eso que era presente y desapareció como un despegue, convirtiéndose mágicamente en huella. Aprendí definitivamente los colores, me adueñé del insomnio, lo llené
de memoria y puse amor en cada parpadeo. Eso fui en los umbrales del futuro, inventándolo todo, lustrando los deseos, creyendo que servían, y claro que servían, y me puse a soñar lo que se sueña cuando el olor a lluvia nos limpia la conciencia. Eso fui, castigado y sin clemencia, laureado y sin excusas, de peor a mejor y viceversa. Desierto sin oasis. Albufera.
Y pensar que todo estaba allí, lo que vendría, lo que se negaba a concurrir, los angustiosos lapsos de la espera, el desengaño en cuotas, la alegría ficticia, el regocijo a prueba, lo que iba a ser verdad, la riqueza virtual de mi pretérito.Resumiendo: el porvenir de mi pasado tiene mucho a gozar, a sufrir, a corregir, a mejorar, a olvidar, a descifrar, y sobre todo a guardarlo en el alma como reducto de última confianza.

 

Eliana

Eliana

La segunda vez que me casé con Eliana tuve la impresión de encontrarme dentro de una film. No era ésa la primera ocasión en que me ocurría (ni lo de la boda con ella ni lo de pensar “esto es como una película”). Supongo que, para empezar, ya el hecho de casarse dos veces con la misma mujer pertenece más al mundo del cine que al de la vida cotidiana… En cuanto a lo otro, recuerdo en especial dos momentos en los que tuve esa sensación, uno charlando con Agustín en la terraza del ático viejo (creo que es la última vez que nos vimos, desde entonces no he vuelto a saber de él), y el otro paseando por el puerto de Vicedo, también de noche, ya de madrugada, con Natacha y Eugenio; había gente pescando a la luz de la luna y se acompañaban con la música de los coches, que escuchaban con tanta suavidad como nos acariciaba la brisa del mar… no sólo pensé que era una secuencia de película, además me pareció que debía ser de Fellini.

            Pero no es el momento de hablar de cine, ni de Agustín, ni de Natacha, ni de Eugenio… aunque, antes o después, todos habrán de tener su hueco en estas páginas. Éste es el espacio para presentar a Eliana, la mujer con quien comparto mi vida desde hace casi cinco años, prácticamente desde el mismo día en que nos conocimos… algo que también es más propio de los argumentos del cine que de las historias de la vida real.

            La primera vez que nos casamos llevábamos viviendo juntos más de un año y tuvimos que vencer la oposición del fiscal de turno, de pasando por la humillación de que un policía sucio y tripudo dictaminara si estábamos lo suficientemente enamorados como para poder hacerlo… Y esto, por lamentable y escandaloso que resulte, es tan habitual en nuestro país, que no voy a decir que también parezca de película, aunque a ninguno de los que me lea le haya ocurrido que, para vivir con su pareja, haya tenido que demostrarle a nadie lo mucho que la quiere, que están enamorados como dos adolescentes, que ganan lo suficiente para pagar la hipoteca o el alquiler… y que todo eso lo tenga que dictaminar alguien que tal vez abofetea a su mujer, que a lo mejor se casó sólo porque la novia se había quedado embarazada, porque necesitaba quien le hiciera la comida y le lavara los calzoncillos, porque su madre se aburría y quería un nieto al que cuidar, porque le salía muy caro ir de putas todas las semanas o porque todos los amigos se habían casado ya… Aunque nadie se lo vaya a creer, conozco casos reales de gentes que me han dado esos motivos y (aunque resulte igual de inverosímil), a ningún fiscal ni a ningún policía les preocupó lo más mínimo, del mismo modo que no les importó si tenían casa o trabajo, si antes de la boda ya vivían juntos o si sólo paseaban las tardes del domingo, cogidos de la mano, por la calle mayor del pueblo.

            La situación, junto a lo que había conocido a través de otros extranjeros (Rocío, Eveling y el marido cubano de Sonia, entre otros), y los casos de los que me enteré en mis vistas al arbitrario Consulado de España en Bogotá, me inspiraron el texto Señores de la Justicia y de la Ley, con el que obtuve el primer premio de Cartas de Amor de Béjar. Fuimos a recogerlo juntos, con los tres niños, que por fin vivían con nosotros y que, al pasar por la Sierra de Guadarrama, tocaron la nieve por primera vez. Seguíamos siendo felices, pese a la desconfianza de los agentes de inmigración y pese a estar ya casados.

            La primera boda fue en Villatoya, donde Camilo, el alcalde, nos compensó de tanta traba y tanta espera con acertadas referencias a Colombia y bellas palabras para los inmigrantes… Y dos años después, cuando pudimos viajar juntos a Colombia, nos casamos en Mariquita, por segunda vez, ante su familia, a la luz de unas antorchas y rodeados de exuberante vegetación y flores exóticas… Fue entonces cuando me volví a sentir en una película y recordé escenas de aquélla que tanto me gustaba “El violinista en el tejado”, en la que, siguiendo tradicionales ritos judíos, también una pareja se casa en mitad de la noche y a la luz de unas antorchas.

            Y aquí seguimos, por mucho que le pese a algunos, compartiendo techo, mesa y cama, luchando codo a codo por llegar juntos al día siguiente, cómplices en lo cotidiano y en la aventura, dispuestos a repartirlo todo (hasta los amantes, decimos, si se terciara), descubriéndonos todavía, sorprendiéndonos, tratando de compensar los años que no nos conocimos y asombrados, aún, de que caminos tan dispares y tortuosos como los que anduvimos, tan distantes en el espacio y los años, nos llevaran a encontrarnos un día y reconocernos de inmediato, pese a los avatares del tiempo.

La Tetería Luna

La Tetería Luna

Aún llego a tiempo, antes de que mañana cierre sus puertas por última vez, de hablar de este rincón como de uno de los lugares donde más a gusto me encuentro... ¡Cómo voy a lamentar no haberlo disfrutado más! ¡Cuántas veces me propuse adquirir la costumbre de ir cada tarde, a primera hora, antes de que se llenara de gente, a sentarme ante esa mesa a la que llegaba el último rayo de sol, para escribir historias que ya nunca nacerán!

¿Cómo serán los cumpleaños de Mari Sol o míos, sin la Tetería? ¿Dónde nos encontraremos, a partir de ahora, quienes allí acudíamos con la certeza (tal vez sólo la ilusión), de que alguien se alegraría con nuestra llegada? ¿Dónde ubicar el rostro amable de quienes la frecuentaban, empezando por Pepa y Beatriz, que la inventaron, siguiendo por quienes allí trabajaron, como Nandy o Sonia (que también nos contaba cuentos), y acabando con los clientes, desde los conocidos: Mari Sol, el otro Ramón (aunque él piense que el otro soy yo), Juani, Amparo, Raúl y el otro Raúl, varias Anas, Luismi, Bea y un largo etcétera en el que no deberían faltar otros hombres y mujeres con quienes no hablaba pero a quienes miraba con curiosidad (como a Luis, siempre acodado en la barra, como cualquiera de los personajes de "Cheers", aquella serie que tanto me gustaba) o con "ojos golosos", como a Pilar (según la gráfica descripción que dio Beatriz a mi mirada)?

En fin, creo que la mejor manera de rendir homenaje a La Tetería, va a ser transcribir aquí el texto que le envié a Pepa cuando mi cincuenta cumpleaños:

Aún no olía a hierbabuena ni a menta, a regaliz ni a canela; aún no se escuchaba la risa fresca de Pepa ni su mirada acariciaba desde el interior pues, a través de los polvorientos cristales, sólo se veían algunos trastos cubiertos de telarañas y un único rayo de luz que iluminaba una baldosa del suelo de barro cocido. “Algún día –pensaba yo--, aquí estará mi librería. Sobre las paredes blancas, en anaqueles de colores, descansarán todos los libros que merezcan la pena, los clásicos y las novedades, las fantásticas aventura que avivaron mi imaginación, las obras de teatro y de poesía que me conmovieron... En cualquier rincón una alfombra persa y un baúl lleno de cuentos servirán para que los niños se tumben en el suelo a leer mientras los mayores, sentados ante una mesita de mármol, lean despacio una novela y fumen sin miedo, saboreando cada página y cada calada, disfrutando del calor del sol y el regosto de un café”…  Pero Pepa llegó primero. La lotería no me tocó y nunca pude hacerme con el local, que se llenó de tazas y teteras, de aromáticos tés y hierbas para infusiones llamadas como poemas. El nombre de la Luna, como su aroma, se extendió por toda la ciudad y, atraídos por él, a su puerta llegaron los seres más singulares, exóticos, soñadores, cálidos, locos, idealistas, bohemios, libres, errantes, imaginativos...  ocuparon sus mesas o se sentaron ante su barra. Yo a veces, desde un rincón al que ahora llega el rayo de sol que antes se estrellaba en el suelo, añoro la librería que nunca tuve... pero ya no la echo de menos. Miro a mi alrededor y pienso que todas aquellas vidas son más interesantes, misteriosas, tiernas, sensuales, emocionantes… que los libros escritos o por escribir. Quizás sólo sea cuestión de aprender a leerlas… Ojalá y Pepa me enseñe ese abecedario que sólo los más sensibles, como ella, saben deletrear.

Como si de niños se tratara... (Gregorio López)

Como si de niños se tratara... (Gregorio López)

Todos, como si de niños se tratara,

somos frágiles y débiles.

Ante el desamor, la adversidad, el olvido...

BUSCAMOS

una cara conocida,

un seno donde acurrucarnos,

unas manos que agarrar,

un paisaje de esperanza.

NECESITAMOS

derrochar besos,

hombros donde reposar nuestras penas,

que nos beban las lágrimas,

encontrar sonrisas cómplices,

que nos abracen el corazón.

Y APRENDER

que la vida es viaje permanente,

la fuerza del susurro de la persona amada,

que el sol sale después de la tormenta,

que nuestros sueños son los mismos,

que la Feria llega siempre,

y esperándola crecemos juntos,

por lo que nunca seremos ajenos.

 

Este poema es en realidad el SALUDA del Goyo, como alcalde, en el programa de la Feria de Casas Ibáñez... Creo que ya comenté algo al respecto en mi última carta, porque me encantó leerlo, acostumbrados como estamos a que nos digan siempre lo mismo con las mismas palabras vacías... Peo si lo he elegido a él, que no alardea de escritor, para iniciar esta sección es, además, por las palabras que escribió para la presentación de mi libro y que, pecando de vanidoso, os transcribo a continuación:

 

Muchas gracias por acompañarnos esta mañana en la presentación del libro del ibañés Ramón de Aguilar. Y digo bien lo de ibañés, porque sin ser nacido en nuestro pueblo, le bastó con pasar aquí unos pocos años de su vida para que sus gentes y paisajes quedaran prendidos para siempre en su corazón, y de ahí los haya ido destilando en cada uno de sus cuentos y novelas.

Pero Ramón no se apropia sólo de personajes y espacios literarios de los que pasan por su vida acá, sino que además hace suyos los problemas, los anhelos y esperanzas de la gente de todos aquellos lugares que conoce, en este caso de su tierra de adopción en Mariquita (Colombia). Y pienso que como Ramón se ha sentido adoptado y querido en todas las ciudades y pueblos donde ha vivido, es por eso que como escritor se convierte en cómplice de todos los desposeídos y desarraigados que se encuentra en su camino: los emigrantes de Serradiel, en su novela "El Cerro de los Cuchillos"; las inmigrantes dominicanas, en su cuento "Ocho minutos de Navidad" y de las niñas y ancianos colombianos que están detrás de la publicación de este libro.

Por eso os animo a adquirirlo, para disfrutar de una lectura que vais a sentir muy cercana en los personajes y sus circunstancias. Los dieciséis cuentos del libro nos hablan de héroes anónimos, de don Nadies venidos a más, de amores tardíos, del agua en la Naturaleza, de niños traumatizados, de pillos y pillas, de amores inocentes, de mentiras piadosas, de codicia colectiva, de enigmáticas señoritas de pueblo, de ilusiones circenses, de amores de vagabundos, de soldados buenos en guerras malas... En definitiva, historias de gente normal y, a la vez, especial.

Muchas gracias, Ramón, por tu obra llena de imaginación y sentimientos. Y muchas gracias, Miguel Ángel, de Publicaciones Acumán, por apoyar iniciativas de buen corazón, como la que hoy nos ocupa.