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Ramón de Aguilar

HERVIDERO

Felicitación de Navidad 2006

Felicitación de Navidad 2006

Para todos los que me pedisteis menos de lo que necesitabais y me disteis más de lo que podíais.

 

    Algún otro año, como felicitación de Navidad, he mandado una foto de la familia al completo, de los cinco… Y ahí seguimos, para quienes los conocéis y para quienes no los conocéis: Julie, David y Natalia, creciendo (en estatura y sabiduría); Eliana peleando con los cuatro, mas sin perder la belleza de dentro ni la de fuera; y yo, aunque con más canas en la barba, como siempre, que ya estoy muy mayor para cambiar… Y eso que éste ha sido un año lleno de cambios: nuevo trabajo para mí, nuevo hogar para la familia, nuevo libro (y ya se está agotando la segunda edición de Historias de gente sin historia), y, como ya he contado en varias ocasiones, nuevo viaje a Colombia, en octubre pasado, esta vez solo…

         Cuánto bueno, ¿verdad? Pues aún ha habido algo mejor: A lo largo del año, con la ayuda de Publicaciones Acumán, de muchos desconocidos y de algunos de vosotros, hemos conseguido buena parte del dinero que nos propusimos enviar a Colombia, para financiar los proyectos en los que me embarqué durante las Navidades pasadas: el del albergue de paso para los ancianos sin recursos y el de la ampliación y el mantenimiento del Hogar Niña María, donde se acoge a niñas con alto riesgo físico y moral. Durante mi viaje de este otoño pude ver el solar que se ha comprado para construir el primero y las obras de mejora que se han hecho en el hogar de las niñas, porque la ayuda ha alcanzado no sólo para la comida, la ropa, el material escolar, las medicinas y demás gastos del día a día, sino también para seguir mejorando las condiciones en las que viven y haciendo crecer las instalaciones para que, dentro de poco, sean más las niñas que encuentren en él un refugio en su huida de la violencia, los abusos, las vejaciones y hasta las violaciones a las que se ven sometidas… En total, hasta la fecha, han sido 15.200 los euros enviados.

         Bueno, pues por todo esto que os cuento, la felicitación de estas Navidades no va acompañada del tradicional “christma” o de la foto de la familia, o con un dibujo de los niños… Este año es una foto de alguna de ellas (podéis verlas a casi todas pulsando en este enlace).

         Y sabed que, cuando miraban a la cámara, os sonreían a todos los que anónimamente estáis ayudando, y no decían “patata” o “güisqui”… sino “¡Gracias!” y, por supuesto…  

¡Feliz Navidad!

Gente de paso

Gente de paso

Algunos de vosotros sabréis que Ibáñez llegó a Casas Ibáñez por carretera. Lo conté en el número ciento setenta y dos del periódico de allí, en octubre del año dos mil dos. Ibáñez había visto por primera vez el nombre del pueblo en un libro que enseñaba geografía a quienes se preparaban para trabajar en los ferrocarriles y, aunque por el nuestro nunca llegó a pasar el tren (por más que lo soñáramos), lo que tenían que aprender en él los futuros factores, revisores, maquinistas o jefes de estación eran las cabezas de los partidos judiciales… Ibáñez, que decía vivir en Burgos cuando era niño, se extrañaba de que un pueblo se llamara como él y de que siendo sólo “casas” apareciera en la lección junto a otros de la importancia de Sigüenza, Ocaña, Alcázar de San Juan, Talaver de la Reína, Tomelloso o Puertollano, por citar sólo algunos de nuestra región. Aquel asombro infantil le hizo viajar, una vez jubilado, para pasar aquí un tiempo, viviendo de hotel y contando en el periódico las cosas que veía y le pasaban…

            De algo escrito en el párrafo anterior es fácil desprender que nunca llegó nadie a nuestro pueblo por tren; nadie se apeó en una estación que, cerca de la Virgen de la Cabeza, estuviera rotulada con el nombre de “Casas Ibáñez” y desde la que, andando por un camino bordeado de acacias, o a bordo de un taxi en cuya puerta estuviera pintado el monolito dorado que recuerda la batalla de Serradiel,  pudiera llegar al centro en busca de posada… Sin embargo, el “hombre blanco” vino en helicóptero. Representaba una marca de detergentes que todavía existe e, impoluto, con traje, sombrero y zapatos albos, se dejaba caer en cualquier pueblo de España para dar regalos a cambio de que las mujeres (u hombres, si lo hubiera habido que lavasen, cuando la colada se hacía a mano, restregando la ropa mojada en una losa de madera o de cemento), le enseñaran su paquete de jabón, a medio usar, de la marca en cuestión. El helicóptero se posó en medio del campo de fútbol de la Cruz Verde y, si no de mujeres con el blanqueador en mano, enseguida se vio rodeado de niños, mientras sus madres corrían a las droguería más cercana, para pedir de fiado un paquete de detergente que cambiar por el regalo… No recuerdo si alguna lo consiguió antes de que el personaje estrechara unas cuantas manos y alzara de nuevo el vuelo, en busca de otro pueblo al que alborotar con su presencia.

            Será quizás el único caso de alguien que no llegó hasta aquí por carretera… Así es que lo que diferencia a la gente de paso es el vehículo o el motivo que los trajo. Siempre estuve convencido de que yo vine en carro desde La Gineta, cuando quizás aún no tuviera los tres años de edad. Ahora sé que eso es imposible, pero me gusta recordarme mirando hacia la esquina, desde la puerta de nuestra primera casa en el pueblo, e imaginando que, con sólo llegar hasta ella y darle la vuelta, si me hubieran dejado andar hasta allí, podría haber visto mi hogar de antes y los lugares que hasta entonces habían contemplado mis ojos… Mas yo no llegué de paso porque, aunque años después me marchara como tantos otros jóvenes, nunca dejé de volver y, como una vez confesé: “uno no es de donde vive, sino de aquel lugar al que siempre regresa”.

            Quien sí que llegó en carro, según él mismo me contó hace mucho tiempo (quizás la única vez que hablé con él), fue “Farina”, cuando sólo era un niño. Pero también él se quedó para siempre y cada vez que nos cruzamos por las calles del pueblo, me conmueve recordar la maravillosa historia que me contó de aquél, su primer día en el pueblo, y que yo algún día os contaré a vosotros… Será que cuando uno llega así de despacio, andando, en bicicleta o escuchando el gemir de las ruedas de un carro que se clavan en la tierra del camino (los ejes de la carreta a los que cantaba aquel argentino), es para no marcharse ya; como aquel otro niño o poco más que un niño, el “peoncillo”, que vino a trabajar en las vías de ese tren que nunca nos llegó (por más que lo soñáramos), y, nadie sabe por qué, lo fusilaron frente a la tapia del cementerio, junto a los “rojos”. Para siempre se quedó enterrado en el pueblo al que había venido a traer el ferrocarril.

            Helena, personaje fugaz de “El Cerro de los Cuchillos”, vino a fotografiar los restos de aquel sueño: estaciones cuyo reloj nunca se puso en marcha y cuyas puertas jamás se abrieron, puentes por los nadie salvó ningún barranco, andenes en los que no pudimos esperar el regreso de los que como ella, como Helena, si se fueron.

            Años después fue petróleo lo que vinieron a buscar “los franceses”. Durante un tiempo se les vio por el hotel que había en la que entonces era calle Caídos, hoy es calle Tercia y siempre ha sido la calle principal del pueblo. Se les vio poco y se marcharon pronto, quizás por eso no encontraron el “aceite de piedra” que, seguramente, les debe seguir esperando debajo de alguna viña o de cualquier pinar… Ahora, desde el norte de África o el este de Europa, a veces desde el otro lado del mar, vienen otros hombres y mujeres buscando trabajo, bien tan preciado o más que el oro negro. Al verlos me pregunto cómo habrán arribado hasta aquí, cuándo oyeron hablar por primera vez de este lugar, cómo lo imaginaron antes de llegar, por qué lo fueron a elegir entre tantos otros donde quizá sea más fácil hacer su sueño realidad… Muchos de ellos estarán de paso y algún día, sin echar raíces, se irán a otros lugares, quizás más prósperos. Otros, como hicieron muchos ibañeses en los años sesenta, regresarán a sus países de origen cuando hayan ahorrado lo suficiente para comprar una casa, un campo o un pequeño negocio… pero algunos se quedarán para siempre y nos ayudarán a hacer de éste un pueblo más grande y más rico; levantarán aquí su casa y sus recuerdos; y aquí crecerán o nacerán sus hijos, que serán quienes mañana  mantengan vivas nuestras costumbres, escriban en el periódico o protagonicen sus páginas con hazañas científicas, artísticas o deportivas… Pero esa ya no será gente de paso, como de la que hoy estoy hablando, como el muchacho que llegó pedaleando para ver a la trapecista de la que se había enamorado en el pueblo anterior; como los maestros y guardia civiles que vivieron aquí unos meses, a la espera de un destino mejor; representantes de comercio, vagabundos, veraneantes despistados, titiriteros, feriantes… gente anónima que llegó por unas horas o unos días y luego se marchó… O famosos que quizás ni llegaron a aprenderse el nombre del pueblo. ¿Se acordará Sara Montiel de que vino un día, no como artista, sino acompañando como amiga a Marujita Díaz, que iba a actuar en el Cine Rex? La gente la aclamó hasta que salió al escenario y, aunque no cantó, aseguró que algún día volvería para hacerlo. El Cordobés y Palomo Linares torearon en la plaza que ahora va a cumplir cincuenta años; ellos lo habrán olvidado, salvo que hayan guardado en su colección particular algún cartel de aquella corrida que colapsó el pueblo. Y tampoco nos recordará otro ilustre que pasó por aquí, camino de Alcalá del Júcar, como desfilaron los americanos por Villar del Río, en “Bienvenido, Mr. Marshall”… Me refiero al incombustible Fraga Iribarne, cuando no era Senador democrático, sino ministro de Información y Turismo de Franco. Como en la película de Berlanga, los niños de la escuela tuvimos que hacernos banderitas para salir a recibirlo a la entrada del pueblo; tal vez, quién sabe, se prepararon saludos, canciones y una fuente con chorrito… pero él, como en el film, precedido y seguido de escoltas, pasó de largo, sin parar, sin sacar una mano por la ventana para saludar a quienes le habían esperado toda la tarde. Yo me lo perdí. Nunca podré decir que vi pasar el coche de Don Manuel. Me castigaron en el colegio porque no preparé la bandera roja y gualda… Más de uno, en mi lugar, presumiría ahora diciendo que tuvo la osadía de hacer la republicana… pero mi discrepancia no fue política sino estética: pensé que quedaba menos chillona y más bonita si sustituía el amarillo por el naranja.

            No me pusieron muchos castigos en el colegio, pero todos fueron por razones así de estrambóticas (cambiar los colores de la bandera de España, comerme una carta de amor, tirar media piedra, pintar el mar de color verde)… Eso sí, éste que acabo de contar es el único que me dejó un recuerdo palpable: una bandera de papel manila con tres franjas horizontales: roja, naranja y roja.

            Por cierto, algunas de estas historias no son ciertas pero, las que más inventadas parecen, son verdad.

Cien colombianos... y más

Cien colombianos... y más

Cuando yo me muera, me abrirán el corazón… y lo tendré lleno de nombres

            La frase es de Monseñor Pedro Casaldáliga y me la cita la hermana Libia Morales, en su contestación a la carta que escribí para toda la gente de Colombia a la que quiero… Para los que vi, por el tiempo y las atenciones que me dedicaron; pero también para aquellos con quienes no tuve ocasión de encontrarme, porque estando cerca aún se me hizo más grande su ausencia.

            Ya anuncié que hablaría de todos ellos en el blog y, bajo una foto tomada a la entrada de la Catedral de Sal de Zipaquirá, fui mencionando a todos los que recordaba. Supongo que, a lo largo del tiempo, unos y otros irán apareciendo por aquí pero, mientras llega el momento, hoy os dejo sus nombres y las fotos de algunos de ellos, de algunas de las personas a las que dirigí esa carta con la que quise darle las gracias a Iván y Alba Lucía, porque fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado y porque, además, no me abandonaron en ningún momento y siempre estuvieron dispuestos a acompañarme a casi todos los sitios donde quiera que se me antojara ir. También a Carolina, que me cobijó en su casa, siempre que estuve en Bogotá, que nos hizo un sabroso ajiaco y que me presentó a la encantadora Sonia… Y a los demás primos de Eliana: la dulce Jimena, a la que por fin conocí y que me trajo un día a sus hijos, Valentina y Sebastián, para que también los conociera… César, también compañero en casi todas las salidas y en las apacibles tertulias de la noche, en el corredor de la casa. A Ingrid, que no pierde el encanto ni cuando se cae de la moto, por mucho que cojee o que el golpe le cierre uno de sus lindos ojos… A Darwin, que vino a verme nada más llegar a Mariquita, antes de irse a la sierra a hacer alguno de sus rebuscados trabajos. A Francisco, que se comprometió a enviarme alguna de las cosas que escribe… Gracias también a Yanet, porque siempre estuvo a la espera, dispuesta a acompañarme en cualquier momento y por esa velada tan agradable que compartimos la noche que cenamos con sus hijas, Erika y Tatiana… tan grandes ya, que parecen primas más que sobrinas; como ocurre con Estefanía, que también pasó conmigo, y el resto de la familia, el último fin de semana, viaje incluido hasta Chiquinquirá; como Daniel y Julie, a punto de cumplir su primer año de casados y siempre disponibles para todo lo que se necesite.

            Fue una carta para darles las gracias, también y por supuesto, a Jorge y Gloria, que me tuvieron en su casa de Mariquita todos esos días, que me llevaron todas las mañanas a caminar durante más de una hora y se preocuparon de que no me faltara ni comida, ni ropa limpia, ni jugos, ni lectura, ni remedios… ni libertad, porque fueron los únicos que siempre me decían que no tenía que dar explicaciones de a dónde iba o de dónde venía… Pero también a todos los tíos y tías, que tuvieron todo tipo de detalles conmigo, para hacer mi estancia más agradable: Enrique, Elisa, Rosa y Marina, que no dejó de hacerme, como cada vez que voy a Colombia, su sabrosa “frijolada”.

            Sirvió la carta, también, para enviar un abrazo a todos aquellos que vi y con los que apenas pude compartir un saludo, unos minutos, la intención de un encuentro más largo: Felipe, Pastor, Consuelo, Mario Molina, Leticia y sus encantadores hijos: Marcela, Luis Guillermo y Geraldín, Jennifer… Y a quienes me atendieron con especial esmero, como las farmacéuticas Lucero y su madre; Sandra, la estilista; Wilson, el zapatero; Socorro, cantinera y amiga; Osito y Junior

            Una carta, por supuesto, para mantener el contacto con amigos de “siempre”, de los que espero seguir recibiendo noticias: Esperanza Gil y el resto de su familia, Brenda, Eddie, Dora Elisa (a quien confío ver dentro de unas semanas en Salamanca o aquí, en Requena, donde le espera la presentación de mi libro), Daniel “Cabuya”… Y, también, para quienes conocí en este viaje y me gustaría volver a ver pronto: Raquel, Dayana y Claudia Liliana, que dedicó el tiempo de su almuerzo a mostrarme librerías de Bogotá… Sin olvidar a Sonia, que me llevó al taller de novela de Juan Manuel Silva, donde también tuve el placer de conversar (además de con el escritor y mi anfitriona), con Jazmín y con Carmen.

            Esa fue, casi por último, una carta para enviar mi afecto y mis deseos de seguir en contacto con las hermanas Betlehemitas: Trinidad, cuya entrega y dedicación admiro cada día que pasa; Rosalba, que me metió en ese lío (del que ya no quiero salir) y, la superiora, Libia, a quien tuve la suerte de conocer en esta ocasión y que me respondió, además de con la cita que encabeza este escrito, con un bello poema de Neruda… Vaya con estas letras, una vez más, mi agradecimiento por el almuerzo al que me invitaron, todas las atenciones que tuvieron conmigo y por haberme permitido colaborar en su hermoso proyecto. Me quedé con las ganas de saludar personalmente a la hermana Olga, que ha sido mi interlocutora durante estos últimos meses; esperemos que pronto se brinde la ocasión… Seguí aprendiendo del padre Humberto, que siempre tiene maravillas que contar y, a través suyo, mandé un saludo muy cariñoso a todos los miembros de la Fundación Madre Teresa de Calcuta. Gracias, también, a los miembros del Núcleo de Trabajo por la Vida, la Paz y la Justicia, que me acompañaron a conocer la invasión de “Los Pinos”, una de las experiencias más impactantes de este viaje y, en especial, a la mujer de Jaime (cuyo nombre nunca seré capaz de aprenderme), por todas las fotos que tomó (donde yo no me atrevía a hacerlas), y los libros que me recomendó (en Bogotá conseguí la edición que me interesaba de “Colombia, mi abuelo y yo” y uno de los títulos de Celso Román, el amigo de Jaime: “Las cosas de la casa”).

            Esa fue también, de alguna manera, una carta para cada una de las niñas del Hogar Niña María, que me hicieron sentir querido con sus palabras, sus preguntas y sus agasajos… No fui capaz de aprender a distinguirlas por sus nombres, pero siempre conservaré la foto que cada una de ellas se hizo a mi lado y, por supuesto, el recuerdo de sus sonrisas, inocentes e infantiles, por encima de cualquier dolor. Un beso también para la psicóloga (a la que tanto admiran las niñas), las mamás y todos los que colaboran en la tarea.

            Y esa fue también (ahora sí que es el final), una carta para todos los que no tuve ocasión de ver (en la foto, arriba: Tania y Tibisay, abajo: Jacobo, Saranna y Sara) y me hubiera gustado: desde Eros, que estaba tan cerca (en el balneario de San Felipe), a Marta Patricia, a quien siempre echo de menos en Colombia; el matrimonio Toño y Dolly, Numa y sus hijos, Joaquín y sus hijos (en especial Lisie, a la que conocí en el mes de diciembre), Clara Paz y Carlos Arjona, Carlos Guillermo, su mujer y su hija… Toda la familia de Medellín: Marta, Pedro y Maruchis, Sara, Tania y su esposo, Jacobo, Federico, Nacho y Tibisay, Saranna… Más todos aquellos cuyos nombres no me vienen ahora a la cabeza.

            Millones de besos para todos. Me vine ya con las ganas de volver.

Quinto viaje a América... Tercero a Colombia

Quinto viaje a América... Tercero a Colombia

Ayer me preguntaba María por los olores de Colombia (“me gustaría que junto a todos los cachivaches que traerás de tu nuevo paí­s, me enviaras un pequeño frasco con los olores de cada lugar que has visitado y de todos los sabores que has probado”). Me sorprendió darme cuenta de que, entre tantas y tantas imágenes como me han acompañado en mi vuelta, no he traído conmigo el recuerdo de ningún olor que me impactara… Justamente ahora, cuando lo último que estoy escribiendo se va a llamar "Dónde habitan los olores"; próximo capítulo de Déjame que te cuente en el que trato de narrar dónde vive el olor de la infancia, cuando nos hacemos mayores; el del frío, cuando llega el verano; el olor de los sueños, cuando estamos despiertos... hasta el olor de la muerte, cuando ya hemos enterrado al ser querido que murió.

         Será tal vez, le expliqué, que siendo tantos los sabores que me hechizaron, no me quedó capacidad para almacenar más sensaciones. A éstos habría que sumarles los colores de tanta y exuberante vegetación, de las ropas con que visten y hasta de las pinturas con que alegran las paredes de sus casas… el sonido de la lluvia torrencial que me acunaba casi todas las noches, la música que se escapaba por las ventanas de cada casa, el dulce acento con el que los colombianos hablan su lengua, que también es la nuestra… Mas yo le mencionaba a María los sabores y, al hacerlo, pensaba en todas esas frutas que para nosotros son exóticas y que allí ayudan a calmar la sed y recargarse de vitalidad. Me encantan el mangostino y el anón, pero también la granadilla, el lulo y los jugos de arazá, badea, guanábana y marañón; sé que no me gustaron tanto los de tamarindo, papaya o carambola... Y hay otras frutas que he comido (o bebido), pero cuyo sabor no puedo recordar (curuba, mamey, pitaya...) No me importa probar cualquier tipo de vegetal, pero para las carnes soy más aprensivo; en este viaje le di una nueva oportunidad a la chunchulla (tripas fritas), y me atreví, por primera vez, a comer hamburguesas del Corral (dicen que están hechas con lombriz de tierra)… Los jugos sí. Hay una frutería (“Pachamama” se llama y os la recomiendo; un día hablaré de ella en el apartado de “Cafés, bibliotecas, librerías y otros lugares de interés”), donde los hacen en el momento, por menos de un euro y de la fruta que escojas… Sólo hay un problema: los “vasitos” tiene una capacidad de un litro, y no siempre apetece beberse tanto zumo.

         Por cierto, que nadie vaya a pensarse que es zumo lo que estoy bebiendo en la foto que ilustra esta entrega… Claro que, aunque sí está tomada en Colombia, tampoco es de este viaje… En éste me moví de otra manera (si alguien tiene curiosidad que eche un vistazo a esta otra foto… o a ésta… o que sé dé una vuelta por la página de Publicaciones Acumán, donde he dejado una carta abierta a todos los que están colaborando con los proyectos de Colombia).

         La verdad es que hubo tiempo para todo… para almuerzos y reuniones que podríamos considerar de “trabajo” con las hermanas de la Fraternidad Misionera Betlehemita, los miembros de la Fundación Madre Teresa de Calcuta y los del Núcleo de Trabajo por la Vida, la Paz y la Justicia, pero también para jugosas comida en familia (la “frijolada” de Marina, el Ajiaco de Carolina, los huevos criollos que alguna mañana fritaba Gloria, mi suegra, y me ofrecía acompañados con arepas, la cena española que preparamos en Bogotá dos noches antes de mi partida: tortilla de patatas, ibéricos, quesos… y vino), largas horas de tertulia, cervezas, algún trago de ron viejo de Caldas, compras de libros en las surtidas librerías de la capital y hasta en un puesto callejero de La Dorada, en el parque de las iguanas; viaje en barca por el caudaloso río Magdalena, en buseta por la sabana del norte de Bogotá, hasta las ciudades de Zipaquirá (con su impresionante catedral de sal) y de Chiquinquirá; algunos mimos personales; la participación, como invitado, en el taller de novela que dirige el escritor Juan Manuel Silva y, eso sí, todas las mañanas, tan pronto como empezaba a amanecer, una caminata de casi hora y media, con mis suegros (Gloria y Jorge), por los bellos alrededores de Mariquita, recreando la vista en las escarpadas montañas del Cerro Lumbí, en la frondosa vegetación (húmeda, todavía, por las torrenciales lluvias de la noche), que se convierte en frondoso bosque a los pies del Cerro de la Cruz y alcanzando a ver, si el cielo estaba limpio, la blanca cima del Nevado del Ruiz… por cierto que también estuve paseando por el parque que ocupa el lugar de la ciudad de Armero que, tras la erupción de este volcán, despareció en una sola noche, dejando más de veinticinco mil muertos y la imagen tristemente célebre, de la niña Omaira, agonizando durante días ante las cámaras de televisión.

         … Y, por último, está la gente. Esas más de cien personas, que bien podrían ser personajes de una calidoscópica novela, pero con las que tuve la oportunidad de relacionarme directamente, desde el abrazo a Iván y Alba Lucía (que fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado), hasta “Yanet”, la compañera de viaje en el avión de regreso, e incluyendo en el número, por supuesto, a las treinta niñas acogidas en el Hogar Niña María, con las que pasé una agradable mañana de sábado, viendo sus actividades, comiendo helados, contestando a sus innumerables preguntas, tratando inútilmente de aprender sus nombres y fotografiándome con cada una de ellas. Hablar de toda esta gente, mencionarla al menos, lo dejo para una próxima ocasión… Será otro día.

La vida es una tómbola

La vida es una tómbola

Amador siempre dice que, cuándo éramos pequeños, yo quería ser “feriante”. Lo que yo recuerdo es que quería serlo todo; aunque me imagino que lo mismo os ha pasado a cada uno de vosotros: Desde carpintero a médico, desde misionero a cantante, desde portero de fútbol a periodista… El afán por escribir y por viajar me acompañaron siempre; pero es que éstos no eran incompatibles con todos los demás. Un profesor del instituto de Casas Ibáñez me vaticinó que nunca sería nada; pero, años más tarde, al acabar C.O.U. en Valencia, otro me dijo que yo podría llegar a donde me propusiera… El del pueblo se acercó más a la realidad, pero durante muchos años, si me esforcé por conseguir algo en la vida, fue por llevarle la contraria, no porque tuviera verdadero interés en ninguna de las carreras que comencé… El otro día fui al cementerio de Casas Ibáñez, que era uno de mis lugares preferidos en la adolescencia (incluso lugar de encuentro en citas clandestinas con la novia de un amigo… convencidos de que allí nunca nos iban a encontrar), y entre los recuerdos, me tropecé con la tumba de aquel  hombre. Me dio verdadera pena. Era un mal profesor y una mala persona, pero resulta que lo recuerdo con cariño…

            Mas volvamos a los feriantes. Aunque no lo fui, uno de los juegos que en mi niñez se estilaban era el de hacer tómbolas en las que se rifaban todo tipo de juguetes de plástico rotos y tebeos gastados por el uso. Creo que lo reflejé en uno de los capítulos de La Calle de Atrás, uno que se llamó “Luchas y tesoros”. No estoy muy seguro, pero luego lo busco y, si me da tiempo, lo coloco también en el blog, por si a alguno de vosotros le apetece leerlo. Lo de las tómbolas surgía espontáneamente, nunca supe cómo, pero de pronto alguien la hacía y poco a poco todos los niños se iban contagiando y montando las suyas en las puertas de sus casas… Si hice alguna fue dejándome llevar por la corriente, así es que el único mérito que me cabe es el de haber montado el Teatro Circo “La Ponderosa”, en cuya única función no sólo hubo magia, canciones y volteretas, sino también la representación de una obra de teatro que yo mismo escribí sobre la muerte de Viriato, episodio que, al parecer, me impresionaba. Las entradas se vendieron a dos reales y estaban impresas de verdad pues, como otras veces, Jesús Gòmez, el impresor con quien todavía me paro a hablar alguna vez, nos siguió la corriente y se prestó a hacérnoslas.

            Cuando años después conocí a Ana no me enamoré de ella porque sus padres hubieran sido feriantes, ni porque la imaginara nacida entre tómbolas y tiovivos, caballitos y coches de choque, sino por otras razones que no vienen al caso y las mayorías de las cuales estarán escondidas por los recovecos del inconsciente. Además, la historia de su familia la supe cuando ya salía con ella y lo único que cabía era escuchar las historias que me contaban, y lamentar que aquel fuera un tiempo pasado y que nuestro noviazgo no tuviera lugar en un carromato de circo o la taquilla de una montaña rusa.

            Mas si cuento todo esto no es tanto por recordar viejos tiempos como porque me sirve de prólogo para deciros que la otra noche (hace ya unas semanas), tuve la ocasión de hacer realidad ese sueño y estuve “trabajando” en una tómbola de verdad, en las fiestas de Alborea. Verdad es que mi colaboración se limitó a vender boletos durante unas horas y entregar algún premio pequeño, algún encendedor, libro o botella de vino… pero por un momento allí estaba, bajo las luces, al otro lado del mostrador, como un feriante más. La razón era bien sencilla, Cáritas, que monta todos los años esa “Tómbola de la Solidaridad”, me había ofrecido la recaudación de este año para los proyectos de Colombia (no vuelvo a describirlos porque ya los debéis de conocer todos y, si alguno no, puede verlos en la página de Acumán, a la que se accede pinchado aquí)… Bueno, no sé si al final la ayuda vendrá o no, pero para mí fue muy agradable ver realizado ese sueño de la infancia y constatar, una vez más, que nunca es tarde para nada, que la vida siempre nos da sorpresas y que lo que no ha ocurrido nunca, se hace realidad en un solo día… Que también la vida es una tómbola.

            Y el título no es sólo por esto. Cuando de verdad se me ocurrió fue una semana después, cuando se reunió el Jurado del IX Certamen Literario “Emilio Murcia”. Cada vez que he tenido la oportunidad de vivir un momento así, he tenido la misma sensación. Más de quinientos trabajos se habían presentado a concurso entre las dos categorías. La mayoría de ellos malos o muy malos; pero unos veinte o treinta bastante interesantes y, auque la calidad de algunos de estos pudiera ser discutible, al final siempre quedan diez o doce cuentos y otros tantos poemas que podrían ser premiados perfectamente… pero el galardón ha de ser sólo para uno… Y ahí es donde me doy cuenta de lo relativo que es todo. Este año, Noelia y yo estábamos convencidos de que iba a ganar un relato llamado “El instante”, pese a ello, su favorito era “Seis” y el mío “Encuentro entre dos mundos”. Los demás nos parecían que estaban como de relleno. Los dos primeros que desechó el jurado fueron nuestros favoritos. Luego el que iba a ganar seguro. Al final el premio fue para “Sombras”, un bello relato, que a ella no le gustaba y que yo tuve que volver a leer para recordar. ¿Qué hubiera ocurrido si en el jurado hubiéramos estado nosotros, si hubiera tenido otros miembros o si, aún siendo los mismos, se hubieran reunido otros día?

            Y así con todo. ¿Cómo llegamos a conocernos? ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Seguro que en el origen de todo, en la razón del primer paso que nos acercó aquel día, hay algo intranscendente, una nimiedad, una tonta decisión que podríamos no haber tomado porque daba igual y, sin embargo, eran el paso, la decisión, la ocasión que la vida nos brindaba para conocernos.

            No quería irme por estos derroteros. No quería ponerme tan serio. Me estuvieron urgiendo para que entregara mi colaboración de este mes al “Casas Ibáñez Informativo”. Hacía semanas que el tema lo tenía claro; el tema, el título y un esquema… Pues bien, cada vez que me ponía a escribirlo me salía un borrador completamente diferente y nunca tenía un trabajo terminado para entregar… Y hoy, lo mismo: Sólo pensaba contar lo de la tómbola de Alborea y mira por donde vamos ya.

            El otro día recibí un correo electrónico de Carmen Morales, desde México, en el que me decía que le estaban gustando los relatos de Historias de gente sin historia. Quise escribirle unas líneas para darle las gracias y le conté todo esto:

Me alegra que te esté gustando la lectura de mis relatos; si hubiera sido oportuno, me hubiera gustado contar, al inicio de cada uno, la historia de cómo y cuándo nacieron, de los avatares que siguieron hasta adquirir esa forma definitiva en la que los estáis leyendo; porque ahí, de algún modo (junto a las anécdotas, las situaciones y los personajes de los mismos), está mi vida o parte de mi vida; desde "Galad y Sera", que debe de ser el más antiguo de los publicados y que escribí en Barcelona, cuando era un soldado que se negaba a vivir en el cuartel y tenía que ganarme la cama y la comida trabajando por las tardes (recuerdo la habitación de alquiler que compartía con un amigo chileno, al que le perdí la pista y que creo recordar que se llamaba Hugo Francisco "Noséqué" Cortés y con Agustín, que andaba por Roma dando clases de español la última vez que supe de él; la mesa camilla sobra la que leía los anuncios de trabajo del periódico, escribía las cartas a mi novia de entonces, Chima, quien luego fue mi primera mujer, y relatos como éste… Recuerdo el falso platanero que daba sombra a nuestro balcón y el tramo de la calle Diputación que alcanzábamos a ver si salíamos a él; la forma peregrina en que conocí a los editores de la revista "Obolo", que lo publicaron y, junto a estos recuerdos, como las cerezas enzarzadas en un ramillete, vienen otros recuerdos: las canciones que Agustín componía y cantaba con su guitarra, sólo para él; la piedra de lapislázuli que Hugo Francisco cargaba con la ilusión de venderla un día para salir de pobre; Feli, la patrona que nos había alquilado el cuarto, que nos fiaba comida de su despensa, cuando no nos quedaba otra cosa que comer, y que tenía un amante borrachín, al que trataba de esconder con poco éxito, porque ya se encargaba él de que lo viéramos, aunque fuera en calzoncillos, unos calzoncillos con un estampado que simulaba la piel del tigre... Y, junto a ellos, también un viaje en tren a Sitges, ligues de una sola tarde o una sola noche que no me han dejado el recuerdo de su nombre ni de su cara, pero sí un relato escrito ("Merche está en la hierba", "Necesitamos una Maga"...); y, ahora que nombro a la Maga (existió de verdad, hace poco la vi en una entrevista que le hicieron, anciana ya), recuerdo también muchas horas leyendo a Cortázar, que me fascinaba, y a Torrente Ballester, al que descubrí allí mismo, justo en aquella época, en aquel lugar.

         Luego vendrían los demás relatos. "El baterista del Plata", del que hubo varias versiones y otro título (“Sábado y trece”),  hasta que encontró su forma definitiva el día que le sumé mis recuerdos del casco viejo Zaragoza y un cabaret muy peculiar de la calle conocida como El Tubo, al que iban viejos y soldados; me llevó una amiga que se llamaba Azucena y sabía que se iba a morir de cáncer, de hecho me regaló algunos de sus libros como recuerdo (El país de octubre, de Ray Bradbury, por ejemplo), sabiendo que ya no nos veríamos nunca más, porque ni siquiera éramos tan amigos como para que alguien me dijera que se había muerto; sólo un día dejé de recibir sus cartas y ya no la busque más, ni siquiera cuando, años después, fui novio de Sonia, que estudiaba allí veterinarias e iba a verla con frecuencia y juntos paseábamos por la ciudad, comprábamos libros en alguna librería de lance, tomábamos "quemadillos" en alguna cafetería del centro y, antes de irnos a dormir, nos asomábamos a las oscuras aguas del río Huerva, que separaba su barrio del centro... Aún volví algunas veces, tanto el año que Amador estuvo allí de “fraile” con los Hermanos de San Juan de Dios, como en alguna visita en plan turístico (por ejemplo, para llevar a los padres de Eliana a que conocieran la Basílica del Pilar)… Pero recuerdo también la noche en la que, hasta bien entrada la madrugada, estuve escribiendo esta versión, recorriendo con un dedo las calles del barrio sobre un mapa de la ciudad, en el que iba haciendo anotaciones; luego la entrega del premio, el reencuentro con Fernando Lalana, el curioso restaurante al que me llevó a cenar y el paseo que, bien entrada la noche, nos dimos por los escenarios de mi relato y por los lugares en los que a la ciudad le gustaría hacer una Exposición Universal

         Bueno, no puedo seguir así, repasando cada uno de los cuentos del índice hasta llegar al último escrito (“¿Cuánto vale una horca?”), en el que mezclaba mis recuerdos de la feria de Albacete, con los de una familia que conocí en Ayora (descendiente de Jarafuel), que hacía ese tipo de astiles, horcas y garrotes y una noticia leída hace años en la prensa y que me impresionó (el linchamiento de un camionero español que había atropellado a un animal, no fue un niño y tal vez tampoco fue en Turquía); todo esto lo mezclé para uno de los piscolabis literarios de la CAT; pero hablar de éstos, de las obras de teatro (como la de “Criaturas”,en la que colaboran Eliana y los niños), del certamen literario que convocan, de la gente a la que tanto aprecio (como Montse, Ángel, Lorenzo, Mamen, Cano… por citar sólo a los que vinieron a la presentación del libro en Casas Ibáñez, pero dejando claro que hay muchos más: Celia, Rafa Muñoz, la familia Monzó al completo, Miguel Ángel Plaza e Isabel Garrudo, Isabel Sanchís… y cada uno con su historia, como Ayora y Jarafuel, Lidia y sus hermanas, la feria o las ferias… sería como el cuento de nunca acabar; así es que mejor lo dejo y me voy despidiendo

            Bueno, Carmen ya no me ha escrito nunca más… A lo mejor tú tampoco vuelves a entrar en el blog. Por si acaso, la próxima vez seré más breve.

Noelia

Noelia

-- Siempre creí –confesó Noelia, levantando la vista del libro al llegar a este punto--, que en este lugar aparecería contando el cuento de “Los siete cabritillos y el lobo”.

Y lleva razón al creerlo, fue así como la vi por primera vez y hubiera sido lo más obvio... Pero lo cierto es que, cuando llegó el momento de presentarla, sentí la necesidad de no seguir los caminos trillados que habría aprovechado para introducir a otros personajes: Ni el inesperado primer encuentro, ni una evocación del idílico Valle del Cabriel, contemplado entre los pinos desde la balsa de Cilanco; ni una cena vegetariana en el bohemio barrio del Carmen, ni la populosa inauguración de una librería o una entrega de premios en la que, seductora, se convertía en protagonista…

-- Si sigues descartando momentos compartidos, no te quedará ninguno con el que darme entrada en la historia…

Volvía a llevar razón, pero también podían considerarse los proyectos esbozados, las vivencias imaginadas, las ensoñaciones…

-- ¿Cómo la invitación a guiarte durante la escritura de un relato?

-- Como aquel juego –asentí--, o como todo lo inesperado que nos pueda traer el futuro.

Veíamos caer la tarde por el horizonte y pensé que el futuro debería estar, más o menos, por allí; por donde el sol se pone en busca de otros mundos, en busca del próximo día que vendrá.

E imaginé que, como no hay lugares perfectos (sólo recuerdos perfectos de lugares normales), Noelia podría ser como un país de las maravillas que limitara al sur con Albacete y sus cines Candilejas; al este con Valencia y su café de las Horas, su restaurante La Luna, su jardín botánico, su UPV Radio… y con Italia, con el Trastévere en Roma y un museo del cine en Turín. Al norte con las calles empedradas de Albarracín y, aunque no lo sepa o no lo recuerde, con los “Encantes” del Mercat de Sant Antoni en Barcelona… Y al oeste, ese futuro en el que, de camino al mar, caben un palacio de Gaudí, las mágicas ruinas de un hotel y el último rayo de luz, pintando de verde el océano, dejando al desnudo sus pensamientos.

Eliana

Eliana

La segunda vez que me casé con Eliana tuve la impresión de encontrarme dentro de una film. No era ésa la primera ocasión en que me ocurría (ni lo de la boda con ella ni lo de pensar “esto es como una película”). Supongo que, para empezar, ya el hecho de casarse dos veces con la misma mujer pertenece más al mundo del cine que al de la vida cotidiana… En cuanto a lo otro, recuerdo en especial dos momentos en los que tuve esa sensación, uno charlando con Agustín en la terraza del ático viejo (creo que es la última vez que nos vimos, desde entonces no he vuelto a saber de él), y el otro paseando por el puerto de Vicedo, también de noche, ya de madrugada, con Natacha y Eugenio; había gente pescando a la luz de la luna y se acompañaban con la música de los coches, que escuchaban con tanta suavidad como nos acariciaba la brisa del mar… no sólo pensé que era una secuencia de película, además me pareció que debía ser de Fellini.

            Pero no es el momento de hablar de cine, ni de Agustín, ni de Natacha, ni de Eugenio… aunque, antes o después, todos habrán de tener su hueco en estas páginas. Éste es el espacio para presentar a Eliana, la mujer con quien comparto mi vida desde hace casi cinco años, prácticamente desde el mismo día en que nos conocimos… algo que también es más propio de los argumentos del cine que de las historias de la vida real.

            La primera vez que nos casamos llevábamos viviendo juntos más de un año y tuvimos que vencer la oposición del fiscal de turno, de pasando por la humillación de que un policía sucio y tripudo dictaminara si estábamos lo suficientemente enamorados como para poder hacerlo… Y esto, por lamentable y escandaloso que resulte, es tan habitual en nuestro país, que no voy a decir que también parezca de película, aunque a ninguno de los que me lea le haya ocurrido que, para vivir con su pareja, haya tenido que demostrarle a nadie lo mucho que la quiere, que están enamorados como dos adolescentes, que ganan lo suficiente para pagar la hipoteca o el alquiler… y que todo eso lo tenga que dictaminar alguien que tal vez abofetea a su mujer, que a lo mejor se casó sólo porque la novia se había quedado embarazada, porque necesitaba quien le hiciera la comida y le lavara los calzoncillos, porque su madre se aburría y quería un nieto al que cuidar, porque le salía muy caro ir de putas todas las semanas o porque todos los amigos se habían casado ya… Aunque nadie se lo vaya a creer, conozco casos reales de gentes que me han dado esos motivos y (aunque resulte igual de inverosímil), a ningún fiscal ni a ningún policía les preocupó lo más mínimo, del mismo modo que no les importó si tenían casa o trabajo, si antes de la boda ya vivían juntos o si sólo paseaban las tardes del domingo, cogidos de la mano, por la calle mayor del pueblo.

            La situación, junto a lo que había conocido a través de otros extranjeros (Rocío, Eveling y el marido cubano de Sonia, entre otros), y los casos de los que me enteré en mis vistas al arbitrario Consulado de España en Bogotá, me inspiraron el texto Señores de la Justicia y de la Ley, con el que obtuve el primer premio de Cartas de Amor de Béjar. Fuimos a recogerlo juntos, con los tres niños, que por fin vivían con nosotros y que, al pasar por la Sierra de Guadarrama, tocaron la nieve por primera vez. Seguíamos siendo felices, pese a la desconfianza de los agentes de inmigración y pese a estar ya casados.

            La primera boda fue en Villatoya, donde Camilo, el alcalde, nos compensó de tanta traba y tanta espera con acertadas referencias a Colombia y bellas palabras para los inmigrantes… Y dos años después, cuando pudimos viajar juntos a Colombia, nos casamos en Mariquita, por segunda vez, ante su familia, a la luz de unas antorchas y rodeados de exuberante vegetación y flores exóticas… Fue entonces cuando me volví a sentir en una película y recordé escenas de aquélla que tanto me gustaba “El violinista en el tejado”, en la que, siguiendo tradicionales ritos judíos, también una pareja se casa en mitad de la noche y a la luz de unas antorchas.

            Y aquí seguimos, por mucho que le pese a algunos, compartiendo techo, mesa y cama, luchando codo a codo por llegar juntos al día siguiente, cómplices en lo cotidiano y en la aventura, dispuestos a repartirlo todo (hasta los amantes, decimos, si se terciara), descubriéndonos todavía, sorprendiéndonos, tratando de compensar los años que no nos conocimos y asombrados, aún, de que caminos tan dispares y tortuosos como los que anduvimos, tan distantes en el espacio y los años, nos llevaran a encontrarnos un día y reconocernos de inmediato, pese a los avatares del tiempo.

La Tetería Luna

La Tetería Luna

Aún llego a tiempo, antes de que mañana cierre sus puertas por última vez, de hablar de este rincón como de uno de los lugares donde más a gusto me encuentro... ¡Cómo voy a lamentar no haberlo disfrutado más! ¡Cuántas veces me propuse adquirir la costumbre de ir cada tarde, a primera hora, antes de que se llenara de gente, a sentarme ante esa mesa a la que llegaba el último rayo de sol, para escribir historias que ya nunca nacerán!

¿Cómo serán los cumpleaños de Mari Sol o míos, sin la Tetería? ¿Dónde nos encontraremos, a partir de ahora, quienes allí acudíamos con la certeza (tal vez sólo la ilusión), de que alguien se alegraría con nuestra llegada? ¿Dónde ubicar el rostro amable de quienes la frecuentaban, empezando por Pepa y Beatriz, que la inventaron, siguiendo por quienes allí trabajaron, como Nandy o Sonia (que también nos contaba cuentos), y acabando con los clientes, desde los conocidos: Mari Sol, el otro Ramón (aunque él piense que el otro soy yo), Juani, Amparo, Raúl y el otro Raúl, varias Anas, Luismi, Bea y un largo etcétera en el que no deberían faltar otros hombres y mujeres con quienes no hablaba pero a quienes miraba con curiosidad (como a Luis, siempre acodado en la barra, como cualquiera de los personajes de "Cheers", aquella serie que tanto me gustaba) o con "ojos golosos", como a Pilar (según la gráfica descripción que dio Beatriz a mi mirada)?

En fin, creo que la mejor manera de rendir homenaje a La Tetería, va a ser transcribir aquí el texto que le envié a Pepa cuando mi cincuenta cumpleaños:

Aún no olía a hierbabuena ni a menta, a regaliz ni a canela; aún no se escuchaba la risa fresca de Pepa ni su mirada acariciaba desde el interior pues, a través de los polvorientos cristales, sólo se veían algunos trastos cubiertos de telarañas y un único rayo de luz que iluminaba una baldosa del suelo de barro cocido. “Algún día –pensaba yo--, aquí estará mi librería. Sobre las paredes blancas, en anaqueles de colores, descansarán todos los libros que merezcan la pena, los clásicos y las novedades, las fantásticas aventura que avivaron mi imaginación, las obras de teatro y de poesía que me conmovieron... En cualquier rincón una alfombra persa y un baúl lleno de cuentos servirán para que los niños se tumben en el suelo a leer mientras los mayores, sentados ante una mesita de mármol, lean despacio una novela y fumen sin miedo, saboreando cada página y cada calada, disfrutando del calor del sol y el regosto de un café”…  Pero Pepa llegó primero. La lotería no me tocó y nunca pude hacerme con el local, que se llenó de tazas y teteras, de aromáticos tés y hierbas para infusiones llamadas como poemas. El nombre de la Luna, como su aroma, se extendió por toda la ciudad y, atraídos por él, a su puerta llegaron los seres más singulares, exóticos, soñadores, cálidos, locos, idealistas, bohemios, libres, errantes, imaginativos...  ocuparon sus mesas o se sentaron ante su barra. Yo a veces, desde un rincón al que ahora llega el rayo de sol que antes se estrellaba en el suelo, añoro la librería que nunca tuve... pero ya no la echo de menos. Miro a mi alrededor y pienso que todas aquellas vidas son más interesantes, misteriosas, tiernas, sensuales, emocionantes… que los libros escritos o por escribir. Quizás sólo sea cuestión de aprender a leerlas… Ojalá y Pepa me enseñe ese abecedario que sólo los más sensibles, como ella, saben deletrear.