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Ramón de Aguilar

Solo en la sala... del Candilejas

Solo en la sala... del Candilejas

Estoy en Albacete. Hoy, como ayer, hemos tenido un día primaveral, impropio de un siete de noviembre. Os escribo escuchando a Stan Kenton en el ordenador. Esta tarde he estado comprando libros; cuentos de Carles Cano (de quien algún día tendré que relataros una historia tan curiosa como las que él escribe), también de un escritor ecuatoriano que no conocía, José de la Cuadra, y que me está gustando mucho… y otros, que harían la lista demasiado larga, sobre todo hoy, que quería hablaros de cine; porque mañana iré a ver alguna película a los Candilejas. No necesito mirar la cartelera para saber qué hacen; seguro que en alguna de sus pequeñas salas proyectan un título que me interese; es probable que los cuatro, aunque ninguno de ellos me resulte conocido, pues rara vez en los Candilejas “echan” pelís de ésas que todo el mundo conoce, de las que se producen en Hollywood y anuncian por televisión. Su programación se basa en filmes europeos y sudamericanos, cine norteamericano independiente, alguna producción asiática o africana… A veces uno se lleva un chasco pero, por lo general, sale al ambigú con la alegría de no haberse perdido esa maravilla que, lo más seguro, no se exhibirá en las grandes salas, en los multicines de los centros comerciales, en la franja horaria de mayor audiencia de la televisión (el mal llamado “prime time”). Yo creo que para Albacete (como lo sería para cualquier otra ciudad), es un lujo tener un cine así. También es posible que mucha gente no piense como yo; de hecho, en las diez o doce últimas veces que he ido, la mitad he estado solo, completamente solo, en la sala… Solo en la sala, que bien suena para título. Pues la otra mitad de las veces  he coincidido con mi prima Esperanza y su amigo Chiapella. Es curioso que nunca quedamos para ello (la última y, quizás, única vez que “quedamos” fue para comer en Toledo, cuando yo vivía allí y ella acudió para hacer un curso de su trabajo… es decir, hace más de veinte años); luego, salvo en alguna boda o algún funeral, sólo nos hemos encontrado en el cine y, dos de las veces, Chiapella que, además de ser actor, escribe, me ha regalado sendos libros suyos; el último, Evocaciones ayorinas, lo leí con verdadero placer porque en sus páginas, escritas con gracia y cariño, volví a recorrer rincones y parajes que me son muy queridos. No sé si mañana me los volveré a encontrar (a Esperanza y Juan Manuel), o volveré a estar solo en la sala. Hubo una época en la que, con la entrada (que en este soleado mes de noviembre del 2007 aún puede conseguirse por sólo tres euros, incluso sin ser el día del espectador), regalaban una consumición del bar; en otra época un cartel grande de cine; siempre, información detallada sobre las películas que se ofrecen… y éstas son lo mejor de todo; he hecho memoria y he recordado que en sus pequeñas salas vi por primera vez Bailar en la oscuridad, Deseando amar, El silencio del agua, La gran final, Cuatro minutos, La suerte de Emma, Nacional 7, Las tortugas también vuelan, Panamericana, Lista de espera, Historias mínimas, Caché… y un etcétera, no muy largo, pero suficiente como para que me atreva a invitaros a ir a los Candilejas… Ya me contaréis… Por cierto que, aunque un poco escondido, es fácil encontrarlo, junto al Parque Lineal, justo delante de una calle con nombre tan entrañablemente cinematográfico como la de “José Isbert”

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