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Ramón de Aguilar

Un día para la paz

Un día para la paz

            Tengo que confesar que, hasta este año, no me había enterado de que existe un “Día Mundial Escolar de la No-Violencia y de la Paz”. Nunca me he mostrado muy partidario de este tipo de celebraciones. Alguno podría echarme en cara que en este mismo cuaderno, cada 23 de abril, celebro el Día del Libro y que, cuando diciembre se acerca a su fin, siempre encuentro una excusa para felicitaros la Navidad. Es cierto. Y ojalá y todas mis contradicciones fueran así de simples e inocentes.

            Pues sí, resulta que el 30 de enero se celebró el Día Mundial Escolar de la No-Violencia y de la Paz y yo lo supe porque gente a la que quiero (Vicen, Espino, María, Elena…), me invitó a colaborar con el Jurado de un premio de redacción sobre la paz que, desde El Proyecto Avalon (Iniciativa para una cultura de paz), habían convocado entre los escolares de Requena. Para mí fue muy agradable reunirme con ellos (y con los miembros del jurado del premio de dibujo, que también lo había), y fue muy emocionante leer los trabajos de niños que con tanta espontaneidad como lucidez ofrecían sus propuestas para un mundo mejor.

            El primer premio de dibujo fue, simultáneamente, para Fabián Wasiak y Jorge González. Los de redacción para Alex Folgado, de 11 años; Javier García, de 8 y Paula Fernández, también de 8 años.

            Los dibujos los tenéis al principio (primero el de Fabián y a su lado el de Jorge), ilustrando esta entrada al blog. Las redacciones os las pongo a continaución y a sí me sumo a todo los actos, en favor de la paz, se hicieran el pasado día 30.

 

“Abrimos la boca para saborear la paz.

Abrimos los dedos para tocar la paz.

Abrimos los oídos para escuchar la paz.

Nos abrazamos todos juntos para sentir la paz.

Chicos y chicas, con mucha paz.

Abrimos los ojos.

Abrimos la boca.

Abrimos los dedos.

Abrimos la puerta.

Abrimos la puerta con mucha paz.

Nos abrimos todos y tocamos la paz.

En pie de paz.”

 

Alex Folgado

 

 

“La palabra paz es la que más veces ha querido escuchar la humanidad.

En algunos lugares del mundo no hay paz. Sería muy bonito asomarse a la ventana y ver como el viento mueve las hojas de los árboles, oír como llueve, sin miedo a que una bomba destruye a miles de personas.

 

Las guerras son por diferencias de pensamientos, de religión o de ideologías. Siempre se puede hablar de ello, dando cada uno su opinión; no es necesario usar la violencia.

No hagamos el odio, hagamos la paz.

No sirvamos a la guerra y ayudemos a los demás.

Seremos pobres en dinero, pero inmensamente ricos es amor.

La paz es posible.

La paz empieza en ti.

La paz es posible contigo.”

 

Javier García

 

 

“La  paz es muy bonita, sobre todo si la hacemos con nuestros amigos.

El año pasado, para lograr la paz hicimos muñecos que se daban la mano. Este año haremos algo tan bonito o más.

Estoy deseando que llegue ese día”

 

Paula Fernández

Por la lectura (José Luis Sampedro)

Por la lectura (José Luis Sampedro)

 

            No he leído mucho a José Luis Sampedro, aunque siempre me ha encantado oírlo hablar, ya sea de Literatura o de Economía. Reconozco también que tiene un carisma especial, que se acrecienta con su cercanía a la gente… Quizá sea por esta condición, propia de los sabios verdaderos, por lo que hoy lo traigo al blog; no tanto por sus novelas, como por esta bella reflexión que, como suscribo, quiero ayudar a difundir (hallaréis otros escritos igual de lúcidos en su página personal, que os invito a visitar).

 

Por la Lectura

 

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

 

 

El día en el que Noelia llegó a Valencia

El día en el que Noelia llegó a Valencia

            Noelia llegó a Valencia el mismo día en el que inauguraron una de sus más importantes y céntricas librerías: Varias plantas repletas de maravillas, más libros de los que cualquiera de nosotros podría leerse en toda su vida, y una coqueta cafetería en la que tomarse un carajillo de ron o beberse una cerveza, rodeado de poemas de Ana Rossetti, Francisca Gata o Ángel González, y viendo desde lo alto a la gente que entra con las manos vacías y sale con los ojos llenos de ilusión y una bolsa en la que carga algunas piezas del tesoro allí guardado: novelas de Luis Leante, Nick Homby o González Ledesma, dramas de Calderón, Buero Vallejo o Bertold Brech, comedias de Plauto, Woody Allen o Jardiel Poncela, poemarios de Keats, Gloria Fuertes o Salinas, obras clásicas de Quevedo, Dickens o Unamuno, relatos de Clarín, Félix Palma o Allan Poe...

            Quizá no fuese aquél, el de la inauguración, su primer día en la ciudad de la Plaza Redonda y la Malvarrosa; pero sí fue la primera vez que Noelia y yo nos vimos fuera del pueblo, lejos de Casas Ibáñez... Aunque lo de lejos sea algo relativo, puesto que Valencia siempre nos ha sido una ciudad cercana y necesaria, acogedora con tantos ibañeses a los que nos ha abierto la posibilidad de estudiar, trabajar, comprar o divertirnos... como aquella tarde, rodeados de libros y periodistas, picando de las bandejas en las que cabales camareros nos ofrecían copas de vino blanco y montaditos, y husmeando entre tanta literatura, esa que siempre nos había unido, desde que ella era bien niña; quizá desde antes, pues ya a su madre, Ramona, la había conocido en la biblioteca del pueblo, cuando Ana Pili era la bibliotecaria y, entonces sí, Ramona y yo niños.

            Quien ahora es bibliotecaria es Noelia, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía donde, como becaria, tiene un despacho con un gran ventanal asomado a la estación de Atocha, desde la que salen los trenes que vienen a nuestra tierra (aunque nunca lleguen a nuestro pueblo)…. Pero aquel día en el que una nueva librería abría sus puertas en Valencia, ella acababa de matricularse en la Universidad, en el primer curso de la diplomatura de Biblioteconomía y Documentación. Había terminado el bachillerato con matrícula de honor; aunque eso yo no lo sabía, nunca me lo había dicho... La verdad es que sólo la he oído presumir de los bolsos y cinturones que ella misma diseña y confecciona con tebeos de Mafalda o algún otro de los personajes que le gustan. Aquel día, aquella primera noche en Valencia, la ilusión que hacía brillar sus ojos no era  la de la estudiante ejemplar sino la de la muchacha que, apenas abandonada la adolescencia, quería beberse la vida: La ciudad y sus bares, los cines y teatros, los conciertos, las fiestas de barrio y de estudiantes, las zapaterías... y los libros, claro, los de la carrera y todos los demás.

            Ahora Noelia ha conseguido el tercero de los Premios Nacionales de Fin de Carrera de Educación Universitaria, como licenciada en Documentación… Quizás también hubiera podido ser premiada cuando acabó la diplomatura, y todo esto hubiéramos tenido que escribirlo hace dos años; pero en aquella ocasión no presentó su expediente. Lo que sí hizo fue seguir estudiando, sin olvidarse de vivir, y acabar la licenciatura con la nota media que le ha merecido el premio: 9,48... Y no soy yo el único que se siente orgullo de ello, pues si, a lo largo de estos años,  algo ha hecho Noelia mejor que estudiar, ha sido ser amiga de sus amigos, grupo en el que también se cuentan Amparo, Ramona y Antonio (no todo el mundo se da el lujo de tener como amigos a los padres y hermanos).

            Desde que la conozco, Noelia ha hecho teatro en Casas Ibáñez, ha contado cuentos en público, ha ganado premios de fotografía; ha colaborado con un programa de radio en Valencia; ha presentado las entregas de premios en el Certamen Emilio Murcia de Villatoya; ha escrito los únicos haikus que han conseguido llegarme al corazón… Ahora, que vive en Madrid, forma parte del Coro Gaudeamus y, además, está políticamente comprometida con la sociedad y con el desarrollo de su pueblo... Son detalles que, posiblemente, nunca mencionará en su currículo y que, sin embargo, nos muestran la auténtica dimensión de su personalidad; la que de verdad nos interesa a quienes apreciamos más los valores humanos que los títulos universitarios.

            Noelia estuvo hace dos veranos en Dublín y, aunque no encontró tiempo para leerse el “Ulises” de Joyce, no sólo mejoró su inglés sino que hizo buenos amigos y se dejó allí un pedacito del corazón; este último verano (becada como el anterior), viajó a Toronto y, aunque no encontró tiempo para escribirnos a los que nos quedamos aquí, no sólo mejoró su inglés y se tomó la foto que os muestro, sino que hizo buenos amigos y se dejó allí un pedacito del corazón… como le pasó en Valencia o en Villamalea, como le ocurriría en Madrid, si algún día tuviera que marcharse, para seguir creciendo... No me extrañaría que ocurriera; después de todo, el primer día que Noelia y yo nos vimos en Valencia y, junto con Eliana, fuimos a la inauguración de una nueva librería, cuando, pisando la alfombra roja que habían extendido ante su puerta, entramos a la fiesta y un camarero nos recibió con una bandeja de motaditos y copas de vino blanco, en realidad fue como si la ciudad le estuviera dando la bienvenida, como si el mundo estuviera celebrando su llegada.

En el camino aprendí (Rafael Amor)

En el camino aprendí (Rafael Amor)

            Hace tiempo que quería escribir algo sobre Rafael Amor; de hecho ya lo he mencionado en un par de ocasiones, (la primera de ellas, el 4 de septiembre del 2006, en los comienzos del blog, “Lección de húngaro”)… Pero fue al finalizar el año, intentando hacer balance sobre todo lo tristemente aprendido a lo largo del 2008, cuando, sentado ante la pantalla del ordenador y tratando de encontrar el lado positivo en tanta decepción, una de sus canciones me venía una y otra vez, no ya a la cabeza, sino a la punta de los dedos que bailaban sobre el teclado… No me cupo entonces, pero ya os anuncié que sería esa canción, este poema, mi próxima entrega.

            Podía transcribirlo sin más, o crear un enlace para que podáis escucharlo cantado… Rafael Amor no necesita presentación (ni siquiera para aquellos que no lo conozcan: ya no lo olvidarán cuando lo escuchen); pero quería contaros que yo lo conocí hace muchos-muchos años (cuando vosotros aún no habíais nacido). Una amiga tenía una cinta de “casset” con algunas de sus canciones: “Corazón libre”, “El loco de la vía”, “Cintas amarillas”… Yo las escuchaba una y otra vez, sin cansarme nunca de tanta ternura y asombrado de que nadie lo conociera, de que no lo emitieran en la radio, ni saliera en la televisión, ni estuvieran sus discos en ninguna tienda de Castellón, que es donde entonces vivíamos. Las ventanas del cuarto de mi amiga daban al patio de un colegio. Es lo único que recuerdo de su casa, porque una mañana me copié su cinta, poniendo junto al altavoz de su reproductor, el micrófono del mío. Durante muchos años fue esa la única forma de volver a escucharlo y, entre canción y canción, se quedó detenido el tiempo para siempre, al grabarse también las voces de los niños que jugaban al otro lado de la ventana.

            Años después, en Toledo, pude verlo y grabarlo en un programa de televisión que algunos recordarán; se llamaba “A media voz” y lo presentaba el Gran Wyoming, junto a un jovencísimo Óscar Ladoire; duraba menos de una hora y se emitía muy avanzada la noche. Estando ya en Requena, cuando hacía tiempo que conocía a Guadalupe y habíamos tomado la confianza suficiente como para hacernos confesiones de esa índole, me contó que a ella le gustaba un cantautor al que nadie conocía y que se llamaba Rafael Amor… No es éste su único encanto (algún día tengo que presentárosla), pero desde entonces no sólo creció mi aprecio por ella, sino que me dejó las cintas que tenía de él (¡originales!), y yo le presté la mía de vídeo, porque ella tampoco lo había visto nunca… aunque Internet ya se asomaba por el horizonte y, para bien, todo iba a ser distinto al cabo de muy pocos años.

            Mas, antes de que fuera posible acceder a su página, o ver actuaciones suyas en YouTube, o encontrar miles de referencias en Google; tuve la ocasión de conocerlo personalmente en Villatoya. Fue durante una de las entregas de premios del Certamen Literario Emilio Murcia, una de las ediciones en las que prácticamente yo no intervine; Camilo me comentó que le habían hablado muy bien de un cantautor argentino, al que sería posible contratar para el evento, y que se llamaba Rafael Amor… Cuando le conté algo parecido a lo que os acabo de narrar, ya no dudó en traerlo y me dijo que sería el regalo que el Certamen me haría en mi cincuenta cumpleaños… Y allí estuvo, con todos nosotros (Guadalupe también, claro), emocionándonos con su sensibilidad, haciéndonos reír con sus presentaciones, llorar con su palabras (ni Eliana ni yo –que aparecemos junto a él en la foto–,  ni su hermana, ni quizás algún otro, aún no siendo inmigrante, pudimos evitar las lágrimas con su emblemático “No me llames extranjero”).

            Pero, si continúo, voy a tener que dejar de nuevo su poema para la próxima vez; más vale que lo leáis y luego, el que quiera, que siga buscando.

 

 

En el camino aprendí

 

 

En el camino aprendí,

que llegar alto no es crecer,

que mirar no siempre es ver

ni que escuchar es oír

ni lamentarse sentir

ni acostumbrarse, querer...

 

En el camino aprendí

que estar solo no es soledad,

que cobardía no es paz

ni ser feliz, sonreír

y que peor que mentir

es silenciar la verdad.

 

En el camino aprendí

que puede un sueño de amor,

abrirse como una flor

y como esa flor morir,

pero en su breve existir,

fue todo aroma y color.

 

En el camino aprendí,

que ignorancia no es no saber,

ignorante es ese ser

cuya arrogancia más vil,

es de bruto presumir

y no querer aprender.

 

En el camino aprendí

que la humildad no es sumisión,

la humildad es ese don

que se suele confundir.

No es lo mismo ser servil

que ser un buen servidor.

 

En el camino aprendí,

que la ternura no es doblez,

ni vulgar la sencillez

ni lo solemne verdad,

ví al poderoso mortal

y a tontos con altivez.

 

En el camino aprendí

que es mala la caridad

del ser humano que da

esperando recibir,

pues no hay defecto más ruin

que presumir de bondad.

 

En el camino aprendí,

que en cuestión de conocer,

de razonar y saber,

es importante, entendí,

mucho más que lo que

lo que me queda por ver...

 

¡Si yo supiera escribir!

¡Si yo supiera escribir!

            No sé si será por la influencia de la prensa y la televisión o por alguna otra razón, pero hace días que ando meditabundo, pensando en todo lo que he descubierto a lo largo del último año; no podría decir con exactitud si lo he aprendido o me lo han enseñado; por si alguien piensa que viene a ser lo mismo, explicaré que lo segundo resulta más doloroso… Y lo segundo debe de ser, puesto que lo aprendido no me ha hecho más sabio, sino más triste.

         Que algunos de los países más importantes del mundo (aunque no los más felices), tardaran sólo unos días en reunirse para buscar juntos la salvación del sistema financiero que ha hecho del nuestro un mundo injusto e insolidario; solucionando las dificultades económicas de los bancos y otras entidades financieras, con el dinero de todos los contribuyentes (incluido el de las víctimas del sistema), fue un jarro de agua fría para quienes llevábamos años esperando que se reunieran para ver cómo conseguir los 30.000 millones de dólares (sólo un pequeño porcentaje de lo ofrecido a la banca en unos días), para acabar con el hambre de mil millones de seres humanos.

         Es decir, para que nadie tuviera que morir de hambre (lo hace un niño cada cinco minutos, más de cinco millones de niños al año), bastaría con sólo el 40% de lo que el Banco Central Europeo dedicó en un solo día (el 29 de septiembre pasado), a salvaguardar los beneficios del sistema que provoca esa injusticia, manteniendo así la situación que permite que esto ocurra.

         Pero como, dicho de esta manera, lo que escribo tiene tintes de panfleto y sólo puede llegar al corazón de quienes ya piensen como yo, a la vez que le daba vueltas y vueltas a estos datos en mi cabeza, me venían a la mente los divertidos relatos de Wenceslao Fernández Flórez (que denunciaba injusticias haciendo sonreír), chistes del “Hermano Lobo” o “Por favor” (que hasta hacían reír: “dispara al aire para disolver una manifestación y le da a un enano”), o las canciones de algunos cantautores, como Rafael Amor (de quien hablaré el próximo día), que hacen la misma labor, sin renunciar a la ternura ni a la poesía.

         ¡Si yo supiera escribir! De cuánto podría hablar sin cansaros, y sin necesidad de alejarme de lo que nos es próximo o cotidiano… porque éste que he mencionando, aún pareciéndome el más grave, no ha sido el único jarro de agua fría que me ha caído a lo largo del año recién acabado… Ir pediendo, día a día, la fe en la Justicia: el caso Mari Luz o la condena a cárcel de una madre a la que se separa de su hijo por algo, tal vez discutible, pero ocurrido hace dos años, son dos ejemplos que dan que pensar, sin salir de España, y a los que se pueden sumar otros aún más cercanos, casos personalmente conocidos, vividos en carne propia y en la de amigos como Camilo Maranchón o Miguel Ángel Carcelén, en los que se ven atropellados los derechos más elementales por los privilegios y prebendas que ante la Justicia tienen las Administraciones Públicas (por muy arbitrariamente que actúen), o la potestad que da el dinero para dilatar y encarecer los procesos, alejando la justicia de quienes no lo tienen... Actuación torpe y a veces caprichosa de Consulados, Juzgados, Ayuntamientos tan cercanos a nosotros, tan nuestros; abusos de multinacionales y grandes (o no tan grandes) compañías petroleras, eléctricas, de telecomunicaciones, turísticas, bancarias…  Quien no haya sido pisado, maltratado, humillado, despreciado por alguno de los que cito, que tire la primera piedra, que levante la mano, que me corrija.

         ¡Si yo supiera escribir! Os haría sonreír con cualquiera de estas historias, despojándola de todo matiz personal para que fuera universal, haciéndola tan pequeña que a todos les llegara, convirtiendo sus lágrimas en canción, en versos los reveses, en charadas el dolor… y transformando cada decepcionante fin de año en una puerta abierta a doce nuevos meses de esperanza.

Como cuando los “Christmas” se llamaban Tarjetas de Navidad

Como cuando los “Christmas” se llamaban Tarjetas de Navidad

             La Navidad no se ve llegar desde la ventana, salvo que ésta se asome a una de las calles iluminadas por el Ayuntamiento o con escaparates decorados al uso… No es el caso; la mía da a cientos de tejados que se pierden en la distancia y se confunden con las montañas tras las que se esconde el mar… Aún así, me he enterado de que ya se acercan las deseadas y denostadas fiestas: lo dicen en televisión; en el salón de casa, Eliana ha colocado el árbol y el belén; los niños han dejado de ir al instituto; en los supermercados venden turrón y mazapán; en todos los conciertos se incluyen temas navideños; mis compañeros se han ido de vacaciones, dejándome solo en la oficina; en el colegio de al lado se oyen cantar villancicos en la hora del recreo y, por Internet, han empezado a llegarme archivos con felicitaciones de Navidad de todos los pelajes (humorísticas, humanitarias, emotivas, eróticas, tradicionales…); también María y Ramona, como cada año, me han enviado un “christma” hecho a mano, con tiempo y con amor.

            Queriendo añadir mi gotita de agua a este torrente de buenos deseos, he recordado que durante una época, cuando todas las felicitaciones las traía el cartero, mantuve la buena costumbre de guardar cada año las tarjetas que recibía y, cortándoles la parte escrita, enviarlas yo en la siguiente Navidad; no era tanto por ahorrar unas pesetas como por no tirar algo que me parecía bello y reutilizable (quizás sea por esa misma razón por lo que me gusta más comprar libros usados que nuevos; o por lo que, cuando era niño y coleccionaba sellos, sólo valoraba aquéllos que ya se hubieran utilizado, que ya hubiesen viajado de un lugar a otro, franqueando el camino a una carta de amor o de duelo, a las noticias de un soldado o de un pariente emigrado, al oficio que concedía una pensión de viudedad o que denegaba una beca, a una felicitación de cumpleaños… o de Navidad).

            Este año, aunque adaptándome a las nuevas costumbres, voy a hacer lo mismo que en aquel entonces (cuando los “christmas” se llamaban “Tarjetas de Navidad”) y, aprovechando una felicitación recibida por Internet hace dos años, os deseo todo lo bueno que se pueda desear con el dibujo que para Fernando Lalana hizo en diciembre de 2006 su amigo y colaborador José María Almárcegui… Yo sólo he tenido que poner el beso y todo el cariño que cada uno de vosotros se merece.

Tampoco valen las flores

Tampoco valen las flores

Describiré mi llegada a aquella oficina, cómo subí las escaleras, entré en el despacho casi vacío y la vi a ella frente a la máquina de escribir, junto a un mostrador de madera en el que hacía guardia un ventilador polvoriento, inútil en el invierno toledano... Quizás no fue así. La verdad es que sólo la recuerdo a ella y eso ya está muy repetido... Además, no quiero empezar por el principio. El lector tiene que saber que hubo un antes que tendrá que averiguar a medida que avance la historia. En vez de describir el despacho, recrearé la calle por la que anduvimos camino de un bar; le pregunté qué le habían traído los Reyes y me enseñó el reloj que se había comprado ella misma... Pero eso sería igual que ponerla a limpiar escaleras para pagarse la academia donde preparaba la oposición; son detalles que conmueven a quien los vivió, tal vez a quien los escucha, pero no al que los lee en una novela... Mejor lo de la caña con la que nos despedimos en una tasca de Toledo; parece un final y apenas era el principio; puedo describir el sol que entraba por los cristales, el sabor amargo y fresco de la cerveza, el murmullo de los parroquianos, un coche que pasaba por la calle, su sonrisa... Nadie podría sospechar lo que iba a ocurrir a partir de ese momento... Aunque se pueda imaginar que si está al principio será porque todo tiene que llegar... Es tan previsible que se puede convertir en un cuento rosa y ésta no es sólo una historia de amor... Por la misma razón, tampoco valen las flores; ya ni siquiera a mí se me ocurriría enviarlas; aunque el ramo sería  lo de menos, sólo una excusa para contar cómo amanecía en las calles de Jaén, cómo se despertaba la ciudad mientras yo, borracho de sueño, buscaba una floristería y repetía su nombre para mis adentros... ¿Y por qué no empezar por el final, por la última vez que, sin venir a cuento, me acordé de ella, después de años sin vernos y meses sin llamarnos?... Encontré un cuaderno gastado por el uso, un bloc de tapas verdes en el que se conservaba el borrador de la primera carta que le escribí, recién llegado a casa, antes de saber si había recibido las flores, si nos volveríamos a ver, si algún día sería yo quien le comprara los reyes, si cuando cumpliese mis cincuenta años estaría a mi lado, entre las personas más queridas… Por un lado fue como viajar en el tiempo y volver a ver mi letra de entonces, presurosamente escrita con la emoción del momento; mas por otro resultó penoso: La carta, leída así en la distancia, ni emociona ni conmueve; no transmite la fiebre con que la escribí, no refleja ni lo que sentí ni lo que quise expresar; sólo yo puedo entenderla, y no por lo que leo sino por lo que me recuerda... es más, me pregunto si a ella le pudo transmitir algo; podría servir para cualquier otra persona, no dice nada, nada que no haya podido decir o pensar cualquiera después de una primera noche de amor...Y a pesar de todo Blanca sigue aquí. Eso es lo asombroso: Que ella sí supiese leer lo que yo no había sabido escribir.

Sin Bruno ni Cecilia

Sin Bruno ni Cecilia

A lo que más temía era a las trompetas del Juicio. Y eso que, a sus sesenta y tres años, ya no podía considerarse un niño ni tampoco, después de haber pasado prácticamente toda su vida durmiendo en la calle, se le podía calificar de cobarde... Pero resultaba inevitable: cuando se encontraba mal (lo mismo daba que hubiera conseguido cama en el albergue o que, como aquella fría noche de abril, se dispusiera a dormir en las escaleras del metro, arrebujado en cartones), no había manera de poder quitarse de la cabeza el cartel policromado que viera de niño, cuando todavía iba a la escuela; una

lámina en la que, en medio de una terrible tormenta, siete ángeles tocaban otras tantas trompetas anunciando el Juicio Final.

Presumía de no creer en papanaterías… o no quería creerlas; si no "¿a cuento de qué ese miedo?" Se preguntaba a si mismo. Y no sabía qué responderse. Se acurrucaba un poco más entre los trapos y los cartones con los que se había hecho la cama, y trataba de pensar en otra cosa. A veces lo conseguía y se dormía recordando el mar que sólo había visto una vez, siendo niño todavía. "Mañana mismo me voy para allá", se decía, ya medio dormido. "¿Qué más dará andar vagabundeando en un sitio o en otro? También allí habrá algún albergue donde me den un plato de sopa, cada dos o tres días, y me dejen dormir si hace frío; no me ha de faltar dónde encontrar un paquete de cigarrillos y una botella de vino" Veía entonces romper las olas sobre la playa y creía reconocer sus propias huellas de niño, marcadas en la arena. Otras veces recordaba a Bruno, el perro que un día se le llevaron a la perrera, los tres años de mili, la última película que hubiera visto en el cine, o a su amigo Juancho que, como sabía leer y escribir, siempre se las ingeniaba para dormir a cubierto; sólo si había bebido un poco de más y no podía controlarse, pensaba también en Cecilia. No le gustaba acordarse de ella, porque sólo hacía unos meses que había muerto; eso le había dicho Juancho: "Se la encontraron en el portal donde dormía, tiesa de frío. Se la llevaron al depósito sin saber quién era y allí ha estado más de un mes, hasta que han podido enterrarla".

Si pensaba en la muerte, enseguida se acordaba de las trompetas del juicio y se imaginaba que los ángeles lo llamaban a trompetazos desde una nube blanca, bajo un cielo plomizo y sin sol; y él, ¿cómo había de saber lo que tendría que hacer o decir?, ¿con quién podría acudir a la llamada? Si al menos Cecilia lo hubiera esperado para morir y se hubieran ido juntos; pero, claro, se habían enfadado y ya no había vuelto a verla. Habían pasado juntos casi dos años, riñendo los mas de los días y marchándose cada uno por su lado, pero volviendo a encontrarse poco después para compartir el vino, el pan y un camastro en una mal llamada pensión; luego montaban la trifulca y “si te

he visto, no me acuerdo”… Pero estaba bien porque, a pesar de los enfados, siempre volvían a buscarse con la certeza de que, antes o después, se encontrarían... Hasta que la llamaron las trompetas, y tuvo que irse sola, sin poder decirle adiós.

Si al llegar a este punto aún estaba despierto, se secaba una lágrima con el envés de la mano y trataba de pensar en otra cosa. Pero lo más seguro es que se hubiera dormido antes, a mitad de alguna de las aventuras que juntos habían vivido a lo largo de aquel tiempo que, visto con un poco de distancia, al abrigo de los cartones y del calor que por la boca del metro subía desde el centro de la tierra, se le antojaba tan hermoso como la propia niñez, como el mismísimo mar, como las películas de color.

Lo peor era cuando el traqueteo del último tren de la madrugada, o el primero de la mañana, lo despertaba sobresaltado y le hacía pensar en el Juicio Final. En medio de la oscuridad y de los indescifrables ruidos de la noche, la estampa bíblica adquiría todo el esplendor de una película en la que las imágenes, tomando vida, se ponían en movimiento, en la que se oía el toque de las trompetas, las alabanzas y los gemidos de quienes a su alrededor encaminaban los pasos hacia el Tribunal… y él, en medio de todos, sin saber qué hacer ni qué decir, completamente perdido y solo entre la multitud. En tan angustioso momento, lo único que hubiera deseado hubiera sido encontrar una mano de la que asirse, alguien querido que caminara a su lado, a quien coger por el hombro, a quien decir o que le dijera; "¡Vamos!"... Tenía miedo de llegar solo ante el Juez; tan solo como se encontraba al abrigo de sus cartones, tan solo como habría llegado Cecilia.

Ésa era la conclusión que sacó el día que pensó que lo mataban, la explicación que de su miedo se dio a sí mismo. Había sido antes de conocerla. Eran tres y lo habían despertado a patadas para pedirle un dinero que no tenía; le habían pinchado primero las piernas y luego, ante lo que ellos creían resistencia y no era más que miseria, le dieron dos navajazos más certeros que lo dejaron sin sentido en medio de un charco de sangre. ¡Si al menos hubiera estado Bruno para enseñarles los dientes!... Pero no, estaba solo: al perro se lo habían llevado los guardias en el camión de la perrera, estirándole del cuello con un lazo que ahogaba sus últimos ladridos. Cuando despertó en el hospital, pensando que iba a morir, recordó las trompetas del Juicio y tuvo miedo. “Aunque fuera Bruno", se decía para sí, sin encontrar a nadie más que pudiera  acompañarle.

Fueron buenos aquellos días en el sanatorio: pijama limpio, comida caliente y muchos enfermos que le contaban sus penas y le preguntaban por sus heridas. Lo peor era el ahogo de verse todo el día encerrado entre cuatro paredes; pero volvería a gusto de vez en cuando, si no fuera preciso sentir de nuevo el pinchazo del acero, la humillación de ser despertado a patadas... Por si acaso, desde entonces siempre guardaba un billete bien doblado en el bolsillo.

Aquella fría noche de abril, ya con los ojos cerrados, buscó entre sus harapos el papel moneda y lo apretó fuertemente como si se tratara de un talismán. Tenía miedo y se encontraba mal, pero finalmente se durmió. Lo despertó la húmeda caricia de un beso y, al abrir los ojos, se encontró a Bruno cara a cara. "¡Te escapaste, granuja!", le dijo alborozado, abrazándose a su cuello, mientras el perro no dejaba de mover la cola. "¿Pero dónde te has metido todo este tiempo?" Un trueno le hizo levantar la vista hacia un cielo plomizo, sin luna ni estrellas, pero con la misma luz del cuadro de su escuela.

"Estoy soñando", pensó antes de escuchar una voz que lo llamaba: "¡Vamos!" Era Cecilia quien le tendía su mano y quien, con una sonrisa que nunca le había conocido, le ayudaba a levantarse. "Estoy soñando", se repitió, mientras la abrazaba con miedo a que de verdad sólo fuera un sueño. Echó a andar, con el perro a un lado y la mujer, cogida de su mano, al otro. Oyó entonces las trompetas, pero no quiso despertarse y siguió durmiendo.