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Ramón de Aguilar

Fábrica de sueños

Fábrica de sueños

         Soñarás que paseas por una ciudad llena de luz. No hay tráfico por las calles, casi todas las casas son blancas, luminosas, encaladas... Pero los rótulos de las tiendas están llenos de color y vida, cada escaparate es un mundo mágico. En las aceras crecen árboles frutales y en las ventanas macetas con todo tipo de flores.

Al fondo de la calle por la que andas vislumbras una torre con una cúpula de cristal. Caminas ilusionada hacia ella y, a uno de sus lados, descubres una chimenea alta y de ladrillos. Te asustas pensando que en cualquier momento pueda salir una bocanada de humo que manche el cielo tan azul, que marchite el olor de las flores y apague el canto de los pájaros... Pero no, a medida que te acercas a la nave,  percibes que de su interior te llega una música de flautas cristalinas, acuática... De pronto y sin aviso de la chimenea sale una bocanada de mariposas de vivos colores, que se dispersan por el cielo moviendo sus alas en todas las direcciones.

         Sólo entonces, sobre una puerta partida en dos por una columna de caramelo, descubrirás una placa que reza: “Fábrica de Sueños”.

Gonzalo Torrente Ballester

Gonzalo Torrente Ballester

            Igual que, después de disfrutar de una buena película, no me apetece ver ninguna otra y ha de pasar un tiempo antes de que una nueva me conmueva; cuando alguna lectura me impresiona tanto como me ha impresionado leer De ratones y hombres, de John Steinbeck, sé que, durante un tiempo, me costará encontrar algún libro que me enganche; sé que todo aquel que empiece me sabrá a poco… Pero, así como se puede dejar de ver cine hasta que vuelva a apetecer, es imposible dejar de leer. La solución, para no empezar uno y otro sin acabar ninguno, es recurrir a los que para mí son valores seguros: Pérez Galdós, Haruki Murakami, Cortázar, González Ledesma, Cunqueiro, Paul Auster… por citar algunos, entre los que tampoco puede faltar Gonzalo Torrente Ballester, que es a quien he elegido para consolarme de que el relato de Steinbeck fuera tan corto.

            Hoy mismo llegaré al punto y final de Cuadernos de La Romana y, mientras me ha durado su lectura, he tenido la impresión (todo el tiempo), de estar leyendo un “blog” que hubiera sido escrito años antes de que se inventara Internet: Comentarios en primera persona sobre sus viajes, sus lecturas, sus clases en el instituto, la creación de sus novelas, los encuentros con amigos más o menos famosos, las comidas, las cartas de sus lectores… Ha habido un momento en el que he creído que yo mismo iba a aparecer en sus páginas. Aunque nuestro encuentro, en su casa de Salamanca, fue nueve años después de la edición de este libro.

            Siempre creí que yo no había conocido a Gonzalo Torrente Ballester hasta que fue nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua en 1975... Recuerdo que lo supe por el desaparecido e inolvidable Pueblo, “diario de la tarde”, y que me indignó que a un total “desconocido” (que ridícula es la ignorancia), con esos aires de pedante, se le otorgara tanta importancia… Pero sólo dos años después, siguiendo la recomendación de mi entrañable amigo Agustín Cortés, me enfrasqué en la lectura de La saga/fuga de J.B., a la que le dediqué ininterrumpidamente casi las veinticuatro horas del 11 de septiembre de 1977 (doy tantos detalles para que se vea como me impactó). Ahora sé que yo ya había visto escritos de y sobre él tanto en el suplemento literario de Pueblo como en La Estafeta Literaria, pues aún conservo algunos ejemplares de mi adolescencia en los que aparece, auque yo no me hubiera aprendido su nombre… Y, además, era el autor de Aprendiz de hombre, uno de los libros de texto que tuvimos en bachillerato en la asignatura de “Política” (oficialmente “Formación del Espíritu Nacional”)

            Después de que yo leyera aquella primera novela, algunas otras como Fragmentos de Apocalipsis, La isla de los Jacintos Cortados o Don Juan, y otro cuaderno de bitácora literaria (así se definió en  1982 a Los cuadernos de un vate vago), Torrente Ballester se hizo popular con la versión televisiva de su trilogía Los gozos y las sombras y obteniendo los premios Cervantes de Literatura (en 1985) y Planeta (con Filomeno, a mi pesar, en 1988).

            Entre la televisión y el Cervantes, en la primavera de 1984, tuve ocasión de conocerlo personalmente, en su casa de Salamanca. Viene al caso recordarlo ahora, que lo estoy volviendo a leer; aunque reconozco que para mí fue una experiencia tan importante que, siempre que tengo la oportunidad, hablo de ello… aún sin venir a cuento.

            Viajaba camino de Las Hurdes, siguiendo los pasos de Buñuel, cuando me paré en Salamanca para visitar a Pilar Martín, a la que hacía años que no veía y que había sido mi profesora de Literatura el último año de bachillerato. Cuando acabó el curso y nos despedimos creyendo que era para siempre (luego tuvimos ocasión de encontrarnos muchas veces), me regaló un ejemplar de Rayuela y una lista de lecturas que me serían imprescindibles para convertirme en un buen escritor (empezando por esa novela de Cortázar). Es obvio que no las hice todas pero, en la terraza de su ático, cuando nos poníamos al día de las andanzas que, desde Córdoba, a ella la habían llevado a Salamanca y a mí a Castellón, y salió a colación mi apasionada lectura de La saga/fuga de J.B., ella me explicó que su autor vivía en la ciudad y que tal vez podría aprovechar mi estancia allí para conocerlo en persona.

            Me decidí a la mañana siguiente. Busqué su número de teléfono en la guía y lo llamé. Me citó en su propia casa. En una librería de su misma calle, para que me lo firmara, compré un ejemplar de su último libro publicado: Quizá nos lleve el viento al infinito, una novela que no me gustó tanto, pero que dan ganas de leer si se le oye hablar de ella a José Pablo Bordás. Gonzalo Torrente Ballester me dio dos bellas lecciones aquel día: Una, de sabiduría literaria, que nunca he olvidado; la otra, de generosidad, que no he llegado a entender hasta hace poco.

            Durante dos horas, aquel hombre sabio, novelista genial, miembro de la Real Academia y a punto de convertirse en Premio Cervantes, habló conmigo no sólo de su obra, sino de sus lecturas; de cómo lo había marcado la La Odisea; de cómo, antes de que los escritores latinoamericanos hicieran famoso el realismo mágico, el gallego Álvaro Cunqueiro ya los había superado en ese género; intercambiamos opiniones sobre una lista que Diario 16 había publicado por entonces con las diez mejores novelas del siglo en nuestra lengua, y entre las que estaba su Saga/fuga, junto a Cien años de soledad, La Colmena, Rayuela, Tiempo de silencio, El Jarama… Recuerdo perfectamente sus comentarios sobre cada una de estas obras, sobre sus autores, a muchos de los cuales había conocido personalmente.

            Ésa fue la lección literaria… La generosidad con que compartió su tiempo con un joven desconocido que llamó a su puerta, sólo he podido comprenderla cuando, a medida que me he ido haciendo mayor, me he vuelto más avaro del mío, más celoso de mi intimidad. Cuando uno regatea los minutos incluso a los amigos, porque vive convencido de que el tiempo no le alcanza para nada y, estresado, con prisa siempre, trata de esquivar a los meros conocidos y es cortante hasta la mala educación con los desconocidos, no puede menos que admirarse de que un hombre importante, como lo fue Gonzalo Torrente Ballester, interrumpiera todo lo que estuviera haciendo para hablar con alguien como yo… Y aún tuvo tiempo, cuando nos despedíamos, de darme algunas indicaciones para mi visita a Las Hurdes. Me fueron muy valiosas, pero este viaje, y el segundo, que hice quince años después, ya son tema para otro día.

Regreso al Bosque Animado

Regreso al Bosque Animado

            Ganar un premio literario, por modesto que sea, siempre llena de alegría… Sobre todo cuando, como en mi caso, es algo que sucede muy de tarde en tarde. Pero el ganar este año el  Certamen de narrativa “Emilio Rodríguez”, en La Coruña, me ha supuesto otras dos satisfacciones: el compartir los “laureles” con Miguel Ángel Carcelén (que obtuvo el premio de poesía), y el tener una buena excusa para volver a Galicia, después de varios años.

            Lo primero fue pura coincidencia. Ni idea de que Miguel Ángel se hubiera presentado. Creo recordar que una vez coincidimos los dos como finalistas en uno que ni él ni yo ganamos, y en otras ocasiones (más de una), él ha obtenido alguno al que yo también me había presentado. Lo segundo, de alguna manera, fue como regresar de un exilio porque yo, nacido y criado en ese lugar de La Mancha al que todavía alcanzan a llegar las brisas del Mediterráneo, desde niño soñé con ese otro paisaje donde los campos siempre están verdes y los bosques son tan frondoso que si uno se adentra por sus senderos deja de ver la luz, donde la lluvia cae permanentemente sobre los grelos y maizales, sobre las huertas de tierra oscura y campos de patatas que nunca se cansan de dar cosecha, donde las casas se pintan de rojo, azul o amarillo para que los ojos no se cansen de ver tanto verde (tantos verdes), donde las aguas frías y bravías del océano entran tierra adentro y se confunden con los ríos que salen buscando el mar, donde todavía, embozados en las brumas y la niebla, se esconden los trasgos y fantasmas, las meigas, las almas de los muertos… Echaba de menos las rúas empedradas, los soportales que protegen de la lluvia a quien anda por las calles, el aroma a galletas y chocolate de las tiendas de ultramarinos, con estanterías de madera y latas de las que cuelgan los embutidos secos y los lacones ahumados, sobre una pila de hojas de bacalao que huelen a sal y hacen la boca agua; el pulpo ofrecido sobre una tabla y el dorado ribeiro servido en taza de loza; la leche espesa y humeante, que ya no permiten vender de puerta en puerta, recién ordeñada, con un cuartillo de latón, desde el que cae espumosa a la jarra de cristal…La dulzura de una lengua que, con sólo ser hablada, se hace canción; el sol que crece a medida que se aleja para ponerse detrás del mar, y tantos pueblos y ciudades de los que todavía conservo recuerdos: Mondoñedo, Lugo, El Barquero, Betanzos, Villagarcía, Padrón, Santiago, Mondariz, Sanxenxo, Pontevedra, Allariz, Ortigueira, Monforte, Ponte Caldelas, Baiona, Viveiro.

            Es evidente que escribo más de la Galicia que llevo grabada en  el corazón que de la que pude ver en un viaje tan fugaz. Apenas tuve tiempo para nada; quizás por eso decidí no llegar hasta La Coruña, sino hacer noche en el camino. Quería quedarme en un pueblo donde pudiera caminar sin sentirme empujado, cruzar las calles sin esperar a que me autorizara un semáforo, escuchar el canto del gallo y el mugido de las vacas, caminar sin prisa bajo los soportales, viendo llover y escuchando caer la lluvia desde los canalones, cenar en alguna taberna donde nadie supiese que son el “ketchup” o la mostaza…Tenía, además, otro motivo para no seguir conduciendo. Puesto que viajaba solo y con el tiempo suficiente, había decidido darme un capricho: Llegar al final del viaje en tren; no en un tren cualquiera, sino en el mismo tren que se marchaban a La Coruña los personajes de El Bosque Animado. Todo el mundo sabe la debilidad que siento por las novelas de Wenceslao Fernández Flórez; en realidad es, más que por sus novelas, por algunos de sus relatos, como La Casa de la lluvia o Unos pasos de mujer (los que siempre cito); pero comprendo que El bosque animado sea para muchos la mejor de todas sus creaciones. Yo no sé si a mí me gusta más la novela que escribió el gallego o la versión cinematográfica que hizo Rafael Azcona y que dirigió mi paisano José Luis Cuerda; en cualquier caso, reconozco el hechizo que ejercen sobre mí Geraldo, el pocero, Hermelinda, Marica da Fame, la bruja Moucha, los señores d’Abondo, el bandido Fendestetas y su cruz: el espíritu de Fiz de Cotovelo, el loco de Vos, Juanita Arruayo, Fuco, Pilara…

            Me quedé en uno de los pueblos que bordean la fraga, antes de llegar a Cecebre. Aparqué junta una impresionante iglesia neorrománica que se ha construido apenas hace cincuenta años. Nos asombra la construcción de templos enormes en la Alta Edad Media... hasta se escriben libros fascinantes con ese tema; pero a mí me parece más asombroso que se construyan ahora, como la de este pueblo, Guitiriz, como la Sagrada Familia, en Barcelona, o como la iglesia nueva de Yecla, cuya construcción en el siglo XIX  sirve de prólogo a una novela asombrosa, a una de las lecturas que más me han marcado: La Voluntad, de Azorín. Vi los roscos de maíz que, como reclamo, se asomaban a todas las pastelerías; fui andando a la estación, para asegurarme de que podría hacer el viaje al día siguiente y luego, mientras buscaba un hotel o un hostal donde alojarme esa noche, di con uno de esos viejos bares en los que, al borde de las antiguas carreteras, un rótulo anunciaban a los viajeros: “Comidas y camas”. Sentí la tentación de abrir la puerta de madera con cristales para ver si, atravesándola, entraba también en aquella época “en que una gallina costaba dos pesetas”… Pero lo que sigue, y unos comentarios que en ese mismo momento Pedro Almodóvar hacia en la televisión, he decidido guardarlo para un relato, que os contaré otro día. Ahora sólo te adelanto que dos mujeres, al otro lado de la barra, atendían a tres o cuatro paisanos que se quedaron en silencio en cuanto yo entré en el local. Una era poco más que una chiquilla y la otra no tan mayor como para que pudiera ser su madre; tal vez fueran hermanas, aunque el único parecido que les encontré fue el sonrosado color de las mejillas, el gris de los ojos tan común en las gentes de la tierra y un aspecto más de campesinas que de hosteleras. El cuarto que me ofrecieron era espacioso y limpio, con una enorme ventana desde la que, como aún no se había cerrado la noche, pude contemplar las últimas casas del pueblo y unos cuantos prados separados por cercas de piedra, en los que pastaban algunas vacas mientras la lluvia repiqueteaba en los tejados de pizarra. Las paredes de la habitación estaban desnudas, tan sólo un crucifijo sobre el cabezal de la cama y, como en mi infancia, para encender la luz, un interruptor de pera colgado de un cordón.

            Aún llovía cuando me levanté, pero ya había dejado de hacerlo cuando salí a la calle y, a pie, me dirigí a la solitaria estación para subir al mismo tren que, algunas paradas después, pero muchos años atrás, esperaba Geraldo para ir a cambiarse su pierna ortopédica; el mismo tren en el que llegaron las hermanas Roade, en el que un día huiría Hermelinda de su tía, Juanita Arruado, y en el que habría de volver (quién sabe si, como ella pensaba, para humillar a quienes la habían humillado o, como Pilara creía, atraída por el hechizo de la Moucha); el mismo tren del que Fuco robaba el carbón y en el que su hermana soñaba que, cuando fuese mayor, se iría a repartir leche a la ciudad. Me di el gusto de cogerlo también yo, me bebí el paisaje que con tanta belleza describe Fernández Flórez, miré emocionado la estación de Cecebre, donde todos esos personajes acudían antes o después, y seguí escudriñando, desde la ventanilla, el interior de la fraga que tantas veces he recorrido en las páginas del libro que, además, llevaba abierto… aunque no leí. ¡Tanto tenía que mirar!

Felicitación Día del Libro de 2009

Felicitación Día del Libro de 2009

         Hoy, 23 de abril, como cada año, quiero felicitar a todos mis amigos lectores. Sólo la primera vez que lo hice desde el blog, me atreví a ilustrar la felicitación con un poema mío que, por pudor o por vergüenza, borré pocos meses después. En otras ocasiones han sido la invitación a leer una novela (Narradores de la noche, de Rafik Schami) o el compartir, con quien quisiera aceptar el regalo, un relato que me había emocionado: Bibelot, de Félix J. Palma Macías… Hoy, sin embargo, lo voy a hacer reutilizando un texto que recibí el año pasado, el que me envió Noelia, y que aquí transcribo para todos vosotros:

 

 A todos los lectores...

 

            A todos los que alguna vez han tenido un libro abierto sobre las palmas, igualmente abiertas, de sus manos, apresando cada sensación entre los dedos, leyendo a través de la piel, convirtiendo su cuerpo en lectura...

 

            A todos los que, recordado el momento, el lugar exacto en el que terminaron de leer una novela, enlazarán para siempre y de forma inevitable su memoria con el final de la historia que acaban de leer mezclando ficción con realidad, ficción con ficción...

 

Libros, momentos, lugares

Juntos, nada más. La primera vuelta desde Madrid.

El autobús entrando a mi pueblo.

La ladrona de libros. El atardecer mágico de un lunes.

Un sofá nuevo, una nueva vida.

 

            A todos los que disfrutan deslizando su mano por la cubierta del libro que están leyendo como si quisieran quitar una diminuta e invisible mota de polvo que perturba la ilustración de la tapa, tal vez el punto de la jota del apellido del autor...

 

            A todos los que consiguen imaginar en relieve, en movimiento, con sonido y a todo color cada una de las palabras que planas, estáticas, silenciosas y en negro se acumulan  en un orden perfecto a lo largo de los renglones, los párrafos, las páginas, los libros, las estanterías, las bibliotecas...

 

FELIZ DÍA DEL LIBRO.

 

            A los referentes lectores y a todos los que tuvimos la suerte de tener uno.

 

Referente lector

Una madre. Una madre en bata azul. Una madre en bata azul en el sillón de la

salita de un tercer piso. Y un libro, siempre, un libro.

 

            A las personas con las que alguna vez he mantenido una conversación sobre literatura: en amaneceres pasados y casi olvidados, en mañanas lluviosas de brasero, en tardes soleadas de terraza, en anocheceres de cenas literarias, en madrugadas de humo y películas…

 

            Y a los libros. Ediciones de bolsillo, encuadernaciones de lujo, tapas duras, series antiguas, colecciones actuales, narrativa de moda, obras clásicas, literatura infantil y juvenil, relatos cortos, novelas interminables... Prosa, poesía, teatro...

 

Sobre todo,

a los libros.

 

Noelia

El abrazo de los Santos

El abrazo de los Santos

            Yo creo que aún no había amanecido cuando, cada Viernes Santo, nos despertaban para ir a la Procesión del Encuentro. Ni el madrugón ni el frío de la aurora nos importaban. Merecía la pena llegar a la iglesia cuando aún era de noche y encontrarla llena de luz, iluminada por cientos de velas que alumbraban a otros tantos vecinos que también estaban esperando a que los pasos se echaran a andar: Jesucristo, cargando con la cruz donde horas después sería crucificado; San Juan, el discípulo amado, que hacía de guía de la Virgen de los Dolores y, por último, la Verónica que, al final, habría de participar en el drama que tendría lugar en la placetilla de la Cruz Verde.

            Para nosotros, los niños, era el momento más importante de todas las vacaciones de Pascua… Al menos así fue hasta que permitieron proyectar películas en el cine, se pudo escuchar música no religiosa en la radio e, incluso, se abrieron las discotecas… Al menos de esa manera lo recuerdo, aunque también es posible que me engañe la memoria.

            La magia de aquella procesión, que nunca salía en el Nodo (como las de Zamora, Sevilla o Cartagena), no estaba sólo en que lentamente se fuera haciendo de día a los ojos de quienes las seguíamos, o en que el camino hacia el Calvario atravesase calles de Casas Ibáñez; para mí el encanto estaba en ver cómo las imágenes, una vez llegaban a la placetilla, a hombros de unos cuantos costaleros, se movían representando una función en la que se encontraban unos con otros, se abrazaban y, milagrosamente, todos los años, la cara de Cristo se quedaba grabada en el paño con el que la Verónica le limpiaba el rostro; mientras una voz cascada y rota, a la que contestaba un coro de hombres (sólo hombres), lo iba narrando con las estrofas de una “saeta” que ha ido pasando de padres a hijos de Semana Santa en Semana Santa.

            Casi cincuenta años después, algunas cosas han cambiado: Nadie se levanta al amanecer para ir a una procesión, así es que no es hasta las nueve de la mañana que los Santos se deciden a salir de la iglesia de Casas Ibáñez; donde ya no atraviesan la plaza del Caudillo y la calle de José Antonio sino que, para llegar a la de la Amargura, pasan por la plaza de la Constitución y la calle Correos. Los pasos, aún siendo los mismos, son mucho más pequeños que en mi infancia. Las mujeres ya no llevan velo y los hombres no se descubren al paso de las imágenes, quitándose la boina; más bien, unos y otras, nos protegemos del relente con gorros de lana y hemos cambiado los abrigos de fieltro y las chaquetas de pana por prendas de piel y chupas de cuero. El rostro de Cristo ya no se estampa milagrosamente en el paño de la Verónica, sino que éste va oculto en un pliegue que, descaradamente, se deshace a la vista de todo el mundo, tirando de un hilo. La voz que rompe el silencio con el clásico sonsonete de toda la vida ya no es la misma, aunque está igual de cascada y rota; entre los hombres que le responden desde el coro hay algunos que fueron conmigo a la escuela y que ahora llevan a sus nietos de la mano… Y aún así…

            Aún así, cada Viernes Santo, siempre que puedo, me levanto al amanecer y viajo casi una hora para estar presente en el momento en el que los Santos se encuentran y se abrazan. Cuando la procesión se acaba, Ramona y su familia nos abren la puerta de su casa a un puñado de amigos; allí nos esperan, para paliar el frío que nos haya podido aterir, un puchero de chocolate caliente, magdalenas y bizcochos del horno, tortas malhechas y de manteca, fritillas y cañas fritas… Pero ésa ya es historia para otro día.

Presentación de "Fuera del tiempo" (Francisca Gata Amate)

Presentación de "Fuera del tiempo" (Francisca Gata Amate)

            Hacía años que no volvía al Ateneo de Albacete para presentar un libro. Como la vez anterior, como siempre, se trataba de uno de Gata, de Fuera del tiempo, último poemario publicado de Francisca Gata Amate y premio “Odón Betanzos Palacios” en el 2008… Como la vez anterior, como siempre, en la puerta de la sala, Yoli, de la Librería Universitaria, vendía los ejemplares con una sonrisa y, en el interior, casi lleno (algo inusual en la presentación de un libro), muchas caras amigas, algún periodista, algún escritor local como Eloy M. Cebrián o Juan Lorenzo Collado Gómez.

            La autora me lo puso fácil al presentarme como amigo, como escritor, como editor de su primer libro… Sólo se le olvidó un detalle (quizás ella no lo sabía), aclarar que yo no entiendo de poesía. No es que no me guste la poesía… Es que aún no he pasado de la lectura de los poetas de la Generación del 27, tal vez alguno de la del 50. Siempre he sido malo para esto de los versos… Será que leí a Bécquer demasiado pronto o a Neruda demasiado tarde (ya lo dije una vez).

            Lo que a mí me gusta de Gata son sus novelas, tan duras y poéticas a la vez. Pero aceptar la presentación de su libro me hizo plantearme qué entiendo yo por poesía y darme cuenta de que ésta no lo es si no te despierta emociones; y no te despierta emociones si no es universal… Si alguien nos escribe de su dolor o de sus sentimientos amorosos (por poner algún ejemplo), lo más probable es que nos digamos “¿y a nosotros qué nos importa?” Pero si al leerlo conseguimos sentir que eso mismo es lo que sentimos o hemos sentido y no hubiéramos sabido decirlo mejor, entonces será poesía. La medida de los versos, la rima o la cadencia en la acentuación de las palabras, como el uso de las metáforas, las aliteraciones u otros recursos, no hacen la poesía, pero pueden ayudar al poeta a distanciarse de sus sentimientos para ajustarlos con una técnica que consiga hacerlos de todos sin dejar de ser suyos.

            Pero todo esto no deja de ser una idea que a muchos les parecerá más que discutible y que, por supuesto, no me autoriza a presentar ningún libro de poemas. Así es que si tuve la osadía de hacerlo no fue, obviamente, como experto en poesía, sino en calidad de amigo de Francisca Gata y, un poco también, porque fui el editor de su primera novela, El Palacio de la Sífilis.

            Claro que el que me considere su amigo no quiere decir que sepa mucho de ella. ¿Qué es lo que sé de Gata? Después de tantos años, casi nada que no aparezca en las solapas de sus libros o tecleando su nombre en la correspondiente barra de un buscador de Internet. Es decir…

… Que nació en Monesterio (Badajoz), estudió Geografía e Historia en la Universidad de Murcia y reside en Albacete desde su infancia.

… Que se considera una autora disciplinada y prolífica, a la que inspiran temas como el amor y la muerte.

… Que desde bien pequeña ha sabido que, aunque estudiara otras cosas, su meta era escribir.

… Que escribe siempre por las mañanas, a veces desde las cuatro de la mañana, y todos los días.

… También que es una gran lectora: Capaz de leerse un libro al día… Y esto puedo constatarlo, sin necesidad de ningún buscador, porque de lecturas es de lo que más hablamos las pocas veces que nos vemos, cuando nos llamamos por teléfono y, últimamente, a través del correo electrónico.

      Se publicó, con motivo de su primera novela, que era una escritora de febril imaginación e incansable pluma… Una docena de años después, la lista de sus títulos se va haciendo larga (pese a que no siempre la fortuna la acompaña como autora y sus méritos son mucho mayores de lo que va quedando reflejado). Dejando a un lado sus muchas obras inéditas, diversas colaboraciones y las antologías en las que se le ha incluido, a aquel Palacio de la Sífilis hay que sumarle novelas como Fin del lamento y Ella anda sola, más poemarios como La celda y el mar, El felino dormido y Creación, que antecedieron a este Fuera del tiempo que presentamos el pasado jueves. En definitiva “una verdadera artesana de la lengua que trabaja día a día con tesón y que durante años viene trabajando intensamente para ofrecer a los lectores frases bellamente construidas y personajes magistralmente dibujados”. Ella misma se considera una escritora muy dura, de verbo desgarrado, a quien inspiran los grandes temas, como la muerte y el amor… Pero muy sacados de su lugar convencional, nunca de la manera habitual.

      Todo esto lo mencioné para explicar mi amistad con Francisca Gata… Pero, como antes he dicho (y ella recordó a quienes vinieron a la presentación), también fui el editor de su primera novela; algo que cada día dará más valor a mi propio currículo, porque seguirá siendo así siempre, incluso cuando ella sea una escritora de reconocido prestigio… Y me sentiré tan orgulloso de ello como hoy me siento: Aquella novela, veinte años después, me sigue pareciendo pura poesía; una poesía sin versos (sin versos de Gata, que sí los tiene de Espronceda); una poesía que quizás no tenga nada que ver con la de sus libros de poemas, con los versos que componen este último libro, Fuera del tiempo, que yo ya había leído en la pantalla del ordenador y que, según palabras de la propia autora, prosigue las tendencias actuales y no se deja anquilosar a las ataduras de la rima, de forma que sólo se pliega a la lírica y a cierto ritmo, ya que la rima se encuentra un poco sentenciada porque impide adentrarse en fronteras más profundas y en su ejecución uno siempre corre el riesgo de caer en el ripio.

      Cuando, desde periódicos andaluces y extremeños, nos llegaba la información del premio que al poemario se le había concedido, el primero de la XXIX Edición del prestigioso “Odón Betanzos Palacios”, leí este preciso juicio: “Dicen que el corazón atormentado y en sus últimos hálitos de vida engendra mayor belleza que uno extasiado de felicidad y de vida. Desde esta óptica y el desgarro del sufrimiento, Francisca Gata articula gran parte de la lírica que rezuma Fuera del tiempo”. El premio, como recordó Amalia Migues, la viuda del poeta que le da nombre y que hizo de maestra de ceremonias en la entrega del galardón a Francisca Gata, se precia de contar con un jurado honesto, que antepone la calidad literaria por encima de otras cuestiones más profanas. Así, José Juan Díaz Trillo, como poeta y miembro del Jurado que lo concedió, destacó “la autenticidad” y la calidad literaria que atesora el poemario porque “la belleza se hace con buenas palabras y no con buenas intenciones”.

      A mí se me antojó que ésa era una idea excelente para poner punto final a mi intervención: “la belleza se hace con buenas palabras y no con buenas intenciones”. Pero el acto continuó con la lectura de algunos poemas, las preguntas de algunos de los asistentes, la firma de libros y, finalmente, como no podía ser de otro modo (aún antes de que se descorcharan las botellas de vino), el ingenio, la ironía y el sentido del humor de Gata… Como escribió una vez su entrañable amigo, ya fallecido, el pintor Andrés Sandoval, con motivo de la presentación de uno de sus libros en Cartagena: “La Gata nos  visitó y nos involucró a todos sus amigos con ese desparpajo cachondo y fresco que hacen de la autora una buena tertuliana, llena de plática y cariño”

Deviantart: Aprendiendo de Julie

Deviantart: Aprendiendo de Julie

            En un par de ocasiones he aprovechado las páginas de este “bloc” (cambio adrede la g por la c), para hacer un recorrido por las que suelo visitar: las de los escritores amigos a las que aparecen enlaces en la columna de al lado, y otras que tienen que ver con los temas que me interesan además de la literatura: el cine y la fotografía, la gastronomía, los viajes… Me propuse, sin embargo, la última vez que organicé este cuaderno, que del mismo modo que hablo de un libro o de un autor, dedicaría alguna que otra vez esta sección de “Autores, libros, páginas, películas...” a alguna de las que más me encantan.

            No lo había hecho hasta hoy.

            Lo hago de la mano de Julie Paola, mi hija mayor que, a punto de cumplir los veintiún años y acabando en la Universidad el segundo curso de Bellas Artes, lejos ya de la niña de trece que conocí o la adolescente que, con los quince recién cumplidos, llegó a vivir a España, me abre nuevas ventanas al conocimiento y me enriquece con sus aportaciones: películas, libros, planteamientos, páginas que sin ella quizás no hubiera llegado a conocer.

            La página de “Deviantart” estaba desde hace mucho tiempo entre mis favoritos. La había encontrado de casualidad y la había guardo por la ingente cantidad de imágenes que ofrece: dibujos que se contemplan con fascinación y fotos que nos llevan más allá del arte. Ahora, hace unas semanas, Julie volvió a hablarme de ella porque, entre las de millares de artistas de todo el mundo, también pueden encontrarse aquí las obras de algunos de sus amigos y compañeros de facultad: César Sebastián, al que he conocido personalmente, Adrián Bago y Blás René Parra. Pinchando en sus nombres podréis asomaros a sus dibujos; desde cualquiera de ellos podréis ir pasando a otros dibujantes, fotógrafos, poetas, animadores...

            También podéis entrar directamente en la página principal (ésta es la dirección: http://www.deviantart.com/). Estoy seguro de que os vais a sorprender.

            ¡Ah! En la foto Julie y yo el verano pasado, el día que cumplió los veinte años.

Una lección de Luis Leante

Una lección de Luis Leante

            Luis Leante, que tiene nombre de escritor y vida de escritor, es escritor.

            Luis Leante no es escritor porque haya escrito y publicado un par de colecciones de relatos y un puñado de buenas novelas (“Al final del trayecto”, “La edad de Plata”, “El vuelo de las termitas”, “Mira si yo te querré” y “La Luna Roja”, entre otras)… Ni es escritor porque haya ganado algunos premios como el Alfaguara, el Ciudad de Irún o el Rodrigo Rubio… Luis Leante es escritor porque escribe cada día y porque, además de hacerlo con una pulcritud y con una minuciosidad que sólo se pueden conseguir a base de mucha dedicación y trabajo, lo hace con genialidad, algo que nos está vedado a la mayoría y que marca la verdadera diferencia entre un escritor y “uno que escribe”.

            A Luis Leante ya lo he citado más de una vez en las páginas de este blog, y hace tiempo que desde aquí (desde la columna de la derecha), podéis acceder al suyo. Si hoy vuelvo a ocuparme de él es porque, como os he dicho al principio, además de tener nombre de escritor y de serlo, vive vida de escritor.

            Yo lo conocí en el año 1997, cuando ganó el Premio de Novela “Odaluna”,  uno de los que conformaron el I Certamen Literario Emilio Murcia, en Villatoya. Con el tiempo le oí contar la historia de aquel día; cómo equivocó el camino y llegó a un balneario que entonces estaba abandonado, casi en ruinas, y empezó a creer que alguien le había gastado una broma y lo había llevado hasta un lugar que parecía recrear uno de los escenarios de su novela. Cuando uno se lo oía contar se daba cuenta de que Luis Leante es capaz de convertir en literatura cualquier tipo de experiencia, por nimia que sea; así, aún no conociéndolo tanto ni habiéndolo visto tantas veces, me ha sido fácil reconocer  en “El vuelo de las termitas”, rincones toledanos que recorrimos juntos una noche, cuando la estaba redactando, o experiencias de sus viajes a los campamentos saharauis en “Mira si yo te querré”.

            Ahora me entero, por dos vías a la vez, de que Luis ha pasado una noche en la cárcel, de que ha estado casi 48 horas detenido e incomunicado. Me  pasó Eliana el recorte de prensa, a la vez que Francisca Gata me hacia llegar la noticia aparecida en Internet, el comentario al que lleva este enlace y cuya lectura os recomiendo. Como podéis suponer, el motivo para ser encarcelado en este país, donde resulta tan difícil ir a prisión por cometer delitos, ha sido un acto de rebeldía: arrancar las cámaras de videovigilancia con las que  la Dirección del Instituto en el que trabaja pretende espiar las clases que imparte de Latín… A algunos les podrá parecer una situación cómica, esperpéntica; a otros les dará miedo y les hará recordar al Gran Hermano que profetizó Orwell y que, no con muchos años de retraso, va invadiendo con sus cámaras todos los lugares y extendiendo su mirada por todos los rincones… Quizás haya quienes, acostumbrados ya a la muda presencia de esos ojos que nos contemplan por todas partes, no entiendan ese arrebato de ira y de rabia (según las propias palabras de Luis Leante, en un acto de contrición, fácilmente entendible, pero que no compartimos quienes no tenemos que responder ante el Juzgado). Yo no me río (porque no hace ninguna gracia que alguien a quien aprecias como persona y admiras como escritor haya pasado casi cuarenta y ocho horas sin saber si es de día o de noche); pero tampoco me extraño lo más mínimo: Si algo resulta peligroso para este sistema es la cultura; el conocimiento es su mayor enemigo; siendo así, ¿quién puede generar más desconfianza que un profesor de Latín?, ¿quién se puede presumir más sedicioso que un adolescente dispuesto a aprender una “lengua muerta”? Hay que vigilarlos muy de cerca.

            Los alumnos y la mayoría de los docentes del Centro se han puesto de su parte. En las ventanas del instituto han aparecido pancartas que lo apoyan y en contra de las cámaras de videovigilancia. Quizá para algunos directivos y gerifaltes este apoyo de los jóvenes a Luis Leante sea una prueba más de su culpabilidad. A mí me hace pensar todo lo contrario: que su acto de rebeldía mereció la pena. En contra de lo que él mismo ha manifestado después (“es impropio de un profesor que tiene que dar ejemplo y me hace plantear si yo puedo ser un modelo de educación”), estoy convencido de que ésta ha sido una importante lección para sus alumnos; puede que alguno de ellos, en un futuro no tan lejano, de su recuerdo saque el coraje necesario para no dejarse  conducir al redil, junto al resto de los borregos y bajo la vigilante mirada de una cuantas videocámaras.

            … Y que todo esto no nos haga olvidar que, aparte de tener nombre y vida de escritor, Luis Leante es un escritor al que merece la pena leer. Su última novela, “La Luna Roja”, acaba de publicarse y ya nos está esperando en los estantes de las librerías, junto a esos otros títulos que ya he recomendado en más de una ocasión.