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Ramón de Aguilar

La próxima novela de José Saramago

La próxima novela de José Saramago

 

       Antes de colgar este artículo en el blog (antes de hacer un asiento más en este cuaderno de bitácora), he tenido que averiguar si ya ha salido a la venta el nuevo libro de José Saramago, El viaje del elefante; su lanzamiento está anunciado para este mismo otoño. Afortunadamente aún no se ha puesto a la venta, aún no está en las librerías y yo puedo hablar tranquilamente de él... sin haberlo leído.

       Parece que no tenga sentido escribir sobre un texto que no se conoce (y no es que lo parezca, es que es así). Pero que nadie se asombre, yo no voy a hacer ninguna crítica de sus páginas ni, por supuesto, voy a recomendar o desaconsejar su lectura; para lo que sí me va a servir esta novela, quizás ya impresa, pero que no se podrá comprar hasta dentro de unas semanas, es para contaros que yo me enteré de su existencia hace un par de meses, cuando preparaba mi viaje a Salzburgo y supe que el escritor luso se inspiró en un restaurante de aquella ciudad, “El Elefante”, para iniciar su escritura. Pensé que igual que, como el resto de los turistas, me haría un foto ante la casa en la que nació Mozart, o visitaría los lugares en los que se rodó Sonrisas y lágrimas, rescatando muchos recuerdos de mi primera juventud; acudiría una tarde a tomar un café en ese lugar y tal vez, sentado ante un velador de mármol, también yo empezaría a escribir una novela.

       Siempre que he viajado me ha gustado visitar los lugares relacionados con los libros o los autores que me han gustado. Guardo con cariño las fotos que me he hecho en casi todos los parajes que fueron escenario de las aventuras de Don Quijote: desde la Cueva de Montesinos a la playa de “Barcino”, desde los molinos de vientos de Mota del Cuervo o Campo de Criptana a Sierra Morena... sin olvidar la iglesia o la Casa de Dulcinea en El Toboso, alguna que otra supuesta venta manchega en cuyo patio se rememora el nombramiento de Alonso Quijano como caballero andante, o la cueva de Medrano, antigua cárcel de Argamasilla de Alba en la que se supone que Cervantes empezó a escribir su obra maestra. He viajado adrede hasta Galicia para buscar “Gondomil”, la aldea en la que transcurre uno de mis relatos preferidos: La casa de la lluvia, de Wenceslao Fernández Flórez; y he aprovechado mi paso por otros lugares para leer y fotografiarme, con un libro suyo entre las manos, ante las casas de autores como Juan Ramón Jiménez (en Moguer), Kafka (en Praga), Rosalía de Castro (en Padrón), Gabriel y Galán (en Guijo de Granadilla), Teresa de Jesús (en Ávila), Álvaro Cunqueiro (en Mondoñedo) Pablo Neruda (en Isla Negra), por citar sólo a los primeros que me vienen a la memoria... Dos viajes siguen pendientes: el Dublín de James Joyce y el de Aracataca (o Macondo, como él le llama), de Gabriel García Márquez.

       Hassan y Mónica (mis amigos austriacos, aunque él sea iraní y ella chilena), se desvivieron por lograr que mi estancia en Salzburgo también se convirtiera en un recuerdo bello e inolvidable; no sólo me acogieron en su casa con generosa hospitalidad, me hicieron partícipe de sus amigos y me enseñaron todos los rincones de la ciudad (casa natal de Mozart y escenarios de “Sonrisas y lágrimas” incluidos), sino que, además, como yo les había pedido, me llevaron un mediodía a “El Elefante”, que no era una cafetería, como yo había imaginado en un principio, sino un hotel y un restaurante. No pude inspirarme allí (y ha tenido que pasar casi un mes para que pueda convertir el recuerdo en palabras), pero me hice la foto junto al elefante de madera que le da nombre.

       José Saramago es un autor que siempre me atrae. Sus títulos me resultan sugestivos y sus argumentos tentadores, pero luego no termina de engancharme cuando lo leo. Un fragmento de la novela aparece en su blog (puede leerse pulsando aquí). A mí no me ha gustado (tampoco esta vez); pero, después de lo que acabo de contaros, estoy seguro de que si un día pudiera alojarme en ese hotel, me la llevaría como libro de cabecera y la leería con mucha ilusión.

Un poema de Lola Mayo

Un poema de Lola Mayo

    No puedo decir que Lola Mayo sea mi amiga... pero la conozco y una vez me llamó “loco”. Lo dijo con tanto cariño que, años después, me sigue pareciendo un bello elogio. Fue durante la presentación en Madrid del libro Segundos Cortos, en el que se recogían los finalistas del II Certamen de relatos hiperbreves que convocamos en Edisena; entre ellos se encontraba Dobles cuerpos, uno delicioso que ella había escrito sobre las consecuencias del amor. Lola Mayo no ganó ni se ha hecho famosa como escritora, aunque algo sí que lo sea como guionista de televisión (Documentos TV) y de cine (Lo que sé de Lola). Recuerdo también que vino a la presentación con su madre y que se sentó a mi lado en la mesa; no la he vuelto a ver desde aquel encuentro, pero sí que hablamos un par de veces por teléfono y, meses después, me envió por correo un ejemplar dedicado de su libro Perfil del abordaje, con el que había conseguido en Navarra el premio de poesía “Angel Urrutia”... Lo he leído más de una vez y aún me emocionan sus poemas; el primero de ellos todavía me humedece los ojos:

 

HE ESCRITO un libro.

Me lo envían reciente

con las tapas azules y amarillas

y una dedicatoria en versos anchos.

He llorado al atardecer sobre mi libro.

Porque cuenta la historia de mi alma.

Porque cuenta los amores que no tuve,

los libros que leí y que no leí,

porque cuenta episodios de los que no soy protagonista,

porque contiene las claves de la vida

que aún no supe vivir, en tantos años...

Lloro porque un libro así

lleva mi nombre en la cubierta.

Pero lloro también por otras cosas.

Lloro porque para escribir mi libro

desoí las penas de algunos amigos,

me olvidé de contestar cartas sinceras

y casi maté de hambre al pobre Atticus,

mi perro, que a fin de cuentas,

tampoco tiene la culpa de que a los hombres,

a cierta edad, nos dé por hacer libros.

Este libro por tanto es culpable

de mis pecados tristes

de omisión e ignorancia.

Me acuso, sobre todo,

de que por este libro,

por la tiranía de sus capítulos,

por la necesidad de su trama,

amé a un hombre urgentemente,

le acaricié deprisa, sin paciencia,

y se fue de mi lado

más desnudo aún de lo que quiso.

Así que este libro ojalá lo compren muchos,

yo lo vendo; no lo quiero conmigo.

La próxima vez

escribiré libros con menos páginas,

o poemas con menos versos,

o versos monosílabos.

Y amaré más despacio.

De los cien años de Francisco Ayala

De los cien años de Francisco Ayala

Hoy es 25 de julio, día de Santiago Apóstol. Seguro que, cuando termine de escribir este correo y me ponga a enviároslo a todos vosotros, ya será miércoles 26, San Joaquín y Santa Ana. Ya nadie celebra las onomásticas, pero yo todavía recuerdo la ilusión que me hizo la primera vez que recibí un telegrama, en plena feria de Casas Ibáñez, un 31 de agosto, cuando aún no habría cumplido los 10 años. Me lo mandaron, para felicitarme, mi tía Esperanza y mi prima Esperancita, abuela y madre (respectivamente), de la famosa Cañizares de “Cámara Café”; aunque hay mucha gente que no se cree que Esperanza Pedreño (la actriz que la interpreta), sea mi prima… También recuerdo que un 25 de julio Santi nació en Villatoya; era el hermano pequeño de mi amigo Ramón y, parece una tontería, pero es de esas cosas que no tienen nada que ver contigo y que, sin embargo, nunca olvidas. Ayer, justamente, después de muchos años, volvimos a nombrarlos, a mi amigo, a sus hermanos, a sus padres (que ya han muerto), a sus parejas (de quienes ya se han divorciado)…

            Se me olvidaba puntualizar que esto no es una carta. Tal vez sea una circular con la que trato de disculparme, ante la gente que quiero, por no haber escrito antes. Como no se trata de nada personal (aunque a lo mejor luego salgas por ahí, que para algo eres importante en mi vida), podrías considerar que éste es un correo basura y enviarlo directamente a la papelera…  Pero yo, por si acaso, seguiré escribiendo hasta que me tenga que acostar. A lo mejor piensas que hubiera sido mejor y más práctico escribir un poco a cada uno de quienes “debo carta” y decirle a cada cual lo que querría oír… Pero es que esto no quita lo otro, esto no me deja en paz contigo. Te sigo debiendo una carta más personal; por eso insisto en que, si no te apeteces, no tienes porque seguir leyendo.

            Esta mañana me han dicho en La Lola (restaurante de Casas Ibáñez que te recomiendo, si algún día quieres comer algo diferente y que merezca la pena), que quieren organizar algo, una comida o un picoteo, algo a lo que yo pueda aportar mi “famosa” tosta “Amaretto”; la receta con la que gané el premio. A lo mejor aún hay gente que no se ha enterado de que, por una vez, en vez de obtener un premio literario, conseguí uno de cocina. Le he estado contando al hijo de Lola que la receta fue una de las diez finalistas y que por eso tuve que irme a Madrid, a elaborarla delante del jurado final, en la Escuela de Hostelería de la Comunidad de Madrid. Allí quedé el tercero, pese a que quizás la mía era la más simple de todas, aunque creo que la más original, puesto que me atreví a mezclar jamón ibérico con licor de almendras amargas (de ahí el nombre de Amaretto). Quienes quieran saber más detalles, que pinchen aquí y los podrán encontrar todos, con alguna que otro foto mía (y de los otros concursantes, claro) y todas las recetas finalistas.

            Me decía Miguel Ángel Carcelén que esto no debería contarlo así, sin más, que debería escribir un cuento. No sé. Pero ya que lo menciono (pese a que a él no le voy a mandar esta carta), te voy a recomendar que, si puedes, leas su libro Las mentiras verdaderas; la primera edición se agotó en sólo unos días y de la segunda, por lo que parece, tampoco quedan ya ejemplares, así es que es difícil conseguirlo en librerías, pero puedes buscarlo directamente en la página de la editorial, uno de los enlaces que os ofrezco  y que es de visita obligada por varias razones y, algunas de ellas (aunque no todas ni las más importantes), tienen que ver conmigo: Es la editorial que acaba de sacar mi libro de relatos “Historias de gente sin historia” y, además, es una editorial solidaria (creo que la única), que dedica todos (pero todos todos), sus ingresos a apoyar proyectos de desarrollo en el tercer mundo… Y los de este año de 2006 los están entregando a los proyectos que yo me traje de Colombia en mi último viaje: la construcción de un albergue para ancianos desamparados (éste ya está casi cubierto en lo que me comprometí: la compra del solar y de los primeros matinales para la obra), y el mantenimiento de un orfanato para niñas que han sufrido todo tipo de violencia, en la guerrilla o en los campamentos de desplazados por la violencia… Seguramente ya te he dado la matraca con este tema más de una vez; así es que no voy a insistir más, pero en la página de la editorial puedes ver algunos detalles en el enlace que dice nuestros proyectos en Colombia y que, además de aquí, aparece en varios sitios de la página principal… Por cierto que sepa mi desconocida y joven amiga Anita Lechuga, si ha llegado hasta aquí, que en Publicaciones Acumán también puede conseguir mi libro El Cerro de los Cuchillos, aunque no fue editado por ellos.

            Estuvimos descansando unos días en la playa, en Mojácar (La imagen es la reproducción de un cuadro que se llama "Mojácar Night" de Sarah McEneaney’s). Eliana y los niños se pasaban las  horas en el agua. Yo prefería quedarme leyendo en la terraza de la habitación, que también daba al mar. Además del libro de Miguel Ángel Carcelén, me leí Historia de mis calles de Francisco González Ledesma. Un verdadero placer que me obligó a recordar los viejos tiempos de la Editorial y de aquel entrañable certamen de cuentos cortos-cortos, que tantas satisfacciones nos dio y, entre otras, las de que un día este hombre sabio y bueno se sentara a nuestra mesa (acompañando a su hija Victoria, la responsable de los temas culturales en la revista “Mía”, que había ganado un tercer premio), y estuviera con todos nosotros, sin hacer ninguna ostentación de su calidad como escritor, de sus publicaciones con las editoriales más importantes del país, de sus premios (el Planeta entre otros)… con toda la humildad y sencillez con que se muestra en esta biografía suya que también te recomiendo, os recomiendo.

            Por cierto que, ya que estaba en Andalucía, aproveché para comprarme (¡en un chiringuito de la playa!), un libro de relatos de Francisco Ayala (Historia de Macacos), porque además de ser andaluz acaba de cumplir cien años. Aún no he acabado de leerlo, pero el primer relato, el que da título al libro, desarrolla un tema que hace años yo venía imaginando para una novela que nunca fui capaz de escribir… No es la primera vez que me pasa esto de que, después de meses o años imaginando algo, me lo encuentro hecho. Pero es sólo una anécdota. Otra que, como cada año en la playa, me fui a buscar la biblioteca del pueblo, en la que nunca me tropiezo con otros veraneantes o turistas (de hecho, casi siempre están vacías, ya sea en el Rincón de Lois de Benidorm, en Playa de Aro o, esta vez, en Mojácar); en ésta no pude aguantar mucho porque hacía un calor espantoso y los libros estaban revueltos y amontonados sin orden por todos los rincones… un poco como esa librería de viejo que hay en el barrio chino de Valencia, en la calle Balmes (¿quién, a parte de mí, puede ir a buscar libros en un barrio chino?), y que creo que se llama “Al Tossal” o algo así porque, además, no hay ningún rótulo o escaparate, sólo una persiana metálica que separa a las putas de los libros, a los yonquis de los ratones, a los que quieren follar de los que, además, quieren leer un rato antes de dormirse…

            En Mojácar pregunté por Walt Disney. Mucha gente, incluso del pueblo, no sabía que el genial director de dibujos animados había nacido allí. Al final conseguí que una mujer me contara la historia y me indicara como llegar a la que era la casa de su padre (hoy hotel), un médico casado que dejó embarazada a la lavandera que les lavaba la ropa y que vivía enfrente, la casa (hoy en ruinas), en la que nació. Me hice una foto (ante la casa de la madre, la lavandera, no la del padre, el médico), pero no sé cómo se saca de la cámara, así es que no te la puedo enviar. No me gusta comprar postales, pero sí fotografiarme en las casas en las que vivieron escritores importantes, como la de Juan Ramón Jiménez en Moguer, la de Rosalía de Castro en Padrón, la de Kafka en Praga, la de Jorge Isaac en Ibagué…

            No sé por qué cuento esto… Debe ser que el sueño ya me lleva por dónde quiere… Yo aún quería hablar del Certamen Literario de Villatoya, que este año se ha retrasado y al que no sé si al final se han presentado Luismi, mi primo Pablo, Laura, Coro, Ivanna, Claudia Liliana… también del Antonio Machado, en el que me han concedido un accésit por el primer cuento que he conseguido escribir ambientado en Chile (después de mi viaje de hace ahora 7 años); se llama Cuando llegué a Chillán y es uno de mis preferidos; algunos como Mónica en Austria o Paola en Chile, ya han leído. Tampoco he contando que nos estamos cambiando de casa y que dentro de unas semanas viviremos en un ático de 250 metros cuadrados, con ventanas a los cuatro puntos cardinales y mucho encanto. No me he lamentado de no haber ido aún a conocer a las bebés de Vicen ni de no haber vuelto por la Tetería, con tanto como allí tengo que hacer. Ni me he preguntado por el embarazo de Tina. Ni he hablado de la boda de Nuria y de todo los recuerdos que reviví al verla vestida de novia, recordando cuando María, ella y yo, andábamos solos por la vida, cuando me lamentaba de que “me acuesto solo y me levanto solo”. Ni he contado de nuestro paso por Cartagena y La Manga (aunque sí se lo conté a María José, porque la estuve recordando todo el tiempo, cuando andábamos por su tierra). Ni he encontrado el resquicio por el que mencionar a Rafael Fernández, el “ezcritor”, genial; su página (de fuerte contenido erótico), obtuvo el premio al mejor blog del momento y… bueno, no te cuento más, cuando acabes de leerme (que ya me voy a la cama), pinchas en el enlace que he puesto (si no entiendes por qué te he invitado a visitar esa página, no pienses que es por el sueño… ya te explicaré el motivo).

            Un beso y… continuará.

“Bibelot” de regalo para el día del libro

“Bibelot” de regalo para el día del libro

Hace dos años, tal día como hoy, os escribí a todos. Uno a uno. Aunque las palabras fueran casi las mismas, en ti puse el corazón cuando escribí tu nombre… como cada vez que lo tecleo o lo escucho, como cada vez que evoco tu mirada o tu sonrisa. Os felicitaba por el día del libro, pensando que, como yo los quiero, también de alguna manera ésa es fiesta de todo a aquel al que amo; así es que me hice eco de la costumbre catalana, según la cual cada 23 de abril, día del libro y de Sant Jordi, las gentes que se quieren se regalan libros y rosas… Aquella carta abierta fue, además, uno de los textos que me sirvieron para emprender esta bitácora unos meses después.

            Lo repetí al año siguiente, uno a uno a quienes pude y desde las páginas del blog para todo aquél que, aún sin conocerme, quisiera sentirse felicitado. Lo hice escribiendo sobre libros y eligiendo una de mis últimas lecturas (Narradores de la noche, de Rafik Schami), para obsequiar a todo aquél que me enviase una rosa (ya fuera real, dibujada o virtual)… Sólo recibí una, pero no me quejo.

            Para no perder la costumbre, aquí me tenéis por tercera vez; dispuesto un año más a felicitaros el día del libro. Tal vez alguno de vosotros pretenda desentenderse, diciendo que él no tiene nada que ver con ellos… pues que no olvide que él, como cada uno de nosotros, es el protagonista de una asombrosa novela que aún está por escribirse.

            En esta ocasión no hay poema (como la primera vez), ni libro a cambio de rosa (como la segunda). Este año mi regalo consiste en un cuento que leí hace unas semanas y que me impresionó tanto que enseguida quise compartirlo con todo el mundo. El título es “Bibelot” y su autor Félix J. Palma Macías… A él ya lo he mencionado en más de una ocasión (lo conocí en Villatoya, donde ha venido un par de veces; como finalista del primer certamen de relatos “Emilio Murcia”, con Permanente, y como ganador del segundo, con Métodos de supervivencia)

            Seguro que, al leerlo, más de uno se acordará de El cuento de navidad de Augien Wren con el que Paul Auster nos emociona en Smoke… También yo me sentí un poco confundido en sus primeas páginas; pero no, para nada, quizás ese parecido sea parte del juego literario de Félix J Palma; no os dejéis engañar y seguid leyendo hasta el final. Seguro que “Bibelot” se convertirá en uno de vuestros relatos preferidos… y ése habrá sido mi regalo para ti este 23 de abril, este día del libro del 2008.

            (Como el cuento es muy extenso, no lo coloco aquí. Para leerlo, pincha en este enlace)

Romance de la loba parda

Romance de la loba parda

Recuerdo, con más asombro cada día, el encanto de las historias que nos contaba papá; ya fueran relatos, poemas, canciones o retahílas. Alguno de sus cuentos no los he vuelto a escuchar jamás; como es el caso del que él llamaba “Los muchachicos de la torre” y al que yo titularía “Carne de culo”, si algún día me decidiera a escribirlo… Otro de ellos se lo oí contar a Maricuela, una cuentacuentos aragonesa y genial, una de esas noches mágicas del 16 de enero en las que en Chelva se escuchan o escuchaban historias maravillosas a la luz de las hogueras, al calor de las palabras; éste tiene que ver con un fraile motilón y una hormiga; he encontrado algunas versiones (recogidas siempre de la tradición oral), pero Maricuela repetía las mismas voces y los mismos gestos que empleaba mi padre… De entre las canciones que nos cantaba, recuerdo la de Pimpón (que inspiró uno de mis primeros cuentos: “Pimpón, el mago”, nunca publicado); algunas de sus retahílas todavía se las repito yo a los niños y, de los poemas, ya dejé aquí constancia de la “Canción de cuna de los elefantes”, de Adriano del Valle; es la entrada del blog que más visitas sigue recibiendo y no hace muño me escribió un nieto del poeta, que mantiene viva en Internet una bella página dedicada a su abuelo: “El blog de Onda”; otro de los poemas que le gustaba recitar y que algún día evocaremos aquí es el de Gabriel y Galán, “Mi vaquerillo”… mas hoy le toca el turno a este romance anónimo, uno de sus preferidos y que más veces le escuché recitar:

 

 

        Estando yo en la mi choza,
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas,
no paran en la majada.
Vide venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes
cuál entrará a la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como punta de navaja.
Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada;
a la otra vuelta que dio,
sacó la borrega blanca,
hija de la oveja churra,
nieta de la orejisana,
la que tenían mis amos
para el domingo de Pascua.
        — ¡Aquí, mis siete cachorros,
aquí, perra trujillana,
aquí, perro de los hierros,
a correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega,
cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis,
cenaréis de mi cayada.
        Los perros tras de la loba
las uñas se esmigajaban;
siete leguas la corrieron
por unas sierras muy agrias.
Al subir un cotarrito
la loba ya va cansada:
        —Tomad, perros, la borrega,
sana y buena como estaba.
        —No queremos la borrega,
de tu boca alobalada,
que queremos tu pelleja
pa’ el pastor una zamarra;
el rabo para correas,
para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón,
para meter las cucharas;
y las tripas pa vihuelas,
para que bailen las damas.

Budapest

Budapest

He vuelto a Budapest, después de más de siete años de ausencia… No voy a decir que he encontrado otra ciudad; era la misma, por supuesto, pero renovada, más elegante y moderna, mucho más vital… Se me ocurre compararla con un ser humano porque alguna vez, en algún lugar, leí que cada siete años se ha regenerado todo nuestro cuerpo y, aún siendo los mismos, no conservamos ni una sola de las células en las que antes consistíamos. No sé si esto será verdad, aunque yo me inclino a creer que sí, me gusta pensar que sí: el espejo, al levantarnos siete años después, nos devuelve la imagen del mismo rostro adormilado, un poco más viejo y arrugado, con menos pelo y más manchas en la piel; pero no dejamos de ser nosotros y, sin embargo, ninguna de las células que nos conforman estuvo antes allí… La diferencia es que algunas ciudades, como Budapest, se renuevan constantemente, sin dejar de ser ellas mismas, y rejuvenecen en vez de envejecer.

            Es posible que Buda siga siendo la de siempre. Quizás en eso consistan su esencia y su encanto: en permanecer a lo largo de los años y los siglos; en retener el aire de otra época para que los hombres de hoy, paseando por sus calles, podamos sentirnos transportados al pasado. Esta foto es del viaje anterior; si la hubiera tomado en éste, todo sería idéntico, salvo mi imagen... Permanecen también los puentes que tanto le gustan a Beatriz y que, salvando el Danubio, unen Buda con Pest… Permanece el majestuoso e impresionante Parlamento, reflejado en las aguas del río… Sin embargo cada vez que lo veíamos, yo le preguntaba a Ágnes si era el mismo Duna; “claro que sí”, me respondió en la primera ocasión; “pero no es la misma agua”, le señalé, recordando a Heráclito… A partir de entonces siempre me respondía que era el mismo río aunque no fuera la misma agua. (Ágnes no se cansa de que yo repita siempre los mismos chistes o los mismos dichos, porque sabe que es mi forma de practicar las palabras húngaras que voy aprendiendo).

            Permanecen también las pastelerías con encanto; unas más escondidas, como si fueran pequeñas “chardas” o tabernas en las que refugiarse un día de lluvia, para reconfortarse con un capuchino y un “Somlói galuska” bien cargado de ron; otras suntuosas, como acogedores salones de lujosas mansiones, con suelos enmoquetados, paredes forradas de madera, majestuosas arañas colgando del techo y relucientes vitrinas en las que se exponen los dulces más deliciosos: mazapanes, pasteles, sopas de frutas, crepes, albóndigas de requesón, tortitas y todo tipo de tartas (Dobo, Eszterházy, Rétes…), para que uno escoja cual de ellos quiere saborear, sentado en una butaca tapizada y ante un velador de mármol, como si estuviera en el palacio de la mismísima Sissi… Permanecen las flores en los parques y en las macetas de los balcones; muchas flores, aunque ya sea otoño, e interminables praderas de mullido césped en la ciudad; especialmente en ese jardín inmenso y sosegado que es la Isla Margarita, en medio de las aguas del Danubio… Permanecen sus baños termales, de aire decadente pero llenos de vida…Y permanecen los mendigos que leen; algo que no he visto en ningún otro lugar del mundo: un anciano de barba abundante y greñas enmarañadas; una mujer harapienta, con la cabeza tocada; un joven con “rastas” apelmazadas colgándole sobre los hombros y un par de perros sumisos a su lado; y cualquiera de ellos, leyendo un libro, mientras espera que alguna moneda caiga en el platillo o el sombrero que ha tendido ante sí… Y que no vaya a pensarse nadie que Budapest es una ciudad con mendigos; se ven pocos, pero algunos de ellos están leyendo, algo realmente conmovedor.

            Y mientras todo esto permanece, los bulevares y las avenidas recobran el esplendor que debieron lucir en siglos pasados y que había palidecido durante los años grises y tristes de la dictadura; las fachadas recuperan sus colores a la par que las gentes vuelven a subir las escaleras del metro con una sonrisa en los labios; la aceras de la plaza de Liszt Ferenc se llena de terrazas iluminadas por cientos de velitas y la calle Nagymezö de teatros, como el Broadway neoyorquino o la Gran Vía madrileña… Los majestuosos y colosales monumentos de la época comunista se han ido al “Parque de las Estatuas”, en las afueras de la ciudad (se puede visitar comprando una entrada. “¿Quién os habría dicho a los húngaros –le pregunto a mis amigos–, que algún día pagaríais por ver estas esculturas a las que les tirabais huevos y botes de pintura?”). Su lugar ha sido ocupado por figuras casi humanas, bellamente esculpidas en bronce o forjadas en hierro, que en vez de intimidarnos desde un pedestal, toman el sol sentadas en el banco de un parque, atraviesan sobre un puente un estanque lleno de nenúfares, descansan con los pies descalzos, caminan vencidas por el peso de una maleta en la que parecen cargar todas las fatigas de la vida o, como la “Pequeña Princesa”, cual adolescente traviesa, desenfadadamente encaramada a una barandilla, miran con una pícara  sonrisa a los transeúntes que pasean por la ribera del río (no hay turista que se resista a la tentación de hacerse una foto a su lado).

            Podía seguir hablando de la Budapest que conocí hace más de veinte años, de la ciudad que dejé tras mi última visita, hace siete; de la que he encontrado ahora. Podría hablar de rincones, de olores, de detalles, de sensaciones, de las comidas húngaras con las que me deleito (sopas y ensaladas aderezadas con crema agria o una pizca de páprika muy picante, verduras y carnes rebozadas, pasta con requesón y tocino frito, pescados de río o, mi preferida, “galuska”: pasta fresca con cualquier tipo de guarnición… por citar sólo algunas que no son tan conocidas como el “gulash”); y, por supuesto, podría loar todo lo que destacan las guías de turismo y que todavía no he mencionado: la zona peatonal de la calle Váci, el Bastión de los Pescadores, la Basílica de San Esteban, la iglesia del Rey Matías, la gran Sinagoga (el templo judío más grande de toda Europa), el Palacio Real, la Ópera, el Mercado Central, el espectacular Teatro Nacional de Hungría (denostado por muchos y que a mí me encantó)… Pero hay algo mucho mejor, algo más importante que todo cuanto he citado hasta ahora: mi familia húngara: Ágnes, sus hijas (Klára y Kati) y sus nietos (Frichi, Nándi, Marci, Julcsi y Gerus); también toda la gente que he conocido a través de ella: su marido (Gyuri), compañeros de trabajo, amigos, familiares… Abrazarlos, hablar con ellos, sentarnos juntos ante la misma mesa, ir al mercado a comprar la comida de cada día, viajar en un tren de cercanías, preguntarles “cómo se dice en húngaro”… Compartir, en suma, su vida cotidiana o hacer todos juntos algo tan extraordinario (o tan poco extraordinario), como una pequeña excursión, es lo que me hace realmente feliz y por lo que siento este cariño tan especial por Hungría y por Budapest.

La Cuesta de Moyano

La Cuesta de Moyano

            Estuve en Madrid un par de días. Hacía mucho tiempo que no iba, que sólo pasaba por allí. Me hubiera gustado disfrutar de tantos encantos como ofrece la ciudad (musicales, cines y teatros, museos, recitales, presentaciones…); pasear por sus plazas y callejuelas llenas de color y de sabor, antes que por los paseos o calles comerciales de gran ciudad; volver a perderme en parques o rincones por los que anduve en la niñez; entrar en las tascas donde aún se sirve el vino en frasco, en librerías y otras tiendas de viejo donde aún se pueden encontrar tesoros… Pero el tiempo apenas me dio para volver a ver a Tina y para visitar, por primera vez en Madrid, a Noelia (que vive allí desde hace cinco meses); comía con ella y dormía las siestas en su casa, antes de ir juntos a buscar a Tina y a Jose, su compañero; viven en todo el centro, junto a la Plaza de España, muy cerca del Palacio Real, de la Gran Vía. Tienen un apartamento pequeño, pero con una buena terraza desde la que se ven los tejados y las azoteas de otros edificios del barrio; es una imagen que siempre me ha gustado contemplar; cultivan allí muchas plantas, incluso hortalizas y algunos arbolitos (reconocí una higuera), que hacen sentirse fuera de la ciudad; me contaron que habían llegado a tener un gallo que los despertaba al amanecer… Celebraban el cumpleaños del niño y nos reunieron a muchos amigos (después de mucho tiempo volví a encontrar a Angelines, a Cristina, a Placido… también los padres de Tina, a los que no veía desde que ella y yo estábamos en Salamanca); con ellos recordé que fuimos junto a una romería en el pueblo de la madre, Argusino, que ahora permanece bajo las aguas de un pantano.

            Una mañana, Noelia y yo estuvimos husmeando en la “Casa del Libro” y luego me llevó a caminar por lugares que le gustan: la zona de Fuencarral y la de Olavide; en Madrid era festivo y la mayoría de los comercios estaban cerrados, pero me enseñó algunos escaparates, nos tomamos una cerveza sentados al sol en una terraza… Yo recordaba que cuando se fue a vivir a Valencia le descubrí algunos rincones con encanto; pero en Madrid era ella mi lazarillo, a mí sólo se me ocurrieron tres sitios que recomendarle: El restaurante “Casa Perico”, el literario “Café Gijón” y la Cuesta de Moyano, donde (entre otras publicaciones), uno puede encontrar, completamente nuevos y a buen precio, los libros que autores y pequeños editores mandan a las páginas culturales de los periódicos, con la esperanza de que les hagan una reseña.

            Cuento todo esto porque el último día, cuando abandoné mi hospedaje, decidí visitar estos lugares… Bueno, el restaurante, no, pues no hubiera podido pagar su menú; de hecho me había alojado en uno de esos modesto hostales que abundan en las calles adyacentes a la Gran Vía (desde el balcón de mi habitación, en un sexto piso, podía contemplar la fachada de un céntrico hotel en el que me había hospedado en tiempos económicamente mejores; pero no sentí ningún tipo de nostalgia). Desde allí pude caminar hasta el cruce de la Calle de Alcalá con el Paseo de Recoletos y, una vez en la encrucijada, recordando las recomendaciones que le había hecho a Noelia, decidí seguir andando hasta el Retiro y buscar la Cuesta de Moyano. No debería de haberlo hecho, puesto que no quería gastar más dinero en libros, pero me engañé a mí mismo diciéndome que sólo iba a mirar… Y miré. Y compré (aunque no tanto). Y, sobre todo, disfruté, porque como era día de diario había poca gente, porque la Cuesta ahora es un tranquilo paseo peatonal (la última vez que había estado todavía circulaban los coches junto a sus aceras), porque no tenía ninguna prisa y porque hacía una mañana muy soleada, pero no tan calurosa (había llovido torrencialmente la noche anterior y, desde los cercanos parques y jardines, llegaba un fresco olor a otoño). Encontré libros de mis amigos Rodrigo Rubio (de quien estoy queriendo escribiros desde que murió el año pasado), y Rosa Romá, su esposa… Así que pensé: “éste es, qué duda cabe, uno de esos lugares de interés que tienen que aparecer en mi blog, junto a cafés, bibliotecas y otras librerías”.

            Aún me quedaron ganas de caminar por el Paseo del Prado hasta el de Recoletos y tratar de pasar al Café Gijón, para tomarme una cerveza junto a alguna de sus ventanas; pero era ya la hora de la comida y las mesas estaban vestidas con blancos e intimidantes manteles. No sólo no me atreví a entrar, sino qué me pregunté por qué le habría hablado a Noelia de este lugar en el que nunca he llegado a sentirme cómodo; será por el halo literario que dicen que tuvo… porque notarlo, como digo, nunca se lo he notado. Me volví, pues, desde la puerta y, atravesando el barrio de Chueca, me fui a buscar el coche por bulliciosas calles llenas de vida y color.

            -- ¡Vida y color! Como la película.

            -- No, “Vida y color”, como los cromos… Que ya te contaré esa historia.

Dulcinea y yo

Dulcinea y yo

            No puedo recordar cuándo oí hablar por primera vez de Dulcinea del Toboso, ni cómo llegué a saber quién era y de su relación con Don Quijote; pero no me cabe duda de que eso fue mucho antes de leer por primera vez el libro de Cervantes… Y estoy convencido de que algunos de vosotros, pese a no haber leído nunca la novela, no ignoráis casi nada de Aldonza Lorenzo, la labradora manchega que el Caballero de la Triste Figura convirtió en la más hermosa de cuantas mujeres se pasean por las páginas de los libros… Es más, esta misma tarde me he sorprendido pensando que llegará un día en el que en el mundo no habrá nadie que haya leído a Cervantes y, sin embargo, la mayoría de la gente seguirá sabiendo quiénes fueron Don Quijote, Sancho Panza o Dulcinea del Toboso. Leer será cada vez más un acto marginal, de rebeldía… pero la literatura siempre seguirá viva (aunque ya no habite en los libros); tal vez desaparecerán la mayoría de los títulos que conocemos, pero las obras geniales permanecerán… Si no me creéis, tiempo al tiempo; yo no lo veré, quizás por eso no me asusta ni preocupa: mientras vivamos yo y algunos de mis amigos, habrá lectores de libros; si luego no los hay, ellos se lo perderán (a mí lo que me duele es saber que me perderé similares placeres que ya se asoman por el horizonte, y que ya no voy a ser capaz de aprender a disfrutar).

            Pero volvamos a Dulcinea. Sólo quería decir que no hace falta haberse leído completo “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” (aunque yo lo recomiendo), para darse cuenta de que la importancia de este personaje: su popularidad, la simpatía que despierta, la influencia que ejerce incluso en el mundo real (puede medirse en nombres de calles y plazas, de marcas comerciales, pequeños comercios, certámenes literarios, etc); es muy superior a la que le confiere Cervantes en la novela (tanto por el espacio o el cariño que le dedica, como por los datos que da de ella); de hecho ni siquiera es una invención del autor, es una creación del propio Don Quijote (Aldonza Lorenzo está al mismo nivel que Alonso Quijano, Sansón Carrasco o Sancho Panza; pero Dulcinea del Toboso se nos presenta como un personaje inventado por otro personaje). Quizás se podría decir lo mismo del propio Don Quijote: el personaje de Cervantes es un anciano endeble que ha perdido el juicio y se ve a sí mismo héroe valiente y vigoroso, dotado con todas las maravillosas cualidades con que se pintaban a los protagonistas de las novelas de caballerías; Dulcinea es una labradora cuarentona, hija de aldeanos, analfabeta y con la cara picada de viruelas, mas él la ve poco menos que como a una joven y hermosa princesa… No sé si la diferencia está en que mientras los lectores y no lectores del libro, siendo conscientes del vínculo entre Alonso Quijano y Don Quijote, valoran a cada uno en función del otro; Dulcinea del Toboso eclipsa totalmente a Aldonza Lorenzo y, por decirlo de alguna manera, tiene su propia existencia, incluso al margen del personaje cervantino que la inspira y que ni siquiera la conoce (si no recuerdo mal, nadie llega nunca a hablarle de Don Quijote o tratarla como Dulcinea).

            Esta última reflexión me ha hecho recordar que una vez, como lector, se me ocurrió tratar de ponerme en el lugar de Aldonza Lorenzo. ¿Cómo se hubiera sentido de saber lo que un vecino, en el que por muchísimas razones nunca se había fijado, andaba diciendo lo que de ella decía y haciendo lo que en su nombre decía hacer? Cualquier cosa que haya leído al respecto (y que no es digna de mención, ya sea carta, poema o relato), trata de mostrar a una mujer enamorada, orgullosa de su suerte, transformada por el amor ideal, romántica, comprensiva, tan dulce como su propio nombre indica… Mas yo la imagino indignada, sintiéndose burlada por los piropos y halagos que sabe no merecer, acosada por tanto vencido que va a postrarse a sus pies sin que ella lo quiera ni entienda. No sólo es agobiante que se empeñe en amarte y agasajarte alguien a quien tú no quieres, puede llegar a crear pánico si quien lo hace se muestra tan obsesivo, por muchas que sean las palabras bellas o florituras que utilice en sus cartas de amor.

            No soy un entendido en El Quijote y no me extrañaría que más de uno me enmendara la plana... Tampoco entenderá quien este leyendo estas líneas a cuento de qué viene hablar de Dulcinea en esta ocasión, cuando ya no se celebra ningún centenario de la novela y hace más de un año que la leí por última vez. Pues, ya veis, por poca relación que parezca tener, todo se debe a mi aportación anterior en el blog, al cuento de “Bajo sus viejas botas”, porque recibió el primer premio del último certamen literario Dulcinea, de la Asociación Acción Cultural Miguel de Cervantes, de Barcelona… No suelo ganar premios (si cuando los menciono parece otra cosa es porque los he ido sumando a lo largo de muchos años), así es que resulta realmente curioso que el anterior que me otorgaron, un año antes, también llevara el nombre de Dulcinea, aunque se trataba del certamen convocado por la Casa de Castilla-La Mancha en Zaragoza. ¿No es curioso? A mí me lo parece, por eso me paré a pensar en este personaje y decidí contároslo porque así, de paso, también justifico el cuento que, sin explicación ninguna, os pasé el otro día.