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Jamás el mismo día

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Nos quisimos, es cierto y yo sé cuánto:

primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás el mismo día.

 

(Ángel González)

 

 

 

Miro el reloj y pienso en ti.

Son las doce todavía.

Aún faltan dos horas para que suene la sirena,

ciento veinte minutos para que la puerta se abra

y los pies cansados nos acerquen a la boca de metro más cercana.

Son las doce y amanece en tu ciudad;

las nubes ocultan la Cruz del Sur,

llueve por plazas y calles solitarias;

bajo las frazadas, duermes todavía.

El clóset se quedó entornado,

abierto; el libro de poemas que leías,

indolente, reposa sobre la alfombra;

alguien de tu casa trastea en la cocina,

calienta agua en la tetera,

con la punta de los dedos abre un claro en el vaho de los cristales

y un chorro de luz se escapa hacia la calle oscura.

En la distancia, miro el reloj y pienso en ti,

mientras duermes; estarás soñando,

tal vez conmigo

que espero a que suene la sirena.

Cuando seas tú la que salga del trabajo,

aquí serán las nueve de la noche.

Así se lo explicas a la amiga que camina de tu mano

y escucha lo que cuentas: que anoche te escribí,

bien entrada ya la madrugada,

que volveré en otoño,

tan pronto como sea primavera,

cuando aquí florezca el azahar en los naranjos

y, acabada la vendimia, los pámpanos de la vid se tornen rojos

como el sol que camina más allá del horizonte,

buscando otras viñas que retoñan verdes y frondosas,

un mar en el que se aman las ballenas.

En casa te espera la mesa puesta: el choclo y los porotos,

el curanto, el manjar y los duraznos.

Yo abro mi puerta y encuentro la casa llena de vacíos,

cerrados los armar

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Unos brotes verdes, minúsculos, de hierba

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       Ayer, diecinueve de noviembre, día de vísperas, después de varios años, volví a uno de los “piscolabis” literarios que organiza la CAT, encuentros de amigos a los que les gusta el teatro, la literatura, la poesía, la tertulia, el vino y que, de tarde en tarde, se reúnen con un bocadillo bajo el brazo (en esta ocasión la cena no fue de sobaquillo sino que se asaron chuletas en las ascuas que habían dejado unas cepas al arder), y un texto que leer sobre el tema elegido previamente en la reunión anterior. El texto puede ser más o menos original, bueno o malo, largo o corto, en prosa o en verso, dramático o cómico, escrito a mano, en ordenador o en una vieja máquina de escribir… es sólo el salvoconducto para entrar, participar y tener derecho a la bebida con que se riega la cena y a las aceitunas que, generosamente, aporta Gregorio,  el “Olivarero”.

       En esta ocasión la reunión se celebraba en un entorno muy especial, un lugar lleno de encantos que bien se merecerá que algún día le ofrezca toda la atención de este blog: El Museo de Sisternas, dedicado al mundo rural… El tema propuesto era “Los brotes verdes” y Miguel Ángel, en el correo que me mandó para invitarme, señalaba que “al margen de la política”. No hubiera hecho falta la observación puesto que, tan pronto como conocí el tema, me acordé de una bella historia que vi (eran dibujos, con muy poco texto), hace muchos muchos muchos años, en una revista de mi abuelo. Nunca la he olvidado, pero tampoco he vuelto a encontrarla, ni siquiera ahora con la ayuda de Internet; así es que decidí contarla a mi manera, con algunos cambios que posiblemente le quitan parte del encanto, pero la hacen más mía.

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Ansiedad

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La capilla estaba en el sótano. Como se trataba de un colegio religioso teníamos también una iglesia grande, bellamente decorada, con cúpula coronada por linterna, escalinata para subir al altar, vidrieras de colores que filtraban la luz del sol, un órgano majestuoso al fondo de la nave, coro de niños y bancos de madera noble que olían a mañana de domingo. Sus puertas estaban abiertas a toda la ciudad; no era un templo exclusivo del colegio y a nosotros sólo nos llevaban a la misa de doce de los días festivos, después de un desayuno especial a base de chocolate y picatostes; algunos de mis compañeros formaban parte del coro que entonaba los cantos de entrada, los salmos de alabanza y cánticos de comunión; dos o tres, de los que mejor leían, hacían las lecturas y la mayoría nos limitábamos a acompañarlos desde nuestros bancos, sumando nuestras voces en los estribillos y respondiendo con el “amén” o el “ora pro nobis” que correspondiera, según un ritual que nos sabíamos de memoria. El resto de los días podíamos oír misa en la capilla, antes de desayunar; pero yo no iba y aprovechaba esa media hora para leer novelas que sacaba de la biblioteca, que también estaba en el sótano, junto a la capilla, al almacén de la limpieza, el taller de mantenimiento, las cámaras frigoríficas, la lavandería y el resto de las entrañas de aquel complejo educativo en el que se nos preparaba a medio millar de adolescentes para un día de mañana, que resulto ser el de ayer.

Pese a la ubicación, la capilla estaba cuidada con esmero; en ausencia de imágenes policromadas, un majestuoso Cristo de madera tallada presidía el recinto, detrás de una mesa que, cubierta con un tapete inmaculadamente blanco, hacía las veces de altar; junto a éste, un pedestal soportaba el sagrario y un jarrón de cristal tallado, en el que nunca faltaban las flores frescas mientras, al otro lado del ara de madera, un pequeño armonio esperaba, como la lira del poeta, la mano piadosa que supiera arrancarle unas notas.  La luz de la calle llegaba escasa desde unos tragaluces que, aunque practicados en lo alto de una de las paredes laterales, en el exterior quedaban a ras del suelo; pero,

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Clase con Pedro Salinas

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Se acercaba el final de la primavera y, con ella, habría de terminar también el curso; a esas alturas era más fácil mirar por la ventana que a la pizarra. Los alumnos estábamos hartos de criptógamas y rizomas, de funciones exponenciales y medidas de dispersión, de Juan Gris y Le Corbusier… Hartos de los compuestos nitrogenados y el principio de Arquímides; hartos, incluso los que presumíamos de lectores, de la Generación del Veintisiete y del teatro de Buero Vallejo… Los profesores estaban hartos de nosotros, de nuestros padres, del jefe de estudios… Pilar tenía tantas ganas de dar clase como nosotros de recibirla. La apodábamos “Billy”, de Billy el Niño, porque siempre iba con pantalones vaqueros y tenía la costumbre de ponerse en jarras, con los pulgares en las presillas de los costados, como si nos estuviera retando. También ella, de vez en cuando, perdía la mirada por la ventana. ¿Vería lo mismo que nosotros?

Vamos a hacer una cosa –propuso–. Si alguno de vosotros quiere leernos un poema, dejamos la clase para después”.

La miramos desconcertados. ¿Un poema? ¿Servirían los que aparecían en el libro de texto? A mí había un par que me gustaban bastante, uno de Gerardo Diego y otro de Dámaso Alonso. Los dos los tenía copiados en una libreta que guardaba bajo la tapa del pupitre… Y Cano, que de mayor quería ser revolucionario, escondía un libro de la editorial Zero con poemas de Manuel Pacheco, forrado con papel de estraza azul para que nadie viese el nombre del autor ni el título (“Poesía en la tierra”), pues le parecía que debía estar prohibido.

Si nadie se anima… –insistió Pilar, perdiendo la esperanza–, seguiremos con Martín Fierro”.

Saca el cuaderno” –me instó Alfredo Márquez, mi compañero de pupitre, dándome un codazo. Alfredo, al que todos llamaban Márquez, sabía que yo no sólo leía poesía, sino que, además, me copiaba los versos que me gustaban en aquella libreta.

       Le hice caso. Busqué el que era mi preferido en aquel entonces: Un poema de Pedro Salinas que, sin título, comenzaba preguntándose “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba?”. Levanté la mano a la vez que la profesora abría su carpeta de apuntes. “¡Pilar!, ¡Pilar!”, le urgieron todos para que alzara los ojos y se fijara en mí. Ella lo hizo, me sonrió con complicidad y me invitó a empezar. Yo leí:

 

¿Serás, amor
un largo adiós que no se acaba?
Vi

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Cine de verano

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El pregonero hizo sonar su trompetilla para anunciar que esa noche “echarían” una película.

Aún no estaba tensada la sábana que serviría de pantalla, ni habían sacado de las latas los rollos de celuloide, y ya la plaza se había llenado con quienes esperaban, bocadillo en mano y zarzaparrilla a los pies.

En el centro, como siempre, el cochecito de don Anselmo; junto a él, Amadeo, el que fuera verdugo; don Ramón, el farero; el tacaño de don José (tan parecido a San Dimas); don Benito, el dinamitero; el abuelo de Chencho; el inventor que una vez fue a la radio disfrazado de esquimal… y algún que otro cura socarrón.

Cuando el proyector iluminó la pantalla, el alcalde salió al balcón sin afán de dar ninguna explicación, tan sólo para ver la película y reír, como todos, cuando en los créditos apareciese el nombre de Pepe Isbert.

Mi verdadero nombre

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Nadie sabe cómo fui.
No me conocen.
Por las calles, ¿quién se acuerda?

                (Rafael Alberti)

 

 

             Mi verdadero nombre es Vicente Pardo, pero todos me conocen como “el amigo de la norteamericana”. Se supone que lo dicen por Gerda, pero ni ella se llama así ni es de Estados Unidos. Es alemana y quizás les extrañe que ande metida en esta guerra con nosotros y no con el bando contrario; aunque ella, la verdad, no lleva ningún arma ni va dando tiros por ahí, como las milicianas, ella sólo hace fotos. Dice que son para la prensa, para revistas de Francia. Será verdad, si no ¿a cuento de qué se iba a jugar la vida hasta perderla?

            Será verdad. Sería verdad. Fue verdad… ¿Cómo decirlo después de que la haya aplastado el tanque el día antes de marcharse a París, una semana antes de cumplir los veintisiete años? Desde que empezó la batalla, y hasta que la dimos por perdida, estuvo a mi lado. Yo la protegía con mi fusil y ella me protegía con su presencia, con su sonrisa… era como tener un ángel al lado.

            Cuando iniciamos la retirada me dijo que le parecía poco leal que siguiéramos vivos después de haber visto morir a tanta gente que conocíamos… No podíamos imaginar que sólo dos días después, la víspera de iniciar su regreso a París, donde ya la esperaba Andre, llevaríamos su cuerpo agonizante a un hospital de campaña en El Goloso, cerca de El Escorial. El cadáver lo recogieron dos amigos suyos, que vinieron de Madrid, Rafael y Teresa, y lo enviaron a Francia donde, según dicen los periódicos, la recibieron como una heroína.

 

             Mi verdadero nombre es Andre Friedman y soy húngaro. Muchos piensan que soy norteamericano y que me llamo Robert Capa. A

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"El diario mágico" de Pilar Bellés

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Cuando la conocí, Pilar Bellés Pitarch tenía sólo 19 años; era poco más que una niña, pero ella no lo sabía. Yo no era mucho mayor (aún me parecían lejanos los treinta, aunque no lo estuvieran tanto), pero tampoco lo sabía y me creía un hombre de mundo que ya había vivido en ciudades como Valencia  y Barcelona, que había publicado cuentos de terror y crónicas deportivas, que había estado casado y hasta viajado una vez a África en aeroplano (aun sin cruzar la frontera española). Yo vivía en Castellón capital, ciudad que nunca llegó a cautivarme, en un piso destartalado y oscuro de recién divorciado; ella junto a sus padres, en un hogar que a mí se me antojaba idílico, aunque fuera sólo por estar en una casita de campo, a las afueras de uno de los pueblos del interior de esa provincia tan acogedora y fascinante, tan llena de encantos y sorpresas cuando uno se aleja de sus pedregosas playas para llegar hasta Vall de Uxó, Torre de Embesora, Alfondeguilla, Catí, Chert, Segorbe, Soneja, Culla, Villafamés, Morella, Ares, Vistabella y Adzaneta del Mestrazgo, San Mateo, Olocau del Rey, Altura, Tales, Eslida… por citar sólo algunos de los pueblos que me vienen a la memoria.

Nos unía el amor a las palabras. El mismo amor que me ha unido a mucha de la gente hermosa que he conocido. Ambos queríamos ser escritores y ella partía con la ventaja de tener más vida por delante, de no haber dado todavía algunos pasos que a mí, por ejemplo, ya me encaminaban por sendas y derroteros que me alejarían de la meta… Además, Pilar poseía una virtud de la que yo siempre carecí: La constancia para el trabajo, la voluntad para entregarse durante horas a lo que llevara entre manos (ya fuera la escritura de un relato o el aprendizaje de la gramática inglesa). Así, en cada nuevo encuentro, me sorprendía con nuevas historias (siempre tuvo también una exuberante fantasía creadora), que pacientemente mecanografía a dos columnas, imitando la composición de los incunables impresos en el renacimiento.

No sé si ella recordará cuántas fueron las veces que nos vimos. Me temo que pocas durante el escaso tiempo en el que

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