Señores de la Justicia y de la Ley

Ilustrísimos señores:
Hemos recibido su resolución denegatoria de la petición de exención de visado para la permanencia en España de mi mujer, Klára Gárdonyi, así como la orden de expulsión para ella y amenazas de sanción para mí, todo ello en base a que, por nuestra diferencia de edad y su situación de inmigrante ilegal, les hace suponer que el nuestro es un matrimonio de conveniencia celebrado sin amor.
No voy a invocar el derecho a la presunción de inocencia que sistemáticamente (y no sólo en nuestro caso), están vulnerando... Es más, les voy a reconocer que Klára y yo no estamos enamorados, no lo hemos estado ni probablemente lo estaremos nunca. Es muy poco probable que una muchacha de veintidós años y un jubilado de sesenta y siete se enamoren ciegamente... pero están muy equivocados cuando suponen en mí algún tipo de debilidad y en ella aviesas intenciones. Es cierto que Klára y yo no estamos tan apasionadamente enamorados como lo está el resto de los matrimonios de este país, pero le aseguro que nos queremos tanto como el que más.
A Klára me la trajo un día mi hermana para que arreglara la casa que, desde que murió mi mujer, estaba muy abandonada. Les aseguro, señorías, que no soy un inútil para las tareas domésticas y que, como cualquier otro español, me sobro para llevar adelante un hogar sin la ayuda de una mujer. Pero la muerte de Elena, mi esposa durante más de treinta años, me había quitado la ilusión por las pequeñas cosas hasta el punto de convertir mi vida en mero sobrevivir. La presencia de Klára, una tarde a la semana, aunque mejoró el aspecto del hogar, no cambió mi estado de animó y la ún
Sopa de piedras

Aún no había caído la tarde cuando, ante la puerta de casa, encendí una pequeña hoguera y puse las trébedes para que sirvieran de base a la olla. Las piedras ya estaban a remojo… Al revés que en la fábula, lo que pedí a quienes quisieron participar en la cena fue que trajeran cantos para hacer la sopa. Ponerlos a remojo, en agua con un poco de legía y después de haberlos lavado bien, fue sólo una excusa para que quedara constancia de que estaban bien limpios y nadie debía sentir aprensión cuando fuéramos a tomar el caldo. La imagen de aquí al lado es la de nuestras piedras, recién lavadas, momentos antes de echarlas en la olla.
Se me ocurrió que convertir en experiencia real esta vieja fábula podía ser una divertida invitación a usar la imaginación para superar los tiempos de crisis en que vivimos. ¿Se puede hacer una sabrosa sopa con un puñado de piedras, un caldero y unos litros de agua? Como si la respuesta quisiera venir sola, apenas habíamos encendido el fuego, empezó a llover. La olla sirvió de paraguas a las llamas y pudimos pensar que hasta ésta nos caía del cielo: Agua de lluvia, guijarros recogidos en la playa o la ribera del río, fuego con leña seca del monte… Nosotros sólo tuvimos que poner la buena voluntad y, poco después de las diez de la noche (en el horizonte, al oeste, aún quedaba una delgada franja de luz, recordándonos que el verano está de camino), pudimos sentarnos a la mesa, ante los humeantes cuencos en los que habíamos servido la “sopa de piedras” (para unos como consomé y para otros con pasta, según el gusto de cada cual)
Yo conocía esta fábula gracias a Anthony de Mello, que la incluyó en su Oración de la rana. Existen más versiones; basta con indagar un poco con la ayuda de Internet para enterarse de que, según la tradición portuguesa, los hechos descritos en el cuento ocurrieron en los alrededores de Almeirimn (hoy en día puede encontrarse “sopa de pedra” en todos lo
... (quiero leerlo todo)Próximamente

He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer…
He abandonado lo que estaba haciendo, para escribirte en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había visto en sueños…
He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia...
Te escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado.
La otra mañana, el día que se casó Mercedes, me ocurrió algo parecido… Pero era el amanecer y yo, como ahora que se pone, estaba de espaldas al sol que salía. Al abrir la ventana y dejar vagar la mirada por entre las sombras que se desvanecían, llegó hasta mí el aroma del pan recién cocido, qu
... (quiero leerlo todo)Francisco González Ledesma

Esta semana me he vuelto a encontrar con Francisco González Ledesma en Requena. Es la segunda vez que coincido aquí con el entrañable escritor barcelonés.
Podría hacer memoria y calcular cuándo fue la primera. Pero escribo de madrugada, mientras Vicente Fernández canta a todo pulmón, apuro un tequila con hielo y a mi alrededor empieza a celebrarse el cumpleaños de Eliana (“a lo mejicano”, que diría Borja)… Así es que no voy a hacer ningún esfuerzo y me voy a limitar a recordar que fue en la Cueva del Cristo, en el corazón de La Villa, donde celebrábamos alguna de las entregas de premios del certamen de cuentos hiperbreves (cuentos “cortos-cortos”, los llamábamos), que convocaba Edisena en sus buenos tiempos. Entre los premiados se encontraba una periodista de Barcelona, Victoria González, que había venido acompañada de sus padres, a quienes me presentó alguna de las veces que me acerqué por su mesa para ver cómo iba todo.
—Mi padre también es escritor—, me dijo.
Él quiso quitarse importancia. Pero resultó que, sentado entre nosotros, teníamos al autor de una docena de novelas, entre otras Crónica sentimental en rojo, con la que había ganado el premio Planeta en 1984.
En aquellos días que no quiero precisar, pero de los que han pasado más de diez años, a Francisco González Ledesma, pese a los premios y las publicaciones, se le conocía más fuera de España que en nuestro país y sus novelas se editaban antes en francés que en español. Así es que tuvieron que ser él mismo y su hija quienes me dieran una lista de sus títulos y me recomendaran muy especialmente la de Soldados, que me apresuré a leer y me sirvió para empezar a conocer la obra dura y violenta, por un lado, escéptica a la par que comprometida y llena de sentimientos, por otro, de este singular escritor de género negro que, para vivir, había escrito cientos de novelas de kiosco (policiacas, del oeste y de ciencia ficción), publicadas con el pseudónimo de “Silver Kane”, curiosamente más popular y conocido que su verdadero nomb
... (quiero leerlo todo)El verde de tus pupilas

Está lloviendo en la Glorieta. La Glorieta está desierta. Se ha adelantado el otoño y las hojas, caídas en el suelo, se empapan con la lluvia que mansamente baja del cielo. Un hombre espera sentado en un banco. Quien lo viera diría que es primavera, que asombrado contempla los tiernos brotes verdes de los árboles, las yemas nuevas que luego serán rama y darán hojas que harán sombra cuando llegue el verano, y volverán a caer cuando el otoño regrese. El hombre no siente la lluvia que moja su cabeza, que cala su camisa y empapa el vello oscuro de su cuerpo. El agua escurre hasta sus zapatos y, en la tierra, se hace charco. Quizás el hombre, que parece calentarse con los rayos de un sol que no brilla, se crea en el verano y se imagine a sí mismo paseando descalzo por la playa, o vadeando un río. El hombre oye una voz. Escucha su nombre y se levanta del banco. Busca con los ojos hasta encontrarte a ti, que caminas despacio bajo la lluvia. El agua ha empapado tus cabellos, ha mojado tu vestido y ha calado hasta tu cuerpo hermoso para desvestirlo con descaro: ciñe la ropa sobre tus senos perfectos de pezones puntiagudos, tus caderas sinuosas, tu pubis de seda... sobre las piernas que te acercan al hombre que te espera. Ninguno de los dos siente la lluvia que sigue cayendo. O no os importa. Cuando llegas a su lado os quedáis frente a frente, callados, sin decir nada. Tú sonríes. Él sonríe y vuestras sonrisas se juntan en un beso. Al separaros, el hombre te mira a los ojos. El verde de tus pupilas le devuelve la imagen de mi rostro... Entonces te beso de nuevo y pienso que no me quiero despertar.
Unos brotes verdes, minúsculos, de hierba

Ayer, diecinueve de noviembre, día de vísperas, después de varios años, volví a uno de los “piscolabis” literarios que organiza la CAT, encuentros de amigos a los que les gusta el teatro, la literatura, la poesía, la tertulia, el vino y que, de tarde en tarde, se reúnen con un bocadillo bajo el brazo (en esta ocasión la cena no fue de sobaquillo sino que se asaron chuletas en las ascuas que habían dejado unas cepas al arder), y un texto que leer sobre el tema elegido previamente en la reunión anterior. El texto puede ser más o menos original, bueno o malo, largo o corto, en prosa o en verso, dramático o cómico, escrito a mano, en ordenador o en una vieja máquina de escribir… es sólo el salvoconducto para entrar, participar y tener derecho a la bebida con que se riega la cena y a las aceitunas que, generosamente, aporta Gregorio, el “Olivarero”.
En esta ocasión la reunión se celebraba en un entorno muy especial, un lugar lleno de encantos que bien se merecerá que algún día le ofrezca toda la atención de este blog: El Museo de Sisternas, dedicado al mundo rural… El tema propuesto era “Los brotes verdes” y Miguel Ángel, en el correo que me mandó para invitarme, señalaba que “al margen de la política”. No hubiera hecho falta la observación puesto que, tan pronto como conocí el tema, me acordé de una bella historia que vi (eran dibujos, con muy poco texto), hace muchos muchos muchos años, en una revista de mi abuelo. Nunca la he olvidado, pero tampoco he vuelto a encontrarla, ni siquiera ahora con la ayuda de Internet; así es que decidí contarla a mi manera, con algunos cambios que posiblemente le quitan parte del encanto, pero la hacen más mía.
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Ansiedad

La capilla estaba en el sótano. Como se trataba de un colegio religioso teníamos también una iglesia grande, bellamente decorada, con cúpula coronada por linterna, escalinata para subir al altar, vidrieras de colores que filtraban la luz del sol, un órgano majestuoso al fondo de la nave, coro de niños y bancos de madera noble que olían a mañana de domingo. Sus puertas estaban abiertas a toda la ciudad; no era un templo exclusivo del colegio y a nosotros sólo nos llevaban a la misa de doce de los días festivos, después de un desayuno especial a base de chocolate y picatostes; algunos de mis compañeros formaban parte del coro que entonaba los cantos de entrada, los salmos de alabanza y cánticos de comunión; dos o tres, de los que mejor leían, hacían las lecturas y la mayoría nos limitábamos a acompañarlos desde nuestros bancos, sumando nuestras voces en los estribillos y respondiendo con el “amén” o el “ora pro nobis” que correspondiera, según un ritual que nos sabíamos de memoria. El resto de los días podíamos oír misa en la capilla, antes de desayunar; pero yo no iba y aprovechaba esa media hora para leer novelas que sacaba de la biblioteca, que también estaba en el sótano, junto a la capilla, al almacén de la limpieza, el taller de mantenimiento, las cámaras frigoríficas, la lavandería y el resto de las entrañas de aquel complejo educativo en el que se nos preparaba a medio millar de adolescentes para un día de mañana, que resulto ser el de ayer.
Pese a la ubicación, la capilla estaba cuidada con esmero; en ausencia de imágenes policromadas, un majestuoso Cristo de madera tallada presidía el recinto, detrás de una mesa que, cubierta con un tapete inmaculadamente blanco, hacía las veces de altar; junto a éste, un pedestal soportaba el sagrario y un jarrón de cristal tallado, en el que nunca faltaban las flores frescas mientras, al otro lado del ara de madera, un pequeño armonio esperaba, como la lira del poeta, la mano piadosa que supiera arrancarle unas notas. La luz de la calle llegaba escasa desde unos tragaluces que, aunque practicados en lo alto de una de las paredes laterales, en el exterior quedaban a ras del suelo; pero,
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