Blogia

Ramón de Aguilar

Barátom Gyuri (Mi amigo Gyuri)

Barátom Gyuri (Mi amigo Gyuri)

Este niño que así de abiertamente sonríe a la cámara con una mirada tan limpia e ilusionada era nuestro amigo Gyuri. La foto es de 1959, cuando él apenas tenía once ó doce años, y supongo que está tomada en Budapest; esto no lo puedo asegurar, pero sí que fue en Hungría, en un Magyarország para mí difícil de imaginar porque, tan sólo tres años después de la aplastada revolución de 1956, debía de ser un país celosamente cerrado. Cuando yo los conocí (al país primero y después a él), ni el uno ni el otro eran ya los mismos y, sin embargo, os aseguro que si uno alcanzaba a mirar fijamente sus ojos limpios y expresivos podía seguir encontrando esa misma mirada del niño de la fotografía, del niño que siempre fue.

En la distancia trato de recordar cuándo Inés me habló por primera vez de quien acabaría siendo su marido, cuándo por primera vez nos vimos cara a cara, me estrechó la mano o me abrazó efusivamente; porque Gyuri (también en eso como muchos niños), era cariñoso y afectuoso. Es difícil recordar aquellos detalles porque la memoria es caprichosa (o tiene razones que nosotros ignoramos), así es que al final, uno se pone a buscar entre sus recovecos y el recuerdo más lejano que encuentra es el de nuestra primera despedida, cuando (antes de llevarme con su coche a Ferihegy, el aeropuerto de la ciudad), con el mismo alborozo infantil que mostraba ante un truco de magia o las peripecias de los personajes en su serie de televisión favorita, me entregó los regalos que con mucha ilusión había comprado para mis hermanos pequeños, explicándome con detalle la utilidad de cada objeto y, esforzándose por salvar los obstáculos que el idioma nos ponía, haciendo chistes para que cada uno de ellos viajara a España acompañado de una sonrisa. Junto a los obsequios, me entregó un disco que era suyo y que yo le había pedido varias veces que pusiera, un cedé con música de órgano electrónico que, seguramente, ni será húngaro ni nadie conocerá: “The magical wurlitzer” de Raymond Wallbank, pero que a mí me traía el recuerdo de plácidas tardes de domingo en nuestra casa de cuando éramos pequeños y, mientras burlábamos el frío con el calor de un brasero bajo las faldas de la mesa camilla, dejábamos pasar la tarde escuchando en el tocadiscos los vinilos que mis padres ponían y entre los que había uno con música muy parecida a ésta.

Aún conservo el que me regaló Gyuri y lo escucho, una vez más, mientras voy pergeñando estos recuerdos. Porque a éste más antiguo, siguen otros muchos que, como si de los fotogramas de una película se trataran, van pasando por mi mente:

… cocinando algún plato típico, del que luego me pasaría la receta, escrita en húngaro de su puño y letra, de tal modo que me sirviera para ejercitar tanto el idioma como los fogones. (Nunca me salen igual que a él porque seguro que, como todo buen cocinero, se guardaba sin darse cuenta algún ingrediente secreto, algún detalle en el que no se cae porque quizás sea sólo, por ejemplo, la voluntad de agradar).

… celebrando uno de mis cumpleaños junto a Inés y toda su familia.

… probando la sauna que él mismo había construido y en la que se esforzaba en explicarme el funcionamiento, el origen de las maderas que había utilizado o cómo se mantenía la humedad echando agua sobre los guijarros calientes.

… como guía y taxista muchas veces: al aeropuerto, al Palacio Godollo (el de Sissi, emperatriz de Austria y reina de Hungría), a visitar a las hijas de Inés en Göd y en Sződliget… La última vez, al hermoso jardín botánico de Martonvásár y al Parque de las Estatuas (Szoborpark), en el que me fotografió junto al monumento a los combatientes en las Brigadas Internacionales.

… e, invariablemente, con su incombustible sentido del humor y con la nobleza propia de quienes, por más golpes que les haya dado la vida, no han sabido o no han querido dejar de ser niños.

El idioma siempre nos mantuvo separados y, sin embargo, su esfuerzo por entenderme y hacerse entender, ahora que no está, se convierte en la prueba más evidente de su afán por agradarme, por hacerme placentera cada una de mis estancias en Budapest… Qué triste que uno no sepa valorar estas silenciosas muestras de afecto hasta que la otra persona ya no está, hasta que uno ya no puede corresponder con un abrazo caluroso y cordial: Gyuri murió el pasado 11 de febrero. Apenas tenía 62 años y había pasado poco más de uno desde que nos viéramos por última vez, sin que pudiéramos sospechar que el cáncer ya estaba socavando por dentro su robusta constitución. Hoy, 11 de mayo, tres meses después, su familia y sus amigos se han reunido en el Nuevo Cementerio Público de Budapest para decirle adiós con un homenaje, al que yo me quiero sumar con estos entrañables recuerdos porque, aunque la distancia no me haya permitido acompañarlos, soy uno más de quienes lloran su ausencia.

La zorrita y los pájaros exóticos

La zorrita y los pájaros exóticos

            Como el título de esta novela de Javier Bueno es tan largo como poco acertado, no he podido añadir que esta nueva entrada en el blog pretendía ser la felicitación que cada año cuelgo con motivo del Día del Libro.

            La protagonista de esta historia es un “zorra”, en el mal sentido de un término que entrecomillo porque me resulta desagradable utilizar (quizás sea también ésa la razón por la que el autor usa el diminutivo); la muchacha se llama Claudina Richet, es guapa y buena (aunque un poco ingenua) y, además de algunos otros tópicos, vive en París.

            Es, seguramente, la obra más deliciosa que he leído en mucho tiempo.

            No lo escribo con ironía, sino con el corazón. Nunca dedicaré las páginas de este cuaderno a la crítica corrosiva. Tengo tan poco tiempo y tan poco espacio que, si puedo evitarlo, no lo emplearé en tirar por tierra lo que no me gusta, habiendo, como hay, tanto digno de ser aplaudido y alabado, tanto que merece la pena ser pregonado para que también los demás lo conozcan, empezando por este autor del que ni siquiera se encuentran datos en Internet (donde estamos todos), y del que sólo sé lo que se dice en el envés de la portada de este libro del que os hablo: “Javier Bueno, cuya vida se ha desarrollado principalmente fuera de España, en las oficinas de los organismos internacionales, tiene tras sí una constante y larga labor literaria. En España, antes de 1939, publicó algunas novelas y libros de ensayos. Pero ha sido sobre todo a partir de 1943 cuando se ha entregado a la novela de manera más decidida y apasionada. Domiciliado en Suiza, las primeras ediciones de sus novelas han salido, desde entonces, en francés”. Ojalá que alguno de vosotros lo conozca y pueda añadir algún comentario con más datos, más títulos o algún enlace.

            Claudina es uno de esos personajes que, como Alonso Quijano (Don Quijote) o el príncipe Mischkin (el Idiota), resultan tan auténticos que sólo de tarde en tarde se encuentran en los libros… y nunca en la vida real. Incapaz de ver el mal (que quizás sea lo único que le rodea), inmune al desaliento y la desesperanza, nos ayudará a contemplar con ojos inocentes una Francia feliz en vísperas de la ocupación nazi, que nos recuerda a la de los musicales de Gene Nelly y Leslie Caron o las pinturas de Palmero y que, poco después, será invadida y terminará desangrándose en la guerra mundial; cuando ésta termine, se encontrará sumida en la confusión, el odio, el hambre y la miseria… Mas nada de esto será suficiente para que ella, Claudina, pierda su fe en el hombre o su ilusión por la vida.

            Para mí, que disfruto con la Literatura, la obra tiene un valor añadido: La originalidad de su escritura… Aunque esto es algo que escribo con letra pequeña, consciente de que, las más de las veces, si una lectura me resulta inusual, puede que sea sólo fruto de mi ignorancia, de que yo no conozca nada de lo que ya exista igual o parecido. En cualquier caso, es un deleite que una obra te sorprenda en este sentido después de casi medio siglo de lecturas, y esta novela lo ha hecho: El narrador es un vecino de Claudia que apenas interviene en la trama, aunque siempre está presente en las páginas del libro, porque es a través de sus diálogos con ella como conocemos los hechos y los personajes; sería un monólogo si el discreto narrador no estuviera presente, pues casi nunca “oímos” lo que él dice, aunque podamos adivinarlo por las palabras de ella. Si hubiera sido una novela habitual, escrita en tercera persona y narrada por este personaje, no hubiéramos podido conocer los pensamientos ni los sentimientos más íntimos de Claudia; y si hubiera estado escrita en primera persona, hubiera perdido la frescura, la espontaneidad, la inocencia de quien, muchas veces, no sabe por qué hace o dice las cosas. La solución de Javier Bueno ha sido este encantador diálogo del que sólo escuchamos una voz, sin que por ello se convierta en un monólogo.

            Puede que alguno de vosotros se esté preguntando cómo llegó este libro hasta mis manos. Os aseguro que, sin conocer al autor y con un título tan desafortunado, poca gente sentiría la tentación de comprarlo por su aspecto: Unas tapas completamente en blanco, con un pequeño cuadradito verde en el que, con letra minúscula se leen autor y título. Totalmente anodino y, además, publicado por Ediciones Aguilar en 1963, por lo que también inexistente en los anaqueles de las librerías. Pues bien, este libro me lo encontré tirado y pisado en el rastro de Valencia. Como muchos sabréis, algunos de los vendedores de estos “mercadillos de las pulgas” (por usar otra denominación), cuando se acaba la mañana, si consideran que no les merece la pena llevarse lo que no han vendido, lo abandonan en el sitio aunque, eso sí, destruyéndolo para que nadie lo aproveche: discos partidos con el pie, libros desgarrados, cerámicas estrelladas contra el suelo… y, en medio de tanto escombro y cascote cultural, un montón de desarrapados (entre los que me incluyo, cuando tengo la ocasión), pululando en busca de algo que se haya salvado: una cinta de casete de las que Paco Clavel compraba en las gasolineras, un tebeo que se puede recomponer con un poco de paciencia, una novela del oeste a la que sólo le faltan las tapas, una taza sin asa y, a veces, un libro entero que el chamarilero ha considerado que no merecía la pena hacer el esfuerzo de romper: ¿Quién se va a agachar a coger del suelo La zorrita y los pájaros exóticos?

            Yo lo hice el 21 de febrero de 2010. Me agacho por cualquier libro que vea tirado, sea  el que sea. Rara vez son títulos que me interesen personalmente; así es que, si ya los conozco, los limpio y los guardo para la biblioteca de Villatoya o para ofrecerlos en el mercadillo de Publicaciones Acumán, convirtiéndolos de este modo en ayuda al tercer mundo… Si me son desconocidos, apunto el lugar y la fecha de su hallazgo y los amontono a la espera de poder hojearlos un día, por si acaso. Os aseguro que me he llevado verdaderas sorpresas, aunque esta deliciosa novela de Javier Bueno quizás haya sido la mayor de todas. Por eso he querido compartir su historia con todos vosotros en este día del libro de 2010. Sé que ya es un poco tarde pero es que a mí me pasa como al personaje del chotis que canta Guillermina Motta: “Siempre estoy corriendo y siempre llego tarde”.

Los anónimos de Felisberto Hernández

Los anónimos de Felisberto Hernández

Además de energía, las centrales nucleares pueden generar cuentos y poemas; al menos cuando están en fase de construcción, que es como yo las conozco. Muchos de quienes me leen ignoran que, durante algunos años, trabajé en una de ellas. A quienes (cuando se enteran), se llevan las manos a la cabeza y, rasgándose las vestiduras, prometen no volver a leerme nunca más, los tranquilizo explicándoles que, gracias a mí, la central tardó más en ser construida: sin mí, hubiera estado en funcionamiento mucho antes.

Desempeñaba mi trabajo en un archivo de documentación, donde se reproducían y guardaban los miles y miles de planos que diseñaban en los diversos departamentos: obra civil, montajes eléctricos, programación, garantía de calidad… Allí, en mi oficina, conocí a Felisberto Hernández; pero tanto esto como su nombre no lo supe hasta mucho después de que Alicia recibiera el primer “anónimo” firmado por él:

En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta (…) no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesías; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos”.

Alicia, cuyo nombre he olvidado, pese a que recuerdo con perfecta nitidez el negro intenso de su pelo ondulado, la perezosa caída de sus párpados y la timidez de su sonrisa, trabajaba en otro departamento de mi misma oficina, no en el archivo. Aunque yo nunca pensé que lo fuese, decían que era fea; quizás por eso creyó que aquellas palabras abandonadas sobre su mesa, cuidadosamente caligrafiadas, no eran para ella; quizás por eso se enojó cuando apareció el segundo anónimo:

Después ella fue a sentarse bajo un árbol con el libro de hule; de él se levantaban poemas que se esparcían por el paisaje como si ellos formaran de nuevo las copas de los árboles y movieran, lentamente, las nubes”.

Amenazó con decírselo a su marido, un hombre bello, corpulento y mujeriego, uno de los jóvenes ingenieros que, cuando se acabara la obra, dirigirían la central, y que nunca dejaba de vigilarla, ni en el trabajo ni fuera de él. Aún así, su admirador, quien quiera que fuese, no se amedrantó y envió un tercer mensaje:

Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada”.

Si aquella primavera ya hubiera existido Internet, hubiera sido fácil descubrir que el autor de tan bellos textos era Felisberto Hernández, escritor uruguayo del que nunca se puede leer mucho porque siempre resulta difícil encontrar sus escasos títulos, pese a que (o porque), como dijo Italo Calvino, “es un autor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos”. ¿Era él quién mandaba los “anónimos” a Alicia? Estoy casi convencido de que no, puesto que había muerto en 1964, después de haberse ganando la vida acompañando al piano películas mudas. Su paisano Carlos Vaz Ferreira, filósofo, afirmó sobre él que “posiblemente no haya en el mundo más de diez personas a las cuales les resulte interesante, y yo me considero una de ellas”… Como yo soy otra, sólo queda sitio para ocho de vosotros: No os demoréis en leerlo.

Algunos años después, cuando ya había dejado el oficio de constructor de centrales nucleares para dedicarme a otros menesteres, me crucé con Alicia. Por primera vez iba sola y su sonrisa ya no era tímida, sino franca y abierta. No me reconoció, así es que pude observarla tranquilamente. Parecía feliz y nadie hubiera dicho que no era una mujer hermosa… Cuando regresé a casa, busqué los dos libros que había conseguido de Felisberto Hernández (“La casa inundada” y  Las Hortensias”). Volví a leerlos, preguntándome esta vez si Alicia y él no se habrían encontrado en la vida real, lejos del archivo donde yo los conocí.

Los pelícanos ven el norte, de Pablo de Aguilar González

Los pelícanos ven el norte, de Pablo de Aguilar González

            Me gustaría que la imagen que ilustra esta nueva entrada al blog fuera la de la portada de un libro, la tapa de una novela que se llama Los pelícanos ven el norte y que ha escrito Pablo de Aguilar González. Por el apellido, muchos podrán suponer (y no se equivocarán), que Pablo es primo mío y, porque sea su foto la que aparece junto a estas palabras (y no la portada del libro), imaginarán que aún no ha sido publicada. Así es; aunque yo he tenido la suerte de leer el manuscrito y acompañar a Hércules, su personaje principal, desde las llanuras manchegas hasta los inconmensurables territorios norteamericanos, vastos pero no salvajes, porque la acción nos es contemporánea y éstos, La Mancha y los Estados Unidos de América, son sus escenarios.

 

            Esto es sólo a manera de introducción; luego habría que señalar algunos detalles y hacer puntualizaciones sobre lo dicho… Pero lo primero era dejar constancia de que la novela existe, de que su autor me es cercano y entrañable, y constancia de que la lectura de estas páginas merece la pena: son amenas, originales y, por encima de todo, están escritas con muchísima corrección (como podréis apreciar en los fragmentos que pongo en cursiva), lo que es muy de agradecer en la obra de alguien que puede considerarse “novel”, aunque sea entre comillas, porque ya se han publicado algunos de sus relatos, y buena muestra de lo que escribe hay en su blog, (al que hace mucho se puede acceder desde éste).

 

            La primera aclaración que tendría que añadir a lo dicho como introducción es que la novela, realmente, transcurre en los Estados Unidos, donde el protagonista ha llegado, buscando su norte (no voy a dar detalles de cómo ni por qué, lo que quiero es que la leáis); La Mancha aparece en los recuerdos y es un constante punto de referencia, que yo he querido subrayar porque la historia que va a conocer el lector, cuando llegue al final del libro, será una historia que empieza mucho antes que éste, y que va desde el Albacete de 1973 al de nuestros días. (“Yo observo el paisaje por la ventanilla: casas desperdigadas, árboles que despliegan la policromía del otoño; y agua en lagos, agua en arroyos, agua en cascadas… Mucha, muchísima agua para alguien que está acostumbrado a la aridez manchega”)

 

            Segunda aclaración: La portada del libro que aún no existe  reproduce (y no sé si esto lo sabe el autor), alguno de los cuadros de Edgard Hopper; nadie pintó como él lo que Pablo de Aguilar escribiría casi cincuenta años después… Y no son sólo los paisajes, los moteles, las calles vacías, las ventanas abiertas, las gasolineras, las iglesias evangélicas pintadas de blanco, los cruces de caminos; sino también la soledad que se lee en el rostro de sus personajes: mujeres solitarias que esperan en silencio ante la puerta de una casa o en la mesa de un bar; ancianos anclados a un sueño que tal vez sólo sea el recuerdo de un sueño; viajeros sin rumbo que, aunque crean dirigirse al norte, son zarandeados como matorrales arrastrados por el viento. (“La maleta espera a mis pies. Enciendo un último pitillo y contemplo el paisaje que me rodea. El otoño ha dejado de ser benévolo; es una mañana gris, la bruma difumina los colores ocres del bosque del fondo; huele a hojas mojadas, a lluvia, a nostalgia. El recuerdo de un Bloody Mary recorre mi paladar y no tarda en convertirse en un regusto amargo. Aun así, todo sigue siendo bello… La humedad fresca acompaña el humo a través de mi garganta en dirección a los pulmones…”)

 

            El protagonista nos llevará de la mano a lo largo de un viaje físico por los Estados Unidos de América, de norte a sur por la I-35, que a  la vez es un viaje desde la infancia a la madurez, en un Albacete donde los niños todavía van al colegio con uniforme, pasean por el parque, compran merengues en las confiterías de toda la vida y acuden a la consulta de un psicólogo que (eso sí que no ha cambiado), ya era argentino… Y todo esto sin olvidar que el protagonista se llama Hércules: Seguro que quienes conozcan la mitología encontrarán más de un paralelismo entre los legendarios viajes del héroe griego y las también trabajosas peripecias del nuestro.

 

            A lo largo de estas páginas uno se encuentra de vez en cuando con pinceladas literarias que, como las especies en la cocina, realzan el gusto de la lectura sin distraernos de la historia. Se entenderá mejor con un par de ejemplos (que son tres): “Ambos miramos al suelo, miramos al techo, miramos tras los cristales de las ventanas. A todos lados menos a los ojos del otro”... “Al sur, algún matorral del Rincón del Diablo se habrá alimentado de mi sangre descompuesta y, ahora, ya formo parte de aquel lugar, como la formo de un burdel en Willow River, de una pensión japonesa en Minesota, del entrañable hogar de Yael en Kansas. Yo, que sólo fui un despojo en un piso vacío de Albacete, he estallado y me he desperdigado de norte a sur en el nuevo mundo”... “Extrañé tu presencia silenciosa, sentado en tu sillón; tu comprensión sin palabras. Entendí tus ojos extraviados en lo que parecían infinitos inabarcables y que no eran más que pasados dementes, cicatrices dolorosas, ilusiones perdidas; tu despiste que nunca fue confusión”… Y, para poner punto final, quiero señalar ese juego (tan literario, por otra parte), que supone la misma esencia de la novela: Que alguien busque su norte viajando hacia el sur. No es la única paradoja, ya que no deja de serlo el hecho de que la parte urbana de la historia transcurra en La Mancha (en Albacete), y la rural en Estados Unidos, en pueblecitos que rara vez llegan a los mil habitantes. No son éstas las únicas sorpresas que encontrará el lector que se adentre en las páginas de  Los pelícanos ven el norte; así es que, ojalá y pronto esté al alcance de todos el leerla (seguro que con la reproducción de un cuadro de Hopper en la portada).

Sócrates

Sócrates

            Es imposible saber cuándo supo uno de Sócrates por primera vez; parece que esté ahí desde siempre, en nuestra memoria, junto a otros personajes históricos como Salomón, César, Napoleón o (quizás sólo en nuestro caso, el de los españoles), Séneca y Viriato. Cuándo escuché o repetí por primera vez, lo de “sólo sé que no sé nada”, pensando que era un mero juego de palabras (una ingeniosa manera de reconocer lo mucho que nos queda por aprender), y no la razón por la que el oráculo de Delfos había señalado a Sócrates como el más sabio de los hombres de su tiempo.

            Es imposible saber cuándo supo uno de Sócrates por primera vez; pero sí que guardo, con detalle, dos recuerdos a él relacionados: la compra de un libro en Casas Ibáñez y el visionado de una película en Salamanca. Ésta, la película, era de Rossellini y la vi con Tina, cuando éramos compañeros en la facultad, en el restaurante "La Luna", donde al mediodía se podía comer un  menú para estudiantes (que incluía copa de vino y flan para postre), y por la noche asistir a una sesión de cineclub. Ni entonces ni después la película me ha parecido buena; si acaso un film a caballo entre la recreación y el documental, sin mayor interés que el de escuchar las sentencias del filósofo ateniense… sin embargo éstas (y en especial las palabras con las que se defiende ante el jurado que acabará condenándolo a muerte), nunca he podido olvidarlas.

            El libro, curiosamente, se publicó el mismo año en el que se hizo la película, 1971, y yo lo compré recién editado en la popular y ya desaparecida imprenta “Lahiguera”, de Casas Ibáñez, que hacía también (como la otra imprenta del pueblo, la de Jesús), funciones de librería. No es que lo estuviera esperando o que me captara por el título, sino que pertenecía a una colección que Salvat había empezado a publicar, con periodicidad semanal, después del éxito de su biblioteca RTV, con el mismo formato, misma encuadernación e igual de barata; yo compraba el libro de cada semana a medias con mi madre (aunque casi siempre los pagaba ella); ya habían aparecido títulos como La familia de Pascual Duarte, de Cela, El romancero gitano y Yerma, de García Lorca, una Antología de poemas de Rosalía de Castro, Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, Novela teatral, de Bilgákov y así hasta los dieciocho que habían precedido a éste, el número diecinueve que, como todos habréis supuesto, no era de Sócrates porque, del mismo modo que otros filósofos que le antecedieron, el sabio ateniense, no escribió nada. Ya se usaba la escritura y ya habían llevado los fenicios su alfabeto a Grecia, pero no estaba tan bien vista: se consideraba como una petrificación del pensamiento y una rémora para la memoria que, con ella, dejaba de ejercitarse… Fueron sus discípulos quienes recogieron por escrito sus palabras. El libro que compré aquella mañana con las treinta pesetas (dieciocho céntimos de euro),  que me dio mi madre fue Recuerdos de Sócrates,  de Jenofonte.

            No se me ocurrió leerlo entonces. No lo he leído hasta ahora. Durante casi y treinta  nueve años el libro ha permanecido a la espera, ocupando pacientemente su lugar en el estante que le correspondía, acompañándome en cada traslado: de Casas Ibáñez a Valencia, de Valencia a Barcelona, de Barcelona a Ayora, de Ayora a Tabernes de Valldigna, de Tabernes a Castellón, de Castellón a Salamanca, de Salamanca a Villatoya, de Villatoya a Toledo, de Toledo a Requena… siempre con la incertidumbre de si llegaría el día en el que me decidiría a abrirlo: “…ni está cierto para el que ha sembrado debidamente un campo quién habrá de cosecharlo, ni cierto para el que debidamente ha construido una casa quién habrá de morar en ella, ni cierto para el que sabe mandar ejércitos si será para bien mandarlos, ni cierto para el que sabe gobernar si será bien ponerse al frente del estado, ni para el que casa con mujer hermosa por gozarse en ella cierto está si no tendrá por ella duelos, ni para aquél que en la ciudad formó un partido de hombres poderosos cierto está si no tendrá por ellos que salir de la ciudad para el destierro” son, curiosamente casi las primeras palabras que esta obra que podría haberse quedado otros cuarenta años sin ser leída.

            Que se haya cumplido (como podría no haber ocurrido), la posibilidad que durante décadas he tenido de leer esta obra, me hace pensar en esos “pasados no consumidos” de los que habla María Teresa Oñate en sus libros y seminarios y que tanto me fascinan. Es cierto que ella, filósofa postmoderna, utiliza el concepto cuando habla de “postmetafísica”, a un nivel mucho más profundo, que a mí tal vez se me escapa, pero que parece abrir nuevas dimensiones a mi pensamiento: “el pasado nunca se agota en alguna de sus interpretaciones, sino que alberga lo posible de otros futuros”.

            Yo, como al escribir de otros autores en otras ocasiones, os voy a recomendar la lectura completa de estos Recuerdos de Sócrates o (quien lo prefiera), cualquiera de los primeros diálogos platónicos, en los que se recoge su pensamiento, especialmente la “Apología de Sócrates”, que viene a coincidir con el final de este libro de Jenofonte del que os estoy hablando. De aquí, de estas últimas páginas, de su Apología o defensa ante el jurado, os transcribo algunos fragmentos que me han emocionado:

            Ante el miedo que en sus amigos produce el que pueda ser condenado a muerte, pregunta a uno de sus seguidores: “¿No sabes que hasta el presente a ningún hombre tengo yo  que consentirle la pretensión de haber vivido mejor que yo?... Pero ahora, si todavía avanza más la edad, sé que será forzoso pagar los tributos de la vejez, ver peor, oír menos y ser más incapaz de aprender y de las cosas que he aprendido más olvidadizo… ¿Cómo podría seguir viviendo ya con gusto?” En el mismo tono, cuando sus compañeros trataron de ayudarle a huir o fue invitado por los jueces a escoger una pena alternativa a la de la muerte, “ni quiso el fijarla ni les permitió hacerlo a los amigos, sino que aún decía que el fijar la pena era propio de quien reconociera su culpabilidad; en segundo lugar, al querer sus camaradas sacarlo de la prisión furtivamente, no se prestó a ello, sino que aun tuvo a bien burlarse de ellos preguntándoles si es que acaso conocían algún lugar fuera del Ática donde no hubiera que llegar al término de la muerte… ¿Ahora se os ocurre poneros a llorar? ¿Es que no sabíais ya de tiempo atrás que desde el punto que nací me estaba impuesta la condena a muerte?

            Aunque el pensamiento de Sócrates no ha perdido actualidad con el paso de los siglos, plantearse algunas de sus preguntas en estos momentos sería muy oportuno, cómo cuando relaciona la aceptación de regalos con la falta de libertad (“¿Cuál de los hombres veis más libre que yo, que no recibo de nadie regalos ni soldadas… que de nada de las cosas ajenas necesita?”), o como cuando defiende la necesidad de que la educación quede en mano de los educadores y no de la familia: “tocante a la salud, más hace caso la gente a los médicos que no a los padres; y lo que es en las asambleas, todos, más o menos, los atenienses más hacen caso a los que lúcidamente hablan que no a sus parientes o allegados; pues, en fin, ¿no elegís también para generales, con preferencia sobre los padres y los hermanos y aún, a fe mía, sobre vosotros mismos, a aquellos que estimáis que son los más entendidos en los asuntos de la guerra?”, algo que no se hace de igual modo en el asunto de la educación, que es, para Sócrates, el mayor de todos los bienes.

            No puedo dejaros, como al hablar de otros autores, un enlace a la página o el blog de Sócrates, pero como en Internet (esa biblioteca circular que soñara Borges), está todo, sí que os invito a ver esta adaptación que el doctor Juan Abelardo Hernández Franco, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Panamericana Ciudad de México, hace de los últimos momentos del sabio griego. (Éste es el primero de los cinco vídeos en que se encuentra la adaptación y desde él podréis enlazar a los siguientes). Por mi parte, termino con las mismas palabras de Sócrates que ponen punto final a la obra citada de Platón: “No tengo nada más que decir. Ya es hora de partir: yo a morir, vosotros a vivir. ¿Quién va a hacer mejor negocio, vosotros o yo? Cosa oscura es para todos, salvo, si acaso, para el dios”.

Cuento de Navidad, de Eduardo Galeano

Cuento de Navidad, de Eduardo Galeano

            Conocí a Eduardo Galeano en Simat un día que no era de Navidad. Más de uno pensará que el escritor uruguayo nunca estuvo en la Valldigna y que, además, casi nunca es Navidad; pero lo cierto es que fue allí donde por primera vez escuché a Ivana contar un cuento que me conmovió, y que debió de ser en primavera o en otoño, porque el tiempo era apacible y la noche tardaba en llegar. Habíamos coincidido en una excursión que mis amigos de “Flor de Cactus” habían organizado al monasterio, aún en ruinas por aquel entonces, y recuerdo que caminábamos por entre naranjos, al lado de una acequia por la que el agua corría para ir a nuestro paso.

            Quiso la vida, durante algunos años, regalarme con la amistad de Ivana, así es que le oí contar muchas y deliciosas historias escritas no sólo por Galenao, sino también por Mario Benedetti, por García Márquez, por Borges, por Saint-Exupéry… Entre otros entrañables recuerdos que guardo de ella, conservo también presentes como un “atrapasueños” y un ejemplar de “Amares”, en el que me escribió una bella dedicatoria: “Volar no es tan difícil. Aún con los pies en la tierra, mi espalda rompe en alas y vuelo sin moverme. Volar con lo que soy, sin ser un pájaro”. Esto fue hace diez años. No sé si Ivana todavía cuenta cuentos y, al contarlos, los convierte en suyos hasta el punto de hacer brotar las lágrimas en los ojos de quienes la miran y la escuchan… pero si sé que vuela; y el que no me crea, que visite su página.

            Si hoy, último día del año, en el ecuador de esta Navidad del 2009, me he acordado de todo esto que os narro es porque, para felicitaros, he escogido un cuento de Eduardo Galiano, a quien ya conoce todo el mundo porque Hugo Chávez le regaló a Barack Obama un ejemplar de “Las venas abiertas de América Latina”. Mi hermano Amador piensa que es una historia demasiado triste, pero yo creo que refleja muy bien parte del espíritu de estas fiestas navideñas. Espero que a vosotros también os guste:

 

 

          ¨Fernando Silva dirige el hospital de niños, en Managua.

          En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En casa lo esperaban para festejar.

          Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos la andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizás pedían permiso.

          Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

          - Decile a ...- susurró el niño-. Decile a alguien, que yo estoy aquí

                                                                                      Eduardo Galeano 

19 de diciembre de 1976: Cuando llegué a Chillán

19 de diciembre de 1976: Cuando llegué a Chillán

            Como es domingo y no he tenido que ir al cuartel, me he pasado la tarde escribiendo en casa. Bueno, como siempre me ocurre, he imaginado mucho y he escrito poco. Aunque quizás hoy tenga un motivo: Estoy nervioso. Nervioso e ilusionado porque el viernes voy a subir en avión por primera vez. El brigada Ventura se ha ofrecido a ocupar esa mañana mi puesto de soldado raso, para que yo pueda pasar la Nochebuena en casa. Volaré hasta Valencia y, desde allí, me iré con el tío Flores hasta Albacete… Mientras pensaba en el viaje y trataba de escribir el relato de un parado que busca trabajo a través de los anuncios de un periódico, he hablado a ratos con Hugo Francisco, nuestro compañero de cuarto chileno. Me cuenta historias de su país y yo me acuerdo de mi amiga Orieta, de Iquique, de la que no sé nada desde el golpe de estado de Pinochet. La última vez que supe de ella, estaba a punto de casarse, así es que no sé si es una de las tantas personas desaparecidas o si es que, una vez casada, no ha podido seguir escribiéndome. Algún día iré a Chile y buscaré su nombre entre la lista de los desaparecidos que, cuando la situación cambie, se grabaran en mármol en el cementerio general de Santiago. También algún día, dentro de muchos años, cuando el relato del parado que busca trabajo siga inconcluso, situaré en Chile uno de mis cuentos preferidos, el de Cuando llegué a Chillán.

 

          Llegué a Chillán a las cuatro de la tarde y no me fue muy difícil encontrar la casa. Las indicaciones que Felipe me había dado eran precisas y suficientes, pero la distancia que tuve que andar era mucho mayor de lo que había imaginado en un principio. Cuando me vi frente al bloque de hormigón, hice un alto en el camino y lo contemplé antes de empezar a subir la escalera. Las ventanas no tenían cristales, nunca los habían tenido y el frío entraba a raudales para quedarse a pasar la noche entre aquellas paredes sin pintar. A la altura de la segunda planta alcancé a ver el horizonte por el que se ocultaba el sol de las cinco de la tarde... Era la misma hora a la que tres años antes los policías del DINA habían irrumpido en mi casa tirando la puerta de una patada y me habían llevado con ellos, tras poner patas arriba mi apartamento de Maipú y no encontrar a nadie más a quien arrestar. Yo, inspirado o ingenuo, les había mostrado mi pasaporte español; hacía años que estaba caducado y en la foto amarillenta del niño que fui resultaba casi imposible reconocer al hombre que era... Mi madre había muerto poco después de traerme al mundo y yo había llegado a Chile con mi padre, para trabajar en las minas de cobre; cuando también él murió en un accidente, yo me trasladé cerca de la capital para estudiar en la Pontificia Universidad Católica y ganarme la vida con lo que saliera, siempre que me diera para comer y seguir estudiando; nunca había vuelto a España ni ya tenía necesidad de hacerlo; me sentía un chileno más, uno de los millones que, con entusiasmo, habíamos celebrado la llegada de Allende al poder y uno de los miles que, al ser derrocado, era buscado por la policía política.

            El día que llegué a Chillán, mi única documentación era ya aquel pasaporte con la foto del niño que fui. A base de golpes había olvidado hasta el número de mi cédula chilena; de hecho desde el primer momento, desde la primera noche en el Estadio Chile, todos habían empezado a llamarme “El Español”. Allí fue, entre las gradas en las que unos a otros nos arrebujábamos, para protegernos del frío y del miedo, donde había conocido a Felipe... Y juntos continuamos hasta el final; primero hasta el campo de concentración de Tejas Verdes y luego, como compañeros de barracón, hasta el día en que, inesperadamente para mí y en cumplimiento de sus vaticinios, fui puesto en libertad. “Como eres español, te soltarán pronto. Ya lo verás    --me decía a veces--. Yo me moriré aquí”. Y morirse allí no era tan difícil, aunque lo más fácil era desaparecer un día, ser llamado y salir para siempre de Tejas Verdes; sólo que entonces no sabíamos que los que se marchaban no llegaban a ningún lugar. Quizás por eso el día que a mí me tocó sentí más desconcierto que temor. “¿Lo ves? –me felicitaba Felipe--. Sabía que saldrías de aquí. No te olvides de hacer lo que te he pedido y llévale a Bárbara esta carta”. No pude comprender dónde ni desde cuándo guardaba aquel sobre... cómo había podido escribir ni de dónde había sacado el papel... tal vez cuando estuvieron los de la Cruz Roja, aunque de eso ya habían pasado casi dos años.

            Felipe me había pedido que fuera a Chillán. Me lo había pedido muchas veces, sobre todo cuando el asma lo ahogaba y se creía morir. “Prométeme que, cuando salgas, irás a Chillán y buscarás a mi mujer”. Le prometí que lo haría. Quizás yo fuera la única persona del campo que sabía que su mujer se llamaba Bárbara y que estaba en aquella ciudad del Biobío, viviendo con la suegra. “Si se enteran –me susurraba al oído--, también la detendrán a ella”. Yo pensaba que si el DINA hubiera querido apresarla ya la tendrían en campo de concentración hacía tiempo, en Tejas Verde o en cualquiera de los otros muchos que debía de haber a lo largo del país, aunque eso entonces no podíamos saberlo. Cuando a Felipe lo apresaron vivían en Santiago, al otro lado del río Mapocho y ella estaba embarazada; sólo un año más tarde, gracias a un voluntario de la Cruz Roja, pudo saber que se había refugiado en Chillán, junto a su la madre de él, y que allí había nacido su hija Panchita. “Mi mujer es más joven que yo –seguía contándome--, casi de tu edad... Tú estás sólo y no tienes dónde ir, así es que, cuando salgas, te vas  buscarla y le dices la verdad, que yo ya no voy a volver, que te dé cobijo. Si os tenéis el uno al otro, para los dos será más fácil y para Panchita también”. Unas veces me reía y le decía que estaba loco, pero otras me enfadaba de verdad y me entraba coraje porque para vivir, en ocasiones así, más que huevos, a la vida hay que echarle ilusión...y Felipe ya no la tenía.

            ... Y por fin estaba en Chillán. Terminé de subir la escalera y pulsé el timbre de la puerta derecha en la que, como él me había explicado, lucía una imagen del Sagrado Corazón. Pero el timbre no funcionaba y tuve que golpear con los nudillos. Oí pasos al otro lado de la puerta y alguien descorrió la mirilla para ver quién llamaba. Me presenté sin esperar a que me preguntaran. “Vengo de Tejas Verdes... de parte de Felipe”. La mujer que me franqueó el paso era muy mayor. Imaginé que sería la madre. “Adelante”, me invitó. En el interior sólo había una mesa desnuda con cuatro sillas a su alrededor y, pegado a la pared del fondo, un mueble pequeño con un televisor y un aparato de radio. Sobre un de las sillas se sentaba una niña, que debía de ser Panchita y que estaba pintando con colores en un cuaderno. Alzó la cara y me sonrió. “Estoy dibujando un barco”. Me lo enseñó levantando la hoja llena de garabatos. “Es muy bonito”, afirmé a la vez que con mi mano le acariciaba los negros cabellos. La mujer, que había cerrado la puerta, me explicó que Bárbara estaba trabajando todavía. “No vendrá hasta dentro de una hora”. “Traigo una carta para ella”. “Puede sentarse si quiere. La televisión no va. Le encenderé la radio”. La vertiginosa voz del “Chacotero Sentimental” irrumpió en la sala rebotando contra las desnudas paredes. “¿Qué dibujo ahora?” me preguntó la niña. “Dibuja la luna”, le propuse recordando el cuento que su padre había inventado para ella y que más tarde, cumpliendo mi promesa, habría de contarle.

 

         “Cuando Panchita cumplió dos años su mamá Bárbara le hizo un enorme pastel de mango y chocolate y encima colocó dos velitas para que soplara. Papá, mamá, la abuelita, un pirata, una princesa y los hijos de los vecinos, que habían sido invitados a la fiesta, le cantaron el cumpleaños feliz. Entonces Panchita sopló muy fuerte y apagó las velas. Todos aplaudieron y ella se puso tan contenta que quiso hacerlo de nuevo. Papá sacó el encendedor del bolsillo y volvió a encender las velitas. Los invitados repitieron la canción y ella sopló otra vez... Y vuelta a empezar. Al cabo de un rato las velas estaban casi consumidas y todos, menos ella, cansados del juego. Así es que papá Felipe le acercó el encendedor a la ventana y, apagando las luces le dijo, a la vez que señalaba a la luna llena: Mira que vela más grande, a ver si puedes apagarla. Todos hicieron corro a su alrededor, entonces Panchita sopló todo lo fuerte que pudo y, ¡plaf! la luna se apagó dejándolos a oscuras... La niña aplaudió alborozada, pero papá, mamá y la abuelita estaban asustados, los niños de los vecinos se pusieron a llorar. Papá Felipe corrió a encender la luz. Los niños callaron, pero la princesa y el pirata habían aprovechado la confusión para desaparecer del cuento. ¡Otra vez, otra vez!, insistió ella. El papá volvió a encender el mechero y, esta vez sí, estiró todo lo que pudo el brazo, tratando de acercarlo lo más posible al lugar donde antes estaba la luna, que volvió a encenderse. Luego cerró corriendo la ventana y, aunque Panchita quería volver a soplar, le dijo: No, ahora vamos  a comernos la tarta, para que pueda acabarse el cuento”

 

            Hasta que llegué a Chillán y estuve dentro de la casa, hasta que conocí a Panchita y le acaricié las negras guedejas, hasta que me enseñó su dibujo del barco y me preguntó por el siguiente tema para plasmar sobre el papel con los únicos cinco colores que tenía, no había vuelto a acordarme del cuento que su padre había imaginado para ella. “¿De verdad lo has inventado tú?” le pregunté cuando me lo contó. “Sí. Así es que apréndetelo para contárselo cuando la veas. Lo he hecho para ella”. “Es muy bueno     –admití—, parece de un escritor de verdad”. “Lo cierto es que me he inspirado en una historia que oí contar a un rapsoda --reconoció él--. Fue en un concierto que dio Víctor Jara en el Estadio Chile”. Era el campo de fútbol donde los dos habíamos estado presos los primeros días, donde nos habíamos conocido y donde, aunque no lo sabíamos, también había estado Víctor Jara, antes de que le cortaran la lengua y las manos. “Se quedará a comer con nosotros”, me anunció la abuela. No supe si era una decisión que la mujer había tomado o una invitación que me estaba haciendo. En cualquier caso, no tenía otro lugar al que ir. Por pudor, por un poco de vergüenza tal vez, había dejado todas mis cosas, que cabían una sola bolsa de deportes, en la consigna de la estación de autobuses. Me hubiera dado apuro presentarme con ella en la mano, como invitándome a dormir en la casa. La anciana se metió hacia la cocina y yo me quedé mirando dibujar a la niña mientras seguía escuchando la radio... Cerré los ojos y fui consciente de que, en tres años, era la primera vez que estaba sentado en una silla y en el interior de una casa, por humilde que esta fuera y por mucho frío que reinara en la habitación. Al poco se oyó la puerta.

            Cundo subía las escaleras de aquel bloque de pisos a las afueras de Chillán, me preguntaba a mí mismo cómo sería esta mujer de la  que tanto me había hablado Felipe y que, en su fuero interno, parecía haberme destinado. Aunque era una idea absurda a la  que no quería prestar ninguna atención, no dejaba de rondarme su propuesta: “Dile que te he dicho yo que te quedes con ella. Los dos estáis solos y yo no voy a salir de aquí con vida. Mi madre tampoco puede vivir mucho más. Juntos podréis hacer frente a las dificultades que vengan y sacar adelante a Panchita. Bárbara es una buena mujer, joven como tú, y muy bonita, ya lo verás”. No me fijé en si era o no era bonita. “Vengo de Tejas Verdes... De parte de Felipe”, dije a modo de presentación, levantándome de la silla. Sus ojos se iluminaron con una luz especial. Quizás ninguno de los dos éramos ya tan jóvenes como Felipe nos veía porque, más que los años, nos había envejecido el sufrimiento; pero en su porte y en su mirada me pareció vislumbrar el majestuoso orgullo de la sangre aymara que, seguramente, correría por sus venas. “¿Y cómo está?”, me preguntó. “Bien –mentí--. Te envía esta carta” Se la tendí con cierto temblor en las manos, preguntándome si en ella le hablaría de sus aprensiones sobre una muerte cercana, de su descabellada idea de uncirnos frente a un destino sin él... o si simplemente sería un escrito que evocara recuerdos de un pasado feliz o reiterara un juramento de amor eterno... Ella la cogió, la besó antes de abrirla y, para mi tranquilidad, la dejó junto al televisor. “¿Se quedará a comer con nosotros?” Su madre me sacó de un humillante consentimiento. “Ya lo tengo todo preparado. Ayúdame a poner la mesa”. Durante la cena, y aún temiendo que la posterior lectura de la carta me dejara en mal lugar, traté de convencer a las mujeres de que Felipe se encontraba bien, de que pronto estaría libre, igual que yo; de que la vida en el campo  de concentración no era tan dura; adornándolas un poco les narré tres o cuatro anécdotas que les hicieron sonreír y, por un momento, hasta yo mismo llegué a creerme que aquello no eran tan malo. Panchita se había quedado dormida con la cabecita apoyada sobre la mesa. “Acuéstala en tu cama”, le pidió Bárbara a la abuela. La mujer se levantó y la cogió en brazos. “Pues yo también me despido y les dejo que puedan seguir platicando”.

            La casa de Chillán estaba en un barrio de las afueras, en un barrio de grises bloques de hormigón, sin cristales en las ventanas de la escalera. La casa se había caldeado un poco con el calor que escapaba de nuestros cuerpos y el de la cocina de gas en el que la abuela había hecho la cena. Aparte del comedor en el que estábamos, sólo tenía un aseo, la cocina y dos alcobas: la de la abuela y la que compartían madre e hija. Cuando nos quedamos a solas, le ayudé a quitar la mesa y ella preparó un tecito; mientras la infusión se enfriaba la mujer cogió la carta que había dejado junto al apagado televisor y la leyó. Apenas tardó unos minutos. Cuando volvió a guardarla en el sobre, estaba llorando. “¿Sabes lo qué pone Felipe en esta carta?”. Era la primera vez que me tuteaba. Negué con la cabeza. Era verdad que no lo sabía, ni lo había leído ni él me lo había dicho. No podía saberlo, pero un nudo me sellaba la garganta y no hubiera podido decirlo con palabras. Ella tampoco me lo desveló. Me preguntó algunas cosas más sobre el campo de concentración, sobre la comida, la ropa, cómo hacíamos para lavarla, si era verdad que había también mujeres... Luego, cuando la situación se hubo distendido un poco, me invitó a pasar la noche. “Puedes quedarte en mi alcoba. Yo me acostaré con la niña y mi suegra”, “No quiero ser una molestia”, traté de resistirme sin mucho convencimiento, puesto que no tenía dónde ir. “No seas tonto... Supongo que no tendrás dónde ir”. No respondí y me limité a verla preparar la cama desde el salón.

            Cuando a la mañana siguiente desperté en la habitación de Bárbara, la oí trajinar en la cocina. El frío apenas me había dejado dormir, pero el agua helada de la ducha me reanimó. Cuando salí del aseo, sobre la mesa humeaban dos tazas de té. “He comprado pancito --me anunció, señalando los bollos recién hechos que lucían en la panera--. Hay también mantequilla y fiambre”. Desayunamos juntos y callados, mientras la abuela y la niña todavía dormían. “¿Qué vas a hacer ahora?”, me preguntó ella, rompiendo por fin el silencio. “No lo sé aún... Todo parece tan difícil”, “Si quieres, puedo ayudarte a encontrar un trabajo”. “Creo que voy a tratar de irme a España”. Me miró asombrada y me di cuenta de que no le había contado nada de mí. “¿A España?”. “Sí, quiero ser escritor... Voy a contar todo esto que nos está pasando” “¿Lo qué nos está pasando? ¿Y a quién le podrá importar lo que nos está pasando?” “No lo sé, pero alguien tal vez, algún día, en el lugar más remoto, quizás dentro de muchos años, va a leer esta historia y va a saber que existimos, lo que nos pasó... Va a saber de Panchita, de ti, de Felipe y de que un frío día de invierno vine a traerte una carta hasta Chillán”. Barbará me miró directamente a los ojos y una vez más creí apreciar en su interior el noble orgullo de los aymaras, cuya sangre seguramente correría por sus venas. “Lo que nadie tiene que saber nunca –me pidió--, es lo que decía esa carta”.

25 de julio de 1985: Los otros

25 de julio de 1985: Los otros

            Hace días que estoy encerrado a cal y canto en Villatoya, preparando el último examen de la oposición. Me he venido de Salamanca porque, al final, no voy a ser escritor (como toda la vida había pensado), sino funcionario, como mi padre y mi abuelo. Eso me permitirá comer de caliente todos los días (“pan poquito, pero blandito”), y no me impedirá escribir, de vez en cuando, algún artículo para el periódico de la capital de la provincia o algún poema para los juegos florales del pueblo. Además, no voy a ser un funcionario cualquiera: Me voy a pedir destino en una embajada de Centro o Sudamérica… Si me animo, hasta puede que en Hungría, para practicar el húngaro que he aprendido este curso; o en Madagascar, como mi amigo Emiliano; da igual: Iré allí donde quiera que me ofrezcan una plaza de canciller; pero para eso tengo que aprobar también este último examen (ya he superado los dos primeros), y por esa razón me he aislado de todo el mundo y sólo salgo de mi cuarto para comer; ni siquiera a Juana le dejo que venga a verme. Me levanto antes del amanecer y me acuesto de madrugada. Hoy he hecho una excepción: Después de comer, me he subido a Casas Ibáñez a tomar un café y asomarme a las puertas del cine Rex. Lo he decidido al enterarme, en el telediario de las tres, mientras comía, de que anoche murió José Bódalo. Como es festivo, las rejas estaban abiertas; pero, como era pronto, las puertas aún estaban cerradas. A través de los cristales he escudriñado el interior y, como cuando era niño impaciente, he tratado de vislumbrar qué películas se anuncian, para proyectar “próximamente”, en los carteles más lejanos. Apenas se alcanzaba a ver el título en la distancia; sólo cuando estaba dentro, podía pararme ante cada uno de ellos y leer minuciosamente toda la información que acompañara a la imagen: Manuel J. Goyanes presenta. Ramón y Manolo, Duo Dinámico. Marisol. Isabel Garcés. Robert Hutton. “Búsqueme a esa chica”. Juan Carlos Mareco, Pinocho. Perla Cristal. Con la participación de Ethel Rojo y José Bódalo… Quizás fuera ahí, con su nombre destacado con un recuadro, donde supiera de él por primera vez pero, con sus inolvidables interpretaciones en Estudio 1 (“Trampa para un hombre solo”, “Misericordia”, “Doce hombres sin piedad”…),  terminaría siendo uno de mis actores preferidos. Por eso he querido rendirle este pequeño homenaje, viniendo hasta el cine en cuya pantalla lo vi por primera vez y, aunque supongo que seguiré viéndolo en sus películas, cuando regresaba a Villatoya, se me ha ocurrido pensar que sin él, Casas Ibáñez, el pueblo de mi niñez, parece más vacío… Es algo que a partir de ahora me va a ocurrir siempre que se muera alguno de los actores, de los cantantes, de los artistas que han formado parte de mi infancia, de mis juegos de niño, de mis primeros sueños: José Isbert, Manuel Aleixandre, Rafaela Aparicio, Alberto Closas, Fernando Fernán Gómez, José Luis López Vázquez… Cuando dentro de unos años (faltan más de veinte), se muera María de los Ángeles de las Heras, lo explicaré con un texto al que llamaré “Los otros” y que, más o menos, dirá de esta manera:

 

El pregonero llevaba una trompetilla de latón en la mano derecha y, así fuera invierno o verano, la boina calada hasta las cejas. Siempre andaba ligero, aunque no llevara prisa, pues tenía que recorrer todas las calles del pueblo e ir parándose en las encrucijadas para canturrear su mensaje, ora fuera la llegada de un camión a la plaza (para vender mantas, frutas o cualquier otra mercancía), ora un bando del alcalde o el anuncio de la muerte de un vecino... Aunque quizás de esto sólo se encargaban las campanas, los mismos bronces que tocaban a arrebato si se había incendiado una casa o un pajar, que llamaban a misa los domingos, anunciaban las doce del medio día (la hora del Ángelus), y tañían tan pausada como acompasadamente cuando alguien se había marchado del pueblo para siempre. El hombre escuchó la noticia en el televisor del bar, mientras comía solitario en un rincón apartado de la barra en la que, con estrépito, se servían los cafés; en otras mesas, otros parroquianos se jugaban ya la copa al dominó (golpeando ruidosamente las fichas contra el tablero), o a las cartas (levantando la voz para señalar el triunfo o cantar la afortunada concurrencia de un rey y un caballo del mismo palo y en la misma mano). Nadie pareció inmutarse con la noticia. El pregonero hacia mucho tiempo que había dejado de pregonar y las campanas de la torre, esta vez, no habían tocado a muerto; quizás nadie iba a echar en falta por las calles del pueblo a María de los Ángeles de las Heras, Marieta… Mas el hombre, mientras vertía el azúcar en la taza del café y le daba vueltas con la cucharilla, para endulzarlo y que se enfriase un poco, recordó la primera vez que la había visto allí mismo, siendo él todavía un niño y ella poco más que una adolescente. Debió de ser en los primeros años sesenta, cuando Don Vicente, además de farmacéutico era el alcalde; cuando Tomás Pérez Úbeda era un maestro y no el nombre de una calle; cuando no sólo había cine varios días a la semana, sino que además, los sábados y domingos, se llenaba… Muchas uvas habían dado las cepas desde entonces, muchas cosechas de trigo los campos que, por fin, después de larga sequía, volvían a estar encharcados. La muchacha, una ayudante de peluquería a quien le daban miedo las tormentas, se había convertido en mujer, se había casado con Antonio y había tenido tres hijos, que ahora lloraban su muerte al otro lado de la pantalla del televisor...Podía parecer ajena a todos los que mataban el tiempo en el bar y, sin embargo, de alguna manera, había formado parte de sus vidas, de la del pueblo en el que estaban y de la de cada uno de ellos; había sido, como cada cual, un personaje más de la historia que día a día, desde hace cuatrocientos años, se escribe en las calles de Casas Ibáñez; como los comerciantes y los hosteleros, como el alcalde y sus concejales, como los maestros que aquí viven o que cada día del curso vienen desde fuera a impartir sus lecciones, como los agricultores y las amas de casa, como los estudiantes, los albañiles, los carpinteros, los jubilados... Son los "famosos", los de ayer y los de hoy, los de siempre: cantantes y toreros, futbolistas y presentadores de televisión, actores y actrices... son los otros, los que nunca vinieron al pueblo, nunca jugaron con los niños al salir del colegio, ni hicieron tertulia con sus padres en el café, ni se sentaron en un banco de la Cañada con los abuelos; no fueron a la Virgen de la Cabeza, ni a pasear por la feria, ni a merendar en la Calera... no se bañaron en la balsa del Gato, ni amanecieron en la Melody, ni acudieron el lunes a comprar en el mercadillo... Pero estaban y están presentes en los sueños de todos, en los juegos de los niños, en la imaginación de los mayores, en las conversaciones del casino, en el jolgorio de las costureras, en las fantasías nocturnas de hombres y mujeres, que quizás se aman y se amaban con los ojos cerrados, creyendo tener en los brazos a la protagonista de la última película, o escuchando el envolvente susurro de la voz de un cantante de moda... nunca vinieron, pero siempre estuvieron con los que nunca se fueron... Tal vez por eso, cuando el hombre salió del bar en el que había comido, a medida que caminaba por las calles del centro, tenía la sensación de aquella tarde de incipiente primavera, aunque ella nunca hubiera estado en Casas Ibáñez, sin Rocío Dúrcal, María de los Ángeles de las Heras, el pueblo se había quedado un poco más vacío para siempre.