Blogia

Ramón de Aguilar

Laura Plana y el mar de Amanda

Laura Plana y el mar de Amanda

Cada vez que, por uno u otro motivo, me acuerdo de Laura Plana, pienso en el mar de Amanda… Y, por uno u otro motivo, son muchas las veces que me acuerdo de ella, que no es un personaje de ficción, sino una persona real, de carne y hueso, que en un momento dado pasó por mi vida dejando huella. Laura Plana es escritora y, si no lo es, debería serlo; como lo era cuando la conocí hace más de trece años, cuando andaba buscando editor para una deliciosa colección de cuentos a la que había titulado: “El mar de Amanda”. Me hubiera gustado ser ese editor, como me hubiera gustado serlo de los poemas de Eva Vaz, de Pedro Uris y su “Cita con la eternidad”, de otra novela de Francisca Gata (“Tras el canal”), de la última que escribió Rodrigo Rubio (“Y Dios jugando al mus”), del “Bigote Prieto” de Coro Perales… Obras todas que se quedaron esperando, algunas de ellas con la portadas ya dibujadas, con las galeradas corregidas, con el papel comprado y almacenado en la imprenta.
Algunos de esos títulos fueron publicados por otros editores y pueden encontrarse en alguna librería o biblioteca, pero otros no han tenido tanta suerte y sólo pervivirán en el manuscrito que conserve su autor y en la memoria de quienes tuvimos la suerte de leerlos. Por eso, cuando vi la foto de Laura Plana que ilustra estas palabras, pensé que ese mar que ella mira no es, como pudiera suponerse, el Mediterráneo, sino el mar de Amanda, el mar que Laura soñó en su libro que nunca fue.
Cualquiera de los cuentos que lo conformaban sería demasiado extenso para tener cabida en este blog; pero hay otros que sí alcancé a editarle: “Luna de miel”, gracias al que la conocí cuando fue finalista en el I Certamen Literario “Emilio Murcia”, de Villatoya; el que nos cedió para el libro solidario “Algo de cada uno”, y un tercero con el que volvió a ser finalista, pero esta vez en uno de los concursos de relatos hiperbreves que Edisena convocaba. Será este último el que, aunque no se ciña a su estilo habitual, os transcriba para compartir con todos vosotros, mis amigos, el ingenio y el buen estilo de Laura Plana, esta escritora que, si no lo es, debería serlo; como lo era cuando la conocí hace más de trece años:

COLORÍN, COLORADO

Cuando la consorte del Rey vio a Blanca-Nieves guardó la manzana. La Princesa, lejos de la Corte y de los cuidados de sus doncellas, había engordado de tanto comer pasta y bocadillos. Su cutis inmaculado se había ajado y su melena, en otro tiempo negra y brillante, estaba recogida en una mugrienta cola de caballo. No necesita ningún veneno, pensó la mujer, observando de lejos como bebía vino y reía con los enanos.
Volvió sonriente a Palacio, pidió hora en la mejor clínica estética del país y dos meses después, rejuvenecida, hermosa y feliz, se fugó con un joven Príncipe que vagaba perdido por los bosques del Rey.


El reloj estaba a punto de marcar las doce y la fiesta en su apogeo. Centa miró a su apuesto acompañante con ojos brillantes, lo arrastró hacia el centro de la pista, y le susurró:
—Ahora vas a alucinar.
Al sonar la primera campanada y ante la mirada incrédula de los invitados, su precioso vestido azul de raso y seda se fue deshilachando en harapos, sus joyas se fundieron sobre su piel y su complicado recogido se liberó en una larga melena rubia. Cuando el reloj calló, Centa sólo conservaba de su antiguo esplendor los zapatos de cristal. Pero seguía siendo la más hermosa.
— ¿Cómo lo has hecho? —preguntó admirado el anfitrión.
—Tengo un hada madrina.
Y Centa saludó con una sonrisa a la concurrencia, que aplaudía divertida.


—Si este joven le da un beso a la Doncella, ella y todo el pueblo van a despertar.
—Ya —murmuró el Delegado del Gobierno, rascándose la barba— ¿Cuántos son?
—Pues... unos siete mil.
—Ya.
El Alcalde y el Delegado del Gobierno contemplaban el Pueblo Encantado desde una colina.
Unos metros detrás de ellos, el joven esperaba.
— ¿Sabe lo que significa esto? —preguntó el Delegado—. Siete mil personas sin trabajo, con hambre, con necesidad de pasar una revisión médica... Siete mil problemas de golpe. Tendremos que construir escuelas, reformar el hospital y hacer un plan de educación especial para ponerlos al día de lo que ha pasado en los cien años que llevan durmiendo. Seguramente no entenderán nada.
—Pero tendremos una alcaldía. Nuestro partido no ha conseguido ninguna en esta provincia.
—¿Sin elecciones?
—Bueno... votarán dentro de cuatro años. Ahora no estarían preparados.
—Está bien. Convoca una rueda de prensa. Vamos para el castillo. El chico que vaya contigo.
Dos horas después, fotógrafos y periodistas se reunían alrededor de una enorme cama con dosel. El alcalde se colocó detrás de la joven y con un ademán hizo una señal al muchacho para que se acercara.
—Ya puedes besarla –ordenó.
Y sonrió a las cámaras.

Los libros de cada casa

Los libros de cada casa

             El pueblo era pequeño aunque se sentía grande. Las calles más importantes tenían aceras de cemento, que permitían no llenarse los zapatos de barro durante los largos inviernos en los que, si dejaba de llover, era porque iba a nevar. Las mejores casas estaban en el centro; eran las de los ricos, las de las familias que tenían apellido, panteón en el cementerio y jornaleros que se quitaban la boina para saludarles; las puertas de la calle siempre permanecían cerradas y relucientes, con picaportes y aldabas de bronce a los que ningún niño osaba tocar… Lo que hubiera en esas casas era un misterio para quien cuenta esta historia. Las imaginaba atestadas de muebles pesados, maderas nobles que olían a perfumadas ceras; lámparas en cuyas lágrimas de cristal la luz se descomponía en brillantes colores; mullidas alfombras, tal vez traídas del lejano oriente para silenciar los pausados pasos del señor, vestido de batín y con bufanda al cuello; dorados pomos y manivelas en las puertas; un cuarto de baño con azulejos blancos y una bañera grande que se podría llenar de agua caliente; un patio sin conejos ni gallinas, sin gorrinera, con árboles que no tendrían la obligación de dar fruto; rosales y otras flores sin nombre conocido… Pero todo esto lo imaginaba tal y como lo muestran en las películas, porque entrar, nunca entró a ninguna y no supo, por lo tanto, si también tenían una librería con cristales que protegieran del polvo libros antiguos, heredados de un antepasado que leyera el Quijote, a Blasco Ibáñez o folletines encuadernados con tapa dura, forrada en tela y con estampaciones en oro.

            Los guardias civiles vivían en el cuartel con sus familias (mujeres y niños forzados, por la profesión del padre o el marido, a convivir en un espacio tan reducido que resulta extraño qué la situación no haya dado origen a más novelas). Los maestros y comerciantes, los empleados de los bancos y las oficinas, algún profesional que trabajaba por su cuenta (ya fuera herrero o albañil, carpintero o pintor), ocupaban los primeros pisos que se construían o las casas baratas que podían pagarse en cuotas mensuales. En las viviendas había tres habitaciones y un sólo y minúsculo cuarto de baño, con media bañera. La cocina y alguna de las alcobas daban a un patio en el que crecía un jazminero entre macetas de claveles, mientras en un rincón se apilaba la leña que alimentaría la estufa en el invierno (el mismo de antes, el de las lluvias pertinaces y las copiosas nevadas). El olor de los leños se hacía más intenso cuando se mojaban con los aguaceros de los primeros días del otoño, apenas había terminado la vendimia... El resto de las habitaciones daban a una calle ancha, por la que, al atardecer, paseaban los novios cogidos de la mano; o a una plaza en la que los niños jugaban al “pillao” y al escondite, al corro de la patata y a adivinar con quién se casaría la niña que fuera a por las llaves del castillo que, como todo el mundo sabe, estaban (no sé si todavía), en el fondo del mar. Sobre los tejados de algunas de estas casas crecían las primeras antenas de televisión y, en las pequeñas salas de estar, un Inter o un Telefunken ofrecían las noticias del telediario, los programas infantiles de Herta Frankel y la perrita Marilín, las telecomedias de Jaime de Armiñán, las novelas que sólo duraban una semana, las galas musicales de los sábados y las series norteamericanas… en blanco y negro, como todo lo demás. Junto al televisor, un tocadiscos y varios discos de moda (los Cinco Latinos, José Guardiola, Filippo Carletti y su Cuarteto…) y, en algunas casas, hasta cuatro o cinco libros: novelas de Gironella y de Martín Descalzo, vidas de santos, un libro de teología que nadie leería nunca ni nadie hubiera podido entender, algunos cuentos infantiles con dibujos y, fuera del alcance de los niños, un ejemplar de “La Codorniz”, comprado a escondidas en la capital.

            A la mayoría de las casas, sin embargo, se entraba por el corral. Las cocinas tenían chimenea y la lumbre no sólo servía para calentar, sino también para guisar y alumbrar a la familia a la hora de comer. En muchas de ellas había pajar y cámara. Tampoco solían faltar ni la cuadra ni el gallinero, ni las conejeras, ni la cachera para el cerdo. El agua se sacaba del pozo y un pedazo de espejo, cogido con yeso a la pared del patio, sobre una pila de piedra, hacía las veces de cuarto de baño, junto a una maceta de geranios y una mata de dompedros. La radio empezaba a hacerse un hueco que, con el paso del tiempo, habría de corresponderle a la televisión… pero, por aquel entonces, cuando la luz llegaba a 120 voltios a través de cables aislados con tela y trenzados en cordón, eran los modernos aparatos de válvulas, Marconi o Telefunken, quienes, después de calentarse, traían las noticias del país y del mundo, o el entretenimiento en forma de concursos emitidos en directo, radionovelas escritas por Sautier Casaseca, soluciones para los problemas en consultorios como los de Elena Francis, risas y sonrisas con las peripecias de “Matilde, Perico y Periquín” o las primeras incitaciones al consumo con tonadillas como las de aquel negrito del África Tropical, que invitaba a tomar Cola-Cao. En algunas de estas casas, junto a la radio y un puñado de tebeos, que acabarían guardados en la cámara dentro de un baúl, convivían también algunas novelas de kiosco; novelas del oeste escritas por Marcial Lafuente Estefanía (que en realidad eran un padre y dos hijos, escribiendo a destajo con la ayuda de unas fichas que combinaban de una y mil maneras, gracias a un sistema que ellos habían inventado); novelas de amor de Corín Tellado (una asturiana que se llama María Socorro Tellado López, quería ser escritora de libros con tapa dura, y escribía novelas eróticas que la editorial Bruguera publicaba como traducciones de una imaginaria autora inglesa); novelas de ciencia ficción de George H. White (un valenciano que se llamaba Pascual Enguídanos Usach y empezó a escribirlas porque se había quedado en el paro, cuando eso no se pagaba, y no tenía más patrimonio que una máquina de escribir portátil… Quizás se murió sin saber que era escritor, que sus novelas se traducían y leían en Estados Unidos, que se escribía sobre ellas en las más prestigiosas revistas de “SF”); novelas policíacas de Silver Kane (que en realidad se llama Francisco Fernández Ledesma y no podía publicar sus libros de “verdad”, porque era un rojo fichado al que, cuando cambió el régimen, le llovieron premios como El Planeta, el Semana Negra de Gijón y otros muchos y bien merecidos). La gente que tenía estas novelas no necesitaba comprarlas. Con dos o tres en casa eran suficientes porque vivían en ese pueblo que se sentía grande... Acaso les hubiera ocurrido lo mismo en cualquier otro lugar, porque quizás también en otros pueblos habría kioscos como el de enfrente de correos, o los del paseo; donde, cada vez que las leyeran, podían cambiarlas por otras, pagando unos pocos céntimos, según como estuvieran de gastadas… Del mismo modo que era posible estar leyendo siempre tebeos (si no querían guardase en el arca de la cámara), cambiándolos cuantas veces se deseara… Y hasta se podían alquilar: Pagar esa calderilla para leerlos allí, dentro del kiosco, sentados en una silla de enea, mientras la tarde del domingo moría lentamente y tal vez llovía sobre los olmos o, si dejaba de llover, era porque a lo mejor iba a nevar de nuevo.

Allende (Puri Novella)

Allende (Puri Novella)

     Alguno de vosotros ya habrá leído el nombre de Puri Novella en esta página: Fue la ganadora del último premio de relatos en Villatoya… Así es que alguno de vosotros también habrá leído ya el cuento con el que ganó: “Las hijas de Irene”. Por aquellos días (los de la entrega de premios), le dije que alguna vez quería colgar un texto suyo en “lo que escriben mis amigos”, pero hasta que no leí su relato “Allende”, no tuve claro que sería éste, que ahora os transcribo, el que querría compartir con todos vosotros.

     El hacerlo viene hoy al caso porque acabo de conocer el blog que ella ha empezado a escribir el pasado mes de junio… Os voy a poner un enlace aquí mismo, para que siempre podáis entrar a él desde mi página, Aunque no habla mucho de ella misma (Me gustan las canciones de Serrat y la poesía de Luis García Montero. Las novelas de Belén Gopegui, los parques al sol y "Los Lunes al Sol", "Barrio" y mi barrio, Granada, saber que puedo encontrarme con mi gente y que ya soy muy mayor y un pelín rara para hacer nuevos amigos. Compromiso. Incondicionalidad. Resistencia. Y revolución siempre. De pequeña quería ser escritora y sigo en el intento de no defraudarme por completo. Besos para los días de lluvia y yacimientos de alegría para cuando la vida se enrosque empeñada en meternos a presión en callejones sin salida), podréis conocerla a través de lo que escribe, a través de historias tan bellas como ésta:

 

ALLENDE

 

Mi madre me llamó Allende por Isabel.

Escondía sus libros entre las sábanas recién planchadas, “Para que huelan a Lavanda, niña mía, y guárdame el secreto que no quiero que papá se entere”.

Porque si papá sabía, si papá se enteraba, hacía volar a jirones los libros de Isabel Allende sobre el parquet del salón, no sin antes proferir su gama de insultos tercera vocal: Inútil/ Idiota/ Ilusa.

Se albergaba el miedo en las grietas blancas de los labios de mi madre, en sus ojos siempre esquivos, en los pies pequeños, de pasos imperceptibles.  Fue ahí donde empecé a reconocerlo, húmedo, escarchado, falto de piedad y de aliento.  Era el miedo.

Sólo con la lectura se atrevió a enfrentarlo, hacía trampas, buscaba huecos, silencio, oscuridad, necesitaba abrir los libros, refugiarse en ellos, perderse en las palabras y recuperar las cenizas de sí misma, de alguien que un día quiso ser profesora de literatura y contaba cuentos magistralmente, en los que las princesas no tenían que dejarse las uñas fregando, ni perder zapatos prestados, ni dormir boca arriba media vida para ser rescatadas por el hombre de sus sueños, con melena de paje y medias color granate, porque, sencillamente, no lo necesitaban, podían solas, y llegado el momento ya decidirían con quien y cómo bailar.  “Yo te llevo, Rey”.

Se transformaba cuando me contaba aquellas historias. Tumbadas en la cama fijábamos las dos la vista en el pedazo de techo iluminado por mi linterna, y a veces yo perdía el hilo de la narración por contemplarla: absorta, los ojos enormes, emocionados, las palabras torrente incontenible, discurso convincente.

Pero giraba una llave en la cerradura de casa y el microcosmos se desvanecía de golpe, ella salía de mi habitación sin despedirse, cerraba la puerta y volaba hasta la cocina, donde había dejado todo preparado para simular que llevaba tiempo realizando la misma tarea.

Porque papá olía el tufillo de los cuentos, y le pasaba como a mí con el olor a cera derretida, se ponía malo, y eso que a él le gustaban las palabras, las dominaba a su antojo, tanto que hasta guardaba reservas, pequeños montoncitos de leña dispuesta a arder, agrupados por iniciales.  Utilizaba mucho el de la P: Payasa/Patética/Paleta.

El libro preferido de mi madre era “Cuentos de Eva Luna”, yo los conocía de memoria antes de saber leer, sobre todo el de Belisa Crepusculario, aquella mujer tan pobre que ni siquiera poseía nombres para llamar a sus hijos y decidió huir en dirección al mar para ver si así burlaba a la muerte.  Se hizo vendedora de palabras.  “A quien le comprara cincuenta centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía”.  Era la frase que más le gustaba: “¿Te imaginas? Qué maravilla.”

Debo reconocer que durante mucho tiempo no pude acercarme a ninguna lectura de Isabel Allende.  Se me atravesó, como la palabra cáncer en las familias que han perdido varios miembros por su causa.  La culpabilicé de cegarla con sus historias, envolviéndola en leyendas inútiles que le restaban fuerzas para la lucha diaria.

Qué tontería.  Al menos guardaba un as en la manga, una luz secreta, algo propio y privado.  Suyo.  Y qué miedo prohibirme, vetarme, señalar culpables, parecerme a mi padre.

La pasión y la curiosidad por la lectura, el hábito indispensable, se los debo a ella: Olga Medina de guantes blancos en su foto de boda, y sonrisa de creer en las promesas, zapatos puntiagudos y brillantes, rosas achampanadas, tiempo detenido.  Algún mensajero del destino, uno de esos viajeros de las máquinas del tiempo que tanto hemos visto en películas tendría que haberse presentado en aquel estudio y enseñarle en un calidoscopio lo que iba a ser su vida.  “No sigas, piénsalo, te mereces otra cosa”.

Quizás hubiera descartado la oferta, segura de sus ilusiones, convencida de su apuesta.

Al fin y al cabo se trata de eso, creer en lo que no es tangible, jugársela, agotar todos los recursos.

Las rosas de su boda debieron ser las únicas que mi padre le regaló, aunque mi madre soñaba con tener un jardín donde cultivar flores y plantas;  a mí me encantaba oirle nombrar algunas: siemprevivas, petunias, alegrías ...  En una ocasión, por su cumpleaños, recibió un gran ramo que le envió una antigua vecina con la que había mantenido estrecha relación.  Durante unos segundos todo fue mágico: el repartidor, el ramo, los colores, la expresión de mi madre...  Cumplía cuarenta años.  En cuanto la puerta se cerró papá decapitó las flores de un manotazo y tiró los tallos y el envoltorio por la ventana.   Mi madre se quedó muy quieta, con el brazo aún extendido y la mano abierta sujetando lo invisible.  Tenía las zapatillas de casa cubiertas de pétalos de colores y la cara muy blanca, y los ojos secos.  Parecía un mimo.

 Me puse a recoger los restos del suelo: “No te preocupes mamá, que yo te haré otro ramo”.  Y entonces papá, que había vuelto a su sofá de piel y a la lectura de su periódico se asomó a nuestra vida un instante para insultarme despacio, satisfecho y tranquilo, por primera vez: “Tan gilipollas como su madre”.

Quise preguntarle porqué me trataba así, pero su mirada detenía cualquier iniciativa.

Aquella secuencia sigue asaltándome de vez en cuando, transcurrido tanto tiempo que resulta fácil dejarse llevar por la idea de que algunas cosas pueden superarse, hacerse pequeñas e insignificantes.

No sé en qué preciso momento ella cerró el cofre de los secretos y tiró la llave al mar.

Pero sucedió.  Dejó de maquillarse por las mañanas, después del zumo de naranja y el café solo sin azúcar se pintaba con cuidado mirándose complacida en el espejo, para lavarse la cara a continuación.  Luego se peinaba con unos recogidos preciosos, artesanales, sujetos por infinidad de horquillas que yo le pasaba una a una, en medio de un silencio poblado de armonía.  El toque final lo daban los zapatos de tacón; varias cajas de zapatos de salón que ella sacaba de la profundidad de los misterios para que ambas eligiésemos los que más nos gustaban y desfilásemos despacio por el pasillo como si de una pasarela se tratara.  Yo siempre escogía los mismos, unos forrados en raso rojo que nunca supe cómo, cuando y para qué habían sido comprados, pero que sigo utilizando a solas algunas mañanas de mi vida.

Toda esta intimidad suya se fue desvaneciendo, y hasta los libros de Isabel Allende desaparecieron de entre las sábanas recién planchadas.  Me di cuenta demasiado tarde, no sé en qué andaría, pero no me percaté.  El caso es que empecé a echar de menos su otra piel, la llave minúscula del armario imprevisto, el sabor dulce de lo insospechable.

Y topé con un silencio de hormigón y la cara demacrada de una mujer mayor sin necesidad que apenas levantaba la mirada, y cuando lo hacía esta era líquida, carente de resistencia.

“Das asco, siempre queriendo dar pena, como si pudieras quejarte de algo”.  Tenía sentido del humor mi padre, era un cachondo, un genio incomprendido.

Yo pasaba cada vez menos tiempo en casa, comenzaba a salir con amigas, a descubrir otros mundos, otras familias, otros modos de vida por los que me dejaba encandilar fácilmente.  Había colores más allá del umbral, posibilidades, presagios, amaneceres diáfanos.  Y mientras cumpliera las reglas básicas –lo hice siempre a rajatabla- mi padre me dejaba en paz.  Procuraba coincidir con él lo justo, y a mi madre la buscaba pero sin éxito; alguna vez la cogía de la mano “Mamá,  siempre tienes las manos frías” y ella alzaba los hombros donde antes hubiera cabido la historia de su infancia sumada al porqué de las manos frías.  O apoyaba la mejilla en su hombro, en un hueco de su espalda, en los espacios confortables del cuerpo de mi madre que se tornaron huesos duros, descansos imposibles.

Volvía de estudiar en la biblioteca con una amiga, finalizaba el otoño, anochecía demasiado pronto y la gente caminaba deprisa por la calle.  Nada más abrir la puerta supe que pasaba algo.  Todo estaba a oscuras, y la música clásica –los martes a esas horas atronaba Tchaikowsky- no imperaba en la casa.

Recuerdo a mi madre en aquel momento como a un personaje de película de terror.

Estaba sentada en el borde del sofá, únicamente alumbrada por los reflejos de las farolas de la calle, las manos boca arriba sobre el delantal, como si se le hubiera caído un bebé de entre los brazos y aquélla voz gutural y transformada: “Ya no más tu padre”.

Cierto.  Físicamente ya no más.  Aunque continuase lustrándole los zapatos y nadie jamás utilizase su sillón de piel.  Nunca más su llave en la cerradura aunque creímos oirla infinidad de veces.  Porque aunque se le parase el corazón y muriera solo en los lavabos del bar donde acostumbraba a tomar sus carajillos bien cargados no se llevó el miedo, ni la sordidez, ni la miseria que plantaba espléndidamente  por toda la casa.

Tuvo un entierro multitudinario, con todos los protocolos, con un montón de gente que nos daba el pésame y a la que desconocíamos por completo.  Excepto a él.  Yo tenía la vista clavada en los zapatos de salón de terciopelo negro robados a mi madre; a través de ellos me escapaba y nadie lo sabía.  Pero él pronunció mi nombre, ignorado por casi todos los asistentes,  y yo levanté la mirada y supe quién era, aunque fuera la primera vez que coincidíamos.  Había visto en casa fotos de mi padre cuando era joven, mi madre las guardaba en latas de galletas, y de vez en cuando las repasábamos con el cuidado de quien no quiere despertar a quien duerme plácidamente.  Era el chico de las fotos, estaba frente a mí, llamándome en un susurro.

Eché a correr, la gente me abría paso como si tuviese una enfermedad contagiosa.  Se rompió uno de los tacones, qué lastima que aquello ya no fuese un cuento de la infancia narrado por mi madre de verdad.  Arrojé los zapatos y seguí corriendo descalza hasta llegar a casa.

Aunque él lo haya intentado nunca más lo he vuelto a ver.

Podría haber abordado el tema con mi madre, estoy segura de que lo sabía todo, pero también podríamos haber empezado de nuevo, vender la casa, organizar un rastrillo benéfico con las cosas de papá, dejar abiertas todas las ventanas y cantar en la ducha.  Pero no lo hicimos.

Nos quedamos esperándolo, comiendo en silencio, paella los domingos con la vajilla de los domingos, consomé los martes, mientras la tele anunciaba como la vida tenía mil rumbos, mil caras, mil nombres que no eran los nuestros y no se detenía.

Huí.  Yo no quería ser un resto del naufragio.  Tampoco recuerdo haber intentado rescatarla a ella, no tengo madera de heroína.  El caso es que a mí me crecieron alas y sentía que todo lo que necesitaba encontrar estaba en la calle.

Nunca me preguntó porqué llegaba tan tarde ni a dónde iba.  Encontraba mi ropa recién planchada sobre la cama, la colonia que me gustaba en el lavabo, las tostadas recién hechas para desayunar, pero difícilmente un poro, un hueco, una rendija por la que colarme para recuperarla.  Y una se acostumbra a vivir con un ama de llaves que no se mete en tus cosas.

Murió seis años después que papá pidiendo que la enterrasen junto a él.

Yo sí vendí la casa y doné todo lo que era de mi padre.  Sin embargo guardo lo poco que ella tenía: algunos de los libros de Isabel Allende que estaban en el trastero, envueltos en su velo de novia dentro de una sombrerera.  Cuatro pares de zapatos de tacón del número 39 que es mi número.  Sus estuches de maquillaje, revistas de botánica, una combinación única para la Lotería Primitiva y una muñeca de trapo sin terminar de coser que había en su cesta de labor y no sé qué destino tenía.

La busco en todas sus cosas.  Trato de comprenderla, de solucionar sin éxito algunos porqués.  Pero es la madre que versionaba cuentos  y la que me miraba como si nunca pudiera pasarme nada la que mejor recuerdo.  La que extraño.  La que se evaporó sin darme cuenta como lo hicieron mis diez años.

No ha sido más fácil estando sola.

La memoria pesa.  

 A veces me gustaría ser Belisa Crepusculario para mejorar la calidad de mis sueños y tener una palabra secreta que espante la melancolía.

 

 

Comentarios:

 

Autor: Neko

Tengo la inmensa fortuna de conocer personalmente a Puri. Es como las hadas, blanca y con luz, siempre presente, siempre incondicional, siempre generosa con sus relatos hermosos, cálidos, cercanos. Y para quienes tenemos la suerte de conjugarlos en plural (pues además de éste, hay muchos y a cada cual mejor o más cálido, o más cercano) nos sobran las palabras (o no las encontramos) para describir lo que nos provoca. Sencillamente, como es ella, nos impregna la piel. Gracias a quienes hacen posible que permanezca en espacios como éste.

Fecha: 12/07/2008 10:09.


 Autor: Ricardo Fernández Moyano

Estimado Ramón me ha encantado el relato de Puri he adjuntado su blog y el tuyo al mío http://lavozenlamemoria.blogspot.com

Un abrazo.

Fecha: 28/07/2008 21:40.


Autor: Ramón

Sigo recomendando el blog de Puri Novella... pero también, Ricardo, el tuyo. Desde tu comentario, lo visito de vez en cuando y creo que merece la pena recomendarlo.

Fecha: 08/11/2008 19:04.

Enrique y Viajes Altiplano

Enrique y Viajes Altiplano

Cielo Rosalba Villamil nació y creció en Sabana Perdida, a las afueras de Santo Domingo, tiene 31 años, que no aparenta de tan menuda como es, y emigró a España como camarera, aunque hace tiempo que, por circunstancias que no vienen al caso, está trabajando en uno de los clubs de alterne que, desde el camino del cementerio, se asoman a la antigua carretera nacional; allí se hace llamar “Yaquelín”, a secas, sin segundo nombre ni apellidos, dice tener 23 años y haber estudiado técnicas de secretariado. Cielo Rosalba piensa que su verdadero nombre y su verdadera edad, como el hecho de tener tres hijos esperándola en la República Dominicana, es algo que a nadie le importa en este país donde los pocos que no se apartan a su paso y la miran a la cara, lo hacen pasándose la lengua por los labios o llevándose la mano a la bragueta… Pero hay excepciones, claro que hay excepciones, como la de Enrique Ruiz Guillamón, el chico de Viajes Altiplano que, cada vez que ha tenido que viajar a su país, no sólo le ha conseguido los pasajes más baratos, sino que le ha dado todas las facilidades para que pueda pagarlos, atendiéndola con una sonrisa, tratándola con respeto y dándole una confianza que ella misma había olvidado merecer.
Cielo Rosalba llegó por primera vez a la agencia de viajes de la mano de una colombiana, compañera de miserias en el club, que ya había viajado a Bogotá un par de veces con la ayuda de Enrique. Es posible que si no hubiera sido así, nunca lo hubiera hecho, porque el pequeño y destartalado local siempre estaba lleno de gente que esperaba hasta horas para ser atendida; es posible que quien no conociera a Enrique o hubiera oído hablar de los “milagros” que conseguía con su viejo fax y el teléfono permanentemente pegado a la oreja, hubiese buscado otra agencia de las que hay en Requena (que es donde ocurrieron o pudieron haber ocurrido estos hechos), y donde hubieran sido atendidos con mayor rapidez. Enrique siempre trabajó solo, desde la mañana a la noche, atendiendo personalmente a cada uno de los clientes que, cuando volvían por segunda vez, ya lo hacían como amigos. Así se explican aquellas largas colas, el tener que pedir vez para no perder el turno, como antes se hacían en la carnicería o la peluquería, el volver una y otra vez, aunque ya hubiera caído la noche, por si había menos gente: Menos inmigrantes que, gracias a Enrique, podían visitar más fácilmente a sus familias lejanas; menos adolescentes que, gracias a Enrique, conseguían su primera escapada en pandilla a una casa rural asequible a sus paupérrimos bolsillos; menos familias numerosas que, gracias a Enrique, encontraban un apartamento u hotel en el que pasar unos días al lado de una playa; menos estudiantes que, gracias a Enrique, realizarían el viaje de fin de curso que no hubieran podido pagar de otra manera… Quizás por eso, aunque sobre el dintel de la puerta rezara un rótulo con el nombre de “Viajes Altiplano”, todo el mundo decía siempre “la agencia de Enrique” o, simplemente, sin más, “donde Enrique”.
Mientras las revistas de viajes y los folletos de las agencias mayoristas se amontonaban por los rincones, esperando que hubiera tiempo o necesidad de verlas u ordenarlas, en una de las estanterías se iban acumulando los recuerdos que sus clientes le traíamos de nuestros viajes: un gallo de Portugal, un indalo de Mojácar, una chiva de Colombia, una brujita de oro de Sort, una rosa del desierto del Sahara, una virgen de Guadalupe extremeña o mejicana… y postales en las que, desde el rincón más escondido del país o desde cualquier otro remoto lugar del mundo, alguien le enviaba recuerdos o le daba las gracias por haberle ayudado a llegar hasta allí. Cuando Cielo Rosalba tenía que esperar su turno, de pie o sentada en una de las pocas sillas que amueblaban el local, miraba todo eso y miraba a Enrique que, enfrascado en su tarea y sin perder nunca la paciencia, atendía con mimo a su cliente, buscaba una y otra vez, proponía, aconsejaba, telefoneaba, hacía números, escuchaba objeciones y sugerencias, hasta que conseguía encontrar lo que quien quiera que fuese estaba buscando, sin más ayuda que la de la computadora que él, como español, llamaba ordenador, el teléfono y el fax en cuyo rollo de papel térmico iban apareciendo milagrosas ofertas, del mismo modo que de las cestas vacías los santos de película van sacando lo que los mendigos necesitan.
El pasado 21 de octubre, Cielo Rosalba se acercó por última vez a Viajes Altiplano. En vez de los cincuenta euros con los que pensaba dar una señal para reservar su viaje a República Dominicana las próximas Navidades, llevaba un cirio que dejó encendido junto al escaparate que anunciaba las ofertas de última hora y mostraba carteles de un plácido Caribe de arenas blancas y esbeltas palmeras, junto a otros con imágenes de las nevadas cumbres de los Pirineos y los Alpes. No fue la suya la primera vela que una mano anónima depositaba en el lugar donde todos hubieran querido encontrar a Enrique; otras ceras ardían ya y otras se fueron sumando a las flores que empezaban a amontonarse a medida que la noticia de la muerte violenta de Enrique sobrecogía a todos los vecinos. De unos y de otros, durante el día en el pueblo y por la noche en el club, “Yaquelín” a secas, sin segundo nombre ni apellidos, oiría varias versiones y las teorías más dispares acerca de esa muerte que a ella, como a tanta otra gente, había hecho llorar… Al final, sólo de una cosa estaba segura: Enrique, que había pasado unos días en República Dominicana y regresaba a España el día 20 a las once de la mañana, alcanzó a llegar a la terminal, facturó su equipaje y avisó a su familia de la hora de arribada a Barajas; pero las maletas llegaron solas, él apareció muerto en la ciudad de Santiago, a 200 kilómetros del aeropuerto.

Escribo esta historia mientras contemplo las llanuras de la plana que dio nombre a su agencia, a la misma hora que en Camporrobles, el pueblo donde nació hace sólo treinta y siete años, lo están enterrando sus familiares y cientos de acompañantes; a mí también me ayudó a viajar a Hungría, a Colombia, a traerme de allí a mis hijos, a encontrar alojamientos a los amigos que han venido a conocer España desde Chile (Mo, en una ocasión, su hermana Lilian en otra), desde Austria (Hassan y Mónica); a encontrar un hotel asequible para pasar unos días de vacaciones en Mojácar, Playa de Aro, Oropesa del Mar… Aunque en más de una ocasión hablamos de temas personales y, por haber vivido nosotros antes que él la misma situación, de los problemas que conlleva el casarse con una extranjera o traerse a España niños de otro país, no voy a presumir ahora de una gran amistad, porque no fue tal; pero sí de lo agradable que resultó tratar con él, ya fuera al encontrárselo en la calle o al traspasar el umbral de la puerta de su agencia; del cariño que siempre nos profesó a Eliana, a los niños y a mí. Por todo ello y por el vacío que su ausencia deja en nuestro pueblo y en nuestros corazones, he querido rendirle homenaje con esta pequeña semblanza en la que de la mano de Cielo Rosalba, “Yaquelín”, un personaje inventado, pero que podría ser real, he tratado de recrear el lugar donde lo conocí y la entrañable atmósfera que envolvía “Viajes Altiplano”, la agencia de Enrique.

Continuará...

Continuará...

            Hace días que no escribo… Y no es que no tenga nada que contar. Cuando navego me encuentro con muchos blogs que se quedaron inmóviles en un momento dado. Aquí mismo, entre los que yo recomiendo, están el de Andrés Aberasturi, el de Francisca Gata o el de Trini Rodríguez. Y no será que sus autores no tienen ya nada que añadir. Algunos han puesto punto final dando alguna que otra explicación; otros se han quedado parados sin más como si, al cabo de los años, pudieran arrancar de nuevo y volverse a echar a andar. Qué asombroso este mundo virtual en el que todo permanece vivo, en el que lo subido hace años al ciberespacio puede encontrarse hoy junto a lo más actual; donde podemos seguir manteniendo como contacto en las redes sociales a amigos que ya han muerto; donde, con un poco de maña, podemos rescatar una foto, una confesión, un poema que su autor ya borró.

            Además de que desde hace meses tengo la intención de reproducir aquí uno de mis relatos: Levantada ya la niebla, para que todo el mundo pueda leerlo sin necesidad de comprar el libro en el que la Asociación de Amigos de los Molinos de Mota del Cuervo lo han publicado sin mi consentimiento; en estas últimas semanas me hubiera gustado también pasaros alguno de mis poemas favoritos (de Pedro Salinas, de León Felipe, de Manuel Pacheco, de mi amigo Leandro Arenas…); cualquiera de los cuentos educativos de mi amiga Pilar Bellés Pitarch, o de los de Manuel Merenciano, tan llenos de acción en sus tramas y tan sorprendentes en sus finales. Alguna de las entradas que preparaba se ha quedado pergeñada, como mero borrador, en una carpeta de mi ordenador. Una de ellas (¡Malditos funcionarios!), denostando de ese empeño que tenemos los empleados públicos (maestros, policías, médicos, enfermeros, celadores, barrenderos, asistentes sociales, educadores, conserjes y bedeles, bibliotecarios, peones camineros, guardas forestales y demás “chusma”), de llegar a ganar los mil euros mensuales.  Intenté hablar también de Afganistán, a raíz de una película iraní que recomendé a mis amigos de Facebook (Buda explotó por vergüenza), y de la lectura de una novela que me regaló mi prima Carmina: Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini (autor también de Cometas en el cielo, en la que basó un film del mismo nombre que ya he citado alguna vez); pero, sobre todo, recordando una comida afgana que, hace más de treinta años, nos preparó en Barcelona una muchacha de aquel país, compañera en la Universidad, y cuyos ojos llenos de vida y alegría me cuesta imaginar tras la rejilla de un “burka”… Hubiera querido hablaros también de Fuentealbilla, un pueblo cercano al mío y famoso por sus salinas, al que llegó desde Barcelona un hombre llamado Andrés; lo conocí en una fonda que había en la plaza y donde, a la sombra de una parra, durante las horas de calor de la siesta, él me contaba maravillas de su lejana ciudad y de unas gentes cuyas costumbres más que escandalizarme (como él pretendía), me fascinaban… De Torrente, un policía que era cura y escribía libros de devoción mariana… Y así podría seguir añadiendo temas que van quedando pendientes de un día para otro: Escritores de novelas de kiosco a los que he conocido personalmente: G. H. White (Pascual Enguídanos Usach), que en los años cincuenta y sesenta escribía novelas de ciencia-ficción en las que el planeta Tierra estaba unido baja una sola bandera y era gobernado por unos españoles que se apellidaban Aznar; o el famoso Silver Kane, que resultó ser el no menos famoso Francisco González Ledesma a quien, perseguido por sus ideas, la censura franquista sólo le permitía publicar novelas del oeste y similares. Escritores que quizás sólo yo conozca, como Joaquina Pomareda de Haro, o de quienes me gustaría mostrar una cara diferente (la verdadera Corín Tellado, María del Socorro Tellado López, que escribió más de cuatro mil novelas de amor, en la vida real jamás dijo “te amo”)… Mucho más de lo que cabe en este blog, mucho más de lo que mi tiempo me puede permitir.

            En vista de mi incapacidad para transformar en palabras tantas ideas, había pensado que, aprovechando la llegada de las altas temperaturas, podía bajar la persiana y poner el cartel de “Cerrado por vacaciones”; aunque, como le ocurre a muchas empresas, sin tener muy claro hasta cuándo. Además, tengo una buena razón: La mudanza. Nos estamos trasladando de casa y, lo quiera o no, el tiempo se esfuma empaquetando libros, desmontando muebles, haciendo viajes, mirando por la ventana para despedirme de los tejados por los que mi mirada ha vagado durante los últimos años… Cada vez es más difícil tener una tarde libre para escribir un par de folios, cada vez es más difícil encontrar algo que se busca y no se encuentra porque vete a saber en qué caja lo guardaste… Tal vez las vacaciones tendrían que durar hasta que haya acondicionado un rincón en la nueva casa, hasta que haya montado mi mesa, instalado el ordenador y sacado de los baúles el “María Moliner” y la Nueva Gramática de la Lengua Española… Y todo eso sin considerar que también podía dedicar un tiempo a otros menesteres: A escribir una novela (como todo el mundo se propone en situaciones como ésta), a estudiar, a hacer deporte hasta recuperar la figura de hace veinte años…

            Pensé hacer un último esfuerzo para despedirme por el momento y, entre las que tengo archivadas para futuras entregas,  me puse a buscar alguna foto con la que ilustrarlo… Y no supe cual escoger. Como si fueran esos personajes que se aparecen a sus autores para exigirles vida, ahí estaban todos éstos a los que acabo de nombrar y muchos más: Cantantes como Eartha Kitt, actores como Fernando Delgado o Paloma Valdés, otros poetas como Rabindranath Tagore, las películas de Frank Capra, los dibujos de Arantza Sestayo, los cuentos que cuenta Maricuela u otros de los que yo he escrito, como Galad y Sera; mi primera máquina de escribir o lugares que últimamente me han dejado un grato recuerdo (Pálmaces de Jadraque, hostales de carretera, el restaurante “La Lola” de Casas Ibáñez)…

            Está claro que ninguno de ellos me necesita pero, evidentemente, yo a ellos sí. Así es que no me ha quedado más remedio que cambiar el título de “Cerrador por vacaciones” por este otro de “Continuará…”

Palabras por Villapalacios

Palabras por Villapalacios

         Hasta bien entrados los años setenta, Villapalacios formó parte de un mundo casi mágico, situado de forma imprecisa en el sur de la provincia de Albacete (casi en su límite con Andalucía), y en un pasado tan lejano que yo ni siquiera había nacido. Era uno de esos pueblos que mi padre nombraba cuando recordaba su infancia y que, como Alcaraz, Bienservida, Povedilla, Siles, Salobre, Reolid y otros, servía de escenario a sus cuentos, romances y retahílas. Con él tuve ocasión de conocerlo cuando, siendo ya mayor, le hice de chófer en un viaje de trabajo que tuvo que hacer hasta allí. En Villapalacios acababan de reestrenar fuente y plaza mayor; creo que también la iglesia la habían remozado y el conjunto de suelo y tapias empedrados nos impresionó hasta el punto de que guardé su recuerdo todos estos años. Nunca más había vuelto a subir hasta sus calles, pese a que varias veces, camino de Córdoba o de Jaén, había visto quedarse el pueblo en lo alto, a la derecha en la carretera.

         En Villapalacios, además del encanto de su nombre y sus paisajes, de sus cultivos y su ganadería, de sus balnearios y otras gracias (como su peculiar léxico, el “paloteño”), convocan desde hace tres años un certamen literario (“Palabras por Villapalacios”), al que, por todo lo que acabo de contar, siempre me he presentado con la esperanza de que, si algún día ganaba, tendría una buena razón para volver a sus calles y revivir aquel paseo que di casi de la mano de mi padre. A la tercera fue la vencida y este año el jurado me dio el premio de poesía, algo que siempre me confunde un poco, porque yo no me considero poeta y lo que de verdad quisiera ganar sería los premios de relatos... Pero el caso es que regresé a sus calles empedradas y conocí a algunas de sus gentes, que me trataron con sincera cordialidad y me permitieron asomarme a su mundo: historias, costumbres, leyendas, anécdotas que van a pasar a formar también parte de mi vida.

          … Espero tener ocasión de volver (aunque sea sin premio), y mientras llega el día,

 

PÁGINA EN OBRAS... En breve la restauraré 

         

Cien años de Torrente Ballester

Cien años de Torrente Ballester

            Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Gonzalo Torrente Ballester en Los Corrales de Serantes, una aldea gallega cercana a Ferrol que, en algún momento del pasado siglo, se encontraba a dos kilómetros y mil años de distancia de la ciudad. Esto se lo he oído decir al mismo Torrente Ballester en una entrevista que también vosotros podéis ver y escuchar con sólo seguir el atajo de este enlace.

            No es la primera vez que hablo en el blog de este escritor, autor de algunas de mis lecturas preferidas; incluso le dediqué una entrada hace poco más de un año, después de leer sus Cuadernos de La Romana. Es posible que, por lo tanto, ya os haya contado todo lo que os pueda decir sobre él y que, al final, ha de resumirse en el consejo de que lo leáis. Aún así, cien años después de su nacimiento, no puedo dejar de volver a mencionarlo y rendirle un pequeño homenaje recordando algunas de sus obras: La saga/fuga de J.B., La princesa durmiente va a la escuela, Don Juan, Quizá nos lleve el viento al infinito, Filomeno a mi pesar, Crónica del rey pasmado, la trilogía de Los gozos y las sombras, Cuadernos de un vate vago

            Siempre estuve convencido de saber el día exacto en el que por primera vez había oído hablar de Gonzalo Torrente Ballester: el siguiente al que fue nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua. Creía haber leído la noticia en el diario “Pueblo” una tarde en la que, como todas cuando sólo tenía trece o catorce años, al salir de instituto me pasé por la oficina de mi padre para leer el periódico del día anterior, que les había llegado con el correo de la mañana. Nunca olvidaré el olor a tinta de sus páginas, los titulares rojos de su cabecera y de la tercera página en la que aparecían sus artículos de opinión que yo me saltaba en busca de los reportajes, de la crónica de sucesos, la programación de televisión y los pasatiempos, la tira de “Lola” dibujada por Iñigo, su página de contactos (“CQ”), el suplemento literario… Ahí creía haber leído la noticia de su ingreso en la RAE, junto a la estufa de leña que, si era invierno, caldeaba la estancia o junto a la ventana abierta de par en par por la que, si era verano, llegaban los trinos de los pájaros que anidaban en las antenas de televisión de los tejados y las canciones de corro de los niños que jugaban en la plaza. Pero ni lo uno ni lo otro: Gonzalo Torrente Ballester ocupó el sillón “E” de la Academia en 1975, cuando yo ya tenía veinte años y vivía en Valencia; además de que, como conté la vez anterior, ya había visto escritos suyos en La Estafeta Literaria (aunque no los recordara),  y él había sido el autor de Aprendiz de hombre, uno de los libros de texto que estudié en bachillerato.

            Lo que sí es cierto es que no fui consciente de lo mucho que me gustaba lo que escribía ese hombre hasta que devoré La saga/fuga de J.B. y pensé que, entre mis preferidos, merecía estar junto a Gabriel García Márquez, Miguel de Cervantes, Julio Cortázar y pocos más. Sin embargo, y pese a lo famoso que se hizo con la serie de televisión que se basó en su trilogía de Los gozos y las sombras (interpretada por una turbadora Charo López que, curiosamente, había sido alumna suya en el instituto de Salamanca), pese al Premio Planeta con Filomeno a mi pesar, pese al Premio Príncipe de Asturias en 1982 y al Premio Cervantes en 1985, pese a todos los éxitos que obtuvo y honores que se le rindieron hasta que falleció el 27 de enero de 1999, sólo he encontrado una persona que hable de él con el mismo entusiasmo que yo puedo hacerlo: José Pablo Bordás, quien casi parece que cuenta un cuento cuando narra cómo leyó el final de Quizá nos lleve el viento al infinito, sentado en una silla en medio del salón de su casa mientras, emocionado, las lágrimas le escurrían por las mejillas y las lentejas se le quemaban en la olvidada cazuela que había puesto a calentar en la cocina.

 

            Hoy, cien años después de que naciera en aquella aldea gallega y medieval, quiero rendirle homenaje una vez más y agradecerle así tantas horas de placer como me han proporcionado la lectura de las páginas que escribió, tantos sentimientos como me despertó, tantas sonrisas que me arrancó y alguna que otra lágrima que, como a José Pablo, se me escapó emocionado con su prosa.

El “taller literario” de Aristóteles

El “taller literario” de Aristóteles

            En cualquier taller literario al que uno se inscribiera en su afán de aprender a escribir con ingenio, gracia y estilo, se podrían encontrar propuestas y consejos del tipo de “la tarea del escritor es describir no lo que ha acontecido, sino lo que podría haber ocurrido”,  “los peores relatos son aquéllos en que los acontecimientos ocurren sin necesidad”, “las acciones deben surgir de la estructura del argumento, de manera que resulten ser la consecuencia, necesaria o probable, de lo que ya había ocurrido”, “no es lo mismo que un hecho ocurra después de algo o causa de ese algo”, “recursos como las metáforas son lo único que un autor no puede tomar de otro y, por lo tanto, una señal de su talento”... En realidad todas estas ideas, aunque ligeramente adaptadas al lenguaje de hoy, están sacadas de la Poética de Aristóteles, autor al que siempre había creído muy lejano; como si sólo a través de su influjo en el pensamiento medieval y renacentista hubiera podido llegar hasta nuestros días como uno de los pilares básicos de la civilización occidental. ¡Qué osada es la ignorancia! Uno es capaz de hacerse ideas sobre alguien o sobre algo (Aristóteles o su obra, en este caso), tan sólo por lo que medio ha entendido de lo que le han explicado o lo que, fragmentado, ha leído en algún texto del bachillerato. Así no es de extrañar que cuando se enfrasque en la lectura de una obra suya (la Poética en esta ocasión), se sorprenda y maraville al encontrarse con un texto asequible, ameno y muy actual (¡pero escrito hace 2.300 años!). Y todo eso pese a que uno, como no tiene ni idea de griego, lo lea traducido, y pese a que ésta no sea una obra que Aristóteles escribiera para ser leída sino (como ocurre con otros textos suyos que han llegado hasta nosotros), como una colección de apuntes y guiones para impartir clase y de los que, por cierto, se ha perdido una segunda parte, dedicada a la comedia (su búsqueda interviene en el argumento de El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco que Jean-Jacques Annaud llevó al cine).

            Así, cuando hoy en día tanto proliferan los talleres literarios, que te enseñan a escribir una buena novela en cuatro semanas o un estupendo poema en un “plis-plas” (aunque tu sensibilidad poética sea tan exigua como la conciencia social del gobierno de Zapatero), no está de más recordar algunos de los consejos que daba Aristóteles y que tan útiles pueden sernos a quienes queremos aprender a escribir o, simplemente, disfrutar más de la lectura. Por ejemplo, aunque no parece que Aristóteles tenga intención de teorizar sobre crítica literaria (concepto que no existía en su época), si que nos deja claramente establecidos cuáles son los criterios que dan validez a una obra: La verosimilitud del argumento (que lo que se cuenta en ella sea creíble o necesario); la preponderancia de la causalidad sobre la casualidad (que los acontecimientos tengan un fundamento y no sean fruto del azar); la importancia de la sorpresa (lo inesperado intensifica los sentimientos, como el miedo o la piedad). Es, precisamente, el de la verosimilitud uno de los temas en que más hincapié hace Aristóteles en su Poética. Lo subrayo por tanto empeño como siempre he puesto en que verosímil parezca lo que escribo (y no quiero decir con ello que lo consiga); del mismo modo que siempre lo he exigido en lo que leo en los libros o veo en el cine o la televisión.

            Hay otros muchos temas de los que trata el autor: el lenguaje, la prosa y el verso, el carácter de los personajes, la unidad de acción… Muchos ejemplos (… usando una palabra rara en lugar de la normal y acostumbrada y así un verso parece hermoso y el otro vulgar. Esquilo escribió: “La úlcera que come las carnes de mi pie”. Y Eurípides, en vez de “come” puso “devora”. Y lo mismo, si alguien dijera, sustituyéndolas, las palabras normales: “me puso un viejo banco y una pequeña mesa” en vez de “me puso un viejo asiento y una diminuta mesa”)… También, claro, hay algunos puntos de la Poética de los que podría discrepar un autor de hoy, pero que no dejan de ofrecernos motivo para la meditación: “Existen tres formas de fábulas que deben evitarse: Un hombre excelente no debe aparecer pasando de la felicidad a la desdicha o un hombre malo de la desdicha a la felicidad… Tampoco debe un hombre malo en extremo deslizarse de la felicidad a la miseria”. Aristóteles no lo dice por decir y da sus razones, que yo os invito a leer en el Capítulo XIII de la obra. Podrá no estarse de acuerdo, pero merece la pena saber el porqué de estas conclusiones a las que ha llegado el filósofo.

            Me hubiera gustado terminar con un texto muy ilustrativo que me ha aparecido entre los apuntes que he ido guardando para redactar esta entrada al blog. Desgraciadamente no tengo la referencia del autor ni recuerdo de dónde lo saqué, por lo que no estaría bien que, sin citar la fuente, os transcribiera el siguiente párrafo:

            “… En 1994 veíamos en Tierra de Penumbra como Anthony Hopkins, en el papel de C.S. Lewis, explicaba la cuestión ante un grupo de alumnos. Si vemos que en primera fila hay un alumno que dormita, y que el llamar su atención se va de la sala, caben dos actitudes: nosotros nos preguntamos automáticamente “¿por qué?”; pero la pregunta del griego, dice Lewis, no hubiera sido ésa sino “¿Qué hará ahora ese chico?” Nosotros nos preguntamos por los motivos y las razones psicológicas; Aristóteles hubiera preferido escuchar la continuación de la historia.”