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Ramón de Aguilar

Bajo sus viejas botas (Un mar sin barcos ni gaviotas)

Bajo sus viejas botas (Un mar sin barcos ni gaviotas)

Su casa estaba a las afueras del pueblo. Era una vivienda nueva, algo apartada de las viejas y enjalbegadas casonas del lugar. La rodeaba un jardín, en una de cuyas esquinas Mario se había hecho un invernadero; allí, como si se tratara de un minúsculo arsenal, junto al rastrillo y las azadas, los sacos de abono y las macetas de barro, guardaba algunas flámulas y gallardetes, maromas y un bote de brea que se había traído del barco. En el interior de la casa había un salón grande, con un amplio ventanal y una chimenea casi siempre encendida. Desde la cristalera, orientada a poniente, se veían las viñas, los barbechos y, ya rayano al horizonte, un pinar por entre el que cada tarde se escondía el sol. Sobre la repisa de la chimenea descansaban unos cuantos libros, encuadernados en piel gastada por el uso. Eran novelas. Mario, al que en el pueblo llamaban el Marino, las leía junto al calor de la lumbre en invierno y al fresco de una parra en verano. Mientras pasaba las hojas de los libros fumaba en pipa y el humo de las hebras del tabaco se mezclaba con las palabras lentamente murmuradas. Cuando Amparo vivía, ella se sentaba a su lado y él elevaba la voz. Amparo, su mujer, había muerto el año anterior.

            Llegaron a La Mancha buscando un clima más seco. Huían de la humedad del mar, de las densas brumas entre las que se habían conocido siendo todavía niños, cuando todo -menos el mar- les asustaba. Habían dicho los médicos que Amparo podría curarse bajo aquel cielo azul de fríos amaneceres y rojizos horizontes, en aquella tierra parda de dorados rastrojos; y hasta allí llegaron, cuando él ya se había jubilado del barco, pero aún se pasaba las horas asomado al acantilado y rodeado de gaviotas.

-- No. No nos vayamos --le pedía ella cuando lo descubría con la mirada perdida en la lejanía azul.

-- Sí. Nos iremos y te curarás esa tos que no se apaga.

-- Somos viejos. ¿Qué puedo vivir ya en ninguna parte? Sigamos aquí.

            Se marcharon y, aún así, como ella misma intuyera, Amparo había muerto al poco de llegar. Él podía haber regresado entonces junto a la escarpada costa y los arrecifes, pero nunca se habían separado y Mario no supo ya a dónde volver sin ella. Se quedó lejos del mar para poder visitar cada mañana el cercano cementerio de tumbas olvidadas entre cardos e hinojos.

            Nunca encendía la pipa hasta que había regresado del cementerio, con la barra de pan comprada a su paso por el pueblo. Lo hacía muy despacio, con mucho cuidado y la misma concentración que si fuera un sagrado ritual: Picaba las hebras de tabaco entre sus dedos, las metía pausadamente en el hueco de madera quemada y las aplastaba con el índice de su mano derecha. Siempre fumaba tabaco picado. Siempre hebras de fuerte aroma que guardaba en una vieja lata y que a veces se liaba en sedoso papel de librillo. Mientras se fumaba esa primera pipa de cada mañana, se sentaba en la mecedora y se balanceaba sumido en sus recuerdos mientras, a través del ventanal, contemplaba el árido campo, las secas tierras manchegas y la carretera que, como el sol de la tarde, se perdía por el horizonte.

            Desde el amanecer hasta las primeras sombras de la noche, la carretera permanecía prácticamente vacía. El otoño, recién comenzado, se había llevado a vendimiar a las gentes del pueblo. Al oscurecer, cuando él se dispusiera a avivar la lumbre para que las llamas caldearan el salón, los vendimiadores volverían en sus carros. Hombres y mujeres cantarían canciones subidas de tono, beberían el último vino de sus botas y, si a través del ventanal lo veían, lo saludarían desde el camino aunque él sólo pudiera ver el movimiento de las manos y no escuchar su “¡Adiós, Marino!”. Algunos de ellos nunca habían visto el mar.

            Mario conocía ya a todos los hombres de por allí. También a muchas de las mujeres. Cuando, de regreso del cementerio pasaba por el pueblo, se pasaba al horno a recoger el pan y se paraba un rato en la taberna. Se bebía una copa de aguardiente, que le recordaba el orujo de sus despertares junto al mar, y leía el periódico del día anterior. Si había algún parroquiano comentaba con él las noticias o escuchaba los cotilleos del pueblo y luego, cuando aún vivía, se los contaba a Amparo:

-- ¡Hay un mar bajo nosotros!

            Se lo había dicho excitado, con un brillo en los ojos que ella no le había visto desde que llegaran a La Mancha. Pero Amparo no atinaba a comprender.

-- Sí, un mar. Un gigantesco mar de agua dulce bajo estos secos campos, bajo el polvo, bajo el trigo... Un mar sin barcos ni gaviotas, pero un mar, un mar...

-- ¿Cómo lo sabes?

-- Lo dicen los periódicos, lo dicen en el pueblo... La gente quiere sacar ese agua para regar... Yo la quiero para navegar.

            Al decirlo sonreía para sí, aunque dos lagrimones habían asomado a sus ojos. Cogió las manos de su mujer y añadió:

--  Seguimos sobre el mar. Navegamos en esta casa nuestra... Quizás, si pusiéramos mucha atención, oiríamos el batir de las olas.

            Mario nunca pudo escuchar el rumor de ese océano sin nombre pero, cuando llegó la primera primavera y las mieses crecieron, descubrió las olas que el viento formaba al mecer el trigo. Su casa, como él dijera, era un barco navegando en el verde mar que, cuando llegó el verano, se volvió de oro.

            Aquella tarde de aquel otoño, en la que los vendimiadores aún no habían regresado a sus casas cantando canciones subidas de tono, ni él aún había avivado la lumbre, ni ellos aún le habían dicho adiós a través del ventanal, Mario recordaba aquella última ilusión compartida con Amparo. Dejó que su pipa se apagara y se fue confundiendo con la oscuridad que entraba de fuera a medida que anochecía. El lejano y monótono tañer de la campana de la iglesia lo sacó de su ensimismamiento. La melancolía y los recuerdos le habían nublado la vista y lo habían dejado aterido sobre la mecedora, largo rato inmóvil.

            Mario, el Marino, se sentía solo. Estaba solo.

            Antes de levantarse volvió a encender la pipa. Luego se acercó a la chimenea con andar cansado y la espalda encorvada por el frío y el paso de los años. Añadió ramas a las ascuas que quedaban y sopló sobre ellas hasta que la leña crepitó y unas cuantas centellas chisporrotearon por encima de su cabeza. Las llamas iluminaron el salón, calentaron sus manos y devolvieron el color a su rostro, pero en su interior seguía presente la nostalgia de un mar lejano y la congoja de saber, bajo sus viejas botas, otro mar sin barcos ni gaviotas.

Elena Pérez

Elena Pérez

Elena había aparecido en la oficina a última hora de una tarde de invierno, cuándo estábamos a punto de cerrar y la noche entraba a chorros por los cristales. Traía un libro de poesía en la mano y unas grandes e invisibles alas en la espalda; al principio, con los reflejos de los tubos de neón, no supe distinguir si de hada o de mariposa. Era lo primero y, al parecer, ella ni se había dado cuenta de que las llevaba.

Su nombre era de heroína de novela, de musa de guerreros, de protagonista de epopeyas… y ella, que sólo quería la paz, parecía dispuesta a desarmar todos los ejércitos con una caricia de su mirada.

Su apellido era de ratón misterioso y mágico, capaz de convertir el diente recién caído en una moneda resplandeciente o en un estuche de colores... pero te conformabas con el ungüento de sus palabras, o el bálsamo de su silencio, para curar la herida que la pérdida te hubiera producido.

Su apariencia era la de un hada de cuento, de las que convierten en niños a los muñecos de madera, de las que te conceden tres deseos… y tú sólo tenías uno: sólo querías quedarte con su sonrisa para siempre.

... Y si alguien quiere saber más de Elena, que no deje de leer este bello texto que nos envió a sus amigos el día que, hace poco, cumplió cincuenta años.

Clásicas y sabrosas lentejas con arroz

Clásicas y sabrosas lentejas con arroz

Bueno, ya sé que los mangostanes de la imagen poco tienen que ver con el título de esta entrada… Pero vienen a cuento, como luego verá quien continúe leyendo.

            El caso es que he pasado toda una semana en Albacete, por razones de trabajo; pero con tiempo suficiente como para derrocharlo en algunas de las actividades que más me gustan, como andar lentamente y sin rumbo fijo por la ciudad, sentarme en un banco del parque para jugar a que soy un viejo que toma el sol y mira las ardillas, visitar la hemeroteca para husmear en las amarillentas páginas de los diarios de cuando era niño, volver a la última cafetería en la que estuve a solas con mi padre para volver a tomar el mismo café… y otras tareas sin afán.

            Fui al cine, claro, a los Candilejas que, pese a su sencillez y falta de ostentación, son todo un lujo para los amantes del cine; ya lo conté aquí mismo hace algún tiempo y, además, ya tienen ellos su propio blog (tan modesto como sus “minisalas”). No recuerdo cuáles fueron exactamente las últimas películas que vi allí, pero sí una iraní, de Hana Makhmalbaf, que me impresionó hasta el punto de que, desde hace casi dos meses, estoy tratando de encontrarle un hueco en estas páginas: “Buda explotó por vergüenza”; quizás todavía lo haga, me resultaría muy fácil, puesto que algún tiempo después encontré un artículo que me dejó el trabajo casi hecho; sólo tendría que escribir: “Como decia Carlos Boyero en “Babelia”… y transcribir su texto. Las dos que he visto esta semana merecen la pena: “Las chicas de la lencería”, suiza (dirigida por Bettina Oberli) y, ésta sí que os recomiendo que hagáis lo posible por verla, “La banda nos visita”, israelí (dirigida por Bikur Ha-Tizmoret).

            Visité las cinco librerías de la ciudad en las que suelo comprar (para no hacerles publicidad, sólo voy a citar el nombre de la de “Libros el Joven”, porque es de lance y siempre he sentido una especial predilección por los libros usados; y la “Librería Universitaria”, por lo importante que fue para mí y mis amigos cuando se llamaba “Librería del Maestro”, regentada por Carlos; y por el cariño con que su hija Yolanda, desde que se hizo cargo, trató a la editorial y ahora me trata a mí. No compré muchos esta vez: Sabiendo que iba a disponer de suficientes horas, me llevé bastante lectura y más de una tarde, mientras llovía, me la pasé entera leyendo cuentos de Jesús Martínez Rodríguez (“Helénicas”) y de Haruki Murakami (“Sauce ciego, mujer dormida”); de este autor también la novela “Sputnik, mi amor”; supongo que con decir esto ya no hace falta que lo recomiende expresamente, pero lo cierto es que, cuando hace unos días lo leí por primera vez (“Tokio blues”), escribí unos comentarios que no he llegado a colgar en el blog pero que pondré dentro de poco… Bueno, aún me quedó algún rato para leer a Wenceslao Fernández Flórez, porque es un autor del que nunca me canso (ahora le ha tocado el turno a la novela “Ha entrado un ladrón”), y para otro libro que merece un punto y aparte: “Ser feliz depende de ti”, de Ramón Sampayo.

            Mientras hacía el punto y aparte me he acordado de que una vez me hice el propósito de no hablar nunca mal, en este blog, de ningún libro… Además, no me cabría aquí todo lo que se me sugirió su lectura. Así es que voy a cambiar de tema: El martes por la tarde, en un supermercado, encontré “mangostinos” (así aprendí a llamar a los mangostanes en Mariquita, donde los conocí); aunque el precio era algo prohibitivo (19,95 €), no pude resistir la tentación de comprarme dos para esa noche… afortunadamente salieron buenos, como los que se ven en la imagen. El miércoles comí en casa de mi hermana; me sirvió las clásicas y sabrosas lentejas con arroz que dan título al artículo de hoy. Esa noche me vi con Gata (que también tiene ya su blog), y con Gonzalo, su marido. Estuvimos tomando vinos y tapas pero, sobre todo, hablando de literatura, de libros, de escritores amigos o conocidos, de premios literarios (unos serios y otros grotescos), de historias escritas o por escribir; Gata no sólo es original y escribe bien, sino que lo hace mucho y con constancia; y Gonzalo, por su parte, parece un manantial inagotable de anécdotas y argumentos.

            El jueves comí en Villatoya con mi madre. Me preparó las clásicas y sabrosas lentejas con arroz. Sólo por la noche, cuando habló con mi hermana, se enteró de que las dos me habían ofrecido lo mismo y me preguntó por qué no le había dicho nada. Le podía haber explicado que a los 53 años ya no se protesta por la comida, pero tenía una razón todavía mejor y se la di: “No importa. Lo más seguro es que mañana, cuando vaya a Requena, Eliana también las haya preparado”. No es que no cocinemos otra cosa, es que tengo comprobado que si alguna vez como fuera, sea lo que sea, al día siguiente en casa se sirve lo mismo en la mesa.

            Hoy viernes, por fin, después de una larga semana (el viernes pasado también estuve de viaje), casi a las cuatro de la tarde he regresado a casa. Eliana y los niños me estaban esperando con la mesa puesta… Y sí, después de mucho tiempo sin hacerlas, había preparado las clásicas y sabrosas lentejas con arroz.

Mariscada de sardinas

Mariscada de sardinas

          

           Ayer llegaron a casa los primeros ejemplares de mi nueva novela, Mariscada de sardinas… Aunque lo de nueva sea una forma de decir que el libro acaba de editarse; lo que es la novela en sí, por más que la haya trabajado y corregido hasta el final, tiene su origen en una idea que se me ocurrió hace casi treinta años, cuando vivía en Tabernes de Valldigna y estaba empleado en un banco… Allí, observando desde la caja a los veraneantes que, fuera de temporada, venían de Madrid; y escuchando los comentarios, no demasiado cariñosos, de mis compañeros (Aniceto, Chiva y David, el apoderado); empecé a pergeñar una historia que no terminaría de encauzarse hasta que, años después, al poco de vivir en Requena, me viese envuelto, como testigo, en el proceso judicial que los Servicios Sociales siguieron contra mis vecinos, una extraña pareja que dormía pared por medio de mi habitación… Mas entrar en detalles sería contar otra historia que, al final, ya nada tiene que ver con la de la novela.

            Lo que ahora quería deciros, al presentárosla, es que se ha publicado en la Colección Solidaridad, de Publicaciones Acumán, y eso le añade un valor al literario que pudiera tener… Para explicarme os voy a reproducir parte del texto que, después de la narración, aparece en las últimas páginas del libro:

 

                        Las novelas, como las antiguas películas, terminan en la palabra FIN  o, si el autor no la escribe, allí dónde debería aparecer. Pero los pliegos que las contienen continúan más allá de sus páginas y portadas… Quiero decir que permanecen como tales, bien sea en los estantes de una biblioteca, sobre la mesita de noche, en los anaqueles de una librería, en una caja de cartón olvidada en el desván. El libro se compra, se presta, se regala, se pierde, se vuelve a vender en el Rastro, lo heredan los nietos y algún día acaba reciclado, convertido en nuevo papel… Mas hay ejemplares, como éste que tienes entre las manos, que desde el primer momento, ya antes de ser leídos, se transforman, y no en pasta de papel sino en comida, ropa, zapatos, medicinas, útiles de aseo y limpieza, material escolar… porque, como sabes, cada uno de los euros que pagaste al comprar este libro y te dieron la posibilidad de leer esta novela, Publicaciones Acumán lo ha destinado al sostenimiento del Hogar Niña María, en Mariquita (Tolima-Colombia), donde se da acogida a niñas que, huérfanas o por la difícil situación de su entorno familiar, son víctimas o están altamente expuestas a peligros físicos y morales… (eufemismo que nos evita tener que dar detalles del drama humano, del infierno personal del que cada una de ellas puede haber sido rescatada).

                   …

                   En estos momentos el Hogar tiene acogidas 38 niñas en régimen de internado y atiende a otras 10 como Hogar Día. Se está preparando para duplicar su capacidad y ha mejorado sensiblemente las condiciones en las que ofrece a las pequeñas una vida más segura, digna y con posibilidades de un futuro que, fuera de él, no hubieran encontrado. Para colaborar a ello, el autor de este libro y Publicaciones Acumán han acordado dedicar los ingresos generados por esta novela al mantenimiento de esas niñas: a su alimentación diaria, su ropa, sus estudios, su salud… Podrás encontrar información actualizada, y hacer un seguimiento de las donaciones, a través de la Web de la editorial (www.publicacionesacuman.unlugar.com), así como algunas referencias en este blog.

                  …

                  Gracias por vuestra generosidad

                                                                 … y gracias por leer.

 

 

            No seáis mal pensados. Si os adelanto lo que vais a encontrar al final del libro no es para conmoveros e incitaros a adquirirlo: En ningún momento he pensado pediros a mis amigos que lo compréis… lo que quiero es que ayudéis a venderlo; no que me apoyéis a mí, sino al proyecto; que seáis conscientes de que con cada ejemplar que logréis que se venda, habréis conseguido enviar 10 euros a estas niñas de Mariquita, en el corazón de Colombia.

 

            Y repito: Gracias por vuestra generosidad… gracias por leer.

Por el Este sale el Sol

Por el Este sale el Sol

Algún tiempo después supe que siempre se levantaba antes de que amaneciera y, si le era posible, se las ingeniaba para ver salir el sol, ya fuera desde alguna ventana que diera al Este o paseando hasta la calle de Atrás, donde el pueblo acababa y empezaban las viñas. Más allá del arco que dibujaba el horizonte, apenas roto por algún que otro lejano pinar, ella sabía que estaban su país, su casa y sus hijos.

– Cuando veo salir el sol –me confesó–, pienso que antes de llegar a España ha pasado sobre sus cabezas, los ha despertado, los ha invitado a levantarse, a vestirse, a no demorarse tomando el desayuno… que, radiante allí, cuando aquí apenas es una mancha rojiza en la distancia, los acompaña camino de la escuela.

            Bueno, así lo cuento yo. Anna no usaba el pretérito perfecto sino el indefinido, habría dicho “mancha roja lejos” y no “mancha rojiza en la distancia”, y es posible que no conociera el verbo “demorarse”… Pero entendí perfectamente lo que me estaba explicando con su rudimentario español y su eterna sonrisa. No en vano también yo,  hacía mucho tiempo, me había apoyado en un soporte tan frágil como un sueño y, a la vez, tan firme como una ilusión.

            Pero eso, como digo, fue algún tiempo después de que ella llegara a casa, remitida por la agencia de empleo.

– Para tareas domésticas sólo podemos enviarle inmigrantes...

– ¿Y…? –pregunté en vista de que la empleada se quedaba callada, aguardando que le formulará alguna objeción.

– Nada… –titubeó un poco desconcertada–. Hay gente que no quiere contratar extranjeros.

            Yo sólo necesitaba que hiciera su trabajo lo mejor posible y que me cobrara lo que fuera justo… Pero Anna me ofreció mucho más que eso: Desde el primer día vino a casa acompañada de su sonrisa y con el tiempo, a medida que fue tomando confianza, me hizo partícipe de su historia, sus inquietudes, sus esperanzas… Al abrirme las puertas de su mundo, amplió mis horizontes y, tal vez sin que ella se lo propusiera ni yo lo percibiera, me enriqueció con valores y vivencias: tesoros que nunca le hubiera podido pagar.

            Supe así de sus hijos, Nicolai y Alexander, que todas las semanas le preguntaban cuándo iba a volver; de sus madre, que los cuidaba y nunca le hacía esa pregunta porque sabía que la respuesta verdadera no era el “pronto” que les decía a los niños; de su hermana enferma, que había perdido la cabeza y vivía como un vegetal, después de que un grupo de soldados la violara; del patio de su casa, siempre lleno de geranios en flor; de la escuela a la que había ido de niña y a la que ahora se dirigían sus hijos cada mañana (acompañados por el sol); del cine al que iba con sus amigas, antes de casarse con el padre de sus niños, que luego los había abandonado; de la iglesia que frecuentaba los domingos y la mezquita en la que oraban sus vecinos musulmanes… Nunca hablaba de la guerra que había desangrado su país, de las depuraciones, del hambre, de los muertos y mutilados, de los bombardeos, de las venganzas, de la miseria cosechada que le había obligado, como a tantos otros paisanos suyos, a buscar una vida mejor lejos del corazón de Europa.

            Sólo una vez, sabedor de todo lo que callaba, quise compadecerme de ella. No me dejó:

– A veces tengo un mal día, como todo el mundo –me explicó–, y siento la tentación de quejarme… Pero, ¿de qué? Tengo piernas para caminar y dos manos para trabajar  mientras que, en mi país, hay muchos mutilados que tienen que mendigar… Mis ojos ven, cuando hay tantos sin luz. Tengo un techo bajo el que guarecerme y sé que mis hijos se acuestan a cubierto cuando, aquí mismo, veo gente dormir en la calle. Si los llamo, escuchó su voz y, aunque hoy no pueda acariciarlos, sé que hay un lugar en el mundo donde alguien me espera con los brazos abiertos… He visto la crueldad y el dolor y he podido perdonar, cuando otros siguen prisioneros del odio y se revuelcan en pesadillas… Me parece maravilloso tener tan poco que pedir y tanto que agradecer.

            Anna no pronunciaba bien las erres. Seguramente no fueron éstas las palabras que utilizó… Pero sí es esto lo que me dijo y lo que nunca he podido olvidar; como no he podido olvidar que, mientras me lo decía, la tarde moría lentamente y por la ventana, abierta de par en par, entraba el olor de los tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia que había caído durante toda la tarde; ladró un perro a lo lejos; las ventanas de las casas de enfrente empezaron a iluminarse, pregonando que entre sus cuatro paredes había vida: niños que hacían los deberes, hombres y mujeres que se disponían a preparar la cena, que esperaban una llamada de teléfono o a que comenzara el programa de televisión que les haría olvidar sus penas por un momento… quizás alguien leyera un libro o escribiera una carta o escuchara la radio con la luz apagada o, como yo, dejara escapar sus lágrimas en medio del silencio y la oscuridad.

           Anna se fue unos meses después. Encontró un trabajo mejor en la ciudad y siguió su camino. Me dejó un número de teléfono al que la llamo el día de su cumpleaños y para felicitarle la Navidad, poco más… desde luego, nunca para contarle que a veces me levanto temprano y, desde la ventana de mi habitación, me asomo al Este por encima de los tejados de las casas vecinas. Las viñas se ven a lo lejos y, más allá, sólo roto por algún que otro pinar, el horizonte dibuja el rojo arco del amanecer. Cuando el sol se asoma me acuerdo de Anna y de su sonrisa, y pienso que el sol, que pronto deslumbrará mis ojos, antes se ha paseado por encima de su país y de su pueblo, ha iluminado los geranios del patio de su casa y, lentamente, despacito, a treinta kilómetros por segundo, se nos ha ido acercando, como si buscara a Nicolai y Alexander para acompañarlos al colegio. Anna, que ya se habrá levantado, les estará preparando el desayuno; dentro de poco los despertará, les ayudará a vestirse, les apremiará para que no se demoren tomándose la leche… Y el sol, cuando esté radiante, los acompañará a los tres camino de la escuela.

Los sábados, certamen literario

Los sábados, certamen literario

Hace tres sábados (ayer se cumplieron dos semanas), se entregaron en Villatoya los premios del X Certamen Literarios “Emilio Murcia”. En realidad, para nosotros (Eliana y yo), el acontecimiento comenzó el viernes, con la llegada de la ganadora, Puri Novella, que vino con su familia en tren hasta Requena. Juntos viajamos hasta Casas Ibáñez, dejando a un lado Villatoya por la variante nueva, desde la que el pueblo, extendido por el valle, a orillas del río Cabriel, se ve aún más bello de lo que se ha visto nunca. Esa noche improvisamos una cena-tertulia con los componentes del que fuera mi taller literario durante años: David y Loli, los Manolos (Picó y Calomarde), Noelia, Irene… Todos habían leído ya el cuento de Puri y, como siempre, la conversación fue amanea y discurrió por los más imprevisibles derroteros. No estaría mal incorporar esta cena previa con el ganador de cada año, como parte de la entrega de los premios. Manuel Merenciano Felipe, Manolo, llegó a la mañana siguiente, también acompañado de su familia, justo a la hora de la comida. Fuimos a “La Lola”, el restaurante del que siempre digo que voy a hablar algún día en el blog (y lo voy a hacer), pero que ya puedo recomendar a todo el mundo, sin necesidad de entrar en detalles.
Era sábado y llovía. El Centro Social de Villatoya, un año más, se llenó de amigos y, en esta ocasión, la entrega tuvo un toque teatral… Siempre ha habido algún espectáculo acompañando el evento: Un ballet vanguardista, que irritó al entrañable y desaparecido Rodrigo Rubio; Miguel Ángel Ródenas, concertista de guitarra clásica; el quinteto de metales Esbrassiba; cuentacuentos (Ivana), cantautores como Vicent Savall, el chileno Lucho Roa o el inolvidable Rafael Amor; un mago, una soprano acompañada de un pianista… Pero este año fue diferente, este año los actores y actrices de Oleana Teatro, más que acompañar con una actuación, convirtieron la entrega de premios en un montaje teatral que a ratos emocionó hasta las lágrimas y, a ratos, hizo reír… hasta las lágrimas. Los personajes creados por Puri Novella (Las hijas de Irene) y Manuel Merenciano (Ventanas), tomaron vida y se mezclaron con el público. Maribel Rubio, sostén del certamen, nos conmovió una vez más con su análisis certero de las obras, con sus palabras de aliento para los autores y con sus emotivos recuerdos de Emilio Murcia, el que fuera su compañero. Luego, actores, jurados y lectores, autores galardonados y promotores o colaboradores del premio, nos fuimos juntos a cenar, más que nada, para poder seguir hablando hasta entrada la madrugada, hasta que ya no era sábado sino domingo.
Un sábado después (ayer hizo una semana), era yo quien tenía que ir a recoger un premio, el “Dulcinea” que cada año convoca la Asociación Cultural Miguel de Cervantes, en Barcelona, y al que este año me había presentado por tercera vez, pero con más suerte que las anteriores. He escrito bien lo de “tenía que ir” porque, por más que me pesó, al final no pude acercarme hasta el hotel en el que Andrés Amorós iba a dar una conferencia y luego se entregarían los premios. Me hubiera gustado; son esos los mejores momentos para alguien a quien le gusta escribir y, en mi caso, son muy escasas las oportunidades que se me conceden de vivirlos. El relato premiado (Bajo sus viejas botas), se publicará en la revista “Cervantina”, tanto en la edición impresa como en la digital… ya os pondré un enlace en su día, por si alguno de vosotros quiere leerlo y, de paso, os contaré un poco de su historia, que la tiene.
Este último sábado, ayer, no había premios que entregar ni que recoger, así es que planifiqué quedarme en casa todo el fin de semana, para escribir estas líneas, leer periódicos atrasados y, sobre todo, disfrutar con la lectura de dos de esas novelas que, al final, termino recomendando a todo el mundo: La piel fría, de Albert Sánchez Piñol y Broonklyn Follies, de Paul Auster. La primera me la había recomendado insistentemente Laura Plana (tanto recomendarnos libros, cuándo nos dejará que gocemos leyendo su Mar de Amanda); la segunda me la traje del “mercadillo” de Publicaciones Acumán, la última vez que estuve en Toledo, y es uno de esos pocos libros que, lejos de desinflarse al final, va creciendo a medida que éste se acerca… Pero hubo algo más, que tiene que ver con lo ocurrido en los sábados anteriores: A la dirección de Villatoya me llegaron tres ejemplares de Historia de todos, libro antológico en el que aparecen las creaciones seleccionadas en el concurso de relatos breves que, con el mismo nombre, convocan en Azuqueca de Henares, y entre los que se encuentran dos de Miguel Ángel Carcelén y uno mío, Por el este sale el sol, que escribí expresamente para ese certamen y que, para no hacerlo más largo hoy, lo colgaré en el blog dentro de unos días.
Eso sí, no pongo punto final sin explicaros las fotos que aparecen al principio, relacionadas con la entrega de premios de Villatoya y en las que pueden verse (de izquierda a derecha y de arriba abajo), en la primera, en el salón de actos del centro social, con los actores y actrices de Oleana Teatro, Puri Novella en un extremo y yo en el otro, a mi lado Noelia y, detrás nuestro, Manuel Merenciano; Maribel Rubio en el centro. En las siguientes: Noelia, presentadora de la entrega desde hace cinco años, con los ganadores. Puri Novella con su familia. Manolo, con la suya. El escritor asturiano Celso Peyroux, que también nos acompañó este año, junto a Maribel Rubio y otra invitada. Bea, Loli y David, tres de los lectores que colaboraron con el jurado en la selección previa. Llanos, la alcaldesa de Villatoya, en buena compañía. Los actores… sin máscara. Carmen Navalón, alcaldesa de Casas Ibáñez, que nos recibió en su pueblo, junto a su marido y a Ana, mi amiga, “exsocia” en aventuras editoriales y presentadora de la entrega de premios en las dos primeras ediciones.
Aunque todos aparezcamos tan cariacontecidos, nos los pasamos muy bien.

La novia del campo

La novia del campo

            El sábado pasado, regresando de Madrid, contemplaba Eliana el paisaje manchego que tanto le hechiza desde que llegó a España: ese tapiz de rojos y ocres, verdes y amarillos que se combinan con infinidad de matices, que varían de una a otra estación del año, y aún de una a otra hora del día. Sólo quien lo haya gozado con sus propios ojos podrá llegar a saborear plenamente la pintura de Benjamín Palencia. Atardecía y el cielo azul, que se oscurecía en nuestro horizonte, se tornaba naranja, malva y  rojo a medida que el sol se ponía a nuestras espaldas e iba desapareciendo, en busca del mar, donde quedaría convertido en un único y fugaz rayo verde… Tan verde como el trigo y la cebada que, convertidos en alfombra, habían empezado a cubrir los campos manchegos en los que aún duermen, desnudas, las cepas de las viñas. “¿Cuándo saldrán las amapolas?”, me preguntó. “No sé –le confesé–, pero ya no tardarán mucho”. Era verdad. Sólo dos días después, regresando el martes del trabajo, pude contemplar las primeras desde el coche; el miércoles eran tantas que ya no había que buscarlas, eran ellas las que salían al encuentro de los ojos. Así que, como cada primavera, volví a recordar el poema de Juan Ramón Jiménez que, siendo niño, tanto me gustaba… y me dije: en cuanto pueda, lo cuelgo en blog. Aquí lo tenéis:

 

Novia del campo, amapola,

que estás abierta en el trigo;

amapolita, amapola,

¿te quieres casar conmigo?

Te daré toda mi alma,

tendrás agua y tendrás pan.

Te daré toda mi alma,

toda mi alma de galán.

Tendrás una casa pobre,

yo te querré como un niño,

tendrás una casa pobre

llena de sol y cariño.

Yo te labraré tu campo,

tú irás por agua a la fuente,

yo te regaré tu campo

con el sudor de mi frente.

Amapola del camino,

roja como un corazón,

yo te haré cantar al son

de la rueda del molino;

yo te haré cantar, y al son

de la rueda dolorida

te abriré mi corazón,

¡amapola de mi vida¡

Novia del campo, amapola,

que estás abierta en el trigo;

amapolita, amapola,

¿Te quieres casar conmigo?

 

Hoyos, cuerdas y salamandras

Hoyos, cuerdas y salamandras

Creo que la última vez que aquí recomendé expresamente algún libro fue, hace más de tres meses, el de Alta fidelidad, de Nick Hornby; aunque después haya mencionado también el de Francisca Gata (Creación) y el de Carles Cano (Cuentos para todo el año)… Luego he leído otros, de los que no me ha apetecido hablar, no quiero decir que me parecieran malos, pero no me sentí motivado a hacerlo (Lugar de perdición de Julien Green, tan lejos de aquel Cada hombre en su noche, que tanto me impresionó siendo adolescente; El perfume, de Patrick Süskind, del que tanto me habían hablado y que me resistía a leer temiendo que, como al final ocurrió, terminase pareciéndome sólo un ejercicio de taller; Igual que un colibrí, del prolífico Miguel Ángel Carcelén Gadía, tantas veces mencionado en este blog y del que me sigo quedando con su Cólera y azogue para Ailene, ¡Ojalá que nos veamos en Macando! o, mejor aún, ¿Oíste al mirlo silbar mi nombre?)... Seguramente algún otro que ni siquiera voy a mencionar pues os aseguro que, pese a mi empeño de contar lo que leo, mi criterio no es el mejor… ni siquiera de los mejores.

            Hace poco le expliqué a Luis Leante por qué no me había gustado tanto su Academia Europa (no es que no me hubiera gustado, es que la consideré muy por debajo de Al final del trayecto, Mira si yo te querré u otras novelas suyas como La edad de plata o El vuelo de las termitas); pues me confiesa él que no sólo es su novela preferida, sino que, al parecer, también de sus editores, que la van a reeditar en la colección de bolsillo “Punto de Lectura”. No os lo cuento sólo para recomendaros que aprovechéis para leerla (y así os formáis vuestra propia opinión), sino para que veáis que no tenéis que hacerme demasiado caso.

            Tres veces he formado parte de un jurado literario. Una de ellas fue un verdadero desastre y no quiero contarla porque la culpa no fue mía (aunque eso no cambie el lamentable resultado). Otra fue en el “Flor de Cactus”, en Gandía; se premió (no por unanimidad, pero sí por mayoría de votos… y eso me hace sentir culpable), una narración que no gustó a nadie; incluso el autor se mostró sorprendido y me preguntó qué clase de jurado era el que había dado el premio a un relato como el suyo (no era una pose, no era una parodia del famoso chiste de Groucho Marx, negándose a entrar en un club en el que se admitan socios como él… estaba verdaderamente desconcertado), y lo peor es que, cuando vuelvo a leerlo, me sigue gustando. La última ocasión que quería mencionar fue en el “Antonio Machado” de Casas Ibáñez: Se premió un relato escrito con todos los tópicos requeridos para ganar unos juegos florales de pueblo, y por un autor especializado en repetir esa fórmula una y otra vez con ese único fin… en mi defensa alegaré que mi propuesta fue la de que se declarara desierto y que, sólo por las razones argüidas por los organizadores para que se otorgase a alguno de los relatos, apoyé al que me pareció más digno de premio.

            ¿Cómo, entonces, después de todo lo que os acabo de confesar, me puedo atrever a recomendaros un libro? Pues no es sólo por inconsistencia, es que hay lecturas que me fascinan hasta tal punto que no lo puedo callar. Y eso es lo que me está ocurriendo con Hoyos, novela juvenil del norteamericano Louis Sachar.

            Creo que un escritor es realmente bueno y su obra merece la pena leerse si, contándote que lo único que tienes que hacer o que puedes hacer cada día de tu vida es cavar un hoyo que tenga metro y medio de profundidad por metro y medio de diámetro, consigue intrigarte y transmitirte todo tipo de emociones… ¿no es ésa la magia de la literatura? Siempre que alguien quiere escucharlo, le cuento un relato que, aunque nunca he podido leer, oí una vez en televisión y me impactó de tal manera que nunca he podido olvidarlo: Lo único que contaba es que un anciano recogía las cuerdas que se encontraba y que, cuando murió, su nieto halló la caja en la que las guardaba…sólo eso, pero narrado de tal forma que al oír la palabra “cuerdas”, escrita por el abuelo en la tapa, la emoción me empañó los ojos.

            Hoyos me trae el recuerdo de otro libro asombroso: El vigilante de la salamandra, de Félix J. Palma, cuentista excepcional que, en el relato que da título al libro, nos narra el trabajo de un hombre, consistente en vigilar cada día, durante ocho horas, una salamandra que toma el sol en una tapia… ¡y que nunca se mueve! Aún así, al genial autor gaditano, le sobra argumento para mostrarnos el alma humana con buena parte de sus miserias.

            Y esto es lo que hoy quería deciros, mientras encuentro tiempo e inspiración para escribir otra cosa, que lo estoy pasado muy bien leyendo a Louis Sachar, que me he acordado de los relatos de Félix J. Palma y que, si alguno de vosotros conoce el cuento de las “cuerdas”, no dejé de pasármelo o de darme alguna pista para encontrarlo.