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Ramón de Aguilar

Doce relatos... más uno

Doce relatos... más uno

            El primero que se presentó era viudo (qué antiguo, ¿no? Parece que ya no se lleva lo de ser viudo, aunque luego vimos que no era el único). Había dedicado sus mejores años a criar a las dos hijas que le quedaron cuando murió Irene, su mujer, y ahora, que ellas ya son mayores, ha tenido la oportunidad de volver a rehacer su vida; incluso se ha planteado tener un hijo con su nueva pareja, después de tantos años.

            Entiendo que no puedo seguir. Ni siquiera he explicado que Tina, mi amiga Tina, vino a Villatoya el primer fin de semana de marzo, con Jose y con Pedro, el hijo de ambos, al que aún no conocía. Fue un agradable encuentro, después de tanto tiempo sin vernos más que a través de alguna foto que hayamos intercambiado por Internet.

            El segundo en presentarse parecía venir de otra época… En realidad venía de otro tiempo; quizás alguno de vosotros haya sabido de él por los libros de historia: Marco Aurelio, se llamaba, un procurador romano. Tal vez hubo otros, pero éste, por lo que nos contó, estaba siendo advertido de una injustificada rebelión de esclavos; difícil de detectar y difícil de detener porque, más que manifestarse como tal rebelión, tenía todos los tintes de una conspiración.

            Estábamos alojados en el balneario de los Baños de la Concepción y, después de la siesta del sábado, nos fuimos al pueblo, paseando por la carretera vieja (vieja tan sólo desde que cuatro días antes se abriera al tráfico la nueva variante, que evita el angosto paso por entre las casas). Allí, en el Ayuntamiento, nos esperaba Llanos, la alcaldesa (también nueva como tal. En la foto aparecen Tina y ella, pero hace unos años, cuando ninguna de las dos era aún mamá)

            El tercero en presentarse se llamaba Bartolomé, Bartolomé Fluccini, cocinero nacido en Florencia y a quien, pese su juventud, los cortesanos del rey castellano Enrique IV, el Impotente, habían contratado para trabajar en Valladolid… allí fue donde conoció a Leonor. Como veis también este buen hombre tuvo que viajar en el tiempo para llegar al salón de plenos del Ayuntamiento de Villatoya a contarnos su historia.

            Enseguida llegaron Ángel (su mujer, Mamen, se había quedado en el balneario, estudiando con Eliana), y Goyo, en compañía de Noelia y de Camilo, quien, antes de Llanos y por muchos años, ha sido el alcalde de Villatoya; aceptó la invitación a ser, como los demás y junto a Maribel Rubio, que vino acompañada del Celso Peyroux, mero espectador.

            El cuarto en aparecer en realidad era una mujer, pero creo que no llegó a decirnos su nombre… Sí el de su marido, Samuel, un aficionado a la jardinería, al que constantemente se veía obligada a disculpar y justificar. Tienen una hija, a la que están enseñando a ser mujer y que va a un colegio bilingüe pues, aunque les cuesta bastante esfuerzo, viven entre la gente bien… y como la gente bien.

            Antes de que ellos empezaran a llegar, yo había hecho las presentaciones de unos con otros y, de forma especial, la de quienes iban a ser los protagonistas de la noche: Ángel, Tina y Gregorio (Goyo); pero de una manera muy escueta, haciendo más hincapié en su relación personal conmigo que en sus méritos profesionales.

            El quinto era un albañil, poco trabajador pero muy observador, que desde la posición privilegiada que le dan las alturas: los andamios y el esqueleto metálico de las obras, puede observar lo que la gente que anda a pie de calle ni siquiera puede sospechar… incluso lo que hubiera preferido no ver y lo que quisiera poder callar.

            … A Ángel, antes que como informático o "ejecutivo" de una cadena de supermercados, actor o director teatral, lo presenté como imaginativo e ingenioso montador de espectáculos teatrales... y marido de Mamen (a él lo conocí por su mujer).

            El sexto eran dos: Pablo y Lucía… Aunque la verdad es que a él casi ni se le veía al lado de una mujer tan descomunal. “Porque Lucía era una mujer grande. De pechos grandes y culo grande…” Se habían conocido en una fiesta y su peculiar relación estaba marcada por la gordura de ella.

         … A Goyo, antes que como profesor de la UCLM (¿habría que decir "emérito", catedrático o alguna otra cosa?), y alcalde socialista de Casas Ibáñez durante 8 años, lo presenté con las palabras que ya utilicé en este blog: "siempre lúcido en su pensamiento y claro en su expresión".

            El séptimo era un niño que vino a hablarnos de la entrañable amistad que mantuvo con el señor Zacarías, un hombre bueno que estaba al frente de un peculiar bazar y al que le unía, además de un alma soñadora, el amor a las aves: cárabos, urracas, milanos, pinzones, jilgueros, canarios… y el majestuoso quetzal.

         ...Y Tina, por encima de todo (incluso su condición de lectora voraz, bibliotecaria en la UPM o sayaguesa), se ha mantenido fiel en su amistad a lo largo de los últimos 23 años, en los momentos buenos, en los malos e incluso en los muy malos.

            El octavo en presentarse, Germán, también era viudo (¿Pensábamos que ya nos lo hay?). Mientras se acerca un nuevo día, desde la terraza de su habitación, con un cigarrillo entre las manos, contempla la ciudad dormida y recuerda la efímera relación con su mujer; mientras Inés, ajena a su insomnio, duerme placidamente a sus espaldas.

            Beatriz, Luismi y Mari Carmen (la mujer de Goyo), se incorporaron más tarde… Así es que, como Jose, Mamen y Eliana, tuvieron que conformarse con que quienes estábamos allí les contásemos luego todas estas historias.

            El noveno volvía a ser una mujer. Nos habló de sus sueños de dormida y de sus sueños de despierta, del hijo que estaba esperando… Nos confesó que tenía una agenda llena de hombres que no la saben querer, como ella necesita, y que va a aprender a ser mamá, a ser escritora y cientos de cosas más.

            Ángel, Goyo y Tina formaron este año el Jurado Final del X Certamen Literario Emilio Murcia. Los demás les arropamos. Algunos, incluso (como Noelia, Beatriz o yo), habíamos colaborado en la selección de los finalistas. No fue fácil, porque se habían presentado 475 relatos.

            El décimo, que venía de Argentina, era un enamorado de Carlos Gardel y, siguiendo los restos del cantor a través de los Andes, nos paseó por Colombia: Desde Medellín, donde se produjo el accidente en el que murió, hasta Buenaventura, en el Valle del Cauca, pasando por La Pintada y Riosucio. Como recuerdo había traído a Buenos Aires un muñeco de madera que perteneció a Gardel y que dejaría a su hijo cuando muriera.

            El sistema de este año, propuesto por Tina, no se había usado en ninguna de las nueve ediciones anteriores del premio. Empezaron eliminando, en cada ronda, tres relatos (uno a propuesta de cada uno y con el visto bueno de los demás), así hasta que sólo quedaron tres, sobre los que se debatió intensamente.

            El undécimo (como el último, ya lo veremos luego), también era americano… pero también de otro tiempo, como el romano Marco Aurelio o Bartolomé, el italiano medieval. Esta vez se trataba de un orgulloso indio guaraní que, machete en mano, pretendía vengar desprecios, humillaciones y la violación de su novia.

            Los relatos finalistas eran doce… En realidad eran doce más uno y, si no digo “trece”, no es porque sea supersticioso, sino porque el último de ellos (El camino de las hormigas), tenía una extensión inferior a la exigida; había gustado mucho en las lecturas previas y se lo pasamos al Jurado Final, que lo leyó con gusto pero consideró, con buen criterio, que no podía premiarse un cuento que no se ajustara a las bases, cuando había otros que merecían ser premiados: Las hijas de Irene, Rebelión, Electuarium amoris, Ventanas, En la atalaya, Un amor grande, El escaparate de los sueños, Insomne, Diagnóstico soñadora, El último fuego, El indio guaraní y Una partida.

            El protagonista de este último, como ya he adelantado, también es americano, también argentino. En un pequeño bar de pueblo, junto a una estación de ferrocarril abandonada, mientras toma el desayuno observará sobre el mostrador un tablero de ajedrez con una partida sin acabar. Mientras la analiza conocerá la historia de los dos jugadores que la empezaron quince años antes.

            El premio, al final, fue por unanimidad para el primero de todos los citados: Las hijas de Irene y el accésit, que contemplaban las bases, para Ventanas. No había tercero, así es que todos los demás quedaron como meros finalistas (que no es poco, cuando se ha competido con casi quinientos títulos); pero yo voy a señalar que el último en ser eliminado fue el de Insomne; lo hago porque los que habíamos leído todos, sin formar parte del Jurado, habíamos hecho nuestras apuestas. Sólo Beatriz acertó el pleno: llevaba a los ganadores y en el mismo orden. Noelia había apostado por Ventanas, seguido de Insomne (así quedaron en realidad, aunque precedidos por otro), y yo, como Noelia, pero al revés: primero Insomne y luego Ventanas… Claro que nosotros no teníamos ni voz ni voto y, aún habiéndola tenido, el final hubiera sido el mismo; así es que felicitamos de corazón a Puri Novella Lagunas, autora del relato ganador y a Manuel Merenciano Felipe, autor que consiguió el accésit.

     La entrega de premios se hará sobre mediados de abril. Dentro de un mes me tendréis aquí, con sus fotos (si se dejan), y contándoos algo de ellos. El libro, con ambos relatos, ya está en imprenta y, como el año pasado, se lo enviaremos gratis a todo aquel que me lo pida… No os cortéis.

Promesas que parecen amenazas

Promesas que parecen amenazas

Muchas mañanas, antes del amanecer, cuando salgo de Requena para enfilar la N-322 e ir a Casas Ibáñez, me encuentro junto a la última rotonda un grupo de trabajadores, esperando la furgoneta que los llevará al tajo; arrebujados por el frío, malamente guarecidos de la lluvia, semiocultos por la niebla… según se presente el día que, en invierno, rara vez es bueno.

            Son inmigrantes. Podrían no serlo, pero lo son, y esta vez viene al caso. A uno de ellos, Juan, lo conozco; por eso sé qué esperan y qué les espera.

            La furgoneta llegará enseguida y, apenas dos kilómetros después, pararán a repostar en la gasolinera de El Pontón. El gasoil lo costean entre todos: un euro cada uno; saben que eso es suficiente para el combustible que necesitarán para ir y volver, pero seguramente ignoran que más de la mitad de lo que han abonado, sobre el 60,05 por cien, han sido impuestos (15 de los 25 euros que gastarán, día a día, a lo largo del mes). Trabajan en una obra, en la construcción; les pagan por semanas, 250 euros cada sábado… en la nómina que les entregan al final de mes figuran reflejados 1300 euros, de los que les descuentan 91 para Seguridad Social y 135 como retenciones de hacienda… así es que la cuenta, más o menos, les cuadra. Lo que Juan no sabe es que, además, la empresa cotiza por él otros 520 euros a la Seguridad Social.

            Juan y sus compañeros almuerzan en la obra pero, de lunes a viernes, acuden a comer al bar de un polígono cercano, donde les ofrecen un menú por 7,50 euros, impuestos incluidos (es decir, que los cincuenta céntimos del pico no se los come él, sino la Hacienda Pública: 13 euros cuando haya acabado el mes).

            Juan está casado y tiene dos hijos. Ella se llama María y ellos Andrés y Nicolás. Algunos de vosotros, a estas alturas de la lectura, habréis dejado de creerme: Los inmigrantes tienen nombres como Mohamed, Víctor Alejandro, Nicoleta, Fátima, Lina Paola, Yonatan, George… Es verdad, los nombres son inventados y los he puesto sólo para simplificar; pero Juan, María y sus hijos existen y las cantidades que estoy sumando para calcular sus impuestos son las mismas que utilizaría si estuviera hablando de una familia española de toda la vida, y que estuviese en una situación parecida… Así es que, si me lo permitís, voy a continuar:

            Cuando Juan se va a trabajar, María se queda haciendo tareas en la casa y prepara a los niños para llevarlos a la escuela. Cuando ellos, en medio de alegre algarabía, entren por la puerta del colegio; ella también se irá al curro. Hace un par de años que cuida un anciano… Eso quiere decir que, aparte de atenderlo con un cariño especial (con todo el mimo y cuidado que su familia no sabe poner), mientras el hombre no la necesita, ayuda en la limpieza de la casa, en la cocina, en el planchado de la ropa; pero sobre todo se ocupa de él: lo asea, le obliga a comer, lo lleva a pasear por el parque (como en el dibujo), le hace rabiar entre risas… Cobra setecientos cincuenta euros al mes y, de ahí, ella se paga su seguridad social como empleada de hogar, unos 150 euros. Come en la casa donde trabaja y los niños lo hacen en el comedor escolar; así es que, entre semana, no tiene que hacer comida al medio día y su hijos sólo pagan 3,50 euros… entre los dos 140, de los que sólo 5 son de IVA.

            Si alguno se ha molestado en ir haciendo las cuentas ya habrá llegado a la conclusión de que, después de todo esto, esta familia aún cuenta con más de mil euros para vivir… y ya han comido todos de lunes a viernes. Sólo faltan, las cenas y los fines de semana; pero también la ropa, las medicinas, los recibos de agua, luz, basuras, los móviles de ambos, las llamadas telefónicas a su país desde el locutorio, el alquiler del piso y la letra del coche que están pagando a plazos… No os equivoquéis, no pretendo dramatizar, no están ni mejor ni peor que otras familias del pueblo, que millones de familias españolas; no pueden ahorrar, les cuesta llegar a final de mes, pero comen cada día y viven con esperanza… La retahíla de los numerosos gastos que no pueden eludir era sólo para señalar que, al final de mes, todo el dinero se acaba y que eso les ha supuesto pagar (con la luz, el teléfono, el agua, el alquiler, el supermercado, la farmacia…), una media de 175 euros más en concepto de IVA… Pero, como no sé mucho de Matemáticas y no sé nada de Economía, pudiera ser que se me hubiera olvidado de algún detalle.

                        Cuando ha caído la noche, Andrés y Nicolás hacen los deberes, María termina de preparar la cena y Juan ha ido a tirar la basura… Luego verán la televisión, tal vez una de las cadenas que, sin que ellos lo sospechen, están contribuyendo a mantener… Es posible que ni siquiera imaginen que cada mes tributan a la Hacienda española 584 euros (7.000 a lo largo del año, más del doble si tenemos en cuenta también la aportación empresarial a la Seguridad Social, por parte de la empresario del marido)… Es posible que a Juan y a María, de saberlo, tampoco esto les importe o moleste más que al resto de los españoles; hasta podría ser que, si se percataran de ello, empezaran a ver como algo suyo las carreteras, los hospitales, las escuelas, el ejército, las oficinas de empleo, comisarías de policía, parques de bomberos, las televisiones públicas, el sistema de pensiones y todo lo que ayudan a mantener con su trabajo y su consumo, incluidos la familia real y los diputados que no pueden elegir… Hasta podría ser que se sintieran orgullosos de ello, de formar parte del país que han escogido para vivir y al que ayudan a crecer día a día… aunque luego no les permitan votar.

                        Bien, pues ahora resulta que Mariano Rajoy nos asegura que, cuando él sea presidente, los inmigrantes tendrán que pagar sus impuestos. ¿Qué querrá decir con eso? ¿No los están pagando ya con Zapatero? ¿No los pagaban ya con Adolfo Suárez, con Calvo Sotelo, con Felipe González, con Aznar?

                        Repito que no sé nada de Economía y que, a partir de aquí, sabiendo que en España hay ahora mismo más de dos millones de inmigrantes cotizando a la Seguridad Social, si tuviera que seguir haciendo multiplicaciones, me perdería… así es que tomo datos que han hecho públicos J. Ignacio Conde-Ruiz y Clara I. González, investigadores en FEDEA: “las aportaciones de los inmigrantes permiten pagar la pensión de 1.100.000 jubilados (sólo 69.000 son extranjeros); pagan el desempleo a 300.000 pardos (lo cobran sólo 150.000, la mitad); sin la inmigración el llamativo crecimiento del PIB, que en los últimos años ha tenido una media del 3,5%, no hubiera alcanzado el 2 %.”.. podéis leer el artículo completo: ¿La inmigración es un problema real?... Ellos lo explican mucho mejor que yo que (sólo quería deciros eso), no salgo de mi asombro por más veces que lea la promesa/amenaza de Rajoy.

Un sólo momento

Un sólo momento

He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer… He abandonado lo que estaba haciendo, para escribiros en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había vislumbrado en sueños… He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los  tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia... Os escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado. Maúlla un gato. Está más oscuro y el aire viene frío. Alguien llama al timbre, pero a mí me da pereza levantarme. Suena el teléfono, pero no me apetece cogerlo. Prefiero seguir pensando en el vaho de las gavillas de sarmientos mojadas sobre las blancas tapias de un patio, en aquellas panaderías que calentaban el horno quemando ramas de pino; tan bueno era el olor de la leña amontonada a la entrada como el de las hogazas recién sacadas del hogar, cuando todavía era de noche… Prefiero seguir mirando hacia un horizonte cada vez más difuminado, a las pequeñas ventanas que se van encendiendo en los edificios de enfrente, dando testimonio de que entre sus paredes hay vida: niños que hacen los deberes, hombres y mujeres que se disponen a preparar la cena, que esperan una llamada de teléfono o a que comience el programa de televisión que les hará olvidar sus penas por un momento… quizás alguien lea un libro o escriba una carta o escuche la radio con la luz apagada.

            Las ideas corren más veloces por la mente que mis dedos sobre el teclado del ordenador. Mi imaginación salta a la oscuridad, al vacío, y esa lluvia que no cae, que tan sólo ha sido un recuerdo, me obliga a buscar refugio en el zaguán del cine Rex. Al otro lado de los cristales, los “cuadros” nos invitan a adivinar la próxima película que veremos… En aquellos tiempos de otoños lluviosos e inviernos de nieve y escarcha, en el pueblo había cine casi todos los días. Los lunes y los jueves, en sesión de noche; los sábados y domingos, por la tarde y después de cenar. Eran películas para adultos, incluso algunas (como La mujer marcada), de las calificadas por la iglesia como 3R… Tarde años en saber que existían también las que habían obtenido un 4, pues ésas, como eran moralmente peligrosas para todos, no llegaban nunca a Casas Ibáñez. Pero lo importante, para quiénes éramos niños, era la sesión que para nosotros se hacía cada domingo por la tarde: pocas películas infantiles, pero todas toleradas; la mayoría, en blanco y negro (como la vida), aunque la tendencia se fue invirtiendo con el paso de los años y acabaron siendo todas en color (como los sueños). El lejano Oeste americano, las enmarañadas selvas africanas, las profundidades marinas, los dibujos animados, los enredos de los cantantes de la época, los niños prodigio, los valientes espadachines, el más difícil todavía del mundo del circo, las vidas de los santos… y un largo etcétera que empezaba a alimentar nuestros sueños desde el domingo anterior pues, gracias al trailer que se proyectaba o los carteles que las anunciaban, podíamos jugar a adivinar qué iba a ocurrir en la película.

            … Pero ya no llueve, ni las tahonas amontonan las ramas de pino en su entrada, ni las gavillas de sarmientos esperan la lumbre sobre las tapias encaladas del corral… Hace años que no funciona el cine Rex y los “cuadros” se llaman ahora “lobby card”. De nuevo suena el timbre y vuelve a repicar el teléfono. La noche se ha cerrado del todo; encenderé la lámpara y corregiré lo escrito: pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Es lo que tienen los momentos, que son tan efímeros como la eternidad.

De cómo Francisca Gata pinta con palabras

De cómo Francisca Gata pinta con palabras

              Cuando, hace ya bastante más de un año, anuncié que algún día hablaría de Francisca Gata en este apartado de “Lo que escriben mis amigos” e, incluso, adelanté esta foto con la que os la presento a quienes no la conozcáis personalmente; aseguraba que lo haría con uno de los poemas de su último libro por entonces: Detalles (poemas sobre lienzo tercero), aún inédito; pues aunque tras la primera lectura le dije que no me había gustado tanto como La celda y el mar, al final no resultó ser cierto sino que, simplemente, tardé algún tiempo en darme cuenta de toda la belleza que encierran esos versos suyos en los que pinta con palabras (como en Creación, su último poemario publicado).
            Siempre he sido malo para la poesía… Será que leí a Bécquer demasiado pronto o a Neruda demasiado tarde… O será, simplemente, que a mí lo que me gusta de Gata son sus novelas, tan duras y poéticas a la vez; especialmente Tras el canal, de la que ahora rezonga y se niega a publicar y, por supuesto, El Palacio de la Sífilis, de cuya presentación en Cartagena, hace ya diez años, he rescatado una reseña, que voy a pegar al final de sus textos, para quienes queráis leerla.
            Sí, he dicho “textos”, en plural, porque no he resistido la tentación de presentaros a Paca en ambas facetas: la de novelista y la de poeta. Empiezo, pues, con uno de sus poemas y continúo con la presentación que hace, en las primeras páginas del relato, de Mario, el Estudiante, el protagonista (junto a la casa), de El Palacio de la Sífilis… Hoy sólo os escribo de lo que escribe; queda pendiente, para otra ocasión y otro lugar del blog (“Amigos, conocidos y gente de paso”), hablar de ella como amiga…
 
El pintor pintando un plato de pescado
 
El mar en plato llano, el mar vencido,
humillado, abrazando
el ataviado esqueleto de una de sus víctimas
ya anclada. Ya en el infortunio de no ser
o ser en lienzo. O ser engendro
cuando fuera la hermosura.
Qué soledad de escamas
trae la noche.
Qué soledad de frío navegando al puerto
sin salida,
sin escape,
cerrado pues que hiede su contemplación,
pues que palpita esa otra belleza
de la muerte.
Pues que el pincel ordenó
la auptosia
y sin coartada, sólo esa huella de eterna inocencia.
Qué soledad del alma si no hay alma,
si cumple su final
como ser vivo nutriendo el estercolero.
 
            El Estudiante es el personaje que abre la novela, pero la autora sólo los describe después de habernos llevado de su mano por las calles que conducen al destartalado caserón donde pasa los fines de semana; primero, brevemente, sus rasgos físicos, después continúa:
 
            El Estudiante era bello, inocente, bueno y noble y estaba envuelto en un aura de misterio y cierta melancolía, no fingida, pero sí adaptada a su manera de comportarse en la vida.
            Por el día estudiaba en el instituto; iba retrasado, pero le daba lo mismo. No sabía lo que quería ser, por eso demoraba el final de sus estudios todo lo que podía. Sus compañeras lo adoraban. Adoraban su forma de mover el cuerpo cuando las acompañaba a casa, el cadencioso movimiento de sus caderas. Su forma de recitar, de cantar, de tocar la guitarra y sonreír con esa tristeza lejana de la que ellas no conseguían salvarlo. Sus compañeros no sabían qué penar de él; era una persona amable y extremadamente educada, pero que decididamente no se sentía a gusto con ellos. Mario les hablaba, se reía de sus ocurrencias, compartía libros, horas de clase y algunos ratos de cerveza y confesiones, mas procuraba distanciarse ya que sus vidas estaban en un orden distinto. Era un hombre de mujeres, con ellas se mostraba tal y como era. Resultaba fácil estar con sus amigas, no porque las tuviera impresionadas con su delicadeza y sus atenciones, sino porque a ella iban dedicados sus cuidados, por esa manía suya de proteger que no sabía de dónde le venía. Le gustaba acompañarlas para que no les sucediera nada malo, en una tarea de autobús que se había impuesto por temor a no sabía qué, tal vez a las fauces del mundo. No lo sabía, pero respiraba tranquilo al verlas en su casa y ya les decía adiós lleno de ternura.
            Era como un pájaro grande que abría sus alas para amparar a todas aquellas ruidosas chicas y a más que hubiera a su alrededor. Y ellas lo adoraban porque, aunque lo hacía con todas igual, se sentían únicas bajo su capa.
            Lo adoraban cuando les explicaba las materias que él estaba harto de estudiar un año y otro. Amaban, en suma, su forma de negarles sus favores. Sólo un beso o dos, sin intención de nada, como el que besa una fotografía o el cadáver de una madre muerta. Tan distinto a los otros, tan ajeno a la lascivia de los muchachos de su edad. Tan misterioso e irreal, ajeno al mundo presente.
            Por la noche tocaba la guitarra en un café del Callejón del Viento, antigua Cuesta de las Monjas, boleros y cosas por el estilo. Lejano al ir y venir de los camareros, al ruido de los cubitos de hielo deshaciéndose en los vasos. Al murmullo de la gente o a sus risas. A veces lo escuchaban, otras se olvidaban de que estaba allí, aunque sus ojos quemaran el local.
            Su visita a la casa era esperada los viernes. Normalmente se quedaba hasta el domingo por la tarde. Esos días había un grupo que lo sustituía porque, según su jefe, su voz era demasiado gatuna para las noches que la gente elegía para el tumulto.
            Su jefe envidiaba sus ojos encendidos, su juventud, su risa, su melancolía llena de belleza, las dunas de sus pómulos que avanzaban cuando reía. Los misteriosos fines de semana, de los cuales el muchacho nunca daba detalles. La magia de las bellas desconocidas. Pocos entenderían si supieran…
 
Y esta es, por último, la reseña que, de la presentación de la novela en Cartagena hizo Juan Antonio Rubio, ¡hace ya diez años!
 
El pasado día 30 de enero se presentó en Cartagena en el Restaurante “Mare Nostrum”, “El Palacio de la Sífilis”, la primera novela de la escritora natural de Monesterio (Badajoz) que actualmente reside en Albacete, Francisca Gata Amate.
En la presentación estuvo acompañada por su editor, Ramón de Aguilar, que dentro de la Colección “OdaLuna” ha publicado también a otros novelistas como Fernando Lalana (con “Tras la Frontera”), Rodrigo Rubio (“Fábula del Tiempo Maldito”) y Luis Leante (“Al final del trayecto”), entre otros.
Con El Palacio de la Sífilis, su autora ha quedado finalista en el premio de novela “OdaLuna” de 1997.
Paca Gata cuenta también con varias obras inéditas de teatro, como “La Mecánica del Amor” y “Tríptico Agónico”; de poesía, “El Bar de los Vagabundos”, “La Celda y el Mar” y también las novelas “Fin del Lamento”, “Manantial en las Sombras” y “Tras el Canal”, de próxima aparición en la misma colección anteriormente señalada.
La Gata nos visitó y nos involucró a todos sus amigos con ese desparpajo cachondo y fresco que hacen de la autora una buena tertuliana, llena de plática y cariño; al final, en sintonía con todo lo que significa la edición de una primera novela (como parir al primer hijo), las presentaciones, los despistes de los vasos y los libros firmados como flores a los amigos, Francisca Gata nos brinda un conocimiento de su realidad de mujer escritora: como un paso a paso que se va labrando desde aquellos primeros poemas iniciales, con la ciudad como espejo y la oscuridad como signo de que “la muerte también tiene su punto de belleza”.
El Palacio de la Sífilis es una novela que rescata trozos de identidad, salpicaduras de una ciudad en decadencia, personajes increíbles, mundanos y solitarios. Gata no falta a la cita en la búsqueda de la palabra, una tenacidad que se levanta para poner en orden al mundo. Gata cuenta cosas de la vida, mete cosas por un hueco hacia rumbos extraños e inesperados, escrita con la más inquietante poesía... incluso el propio protagonista de la novela es tierno, inocente... al final triunfa la bondad.
La novela tiene también su correspondencia con el teatro, incluso se puso en escena en Albacete, donde ahora la autora reside. En concreto esta novela es la historia de unos personajes que viven de espaldas a la realidad, atrapados en un tiempo muerto en que sólo la inocencia puede rescatarlos. Frases bellamente construidas, personajes magistralmente perfilados y el duro contraste entre lo mórbido del tema y la ternura poética de la narración (“Romanticismo Sucio” lo define la autora, en contraposición al “Realismo sucio” americano), hacen de esta una novela única e irrepetible.
Paca es una escritora que promete mucho, que se lee y que se disfruta, porque, en el fondo (y en la forma), nos cuenta historias de amor; historias que provocan un cierto erotismo intelectual mezclado con algo de ansiedad (la novela se acaba pronto y se quiere leer más).
La novela la podemos encontrar en la librería “Espartaco”, en dura contraposición, también, con el estilo de macroventas tipo “Corte Inglés” y “Círculo de Lectores”, a los que la autora (de momento) no tiene la osadía en intentar conquistar.

Cuatro décadas y media de coincidencias

Cuatro décadas y media de coincidencias

Recordadme que el día de Reyes os regale un relato que, en más de una ocasión y en esta misma bitácora, os he mencionado; una narración que escribí con el nombre de Apagones y cuya historia también es como una fábula… Y, aunque parezca que no tiene nada que ver con esto ni con lo que sigue, dejadme que primero os cuente que Noelia (sabiendo que una de mis aficiones preferidas es la de buscar libros, sin que me importe el que a veces tarde años en hallarlos), me pidió que encontrara una novela de Nick Hornby, llamada High fidelity…

            Pero, en realidad, todo empezó cuando mi hermano Amador escribió El gigante egoísta, allá por el año 1962. Supongamos que es 28 de diciembre, tal día como hoy, pero hace cuatro décadas y media. Es el cumpleaños de papá; el tío Antonio y la tía Maribel han venido a pasar las Navidades con nosotros. Sus hijos (Antonio, Maribel y Juan Ramón), aún no han nacido, seguramente ni siquiera quienes algún día serán sus padres puedan soñarlos. En Casas Ibáñez han amanecido las calles blancas de escarcha; de los tejados cuelgan transparentes chuzos de hielo y también el agua de los charcos y las balsas se ha helado; los niños, sin escuela por las vacaciones de Navidad, calzados con botas de goma para no mojarnos los pies, tratamos de patinar sobre las improvisadas pistas; es tanta la humedad del aire que el humo de las chimeneas apenas consigue alzar el vuelo, y va impregnando de olor a leña quemada incluso las ropas de quienes en casa no encendemos lumbre, de quienes nos calentamos los pies (que al final se han empapado), junto a un brasero eléctrico que, como si también él huyera del frío, se esconde bajo las gruesas faldas de una mesa camilla, en la que Amador, que sólo tiene un año menos que yo, unos días antes, llevado por el espíritu de la Navidad, ha escrito un cuento de su invención al que ha titulado El gigante egoísta.

            En la calle principal, que entonces llamaba “Caídos” y hoy le dicen “Tercia”, está la imprenta Lahiguera y, en la calle “José Antonio” (hoy “Correos”), la imprenta de Jesús; ambas son, además, las únicas librerías del pueblo y, aunque ninguna de ellas exista ya, el 28 de diciembre de 1962, cuando cae la noche, encienden sus pequeños escaparates para que cualquiera que pase por delante pueda ver los tesoros que se ofrecen de cara a la próxima venida de los Reyes Magos: cajas de colores, cuadernos con fotos de Marisol en la cubierta y las tablas de multiplicar en el dorso, el último número de la revista Ama, plumieres de madera, libros de cuentos, de recetas de cocina, de horóscopos que auguran un venturoso 1963… Amador, que no se ha mojado los pies, porque nunca hace lo que no debe, regresa a casa y se para ante algunos escaparates, desempeña los cristales, haciendo un circulo en el vaho con la manga del abrigo de paño, y se asoma al interior, tenuemente iluminado: los juguetes y tebeos del kiosco de la Nicolasa, los dulces de las pastelerías de Juan Manuel, de Blesa y de Torrente, más juguetes en la tienda de la Sole (en la que yo me había ofrecido como dependiente voluntario), y una de las librerías, en la que se lleva la sorpresa de encontrarse su propio cuento… creía que nadie lo había leído todavía y allí estaba su gigante egoísta, risueño y bellamente coloreado, con un niño en sus brazos.

            Aunque para los más mayores fuera fácil imaginar que aquél no era el relato que él había inventado, que se trataba de una mera coincidencia con el título de otro, escrito por un tal Óscar “Bilde” o algo así (no olvidemos que en la escuela nos enseñaban que la “W” se leía “b”, como en “retrete”), yo nunca he olvidado la excitación con que nos contó su sorpresa porque luego, a lo largo de la vida, esto mismo me ha ocurrido más de una vez: no sólo me he encontrado publicado un título que yo guardaba como un tesoro, sino a veces todo un argumento que ya tenía escrito o, cuando tuve la editorial, el primer diseño que Ana hizo para la colección Odaluna resultó que coincidía con la “Biblioteca de Cuentos” de la poco conocida pero muy recomendable editorial Clan.

            Podría poneros más ejemplos, pero entonces no me quedarían ni espacio ni tiempo  para contaros que el otro día vino Inés a casa, con su marido y su hijo, el pequeño Eduardo; ni que he empezado a leer Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby que Noelia me pidió que buscara; ni de explicaros qué es un piscolabis de la CAT y que hubo una vez en que su tema fue “el apagón”… Los “piscolabis” son una especie de merienda o cena de sobaquillo, a la que cada uno se lleva su bocadillo y, además de la buena compañía,  recibe bebida para regarlo y aceitunas y frutos secos con los que pasar el trago; a cambio, nada más, de acudir con algo escrito sobre el tema propuesto, ya sea original, sacado de Internet, rescatado de la memoria… Cuando aquella vez andaba yo pensando qué escribir sobre “el apagón”, Isabel Sanchís, la bibliotecaria de Requena, me ofreció una idea, contándome la historia de un niño que apagaba la luna a base de soplidos; se la había escuchado a un cuenta-cuentos (creía que en Chelva, en su mágica noche “al calor de las palabras”); decidí que yo la contaría a mi manera, Eliana se buscó un poema de Rafael Pombo  y, con los bocadillos bajo el brazo, nos fuimos a cenar. El relato gustó tanto que decidí averiguar quién era su autor, o si no lo tenía, si estaba publicado y podía leerse completo… Pregunté a Lorenzo, que también había estado en Chelva, y no lo recordaba; a las cuenta-cuentos que conozco: Sonia, Ivana, incluso a Maricuela, la única persona que se sabe la historia de las hormiguitas y el fraile motilón, que mi padre nos contaba de pequeños y que ella recosntruye con las mismas palabras que él usaba… pero nadie conocía esa historia que me habían contado. Hice un breve resumen de su argumento y lo coloqué en foros literarios, pidiendo pistas; nadie respondió. Un par de años después encontré aquel borrador que había hecho para la CAT y pensé que era una pena que ese cuento que alguien había oído junto a un fuego, en una plaza de pueblo, se perdiera para siempre, así es que lo incluí en mi relato Cuando llegué a Chillán, pero explicando la circunstancia de que esa fábula, que uno de los personajes escribía para su hijo, en realidad se la había escuchado a un cuenta-cuentos… Y ahí se quedó la historia, como alguno de vosotros ya la habrá leído en el blog, hasta que hace un par de meses se me ocurrió escribirlo en serio y, partiendo de lo que me habían contado, inventar un ambiente, definir los personajes (por ejemplo, puse mucho empeño en inventar un padre obsesionado con explicarle todo a su hijo, que todavía no sabía hablar), y así, finalmente, narrarlo con mi propio estilo, añadiendo todo tipo de detalles, para que fuese mi obra y sólo en el argumento se pudiera parecer a la que alguien fuera contando por ahí… Sólo cuando ya estaba acabado y a mi gusto, encontré en “Google” las primeras referencias a la historia del niño que apagó la luna y que resultó ser un original de Carles Cano, incluido en su libro Cuentos para todo el año. Busqué inmediatamente el libro (lo encontré con facilidad, cuando, después de casi dos años, todavía no me había hecho con el de Nick Hornby), y me quedé tan asombrado como Amador cuando vio su Gigante egoísta en el escaparate de la imprenta: no era sólo la historia que narraba, es que estaba contada de idéntica manera, casi con las mismas expresiones que yo había ido hilvanando a lo largo de los años.

            Pensé que ese cuento, aunque en parte aún pudiera considerarlo “mío”, ya no era publicable y sólo podría compartirlo con vosotros a través de esta bitácora, pero, ¿cómo deciros “este relato de Carles Cano lo he escrito yo… después que él”?  Y entonces vino Inés desde Chile, con Roberto, su marido, y Eduardo, el hijo que tuvieron hace siete meses. A ella no le veía desde que, hace un par de años, fui a visitarla con los niños a Navas de Jonquera; a Roberto no había vuelto a verlo desde la primera vez que estuve en Chile, hará unos ocho años; Eduardo, al que sólo había visto en fotos (en una de ellas vestido de “huaso”), y que venía con una pierna escayolada, me pareció muy despierto y observador… luego pensé que pocos niños de siete meses podrían contar tanto: se ha vestido de “huaso”, se ha roto una pierna, ha viajado de América a Europa… algunos mayores tampoco han vivido tantas experiencias. Fue un encuentro verdaderamente entrañable y tuvimos tiempo suficiente de ponernos al día de nuestras vidas y, por supuesto, revivir algunos momentos compartidos, contar anécdotas que nos hicieron reír, recordar a personas que Inés y yo conocemos aquí o allá… Entre otros, les pregunté por Daniel, el hijo de Roberto, al que conocí siendo un inteligente preadolescente de 14 años y que ahora, con 22, hace su segunda carrera en la Universidad; me quedé asombrado. “¿Cómo es posible que en sólo ocho años un niño de catorce se haya convertido en un joven de veintidós?” No quería hacer sólo un chiste, quería mostrar mi asombro porque en tan poco tiempo una persona se transforme tanto; pero les hizo gracia y pensé que era una frase ocurrente, que algún día podía utilizar.

            Por fin, el miércoles de esta semana, después de casi dos años, pude encontrar Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby; hallarla antes hubiera sido imposible, porque en español sólo se ha publicado en noviembre de este año, sólo que yo no lo sabía, Noelia no me había dicho que lo único que había leído de ella era una referencia que el autor hace en otra novela posterior (31 canciones)… Así es que, después de tanto tiempo llevándola en la mente, me apresuré a hacer un paréntesis en los Episodios Nacionales, que ahora me ocupan, e iniciar su lectura. De momento me está gustando, me está gustando bastante y puede que acabe gustándome mucho; pero si ahora la saco aquí a colación es porque que justo en su página treinta y tres me encontré está frase: “Sólo me había costado seis años pasar de ser un chavalito de diez años a ser un chaval de dieciséis”… Sólo hacía setenta y dos horas que yo había dicho lo mismo, en un contexto parecido y casi con las mismas palabras. Nunca seré original: aunque eso, que tanto me preocupaba cuando por la edad resultaba imposible serlo, ahora ya me da igual. No os lo digo para quejarme, sino sólo para compartir mi asombro y porque así me siento justificado para poneros aquí mismo, el próximo día, mi versión del relato de Carles Cano (cuya lectura también os recomiendo… y no sólo para que podáis cotejarlo con el mío, también para que disfrutéis de todas las historias que recoge en sus Cuentos para todo el año)

Luces en la noche

Luces en la noche

            Alumbrado por el sol radiante de una mañana luminosa, impropia de un otoño que, en vez de acercársele, parece huir del invierno, voy a escribiros sobre la noche; sobre algunas noches y las luces que a duras penas resquebrajaron su oscuridad.

            La verdad es que, cuando me puse a pensar en lo que ahora os voy a contar, el título que me rondaba en la cabeza era el de Luces de la ciudad, el mismo de la película de Chaplin; iba a escribir la “genial película de Chaplin”, pero me ha parecido que el uso del adjetivo podía ser una redundancia, que ya está implícito en el nombre del guionista, director, intérprete y autor de la banda sonora que, por cierto, se basa en el cuplé de “La violetera”… no es lo único español del film, puesto que también el argumento parece inspirado en Marianela, la novela de Bentio Pérez Galdós.

            El caso es que yo iba a escribir sobre las luces que más recuerdo de cada ciudad o lugar y me parecía que ése era un buen título pero, al enumerar sobre el papel algunos de esos recuerdos, me di cuenta de que en la mayoría de ellos recuperaba momentos vividos en la noche… Aunque no todos, porque el primero que ahora me viene a la cabeza es el de la fría luz de la mañana en la que caminábamos Tina y yo por la Gran Vía de Madrid (aún estaba cerrado el metro), y me recordó ese otro amanecer en el que, en La Colmena, la novela de Cela (¿o debería decir la película de Camus?), “un marica y uno que escribe” salen de la cárcel a una mañana “esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…”

            Mas, al fin y al cabo, el amanecer está todavía muy cerca de la noche; como también lo estaba aquel atardecer lejano en el que, en una terraza de Alacuás, con Visi, Carmen y Luis (amigos cuyos rostros puedo recordar, pero cuyas voces se han perdido para siempre en los recovecos de la memoria), hablábamos de la libertad y la justicia que habrían de llegar (como Gora y sus amigos, en la novela de Tagore), mientras el sol se ocultaba a nuestras espaldas y, frente a nosotros, al otro lado de la enjalbegada barandilla de adobes, podían adivinarse (aunque no se vieran), campos de naranjos que llegan hasta el mar… o imaginarse (aunque no estuvieran), una polvorienta plaza árabe y un minarete desde el que el almuédano llamara a la oración.

            Ahora, que casi hemos llegado al Mediterráneo, evoco sus bellos amaneceres en los que, antes de surgir de entre las aguas todavía oscuras, el sol pinta de rojo y fuego los penachos de nubes cercanos al horizonte. Alguna vez, cuando he estado de vacaciones en la playa, he madrugado para verlo; pero el recuerdo que conservo más vivo es el de contemplarlo desde el tren que, cuando iba a ver a Rosana a Cartagena, me traía de vuelta a Valencia; aquellos trenes expresos que antes me habían llevado al colegio a Zamora y en los que, pocos años después, los domingos regresaba desde Nules a Barcelona… siempre de noche, siempre con la tentación de salirme largos ratos al pasillo vacío, mientras todos dormían y, desde la ventana, poder contemplar la oscuridad que, poco a poco, habría de dejar lugar a ese rojo amanecer sobre los campos de trigo o sobre las olas.

            Y de las vías del tren a la carretera, desde el amanecer a una noche que, si no era oscura, como la del alma, es porque una enorme y redonda luna llena, la iluminaba por entre las encinas, muy cerca ya de Ávila. Me bajé del coche para mirarla y hacerle algunas fotos; también para recordar otras noches en las que, bajo la misma y blanquecina luz de los cuentos más góticos, desde Villatoya nos íbamos andando a Cilanco por el camino de las Balsillas, entre huertas, pinares y extensas choperas que resplandecían iluminadas por Selene.

            Al hablar de viajes y carreteras me acuerdo también de un atardecer, llegando a Zurgena, en el que, cerca ya las desérticas tierras de Almería, me tuve que parar para contemplar el espectáculo de un cálido atardecer que teñía de rojo todo lo que alcanzaban a ver mis ojos; era una luz que hasta entonces sólo había visto en sueños y, una vez, algunos años antes, había creído vislumbrar (aunque no fuera la misma), en la Puszta húngara, sentado en una cerca de madera y contemplando, junto a Agnes, que me enseñaba su país, a unos jinetes que cabalgaban sin sillas de montar… Son muchas más las luces que puedo evocar de Hungría pero, si tuviera que escoger una, elegiría la de esta foto que tomé en un parque de Budapest y en la que un solo rayo de luz ilumina un banco, en el que uno no se atreve a sentarse para no romper el hechizo de la estampa. Sí que lo hice en Albacete, en la casa de mi madre, una vez que bajando la escalera, con un libro en la mano, me encontré con ese efímero rayo de luz iluminando uno de los peldaños, me senté allí mismo a leer… y nunca más se me ha ofrecido la ocasión.

            Valencia, como ciudad mediterránea, tiene todas las luces que uno se pueda imaginar. Está tan cerca y tan presente que resulta difícil evocarla como recuerdo o elegir uno sólo de los momentos en los que su luz formó parte de una historia; pero me voy a quedar con una noche muy oscura, recién llegado allí a vivir, en la que Amparo, una de las primeras persona que conocí, junto a una amiga suya australiana y yo caminábamos de madrugada por el mercado de Ruzafa, abriéndonos paso en medio de una niebla espesa, que a duras penas rasgaban las farolas… no es una imagen muy propia de la ciudad, pero a mí me sirvió para escribir uno de los relatos de terror que me compraban en la editorial Valenciana para publicar, bajo pseudónimo, en la revista “SOS”…

            Tendría que hablaros también de Casas Ibáñez, de sus noches de feria; no las de ahora, sino las de la infancia, las de los primeros años sesenta, cuando los puestos de los feriantes y quincalleros se alumbraban con una sola bombilla, de tan poca potencia que podía mirarse directamente sin que molestara a los ojos… o de las miles de estrellas que poblaban los cielos de aquellos veranos en los que todavía se oía cantar a los grillos y el corazón no se cansaba de latir apresurado… De Mariquita, en Colombia, cuando en la noche de cada siete de diciembre, las calles se iluminan con las velitas que los vecinos colocan en los corredores de sus casas, para recibir a la Virgen; uno puede pasearse por todo el pueblo en medio de esas llamitas temblorosas, que parecen oscilar al ritmo de las cumbias y los vallenatos que se escapan de las ventanas abiertas, como todo el año, de par en par… De algunos pueblos extremeños, como Villanueva de la Serena, Guareña o Trujillo, en los que las tardes de verano caen lentamente, como si la luz quisiera prolongar la contemplación de decenas y decenas de niños que corren y juegan por sus plazas, mientras cientos de pájaros las sobrevuelan sin descanso… Y la luna, siempre la luna, sobre el Cantábrico, en El Barquero, contemplada desde la casa de Natacha, apareciendo y desapareciendo tras las nubes que arrastra el mismo viento que silba junto a las ventanas de madera… Sobre los hielos azules del glaciar Grey, en Chile, gigantescos al fondo del lago, pequeños cubitos que tintinean musicalmente junto a la orilla en la que me he ido quedando solo a medida que caía la noche… En Córdoba, junto a las aguas del arroyuelo de Rabanales, a espaldas de la ciudad, cuyas luces cercanas sólo se aprecian en el resplandor que se refleja en la oscuridad del cielo… Y así, recorriendo cada rincón, hasta regresar a Requena, donde sus rayos blancos se colaban por la ventana de mi dormitorio sin persianas, cuando vivía rodeado de cajas de libros en la que había sido mi editorial, e iluminaban los peldaños de una escalera que no iba a ninguna parte, y las páginas de un libro de cuentos que leía antes de empezar a soñar.

Solo en la sala... del Candilejas

Solo en la sala... del Candilejas

Estoy en Albacete. Hoy, como ayer, hemos tenido un día primaveral, impropio de un siete de noviembre. Os escribo escuchando a Stan Kenton en el ordenador. Esta tarde he estado comprando libros; cuentos de Carles Cano (de quien algún día tendré que relataros una historia tan curiosa como las que él escribe), también de un escritor ecuatoriano que no conocía, José de la Cuadra, y que me está gustando mucho… y otros, que harían la lista demasiado larga, sobre todo hoy, que quería hablaros de cine; porque mañana iré a ver alguna película a los Candilejas. No necesito mirar la cartelera para saber qué hacen; seguro que en alguna de sus pequeñas salas proyectan un título que me interese; es probable que los cuatro, aunque ninguno de ellos me resulte conocido, pues rara vez en los Candilejas “echan” pelís de ésas que todo el mundo conoce, de las que se producen en Hollywood y anuncian por televisión. Su programación se basa en filmes europeos y sudamericanos, cine norteamericano independiente, alguna producción asiática o africana… A veces uno se lleva un chasco pero, por lo general, sale al ambigú con la alegría de no haberse perdido esa maravilla que, lo más seguro, no se exhibirá en las grandes salas, en los multicines de los centros comerciales, en la franja horaria de mayor audiencia de la televisión (el mal llamado “prime time”). Yo creo que para Albacete (como lo sería para cualquier otra ciudad), es un lujo tener un cine así. También es posible que mucha gente no piense como yo; de hecho, en las diez o doce últimas veces que he ido, la mitad he estado solo, completamente solo, en la sala… Solo en la sala, que bien suena para título. Pues la otra mitad de las veces  he coincidido con mi prima Esperanza y su amigo Chiapella. Es curioso que nunca quedamos para ello (la última y, quizás, única vez que “quedamos” fue para comer en Toledo, cuando yo vivía allí y ella acudió para hacer un curso de su trabajo… es decir, hace más de veinte años); luego, salvo en alguna boda o algún funeral, sólo nos hemos encontrado en el cine y, dos de las veces, Chiapella que, además de ser actor, escribe, me ha regalado sendos libros suyos; el último, Evocaciones ayorinas, lo leí con verdadero placer porque en sus páginas, escritas con gracia y cariño, volví a recorrer rincones y parajes que me son muy queridos. No sé si mañana me los volveré a encontrar (a Esperanza y Juan Manuel), o volveré a estar solo en la sala. Hubo una época en la que, con la entrada (que en este soleado mes de noviembre del 2007 aún puede conseguirse por sólo tres euros, incluso sin ser el día del espectador), regalaban una consumición del bar; en otra época un cartel grande de cine; siempre, información detallada sobre las películas que se ofrecen… y éstas son lo mejor de todo; he hecho memoria y he recordado que en sus pequeñas salas vi por primera vez Bailar en la oscuridad, Deseando amar, El silencio del agua, La gran final, Cuatro minutos, La suerte de Emma, Nacional 7, Las tortugas también vuelan, Panamericana, Lista de espera, Historias mínimas, Caché… y un etcétera, no muy largo, pero suficiente como para que me atreva a invitaros a ir a los Candilejas… Ya me contaréis… Por cierto que, aunque un poco escondido, es fácil encontrarlo, junto al Parque Lineal, justo delante de una calle con nombre tan entrañablemente cinematográfico como la de “José Isbert”

Gloria Fuertes: Poeta de guardia

Gloria Fuertes: Poeta de guardia

                        Nací para poeta o para muerto
                        escogí lo difícil
                        -supervivo de todos los naufragios-
                        y sigo con mis versos
                        vivita y coleando.

                        Nací para puta o payaso
                        escogí lo difícil
                        -hacer reír a los clientes desahuciados-
                        y sigo con mis trucos
                        sacando una paloma del refajo.

                        Nací para nada o soldado
                        y escogí lo difícil
                        -no ser apenas nada en el tablado-
                        y sigo entre fusiles y pistolas
                        sin marcharme las manos

 

 

            Conocí a Gloria Fuertes por la televisión, como casi todos. Ya no era tan niño, pero me hechizaban aquellos breves poemillas suyos que, con voz aguardentosa y cascada, ella misma recitaba en “Un globo, dos globos, tres globos”. Con más edad conocí su obra para adultos: Aconsejo beber hilo, Sola en la sala, Cuando amas aprendes Geografía, Historia de Gloria… Y otras cuantas, en especial su Poeta de guardia, que me hacía imaginarla sola en la madrugada (toda su poesía es una queja -sin lágrimas, gimoteos ni aspavientos- de soledad), en medio de la gran ciudad, asomada a una ventana, desde cuyos cristales se escapara la única luz que, junto a la de los semáforos y alguna amarillenta farola, rompiese la oscuridad de un Madrid dormido… Y ahora que lo escribo, ahora que os lo cuento, se me ocurre si no será esta imagen la que me hizo creer, durante muchos años, que Gloria Fuertes era la mujer de Dámaso Alonso (el de

             “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
                                                       (según las últimas estadísticas).
                A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
”)

… Luego supe que no era así, conocí más de su vida y, en los tiempos de la Editorial, llegué a visitarla un día en su casa de la calle Padre Damián, que no estaba ni tan alta ni tan vacía como yo la imaginara de adolescente. Sin embargo, en aquel encuentro, se cumplen ahora diez años, el mito se me desmoronó; a Gloria Fuertes, aquel día, no le preocupaban, como en sus versos de siempre, el tendero, la limpiadora de la oficina, la prostituta tísica, los albañiles, los mendigos, un camello cojo… estaba enojada porque le habían dado el último premio Nobel a Wislawa Szymborska y ella se consideraba con muchos más méritos.

            Debería haber tenido en cuenta que fue sólo una mañana, sólo una conversación y que aquél, al fin y al cabo, era un tema de actualidad (estaba a punto de concederse el de ese año, que fue para Darío Fo). ¿Quién no se ha sentido alguna vez frustrado, incomprendido o relegado? Una década después me doy cuenta de que lo verdaderamente valioso, para mí, hubiera tenido que ser el que ella me confiase ese malestar, esa decepción, como cuando en alguno de sus poemas escribía

                        “Cuatro mil millones

                               mis vecinos en la tierra

                               cuatro mil millones

                               y yo sola en la azotea

O

                        “Luego de mayor,

                               lo único que pedí prestado

                               fue amor,

                               lo devolví con creces,

                               hoy estoy arruinada

 

            Hace unos días, en el boletín Bilaketa, que puntualmente me llega por Internet y siempre abro con gusto, reproducen un texto suyo, esta vez no dirigido a los niños, sino a los más mayores, a los ancianos; su lectura me ha llevado a revivir estos recuerdos y compartirlos con vosotros, poniendo punto final con algunas de las frases del texto que envían los de Aoiz (Navarra), y en el que la poeta dice cosas como éstas: “Tenemos que hacer todo lo que no pudimos hacer durante años… ahora sabemos todo lo que NO nos han enseñado... No tengo hijos pero tengo libros… (tenemos tiempo de) hacer flores de mentira y dar besos de verdad… Recuerden que les recuerdo. Reciban versos y besos de vuestra amiga,

Gloria Fuertes”

 

            Y nadie suena, o quema, o hiela o llama

            en esta noche,

                                      en la que,

                                                         como en casi todas,

                                      soy poeta de guardia.