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Los padres de Irene

Puri Novella escribió un bello relato que se llamó (que se llama), “Las hijas de Irene”, cuya lectura siempre recomiendo y con él ganó el premio “Villatoya” de cuentos en la última edición celebrada del Certamen Literario Emilio Murcia… Es algo que he mencionado más de una vez en las páginas de este blog. Lo que nunca os había dicho es que, unos años antes, yo había escrito sobre “los padres de Irene”. Hoy rescato para todos vosotros aquel breve texto; no es más que el primer párrafo, el inicio de una historia que aún está por escribir:
Quique se quedó jugando al fútbol; era lo suyo aunque, hay que reconocerlo, no fuera lo único. Yo caminé hasta la casa de Guadalupe y la encontré leyendo. Nos sentamos en el suelo y ella sacó una botella de vino. Rafael Amor, cuya desgarrada voz sólo nosotros dos parecíamos conocer, cantaba a los extranjeros, a los perros cojos, a una muchacha llamada Violeta. El tiempo parecía haber dado un salto hacia atrás y por un momento me sentí de nuevo en Córdoba, el ático de la plaza de los Carrillos, bebiendo el mismo vino y escuchando la misma música, aunque fuera en la voz de Cafrune. Guadalupe, que me miraba con los ojos de leer, parecía sacada de Rayuela, un personaje de Cortázar... Se oyó la puerta. Quique volvía a casa y la cara de Guadalupe se iluminó; él la regresaba al mundo de lo real, le devolvía su condición de mujer tangible: ojos brillantes, labios húmedos, pezones erguidos, olor a jazmín... y, cuando ya en la sala, la figura de ambos abrazados se recortaba sobre una red colmada de postales, la estampa quedaba completa y yo argüía cualquier excusa para despedirme, porque
... (quiero leerlo todo)Fábrica de sueños

Soñarás que paseas por una ciudad llena de luz. No hay tráfico por las calles, casi todas las casas son blancas, luminosas, encaladas... Pero los rótulos de las tiendas están llenos de color y vida, cada escaparate es un mundo mágico. En las aceras crecen árboles frutales y en las ventanas macetas con todo tipo de flores.
Al fondo de la calle por la que andas vislumbras una torre con una cúpula de cristal. Caminas ilusionada hacia ella y, a uno de sus lados, descubres una chimenea alta y de ladrillos. Te asustas pensando que en cualquier momento pueda salir una bocanada de humo que manche el cielo tan azul, que marchite el olor de las flores y apague el canto de los pájaros... Pero no, a medida que te acercas a la nave, percibes que de su interior te llega una música de flautas cristalinas, acuática... De pronto y sin aviso de la chimenea sale una bocanada de mariposas de vivos colores, que se dispersan por el cielo moviendo sus alas en todas las direcciones.
Sólo entonces, sobre una puerta partida en dos por una columna de caramelo, descubrirás una placa que reza: “Fábrica de Sueños”.
El abrazo de los Santos

Yo creo que aún no había amanecido cuando, cada Viernes Santo, nos despertaban para ir a la Procesión del Encuentro. Ni el madrugón ni el frío de la aurora nos importaban. Merecía la pena llegar a la iglesia cuando aún era de noche y encontrarla llena de luz, iluminada por cientos de velas que alumbraban a otros tantos vecinos que también estaban esperando a que los pasos se echaran a andar: Jesucristo, cargando con la cruz donde horas después sería crucificado; San Juan, el discípulo amado, que hacía de guía de la Virgen de los Dolores y, por último, la Verónica que, al final, habría de participar en el drama que tendría lugar en la placetilla de la Cruz Verde.
Para nosotros, los niños, era el momento más importante de todas las vacaciones de Pascua… Al menos así fue hasta que permitieron proyectar películas en el cine, se pudo escuchar música no religiosa en la radio e, incluso, se abrieron las discotecas… Al menos de esa manera lo recuerdo, aunque también es posible que me engañe la memoria.
La magia de aquella procesión, que nunca salía en el Nodo (como las de Zamora, Sevilla o Cartagena), no estaba sólo en que lentamente se fuera haciendo de día a los ojos de quienes las seguíamos, o en que el camino hacia el Calvario atravesase calles de Casas Ibáñez; para mí el encanto estaba en ver cómo las imágenes, una vez llegaban a la placetilla, a hombros de unos cuantos costaleros, se movían representando una función en la que se encontraban unos con otros, se abrazaban y, milagrosamente, todos los años, la cara de Cris
... (quiero leerlo todo)El día en el que Noelia llegó a Valencia

Noelia llegó a Valencia el mismo día en el que inauguraron una de sus más importantes y céntricas librerías: Varias plantas repletas de maravillas, más libros de los que cualquiera de nosotros podría leerse en toda su vida, y una coqueta cafetería en la que tomarse un carajillo de ron o beberse una cerveza, rodeado de poemas de Ana Rossetti, Francisca Gata o Ángel González, y viendo desde lo alto a la gente que entra con las manos vacías y sale con los ojos llenos de ilusión y una bolsa en la que carga algunas piezas del tesoro allí guardado: novelas de Luis Leante, Nick Homby o González Ledesma, dramas de Calderón, Buero Vallejo o Bertold Brech, comedias de Plauto, Woody Allen o Jardiel Poncela, poemarios de Keats, Gloria Fuertes o Salinas, obras clásicas de Quevedo, Dickens o Unamuno, relatos de Clarín, Félix Palma o Allan Poe...
Quizá no fuese aquél, el de la inauguración, su primer día en la ciudad de la Plaza Redonda y la Malvarrosa; pero sí fue la primera vez que Noelia y yo nos vimos fuera del pueblo, lejos de Casas Ibáñez... Aunque lo de lejos sea algo relativo, puesto que Valencia siempre nos ha sido una ciudad cercana y necesaria, acogedora con tantos ibañeses a los que nos ha abierto la posibilidad de estudiar, trabajar, comprar o divertirnos... como aquella tarde, rodeados de libros y periodistas, picando de las bandejas en las que cabales camareros nos ofrecían copas de vino blanco y montaditos, y husmeando entre tanta literatura, esa que siempre nos había unido, desde que ella era bien niña; quizá desde antes, pues ya a su madre, Ramona, la había conocido en la biblioteca del pueblo, cuando Ana Pili era la bibliotecaria y, entonces sí, Ramona y yo niños
... (quiero leerlo todo)Tampoco valen las flores

Describiré mi llegada a aquella oficina, cómo subí las escaleras, entré en el despacho casi vacío y la vi a ella frente a la máquina de escribir, junto a un mostrador de madera en el que hacía guardia un ventilador polvoriento, inútil en el invierno toledano... Quizás no fue así. La verdad es que sólo la recuerdo a ella y eso ya está muy repetido... Además, no quiero empezar por el principio. El lector tiene que saber que hubo un antes que tendrá que averiguar a medida que avance la historia. En vez de describir el despacho, recrearé la calle por la que anduvimos camino de un bar; le pregunté qué le habían traído los Reyes y me enseñó el reloj que se había comprado ella misma... Pero eso sería igual que ponerla a limpiar escaleras para pagarse la academia donde preparaba la oposición; son detalles que conmueven a quien los vivió, tal vez a quien los escucha, pero no al que los lee en una novela... Mejor lo de la caña con la que nos despedimos en una tasca de Toledo; parece un final y apenas era el principio; puedo describir el sol que entraba por los cristales, el sabor amargo y fresco de la cerveza, el murmullo de los parroquianos, un coche que pasaba por la calle, su sonrisa... Nadie podría sospechar lo que iba a ocurrir a partir de ese momento... Aunque se pueda imaginar que si está al principio será porque todo tiene que llegar... Es tan previsible que se puede convertir en un cuento rosa y ésta no es sólo una historia de amor... Por la misma razón, tampoco valen las flores; ya ni siquiera a mí se me ocurriría enviarlas; aunque el ramo sería lo de menos, sólo una excusa para contar cómo amanecía en las calles de Jaén, cómo se despertaba la ciudad mientras yo, borracho de sueño, buscaba una floristería y repetía su nombre para mis adentros... ¿Y por qué no empezar por el final, por la última vez que, sin venir a cuento, me acordé de ella, después de años sin vernos y meses sin llamarnos?... Enco
... (quiero leerlo todo)Budapest

He vuelto a Budapest, después de más de siete años de ausencia… No voy a decir que he encontrado otra ciudad; era la misma, por supuesto, pero renovada, más elegante y moderna, mucho más vital… Se me ocurre compararla con un ser humano porque alguna vez, en algún lugar, leí que cada siete años se ha regenerado todo nuestro cuerpo y, aún siendo los mismos, no conservamos ni una sola de las células en las que antes consistíamos. No sé si esto será verdad, aunque yo me inclino a creer que sí, me gusta pensar que sí: el espejo, al levantarnos siete años después, nos devuelve la imagen del mismo rostro adormilado, un poco más viejo y arrugado, con menos pelo y más manchas en la piel; pero no dejamos de ser nosotros y, sin embargo, ninguna de las células que nos conforman estuvo antes allí… La diferencia es que algunas ciudades, como Budapest, se renuevan constantemente, sin dejar de ser ellas mismas, y rejuvenecen en vez de envejecer.
Es posible que Buda siga siendo la de siempre. Quizás en eso consistan su esencia y su encanto: en permanecer a lo largo de los años y los siglos; en retener el aire de otra época para que los hombres de hoy, paseando por sus calles, podamos sentirnos transportados al pasado. Esta foto es del viaje anterior; si la hubiera tomado en éste, todo sería idéntico, salvo mi imagen... Permanecen también los puentes que tanto le gustan a Beatriz y que, salvando el Danubio, unen Buda con Pest… Permanece el majestuoso e impresionante Parlamento, reflejado en las aguas del río… Sin embargo cada vez que lo veíamos, yo le preguntaba a Ágnes si era el mismo Duna; “claro que sí”, me respondió en la primera ocasión; “pero no es la misma agua”, le
... (quiero leerlo todo)La Cuesta de Moyano

Estuve en Madrid un par de días. Hacía mucho tiempo que no iba, que sólo pasaba por allí. Me hubiera gustado disfrutar de tantos encantos como ofrece la ciudad (musicales, cines y teatros, museos, recitales, presentaciones…); pasear por sus plazas y callejuelas llenas de color y de sabor, antes que por los paseos o calles comerciales de gran ciudad; volver a perderme en parques o rincones por los que anduve en la niñez; entrar en las tascas donde aún se sirve el vino en frasco, en librerías y otras tiendas de viejo donde aún se pueden encontrar tesoros… Pero el tiempo apenas me dio para volver a ver a Tina y para visitar, por primera vez en Madrid, a Noelia (que vive allí desde hace cinco meses); comía con ella y dormía las siestas en su casa, antes de ir juntos a buscar a Tina y a Jose, su compañero; viven en todo el centro, junto a la Plaza de España, muy cerca del Palacio Real, de la Gran Vía. Tienen un apartamento pequeño, pero con una buena terraza desde la que se ven los tejados y las azoteas de otros edificios del barrio; es una imagen que siempre me ha gustado contemplar; cultivan allí muchas plantas, incluso hortalizas y algunos arbolitos (reconocí una higuera), que hacen sentirse fuera de la ciudad; me contaron que habían llegado a tener un gallo que los despertaba al amanecer… Celebraban el cumpleaños del niño y nos reunieron a muchos amigos (después de mucho tiempo volví a encontrar a Angelines, a Cristina, a Placido… también los padres de Tina, a los que no veía desde que ella y yo estábamos en Salamanca); con ellos recordé que fuimos junto a una romería en el pueblo de la madre, Argusino, que ahora permanece bajo las aguas de un pantano.
Una mañana, Noelia y yo estuvimos husmeando en la “Casa del Libro” y luego me llevó a cami
... (quiero leerlo todo)Elena Pérez

Elena había aparecido en la oficina a última hora de una tarde de invierno, cuándo estábamos a punto de cerrar y la noche entraba a chorros por los cristales. Traía un libro de poesía en la mano y unas grandes e invisibles alas en la espalda; al principio, con los reflejos de los tubos de neón, no supe distinguir si de hada o de mariposa. Era lo primero y, al parecer, ella ni se había dado cuenta de que las llevaba.
Su nombre era de heroína de novela, de musa de guerreros, de protagonista de epopeyas… y ella, que sólo quería la paz, parecía dispuesta a desarmar todos los ejércitos con una caricia de su mirada.
Su apellido era de ratón misterioso y mágico, capaz de convertir el diente recién caído en una moneda resplandeciente o en un estuche de colores... pero te conformabas con el ungüento de sus palabras, o el bálsamo de su silencio, para curar la herida que la pérdida te hubiera producido.
Su apariencia era la de un hada de cuento, de las que convierten en niños a los muñecos de madera, de las que te conceden tres deseos… y tú sólo tenías uno: sólo querías quedarte con su sonrisa para siempre.
Mimó... Mónica Castro, para los amigos

Esta mañana, camino del trabajo, escuchaba una canción en la que el cantautor Lucho Roa añoraba su Chile natal: “bailar cueca, tomar chicha, ir a Matucana, pasear por la Quinta; ir a Santa Lucía contigo, mi bien…”
Y he recordado, una vez más, que fue allí donde me vi por primera vez con Mónica. He recordado, una vez más, aquella soleada mañana de un invierno austral no tan frío, en la que esperaba impaciente a la que por unas horas habría de ser mi guía en Santiago y, durante el resto de la vida, una entrañable amiga… aunque eso, entonces, no pudiéramos saberlo. Serían encuentros posteriores quienes lo propiciaran mediante largas horas de complicidad y conversación, nuevos viajes sobrevolando el Atlántico (de aquí para allá cuando regresé meses después; de allí para acá, cuando ella vino); cartas, llamadas telefónicas, regalos, fotos, confesiones, juegos, vagabundeo por los caminos de España (Toledo, Córdoba, La Coruña, Valencia, Albacete, Sevilla…), lágrimas, risas, malentendidos, disgustos y tantos momentos compartidos, algunas veces codo a codo y otras, las más, en la distancia.
Por todo ello, por la amistad fiel, el amor generoso, la nobleza de espíritu, su eterna paciencia; hace mucho tiempo que quería dedicarle a ella una pagina en el blog… Ya lo había adelantado de esta manera:
“Me enseñó las palabras chilenas que no conocía, a moverme por la ciudad, a sintonizar en la radio el “Chacarero Sentimental”… Me llevó al templo votivo de Maipú, donde unos soldados vestidos de época impiden que las parejas se besen, y también me hizo entrar a una capillita haciéndome creer que era la Catedral de la ciudad; yo le expliqué, tratando de no herir si orgullo patrio, que en Españ
... (quiero leerlo todo)Antes de que crezcan

En una de las más divertidas canciones de Les Luthiers en la que, además de la risa, ponen música a una programación de televisión, cuando anuncian la actuación de los “Niños Cantores del Tirol”, recomiendan: Veánlos, antes de que crezcan… Y ahora, cada vez que enredando en el ordenador me encuentro con la foto que preparé de Julie, David y Natalia para cuando hablase de ellos en este blog, me acuerdo de aquel consejo… porque los niños tienen eso, que crecen y dejan de serlo; así es que pudiera ser que esta foto, de uno de nuestros primeros viajes por España, ya no venga tan a cuento para ilustrar estas palabras.
La primera vez que Eliana me habló de los niños, Natalia apenas tenía cinco años de edad, David ya había cumplido los siete y Julie acababa de hacer los 13… Pronto habrán pasado seis años de aquello y cuatro de que viven con nosotros. No parece mucho, salvo que se enfoque de alguna manera determinada, que se diga, por ejemplo, que para Natalia ha sido la mitad de su vida… No parece mucho y, sin embargo, ¡cómo me han enriquecido la vida!
A la primera que conocí en persona fue a Julie Paola, que vino con su abuela y con Marta Patricia a recibirme al aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, la primera vez que viajé a Colombia, en el verano del 2002. Dos días después fuimos juntos hasta Mariquita y allí, jugando en el “corredor” nos esperaban sus hermanos… Apenas un año más tarde serían ellos los que llegaran al aeropuerto de Valencia, y yo quién los estuviera aguardando, con tantos nervios como ilusión, para emprender juntos esta aventura de compartir el día a día, de verlos crecer, madurar, transformarse… aprender (o reaprender), a mirar lo que nos rodea con una mirada de asombro (“¿El mundo era en blanco y negro cuando tú eras pequeño?”, me preguntaba un día Natalia), ávida de saber (“¿Dónde está el Peñ
... (quiero leerlo todo)Carolina... o la princesa Luchima

La primera vez que vi a Carolina ella estaba a miles de kilómetros de distancia. Yo, por mi parte, en un pueblo mezquino de Toledo, cuyo nombre es preferible ignorar; sentado al borde de una cama en la que no había dormido, esperaba a que Nana, en la fría cocina del destartalado piso, acabara de hacer las primeras arepas que comí en mi vida; hacíamos tiempo para que se levantara la niebla de un precioso día otoñal y pudiéramos salir a la carretera para hacer nuestro primer viaje juntos… Entonces la vi ante mí; era diminuta, como un hada oriental, y miraba fijamente, con una sonrisa que no se apreciaba en sus labios (tan sólo en sus ojos), mientras empuñaba (en vez de la varita mágica), un arma de gran calibre. “Es mi prima Carolina”, me explicó Eliana, al verme tan absorto ante la foto. “¿Es guerrillera?”, le pregunté yo, como si todo colombiano de uniforme tuviera que serlo. “No, es periodista… pero hizo un curso de información militar o algo así”
Durante meses, en muchas ocasiones, volví a contemplar aquella imagen que me fascinaba sin atinar a saber por qué… tal vez fuera por el contraste de su aparente debilidad con la metralleta que lucía, tal vez por el atractivo encanto de sus rasgos orientales, tal vez porque un sexto sentido me hacía intuir que, cuando yo llegara a Colombia por primera vez, sería ella quien estuviera esperándome para ser mi guía, mi orientadora, mi incansable lazarillo… Ella me habló de autores colombianos de los que yo nunca había leído, de películas cuya existencia ignoraba y de leyendas que todavía me inquietan, como la de la princesa Luchima, con quien siempre la identifiqué.(quiero leerlo todo)
Gente de paso (06.12.2006)

Algunos de vosotros sabréis que Ibáñez llegó a Casas Ibáñez por carretera. Lo conté en el número ciento setenta y dos del periódico de allí, en octubre del año dos mil dos. Ibáñez había visto por primera vez el nombre del pueblo en un libro que enseñaba geografía a quienes se preparaban para trabajar en los ferrocarriles y, aunque por el nuestro nunca llegó a pasar el tren (por más que lo soñáramos), lo que tenían que aprender en él los futuros factores, revisores, maquinistas o jefes de estación eran las cabezas de los partidos judiciales… Ibáñez, que decía vivir en Burgos cuando era niño, se extrañaba de que un pueblo se llamara como él y de que siendo sólo “casas” apareciera en la lección junto a otros de la importancia de Sigüenza, Ocaña, Alcázar de San Juan, Talaver de la Reína, Tomelloso o Puertollano, por citar sólo algunos de nuestra región. Aquel asombro infantil le hizo viajar, una vez jubilado, para pasar aquí un tiempo, viviendo de hotel y contando en el periódico las cosas que veía y le pasaban…
De algo escrito en el párrafo anterior es fácil desprender que nunca llegó nadie a nuestro pueblo por tren; nadie se apeó en una estación que, cerca de la Virgen de la Cabeza, estuviera rotulada con el nombre de “Casas Ibáñez” y desde la que, andando por un camino bordeado de acacias, o a bordo de un taxi en cuya puerta estuviera pintado el monolito dorado que recuerda la batalla de Serradiel, pudiera llegar al centro en busca de posada… Sin embargo, el “hombre blanco” vino en helicóptero. Representaba una marca de detergentes que todavía existe e, impoluto, con traje, sombrero y zapatos albos, se dejaba caer en cualquier pueblo de España
... (quiero leerlo todo)Cien colombianos... y más

“Cuando yo me muera, me abrirán el corazón… y lo tendré lleno de nombres”
La frase es de Monseñor Pedro Casaldáliga y me la cita la hermana Libia Morales, en su contestación a la carta que escribí para toda la gente de Colombia a la que quiero… Para los que vi, por el tiempo y las atenciones que me dedicaron; pero también para aquellos con quienes no tuve ocasión de encontrarme, porque estando cerca aún se me hizo más grande su ausencia.
Ya anuncié que hablaría de todos ellos en el blog y, bajo una foto tomada a la entrada de la Catedral de Sal de Zipaquirá, fui mencionando a todos los que recordaba. Supongo que, a lo largo del tiempo, unos y otros irán apareciendo por aquí pero, mientras llega el momento, hoy os dejo sus nombres y las fotos de algunos de ellos, de algunas de las personas a las que dirigí esa carta con la que quise darle las gracias a Iván y Alba Lucía, porque fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado y porque, además, no me abandonaron en ningún momento y siempre estuvieron dispuesto
... (quiero leerlo todo)Noelia

-- Siempre creí –confesó Noelia, levantando la vista del libro al llegar a este punto--, que en este lugar aparecería contando el cuento de “Los siete cabritillos y el lobo”.
Y lleva razón al creerlo, fue así como la vi por primera vez y hubiera sido lo más obvio... Pero lo cierto es que, cuando llegó el momento de presentarla, sentí la necesidad de no seguir los caminos trillados que habría aprovechado para introducir a otros personajes: Ni el inesperado primer encuentro, ni una evocación del idílico Valle del Cabriel, contemplado entre los pinos desde la balsa de Cilanco; ni una cena vegetariana en el bohemio barrio del Carmen, ni la populosa inauguración de una librería o una entrega de premios en la que, seductora, se convertía en protagonista…
-- Si sigues descartando momentos compartidos, no te quedará ninguno con el que darme entrada en la historia…
Volvía a llevar razón, pero también podían considerarse los proyectos esbozados, las vivencias imaginadas, las ensoñaciones…
-- ¿Cómo la invitación a guiarte durante la escritura de un relato?
-- Como aquel juego –asentí--, o c
... (quiero leerlo todo)Eliana

La segunda vez que me casé con Eliana tuve la impresión de encontrarme dentro de una film. No era ésa la primera ocasión en que me ocurría (ni lo de la boda con ella ni lo de pensar “esto es como una película”). Supongo que, para el empezar, ya el hecho de casarse dos veces con la misma mujer pertenece más al mundo del cine que al de la vida cotidiana… En cuanto a lo otro, recuerdo en especial dos momentos en los que tuve esa sensación, uno charlando con Agustín en la terraza del ático viejo (creo que es la última vez que nos vimos, desde entonces no he vuelto a saber de él), y el otro paseando por el puerto de Vicedo, también de noche, ya de madrugada, con Natacha y Eugenio; había gente pescando a la luz de la luna y se acompañaban con la música de los coches, que escuchaban con tanta suavidad como nos acariciaba la brisa del mar… no sólo pensé que era una secuencia de película, además me pareció que debía ser de Fellini.
Pero no es el momento de hablar de cine, ni de Agustín, ni de Natacha, ni de Eugenio… aunque, antes o después, todos habrán de tener su hueco en estas páginas. Éste es el espacio para presentar a Eliana, la mujer con quien comparto mi vida desde hace casi cinco años, prácticamente desde el mismo día en que nos conocimos… algo que también es más propio de los argumentos del cine que de las historias de la vida real.
La primera vez que nos casamos llevábamos viviendo juntos más de un año y tuvimos que vencer la oposición del fiscal de turno, de pasando por la humillación de que un policía sucio y tripudo dictaminara si estábamos lo suficientemente enamorados como para poder hacerlo… Y esto, por lamentable y escandaloso que resulte, es tan habitual en nuestro país, que
... (quiero leerlo todo)La Tetería Luna

Aún llego a tiempo, antes de que mañana cierre sus puertas por última vez, de hablar de este rincón como de uno de los lugares donde más a gusto me encuentro... ¡Cómo voy a lamentar no haberlo disfrutado más! ¡Cuántas veces me propuse adquirir la costumbre de ir cada tarde, a primera hora, antes de que se llenara de gente, a sentarme ante esa mesa a la que llegaba el último rayo de sol, para escribir historias que ya nunca nacerán!
¿Cómo serán los cumpleaños de Mari Sol o míos, sin la Tetería? ¿Dónde nos encontraremos, a partir de ahora, quienes allí acudíamos con la certeza (tal vez sólo la ilusión), de que alguien se alegraría con nuestra llegada? ¿Dónde ubicar el rostro amable de quienes la frecuentaban, empezando por Pepa y Beatriz, que la inventaron, siguiendo por quienes allí trabajaron, como Nandy o Sonia (que también nos contaba cuentos), y acabando con los clientes, desde los conocidos: Mari Sol, el otro Ramón (aunque él piense que el otro soy yo), Juani, Amparo, Raúl y el otro Raúl, varias Anas, Luismi, Bea y un largo etcétera en el que no deberían faltar otros hombres y mujeres con quienes no hablaba pero a quienes miraba con curiosidad (como a Luis, siempre acodado en la barra, como cualquiera de los personajes de "Cheers", aquella serie que tanto me gustaba) o con "ojos golosos", como a Pilar (según la gráfica descripción que dio Beatriz a mi mirada)?
En fin, creo que la mejor manera de rendir homenaje a La Tetería, va a ser transcribir aquí el texto que le envié a Pepa cuando mi cincuenta cumpleaños:
Aún no olía a hierbabuena ni a menta, a regaliz ni a canela; aún no se escuchaba la risa fresca de Pepa ni su mirada acariciaba desde el interior pues, a través de los polvorientos cristales, sólo se veían algunos trastos cubiertos de telarañas y un único rayo de luz que iluminaba una baldosa del suelo de barro cocido. “Algún día –pensaba yo--, aquí estará mi librería. Sobre las paredes blancas, en anaqueles de colores, descansará
... (quiero leerlo todo)