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Ramón de Aguilar

LO QUE LEO Y LO QUE VEO

Pleamares de la vida

Pleamares de la vida

Después de mucho tiempo, volví a leerme una novela de Agatha Christie. Fue un día en el que estuve enfermo… Bueno, han pasado ya dos o tres semanas de aquello y tampoco fue tanto (lo de la enfermedad): congestión nasal, dolor de cabeza y de garganta, unas décimas de fiebre… me tuve que quedar una mañana en casa, más que nada porque el malestar me había hecho pasar una mala noche… Cuando me espabilé, y con la intención de seguir todo el día en cama, me cogí una novela de esta autora inglesa, dispuesto a leérmela de un tirón, como cuando tenía quince o dieciséis años y me pasaba toda una tarde de verano (a esa edad la siesta era un suplicio), enfrascado en los casos que tan ingeniosamente resolvía Hércules Poirot… Desde entonces no había sido capaz de aguantar otro de estos relatos hasta el final, ni siquiera de releer Diez negritos, que siempre había considerado como el mejor. ¿Por qué volver a intentarlo? Supongo que por el recuerdo que me quedó de aquella época… o de cuando, siendo más pequeño, leía en la cama los tebeos de Tintín (siempre pensé que “Milú” era el perro ideal y quise tener uno igual… luego, cuando pude haberlo conseguido, supe que los de esa raza son malhumorados y poco cariñosos); y sobre todo porque una vez, estando Chima enferma en Ayora, mientras velaba su sueño, leí por primera vez a Isaac Bashevis Singer, al que ya mencioné en estas páginas. Desde entonces parece que asocio el tener que guardar cama con lecturas placenteras.

            Pues resulta que ésta, Pleamares de la vida (la novela que escogí así al azar), no sólo se dejó leer hasta el final sino que incluso me gustó y, pese a que mientras pasaba sus páginas, no podía dejar de ser crítico con la estructura argumental, el abuso de los tópicos y hasta los prejuicios que la autora deja traslucir, también me sorprendían el retrato psicológico de algunos de los personajes y la dosificación de la intriga (que no siempre resulta tan acertada en las novelas policíacas)…

            Claro que yo no escribo aquí para hacer crítica literaria, ni voy a recomendarle a nadie que se enfrasque en la lectura de Pleamares de la vida (aunque sí en las aventuras de Tintín o en los realatos de Isaac B. Singer)… Si cuento todo esto es para narrar al hilo otras cosas, como lo de que estuve enfermo (o que ahora lo está Natalia), como que la primera vez que vi una novela de la Biblioteca Oro (la colección a la que pertenece la edición con la que ilustro estas letras), fue en casa de mi tíos José María y Carmina y, aunque yo era muy niño (tal vez aún no había nacido su hijo Pablo, a cuyo blog Cuentos de burdel tenéis un enlace permanente aquí al lado), me quedé fascinado con aquellos colores de la portada, con aquellos dibujos que (como los cuadros que anunciaban la película del domingo en el cine Rex), ya nos estaban adelantando la historia que encerraban aquellas páginas que olían a buhardilla, a trastienda, a mesa camilla… tanto me impresionó que todavía las recuerdo y, de hecho, aunque no son cómodas para leer, siempre he buscado sus ejemplares por rastros y librerías de viejo.

            Sin embargo yo seguí estas intrigas en una edición posterior (y este es ya otro recuerdo), aunque también de la editorial Molino, que es en las que llegaron a Casas Ibáñez, cuando se abrió la biblioteca… En alguna ocasión tendré que contar aquel primer día (aquella primera tarde), en la que se abrió al público y éste se apelotonó en la puerta: la gente hacía cola, se empujaba y hasta se peleaba por entrar a leer; aunque ese furor sólo debió de durar dos o tres días, salvo para algunos (como Ramona, madre de Noelia, o yo), para quienes allí nació la afición a la lectura. La semana pasada volví a ella (aunque ahora está ubicada en otro lugar y poco tiene que ver con la de entonces, cuyo carné, con el número 74, he conservado hasta hace poco); la razón del regreso fue que en una de sus salas se presentó el libro que recoge el relato ganador del último premio Antonio Machado (Rumbo al presente de Juan Lorenzo Collado Gómez), junto a uno mío, al que el Jurado hizo una mención: Cuando llegué a Chillán, que ya os presenté en los primeros días del blog… Así es que, si a alguno de vosotros le apetece seguir leyendo (y no tiene a mano Pleamares de la vida u otra novela de Agatha Christie), sólo tiene que pinchar aquí para ir al relato o, si lo prefiere impreso sobre papel, pues como decía el otro día: que me lo pida y, gustosamente, le mando un ejemplar.

Miguel Ángel Carcelén

Miguel Ángel Carcelén

Se supone que soy yo quien , en las virtuales páginas de este cuaderno, os presento a la gente que quiero... Se supone que soy yo el que escribe y, a lo sumo, os dejo leer algo de lo que me emociona.

Hoy sin embargo, para daros a conocer a Miguel Ángel Carcelén (que ya ha sido mencionado otras veces y que, como muchos sabéis, antes fue un escritor al que edité y ahora es un editor que me publica), voy a recurrir a las palabras de otro, a lo que sobre él escribió en su blog, David Melar (DaviDelsur)...

 

"De la casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía salen de viaje las palabras. A ella llegan sólo como letras, por las escaleras hasta el tercer piso, pero allí las une como el aire a las corcheas, la única posible argamasa de las arquitecturas etéreas: la voz solidaridad. Antes de seguir hablando como si hiciese castillos en el aire, tengo que decir que Miguel Ángel es el director de Publicaciones Acumán, la única editorial solidaria del mundo. Una editorial que recibe un manuscrito, lo valora. Si es publicable paga la edición, lo vende. Envía el importe íntegro de la venta del libro, al proyecto de la ONG con la que se ha comprometido ese año, lo cimienta. De un tercer piso de una calle de Toledo donde nadie lo diría, hay muchas cosas que decir: allí llegan las letras que quieren hacerse palabras, y se hacen sinfonía.

 

"Un 3º A cuyas ventanas dan a un Tercer Mundo. En casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía, hay ladrillos para Mozambique en el salón; hay semillas y fertilizantes para Nigeria en la cocina; hay lápices y páginas para los niños de Colombia en la mesa de su habitación; hay microcréditos para campesinos paraguayos en el cajón de la mesilla; hay cajas de medicinas para los centros de Malawi, que están en el pasillo, como si fuesen las paredes de su casa periferias de salud para todo el mundo. El mundo es un pañuelo en la estantería de Miguel Ángel.

 

"Las conversaciones de la casa de Miguel Ángel Carcelén Gandía llegan a los sitios donde menos palabras llegan; ven; y vencen.

 

"Porque Miguel Ángel no vive escribiendo, sino que escribe viviendo. Ver lo que hace con tus propios ojos, es leer la vida a la cara, sin traducción. Yo tengo la suerte de tener el único ejemplar del libro en que lo cuenta, porque soy su amigo y, como con los libros de los que echo mano cuando necesito saber algo, sé que puedo contar con él si alguna vez le necesito. Porque él es así.

 

"Él destina el importe íntegro de todos los premios literarios que gana, a proyectos en el Tercer Mundo. Gana varios concursos todos los años. Ha ganado más de 200 en toda su vida (la máquina de la verdad: podéis buscar en Google si no lo creéis). Miguel Ángel, del mismo modo que se viste de payaso (pero se viste sin disfraces seudónimos) para arrancar una sonrisa de la cara de algún niño enfermo, se viste de papel: del papel de regalo con que envuelve los paquetes de material que envía a miles de kilómetros. En realidad, son los miles de kilómetros quienes lo envuelven a él, porque él es el regalo. Ya digo que Miguel Ángel no vive escribiendo: escribe viviendo. Él nunca escribe/vive para él: siempre está escribiendo las obras completas de la vida de quienes más lo necesitan.

 

"Dulce Chacón dijo de ti, Miguel Ángel: “su prosa conmueve”; Almudena Grandes: “sus argumentos enganchan de principio a fin”; Alfonso Ruiz de Aguirre: “su literatura es esencialmente comprometida”.

 

"Yo digo que tu prosa, tus argumentos y tu literatura, son tú. Tú eres quien de verdad conmueve, quien engancha de principio a fin y quien tiene la esencia del compromiso en la profundidad del corazón".

 

...

 

"Por la sencillez que muestras con todos los que tenemos la suerte de conocerte y tratar contigo: solamente gracias, Miguel Ángel.

 

"Por la humildad que tienes, la humildad que gastas sin gastar: gracias por nada, Miguel Ángel. Con el nada quiero decir que no te doy las gracias por algo en particular. Que, como al prisma que digiere todos los colores en un blanco único, quiero decirte gracias sólo porque sí. Porque, como en el prisma, en ti entran todas las letras del mundo, y salen comprimidas en una sola palabra, la palabra absoluta: solidaridad.

 

"Gracias por inventarte eso que en ningún sitio conocen: una editorial solidaria. GRACIAS POR ACUMÁN."

 

    Os aseguro que yo podría firmar perfectamente lo que acabáis de leer... Pero no hubiera sido capaz de escribirlo así de bien.

El porvenir de mi pasado (Mario Benedetti)

El porvenir de mi pasado (Mario Benedetti)

 

 

Son muchos los textos que podría elegir para ilustrar mi afición a leer a este entrañable hombrecillo uruguayo. Muchas las veces que he releído sus Poemas de la Oficina y sus Poemas del hoy por hoy; muchos los relatos suyos que me han hecho sonreír o llorar… Hasta he presumido, alguna vez, de que juntos aparecíamos en la antología Algo de Cada Uno, aunque el mérito no fuera mío ni, el compartir las páginas de un libro, aumentara el valor literario de mi cuento Sin Bruno ni Cecilia que, por cierto, también aparece en libro recién presentado: Historias de gente sin historia.

Muchos, pues, los textos que podían estar aquí… Pero me he inclinado por uno, cuyo título me parece un hallazgo y que, además, llegó a mis manos en el momento más oportuno, el día en el que celebraba mi cincuenta cumpleaños. El escrito, muy breve, pertenece a un libro que lleva el mismo nombre:

 

 

 

 

 

El porvenir de mi pasado... 

     Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos. O tal vez una primavera que avanzaba a destiempo. O un suplicante desde el Más Acá. Ateo de aburridos sermones y supuestos martirios.Eso fui y muchas cosas más. Un niño que se prometía amaneceres con torres de sol. Y aunque el cielo viniera encapotado, seguía mirando hacia delante, hacia después, a renglón seguido. Eso fui, ya menos niño, esperando
la cita reveladora, el parto de las nuevas imágenes, las flechas que transcurren y se pierden, más bien se borran en lo que vendrá. Luego la adolescencia convulsiva, burbuja de esperanzas, hiedra trepadora que quisiera alcanzar la cresta y aún no puede, viento que nos lleva desnudos desde el suelo y quién sabe hasta (y hacia) dónde.
Eso fui. Trabajé como una mula, pero solamente allí, en eso que era presente y desapareció como un despegue, convirtiéndose mágicamente en huella. Aprendí definitivamente los colores, me adueñé del insomnio, lo llené
de memoria y puse amor en cada parpadeo. Eso fui en los umbrales del futuro, inventándolo todo, lustrando los deseos, creyendo que servían, y claro que servían, y me puse a soñar lo que se sueña cuando el olor a lluvia nos limpia la conciencia. Eso fui, castigado y sin clemencia, laureado y sin excusas, de peor a mejor y viceversa. Desierto sin oasis. Albufera.
Y pensar que todo estaba allí, lo que vendría, lo que se negaba a concurrir, los angustiosos lapsos de la espera, el desengaño en cuotas, la alegría ficticia, el regocijo a prueba, lo que iba a ser verdad, la riqueza virtual de mi pretérito.Resumiendo: el porvenir de mi pasado tiene mucho a gozar, a sufrir, a corregir, a mejorar, a olvidar, a descifrar, y sobre todo a guardarlo en el alma como reducto de última confianza.