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Ramón de Aguilar

Placi y Sonín: La novela que no escribí

Placi y Sonín: La novela que no escribí

Fui a ver el estreno de Fanny y Alexander al cine Azul. Me impresionó tanto que aún volví a verla un par de veces antes de que la quitaran de la cartelera. No lo sabía, pero podía intuir que cuando casi treinta años después la citara en mi blog, la de Bergman seguiría siendo mi película preferida.

Al último pasa fui con Placi y con Sonín. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que las vi que podría decir que eso es lo único que recuerdo de ellas: que estuvieron sentadas a mi lado en la butaca de un cine que, como tantos otros, ya ha desaparecido… Pero sería mentira. Recuerdo muchos otros momentos y a veces, muy de tarde en tarde, me las encuentro en viejas fotografías. Hoy, además, he hallado el inicio de una novela que iba a escribir sobre ellas. Un folio, un solo folio (eso sí, no DIN A4, sino de los de verdad, y manuscrito por las dos caras; aunque la segunda sin acabar. En eso se quedó el intento). Me hubiera gustado contaros cómo imaginé la historia, cómo pensaba narrarla, cómo fui a una papelería que tenía salida a dos calles y, para no quedarme corto, compré un par de paquetes de folios, porque quinientos me parecían pocos… Pero sería igual de mentira que reducir su recuerdo a una presencia cercana en la oscuridad de un cine. No sé qué pretendía contar con aquella novela a la que apenas le dediqué unos minutos y no tuve que comprar folios (la anécdota de los dos paquetes pertenece a un personaje de otra novela de la que ni siquiera he escrito una hoja).

Ya he dicho que el cine Azul desapareció (parece que devorado por un hotel que tenía al lado), pero no sé qué habrá sido de Placi y de Sonín. Fanny y Alexander (también lo he dicho ya), sigue siendo mi película preferida, y hoy, haciendo limpieza en los cajones de la mente y en los del escritorio, he encontrado el inicio de la novela que nunca llegué a escribir. Os lo dejo todo aquí en el blog: el recuerdo del cine que apagó su pantalla para siempre, el de una película que no me canso de ver, el de una novela que no escribí, el de Placi y de Sonín:

 

Si algo recordaré siempre de aquella casa, será la pequeña estampa del Sagrado Corazón de Jesús colocada en la pared, entre los pósteres más dispares y algunas de sus fotos.

Recordaré siempre la voz de Placi, dictando de un grueso tomo de medicina, los párrafos salteados que Sonín mecanografiaba: Placi le apuntaba cada tilde y Sonín reía. La misma cinta de siempre en el casete, a la que yo acababa de dar la vuelta, y Noé, el perro de trapo, con las orejas caídas y mirándome fijamente.

El día, la semana, el mes y el año estaban acabando. Esa misma mañana había vuelto a llover y, después de tantos años, ese diciembre que moría tenía todo el sabor de los antiguos inviernos, de esos que siempre se recuerdan ligados a la infancia, con las calles llenas de charcos, las ropas húmedas y el humo con olor a leña saliendo de las chimeneas. Se me antoja, después de todo lo que ha ocurrido, que si en aquel momento nos hubiéramos parado a pensar en todas estas cosas, hubiéramos creído, simplemente, que un año se estaba acabando y que la Navidad, una vez más, se acercaba para poner punto final a otra etapa.

Se me antoja también que, seguramente, cualquier sueño o ilusión, cualquier propósito o esperanza los hubiéramos dejado para el año siguiente, porque poco podía caber ya en los días que le quedaban al que vivíamos… Nadie hubiera podido imaginar todo lo que aún había de ocurrir antes de que sonasen las doce de la noche del treinta y uno de diciembre, ni de qué modo nuestras vidas se verían sacudidas por los acontecimientos que nos habrían de marcar para siempre.

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1 comentario

Puri Novella -

¿Y nos dejas así? ¿Con esta incertidumbre? es un principio ideal y novelesco ¿no te entran ganas de continuar?... sigo pensando que este ritmo tuyo de cuaderno de bitácora es perfecto.
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