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Ramón de Aguilar

Próximamente

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He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer…

            He abandonado lo que estaba haciendo, para escribirte en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había visto en sueños…

            He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los  tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia...

            Te escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado.

            La otra mañana, el día que se casó Mercedes, me ocurrió algo parecido… Pero era el amanecer y yo, como ahora que se pone, estaba de espaldas al sol que salía. Al abrir la ventana y dejar vagar la mirada por entre las sombras que se desvanecían, llegó hasta mí el aroma del pan recién cocido, que subía desde la panadería que está debajo de casa.

            Ahora maúlla un gato, está más oscuro y el aire viene frío. Alguien llama al timbre, pero a mí me da pereza levantarme. Suena el teléfono, pero no me apetece cogerlo. Prefiero seguir pensando en el pan, en las panaderías que calentaban el horno quemando leña de pino y tan bueno era el olor de las leña amontonada a la entrada como el de las hogazas recién sacadas del horno, cuando todavía era de noche… Prefiero seguir mirando hacia un horizonte cada vez más difuminado, a las pequeñas ventanas que se van encendiendo en los edificios de enfrente, dando testimonio de que entre sus paredes hay vida: niños que hacen los deberes del primer día de clase, hombres y mujeres que se disponen a preparar la cena, que esperan una llamada de teléfono o a que comience el programa de televisión que les hará olvidar sus penas por un momento… quizás alguien lea un libro o escriba una carta o escuche la radio con la luz apagada.

           

            Han pasado dos días desde que escribí el párrafo anterior. La inspiración se ha esfumado y no puedo seguir con el mismo tono… Hay temas que se quedan en el tintero para la próxima vez: la citada boda de Mercedes, el nacimiento de Pedrito (como aún no tengo ninguna foto de él, había pensado ilustrar la noticia con una de Tina, su madre, de cuando era pequeña, muy pequeña); el comienzo del curso para los niños; que Natalia quedó la primera en las pruebas de acceso para el conservatorio (pronto tendremos una clarinetista en casa… aunque ella se molesta cuando le digo que algún día podrá tocar junto a Woody Allen).

            Las ideas corren más veloces por la mente que mis dedos sobre el teclado del ordenador. 

 

 

            “Cuando éramos pequeños, en el pueblo, había cine casi todos los días. Los lunes, miércoles y viernes, en sesión de noche; y el sábado y domingo, por la tarde y después de cenar. Eran películas para adultos, incluso algunas (como La mujer marcada), de las calificadas por la iglesia como 3R… Tarde años en saber que existían incluso las que habían obtenido un 4, pues ésas, como eran moralmente peligrosas para todos, no llegaron nunca a Casas Ibáñez.

            Pero lo importante, para quiénes éramos niños, era la sesión que para nosotros se hacía cada domingo por la tarde: pocas películas infantiles, pero todas toleradas; la mayoría, todavía en blanco y negro (como la vida), aunque la tendencia se fue invirtiendo con el paso de los años y acabando siendo todas en color (como los sueños). El lejano oeste americano, las enmarañadas selvas africanas, las profundidades marinas, los dibujos animados, los enredos de los cantantes de la época, los niños prodigio, los valientes espadachines, el más difícil todavía del mundo del circo, las vidas de los santos… y un largo etcétera que empezaba a alimentar nuestros sueños desde el lunes anterior, cuando a través de los cristales del ambigú se mostraban a la calle los “cuadros”, ocho o diez fotogramas que incitaban a adivinar qué iba a ocurrir en la película, del mismo modo que los traílers que se proyectaban o los carteles que las anunciaban y que, desde mucho antes, ya estaba colocado en alguna de las paredes del cine, casi siempre con la leyenda de “PRÓXIMAMENTE”.

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