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Ramón de Aguilar

El “taller literario” de Aristóteles

El “taller literario” de Aristóteles

            En cualquier taller literario al que uno se inscribiera en su afán de aprender a escribir con ingenio, gracia y estilo, se podrían encontrar propuestas y consejos del tipo de “la tarea del escritor es describir no lo que ha acontecido, sino lo que podría haber ocurrido”,  “los peores relatos son aquéllos en que los acontecimientos ocurren sin necesidad”, “las acciones deben surgir de la estructura del argumento, de manera que resulten ser la consecuencia, necesaria o probable, de lo que ya había ocurrido”, “no es lo mismo que un hecho ocurra después de algo o causa de ese algo”, “recursos como las metáforas son lo único que un autor no puede tomar de otro y, por lo tanto, una señal de su talento”... En realidad todas estas ideas, aunque ligeramente adaptadas al lenguaje de hoy, están sacadas de la Poética de Aristóteles, autor al que siempre había creído muy lejano; como si sólo a través de su influjo en el pensamiento medieval y renacentista hubiera podido llegar hasta nuestros días como uno de los pilares básicos de la civilización occidental. ¡Qué osada es la ignorancia! Uno es capaz de hacerse ideas sobre alguien o sobre algo (Aristóteles o su obra, en este caso), tan sólo por lo que medio ha entendido de lo que le han explicado o lo que, fragmentado, ha leído en algún texto del bachillerato. Así no es de extrañar que cuando se enfrasque en la lectura de una obra suya (la Poética en esta ocasión), se sorprenda y maraville al encontrarse con un texto asequible, ameno y muy actual (¡pero escrito hace 2.300 años!). Y todo eso pese a que uno, como no tiene ni idea de griego, lo lea traducido, y pese a que ésta no sea una obra que Aristóteles escribiera para ser leída sino (como ocurre con otros textos suyos que han llegado hasta nosotros), como una colección de apuntes y guiones para impartir clase y de los que, por cierto, se ha perdido una segunda parte, dedicada a la comedia (su búsqueda interviene en el argumento de El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco que Jean-Jacques Annaud llevó al cine).

            Así, cuando hoy en día tanto proliferan los talleres literarios, que te enseñan a escribir una buena novela en cuatro semanas o un estupendo poema en un “plis-plas” (aunque tu sensibilidad poética sea tan exigua como la conciencia social del gobierno de Zapatero), no está de más recordar algunos de los consejos que daba Aristóteles y que tan útiles pueden sernos a quienes queremos aprender a escribir o, simplemente, disfrutar más de la lectura. Por ejemplo, aunque no parece que Aristóteles tenga intención de teorizar sobre crítica literaria (concepto que no existía en su época), si que nos deja claramente establecidos cuáles son los criterios que dan validez a una obra: La verosimilitud del argumento (que lo que se cuenta en ella sea creíble o necesario); la preponderancia de la causalidad sobre la casualidad (que los acontecimientos tengan un fundamento y no sean fruto del azar); la importancia de la sorpresa (lo inesperado intensifica los sentimientos, como el miedo o la piedad). Es, precisamente, el de la verosimilitud uno de los temas en que más hincapié hace Aristóteles en su Poética. Lo subrayo por tanto empeño como siempre he puesto en que verosímil parezca lo que escribo (y no quiero decir con ello que lo consiga); del mismo modo que siempre lo he exigido en lo que leo en los libros o veo en el cine o la televisión.

            Hay otros muchos temas de los que trata el autor: el lenguaje, la prosa y el verso, el carácter de los personajes, la unidad de acción… Muchos ejemplos (… usando una palabra rara en lugar de la normal y acostumbrada y así un verso parece hermoso y el otro vulgar. Esquilo escribió: “La úlcera que come las carnes de mi pie”. Y Eurípides, en vez de “come” puso “devora”. Y lo mismo, si alguien dijera, sustituyéndolas, las palabras normales: “me puso un viejo banco y una pequeña mesa” en vez de “me puso un viejo asiento y una diminuta mesa”)… También, claro, hay algunos puntos de la Poética de los que podría discrepar un autor de hoy, pero que no dejan de ofrecernos motivo para la meditación: “Existen tres formas de fábulas que deben evitarse: Un hombre excelente no debe aparecer pasando de la felicidad a la desdicha o un hombre malo de la desdicha a la felicidad… Tampoco debe un hombre malo en extremo deslizarse de la felicidad a la miseria”. Aristóteles no lo dice por decir y da sus razones, que yo os invito a leer en el Capítulo XIII de la obra. Podrá no estarse de acuerdo, pero merece la pena saber el porqué de estas conclusiones a las que ha llegado el filósofo.

            Me hubiera gustado terminar con un texto muy ilustrativo que me ha aparecido entre los apuntes que he ido guardando para redactar esta entrada al blog. Desgraciadamente no tengo la referencia del autor ni recuerdo de dónde lo saqué, por lo que no estaría bien que, sin citar la fuente, os transcribiera el siguiente párrafo:

            “… En 1994 veíamos en Tierra de Penumbra como Anthony Hopkins, en el papel de C.S. Lewis, explicaba la cuestión ante un grupo de alumnos. Si vemos que en primera fila hay un alumno que dormita, y que el llamar su atención se va de la sala, caben dos actitudes: nosotros nos preguntamos automáticamente “¿por qué?”; pero la pregunta del griego, dice Lewis, no hubiera sido ésa sino “¿Qué hará ahora ese chico?” Nosotros nos preguntamos por los motivos y las razones psicológicas; Aristóteles hubiera preferido escuchar la continuación de la historia.”

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