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Ramón de Aguilar

El día en el que Noelia llegó a Valencia

El día en el que Noelia llegó a Valencia

            Noelia llegó a Valencia el mismo día en el que inauguraron una de sus más importantes y céntricas librerías: Varias plantas repletas de maravillas, más libros de los que cualquiera de nosotros podría leerse en toda su vida, y una coqueta cafetería en la que tomarse un carajillo de ron o beberse una cerveza, rodeado de poemas de Ana Rossetti, Francisca Gata o Ángel González, y viendo desde lo alto a la gente que entra con las manos vacías y sale con los ojos llenos de ilusión y una bolsa en la que carga algunas piezas del tesoro allí guardado: novelas de Luis Leante, Nick Homby o González Ledesma, dramas de Calderón, Buero Vallejo o Bertold Brech, comedias de Plauto, Woody Allen o Jardiel Poncela, poemarios de Keats, Gloria Fuertes o Salinas, obras clásicas de Quevedo, Dickens o Unamuno, relatos de Clarín, Félix Palma o Allan Poe...

            Quizá no fuese aquél, el de la inauguración, su primer día en la ciudad de la Plaza Redonda y la Malvarrosa; pero sí fue la primera vez que Noelia y yo nos vimos fuera del pueblo, lejos de Casas Ibáñez... Aunque lo de lejos sea algo relativo, puesto que Valencia siempre nos ha sido una ciudad cercana y necesaria, acogedora con tantos ibañeses a los que nos ha abierto la posibilidad de estudiar, trabajar, comprar o divertirnos... como aquella tarde, rodeados de libros y periodistas, picando de las bandejas en las que cabales camareros nos ofrecían copas de vino blanco y montaditos, y husmeando entre tanta literatura, esa que siempre nos había unido, desde que ella era bien niña; quizá desde antes, pues ya a su madre, Ramona, la había conocido en la biblioteca del pueblo, cuando Ana Pili era la bibliotecaria y, entonces sí, Ramona y yo niños.

            Quien ahora es bibliotecaria es Noelia, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía donde, como becaria, tiene un despacho con un gran ventanal asomado a la estación de Atocha, desde la que salen los trenes que vienen a nuestra tierra (aunque nunca lleguen a nuestro pueblo)…. Pero aquel día en el que una nueva librería abría sus puertas en Valencia, ella acababa de matricularse en la Universidad, en el primer curso de la diplomatura de Biblioteconomía y Documentación. Había terminado el bachillerato con matrícula de honor; aunque eso yo no lo sabía, nunca me lo había dicho... La verdad es que sólo la he oído presumir de los bolsos y cinturones que ella misma diseña y confecciona con tebeos de Mafalda o algún otro de los personajes que le gustan. Aquel día, aquella primera noche en Valencia, la ilusión que hacía brillar sus ojos no era  la de la estudiante ejemplar sino la de la muchacha que, apenas abandonada la adolescencia, quería beberse la vida: La ciudad y sus bares, los cines y teatros, los conciertos, las fiestas de barrio y de estudiantes, las zapaterías... y los libros, claro, los de la carrera y todos los demás.

            Ahora Noelia ha conseguido el tercero de los Premios Nacionales de Fin de Carrera de Educación Universitaria, como licenciada en Documentación… Quizás también hubiera podido ser premiada cuando acabó la diplomatura, y todo esto hubiéramos tenido que escribirlo hace dos años; pero en aquella ocasión no presentó su expediente. Lo que sí hizo fue seguir estudiando, sin olvidarse de vivir, y acabar la licenciatura con la nota media que le ha merecido el premio: 9,48... Y no soy yo el único que se siente orgullo de ello, pues si, a lo largo de estos años,  algo ha hecho Noelia mejor que estudiar, ha sido ser amiga de sus amigos, grupo en el que también se cuentan Amparo, Ramona y Antonio (no todo el mundo se da el lujo de tener como amigos a los padres y hermanos).

            Desde que la conozco, Noelia ha hecho teatro en Casas Ibáñez, ha contado cuentos en público, ha ganado premios de fotografía; ha colaborado con un programa de radio en Valencia; ha presentado las entregas de premios en el Certamen Emilio Murcia de Villatoya; ha escrito los únicos haikus que han conseguido llegarme al corazón… Ahora, que vive en Madrid, forma parte del Coro Gaudeamus y, además, está políticamente comprometida con la sociedad y con el desarrollo de su pueblo... Son detalles que, posiblemente, nunca mencionará en su currículo y que, sin embargo, nos muestran la auténtica dimensión de su personalidad; la que de verdad nos interesa a quienes apreciamos más los valores humanos que los títulos universitarios.

            Noelia estuvo hace dos veranos en Dublín y, aunque no encontró tiempo para leerse el “Ulises” de Joyce, no sólo mejoró su inglés sino que hizo buenos amigos y se dejó allí un pedacito del corazón; este último verano (becada como el anterior), viajó a Toronto y, aunque no encontró tiempo para escribirnos a los que nos quedamos aquí, no sólo mejoró su inglés y se tomó la foto que os muestro, sino que hizo buenos amigos y se dejó allí un pedacito del corazón… como le pasó en Valencia o en Villamalea, como le ocurriría en Madrid, si algún día tuviera que marcharse, para seguir creciendo... No me extrañaría que ocurriera; después de todo, el primer día que Noelia y yo nos vimos en Valencia y, junto con Eliana, fuimos a la inauguración de una nueva librería, cuando, pisando la alfombra roja que habían extendido ante su puerta, entramos a la fiesta y un camarero nos recibió con una bandeja de motaditos y copas de vino blanco, en realidad fue como si la ciudad le estuviera dando la bienvenida, como si el mundo estuviera celebrando su llegada.

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