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Ramón de Aguilar

Clásicas y sabrosas lentejas con arroz

Clásicas y sabrosas lentejas con arroz

Bueno, ya sé que los mangostanes de la imagen poco tienen que ver con el título de esta entrada… Pero vienen a cuento, como luego verá quien continúe leyendo.

            El caso es que he pasado toda una semana en Albacete, por razones de trabajo; pero con tiempo suficiente como para derrocharlo en algunas de las actividades que más me gustan, como andar lentamente y sin rumbo fijo por la ciudad, sentarme en un banco del parque para jugar a que soy un viejo que toma el sol y mira las ardillas, visitar la hemeroteca para husmear en las amarillentas páginas de los diarios de cuando era niño, volver a la última cafetería en la que estuve a solas con mi padre para volver a tomar el mismo café… y otras tareas sin afán.

            Fui al cine, claro, a los Candilejas que, pese a su sencillez y falta de ostentación, son todo un lujo para los amantes del cine; ya lo conté aquí mismo hace algún tiempo y, además, ya tienen ellos su propio blog (tan modesto como sus “minisalas”). No recuerdo cuáles fueron exactamente las últimas películas que vi allí, pero sí una iraní, de Hana Makhmalbaf, que me impresionó hasta el punto de que, desde hace casi dos meses, estoy tratando de encontrarle un hueco en estas páginas: “Buda explotó por vergüenza”; quizás todavía lo haga, me resultaría muy fácil, puesto que algún tiempo después encontré un artículo que me dejó el trabajo casi hecho; sólo tendría que escribir: “Como decia Carlos Boyero en “Babelia”… y transcribir su texto. Las dos que he visto esta semana merecen la pena: “Las chicas de la lencería”, suiza (dirigida por Bettina Oberli) y, ésta sí que os recomiendo que hagáis lo posible por verla, “La banda nos visita”, israelí (dirigida por Bikur Ha-Tizmoret).

            Visité las cinco librerías de la ciudad en las que suelo comprar (para no hacerles publicidad, sólo voy a citar el nombre de la de “Libros el Joven”, porque es de lance y siempre he sentido una especial predilección por los libros usados; y la “Librería Universitaria”, por lo importante que fue para mí y mis amigos cuando se llamaba “Librería del Maestro”, regentada por Carlos; y por el cariño con que su hija Yolanda, desde que se hizo cargo, trató a la editorial y ahora me trata a mí. No compré muchos esta vez: Sabiendo que iba a disponer de suficientes horas, me llevé bastante lectura y más de una tarde, mientras llovía, me la pasé entera leyendo cuentos de Jesús Martínez Rodríguez (“Helénicas”) y de Haruki Murakami (“Sauce ciego, mujer dormida”); de este autor también la novela “Sputnik, mi amor”; supongo que con decir esto ya no hace falta que lo recomiende expresamente, pero lo cierto es que, cuando hace unos días lo leí por primera vez (“Tokio blues”), escribí unos comentarios que no he llegado a colgar en el blog pero que pondré dentro de poco… Bueno, aún me quedó algún rato para leer a Wenceslao Fernández Flórez, porque es un autor del que nunca me canso (ahora le ha tocado el turno a la novela “Ha entrado un ladrón”), y para otro libro que merece un punto y aparte: “Ser feliz depende de ti”, de Ramón Sampayo.

            Mientras hacía el punto y aparte me he acordado de que una vez me hice el propósito de no hablar nunca mal, en este blog, de ningún libro… Además, no me cabría aquí todo lo que se me sugirió su lectura. Así es que voy a cambiar de tema: El martes por la tarde, en un supermercado, encontré “mangostinos” (así aprendí a llamar a los mangostanes en Mariquita, donde los conocí); aunque el precio era algo prohibitivo (19,95 €), no pude resistir la tentación de comprarme dos para esa noche… afortunadamente salieron buenos, como los que se ven en la imagen. El miércoles comí en casa de mi hermana; me sirvió las clásicas y sabrosas lentejas con arroz que dan título al artículo de hoy. Esa noche me vi con Gata (que también tiene ya su blog), y con Gonzalo, su marido. Estuvimos tomando vinos y tapas pero, sobre todo, hablando de literatura, de libros, de escritores amigos o conocidos, de premios literarios (unos serios y otros grotescos), de historias escritas o por escribir; Gata no sólo es original y escribe bien, sino que lo hace mucho y con constancia; y Gonzalo, por su parte, parece un manantial inagotable de anécdotas y argumentos.

            El jueves comí en Villatoya con mi madre. Me preparó las clásicas y sabrosas lentejas con arroz. Sólo por la noche, cuando habló con mi hermana, se enteró de que las dos me habían ofrecido lo mismo y me preguntó por qué no le había dicho nada. Le podía haber explicado que a los 53 años ya no se protesta por la comida, pero tenía una razón todavía mejor y se la di: “No importa. Lo más seguro es que mañana, cuando vaya a Requena, Eliana también las haya preparado”. No es que no cocinemos otra cosa, es que tengo comprobado que si alguna vez como fuera, sea lo que sea, al día siguiente en casa se sirve lo mismo en la mesa.

            Hoy viernes, por fin, después de una larga semana (el viernes pasado también estuve de viaje), casi a las cuatro de la tarde he regresado a casa. Eliana y los niños me estaban esperando con la mesa puesta… Y sí, después de mucho tiempo sin hacerlas, había preparado las clásicas y sabrosas lentejas con arroz.

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