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La rebelión de los personajes

Era sábado y trece. Mal día para los franceses, como se dice una y otra vez en El baterista del Plata, uno de mis relatos que, precisamente, se llamó Sábado y trece antes de ser publicado. Además era el día de San Antonio. Hay santos y fechas que no se pueden olvidar. A veces el motivo que los deja atados para siempre a nuestra memoria es bien nimio: Yo sólo tenía doce años cuando hice primero de bachillerato elemental, el primer curso que estos estudios pudieron seguirse de manera semioficial en mi pueblo; hasta entonces sólo podían cursarse con la ayuda de una academia sin nombre, que presentaba a sus alumnos en el Instituto de Requena. En el otoño de 1966 empezó a funcionar el que acabaría siendo el primer Instituto de Casas Ibáñez (pero que de momento sólo era un “colegio libre adoptado”), y los estudios pudieron hacerse allí de forma normal, sólo que quienes nos daban o negaban el aprobado no eran nuestros profesores, sino los catedráticos que venían a examinarnos desde el Instituto de Albacete. Todas las pruebas en un solo día. Aquel primer año fue el trece de junio… martes. Recuerdo que los más osados protestamos ante la directora por esa circunstancia, y ella nos acalló con una sola frase: “Sí, pero también es San Antonio”. Llevaba razón: era trece y martes, pero también era San Antonio. Parece que este santo, aparte de de tener buena mano para proporcionar pareja, también da notables y sobresalientes. Amador y yo, que íbamos al mismo curso, las aprobamos todas. Quizás por eso sigo recordando esta onomástica, aunque haya olvidado el nombre de aquella profesora que, además, nos daba clase de una deliciosa asignatura que ella misma había inventado y que no puntuaba para pasar de curso: “Observación de la Naturaleza”. Consistía en salir al campo y mirar, para luego escribir y dibujar en un cuaderno sobre lo que se había visto: una planta, un insecto, las nubes,
... (quiero leerlo todo)Huyendo (Un relato de Damián Trésel)

Algún día contaré como, cuando sólo tenía 19 años, se me brindó la oportunidad de escribir guiones y relatos para un cómic de terror (“SOS”, de la Editorial Valenciana). Como lo que yo quería era ser un buen escritor (de esos que, cuando se mueren, aparecen en los libros de texto), no quise que se publicaran con mi nombre, sino que me busqué un pseudónimo. Más de una vez me he arrepentido. No porque lo que escribí fuese tan bueno, sino porque, al fin y al cabo, obra mía era… También es verdad que más interesante que cualquiera de aquellos cuentos de terror (los guiones prefiero ni nombrarlos), sería el relato de cómo los pergeñé, de cómo llegaron a publicarse, de cómo empleé las pesetas que por ellos me pagaron y toda la gente que conocí en la recepción de la Editorial mientras esperaba que, a través de una ventanilla, un contable con visera me diera el sobre con mi dinero.
Como homenaje a aquella etapa de mi vida (y mientras llega el momento de recrearme escribiendo esa historia), he rescatado uno de ellos y lo transcribo (con algunas correcciones), ilustrándolo con un recorte de la publicación original.
HUYENDO
 
... (quiero leerlo todo)Sin Bruno ni Cecilia

A lo que más temía era a las trompetas del Juicio. Y eso que, a sus sesenta y tres años, ya no podía considerarse un niño ni tampoco, después de haber pasado prácticamente toda su vida durmiendo en la calle, se le podía calificar de cobarde... Pero resultaba inevitable: cuando se encontraba mal (lo mismo daba que hubiera conseguido cama en el albergue o que, como aquella fría noche de abril, se dispusiera a dormir en las escaleras del metro, arrebujado en cartones), no había manera de poder quitarse de la cabeza el cartel policromado que viera de niño, cuando todavía iba a la escuela; una
lámina en la que, en medio de una terrible tormenta, siete ángeles tocaban otras tantas trompetas anunciando el Juicio Final.
Presumía de no creer en papanaterías… o no quería creerlas; si no "¿a cuento de qué ese miedo?" Se preguntaba a si mismo. Y no sabía qué responderse. Se acurrucaba un poco más entre los trapos y los cartones con los que se había hecho la cama, y trataba de pensar en otra cosa. A veces lo conseguía y se dormía recordando el mar que sólo había visto una vez, siendo niño todavía. "Mañana mismo me voy para allá", se decía, ya medio dormido. "¿Qué más dará andar vagabundeando en un sitio o en otro? También allí habrá algún albergue donde me den un plato de sopa, cada dos o tres días, y me dejen dormir si hace frío; no me ha de faltar dónde encontrar un paquete de cigarrillos y una botella de vino" Veía entonces romper las olas sobre la playa y creía reconocer sus propias huellas de niño, marcadas en la arena. Otras veces recordaba a Bruno, el perro que un día se le llevaron a la perrera, los tres años de mili, la última película que hubiera visto en el cine, o a su amigo Juancho que, como sabía leer y escribir, siempre se las ingeniaba para dormir a cubierto;
... (quiero leerlo todo)El regreso de Ibáñez

Hace unos años creé a Ibáñez para el “Casas Ibáñez Informativo”. Se trata de un personaje que llega hasta el corazón de La Manchuela para conocer un pueblo que se llama como él; un hombre relativamente mayor, prejubilado, con mucho tiempo libre y pocas aficiones, sin defectos ni virtudes destacables que, cuando se encuentra conmigo (siempre de forma casual), me traslada la visión que se le ofrece a un forastero de cuanto en el pueblo acontece o de lo que, ocurriendo fuera de él, pudiera afectarnos. Hace un par de años cambié mi sección en el periódico, pero se quedaron un par de capítulos esbozados y, casi acabado, el que (cuando llegara el momento), pondría punto final a la serie... No he sido capaz de deshacerme de este último pero, para que su publicación tenga sentido, era necesario que Ibáñez, el personaje, regresara al pueblo... y los últimos avatares económicos me lo han puesto muy fácil.
Os adelanto hoy, a los lectores del blog, el regreso de Ibáñez.
¡¡¡¡ P Á G I N A E N O B R A S !!!!
Bajo sus viejas botas (Un mar sin barcos ni gaviotas)

Su casa estaba a las afueras del pueblo. Era una vivienda nueva, algo apartada de las viejas y enjalbegadas casonas del lugar. La rodeaba un jardín, en una de cuyas esquinas Mario se había hecho un invernadero; allí, como si se tratara de un minúsculo arsenal, junto al rastrillo y las azadas, los sacos de abono y las macetas de barro, guardaba algunas flámulas y gallardetes, maromas y un bote de brea que se había traído del barco. En el interior de la casa había un salón grande, con un amplio ventanal y una chimenea casi siempre encendida. Desde la cristalera, orientada a poniente, se veían las viñas, los barbechos y, ya rayano al horizonte, un pinar por entre el que cada tarde se escondía el sol. Sobre la repisa de la chimenea descansaban unos cuantos libros, encuadernados en piel gastada por el uso. Eran novelas. Mario, al que en el pueblo llamaban el Marino, las leía junto al calor de la lumbre en invierno y al fresco de una parra en verano. Mientras pasaba las hojas de los libros fumaba en pipa y el humo de las hebras del tabaco se mezclaba con las palabras lentamente murmuradas. Cuando Amparo vivía, ella se sentaba a su lado y él elevaba la voz. Amparo, su mujer, había muerto el año anterior.
Llegaron a La Mancha buscando un clima más seco. Huían de la humedad del mar, de las densas brumas entre las que se habían conocido siendo todavía niños, cuando todo -menos el mar- les asustaba. Habían dicho los médicos que Amparo podría curarse bajo aquel cielo azul de fríos amaneceres y rojizos horizontes, en aquella tierra parda de dorados rastrojos; y hasta allí llegaron, cuando él ya se había jubilado del barco, pero aún se pasaba las horas asomado al acantilado y rodeado de gaviotas.
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Mariscada de sardinas

Ayer llegaron a casa los primeros ejemplares de mi nueva novela, Mariscada de sardinas… Aunque lo de nueva sea una forma de decir que el libro acaba de editarse; lo que es la novela en sí, por más que la haya trabajado y corregido hasta el final, tiene su origen en una idea que se me ocurrió hace casi treinta años, cuando vivía en Tabernes de Valldigna y estaba empleado en un banco… Allí, observando desde la caja a los veraneantes que, fuera de temporada, venían de Madrid; y escuchando los comentarios, no demasiado cariñosos, de mis compañeros (Aniceto, Chiva y David, el apoderado); empecé a pergeñar una historia que no terminaría de encauzarse hasta que, años después, al poco de vivir en Requena, me viese envuelto, como testigo, en el proceso judicial que los Servicios Sociales siguieron contra mis vecinos, una extraña pareja que dormía pared por medio de mi habitación… Mas entrar en detalles sería contar otra historia que, al final, ya nada tiene que ver con la de la novela.
Lo que ahora quería deciros, al presentárosla, es que se ha publicado en la Colección Solidaridad, de Publicaciones Acumán, y eso le añade un valor al literario que pudiera tener… Para explicarme os voy a reproducir parte del texto que, después de la narración, aparece en las últimas páginas del libro:
Las novelas, como las antiguas películas, terminan en la palabra FIN o, si el autor no la escribe, allí dónde debería aparecer. Pero los pliegos que las contienen continúan más allá de sus páginas y portadas… Quiero decir que permanecen como tales, bien sea en los estantes de una biblioteca, sobre la mesita de noche, en los anaqueles de una librería, en una caja de cartón olvidada en el desv&
... (quiero leerlo todo)Por el Este sale el Sol

Algún tiempo después supe que siempre se levantaba antes de que amaneciera y, si le era posible, se las ingeniaba para ver salir el sol, ya fuera desde alguna ventana que diera al Este o paseando hasta la calle de Atrás, donde el pueblo acababa y empezaban las viñas. Más allá del arco que dibujaba el horizonte, apenas roto por algún que otro lejano pinar, ella sabía que estaban su país, su casa y sus hijos.
– Cuando veo salir el sol –me confesó–, pienso que antes de llegar a España ha pasado sobre sus cabezas, los ha despertado, los ha invitado a levantarse, a vestirse, a no demorarse tomando el desayuno… que, radiante allí, cuando aquí apenas es una mancha rojiza en la distancia, los acompaña camino de la escuela.
Bueno, así lo cuento yo. Anna no usaba el pretérito perfecto sino el indefinido, habría dicho “mancha roja lejos” y no “mancha rojiza en la distancia”, y es posible que no conociera el verbo “demorarse”… Pero entendí perfectamente lo que me estaba explicando con su rudimentario español y su eterna sonrisa. No en vano también yo, hacía mucho tiempo, me había apoyado en un soporte tan frágil como un sueño y, a la vez, tan firme como una ilusión.
Pero eso, como digo, fue algún tiempo después de que ella llegara a casa, remitida por la agencia de empleo.
– Para tareas domésticas sólo podemos enviarle inmigrantes...
– ¿Y…? –pregunté en vista de que la empleada se quedaba callada, aguardando que le formulará alguna objeción.
– Nada… –titubeó un poco desconcertada–. Hay gente que no quiere contratar extranjeros.
Yo sólo necesitaba que hiciera su trabajo lo mejor posible y que me cobrara lo que fuera justo… Pero Anna me ofreció mucho más que eso: Desde el primer día vino a casa aco
... (quiero leerlo todo)Un sólo momento

He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer… He abandonado lo que estaba haciendo, para escribiros en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había vislumbrado en sueños… He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia... Os escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado. Maúlla un gato. Está más oscuro y el aire viene frío. Alguien llama al timbre, pero a mí me da pereza levantarme. Suena el teléfono, pero no me apetece cogerlo. Prefiero seguir pensando en el vaho de las gavillas de sarmientos mojadas sobre las blancas tapias de un patio, en aquellas panaderías que calentaban el horno quemando ramas de pino; tan bueno era el olor de la leña amontonada a la entrada como el de las hogazas recién sacadas del hogar, cuando todavía era de noche… Prefiero seguir mirando hacia un horizonte cada vez más difuminado, a las pequeñas ventanas que se van encendiendo en los edificios de enfrente, dando testimonio de que entre sus paredes hay vida: niños que hacen los deberes, hombres y mujeres que se disponen a preparar la cena, que esperan una llamada de teléfono o a que comience el programa de televisión que les hará olvidar sus penas por un momento… quizás alguien lea un libro o escriba una carta o escuche la radio con la luz apagada.
Las ideas corren más veloces por la mente que mis
... (quiero leerlo todo)Apagones

En realidad el cumpleaños había sido dos días antes. El niño había cumplido sus primeros veinticuatro meses y el padre, con las ideas muy claras y la mirada puesta en un futuro no tan lejano, le había comprado una completa enciclopedia en "cederom". El mismo día de la fiesta se había empeñado en mostrarle todas las maravillas que el disco encerraba y el niño, que era verdaderamente inteligente, parecía haberlo entendido, aunque enseguida lo olvidó con la llegada de los vecinos, las canciones de los payasos y la tarta de colores coronada con dos velitas que se empeñaba en apagar una y otra vez con sus pequeños soplidos. Así, el niño tenía dos años y dos días cuando en los medios locales de comunicación, anunciaron que esa noche, a partir de las dos de la mañana, habría un apagón. Se suponía que la mayoría de la población estaría durmiendo a esas horas. La compañía eléctrica trataba de evitar cualquier molestia para los vecinos, pero era conveniente avisar con tiempo y que nadie pudiera alarmarse. El padre del niño recordó su infancia, cuando los apagones eran frecuentes e inesperados, cuando servían de excusa para no tener que hacer los deberes y sentarse en torno a una vela para oír contar cuentos al abuelo, el que tenía un burro, y un carro, y una boina, y tantas cosas que desaparecieron y ya no se encuentran, ni tan siquiera, en los "cederom" de las enciclopedias temáticas. Los apagones servían también para poder dormir en la cama de los padres, alegando un miedo que no era sino alborozo... O para mirar por la ventana y ver la calle vacía iluminada por la luna. El padre del niño recordaba todas esas cosas y lamentaba que su hijo no tuviera más edad o que el mundo ya no fuese como antes. El hombre se despertó repentinamente en mitad de la noche. Quiso encender la luz y no iba. Se alumbró con la linterna que había preparado por si acaso y comprobó que apenas pasaban unos minutos de las dos. Comprendió que lo habían despertado la oscuridad y el silencio: se habían apagado los dígitos que marcaban la hora en la radio despertador y en el vídeo, el piloto de la televisión... había enmudecido el motor
... (quiero leerlo todo)Cuento de Navidad para felicitar la Navidad a quienes les guste la Navidad y a quienes no les guste la Navidad

Zulema, en cuanto se acostó y como cada noche, pese a que ya empezaba a ser más adolescente que niña, me llamó para que le contara un cuento.
– ¿El del príncipe feliz?
– Ése ya me lo has contado muchas veces.
– ¿El del gigante egoísta?
– ¿Es qué sólo te sabes los de Oscar Wilde?
– ¿Y tú sabes quién es Oscar Wilde?
– En esta casa todo el mundo lo sabe.
Zulema llevaba razón… Aunque en “esta casa” sólo seamos tres: Ella, su madre y yo. Simulé que hurgaba en la memoria, antes de proponer el siguiente:
– ¿El del niño que apagó la luna?
– ¡Ese me lo contaste anoche!
– Pues no sé… -- volví a dudar.
– Quiero que me cuentes un cueto de Navidad.
– ¿De Navidad? ¡Si aún falta mucho para la Navidad!
– No, la ha traído hoy el cartero.
Era verdad. Esa misma mañana nos había llegado un sobre, escrito con letra de pendolista y, en su interior, una felicitación navideña como la que veis.
– Y además –añadió Zulema--, se ve por la ventana.
No era necesario mirar. En cuanto había oscurecido, la ciudad se había iluminado con miles de bombillitas y, poco después, como si ésa hubiera sido la señal que el cielo estaba esperando, había comenzado a nevar.
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Un cielo para Sartén

Es curioso como en las tardes de Otoño, cuando el viento y los primeros fríos empujan a guarecerse en casa, y el peso de los años en los recuerdos, el que con más nitidez me llega desde aquellos tiempos no sea el de mi madre ni el de mis abuelos, ni tan siquiera el de mi tío Manolo, que me enseñaba trucos de magia, me entrenaba para ser portero de fútbol y me dejaba encasquetarme su gorro caqui de soldado cuando, siéndolo, venía a casa de permiso... Curioso es que, más que a ninguno de ellos, recuerde a mi perro.
Sartén no tenía raza ninguna; pero eso para mí era lo de menos. Hoy no sabría decir si era blanco con manchas negras o, al contrario, negro con manchas blancas, pero la cola era tan negra que alguien dijo que parecía el rabo de una sartén y ése, “Sartén”, fue el nombre que le di. A nadie les gustó, ni el nombre ni el perro; nunca lo pude meter en casa, pero cada tarde, cuando al oscurecer regresaba de jugar a las luchas o de andar por las vinazas, se quedaba acurrucado cerca de la puerta, esperando que yo saliera para correr a mi lado, revolcarse conmigo en la paja de las eras, meternos juntos en los charcos, subirnos a lo alto de las sarmenteras o, si llovía, escuchar atentamente bajo un porche todo lo que yo le contara de la casa de las huertas, junto al río Cabriel, en la que había vivido con mis padres; de mis abuelos, del colegio, de Mónica (la novia de mi tío, de la que estuve enamorado hasta que conocí a Geles), y de lo que juntos haríamos los tres cuando yo fuera mayor...
Ahora, que ya lo soy, se me da por pensar que ya nadie me fue tan fiel, ni nadie me quiso con tanto ahínco; quizás por eso, cuando un par de meses después lo perdí, dentro de mí se abrió una herida que nunca ha terminado de cicatrizarse, que todavía, alguna que otra vez, me escuece un poco.
Había aparecido en el verano y dejé de verlo una de las primeras mañanas de otoño, poco después de que empezara la escuela. Durante muchas tardes me fui a la carretera de Alcalá con la ilusión de que volvería a verlo de nuevo... Ni aún cuando alguien me insinuó que podría haber muerto se desvaneció mi esperanza y, si bien dejé de
... (quiero leerlo todo)Historias de

Apenas hace unos segundos que ha empezado el día. El fuerte viento con el que siempre recordaremos el inicio de esta primavera azota los cristales de la casa y me invitan a apagar el ordenador y marcharme a la cama: Mañana, como todos los días, como casi todos los días, hay que madrugar… Pero no quiero acostarme aún sin deciros algo a todos los amigos que estáis lejos (en el espacio, porque vivís en otros lugares o en el tiempo, porque aún no os he conocido). Se trata de algo que anoche escribí a los más próximos y esta misma tarde a los periódicos y emisoras de la zona: El viernes, mañana ya, vamos a presentar Historias de gente sin historia en la biblioteca de Requena.
Como sé que los que lo estéis leyendo aquí no vais a poder venir, os voy a adelantar las palabras que he preparado y que hablan de la intrahistoria de algunos de estos relatos… Por cierto (y esto no lo voy a contar, porque ellos no la van a ver), la imagen que ilustra esta entrega es un dibujo que Arantxa Sestayo hizo para el cuento Galad y Sera, del que aquí hablo, que está en el libro y que, además, va a ser dramatizado por la buena gente de “Oleana Teatro”… hablaré algún día de ellos y hablaré también de Arantxa Sestayo y de su hermano Chuto y de su hermana Lourdes.
El libro que hoy nos ha reunido a todos en esta biblioteca no siempre ha sido así, como tú lo ves… Los cuentos que lo componen no nacieron con la vocación de estar juntos, de convivir en las páginas de un mismo volumen… De hecho, desde que finalicé el más antiguo de ellos (Galad y Sera), allá por el año 1978, hasta el último de los escritos (¿Cuánto vale una horca?), en el 2005, transcurrió un cuarto de siglo… Demasiado tiempo para que hubieran podido mantener un mínimo de coherencia estilística, si no hubiera sido po
... (quiero leerlo todo)Luchas y tesoros

Supongo que fue el asfalto de las calles, o la llegada del primer televisor, lo que acabó con las “luchas”, con esa despiadada forma de jugar que nos llevaba a agruparnos en pandillas y pelear, unos contra otros, a pedradas… Visto con la distancia que, en el tiempo, me separa de la Calle de Atrás, se me ocurre pensar que aquello era jugar a vivir, lo mismo que las tómbolas que hacíamos para rifar nuestros tebeos, los circos que imitábamos o cualquier otro de los juegos que inventáramos y que, con el paso del tiempo, ha terminado por perderse.
La casa de mis abuelos, en la Calle de Atrás, tenía un corral grande, al que se salía desde la cocina por una puerta de madera con cristales, o se entraba por los postigos, si uno venía de fuera de la casa. Junto a la primera crecía una parra que, además de uvas, daba sombra en los días de verano; al lado de las portadas, un porche de cañas y la sarmentera donde se apilaban las gavillas que avivarían el fuego del invierno, hacían el mismo papel. El patio era mi refugio y allí pasaba muchos de los ratos que me dejaba libre la escuela o en los que no estaba en la calle, jugando con Domingo al juego que estuviera de moda. Allí podía entretenerme con el zompo o las bolas del “gua”, sin ayuda de nadie; jugar incluso a las chapas, tirando a la vez con dos “chavos” para hacer mi propio papel y el de un rival imaginario… y, sobre todo, escondiendo mis tesoros en la tierra.
Así como para luchar era necesario entrar en una banda y encontrar otra con la que apedrearse, para hacer un tesoro prefería esconderme entre las enjalbegadas tapias de mi patio y que no me vieran. Por un lado porque nadie debería saber dónde se encontraban enterrados aquel puñado de silvestres margaritas que rodeaban un cromo, una canica de barro cocido o cualquier otra fruslería que, cubiertos por un pedazo de cristal y tapados con tierra, volverían a aparecer ante los ojos
... (quiero leerlo todo)Cuando llegué a Chillán

Llegué a Chillán a las cuatro de la tarde y no me fue muy difícil encontrar la casa. Las indicaciones que Felipe me había dado eran precisas y suficientes, pero la distancia que tuve que andar era mucho mayor de lo que había imaginado en un principio. Cuando me vi frente al bloque de hormigón, hice un alto en el camino y lo contemplé antes de empezar a subir la escalera. Las ventanas no tenían cristales, nunca los habían tenido y el frío entraba a raudales para quedarse a pasar la noche entre aquellas paredes sin pintar. A la altura de la segunda planta alcancé a ver el horizonte por el que se ocultaba el sol de las cinco de la tarde... Era la misma hora a la que tres años antes los policías del DINA habían irrumpido en mi casa tirando la puerta de una patada y me habían llevado con ellos, tras poner patas arriba mi apartamento de Maipú y no encontrar a nadie más a quien arrestar. Yo, inspirado o ingenuo, les había mostrado mi pasaporte español; hacía años que estaba caducado y en la foto amarillenta del niño que fui resultaba casi imposible reconocer al hombre que era... Mi madre había muerto poco después de traerme al mundo y yo había llegado a Chile con mi padre, para trabajar en las minas de cobre; cuando también él murió en un accidente, yo me trasladé cerca de la capital para estudiar en la Pontificia Universidad Católica y ganarme la vida con lo que saliera, siempre que me diera para comer y seguir estudiando; nunca había vuelto a España ni ya tenía necesidad de hacerlo; me sentía un chileno más, uno de los millones que, con entusiasmo, habíamos celebrado la llegada de Allende al poder y uno de los miles que, al ser derrocado, era buscado por la policía política.
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... (quiero leerlo todo)Señores de la Justicia y de la Ley
Ilustrísimos señores:Hemos recibido su resolución denegatoria de la petición de exención de visado para la permanencia en España de mi mujer, Klára Gárdonyi, así como la orden de expulsión para ella y amenazas de sanción para mí, todo ello en base a que, por nuestra diferencia de edad y su situación de inmigrante ilegal, les hace suponer que el nuestro es un matrimonio de conveniencia celebrado sin amor.
No voy a invocar el derecho a la presunción de inocencia que sistemáticamente (y no sólo en nuestro caso), están vulnerando... Es más, les voy a reconocer que Klára y yo no estamos enamorados, no lo hemos estado ni probablemente lo estaremos nunca. Es muy poco probable que una muchacha de veintidós años y un jubilado de sesenta y siete se enamoren ciegamente... pero están muy equivocados cuando suponen en mí algún tipo de debilidad y en ella aviesas intenciones. Es cierto que Klára y yo no estamos tan apasionadamente enamorados como lo está el resto de los matrimonios de este país, pero le aseguro que nos queremos tanto como el que más.
A Klára me la trajo un día mi hermana para que arreglara la casa que, desde que murió mi mujer, estaba muy abandonada. Les aseguro, señorías, que no soy un inútil para las tareas domésticas y que, como cualquier otro español, me sobro para llevar adelante un hogar sin la ayuda de una mujer. Pero la muerte de Elena, mi esposa durante más de treinta años, me había quitado la ilusión por las pequeñas cosas hasta el punto de convertir mi vida en mero sobrevivir. La presencia de Klára, una tarde a la semana, aunque mejoró el aspecto del hogar, no cambió mi estado de animó y la única var... (quiero leerlo todo)
Feliz del día del libro… con poema (23.04.2006)

Hoy te escribo sólo para felicitarte por el día del libro (ya te escribiré más adelante para contarte otras cosas). Este año, especialmente, me he pasado el día pensando en lo que pueda significar esta fecha para mí, para mí y para mis amigos como tú. Tal vez sea por todo lo que tuve que remover en el “desván de la memoria”, cuando en el periódico del pueblo me pidieron que les escribiera algo al respecto (acabé por contarles como, siendo niños, se nos pasaba toda una tarde de colegio copiando el texto que, para conmemorarlo, con un dibujo de Cervantes o de Don Quijote, teníamos que copiar en la libreta); luego hay algunos otros recuerdos, no tantos y los más vinculados a Barcelona, donde tal día como hoy se acostumbra a regalar un libro y una rosa a los seres queridos y donde un año, con la ayuda y la compañía de Ana, pusimos un puesto en las Ramblas; allí se vendió el primer ejemplar de mi novela “El Cerro de los Cuchillos”, precisamente a una colombiana, que había llegado aquel mismo día a España y lo primero que hizo con el dinero que traía (Dios la bendiga), fue comprarse libros… quién hubiera dicho entonces como acabaría Colombia siendo parte tan entrañable de mi vida… Tal vez sea por alguna de estas cosas, por las geniales viñetas de Máximo, en El País de ayer y en el de hoy; pero tal vez, más que nada, por cómo me ha conmovido la generosidad de Pepa al empeñarse (en todos las acepciones del término), en regalarle hoy libros, no sólo a sus amigos, sino a todo el que pase por su acogedora Tetería, la Luna, ese refugio de “seres singulares, exóticos, soñadores, cálidos, locos, idealistas, bohemios, libres, errantes, imaginativos…”
El caso es aquí me tienes, caída ya la tarde, cuando se acerca la noche, después de estar pensando todo el día qué es lo que podía hacer. He decid
... (quiero leerlo todo)Desde Albacete (05.04.2006)

Hoy es cinco de abril y te escribo desde Albacete, aunque no podré enviaros estas palabras hasta mañana por la noche, cuando haya regresado a casa y ponga en marcha el ordenador para conectarme a Internet.
Escribo en las hojas cuadriculadas de un bonito cuaderno que me han regalado esta mañana en la primera reunión de directores a la que he asistido. No me voy a entretener en contar el orden del día, pero sí voy a aprovechar para confirmaros que cada día que pasa me encuentro más a gusto en el nuevo trabajo; incluso lo que podía ser un inconveniente, el viaje de ida y vuelta que tengo que hacer cada día, lo vivo como un agradable paseo: a primera hora de la mañana, escuchando las noticias y poniéndome a corriente de cómo va el mundo; el de vuelta, aprovechándolo para desconectarme del trabajo y relajarme mientras escucho música.
Alguna semana (cada vez de manera más espaciada), trabajo una mañana en Albacete. Aprovecho para comer con mi madre y, por la tarde me voy al cine; a los Candilejas, esos cines de los que a veces te he hablado, cuatro salas pequeñitas en las que pueden verse películas diferentes. Hoy, “El silencio del agua”, un film paquistaní, basado en hechos reales, en el que se aprecia la evolución de un apático adolescente que acaba convirtiéndose en radical islamista… pero esa es sólo la historia argumental, en el trasfondo hay otras aún más interesantes y la contemplación de la vida cotidiana de un pueblo pacífico, trabajador, alegre y el descubrimiento de aspectos desconocidos de nuestra historia más reciente. Todo un placer aunque, como película, me gustara mucho más la de la semana pasada: “Una rosa de Francia”, hispano-cubana que, mezclando todos los g&eacu
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