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Ramón de Aguilar

Otra vez Jiménez Lozano

Otra vez Jiménez Lozano

         Tengo muchos amigos que escriben y que me  gustaría presentaros en el blog. También hay muchos autores que leo y que me gustaría compartir con quienes me leen… Por eso, salvo un par de veces que he escrito sobre Francisca Gata (y aún escribiré alguna más), si un autor ha aparecido más de una vez (como Torrente Ballester o Wenceslao Fernández Flórez), ha sido sólo en referencias. Tengo guardados para vosotros textos de Pepe Monteserín, de Ivana Michlig, de Marío Vargas Llosa, de Rafael Pombo, de Pablo de Aguilar, de Manuel Pacheco, de Eloisa Sudón, de David Melar, de Rabindranath Tagore, de Marc García, de Josep Pla, de Juan Cánovas, de Trini Rodríguez… Y sin embargo, os traigo de nuevo un cuento de Jiménez Lozano, de quien ya colgué apenas hace unos meses el de “La purificación”.

         Pero es que a veces la vida nos sorprende con un pequeño detalle, se dan determinadas circunstancias, sobrevienen coincidencias y al que escribe le entran ganas de contárselo a todo el mundo:

         Íbamos un día Amador y yo a comprar naranjas. Pero no cuando éramos niños (que quizá también), sino hace poco, esta misma primavera, en Albacete, caminando despacito por la acera en la que daba el sol, como si fuéramos viejos (que quizá también), porque él camina despacio y yo tengo la barba blanca, porque los dos hemos perdido el pelo y porque ya tenemos tantos años como los viejos de verdad… Sólo que a mí a veces aún me quedan ganas de correr. Le propuse que echáramos una carrera, como cuando éramos niños, como cuando nos compraban algunos zapatos nuevos que corrieran más que los viejos que veníamos usando. No quiso y seguimos caminando por el sol y compramos las naranjas y, cuando regresábamos a casa, vimos un hombre que buscaba comida en el interior de un contenedor de basura.

         A lo mejor no buscaba comida y buscaba otra cosa; pero como a lo mejor sí, me acordé de lo que había leído esa misma semana en el periódico y le pregunté a mi hermano si se había enterado de que en algunos pueblos de Valencia, como la Pobla de Vallbona, van a poner multas de 600 euros a quienes pasen hambre.

         Él no me creyó del todo y, como yo le insistiera en que era cierto, me dijo algo así como “Sí, será verdad, pero cuéntamelo como es”.

         Amador quería decir que no se lo contara con los ojos del que  escribe, sino con los ojos del lector de diarios; que le dijera qué es lo que decía exactamente el titular del periódico donde leí la noticia. Lo que el “Levante” del 28 de mayo pasado decía exactamente era: “La Pobla de Vallbona multará con 600 € a los que cojan comida de los contenedores”

         Pero digo yo que si alguien busca comida en un contenedor de basura será porque tiene hambre, ¿no? ¿O es que habrá quien se piense que lo hace sólo por molestar al alcalde o fastidiar al resto de la Corporación? Si yo fuera alcalde y tuviera un pueblo para mí solo, lo que me molestaría no sería que la gente buscara comida en la basura, sino que la gente tuviera hambre, que tuviera que buscar comida en la basura.

         Y qué casualidad que, cuando llegamos a casa de mi madre y me salí a la terraza a leer un libro muy bonito de José Jiménez Lozano, que tiene negras las cubiertas y un pequeño recuadro con un rostro, que parece de una niña con una vela en la mano, pero que  también podría ser el Niño Jesús que ve a su padre trabajar en la carpintería, pues va y me encuentro con este cuento que viene a cuento y por eso os cuento:

 

 

LOS POBRES DE PEDIR

 

            Muchas veces cuando ya habíamos jugado a todo, jugábamos al final a los pobres que era lo más difícil, porque a lo mejor nos entraba de repente la compasión.
            Nos poníamos unas ropas viejas y cogíamos un saco para echárnosle a los hombros y salíamos a pedir. Hacíamos como que llegábamos a la puerta de una casa, y decíamos:
            – ¡Una limosna por amor de Dios!
            Y entonces a veces nos decían:
            – ¡Dios le ampare, hermano! –y no nos daban nada.
            Pero en otras casas nos daban un botón o unas recortaduras de patatas, o unas ortigas, que eran como si fueran berzas, y las mondajas como si fueran recortaduras de tocino. Y entonces decíamos:
            – Dios se lo pague.
            Y, cuando ya teníamos unos cuantos botones y muchas ortigas o mondas de patatas, íbamos a la posada y preguntábamos si podíamos acostarnos allí. Y decía la posadera:
            – Vale dos duros.
            Y la dábamos dos botones. Y luego preguntábamos:
            – ¿Y podría usted guisarnos estas viandas que traemos?
            Pero la posadera decía:
            – Ésas son porquerías para los cerdos.
            Y nos las cogía y las tiraba. Así que entonces sacábamos otro botón para pagar la cena, y la posadera nos ponía un plato en una mesa y comíamos al pozo. Y ella decía:
            – Antes de comer, se reza.
            – Sí, señora –decíamos nosotros.
            Y nos poníamos a rezar. Pero cuando ya estábamos rezando, se presentaban los guardias y decían:
            – Quedan ustedes detenidos.
            – ¿Qué hemos hecho? –decía unos de nosotros.
            Y respondía un guardia:
            –Porque son ustedes pobres, y resultan peligrosos.
            Entonces intentábamos escaparnos, pero decía la posadera:
            – Eso no vale. Os tenéis que dejar llevar a la cárcel como los pobres de verdad, que es como es el juego.
            De manera que los guardias sacaban del bolsillo una cuerda y nos ataban las manos, y así nos llevaban a interrogarnos que es lo más bonito porque contábamos la vida de pobre que teníamos y el hambre que pasábamos, y de dónde éramos, y el frío de los inviernos sin un techo donde guarecernos y sin tener a nadie en este mundo que nos amparase. Pero a veces, ya digo, nos entraba a lo mejor entonces, la compasión, y los mismos guardias decían:
            – ¡Bueno, bueno! ¡Que no se vuelva a repetir, y a ver si dejan ustedes de ser pobres!
            Y nosotros contestábamos:
            – ¡Sí, señor! ¡A ver! 

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2 comentarios

Ramón -

También aparece "El tren" en esta antología que he leído y, por supuesto, su lectura es igual de recomendable; así es que vamos a invitar a todos los que lleguen hasta aquí, a que lean a José Jiménez Lozano, porque no les va a defraudar.

Rafael -

Sí, Ramón. Unos de los grandes es este Jimenez Lozano. Entre los escirotres vivos, en el relato corto, es el mejor. En el mismo libro (El cogedor de acianos)aparece uno (uno más) que me pareció de lo mejor, iba decir cruel, El tren, se trata de la única venganza posible de los humildes. Buen costumbre la tuya de colgar "a" los grandes.
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