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Ramón de Aguilar

Cuatro décadas y media de coincidencias

Cuatro décadas y media de coincidencias

Recordadme que el día de Reyes os regale un relato que, en más de una ocasión y en esta misma bitácora, os he mencionado; una narración que escribí con el nombre de Apagones y cuya historia también es como una fábula… Y, aunque parezca que no tiene nada que ver con esto ni con lo que sigue, dejadme que primero os cuente que Noelia (sabiendo que una de mis aficiones preferidas es la de buscar libros, sin que me importe el que a veces tarde años en hallarlos), me pidió que encontrara una novela de Nick Hornby, llamada High fidelity…

            Pero, en realidad, todo empezó cuando mi hermano Amador escribió El gigante egoísta, allá por el año 1962. Supongamos que es 28 de diciembre, tal día como hoy, pero hace cuatro décadas y media. Es el cumpleaños de papá; el tío Antonio y la tía Maribel han venido a pasar las Navidades con nosotros. Sus hijos (Antonio, Maribel y Juan Ramón), aún no han nacido, seguramente ni siquiera quienes algún día serán sus padres puedan soñarlos. En Casas Ibáñez han amanecido las calles blancas de escarcha; de los tejados cuelgan transparentes chuzos de hielo y también el agua de los charcos y las balsas se ha helado; los niños, sin escuela por las vacaciones de Navidad, calzados con botas de goma para no mojarnos los pies, tratamos de patinar sobre las improvisadas pistas; es tanta la humedad del aire que el humo de las chimeneas apenas consigue alzar el vuelo, y va impregnando de olor a leña quemada incluso las ropas de quienes en casa no encendemos lumbre, de quienes nos calentamos los pies (que al final se han empapado), junto a un brasero eléctrico que, como si también él huyera del frío, se esconde bajo las gruesas faldas de una mesa camilla, en la que Amador, que sólo tiene un año menos que yo, unos días antes, llevado por el espíritu de la Navidad, ha escrito un cuento de su invención al que ha titulado El gigante egoísta.

            En la calle principal, que entonces llamaba “Caídos” y hoy le dicen “Tercia”, está la imprenta Lahiguera y, en la calle “José Antonio” (hoy “Correos”), la imprenta de Jesús; ambas son, además, las únicas librerías del pueblo y, aunque ninguna de ellas exista ya, el 28 de diciembre de 1962, cuando cae la noche, encienden sus pequeños escaparates para que cualquiera que pase por delante pueda ver los tesoros que se ofrecen de cara a la próxima venida de los Reyes Magos: cajas de colores, cuadernos con fotos de Marisol en la cubierta y las tablas de multiplicar en el dorso, el último número de la revista Ama, plumieres de madera, libros de cuentos, de recetas de cocina, de horóscopos que auguran un venturoso 1963… Amador, que no se ha mojado los pies, porque nunca hace lo que no debe, regresa a casa y se para ante algunos escaparates, desempeña los cristales, haciendo un circulo en el vaho con la manga del abrigo de paño, y se asoma al interior, tenuemente iluminado: los juguetes y tebeos del kiosco de la Nicolasa, los dulces de las pastelerías de Juan Manuel, de Blesa y de Torrente, más juguetes en la tienda de la Sole (en la que yo me había ofrecido como dependiente voluntario), y una de las librerías, en la que se lleva la sorpresa de encontrarse su propio cuento… creía que nadie lo había leído todavía y allí estaba su gigante egoísta, risueño y bellamente coloreado, con un niño en sus brazos.

            Aunque para los más mayores fuera fácil imaginar que aquél no era el relato que él había inventado, que se trataba de una mera coincidencia con el título de otro, escrito por un tal Óscar “Bilde” o algo así (no olvidemos que en la escuela nos enseñaban que la “W” se leía “b”, como en “retrete”), yo nunca he olvidado la excitación con que nos contó su sorpresa porque luego, a lo largo de la vida, esto mismo me ha ocurrido más de una vez: no sólo me he encontrado publicado un título que yo guardaba como un tesoro, sino a veces todo un argumento que ya tenía escrito o, cuando tuve la editorial, el primer diseño que Ana hizo para la colección Odaluna resultó que coincidía con la “Biblioteca de Cuentos” de la poco conocida pero muy recomendable editorial Clan.

            Podría poneros más ejemplos, pero entonces no me quedarían ni espacio ni tiempo  para contaros que el otro día vino Inés a casa, con su marido y su hijo, el pequeño Eduardo; ni que he empezado a leer Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby que Noelia me pidió que buscara; ni de explicaros qué es un piscolabis de la CAT y que hubo una vez en que su tema fue “el apagón”… Los “piscolabis” son una especie de merienda o cena de sobaquillo, a la que cada uno se lleva su bocadillo y, además de la buena compañía,  recibe bebida para regarlo y aceitunas y frutos secos con los que pasar el trago; a cambio, nada más, de acudir con algo escrito sobre el tema propuesto, ya sea original, sacado de Internet, rescatado de la memoria… Cuando aquella vez andaba yo pensando qué escribir sobre “el apagón”, Isabel Sanchís, la bibliotecaria de Requena, me ofreció una idea, contándome la historia de un niño que apagaba la luna a base de soplidos; se la había escuchado a un cuenta-cuentos (creía que en Chelva, en su mágica noche “al calor de las palabras”); decidí que yo la contaría a mi manera, Eliana se buscó un poema de Rafael Pombo  y, con los bocadillos bajo el brazo, nos fuimos a cenar. El relato gustó tanto que decidí averiguar quién era su autor, o si no lo tenía, si estaba publicado y podía leerse completo… Pregunté a Lorenzo, que también había estado en Chelva, y no lo recordaba; a las cuenta-cuentos que conozco: Sonia, Ivana, incluso a Maricuela, la única persona que se sabe la historia de las hormiguitas y el fraile motilón, que mi padre nos contaba de pequeños y que ella recosntruye con las mismas palabras que él usaba… pero nadie conocía esa historia que me habían contado. Hice un breve resumen de su argumento y lo coloqué en foros literarios, pidiendo pistas; nadie respondió. Un par de años después encontré aquel borrador que había hecho para la CAT y pensé que era una pena que ese cuento que alguien había oído junto a un fuego, en una plaza de pueblo, se perdiera para siempre, así es que lo incluí en mi relato Cuando llegué a Chillán, pero explicando la circunstancia de que esa fábula, que uno de los personajes escribía para su hijo, en realidad se la había escuchado a un cuenta-cuentos… Y ahí se quedó la historia, como alguno de vosotros ya la habrá leído en el blog, hasta que hace un par de meses se me ocurrió escribirlo en serio y, partiendo de lo que me habían contado, inventar un ambiente, definir los personajes (por ejemplo, puse mucho empeño en inventar un padre obsesionado con explicarle todo a su hijo, que todavía no sabía hablar), y así, finalmente, narrarlo con mi propio estilo, añadiendo todo tipo de detalles, para que fuese mi obra y sólo en el argumento se pudiera parecer a la que alguien fuera contando por ahí… Sólo cuando ya estaba acabado y a mi gusto, encontré en “Google” las primeras referencias a la historia del niño que apagó la luna y que resultó ser un original de Carles Cano, incluido en su libro Cuentos para todo el año. Busqué inmediatamente el libro (lo encontré con facilidad, cuando, después de casi dos años, todavía no me había hecho con el de Nick Hornby), y me quedé tan asombrado como Amador cuando vio su Gigante egoísta en el escaparate de la imprenta: no era sólo la historia que narraba, es que estaba contada de idéntica manera, casi con las mismas expresiones que yo había ido hilvanando a lo largo de los años.

            Pensé que ese cuento, aunque en parte aún pudiera considerarlo “mío”, ya no era publicable y sólo podría compartirlo con vosotros a través de esta bitácora, pero, ¿cómo deciros “este relato de Carles Cano lo he escrito yo… después que él”?  Y entonces vino Inés desde Chile, con Roberto, su marido, y Eduardo, el hijo que tuvieron hace siete meses. A ella no le veía desde que, hace un par de años, fui a visitarla con los niños a Navas de Jonquera; a Roberto no había vuelto a verlo desde la primera vez que estuve en Chile, hará unos ocho años; Eduardo, al que sólo había visto en fotos (en una de ellas vestido de “huaso”), y que venía con una pierna escayolada, me pareció muy despierto y observador… luego pensé que pocos niños de siete meses podrían contar tanto: se ha vestido de “huaso”, se ha roto una pierna, ha viajado de América a Europa… algunos mayores tampoco han vivido tantas experiencias. Fue un encuentro verdaderamente entrañable y tuvimos tiempo suficiente de ponernos al día de nuestras vidas y, por supuesto, revivir algunos momentos compartidos, contar anécdotas que nos hicieron reír, recordar a personas que Inés y yo conocemos aquí o allá… Entre otros, les pregunté por Daniel, el hijo de Roberto, al que conocí siendo un inteligente preadolescente de 14 años y que ahora, con 22, hace su segunda carrera en la Universidad; me quedé asombrado. “¿Cómo es posible que en sólo ocho años un niño de catorce se haya convertido en un joven de veintidós?” No quería hacer sólo un chiste, quería mostrar mi asombro porque en tan poco tiempo una persona se transforme tanto; pero les hizo gracia y pensé que era una frase ocurrente, que algún día podía utilizar.

            Por fin, el miércoles de esta semana, después de casi dos años, pude encontrar Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby; hallarla antes hubiera sido imposible, porque en español sólo se ha publicado en noviembre de este año, sólo que yo no lo sabía, Noelia no me había dicho que lo único que había leído de ella era una referencia que el autor hace en otra novela posterior (31 canciones)… Así es que, después de tanto tiempo llevándola en la mente, me apresuré a hacer un paréntesis en los Episodios Nacionales, que ahora me ocupan, e iniciar su lectura. De momento me está gustando, me está gustando bastante y puede que acabe gustándome mucho; pero si ahora la saco aquí a colación es porque que justo en su página treinta y tres me encontré está frase: “Sólo me había costado seis años pasar de ser un chavalito de diez años a ser un chaval de dieciséis”… Sólo hacía setenta y dos horas que yo había dicho lo mismo, en un contexto parecido y casi con las mismas palabras. Nunca seré original: aunque eso, que tanto me preocupaba cuando por la edad resultaba imposible serlo, ahora ya me da igual. No os lo digo para quejarme, sino sólo para compartir mi asombro y porque así me siento justificado para poneros aquí mismo, el próximo día, mi versión del relato de Carles Cano (cuya lectura también os recomiendo… y no sólo para que podáis cotejarlo con el mío, también para que disfrutéis de todas las historias que recoge en sus Cuentos para todo el año)

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1 comentario

Goyo -

Hola Ramón:
Es verdad que hoy es imposible ser original. Pero ¡¡cuánto disfrutamos descubriendo palabras y sensaciones que otros u otras ya saborearon antes!!.
Quizás mejor que decir cosas nuevas sea evitar que se emboten nuestros sentidos y sentimientos.
Para ello, tus cuentos simples y tiernos como el "apagón de la luna", nos ayudan mucho.
Un abrazo. Goyo.
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