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Ramón de Aguilar

Qué pasa cuando no pasa nada

Qué pasa cuando no pasa nada

En la última novela de Luis Landero (Hoy, Júpiter), uno de los personajes, siendo todavía poco más que un niño, se levanta de la mesa, después de los postres, y anuncia a su familia: “Me voy a mi cuarto a leer”. La obra que está leyendo es de Calderón, La vida es sueño. Al final de una de sus escenas cierra los ojos y se pone a pensar hasta llegar a la convicción de que, al retirarse del comedor, lo que tenía que haber proclamado era: “Me voy para siempre a leer”… Y a partir de entonces vivió ya para los libros.

            De esta bella novela, que me recomendó mi prima Esperanza y que yo os recomiendo a vosotros (con el mismo ahínco que os sugiero la lectura de Juegos de la edad tardía, si aún no la habéis leído), extraigo el título de mi carta de hoy. El mismo personaje, páginas después, siendo ya adulto, preparando una clase o un tema para las oposiciones, analiza el inicio de Tio Vania y, de forma bella y emocionante para el lector, llega a esa conclusión: “Qué pasa cuando no pasa nada: eso es lo que nos cuenta exactamente Chéjov”

            ¿Qué pasa cuando no pasa nada? Me decía a mí mismo que, si llevaba un mes sin volver a escribir en el blog, era porque no había pasado nada que mereciera la pena  ser contado… claro que podría haber colgado algún texto, más o menos literario, sin necesidad de escribiros ninguna carta; o algo escrito por alguno de mis amigos o cuya lectura me hubiera emocionado (como he hecho otras veces), o haberos hablado de una biblioteca, de un algún restaurante como La Lola, del que hace tiempo que pretendo hablar y en el que estuve cenando un día con María, José María y los niños (David y Natalia); de algún amigo que se deje retratar… Pero, por lo que parece, cuando no pasa nada ni siquiera se tienen ánimos para escribir.

            Ahora, después de un mes, lo hago desde Albacete. Creo que es 2 de octubre; no estoy muy seguro, pero por ahí anda la cosa; hasta el viernes no volveré a casa, así es que aún tardaré unos días en colgar esta nueva carta abierta en la que pretendo contar qué he hecho en todo este tiempo en el que no he hecho nada.

            Como os contaba el último día, habíamos estado en la playa. Luego tuve que volver al trabajo y me pasaba las horas de la mañana en la oficina, a veces sin más asueto que los minutos justos para tomarme un café en el bar de la Santa. Por las tardes, ya en casa, repasaba matemáticas con David, leía novelas sin tapas, estudiaba algo de húngaro o de francés, traducía un par de frases latinas, rompía recortes almacenados durante años (al darme cuenta de que ya no los quería para nada), me asomaba a la terraza para ver a la gente pasear por la avenida… Un par de veces fui con Eliana a tomar un helado en la heladería donde Julie ha trabajado este verano; en una maceta del pasillo salieron unos hongos amarillos y les hice una foto (la he puesto para acompañar estas palabras, porque me resulta muy difícil encontrar una imagen para ilustrar “nada”)… Me cuesta creer que sólo fuera eso, pero no consigo recordar otra cosa. Luego volví a estar unos días de vacaciones. Como Eliana y Julie tenían que trabajar, nos íbamos solos los tres (David, Natalia y yo); fuimos a la playa (a Moncófar), también a ver el deprimente museo de Ciencias Naturales de Onda y a navegar por el río subterráneo de las Grutas de San José, en Vall de Uxó; fuimos un par de veces a la caseta de María, en Utiel, para comer al aire libre y bañarnos en la piscina; hicimos noche fuera de casa, camino de las Lagunas de Ruidera y alquilamos un patinete para navegar en una de ellas; buscamos las cascadas que hay en la cueva de Las Palomas, en Alborache, y en la cueva Turche, de Buñol; con la sequía apenas caía una fina cortina de agua en la primera, pero pudimos bañarnos en los pequeños lagos que se forman a sus pies.

            Supongo que cualquiera de estas aventuras hubiera dado para contar mucho:  de la playa de Moncófar guardo un par de recuerdos muy emotivos en los que me hubiera podido recrear, no era la primera vez que iba al museo de Onda y, además, de allí era un amigo del primer año de facultad, que colaboró en una revista que monté  “Sin embargo…”, y que ayudaba a reprografíar desde el segundo número (aunque no tenía intencionalidad política, el primer lo hicimos con una multicopista, tan en boga durante los últimos años del franquismo); de Vall de Uxó era mi primera mujer, allí nos casamos (justo en la ermita que se levanta sobre las grutas), e incluso llegué a vivir allí durante un tiempo… y así podría haber ido rescatando otros recuerdos de Utiel, las lagunas de Ruidera, Buñol… Incluso sin evocar al pasado, hubiera podido recrearme en la narración de algunas anécdotas, como la comida que hicimos en una desolada terraza, en la que sobre una mesa sucia, una camarera con uñas renegridas le sirvió a los niños una hamburguesa y a mí un bocadillo; el baño era tan pequeño que encontré a una chica con la puerta abierta, porque no podía cerrarla para poder sacar los pies… En el Albergue Juvenil de Alborache, la directora no sólo nos impidió  entrar a preguntar, sino que nos negó toda la información que le pedimos sobre el camino qué debíamos seguir o cómo hacer para poder utilizar las instalaciones algún día… nos indicó que si queríamos información fuéramos al Ayuntamiento de Buñol, pese a que estaba a varios kilómetros y cerrado en fin de semana; no lo hicimos porque yo recordaba que el camino por el que le preguntábamos nace precisamente frente a la puerta del albergue y, por más que ella quisiera ocultárnoslo, encontramos un mapa mural junto a la puerta. Los niños se quedaron bastante impresionados porque nunca habían visto a nadie así, pero yo (aunque ella no lo recuerde), la conozco personalmente, hemos coincidido incluso en alguna cena y, como cualquiera que la conozca, no hubiera esperado otro comportamiento de ella; si llegamos hasta allí a por la información fue porque, siendo fin de semana, confiaba en que en su lugar hubiera estado algún empleado que, como otras veces, nos habría dado alguno de los planos que tienen fotocopiados con el recorrido que nos interesaba y, como en otros albergues (Barcelona, Córdoba, Toledo…), además del teléfono para reservas, nos hubiera facilitado precios, temporadas, características y demás.

            Así podría seguir contando nimiedades hasta llegar al día en el que volví al trabajo y a la rutina de lo cotidiano; pero el caso es que, ahora que os lo estoy contando, (diciendo que lo podría haber contado), me doy cuenta de cuántas cosas pasan cuando no pasa nada…. Ya no volveré a tener excusa para escribiros.

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