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Sol Mestizo, Certamen Literario

En España se convocan cada año más de tres mil certámenes literarios. El dato es de hace algún tiempo, pero no creo que haya variado mucho; es posible que en estos momentos sean más. También resulta fácil suponer que entre tantas convocatorias las haya de todo tipo: desde las más serias a las más informales, desde las más honestas a los meros chanchullos, desde las que premian con generosidad a los autores a las que quieren hacer negocio con ellos, desde las que dan prestigio a quienes las ganan hasta las que tratan de realzarse con el nombre de los premiados… Es más, seguramente, una y otra vez se repiten parecidos esquemas (por lo que no es tan de extrañar que sean los mismos autores, y en ocasiones con la misma obra, quienes ganen la mayoría de las veces). Resulta muy difícil ser original si cada día se anuncian las bases de diez nuevos certámenes.
Estoy convencido de que el Grupo Local de Amnistía Internacional de Albacete no trataba de ser original cuando se decidió a convocar un certamen literario, dentro de su tradicional festival “Sol Mestizo”… Pero también estoy convencido de que el suyo es un certamen realmente diferente, que merece ser reseñado de una manera especial.
Conocí el proyecto a través de Manel, el que fue su coordinador en la primera convocatoria. A este terrícola (como a él mismo le gusta considerarse), lo trajo Irene a nuestro informal taller literario de Casas Ibáñez, una noche de la primavera del año pasado, para que nos contara su idea: Convocar un certamen de narrativa breve en el que los relatos girasen en torno a una experiencia real y que culminara reuniendo, en la entrega de premios, al protagonista de la historia con quienes hubieran escrito los trabajos premiados.
A lo largo de aquella reunión intercambiamos ideas, pusimos pegas, buscamos la manera de salvar los obstáculos que aparecían y me comprometí a facilitarles las bases del Certamen Literario Emilio Murcia, de Villatoya, que tomaron como modelo, y unas cuantas direcciones de páginas en las que podían dar a conocer su proyecto… Y echaron a andar. Convocaron el certamen, lo dieron a conocer, recibieron una calurosa respuesta y en agosto de ese mismo año, durante la celebración del X Festival “Sol Mestizo”, reunieron en la entrega de premios a los primeros ganadores: Olga Huerta Jubia (Un mar de libertad), Liliana Savoia Amaranta (Yejida), José Jesús Moreno Meneses (Cuando la luz se apaga), Carmen Frontera Quiroga (Las mamás lloran como lloran las mamás) y Dionisio López García (La barranca del ahorcado), junto con el verdadero protagonista de las historias que ellos habían escrito: Alejandro González Raga, quien había sido detenido y encarcelado en Cuba, junto a otras 59 personas, por recoger firmas para el “Proyecto Valera”, iniciativa pacífica que solicitaba a las autoridades cubanas: libertad de asociación, de expresión, elecciones libres y otros derechos humanos; después de cuatro años en la cárcel, por su delicado estado de salud, fue expulsado de su país y deportado a España… 55 de sus compañeros todavía permanecen en prisión.
Los cinco trabajos premiados, junto a otros diez seleccionados por el Jurado, fueron publicados en un libro entrañable, que se abre con unas palabras del propio Alejandro, el protagonista de todos los relatos: “Vayamos a Cuba con todas las armas del afecto, con todas las herramientas del cariño, que son las únicas posibles para expulsar para siempre del alma generosa del cubano el odio por tanto tiempo exacerbado”.
Ahora acaba de hacerse pública la segunda convocatoria. Las bases completas pueden consultarse en este enlace y el protagonista de este año es Mohammed Salah Talib; este es su testimonio, el texto en el que han de inspirarse los relatos que se presenten:
“Los soldados israelíes llegaron con tanques y bulldozer y sacaron de la casa a toda la familia: a mí, a mi esposa y a nuestros hijos y nietos. Después destruyeron la casa y dañaron el depósito de agua. Desde entonces vivo en una cueva cercana, y algunos de mis hijos se han visto obligados a mudarse a otra localidad. Pero es aquí donde está nuestra tierra, así que ahora estamos reconstruyendo nuestra casa. Yo nací aquí. Vivíamos en una cueva, como tantos otros campesinos en aquellos tiempos, pero el mundo ha cambiado desde entonces. He trabajado con denuedo toda mi vida para mis hijos; ahora están casados y tienen hijos, así que necesitan sus propias viviendas. No deberían verse obligados a marchase de aquí.” Su hijo Akram dijo:” Cuando destruyeron nuestro hogar mis hijos eran pequeños: el menor tenía sólo seis años; mi hija pequeña nació después. Nuestro mundo se derrumbó. Fue muy difícil. Tuvimos que alquilar un apartamento en otra localidad, mientras que mis padres se quedaron aquí. Ha costado un gran esfuerzo reconstruir nuestra casa. No está totalmente terminada todavía, pero nos las arreglamos. No quiero perder nuestra casa de nuevo ni quiero marcharme.”
Sé que muchos de los que me leéis también escribís, así es que os invito a participar. Merece la pena… Como la merecerá acudir a la entrega de premios durante el XI festival Sol Mestizo para escuchar los relatos premiados en la voz de sus autores y el testimonio real en la de Mohammed Salah Talib… Yo haré todo lo posible por no perdérmelo.
Felicitación Día del Libro de 2009

Hoy, 23 de abril, como cada año, quiero felicitar a todos mis amigos lectores. Sólo la primera vez que lo hice desde el blog, me atreví a ilustrar la felicitación con un poema mío que, por pudor o por vergüenza, borré pocos meses después. En otras ocasiones han sido la invitación a leer una novela (Narradores de la noche, de Rafik Schami) o el compartir, con quien quisiera aceptar el regalo, un relato que me había emocionado: Bibelot, de Félix J. Palma Macías… Hoy, sin embargo, lo voy a hacer reutilizando un texto que recibí el año pasado, el que me envió Noelia, y que aquí transcribo para todos vosotros:
A todos los lectores...
A todos los que alguna vez han tenido un libro abierto sobre las palmas, igualmente abiertas, de sus manos, apresando cada sensación entre los dedos, leyendo a través de la piel, convirtiendo su cuerpo en lectura...
A todos los que, recordado el momento, el lugar exacto en el que terminaron de leer una novela, enlazarán para siempre y de forma inevitable su memoria con el final de la historia que acaban de leer mezclando ficción con realidad, ficción con ficción...
Libros, momentos, lugares
Juntos, nada más. La primera vuelta desde Madrid.
El autobús entrando a mi pueblo.
La ladrona de libros. El atardecer mágico de un lunes.
Un sofá nuevo, una nueva vida.
A todos los que disfrutan deslizando su mano por la cubierta del libro que están leyendo como si quisieran quitar una diminuta e invisible mota de polvo que perturba la ilustración de la tapa, tal vez el punto de la jota del apellido del autor...
A todos los que consiguen imaginar en relieve, en movimiento, con sonido y a todo color cada una de las palabras que planas, estáticas, silenciosas y en negro se acumulan en un orden perfecto a lo largo de los renglones, los párrafos, las páginas, los libros, las estanterías, las bibliotecas...
FELIZ DÍA DEL LIBRO.
A los referentes lectores y a todos los que tuvimos la suerte de tener uno.
Referente lector
Una madre. Una madre en bata azul. Una madre en bata azul en el sillón de la
Un día para la paz

Tengo que confesar que, hasta este año, no me había enterado de que existe un “Día Mundial Escolar de la No-Violencia y de la Paz”. Nunca me he mostrado muy partidario de este tipo de celebraciones. Alguno podría echarme en cara que en este mismo cuaderno, cada 23 de abril, celebro el Día del Libro y que, cuando diciembre se acerca a su fin, siempre encuentro una excusa para felicitaros la Navidad. Es cierto. Y ojalá y todas mis contradicciones fueran así de simples e inocentes.
Pues sí, resulta que el 30 de enero se celebró el Día Mundial Escolar de la No-Violencia y de la Paz y yo lo supe porque gente a la que quiero (Vicen, Espino, María, Elena…), me invitó a colaborar con el Jurado de un premio de redacción sobre la paz que, desde El Proyecto Avalon (Iniciativa para una cultura de paz), habían convocado entre los escolares de Requena. Para mí fue muy agradable reunirme con ellos (y con los miembros del jurado del premio de dibujo, que también lo había), y fue muy emocionante leer los trabajos de niños que con tanta espontaneidad como lucidez ofrecían sus propuestas para un mundo mejor.
El primer premio de dibujo fue, simultáneamente, para Fabián Wasiak y Jorge González. Los de redacción para Alex Folgado, de 11 años; Javier García, de 8 y Paula Fernández, también de 8 años.
Los dibujos los tenéis al principio (primero el de Fabián y a su lado el de Jorge), ilustrando esta entrada al blog. Las redacciones os las pongo a continaución y a sí me sumo a todo los actos, en favor de la paz, se hicieran el pasado día 30.
“Abrimos la boca para saborear la paz.
Abrimos los dedos para tocar la paz.
Abrimos los oídos para escuchar la paz.
Nos abrazamos todos juntos para sentir la paz.
Chicos y chicas, con mucha paz.
Abrimos los ojos.
Abrimos la boca.
Abrimos los dedos.
Abrimos la puerta.
Abrimos la puerta con mucha paz.
Nos abrimos todos y tocamos la paz.
En pie de paz.”
Alex Folgado
“La palabra paz es la que más veces ha querido escuchar la humanidad.
En algunos lugares del mundo no hay paz. Sería muy bonito asomarse a la ventana y ver como el viento mueve las hojas de los árboles, oír como llueve, sin miedo a que una bomba destruye a miles de personas.
Las guerras son por diferencias de pensamientos, de religión o de ideologías. Siempre se puede hablar de ello, dando cada uno su opinión; no es necesario usar la violencia.
No hagamos el odio, hagamos la paz.
No sirvamos a la guerra y ayudemos a los demás.
Seremos pobres en dinero, pero inmensamente ricos es amor.
La paz es posible.
La paz empieza en ti.
La paz es posible contigo.”
Javier García
“La paz es muy bonita, sobre todo si la hacemos con nuestros amigos.
El año pasado, para lograr la paz hicimos muñecos que se daban la mano. Este año haremos algo tan bonito o más.
Estoy deseando que llegue ese día”
Paula Fernández
Por la lectura (José Luis Sampedro)

No he leído mucho a José Luis Sampedro, aunque siempre me ha encantado oírlo hablar, ya sea de Literatura o de Economía. Reconozco también que tiene un carisma especial, que se acrecienta con su cercanía a la gente… Quizá sea por esta condición, propia de los sabios verdaderos, por lo que hoy lo traigo al blog; no tanto por sus novelas, como por esta bella reflexión que, como suscribo, quiero ayudar a difundir (hallaréis otros escritos igual de lúcidos en su página personal, que os invito a visitar). Por la Lectura Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May. Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
En el camino aprendí (Rafael Amor)

Hace tiempo que quería escribir algo sobre Rafael Amor; de hecho ya lo he mencionado en un par de ocasiones, (la primera de ellas, el 4 de septiembre del 2006, en los comienzos del blog, “Lección de húngaro”)… Pero fue al finalizar el año, intentando hacer balance sobre todo lo tristemente aprendido a lo largo del 2008, cuando, sentado ante la pantalla del ordenador y tratando de encontrar el lado positivo en tanta decepción, una de sus canciones me venía una y otra vez, no ya a la cabeza, sino a la punta de los dedos que bailaban sobre el teclado… No me cupo entonces, pero ya os anuncié que sería esa canción, este poema, mi próxima entrega.
Podía transcribirlo sin más, o crear un enlace para que podáis escucharlo cantado… Rafael Amor no necesita presentación (ni siquiera para aquellos que no lo conozcan: ya no lo olvidarán cuando lo escuchen); pero quería contaros que yo lo conocí hace muchos-muchos años (cuando vosotros aún no habíais nacido). Una amiga tenía una cinta de “casset” con algunas de sus canciones: “Corazón libre”, “El loco de la vía”, “Cintas amarillas”… Yo las escuchaba una y otra vez, sin cansarme nunca de tanta ternura y asombrado de que nadie lo conociera, de que no lo emitieran en la radio, ni saliera en la televisión, ni estuvieran sus discos en ninguna tienda de Castellón, que es donde entonces vivíamos. Las ventanas del cuarto de mi amiga daban al patio de un colegio. Es lo único que recuerdo de su casa, porque una mañana me copié su cinta, poniendo junto al altavoz de su reproductor, el micrófono del mío. Durante muchos años fue esa la única forma de volver a escucharlo y, entre canción y canción, se quedó detenido el tiempo para siempre, al grabarse también las voces de los niños que jugaban al otro lado de la ventana.
Años después, en Toledo, pude verlo y grabarlo en un programa de televisión que algunos recordarán; se llamaba “A media voz” y lo presentaba el Gran Wyoming, junto a un jovencísimo Óscar Ladoire; duraba menos de una hora y se emitía muy avanzada la noche. Estando ya en Requena, cuando hacía tiempo que conocía a Guadalupe y habíamos tomado la confianza suficiente como para hacernos confesiones de esa índole, me contó que a ella le gustaba un cantautor al que nadie conocía y que se llamaba Rafael Amor… No es éste su único encanto (algún día tengo que presentárosla), pero desde entonces no sólo creció mi aprecio por ella, sino que me dejó las cintas que tenía de él (¡originales!), y yo le presté la mía de vídeo, porque ella tampoco lo había visto nunca… aunque Internet ya se asomaba por el horizonte y, para bien, todo iba a ser distinto al cabo de muy pocos años.
Mas, antes de que fuera posible acceder a su página, o ver actuaciones suyas en YouTube, o encontrar miles de referencias en Google; tuve la ocasión de conocerlo personalmente en Villatoya. Fue durante una de las entregas de premios del Certamen Literario Emilio Murcia, una de las ediciones en las que prácticamente yo no intervine; Camilo me comentó que le habían hablado muy bien de un cantautor argentino, al que sería posible contratar para el evento, y que se llamaba Rafael Amor… Cuando le conté algo parecido a lo que os acabo de narrar, ya no dudó en traerlo y me dijo que sería el regalo que el Certamen me haría en mi cincuenta cumpleaños… Y allí estuvo, con todos nosotros (Guadalupe también, claro), emocionándonos con su sensibilidad, haciéndonos reír con sus presentaciones, llorar con su palabras (ni Eliana ni yo –que aparecemos junto a él en la foto–, ni su hermana, ni quizás algún otro, aún no siendo inmigrante, pudimos evitar las lágrimas con su emblemático “No me llames extranjero”).
Pero, si continúo, voy a tener que dejar de nuevo su poema para la próxima vez; más vale que lo leáis y luego, el que quiera, que siga buscando.
En el camino aprendí
En el camino aprendí,
que llegar alto no es crecer,
que mirar no siempre es ver
ni que escuchar es oír
ni lamentarse sentir
ni acostumbrarse, querer...
En el camino aprendí
que estar solo no es soledad,
que cobardía no es paz
ni ser feliz, sonreír
y que peor que mentir
es silenciar la verdad.
... (quiero leerlo todo)Un poema de Lola Mayo

No puedo decir que Lola Mayo sea mi amiga... pero la conozco y una vez me llamó “loco”. Lo dijo con tanto cariño que, años después, me sigue pareciendo un bello elogio. Fue durante la presentación en Madrid del libro Segundos Cortos, en el que se recogían los finalistas del II Certamen de relatos hiperbreves que convocamos en Edisena; entre ellos se encontraba Dobles cuerpos, uno delicioso que ella había escrito sobre las consecuencias del amor. Lola Mayo no ganó ni se ha hecho famosa como escritora, aunque algo sí que lo sea como guionista de televisión (Documentos TV) y de cine (Lo que sé de Lola). Recuerdo también que vino a la presentación con su madre y que se sentó a mi lado en la mesa; no la he vuelto a ver desde aquel encuentro, pero sí que hablamos un par de veces por teléfono y, meses después, me envió por correo un ejemplar dedicado de su libro Perfil del abordaje, con el que había conseguido en Navarra el premio de poesía “Angel Urrutia”... Lo he leído más de una vez y aún me emocionan sus poemas; el primero de ellos todavía me humedece los ojos:
HE ESCRITO un libro.
Me lo envían reciente
con las tapas azules y amarillas
y una dedicatoria en versos anchos.
He llorado al atardecer sobre mi libro.
Porque cuenta la historia de mi alma.
Porque cuenta los amores que no tuve,
los libros que leí y que no leí,
porque cuenta episodios de los que no soy protagonista,
porque contiene las claves de la vida
que aún no supe vivir, en tantos años...
Lloro porque un libro así
lleva mi nombre en la cubierta.
Pero lloro también por otras cosas.
Lloro porque para escribir mi libro
desoí las penas de algunos amigos,
me olvidé de contestar cartas sinceras
y casi maté de hambre al pobre Atticus,
mi perro, que a fin de cuentas,
tampoco tiene la culpa de que a los hombres,
a cierta edad, nos dé por hacer libros.
Este libro por tanto es culpable
de mis pecados tristes
de omisión e ignorancia.
Me acuso, sobre todo,
de que por este libro,
por la tiranía de sus capítulos,
por la necesidad de su trama,
amé a un hombre urgentemente,
le acaricié deprisa, sin paciencia,
y se fue de mi lado
más desnudo aún de lo que quiso.
Así que este libro ojalá lo compren muchos,
yo lo vendo; no lo quiero conmigo.
La próxima vez
escribiré libros con menos páginas,
o poemas con menos versos,
o versos monosílabos.
Y amaré más despacio.
“Bibelot” de regalo para el día del libro

Hace dos años, tal día como hoy, os escribí a todos. Uno a uno. Aunque las palabras fueran casi las mismas, en ti puse el corazón cuando escribí tu nombre… como cada vez que lo tecleo o lo escucho, como cada vez que evoco tu mirada o tu sonrisa. Os felicitaba por el día del libro, pensando que, como yo los quiero, también de alguna manera ésa es fiesta de todo a aquel al que amo; así es que me hice eco de la costumbre catalana, según la cual cada 23 de abril, día del libro y de Sant Jordi, las gentes que se quieren se regalan libros y rosas… Aquella carta abierta fue, además, uno de los textos que me sirvieron para emprender esta bitácora unos meses después.
Lo repetí al año siguiente, uno a uno a quienes pude y desde las páginas del blog para todo aquél que, aún sin conocerme, quisiera sentirse felicitado. Lo hice escribiendo sobre libros y eligiendo una de mis últimas lecturas (Narradores de la noche, de Rafik Schami), para obsequiar a todo aquél que me enviase una rosa (ya fuera real, dibujada o virtual)… Sólo recibí una, pero no me quejo.
Para no perder la costumbre, aquí me tenéis por tercera vez; dispuesto un año más a felicitaros el día del libro. Tal vez alguno de vosotros pretenda desentenderse, diciendo que él no tiene nada que ver con ellos… pues que no olvide que él, como cada uno de nosotros, es el protagonista de una asombrosa novela que aún está por escribirse.
En esta ocasión no hay poema (como la primera vez), ni libro a cambio de rosa (como la segunda). Este año mi regalo consiste en un cuento que leí hace unas semanas y que me impresionó tanto que enseguida quise compartirlo con todo el mundo. El título es “Bibelot” y su autor Félix J. Palma Macías… A él ya lo he mencionado en más de una ocasión (lo conocí en Villatoya, donde ha venido un par de veces; como finalista del primer certamen de relatos “Emilio Murcia”, con Permanente, y como ganador del segundo, con Métodos de supervivencia)
Seguro que, al leerlo, más de uno se acordará de El cuento de navidad de Augien Wren con el que Paul Auster nos emociona en Smoke… También yo me sentí un poco confundido en sus primeas páginas; pero no, para nada, quizás ese parecido sea parte del juego literario de Félix J Palma; no os dejéis engañar y seguid leyendo hasta el final. Seguro que “Bibelot” se convertirá en uno de vuestros relatos preferidos… y ése habrá sido mi regalo para ti este 23 de abril, este día del libro del 2008.
(Como el cuento es muy extenso, no lo coloco aquí. Para leerlo, pincha en este enlace)
Romance de la loba parda

Recuerdo, con más asombro cada día, el encanto de las historias que nos contaba papá; ya fueran relatos, poemas, canciones o retahílas. Alguno de sus cuentos no los he vuelto a escuchar jamás; como es el caso del que él llamaba “Los muchachicos de la torre” y al que yo titularía “Carne de culo”, si algún día me decidiera a escribirlo… Otro de ellos se lo oí contar a Maricuela, una cuentacuentos aragonesa y genial, una de esas noches mágicas del 16 de enero en las que en Chelva se escuchan o escuchaban historias maravillosas a la luz de las hogueras, al calor de las palabras; éste tiene que ver con un fraile motilón y una hormiga; he encontrado algunas versiones (recogidas siempre de la tradición oral), pero Maricuela repetía las mismas voces y los mismos gestos que empleaba mi padre… De entre las canciones que nos cantaba, recuerdo la de Pimpón (que inspiró uno de mis primeros cuentos: “Pimpón, el mago”, nunca publicado); algunas de sus retahílas todavía se las repito yo a los niños y, de los poemas, ya dejé aquí constancia de la “Canción de cuna de los elefantes”, de Adriano del Valle; es la entrada del blog que más visitas sigue recibiendo y no hace muño me escribió un nieto del poeta, que mantiene viva en Internet una bella página dedicada a su abuelo: “El blog de Onda”; otro de los poemas que le gustaba recitar y que algún día evocaremos aquí es el de Gabriel y Galán, “Mi vaquerillo”… mas hoy le toca el turno a este romance anónimo, uno de sus preferidos y que más veces le escuché recitar:
Estando yo en la mi choza,
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas,
no paran en la majada.
Vide venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes
cuál entrará a la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como punta de navaja.
Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada;
a la otra vuelta que dio,
sacó la borrega blanca,
hija de la oveja churra,
nieta de la orejisana,
la que tenían mis amos
para el domingo de Pascua.
— ¡Aquí, mis siete cachorros,
aquí, perra trujillana,
aquí, perro de los hierros,
a correr la loba parda!
Si me cobráis la borrega,
cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis,
cenaréis de mi cayada.
Los perros tras de la loba
las uñas se esmigajaban;
siete leguas la corrieron
por unas sierras muy agrias.
Al subir un cotarrito
la loba ya va cansada:
—Tomad, perros, la borrega,
sana y buena como estaba.
—No queremos la borrega,
de tu boca alobalada,
que queremos tu pelleja
pa’ el pastor una zamarra;
el rabo para correas,
para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón,
para meter las cucharas;
y las tripas pa vihuelas,
para que bailen las damas.
Allende (Puri Novella)

Alguno de vosotros ya habrá leído el nombre de Puri Novella en esta página: Fue la ganadora del último premio de relatos en Villatoya… Así es que alguno de vosotros también habrá leído ya el cuento con el que ganó: “Las hijas de Irene”. Por aquellos días (los de la entrega de premios), le dije que alguna vez quería colgar un texto suyo en “lo que escriben mis amigos”, pero hasta que no leí su relato “Allende”, no tuve claro que sería éste, que ahora os transcribo, el que querría compartir con todos vosotros.
El hacerlo viene hoy al caso porque acabo de conocer el blog que ella ha empezado a escribir el pasado mes de junio… Os voy a poner un enlace aquí mismo, para que siempre podáis entrar a él desde mi página, Aunque no habla mucho de ella misma (Me gustan las canciones de Serrat y la poesía de Luis García Montero. Las novelas de Belén Gopegui, los parques al sol y "Los Lunes al Sol", "Barrio" y mi barrio, Granada, saber que puedo encontrarme con mi gente y que ya soy muy mayor y un pelín rara para hacer nuevos amigos. Compromiso. Incondicionalidad. Resistencia. Y revolución siempre. De pequeña quería ser escritora y sigo en el intento de no defraudarme por completo. Besos para los días de lluvia y yacimientos de alegría para cuando la vida se enrosque empeñada en meternos a presión en callejones sin salida), podréis conocerla a través de lo que escribe, a través de historias tan bellas como ésta:
ALLENDE
Mi madre me llamó Allende por Isabel.
Escondía sus libros entre las sábanas recién planchadas, “Para que huelan a Lavanda, niña mía, y guárdame el secreto que no quiero que papá se entere”.
Porque si papá sabía, si papá se enteraba, hacía volar a jirones los libros de Isabel Allende sobre el parquet del salón, no sin antes proferir su gama de insultos tercera vocal: Inútil/ Idiota/ Ilusa.
Se albergaba el miedo en las grietas blancas de los labios de mi madre, en sus ojos siempre esquivos, en los pies pequeños, de pasos imperceptibles. Fue ahí donde empecé a reconocerlo, húmedo, escarchado, falto de piedad y de aliento. Era el miedo.
Sólo con la lectura se atrevió a enfrentarlo, hacía trampas, buscaba huecos, silencio, oscuridad, necesitaba abrir los libros, refugiarse en ellos, perderse en las palabras y recuperar las cenizas de sí misma, de alguien que un día quiso ser profesora de literatura y contaba cuentos magistralmente, en los que las princesas no tenían que dejarse las uñas fregando, ni perder zapatos prestados, ni dormir boca arriba media vida para ser rescatadas por el hombre de sus sueños, con melena de paje y medias color granate, porque, sencillamente, no lo necesitaban, podían solas, y llegado el momento ya decidirían con quien y cómo bailar. “Yo te llevo, Rey”.
Se transformaba cuando me contaba aquellas historias. Tumbadas en la cama fijábamos las dos la vista en el pedazo de techo iluminado por mi linterna, y a veces yo perdía el hilo de la narración por contemplarla: absorta, los ojos enormes, emocionados, las palabras torrente incontenible, discurso convincente.
Pero giraba una llave en la cerradura de casa y el microcosmos se desvanecía de golpe, ella salía de mi habitación sin despedirse, cerraba la puerta y volaba hasta la cocina, donde había dejado todo preparado para simular que llevaba tiempo realizando la misma tarea.
Porque papá olía el tufillo de los cuentos, y le pasaba como a mí con el olor a cera derretida, se ponía malo, y eso que a él le gustaban las palabras, las dominaba a su antojo, tanto que hasta guardaba reservas, pequeños montoncitos de leña dispuesta a arder, agrupados por iniciales. Utilizaba mucho el de la P: Payasa/Patética/Paleta.
El libro preferido de mi madre era “Cuentos de Eva Luna”, yo los conocía de memoria antes de saber leer, sobre todo el de Belisa Crepusculario, aquella mujer tan pobre que ni siquiera poseía nombres para llamar a sus hijos y decidió huir en dirección al mar para ver si así burlaba a la muerte. Se hizo vendedora de palabras. “A quien le comprara cincuenta centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía”. Era la frase que más le gustaba: “¿Te imaginas? Qué maravilla.”
Debo reconocer que durante mucho tiempo no pude acercarme a ninguna lectura de Isabel Allende. Se me atravesó, como la palabra cáncer en las familias que han perdido varios miembros por su causa. La culpabilicé de cegarla con sus historias, envolviéndola en leyendas inútiles que le restaban fuerzas para la lucha diaria.
Qué tontería. Al menos guardaba un as en la manga, una luz secreta, algo propio y privado. Suyo. Y qué miedo prohibirme, vetarme, señalar culpables, parecerme a mi padre.
La pasión y la curiosidad por la lectura, el hábito indispensable, se los debo a ella: Olga Medina de guantes blancos en su foto de boda, y sonrisa de creer en las promesas, zapatos puntiagudos y brillantes, rosas achampanadas, tiempo detenido. Algún mensajero del destino, uno de esos viajeros de las máquinas del tiempo que tanto hemos visto en películas tendría que haberse presentado en aquel estudio y enseñarle en un calidoscopio lo que iba a ser su vida. “No sigas, piénsalo, te mereces otra cosa”.
Quizás hubiera descartado la oferta, segura de sus ilusiones, convencida de su apuesta.
(quiero leerlo todo)
La novia del campo

El sábado pasado, regresando de Madrid, contemplaba Eliana el paisaje manchego que tanto le hechiza desde que llegó a España: ese tapiz de rojos y ocres, verdes y amarillos que se combinan con infinidad de matices, que varían de una a otra estación del año, y aún de una a otra hora del día. Sólo quien lo haya gozado con sus propios ojos podrá llegar a saborear plenamente la pintura de Benjamín Palencia. Atardecía y el cielo azul, que se oscurecía en nuestro horizonte, se tornaba naranja, malva y rojo a medida que el sol se ponía a nuestras espaldas e iba desapareciendo, en busca del mar, donde quedaría convertido en un único y fugaz rayo verde… Tan verde como el trigo y la cebada que, convertidos en alfombra, habían empezado a cubrir los campos manchegos en los que aún duermen, desnudas, las cepas de las viñas. “¿Cuándo saldrán las amapolas?”, me preguntó. “No sé –le confesé–, pero ya no tardarán mucho”. Era verdad. Sólo dos días después, regresando el martes del trabajo, pude contemplar las primeras desde el coche; el miércoles eran tantas que ya no había que buscarlas, eran ellas las que salían al encuentro de los ojos. Así que, como cada primavera, volví a recordar el poema de Juan Ramón Jiménez que, siendo niño, tanto me gustaba… y me dije: en cuanto pueda, lo cuelgo en blog. Aquí lo tenéis:
Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
amapolita, amapola,
¿te quieres casar conmigo?
Te daré toda mi alma,
tendrás agua y tendrás pan.
Te daré toda mi alma,
toda mi alma de galán.
Tendrás una casa pobre,
yo te querré como un niño,
tendrás una casa pobre
llena de sol y cariño.
Yo te labraré tu campo,
tú irás por agua a la fuente,
yo te regaré tu campo
con el sudor de mi frente.
Amapola del camino,
roja como un corazón,
yo te haré cantar al son
de la rueda del molino;
yo te haré cantar, y al son
de la rueda dolorida
te abriré mi corazón,
¡amapola de mi vida¡
Novia del campo, amapola,
que estás abierta en el trigo;
amapolita, amapola,
¿Te quieres casar conmigo?
Doce relatos... más uno

El primero que se presentó era viudo (qué antiguo, ¿no? Parece que ya no se lleva lo de ser viudo, aunque luego vimos que no era el único). Había dedicado sus mejores años a criar a las dos hijas que le quedaron cuando murió Irene, su mujer, y ahora, que ellas ya son mayores, ha tenido la oportunidad de volver a rehacer su vida; incluso se ha planteado tener un hijo con su nueva pareja, después de tantos años.
Entiendo que no puedo seguir. Ni siquiera he explicado que Tina, mi amiga Tina, vino a Villatoya el primer fin de semana de marzo, con Jose y con Pedro, el hijo de ambos, al que aún no conocía. Fue un agradable encuentro, después de tanto tiempo sin vernos más que a través de alguna foto que hayamos intercambiado por Internet.
El segundo en presentarse parecía venir de otra época… En realidad venía de otro tiempo; quizás alguno de vosotros haya sabido de él por los libros de historia: Marco Aurelio, se llamaba, un procurador romano. Tal vez hubo otros, pero éste, por lo que nos contó, estaba siendo advertido de una injustificada rebelión de esclavos; difícil de detectar y difícil de detener porque, más que manifestarse como tal rebelión, tenía todos los tintes de una conspiración.
Estábamos alojados en el balneario de los Baños de la Concepción y, después de la siesta del sábado, nos fuimos al pueblo, paseando por la carretera vieja (vieja tan sólo desde que cuatro días antes se abriera al tráfico la nueva variante, que evita el angosto paso por entre las casas). Allí, en el Ayuntamiento, nos esperaba Llanos, la alcaldesa (también nueva como tal. En la foto aparecen Tina y ella, pero hace unos años, cuando ninguna de las dos era aún mamá)
El tercero en presentarse se llamaba Bartolomé, Bartolomé Fluccini, cocinero nacido en Florencia y a quien, pese su juventud, los cortesanos del rey castellano Enrique IV, el Impotente, habían contratado para trabajar en Valladolid… allí fue donde conoció a Leonor. Como veis también este buen hombre tuvo que viajar en el tiempo para llegar al salón de plenos del Ayuntamiento de Villatoya a contarnos su historia.
Enseguida llegaron Ángel (su mujer, Mamen, se había quedado en el balneario, estudiando con Eliana), y Goyo, en compañía de Noelia y de Camilo, quien, antes de Llanos y por muchos años, ha sido el alcalde de Villatoya; aceptó la invitación a ser, como los demás y junto a Maribel Rubio, que vino acompañada del Celso Peyroux, mero espectador.
El cuarto en aparecer en realidad era una mujer, pero creo que no llegó a decirnos su nombre… Sí el de su marido, Samuel, un aficionado a la jardinería, al que constantemente se veía obligada a disculpar y justificar. Tienen una hija, a la que están enseñando a ser mujer y que va a un colegio bilingüe pues, aunque les cuesta bastante esfuerzo, viven entre la gente bien… y como la gente bien.
Antes de que ellos empezaran a llegar, yo había hecho las presentaciones de unos con otros y, de forma especial, la de quienes iban a ser los protagonistas de la noche: Ángel, Tina y Gregorio (Goyo); pero de una manera muy escueta, haciendo más hincapié en su relación personal conmigo que en sus méritos profesionales.
El quinto era un albañil, poco trabajador pero muy observador, que desde la posición privilegiada que le dan las alturas: los andamios y el esqueleto metálico de las obras, puede observar lo que la gente que anda a pie de calle ni siquiera puede sospechar… incluso lo que hubiera preferido no ver y lo que quisiera poder callar.
… A Ángel, antes que como informático o "ejecutivo" de una cadena de supermercados, actor o director teatral, lo presenté como imaginativo e ingenioso montador de espectáculos teatrales... y marido de Mamen (a él lo conocí por su mujer).
El sexto eran dos: Pablo y Lucía… Aunque la verdad es que a él casi ni se le veía al lado de una mujer tan descomunal. “Porque Lucía era una mujer grande. De pechos grandes y culo grande…” Se habían conocido en una fiesta y su peculiar relación estaba marcada por la gordura de ella.
… A Goyo, antes que como profesor de la UCLM (¿habría que decir "emérito", catedrático o alguna otra cosa?), y alcalde socialista de Casas Ibáñez durante 8 años, lo presenté con las palabras que ya utilicé en este blog: "siempre lúcido en su pensamiento y claro en su expresión".
El séptimo era un niño que vino a hablarnos de la entrañable amistad que mantuvo con el señor Zacarías, un hombre bueno que estaba al frente de un peculiar bazar y al que le unía, además de un alma soñadora, el amor a las aves: cárabos, urracas, milanos, pinzones, jilgueros, canarios… y el majestuoso quetzal.
...Y Tina, por encima de todo (incluso su condición de lectora voraz, bibliotecaria en la UPM o sayaguesa), se ha mantenido fiel en su amistad a lo largo de los últimos 23 años, en los momentos buenos, en los malos e incluso en los muy malos.
El octavo en presentarse, Germán, también era viudo (¿Pensábamos que ya nos lo hay?). Mientras se acerca un nuevo día, desde la terraza de su habitación, con un cigarrillo entre las manos, contempla la ciudad dormida y recuerda la efímera relación con su mujer; mientras Inés, ajena a su insomnio, duerme placidamente a sus espaldas.
Beatriz, Luismi y Mari Carmen (la mujer de Goyo), se incorporaron más tarde… Así es que, como Jose, Mamen y Eliana, tuvieron que conformarse con que quienes estábamos allí les contásemos luego todas estas historias.
El noveno volvía a ser una mujer. Nos habló de sus sueños de dormida y de sus sueños de despierta, del hijo que estaba esperando… Nos confesó que tenía una agenda llena de hombres que no la saben querer, como ella necesita, y que va a aprender a ser mamá, a ser escritora y cientos de cosas más.
Ángel, Goyo y Tina formaron este año el Jurado Final del X Certamen Literario Emilio Murcia. Los demás les arropamos. Algunos, incluso (como Noelia, Beatriz o yo), habíamos colaborado en la selección de los finalistas. No fue fácil, porque se habían presentado 475 relatos.
El décim
... (quiero leerlo todo)Gloria Fuertes: Poeta de guardia

Nací para poeta o para muerto
escogí lo difícil
-supervivo de todos los naufragios-
y sigo con mis versos
vivita y coleando.
Nací para puta o payaso
escogí lo difícil
-hacer reír a los clientes desahuciados-
y sigo con mis trucos
sacando una paloma del refajo.
Nací para nada o soldado
y escogí lo difícil
-no ser apenas nada en el tablado-
y sigo entre fusiles y pistolas
sin marcharme las manos
Conocí a Gloria Fuertes por la televisión, como casi todos. Ya no era tan niño, pero me hechizaban aquellos breves poemillas suyos que, con voz aguardentosa y cascada, ella misma recitaba en “Un globo, dos globos, tres globos”. Con más edad conocí su obra para adultos: Aconsejo beber hilo, Sola en la sala, Cuando amas aprendes Geografía, Historia de Gloria… Y otras cuantas, en especial su Poeta de guardia, que me hacía imaginarla sola en la madrugada (toda su poesía es una queja -sin lágrimas, gimoteos ni aspavientos- de soledad), en medio de la gran ciudad, asomada a una ventana, desde cuyos cristales se escapara la única luz que, junto a la de los semáforos y alguna amarillenta farola, rompiese la oscuridad de un Madrid dormido… Y ahora que lo escribo, ahora que os lo cuento, se me ocurre si no será esta imagen la que me hizo creer, durante muchos años, que Gloria Fuertes era la mujer de Dámaso Alonso (el de
“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo”)
… Luego supe que no era así, conocí más de su vida y, en los tiempos de la Editorial, llegué a visitarla un día en su casa de la calle Padre Damián, que no estaba ni tan alta ni tan vacía como yo la imaginara de adolescente. Sin embargo, en aquel encuentro, se cumplen ahora diez años, el mito se me desmoronó; a Gloria Fuertes, aquel día, no le preocupaban, como en sus versos de siempre, el tendero, la limpiadora de la oficina, la prostituta tísica, los albañiles, los mendigos, un camello cojo… estaba enojada porque le habían dado el último premio Nobel a Wislawa Szymborska y ella se consideraba con muchos más méritos.
Debería haber tenido en cuenta que fue sólo una mañana, sólo una conversación y que aquél, al fin y al cabo, era un tema de actualidad (estaba a punto de concederse el de ese año, que fue para Darío Fo). ¿Quién no se ha sentido alguna vez frustrado, incomprendido o relegado? Una década después me doy cuenta de que lo verdaderamente valioso, para mí, hubiera tenido que ser el que ella me confiase ese malestar, esa decepción, como cuando en alguno de sus poemas escribía
“Cuatro mil millones
mis vecinos en la tierra
cuatro mil millones
y yo sola en la azotea”
O
“Luego de mayor,
lo único que pedí prestado
fue amor,
lo devolví con creces,
hoy estoy arruinada”
Hace unos días, en el boletín Bilaketa, que puntualmente me llega por Internet y siempre abro con gusto, reproducen un texto suyo, esta vez no dirigido a los niños, sino a los más mayores, a los ancianos; su lectura me ha llevado a revivir estos recuerdos y compartirlos con vosotros, poniendo punto final con algunas de las frases del texto que envían los de Aoiz (Navarra), y en el que la poeta dice cosas como éstas: “Tenemos que hacer todo lo que no pudimos hacer durante años… ahora sabemos todo lo que NO nos han enseñado... No tengo hijos pero tengo libros… (tenemos tiempo de) hacer flores de mentira y dar besos de verda
... (quiero leerlo todo)Tú eres la belleza (Andrés Aberasturi)

No puedo llamarme amigo de Andrés Aberasturi. Nunca hemos hablado y la única vez que lo vi en persona él estaba sobre el escenario, en el bello auditorio de Cuenca, y yo sentado entre el público; en primera fila, eso sí, porque María, sabiendo de la admiración que le tengo, no sólo me había invitado, sino que había conseguido las mejores localidades para un recital de poemas suyos: Un blanco deslumbramiento.
De esto han pasado ya algunos años… y muchos más desde que empecé a seguirlo en televisión y en radio, cautivado siempre por su voz, por su estilo y por su bella manera de decir lo que piensa, de convertir en poesía hasta lo más prosaico. Así es que uno de los primeros textos que preparé para el bloc, para este apartado de “Lo que escriben sus amigos”, fue éste de Tú eres la belleza. Me lo envío Mari Lucre, hace miles de años, cuando aún no estaba enferma y, tan detallista como siempre, cual moderna amanuense, lo copió a mano pacientemente, en dos columnas, con capital roja y encabezado con una de sus frase entresacada del texto: “Tal vez mi cuerpo no resulte hermoso, pero todo cuanto en él se contiene sí lo es”… Os recomiendo la lectura completa:
“De la belleza se ha dicho casi todo, incluso la verdad; es decir, que no existe más allá de la química ni más acá del amor. No tiene reglas fijas, ni medidas, ni cánones; es engañosa lo mismo que la aurora, triste como un septiembre, convulsa como la mar, recóndita como un tesoro, inútil como la muerte, frágil como el cristal, violenta como una daga, opaca como un dolor, íntima como la noche, amarga como un final.
No existe la belleza más que dentro de nosotros mismos y sólo desde lo más íntimo de nuestro ser puede romperse la coraza de vulgaridad para que brote la hermosura.
Os confieso que yo amo mis ojos verdes, de un verde inadvertido, saltones, misericordiosos, guardadores perpetuos de las lágrimas que aún tengo que llorar.
Y amo mis piernas, que ni son largas ni hermosas, pero que me mantienen orgullosamente en pie sobre esta tierra que habito.
Y amo mi boca y cada uno de mis dientes, porque con ellos muerdo las tragedias o simplemente beso.
Amo también esta nariz descomunal, mi pelo que fue indómito y que ya apenas es, y me siento orgulloso de mis manos cuadradas, de cada uno de mis dedos que tienen vida y proyectan el futuro.
Pero amo mucho más que lo visible; amo mi corazón que es más que un simple músculo, que no recibe órdenes, que se acelera cuando quiere y se serena después de la batalla.
Y amo de igual forma mis entrañas, y las venas que me cruzan y la sangre que me brota de mis cinco costados.
Porque tal vez mi cuerpo no resulte hermoso, pero todo cuanto se contiene en él sí lo es.
Porque sólo mis ojos te ven como te veo y sólo mis piernas se saben de memoria tu camino, lo mismo que mi boca te prueba cada día, y mi nariz te huele y te descubre más allá del perfume y las esencias. Porque mis manos se han hecho a tu medida y te aploman en los días más tristes, y cada uno de mis dedos bucea en tu cuerpo cuando es tiempo de caricias o te alisan las cejas cuando duermes y sueñas.
Si a través de mi cuerpo te reconozco y amo, si gracias a él amo y reconozco el mundo, ¿cómo no amarme a mí mismo y hasta reconocerme hermoso si los demás me aman?
Ahí está mi belleza, la única posible, la que brilla un instante como esas mariposas de ciudad que nacen para morir el mismo día, borrachas de color y vida, sobre el asfalto negro.
A través de ti me siento hermoso y fuerte y sé que puedo echarme a llorar entre tus brazos porque la auténtica belleza, la que nada sabe de rímel y de sombras, de pinceles y lacas, ha de cubrirme todo mientras dure la noche y esta desesperanza tenue que hoy me habita con razón y sin tregua."
Las palabras curan
< No sé a cual de los temas que configuran este blog pertenece la aportación de esta noche; aunque, cuando tú la estés leyendo, ya lo habré decidido… Podría ser una “Carta abierta”; pero no lo es, porque la mayoría de lo que vas a leer (si continúas), está escrito por otros… Podría ser, por lo tanto, parte de “Lo que escriben mis amigos”; mas, aunque amigos sí lo son, ninguna de estas tres personas escribe con afán de ser publicada, ni de tener lectores que ellas mismas no hayan elegido… Tampoco son ellas el tema, no se trata, pues, de “Amigos, conocidos o gente de paso”. Ni hablo de uno de esos lugares, mágicos para mí, de los que iré dejando constancia en “Cafés, bibliotecas, librerías y otros lugares de interés”, si bien todo lo que se cuenta ocurrió en una biblioteca, la de Requena, de la que sí hablaré otro día… Por último, aunque también se hable de algo escrito por mí, tampoco es “Lo que escribo”… Ahora que me doy cuenta, si siquiera tengo un título que poner, aunque eso tampoco lo vas a notar porque, cuando lo leas, ya lo habré encontrado: lo voy a buscar entre las palabras que te voy a transcribir y que fueron pronunciadas en la presentación de Historias de gente sin historia, el pasado viernes, en la biblioteca de Requena… Las de Noelia, con alguna variación, fueron las mismas de la presentación de Casas Ibáñez, el pasado mes de agosto, y que figuran como prólogo de la tercera edición; hablaron luego Elena y Marisol y, por último, Roberto, el Concejal de Cultura… aunque él sólo llevaba un guión y sus palabras no puedo reproducirlas.
Dijo Noelia:
Hoy me toca hablar de Ramón y, la verdad, cuando el otro día me puse a pensar qué podía decir de él me costó decidirme, de hecho creo que todavía no me he decidido. Supongo que sería sencillo tomar un ejemplar del libro que presentamos hoy y leer el párrafo de la contra-cubierta que, junto a su foto, menciona dónde nació, cuánto ha vivido, las novelas que ha publicado o los premios que ha obtenido. Pero al leer “manchego del 55” alguien podría olvidar que, aunque sus raíces están en La Mancha y en sus relatos refleja tradiciones y costumbres con descripciones maravillosas, en realidad tiene su corazón repartido por todo el mundo, porque no ha parado de viajar, y uno de los pedazos más importantes está en Colombia. Y al leer “tiene publicada la novela El Cerro de los Cuchillos (Edisena, 1999)”, pocos de los que la habéis leído podríais imaginar que el que parece un rotundo final, sí, ese que termina con la estudiada palabra “fin”, no es más que una de las diversas versiones que Ramón escribió para terminar su novela. Y después, al seguir leyendo: “su carrera literaria está jalonada por varios premios” y una lista de lugares y certámenes literarios, muchos dejaréis de saber que también ha ganado algún concurso de cocina, porque no sólo escribe bien.
Es curioso, la mayoría de los que hoy estamos aquí tenemos alguna historia común con Ramón. Directa o indirectamente, muchos de nosotros podríamos llegar a ser personajes de alguno de sus cuentos o novelas. Y así, nos convertiríamos en compañeros del colegio con los que hubo vivido alguna aventura, en amigos eternos con los que hubo viajado hasta algún lejano destino o en chicas de 16 años a las que escuchó contar el cuento de Los siete cabritillos y el lobo, ignorando, ambos, que el destino ya tenía pensado que pronto los uniría una historia de amistad. Es la magia de haber conocido a Ramón.
El otro día hablé en sueños con algunos de los personajes de los relatos que se incluyen en Historias de gente sin historia, que atropelladamente empezaron a preguntarme cosas sobre Ramón -no les has contado nada sobre ti a tus propios personajes-. Valentín, el baterista, quería saber si le gusta la música: “Mucho, y además la buena música, canciones que todavía se conservan en el surco único de los discos de vinilo y que Ramón escucha con una taza de café, sólo y sin azúcar, entre las manos”. Enrique y Victoria, eternos enamorados, preguntaron por sus historias de amor, la respuesta es sencilla: “El amor es su historia”. Doña Carmen y Raquel, su hija, dueñas de la fonda en la que vivió el joven estudiante protagonista el relato En los tiempos que se fueron y no volverán, en su afán por asignarle una carta de la baraja española o del tarot a sus inquilinos, me preguntaron cual sería la idónea para Ramón, y yo, después de algunas consultas, dije: “El rey de copas”, aunque el prefería el caballo. Álvarez permaneció callado; según él, sabe todo lo que tiene que saber sobre ti. Galad y Sera me enviaron miles de besos desde su nuevo planeta. Y el león del circo, dentro de su jaula, emitió un rugido con el que quería darte las gracias porque, aunque prisionero de la carpa, permitiste que conociera la amistad.
Hoy también me tocaba hablar de Historias de gente sin historia, y aunque ya haya presentado alguno de sus personajes, no voy a decir mucho más, prefiero que lo leáis para que seáis vosotros mismos los que, en algún punto de la historia, en todas y cada una de las historias, notéis como vuestros ojos se empañan, esbocéis una sonrisa de ternura o levantéis la vista de las palabras impresas para, cerrando los ojos, traer a vuestra memoria el recuerdo de una persona, de un lugar, de un olor, de una sensación. RAMÓN.
Dijo Elena:
Tengo que deciros que cuando Ramón me pidió que presentara su libro se me hizo de noche. Me sentí infinitamente halagada por su confianza, pero a la vez sentí un miedo enorme. No soy ninguna crítica literaria y mi sentido crítico después de leer un libro es el mismo que cuando veo un cuadro: Me gusta o no me gusta. Eso es todo lo más lejos a lo que puedo llegar.
Por ello, no acabo de entender qué hago aquí sabiendo que hay tantas personas que podrían hablaros de la obra de Ramón y del propio Ramón mucho mejor que yo.
Pero el me lo pidió y aquí estoy. Es difícil negarle algo a Ramón. Quienes lo conocéis seguro que me entendéis. Es difícil no dar algo, lo que sea, a quien jamás ha tenido el más mínimo reparo en darlo todo a quien sea, lo que sea, como sea y cuando sea. En definitiva, es difícil negarle algo a quien siempre está dispuesto a darlo todo. De la generosidad y solidaridad de Ramón hacia quienes más lo necesitan no hay que dar mucha cuenta. De hecho, aquí estamos esta tarde para presentar uno de sus libros cuyos beneficios irán íntegramente destinados a financiar una casa de acogida para niñas que atraviesan por una
... (quiero leerlo todo)Cerezas (Rafael Camarasa)

Cuando seleccionábamos los cuentos y poemas que este año habían de pasar al Jurado Final del Certamen Literario “Emilio Murcia”, Noelia me habló con entusiasmo del que era su favorito: Seis. Su lectura me hizo recordar uno de mis relatos favoritos, uno de Rafael Camarasa que se llama Mapas y que había ganado el Certamen Flor de Cactus en 1997. Seis no obtuvo el premio, pero el Jurado le hizo una mención especial y propuso su publicación; así es que hubo de abrirse la plica y se supo que el autor era Rafael Camarasa, del que además yo había leído otro par de libros de poemas: La ciudad sin mar y Algunos corazones solitarios, que sin embargo no me habían dejado tanta huella.
Esto que acabo de contar me ha permitido volver a ponerme en contacto con este joven autor valenciano (aunque lo de “joven” siempre es relativo y depende de quién lo diga o quién lo escuche), que me ha puesto al corriente de sus últimas publicaciones: El libro de relatos Feos (“Todos los feos escribimos, pintamos o soñamos”, me escribió en la dedicatoria… gracias por la parte que me toca), y el de poemas Cabos sueltos.
Como el que más me sigue gustando de todos es el de Mapas le pedí que me dejara compartirlo con todos vosotros. Le pareció bien y me lo envió digitalizado… pero descubrí que era demasiado largo para leerlo como “post del blog” (“artículo o entrada de la bitácora”, debería escribir), así es que decidí crear este acceso directo para el que tenga ganas de leerlo con más calma y, en su lugar, colocar este poema de su último libro, que me emocionó hasta las lágrimas… ¿Por qué? Explicarlo sería tema para una “carta abierta” y aquí estoy compartiendo “lo que escriben mis amigos”:
CEREZAS
En la pizarra de la cocina dejaste
un recordatorio para el día siguiente:
“Hay que comprar cerezas”.
Y yo me sentí feliz
Sólo porque existía un espacio
vacío en nuestro frutero
y éste ocupaba su lugar de siempre
en un rincón de la nevera,
y esa máquina de frío
habitaba en silencio la cocina
de esta casa recién pintada
en la que hemos compartido las cerezas
que faltaban en el recipiente
que esperaba en el frigorífico.
Y porque en aquel detalle tan nimio,
parecido a tantos otros,
de escribir con tu letra redonda
algo que anoche faltó en la mesa
-aunque nunca lo había pensado
y tú ni siquiera lo sospeches-
residía el gesto de seguir,
de continuar un rumbo que me incluye:
nadie se preocupa por la ausencia
de unas cerezas en su vida
cuando piensa en arrojar la toalla,
en marcharse sin volver el rostro.
Así que aquella frase tan simple
que cruzaba la superficie de la pizarra
y que a nadie que visitase la casa
descubriría nada sobre sus moradores,
se convirtió en una de esas señales
que dejamos en los libros de cabecera
y nos indican a la noche siguiente
la página donde nos quedamos.
(Sé que una marca no me asegura
que volverás a por el libro de tu mesilla,
pero sí que tenías esa intención
al doblar el ángulo de la hoja).
Esta mañana cuando llegaste
con el bolso lleno de cerezas
y las dejaste junto a las que yo
compré al pasar por el mercado,
(quiero leerlo todo)
Canción de Cuna de los Elefantes

No diría del todo la verdad si incluyera a Adriano del Valle entre mis autores preferidos… Y, sin embargo, versos suyos fueron no sólo los primeros que escuché, sino los primeros que, sin tener que cerrar los ojos, me permitieron ver, más allá de las paredes de mi cuarto, una selva rezumante de vida; más allá de la pelada bombilla de ciento veinticinco vatios, la luna llena; más allá de mis lágrimas, las de un elefante que tampoco quería dormir...
Ahora sé, porque lo he averiguado gracias a Internet (mi cultura no da para tanto), que Adriano del Valle fue un gran amigo de la familia de Borges y del poeta portugués Fernando Pessoa, con el que intercambió cartas durante muchos años… y que hablar de Adriano del Valle es hablar de uno de los máximos representante del movimiento ultraísta español. Antes (aunque no mucho antes), sólo sabía que era el autor de la “Canción de Cuna de los Elefantes”, el poema que mi padre, teniéndome en brazos, me recitaba cuando yo lloraba porque no me quería dormir. Es uno de los recuerdos más antiguos que conservo y, junto a él, me han acompañado durante medio siglo esas imágenes de la selva iluminada por la luna y algunos versos que, cuando he tenido la ocasión, he repetido al oído de algún niño que llorara en mis brazos.
Hoy quiero compartir este recuerdo con todos vosotros… este recuerdo y este poema (quién sabe si alguno lo necesitará esta noche para conciliar el sueño).
Canción de Cuna de los Elefantes
El elefante lloraba
porque no quería dormir…
Duerme, elefantito mío,
que la luna te va a oír…
Papá elefante está cerca;
se oye en el manglar mugir.
Duerme, elefantito mío,
que la luna te va a oír…
El elefante lloraba
con un aire de infeliz
y alzaba su trompa al viento;
parecía que en la luna
se limpiaba la nariz…
Duerme, elefantito mío;
¿por qué no quieres dormir?
Estoy mirando la luna
que muy pronto se va a ir.
Mauricio, amigo mío (Fernando Lalana)

Estaba escribiendo una nota para explicar que algún día os invitaría a leer a Fernando Lalana… un breve texto para colocar, junto a su foto, en ese rincón donde voy dejando bocetos para más adelante, para cuando pueda… y me entero de que este autor acaba de ganar el Premio Jaén de Novela Infantil y Juvenil. Los que soñamos con los premios, como puerta por la que asomarnos a los hipotéticos lectores, sabemos que éste es de los importantes... Así es que me alegro enormemente por él; porque, aunque ya los tenga todos (incluso el Nacional), y sus libros sean publicados en las colecciones más conocidas y, a veces, hasta llevados al cine (Morirás en Chafarinas), bien que se lo merece por lo mucho que trabaja, por el tesón con el que escribe (presume de no haber tenido nunca otro oficio), y por ese corazón tan grande que esconde tras la barba, pero al que delata la limpieza de su mirada.
Cuando nos embarcamos en la aventura editorial de Edisena, él nos ofreció desinteresadamente una serie de cinco divertidos relatos (enlazados por el tema del más allá), para que iniciáramos la colección “Odaluna”. El libro se llamó Tras la frontera y, aunque se vendió tan regularmente como casi todos (un libro no se vende por la calidad del texto o del autor, sino por las técnicas comerciales que se utilicen para lograrlo), nos produjo un gran beneficio: la amistad de Fernando Lalana quien, a pesar del transcurso de los años y el fracaso como editor, me sigue recibiendo con los brazos abiertos cada vez que paso por Zaragoza.
Bueno, alguno de vosotros se estará diciendo, ¿pero no era a él a quién teníamos que leer? Pues sí, es verdad, pero es que, como de él no tengo ningún texto corto que poner de muestra (aunque podría buscarlo), he pensado remitiros al sitio de su página en el que se encuentra, precisamente, uno de los cinco relatos del libro que editamos. Podéis leer el cuento completo y, además, desde él, iniciar un paseo por el resto de la página. Sólo tenéis que pinchar aquí:
De nuevo vienes... con otro nombre (Coro Perales)

Algún día, en este mismo cuaderno de bitácora, presentaré a Coro como amiga y hablaré del atardecer en el que nos conocimos en Barcelona, en la bohemia terraza de la también escritora (más famosa que Coro y que yo), Care Santos... Y, si a ella no le importa, del par de veces que nos vimos en El Masnou, tan cerca del mar o, luego más tarde, en su piso viejo y mínimo del Barrio Gótico; de las pocas que vino a Villatoya y a Requena; de los libros que, generosa, me regaló... de una cinta de Caetano Veloso que ya habrá olvidado... Pero hoy está aquí como uno de esos escritores que, a veces, me conmueven. Leí de un tirón su primera novela, Bigote Prieto; me quedé con las ganas de que nos mostrara algo de esa otra, erótica, que nunca se decidió a concluir, y me sorprenden algunos de sus escritos cortos, como los que últimamente me manda cada vez que se acerca un huracán a las puertas de su nueva casa en México... Del hechizo que ejerce cuando cuenta historias o de ese compromiso que hemos establecido para construir algún día (cuando cualquiera de los dos tenga dinero), un hotel en el Caribe, donde dar refugio y medios para escribir a los escritores desamparados, hablaré en la próxima ocasión... porque ésta es sólo para que veais cómo escribe:
De nuevo vienes… con otro nombreTe llamas Chris, como la vecina. Como la chica amable que saluda al encontrarme… Esa que vino del norte, pero que es cálida… le atrajo el calorcito y la humedad de esta zona, como a ti. Es una seductora y simpática, cómplice de mis andanzas. No hace ruido y deja, a veces, traspasar desde su ventana, una música suave. De viento.
Vienes del sur, lo sabemos. Allí naces, allí te vas alimentando hasta que echas a volar… te tropiezas y reanudas el vuelo corajuda y enjundiosa. Y realizas cabriolas caprichosas. Y te llevas lo que encuentras, no te importa. Egoísta, traviesa, desastrosa… no te mides. Bailas salsas y merengues y ritmos tropicales como ninguna. Te meneas, sacudes cabelleras.
Imparable. Incansable. Agotas.
Tu madre te pare. Fruto del calor y del frío, del Sol y la Luna, de las mareas, las estaciones. De Helios y Selene y descendiente de todas las constelaciones. Niño o Niña… Creces. Y vas creciendo. Aumentas en grosor y estatura. Te alimentas, te vuelves caníbal y también vegetariana y sangrienta y sedienta. Devoras. Demandas, arrasas. No importa lo que ingieras… Bulímica, lo vomitas donde sea.
Te conozco. Cuando creces, tu soberbia no tiene límites. No hay poder humano que te destruya. Nadie ni nada puede contigo. Te dejamos. Te observamos… precavidos.
Agua, pan, latas, atún, frijoles, paté, aceitunas. Lámparas, pilas, velas, cerillos. Protegemos las ventanas. Quitamos los adornos. Llenamos las despensas, el botiquín, por si acaso…
No pasarás de largo.
2006 Coro
El porvenir de mi pasado (Mario Benedetti)
Son muchos los textos que podría elegir para ilustrar mi afición a leer a este entrañable hombrecillo uruguayo. Muchas las veces que he releído sus Poemas de la Oficina y sus Poemas del hoy por hoy; muchos los relatos suyos que me han hecho sonreír o llorar… Hasta he presumido, alguna vez, de que juntos aparecíamos en la antología Algo de Cada Uno, aunque el mérito no fuera mío ni, el compartir las páginas de un libro, aumentara el valor literario de mi cuento Sin Bruno ni Cecilia que, por cierto, también aparece en libro recién presentado: Historias de gente sin historia. Muchos, pues, los textos que podían estar aquí… Pero me he inclinado por uno, cuyo título me parece un hallazgo y que, además, llegó a mis manos en el momento más oportuno, el día en el que celebraba mi cincuenta cumpleaños. El escrito, muy breve, pertenece a un libro que lleva el mismo nombre:
El porvenir de mi pasado...
Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos. O tal vez una primavera que avanzaba a destiempo. O un suplicante desde el Más Acá. Ateo de aburridos sermones y supuestos martirios.Eso fui y muchas cosas más. Un niño que se prometía amaneceres con torres de sol. Y aunque el cielo viniera encapotado, seguía mirando hacia delante, hacia después, a renglón seguido. Eso fui, ya menos niño, esperandola cita reveladora, el parto de las nuevas imágenes, las flechas que transcurren y se pierden, más bien se borran en lo que vendrá. Luego la adolescencia convulsiva, burbuja de esperanzas, hiedra trepadora que quisiera alcanzar la cresta y aún no puede, viento que nos lleva desnudos desde el suelo y quién sabe hasta (y hacia) dónde.Eso fui. Trabajé como una mula, pero solamente allí, en eso que era presente y desapareció como un despegue, convirtiéndose mágicamente en huella. Aprendí definitivamente los colores, me adueñé del insomnio, lo llené
de memoria y puse amor en cada parpadeo. Eso fui en los umbrales del futuro, inventándolo todo, lustrando los deseos, creyendo que servían, y claro que servían, y me puse a soñar lo que se sueña cuando el olor a lluvia nos limpia la conciencia. Eso fui, castigado y sin clemencia, laureado y sin excusas, de peor a mejor y viceversa. Desierto sin oasis. Albufera.Y pensar que todo estaba allí, lo que vendría, lo que se negaba a concurrir, los angustiosos lapsos de la espera, el desengaño en cuotas, la alegría ficticia, el regocijo a prueba, lo que iba a ser verdad, la riqueza virtual de mi pretérito.Resumiendo: el porvenir de mi pasado tiene mucho a gozar, a sufrir, a corregir, a mejorar, a olvidar, a descifrar, y sobre todo a guardarlo en el alma como reducto de última confianza.
Como si de niños se tratara... (Gregorio López)

Todos, como si de niños se tratara,
somos frágiles y débiles.
Ante el desamor, la adversidad, el olvido...
BUSCAMOS
una cara conocida,
un seno donde acurrucarnos,
unas manos que agarrar,
un paisaje de esperanza.
NECESITAMOS
derrochar besos,
hombros donde reposar nuestras penas,
que nos beban las lágrimas,
encontrar sonrisas cómplices,
que nos abracen el corazón.
Y APRENDER
que la vida es viaje permanente,
la fuerza del susurro de la persona amada,
que el sol sale después de la tormenta,
que nuestros sueños son los mismos,
que la Feria llega siempre,
y esperándola crecemos juntos,
por lo que nunca seremos ajenos.
Este poema es en realidad el SALUDA del Goyo, como alcalde, en el programa de la Feria de Casas Ibáñez... Creo que ya comenté algo al respecto en mi última carta, porque me encantó leerlo, acostumbrados como estamos a que nos digan siempre lo mismo con las mismas palabras vacías... Peo si lo he elegido a él, que no alardea de escritor, para iniciar esta sección es, además, por las palabras que escribió para la presentación de mi libro y que, pecando de vanidoso, os transcribo a continuación:
Muchas gracias por acompañarnos esta mañana en la presentación del libro del ibañés Ramón de Aguilar. Y digo bien lo de ibañés, porque sin ser nacido en nuestro pueblo, le bastó con pasar aquí unos pocos años de su vida para que sus gentes y paisajes quedaran prendidos para siempre en su corazón, y de ahí los haya ido destilando en cada uno de sus cuentos y novelas.
Pero Ramón no se apropia sólo de personajes y espacios literarios de los que pasan por su vida acá, sino que además hace suyos los problemas, los anhelos y esperanzas de la gente de todos aquellos lugares que conoce, en este caso de su tierra de adopción en Mariquita (Colombia). Y pienso que como Ramón se ha sentido adoptado y querido en todas las ciudades y pueblos donde ha vivido, es por eso que como escritor se convierte en cómplice de todos los desposeídos y desarraigados que se encuentra en su camino: los emigrantes de Serradiel, en su novela "El Cerro de los Cuchillos"; las inmigrantes dominicanas, en su cuento "Ocho minutos de Navidad" y de las niñas y ancianos colombianos que están detrás de la publicación de este libro.
Por eso os animo a adquirirlo, para disfrutar de una lectura que vais a sentir muy cercana en los personajes y sus circunstancias. Los dieciséis cuentos del libro nos hablan de héroes anónimos, de don Nadies venidos a más, de amores tardíos, del agua en la Naturaleza, de niños traumatizados, de pillos y pillas, de amores inocentes, de mentiras piadosas, de codicia colectiva, de enigmáticas señoritas de pueblo, de ilusiones circenses, de amores de vagabundos, de soldados buenos en guerras malas... En definitiva, historias de gente normal y, a la vez, especial.
Muchas gracias, Ramón, por tu obra llena de imaginación y sentimientos. Y muchas gracias, Miguel Ángel, de Publicaciones Acumán, por apoyar iniciativas de buen corazón, como la que hoy nos ocupa.
