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Ramón de Aguilar

Además de avena, centeno y poblados bosques

Además de avena, centeno y poblados bosques

            Cuando yo era pequeño Suecia era un país que estaba en Casas Ibáñez, concretamente en la página 147 de mi libro de Geografía, y cuya inimaginable capital, Estocolmo, confundía fácilmente no sólo con Oslo, nombre de cuatro letras más fácil de recordar, sino con otros casi imposibles de pronunciar como Helsinki o Réikiavik… Todos ellos aparecían en la misma lección. Poco después, gracias a las casposas películas de Mariano Ozores, de Fernando Esteso y Andrés Pajares o de un Alfredo Landa que disimulaba sus dotes de actor, supimos que en Suecia, además de avena y centeno, de poblados bosques y significativa producción de acero, había también “suecas”, unas mujeres con cara de niñas y cuerpos esculturales, fácilmente seducibles por los paletos con boina, que no sabían pronunciar la erre y que venían a las playas españolas para que las viéramos semidesnudas… y por si alguien no había terminado de creérselo, Enrico Altavilla escribió un sorprendente libro: Suecia, infierno y paraíso, con el que, a lo aprendido en el texto de bachillerato, pudimos añadir que allí se vivía de una manera diferente: las conquistas sociales, la libertades de todo tipo (incluida la sexual), la riqueza que, en todos los sentidos, suponía el Estado del Bienestar, inventado por ellos con la pretensión de garantizar una vida cobijada por la sociedad “desde la cuna a la tumba”, pero que paralelamente lleva implícitos todos los males: promiscuidad sexual, ateísmo, divorcio, drogas… uno al final del libro no sabía si quería vivir en Suecia por lo que tenía de paraíso… o de infierno.

            Pero todo eso fue hace tantos años que los lectores de este blog todavía no habían nacido. Cuando la mayoría de vosotros vinistéis al mundo España ya había descubierto Suecia (no sólo América), y en algunas cosas hasta empezaba a imitarla… De allí habían llegado las cerillas, el termómetro, la cremallera y la llave “inglesa”… De allí venían las películas de Ingmar Bergman y, sorprendentemente, sus bellas escandinavas (Ulla Jacobsson, Liv Ulman, Bibi Anderson…), al contrario que las anónimas de Ozores u otros directores españoles, eran más bien puritanas, poco exhibicionistas y a veces atormentadas por las cuestiones filosóficas y teologales de Kierkegaard y otros pensadores nórdicos… De allí venía también una bella forma de hacer política, a la manera de Olof Palme, de quien Felipe González tanto aprendió; escritoras de libros infantiles como Astrid Lindgren (sin lugar a dudas) y Maria Gripe (a quien, con ese nombre, siempre imaginaba española); y de allí creí que había llegado hasta Villatoya un vagabundo fascinante que se llamaba Knut Pedersen y que al final resultó ser noruego (de nuevo, años después, las mismas confusiones que en los primeros cursos de bachillerato); se presentó en las páginas de un libro de Knut Hamrun que me regalaron las hermanas de Chima (Ana, Ampa y Placi); aunque ellas lo habrán olvidado hace muchos años, yo aún lo conservo, completamente desencuadernado de tanto pasar sus páginas, porque además de sus bellas e idílicas descripciones  me trae el recuerdo de su primera lectura, sentado en algún ribazo aprovechando las escasas horas de sol del invierno o al calor de la lumbre, cuando caía la noche y el exterior de la casa desaparecía tras un espeso manto de niebla…

            Más tarde vendrían desde aquellos fríos las canciones de Abba y los muebles de Ikea… Al final, lo único que resulta folclórico en Suecia son los premios Nobel, siempre discutibles, en especial los de la paz (¿quién no recuerda el que le dieron a Kissinger?); pero hasta en eso se le ha querido parecer la España democrática instituyendo los “Príncipes de Asturias” que, curiosamente, son de esos premios que no dan tanto prestigio a quien los recibe, como ellos reciben de los galardonados.

            Empezaba esta carta abierta diciendo que, cuando yo era pequeño, Suecia estaba en Casas Ibáñez… Luego, como siempre, me he ido por las ramas y, cuando me he dado cuenta, estaba a punto de hablar del último festival de Eurovisión… De nuevo iba a equivocarme, porque fue Finlandia quien lo ganó; pero el error me ha servido para hacer un alto y percatarme de qué alejado estaba ya del pueblo de mi infancia y mi vejez, qué lejos, incluso, del pasado jueves santo y de lo que quería deciros, aunque quizás la mayoría de vosotros ya lo sepa, y es que ese día, el 5 de abril, en su residencia de Estocolmo, murió María Gripe, de quien con tanta ilusión me hablara Noelia un día… Quería que lo supierais y que supierais también que nos ha dejado a todos parte de su herencia; hoy somos un poco más ricos porque, ya para siempre, nos pertenecen sus obras, sus personajes, sus historias, sus palabras… Su foto acompaña esta carta y tres de sus libros hace tiempo que viven en los anaqueles de mi biblioteca, pero acabo de dejarlos sobre la mesa de trabajo, porque ya no quiero demorar más su lectura:

 

            Cuando Jonás Berglund cumplió 13 años, el 27 de junio, recibió, por fin, el anhelado magnetófono. De inmediato comenzó sus investigaciones.

            Quería proceder metódicamente y por eso empezó grabando los ruidos que surgen en la naturaleza cuando los animales se comunican entre sí.

            También quería grabar todos los ruidos mecánicos que se producen en las diversas actividades humanas.

            Aquella noche del 27 de junio, Jonás, con su hermana Annika, que tenía…

 

                                                                       (Inicio de Los escarabajos vuelan al atardecer)

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