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Ramón de Aguilar

Unos brotes verdes, minúsculos, de hierba

Unos brotes verdes, minúsculos, de hierba

      

 

 

       Ayer, diecinueve de noviembre, día de vísperas, después de varios años, volví a uno de los “piscolabis” literarios que organiza la CAT, encuentros de amigos a los que les gusta el teatro, la literatura, la poesía, la tertulia, el vino y que, de tarde en tarde, se reúnen con un bocadillo bajo el brazo (en esta ocasión la cena no fue de sobaquillo sino que se asaron chuletas en las ascuas que habían dejado unas cepas al arder), y un texto que leer sobre el tema elegido previamente en la reunión anterior. El texto puede ser más o menos original, bueno o malo, largo o corto, en prosa o en verso, dramático o cómico, escrito a mano, en ordenador o en una vieja máquina de escribir… es sólo el salvoconducto para entrar, participar y tener derecho a la bebida con que se riega la cena y a las aceitunas que, generosamente, aporta Gregorio,  el “Olivarero”.

       En esta ocasión la reunión se celebraba en un entorno muy especial, un lugar lleno de encantos que bien se merecerá que algún día le ofrezca toda la atención de este blog: El Museo de Sisternas, dedicado al mundo rural… El tema propuesto era “Los brotes verdes” y Miguel Ángel, en el correo que me mandó para invitarme, señalaba que “al margen de la política”. No hubiera hecho falta la observación puesto que, tan pronto como conocí el tema, me acordé de una bella historia que vi (eran dibujos, con muy poco texto), hace muchos muchos muchos años, en una revista de mi abuelo. Nunca la he olvidado, pero tampoco he vuelto a encontrarla, ni siquiera ahora con la ayuda de Internet; así es que decidí contarla a mi manera, con algunos cambios que posiblemente le quitan parte del encanto, pero la hacen más mía.

       He querido aprovecharla para volver a publicar en el blog y compartirla con todos vosotros en un día como del de hoy… porque creo que también en días como éste tenemos derecho a la esperanza:

 Unos brotes verdes, minúsculos, de hierba

             Ahora no os voy a contar la historia de este mundo en el que vivimos, del cómo ni el porqué surgió en medio de la nada y las tinieblas, de cómo en él se separaron las aguas y la tierra, crecieron las plantas, aparecieron los peces primero, las aves después y, luego, el resto de los animales y el hombre que, a lo largo de siglos, sería el encargado de ponerle punto y final.

            Quienes entienden de estos temas nos explicaron lo del calentamiento global, las causas de la contaminación y del hambre, del efecto invernadero, la violencia, la sobreexplotación de los recursos naturales… La gente más sencilla, pero más sabia que los que saben, intuyó que eran la guerra y la codicia, el odio, la incultura y la ambición quienes, año tras año, fueron devastando el planeta, quienes hicieron el aire irrespirable; los mares, meras… cloacas; los campos, estériles; la tierra un erial: Nada sobrevivió sobre su faz, condenada fue a la nada y las tinieblas. Ni un sólo vestigio de vida quedó en toda la Tierra.

            Ni un sólo vestigio de vida… Salvo un niño, una niña y unos brotes verdes, minúsculos, de hierba.

            Ellos cuidaron de aquellas briznas hasta que tomaron fuerza, crecieron, se extendieron, se hicieron pasto y fueron prado en el que nacieron flores, arbustos, árboles sobre los que volvieron a anidar los pájaros. Tuvieron hijos y, risueños, poblaron la tierra, donde fueron felices hasta que, poco a poco, regresaron los políticos, los militares, los sacerdotes, los banqueros… y trajeron la ciencia y el progreso, la industria, la riqueza, la avaricia, el odio, la ambición, la guerra y, de nuevo, la sobreexplotación de los recursos naturales, la contaminación, el hambre, el calentamiento global, el efecto invernadero.

            Quienes entienden de estos temas lo explicaron muy bien, pero eso no impidió que el aire se volviera irrespirable; los mares, cloacas; los campos un erial. Y esta vez sí que ya nada quedó sobre la faz de la tierra, condenada para siempre a la nada y las tinieblas: Ni un solo vestigio de vida en todo el planeta.

            … Salvo un niño, una niña y unos brotes verdes, minúsculos, de hierba.

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3 comentarios

bibliofiliana -

¡Oleeeeee!

Ramón -

... Y por si alguno de vosotros se anima a participar en el próximo "piscolabis" que organice la CAT Arrabal Teatro, os adelanto que me invitaron a proponer el tema. Será: "Las adelfas".

Elena -

Te dejo unas palabras de Marzouki,opositor tunecito, que me encantan y tu texto me las ha recordado:

"Vengo del desierto y vi a mi abuelo sembrar en el desierto. No sé si usted sabe lo que es sembrar en el desierto. Siembra en una tierra árida y luego espera. Si cae la lluvia, recolecta. No sé si usted ha visto el desierto después de la lluvia, ¡es como la Bretaña!. Un día, usted marcha sobre una tierra completamente quemada, luego llueve y lo que sigue, usted se pregunta cómo ha podido producirse: tienes flores, verdor...Todo simplemente porque los granos ya estaban ahí...Esta imagen me marcó de verdad cuando era niño. Y, en consecuencia, ¡hay que sembrar! ¡Incluso en el desierto, hay que sembrar!

Y es de esta manera que veo mi trabajo. Siembro y si mañana llueve, está bien, y si no, al menos los granos están ahí, porque ¿qué va a pasar si no siembro? ¿Sobre qué caerá la lluvia? ¿Qué es lo que va a crecer, piedras? Es la actitud que adopto: sembrar en el desierto... ".


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