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Ramón de Aguilar

Viene la poesía y nos salva (José Ángel Losada Gahete)

Viene la poesía y nos salva (José Ángel Losada Gahete)

Poemas de los Cudriales es un libro de poesía que todavía no podéis leer, que todavía no está publicado. Su autor es José Ángel Losada Gahete, ese hombre de mirar risueño que aparece junto a Francisca Gata y junto a mí en la imagen. La foto hace semanas que anda por la Red y me servirá, dentro de unos días, para hablar también de otro poemario: Desterrados (éste de ella. De los tres, el único que no es poeta, el único que no es extremeño, el único que no ha ganado el premio de poesía “Ciega de Manzanares” soy yo).

A Gata hace años que la conozco y que la admiro; ya la he mencionado más de una vez en este blog. A José Ángel lo conocí el pasado 22 de octubre, cuando nos entregaron los premios de Manzanares, a él el de poesía y a mí el de relatos. Las palabras con las que él agradeció el suyo me impresionaron tanto que me apresuré a pedírselas para reproducirlas en el blog y compartirlas con todos vosotros. Antes de hacerlo, me he leído todo lo que de él he conseguido: algún que otro poema suelto que anda por la Red y tres libros que él mismo me ha facilitado: Anexos (premio de poesía “Villa de Alón”), Avisos a Náufragos (premio “Porticus”), y Cuadernillo de Plegarias, el más emotivo de los tres, publicado en el 2009… Después de leerlos (y a la espera de que se publiquen sus Poemas de los Cudriales), lo que más me ha gustado de él es lo que le escuché decir en Manzanares, donde no sólo sus palabras eran poesía, sino también el timbre de su voz, el brillo de su mirada, la intensidad de la emoción que nos transmitía a quienes le escuchábamos… Quizás no sea lo mismo leerlo, pero aquí tenéis un fragmento de lo que nos dijo:

«Los Cudriales» es un terreno pizarroso y calizo, al cierzo de la villa de Burguillos del Cerro, de la provincia de Badajoz, de escaso suelo vegetal, razón por la que se presta muy poco para la siembra de cereales, y por ello dice el vecindario que es tierra muy floja, y le aplica el siguiente adagio: “La tierra del Cudrial, no aguanta ni seca ni mojá”. Por ello es destinada a pastos para el ganado. Y brotan seis buenas fuentes y han descubiertos aras romanas…

 El nombre: Poemas de los Cudriales son una metáfora de la misma existencia que tantas veces se convierte en geografía viva donde se alternan llanos y escarpados, lluvias, tormentas y calmas…tierras de labor y eriales.

 Los Poemas de los Cudriales son un canto a lo perdido, un canto a la muerte que nos arranca a seres a los que queremos e intentamos desde el canto recuperar, La poesía lucha siempre contra la ausencia, contra lo perdido y abre caminos en la niebla. Pretenden ser una patada al olvido que está ahí amenazándonos, pasando hojas en el calendario, envolviéndonos en rutinas, adormeciéndonos y acallando desasosiegos imprescindibles.

 Inicio el poemario con esta cita de Pablo García Baena:

 …y ya veo

al fondo del dolor la aurora del olvido.

Ven, que quiero morir esta tarde en el campo.

 Desde Rilke diríamos: y lo admiramos en la medida en que indiferente rehúsa destruirnos.

 Tiene nombre este poemario, José, el niño (como le llamábamos cariñosamente en Cáritas después que sor Ángela lo adoptara ), nació en el campo, en el sufrió y gozó, en él amó y aprendió a contemplar el mundo y las cosas, y a beber vino, a pastorear cabras, a coger espárragos, cuidar la huerta, cantar flamenco… y beber vino.

 Después viene el tiempo, con la pobreza con su deshilachada lengua, la soledad, los desengaños, la desconfianza… después viene la segunda parte (que casi siempre es peor que la primera)… ah, nuestra infancia, desde la inocencia siempre, desde la afanosa recuperación porque nos crece en los adentros mientras crecemos.

 Necesidades profundas le marcan, necesidad de escucha y compañía, de cariño que es lo que realmente alimenta, y nos ayuda a vivir, ¿no?

Después de ser trasladado de Burguillos a Zafra vino varias veces a verme y en Diciembre lo encuentro en el Hospital agonizante… y tras su muerte empieza la aventura de estos poemas.

 Muchos de ellos están escritos en la planta sexta del hospital Perpetuo Socorro, en oncología, en la sala de quimioterapia donde acudíamos con mi padre, todavía si hago un poco de silencio consigo sentir la delicadeza de las enfermeras y sus sonrisas prontas, ver la esperanza gateando por los ojos, las manos, el corazón… por aquellos sillones, sueros, maquinitas que regulaban la salida de los medicamentos y sus pitios cuando se acababan o obstruían.

 Repasábamos la vida cada quince días, y escuchábamos a Sabina en el viaje de ida, coloreábamos mandalas, hablábamos de lo humano y lo divino y días hubo en que solo el silencio y alguna lágrima cubrió  ausencias.

 Acaba el poemario con esta cita de José Antonio Muñoz Rojas:

 “a mí me ha sucedido muchas veces

buscarme inútilmente, no encontrarme

aunque estaba citado en la esperanza”.

 Porque cuando muere un hermano todos morimos un poco y lo recobramos en la medida en que lo hacemos presente, y la esperanza erre que erre y a la vuelta de la hoja, o del momento, al ras de la lluvia, del llanto, de la misma vida, viene la poesía y nos salva.

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2 comentarios

Elena -

Vamos, que si empieza citando a Rilke, y después de leer las palabras que reproduces, ese libro tiene una compradora asegurada.

Puri Novella -

Vaya... es perfecto. Esa reflexión sobre la muerte y la poesía no tiene desperdicio.
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