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Ramón de Aguilar

Cien colombianos... y más

Cien colombianos... y más

Cuando yo me muera, me abrirán el corazón… y lo tendré lleno de nombres

            La frase es de Monseñor Pedro Casaldáliga y me la cita la hermana Libia Morales, en su contestación a la carta que escribí para toda la gente de Colombia a la que quiero… Para los que vi, por el tiempo y las atenciones que me dedicaron; pero también para aquellos con quienes no tuve ocasión de encontrarme, porque estando cerca aún se me hizo más grande su ausencia.

            Ya anuncié que hablaría de todos ellos en el blog y, bajo una foto tomada a la entrada de la Catedral de Sal de Zipaquirá, fui mencionando a todos los que recordaba. Supongo que, a lo largo del tiempo, unos y otros irán apareciendo por aquí pero, mientras llega el momento, hoy os dejo sus nombres y las fotos de algunos de ellos, de algunas de las personas a las que dirigí esa carta con la que quise darle las gracias a Iván y Alba Lucía, porque fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado y porque, además, no me abandonaron en ningún momento y siempre estuvieron dispuestos a acompañarme a casi todos los sitios donde quiera que se me antojara ir. También a Carolina, que me cobijó en su casa, siempre que estuve en Bogotá, que nos hizo un sabroso ajiaco y que me presentó a la encantadora Sonia… Y a los demás primos de Eliana: la dulce Jimena, a la que por fin conocí y que me trajo un día a sus hijos, Valentina y Sebastián, para que también los conociera… César, también compañero en casi todas las salidas y en las apacibles tertulias de la noche, en el corredor de la casa. A Ingrid, que no pierde el encanto ni cuando se cae de la moto, por mucho que cojee o que el golpe le cierre uno de sus lindos ojos… A Darwin, que vino a verme nada más llegar a Mariquita, antes de irse a la sierra a hacer alguno de sus rebuscados trabajos. A Francisco, que se comprometió a enviarme alguna de las cosas que escribe… Gracias también a Yanet, porque siempre estuvo a la espera, dispuesta a acompañarme en cualquier momento y por esa velada tan agradable que compartimos la noche que cenamos con sus hijas, Erika y Tatiana… tan grandes ya, que parecen primas más que sobrinas; como ocurre con Estefanía, que también pasó conmigo, y el resto de la familia, el último fin de semana, viaje incluido hasta Chiquinquirá; como Daniel y Julie, a punto de cumplir su primer año de casados y siempre disponibles para todo lo que se necesite.

            Fue una carta para darles las gracias, también y por supuesto, a Jorge y Gloria, que me tuvieron en su casa de Mariquita todos esos días, que me llevaron todas las mañanas a caminar durante más de una hora y se preocuparon de que no me faltara ni comida, ni ropa limpia, ni jugos, ni lectura, ni remedios… ni libertad, porque fueron los únicos que siempre me decían que no tenía que dar explicaciones de a dónde iba o de dónde venía… Pero también a todos los tíos y tías, que tuvieron todo tipo de detalles conmigo, para hacer mi estancia más agradable: Enrique, Elisa, Rosa y Marina, que no dejó de hacerme, como cada vez que voy a Colombia, su sabrosa “frijolada”.

            Sirvió la carta, también, para enviar un abrazo a todos aquellos que vi y con los que apenas pude compartir un saludo, unos minutos, la intención de un encuentro más largo: Felipe, Pastor, Consuelo, Mario Molina, Leticia y sus encantadores hijos: Marcela, Luis Guillermo y Geraldín, Jennifer… Y a quienes me atendieron con especial esmero, como las farmacéuticas Lucero y su madre; Sandra, la estilista; Wilson, el zapatero; Socorro, cantinera y amiga; Osito y Junior

            Una carta, por supuesto, para mantener el contacto con amigos de “siempre”, de los que espero seguir recibiendo noticias: Esperanza Gil y el resto de su familia, Brenda, Eddie, Dora Elisa (a quien confío ver dentro de unas semanas en Salamanca o aquí, en Requena, donde le espera la presentación de mi libro), Daniel “Cabuya”… Y, también, para quienes conocí en este viaje y me gustaría volver a ver pronto: Raquel, Dayana y Claudia Liliana, que dedicó el tiempo de su almuerzo a mostrarme librerías de Bogotá… Sin olvidar a Sonia, que me llevó al taller de novela de Juan Manuel Silva, donde también tuve el placer de conversar (además de con el escritor y mi anfitriona), con Jazmín y con Carmen.

            Esa fue, casi por último, una carta para enviar mi afecto y mis deseos de seguir en contacto con las hermanas Betlehemitas: Trinidad, cuya entrega y dedicación admiro cada día que pasa; Rosalba, que me metió en ese lío (del que ya no quiero salir) y, la superiora, Libia, a quien tuve la suerte de conocer en esta ocasión y que me respondió, además de con la cita que encabeza este escrito, con un bello poema de Neruda… Vaya con estas letras, una vez más, mi agradecimiento por el almuerzo al que me invitaron, todas las atenciones que tuvieron conmigo y por haberme permitido colaborar en su hermoso proyecto. Me quedé con las ganas de saludar personalmente a la hermana Olga, que ha sido mi interlocutora durante estos últimos meses; esperemos que pronto se brinde la ocasión… Seguí aprendiendo del padre Humberto, que siempre tiene maravillas que contar y, a través suyo, mandé un saludo muy cariñoso a todos los miembros de la Fundación Madre Teresa de Calcuta. Gracias, también, a los miembros del Núcleo de Trabajo por la Vida, la Paz y la Justicia, que me acompañaron a conocer la invasión de “Los Pinos”, una de las experiencias más impactantes de este viaje y, en especial, a la mujer de Jaime (cuyo nombre nunca seré capaz de aprenderme), por todas las fotos que tomó (donde yo no me atrevía a hacerlas), y los libros que me recomendó (en Bogotá conseguí la edición que me interesaba de “Colombia, mi abuelo y yo” y uno de los títulos de Celso Román, el amigo de Jaime: “Las cosas de la casa”).

            Esa fue también, de alguna manera, una carta para cada una de las niñas del Hogar Niña María, que me hicieron sentir querido con sus palabras, sus preguntas y sus agasajos… No fui capaz de aprender a distinguirlas por sus nombres, pero siempre conservaré la foto que cada una de ellas se hizo a mi lado y, por supuesto, el recuerdo de sus sonrisas, inocentes e infantiles, por encima de cualquier dolor. Un beso también para la psicóloga (a la que tanto admiran las niñas), las mamás y todos los que colaboran en la tarea.

            Y esa fue también (ahora sí que es el final), una carta para todos los que no tuve ocasión de ver (en la foto, arriba: Tania y Tibisay, abajo: Jacobo, Saranna y Sara) y me hubiera gustado: desde Eros, que estaba tan cerca (en el balneario de San Felipe), a Marta Patricia, a quien siempre echo de menos en Colombia; el matrimonio Toño y Dolly, Numa y sus hijos, Joaquín y sus hijos (en especial Lisie, a la que conocí en el mes de diciembre), Clara Paz y Carlos Arjona, Carlos Guillermo, su mujer y su hija… Toda la familia de Medellín: Marta, Pedro y Maruchis, Sara, Tania y su esposo, Jacobo, Federico, Nacho y Tibisay, Saranna… Más todos aquellos cuyos nombres no me vienen ahora a la cabeza.

            Millones de besos para todos. Me vine ya con las ganas de volver.

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