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¡Si yo supiera escribir!

No sé si será por la influencia de la prensa y la televisión o por alguna otra razón, pero hace días que ando meditabundo, pensando en todo lo que he descubierto a lo largo del último año; no podría decir con exactitud si lo he aprendido o me lo han enseñado; por si alguien piensa que viene a ser lo mismo, explicaré que lo segundo resulta más doloroso… Y lo segundo debe de ser, puesto que lo aprendido no me ha hecho más sabio, sino más triste.
Que algunos de los países más importantes del mundo (aunque no los más felices), tardaran sólo unos días en reunirse para buscar juntos la salvación del sistema financiero que ha hecho del nuestro un mundo injusto e insolidario; solucionando las dificultades económicas de los bancos y otras entidades financieras, con el dinero de todos los contribuyentes (incluido el de las víctimas del sistema), fue un jarro de agua fría para quienes llevábamos años esperando que se reunieran para ver cómo conseguir los 30.000 millones de dólares (sólo un pequeño porcentaje de lo ofrecido a la banca en unos días), para acabar con el hambre de mil millones de seres humanos.
Es decir, para que nadie tuviera que morir de hambre (lo hace un niño cada cinco minutos, más de cinco millones de niños al año), bastaría con sólo el 40% de lo que el Banco Central Europeo dedicó en un solo día (el 29 de septiembre pasado), a salvaguardar los beneficios del sistema que provoca esa injusticia, manteniendo así la situación que permite que esto ocurra.
Pero como, dicho de esta manera, lo que escribo tiene tintes de panfleto y sólo puede llegar al corazón de quienes ya piensen como yo, a la vez que le daba vueltas y vueltas a estos datos en mi cabeza, me venían a la mente los divertidos relatos de Wenceslao Fernández Flórez (que denunciaba injusticias haciendo sonreír), chistes del “Hermano Lobo” o “Por favor” (que hasta hacían reír: “dispara al aire para disolver una manifestación y le da a un enano”), o las canciones de algunos cantautores, como Rafael Amor (de quien hablaré el próximo día), que hacen la misma labor, sin renunciar a la ternura ni a la poesía.
¡Si yo supiera escribir! De cuánto podría hablar sin cansaros, y sin necesidad de alejarme de lo que nos es próximo o cotidiano… porque éste que he mencionando, aún pareciéndome el más grave, no ha sido el único jarro de agua fría que me ha caído a lo largo del año recién acabado… Ir pediendo, día a día, la fe en la Justicia: el caso Mari Luz o la condena a cárcel de una madre a la que se separa de su hijo por algo, tal vez discutible, pero ocurrido hace dos años, son dos ejemplos que dan que pensar, sin salir de España, y a los que se pueden sumar otros aún más cercanos, casos personalmente conocidos, vividos en carne propia y en la de amigos como Camilo Maranchón o Miguel Ángel Carcelén, en los que se ven atropellados los derechos más elementales por los privilegios y prebendas que ante la Justicia tienen las Administraciones Públicas (por muy arbitrariamente que actúen), o la potestad que da el dinero para dilatar y encarecer los procesos, alejando la justicia de quienes no lo tienen... Actuación torpe y a veces caprichosa de Consulados, Juzgados, Ayuntamientos tan cercanos a nosotros, tan nuestros; abusos de multinacionales y grandes (o no tan grandes) compañías petroleras, eléctricas, de telecomunicaciones, turísticas, bancarias… Quien no haya sido pisado, maltratado, humillado, despreciado por alguno de los que cito, que tire la primera piedra, que levante la mano, que me corrija.
¡Si yo supiera escribir! Os haría sonreír con cualquiera de estas historias, despojándola de todo matiz personal para que fuera universal, haciéndola tan pequeña que a todos les llegara, convirtiendo sus lágrimas en canción, en versos los reveses, en charadas el dolor… y transformando cada decepcionante fin de año en una puerta abierta a doce nuevos meses de esperanza.
Como cuando los “Christmas” se llamaban Tarjetas de Navidad

La Navidad no se ve llegar desde la ventana, salvo que ésta se asome a una de las calles iluminadas por el Ayuntamiento o con escaparates decorados al uso… No es el caso; la mía da a cientos de tejados que se pierden en la distancia y se confunden con las montañas tras las que se esconde el mar… Aún así, me he enterado de que ya se acercan las deseadas y denostadas fiestas: lo dicen en televisión; en el salón de casa, Eliana ha colocado el árbol y el belén; los niños han dejado de ir al instituto; en los supermercados venden turrón y mazapán; en todos los conciertos se incluyen temas navideños; mis compañeros se han ido de vacaciones, dejándome solo en la oficina; en el colegio de al lado se oyen cantar villancicos en la hora del recreo y, por Internet, han empezado a llegarme archivos con felicitaciones de Navidad de todos los pelajes (humorísticas, humanitarias, emotivas, eróticas, tradicionales…); también María y Ramona, como cada año, me han enviado un “christma” hecho a mano, con tiempo y con amor.
Queriendo añadir mi gotita de agua a este torrente de buenos deseos, he recordado que durante una época, cuando todas las felicitaciones las traía el cartero, mantuve la buena costumbre de guardar cada año las tarjetas que recibía y, cortándoles la parte escrita, enviarlas yo en la siguiente Navidad; no era tanto por ahorrar unas pesetas como por no tirar algo que me parecía bello y reutilizable (quizás sea por esa misma razón por lo que me gusta más comprar libros usados que nuevos; o por lo que, cuando era niño y coleccionaba sellos, sólo valoraba aquéllos que ya se hubieran utilizado, que ya hubiesen viajado de un lugar a otro, franqueando el camino a una carta de amor o de duelo, a las noticias de un soldado o de un pariente emigrado, al oficio que concedía una pensión de viudedad o que denegaba una beca, a una felicitación de cumpleaños… o de Navidad).
Este año, aunque adaptándome a las nuevas costumbres, voy a hacer lo mismo que en aquel entonces (cuando los “christmas” se llamaban “Tarjetas de Navidad”) y, aprovechando una felicitación recibida por Internet hace dos años, os deseo todo lo bueno que se pueda desear con el dibujo que para Fernando Lalana hizo en diciembre de 2006 su amigo y colaborador José María Almárcegui… Yo sólo he tenido que poner el beso y todo el cariño que cada uno de vosotros se merece.
Dulcinea y yo

No puedo recordar cuándo oí hablar por primera vez de Dulcinea del Toboso, ni cómo llegué a saber quién era y de su relación con Don Quijote; pero no me cabe duda de que eso fue mucho antes de leer por primera vez el libro de Cervantes… Y estoy convencido de que algunos de vosotros, pese a no haber leído nunca la novela, no ignoráis casi nada de Aldonza Lorenzo, la labradora manchega que el Caballero de la Triste Figura convirtió en la más hermosa de cuantas mujeres se pasean por las páginas de los libros… Es más, esta misma tarde me he sorprendido pensando que llegará un día en el que en el mundo no habrá nadie que haya leído a Cervantes y, sin embargo, la mayoría de la gente seguirá sabiendo quiénes fueron Don Quijote, Sancho Panza o Dulcinea del Toboso. Leer será cada vez más un acto marginal, de rebeldía… pero la literatura siempre seguirá viva (aunque ya no habite en los libros); tal vez desaparecerán la mayoría de los títulos que conocemos, pero las obras geniales permanecerán… Si no me creéis, tiempo al tiempo; yo no lo veré, quizás por eso no me asusta ni preocupa: mientras vivamos yo y algunos de mis amigos, habrá lectores de libros; si luego no los hay, ellos se lo perderán (a mí lo que me duele es saber que me perderé similares placeres que ya se asoman por el horizonte, y que ya no voy a ser capaz de aprender a disfrutar).
Pero volvamos a Dulcinea. Sólo quería decir que no hace falta haberse leído completo “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” (aunque yo lo recomiendo), para darse cuenta de que la importancia de este personaje: su popularidad, la simpatía que despierta, la influencia que ejerce incluso en el mundo real (puede medirse en nombres de calles y plazas, de marcas comerciales, pequeños comercios, certámenes literarios, etc); es muy superior a la que le confiere Cervantes en la novela (tanto por el espacio o el cariño que le dedica, como por los datos que da de ella); de hecho ni siquiera es una invención del autor, es una creación del propio Don Quijote (Aldonza Lorenzo está al mismo nivel que Alonso Quijano, Sansón Carrasco o Sancho Panza; pero Dulcinea del Toboso se nos presenta como un personaje inventado por otro personaje). Quizás se podría decir lo mismo del propio Don Quijote: el personaje de Cervantes es un anciano endeble que ha perdido el juicio y se ve a sí mismo héroe valiente y vigoroso, dotado con todas las maravillosas cualidades con que se pintaban a los protagonistas de las novelas de caballerías; Dulcinea es una labradora cuarentona, hija de aldeanos, analfabeta y con la cara picada de viruelas, mas él la ve poco menos que como a una joven y hermosa princesa… No sé si la diferencia está en que mientras los lectores y no lectores del libro, siendo conscientes del vínculo entre Alonso Quijano y Don Quijote, valoran a cada uno en función del otro; Dulcinea del Toboso eclipsa totalmente a Aldonza Lorenzo y, por decirlo de alguna manera, tiene su propia existencia, incluso al margen del personaje cervantino que la inspira y que ni siquiera la conoce (si no recuerdo mal, nadie llega nunca a hablarle de Don Quijote o tratarla como Dulcinea).
Esta última reflexión me ha hecho recordar que una vez, como lector, se me ocurrió tratar de ponerme en el lugar de Aldonza Lorenzo. ¿Cómo se hubiera sentido de saber lo que un vecino, en el que por muchísimas razones nunca se había fijado, andaba diciendo lo que de ella decía y haciendo lo que en su nombre decía hacer? Cualquier cosa que haya leído al respecto (y que no es digna de mención, ya sea carta, poema o relato), trata de mostrar a una mujer enamorada, orgullosa de su suerte, transformada por el amor ideal, romántica, comprensiva, tan dulce como su propio nombre indica… Mas yo la imagino indignada, sintiéndose burlada por los piropos y halagos que sabe no merecer, acosada por tanto vencido que va a postrarse a sus pies sin que ella lo quiera ni entienda. No sólo es agobiante que se empeñe en amarte y agasajarte alguien a quien tú no quieres, puede llegar a crear pánico si quien lo hace se muestra tan obsesivo, por muchas que sean las palabras bellas o florituras que utilice en sus cartas de amor.
No soy un entendido en El Quijote y no me extrañaría que más de uno me enmendara la plana... Tampoco entenderá quien este leyendo estas líneas a cuento de qué viene hablar de Dulcinea en esta ocasión, cuando ya no se celebra ningún centenario de la novela y hace más de un año que la leí por última vez. Pues, ya veis, por poca relación que parezca tener, todo se debe a mi aportación anterior en el blog, al cuento de “Bajo sus viejas botas”, porque recibió el primer premio del último certamen literario Dulcinea, de la Asociación Acción Cultural Miguel de Cervantes, de Barcelona… No suelo ganar premios (si cuando los menciono parece otra cosa es porque los he ido sumando a lo largo de muchos años), así es que resulta realmente curioso que el anterior que me otorgaron, un año antes, también llevara el nombre de Dulcinea, aunque se trataba del certamen convocado por la Casa de Castilla-La Mancha en Zaragoza. ¿No es curioso? A mí me lo parece, por eso me paré a pensar en este personaje y decidí contároslo porque así, de paso, también justifico el cuento que, sin explicación ninguna, os pasé el otro día.
Clásicas y sabrosas lentejas con arroz

Bueno, ya sé que los mangostanes de la imagen poco tienen que ver con el título de esta entrada… Pero vienen a cuento, como luego verá quien continúe leyendo.
El caso es que he pasado toda una semana en Albacete, por razones de trabajo; pero con tiempo suficiente como para derrocharlo en algunas de las actividades que más me gustan, como andar lentamente y sin rumbo fijo por la ciudad, sentarme en un banco del parque para jugar a que soy un viejo que toma el sol y mira las ardillas, visitar la hemeroteca para husmear en las amarillentas páginas de los diarios de cuando era niño, volver a la última cafetería en la que estuve a solas con mi padre para volver a tomar el mismo café… y otras tareas sin afán.
Fui al cine, claro, a los Candilejas que, pese a su sencillez y falta de ostentación, son todo un lujo para los amantes del cine; ya lo conté aquí mismo hace algún tiempo y, además, ya tienen ellos su propio blog (tan modesto como sus “minisalas”). No recuerdo cuáles fueron exactamente las últimas películas que vi allí, pero sí una iraní, de Hana Makhmalbaf, que me impresionó hasta el punto de que, desde hace casi dos meses, estoy tratando de encontrarle un hueco en estas páginas: “Buda explotó por vergüenza”; quizás todavía lo haga, me resultaría muy fácil, puesto que algún tiempo después encontré un artículo que me dejó el trabajo casi hecho; sólo tendría que escribir: “Como decia Carlos Boyero en “Babelia”… y transcribir su texto. Las dos que he visto esta semana merecen la pena: “Las chicas de la lencería”, suiza (dirigida por Bettina Oberli) y, ésta sí que os recomiendo que hagáis lo posible por verla, “La banda nos visita”, israelí (dirigida por Bikur Ha-Tizmoret).
Visité las cinco librerías de la ciudad en las que suelo comprar (para no hacerles publicidad, sólo voy a citar el nombre de la de “Libros el Joven”, porque es de lance y siempre he sentido una especial predilección por los libros usados; y la “Librería Universitaria”, por lo importante que fue para mí y mis amigos cuando se llamaba “Librería del Maestro”, regentada por Carlos; y por el cariño con que su hija Yolanda, desde que se hizo cargo, trató a la editorial y ahora me trata a mí. No compré muchos esta vez: Sabiendo que iba a disponer de suficientes horas, me llevé bastante lectura y más de una tarde, mientras llovía, me la pasé entera leyendo cuentos de Jesús Martínez Rodríguez (“Helénicas”) y de Haruki Murakami (“Sauce ciego, mujer dormida”); de este autor también la novela “Sputnik, mi amor”; supongo que con decir esto ya no hace falta que lo recomiende expresamente, pero lo cierto es que, cuando hace unos días lo leí por primera vez (“Tokio blues”), escribí unos comentarios que no he llegado a colgar en el blog pero que pondré dentro de poco… Bueno, aún me quedó algún rato para leer a Wenceslao Fernández Flórez, porque es un autor del que nunca me canso (ahora le ha tocado el turno a la novela “Ha entrado un ladrón”), y para otro libro que merece un punto y aparte: “Ser feliz depende de ti”, de Ramón Sampayo.
Mientras hacía el punto y aparte me he acordado de que una vez me hice el propósito de no hablar nunca mal, en este blog, de ningún libro… Además, no me cabría aquí todo lo que se me sugirió su lectura. Así es que voy a cambiar de tema: El martes por la tarde, en un supermercado, encontré “mangostinos” (así aprendí a llamar a los mangostanes en Mariquita, donde los conocí); aunque el precio era algo prohibitivo (19,95 €), no pude resistir la tentación de comprarme dos para esa noche… afortunadamente salieron buenos, como los que se ven en la imagen. El miércoles comí en casa de mi hermana; me sirvió las clásicas y sabrosas lentejas con arroz que dan título al artículo de hoy. Esa noche me vi con Gata (que también tiene ya su blog), y con Gonzalo, su marido. Estuvimos tomando vinos y tapas pero, sobre todo, hablando de literatura, de libros, de escritores amigos o conocidos, de premios literarios (unos serios y otros grotescos), de historias escritas o por escribir; Gata no sólo es original y escribe bien, sino que lo hace mucho y con constancia; y Gonzalo, por su parte, parece un manantial inagotable de anécdotas y argumentos.
El jueves comí en Villatoya con mi madre. Me preparó las clásicas y sabrosas lentejas con arroz. Sólo por la noche, cuando habló con mi hermana, se enteró de que las dos me habían ofrecido lo mismo y me preguntó por qué no le había dicho nada. Le podía haber explicado que a los 53 años ya no se protesta por la comida, pero tenía una razón todavía mejor y se la di: “No importa. Lo más seguro es que mañana, cuando vaya a Requena, Eliana también las haya preparado”. No es que no cocinemos otra cosa, es que tengo comprobado que si alguna vez como fuera, sea lo que sea, al día siguiente en casa se sirve lo mismo en la mesa.
Hoy viernes, por fin, después de una larga semana (el viernes pasado también estuve de viaje), casi a las cuatro de la tarde he regresado a casa. Eliana y los niños me estaban esperando con la mesa puesta… Y sí, después de mucho tiempo sin hacerlas, había preparado las clásicas y sabrosas lentejas con arroz.
Los sábados, certamen literario

Hace tres sábados (ayer se cumplieron dos semanas), se entregaron en Villatoya los premios del X Certamen Literarios “Emilio Murcia”. En realidad, para nosotros (Eliana y yo), el acontecimiento comenzó el viernes, con la llegada de la ganadora, Puri Novella, que vino con su familia en tren hasta Requena. Juntos viajamos hasta Casas Ibáñez, dejando a un lado Villatoya por la variante nueva, desde la que el pueblo, extendido por el valle, a orillas del río Cabriel, se ve aún más bello de lo que se ha visto nunca. Esa noche improvisamos una cena-tertulia con los componentes del que fuera mi taller literario durante años: David y Loli, los Manolos (Picó y Calomarde), Noelia, Irene… Todos habían leído ya el cuento de Puri y, como siempre, la conversación fue amanea y discurrió por los más imprevisibles derroteros. No estaría mal incorporar esta cena previa con el ganador de cada año, como parte de la entrega de los premios. Manuel Merenciano Felipe, Manolo, llegó a la mañana siguiente, también acompañado de su familia, justo a la hora de la comida. Fuimos a “La Lola”, el restaurante del que siempre digo que voy a hablar algún día en el blog (y lo voy a hacer), pero que ya puedo recomendar a todo el mundo, sin necesidad de entrar en detalles.
Era sábado y llovía. El Centro Social de Villatoya, un año más, se llenó de amigos y, en esta ocasión, la entrega tuvo un toque teatral… Siempre ha habido algún espectáculo acompañando el evento: Un ballet vanguardista, que irritó al entrañable y desaparecido Rodrigo Rubio; Miguel Ángel Ródenas, concertista de guitarra clásica; el quinteto de metales Esbrassiba; cuentacuentos (Ivana), cantautores como Vicent Savall, el chileno Lucho Roa o el inolvidable Rafael Amor; un mago, una soprano acompañada de un pianista… Pero este año fue diferente, este año los actores y actrices de Oleana Teatro, más que acompañar con una actuación, convirtieron la entrega de premios en un montaje teatral que a ratos emocionó hasta las lágrimas y, a ratos, hizo reír… hasta las lágrimas. Los personajes creados por Puri Novella (Las hijas de Irene) y Manuel Merenciano (Ventanas), tomaron vida y se mezclaron con el público. Maribel Rubio, sostén del certamen, nos conmovió una vez más con su análisis certero de las obras, con sus palabras de aliento para los autores y con sus emotivos recuerdos de Emilio Murcia, el que fuera su compañero. Luego, actores, jurados y lectores, autores galardonados y promotores o colaboradores del premio, nos fuimos juntos a cenar, más que nada, para poder seguir hablando hasta entrada la madrugada, hasta que ya no era sábado sino domingo.
Un sábado después (ayer hizo una semana), era yo quien tenía que ir a recoger un premio, el “Dulcinea” que cada año convoca la Asociación Cultural Miguel de Cervantes, en Barcelona, y al que este año me había presentado por tercera vez, pero con más suerte que las anteriores. He escrito bien lo de “tenía que ir” porque, por más que me pesó, al final no pude acercarme hasta el hotel en el que Andrés Amorós iba a dar una conferencia y luego se entregarían los premios. Me hubiera gustado; son esos los mejores momentos para alguien a quien le gusta escribir y, en mi caso, son muy escasas las oportunidades que se me conceden de vivirlos. El relato premiado (Bajo sus viejas botas), se publicará en la revista “Cervantina”, tanto en la edición impresa como en la digital… ya os pondré un enlace en su día, por si alguno de vosotros quiere leerlo y, de paso, os contaré un poco de su historia, que la tiene.
Este último sábado, ayer, no había premios que entregar ni que recoger, así es que planifiqué quedarme en casa todo el fin de semana, para escribir estas líneas, leer periódicos atrasados y, sobre todo, disfrutar con la lectura de dos de esas novelas que, al final, termino recomendando a todo el mundo: La piel fría, de Albert Sánchez Piñol y Broonklyn Follies, de Paul Auster. La primera me la había recomendado insistentemente Laura Plana (tanto recomendarnos libros, cuándo nos dejará que gocemos leyendo su Mar de Amanda); la segunda me la traje del “mercadillo” de Publicaciones Acumán, la última vez que estuve en Toledo, y es uno de esos pocos libros que, lejos de desinflarse al final, va creciendo a medida que éste se acerca… Pero hubo algo más, que tiene que ver con lo ocurrido en los sábados anteriores: A la dirección de Villatoya me llegaron tres ejemplares de Historia de todos, libro antológico en el que aparecen las creaciones seleccionadas en el concurso de relatos breves que, con el mismo nombre, convocan en Azuqueca de Henares, y entre los que se encuentran dos de Miguel Ángel Carcelén y uno mío, Por el este sale el sol, que escribí expresamente para ese certamen y que, para no hacerlo más largo hoy, lo colgaré en el blog dentro de unos días.
Eso sí, no pongo punto final sin explicaros las fotos que aparecen al principio, relacionadas con la entrega de premios de Villatoya y en las que pueden verse (de izquierda a derecha y de arriba abajo), en la primera, en el salón de actos del centro social, con los actores y actrices de Oleana Teatro, Puri Novella en un extremo y yo en el otro, a mi lado Noelia y, detrás nuestro, Manuel Merenciano; Maribel Rubio en el centro. En las siguientes: Noelia, presentadora de la entrega desde hace cinco años, con los ganadores. Puri Novella con su familia. Manolo, con la suya. El escritor asturiano Celso Peyroux, que también nos acompañó este año, junto a Maribel Rubio y otra invitada. Bea, Loli y David, tres de los lectores que colaboraron con el jurado en la selección previa. Llanos, la alcaldesa de Villatoya, en buena compañía. Los actores… sin máscara. Carmen Navalón, alcaldesa de Casas Ibáñez, que nos recibió en su pueblo, junto a su marido y a Ana, mi amiga, “exsocia” en aventuras editoriales y presentadora de la entrega de premios en las dos primeras ediciones.
Aunque todos aparezcamos tan cariacontecidos, nos los pasamos muy bien.
Promesas que parecen amenazas

Muchas mañanas, antes del amanecer, cuando salgo de Requena para enfilar la N-322 e ir a Casas Ibáñez, me encuentro junto a la última rotonda un grupo de trabajadores, esperando la furgoneta que los llevará al tajo; arrebujados por el frío, malamente guarecidos de la lluvia, semiocultos por la niebla… según se presente el día que, en invierno, rara vez es bueno.
Son inmigrantes. Podrían no serlo, pero lo son, y esta vez viene al caso. A uno de ellos, Juan, lo conozco; por eso sé qué esperan y qué les espera.
La furgoneta llegará enseguida y, apenas dos kilómetros después, pararán a repostar en la gasolinera de El Pontón. El gasoil lo costean entre todos: un euro cada uno; saben que eso es suficiente para el combustible que necesitarán para ir y volver, pero seguramente ignoran que más de la mitad de lo que han abonado, sobre el 60,05 por cien, han sido impuestos (15 de los 25 euros que gastarán, día a día, a lo largo del mes). Trabajan en una obra, en la construcción; les pagan por semanas, 250 euros cada sábado… en la nómina que les entregan al final de mes figuran reflejados 1300 euros, de los que les descuentan 91 para Seguridad Social y 135 como retenciones de hacienda… así es que la cuenta, más o menos, les cuadra. Lo que Juan no sabe es que, además, la empresa cotiza por él otros 520 euros a la Seguridad Social.
Juan y sus compañeros almuerzan en la obra pero, de lunes a viernes, acuden a comer al bar de un polígono cercano, donde les ofrecen un menú por 7,50 euros, impuestos incluidos (es decir, que los cincuenta céntimos del pico no se los come él, sino la Hacienda Pública: 13 euros cuando haya acabado el mes).
Juan está casado y tiene dos hijos. Ella se llama María y ellos Andrés y Nicolás. Algunos de vosotros, a estas alturas de la lectura, habréis dejado de creerme: Los inmigrantes tienen nombres como Mohamed, Víctor Alejandro, Nicoleta, Fátima, Lina Paola, Yonatan, George… Es verdad, los nombres son inventados y los he puesto sólo para simplificar; pero Juan, María y sus hijos existen y las cantidades que estoy sumando para calcular sus impuestos son las mismas que utilizaría si estuviera hablando de una familia española de toda la vida, y que estuviese en una situación parecida… Así es que, si me lo permitís, voy a continuar:
Cuando Juan se va a trabajar, María se queda haciendo tareas en la casa y prepara a los niños para llevarlos a la escuela. Cuando ellos, en medio de alegre algarabía, entren por la puerta del colegio; ella también se irá al curro. Hace un par de años que cuida un anciano… Eso quiere decir que, aparte de atenderlo con un cariño especial (con todo el mimo y cuidado que su familia no sabe poner), mientras el hombre no la necesita, ayuda en la limpieza de la casa, en la cocina, en el planchado de la ropa; pero sobre todo se ocupa de él: lo asea, le obliga a comer, lo lleva a pasear por el parque (como en el dibujo), le hace rabiar entre risas… Cobra setecientos cincuenta euros al mes y, de ahí, ella se paga su seguridad social como empleada de hogar, unos 150 euros. Come en la casa donde trabaja y los niños lo hacen en el comedor escolar; así es que, entre semana, no tiene que hacer comida al medio día y su hijos sólo pagan 3,50 euros… entre los dos 140, de los que sólo 5 son de IVA.
Si alguno se ha molestado en ir haciendo las cuentas ya habrá llegado a la conclusión de que, después de todo esto, esta familia aún cuenta con más de mil euros para vivir… y ya han comido todos de lunes a viernes. Sólo faltan, las cenas y los fines de semana; pero también la ropa, las medicinas, los recibos de agua, luz, basuras, los móviles de ambos, las llamadas telefónicas a su país desde el locutorio, el alquiler del piso y la letra del coche que están pagando a plazos… No os equivoquéis, no pretendo dramatizar, no están ni mejor ni peor que otras familias del pueblo, que millones de familias españolas; no pueden ahorrar, les cuesta llegar a final de mes, pero comen cada día y viven con esperanza… La retahíla de los numerosos gastos que no pueden eludir era sólo para señalar que, al final de mes, todo el dinero se acaba y que eso les ha supuesto pagar (con la luz, el teléfono, el agua, el alquiler, el supermercado, la farmacia…), una media de 175 euros más en concepto de IVA… Pero, como no sé mucho de Matemáticas y no sé nada de Economía, pudiera ser que se me hubiera olvidado de algún detalle.
Cuando ha caído la noche, Andrés y Nicolás hacen los deberes, María termina de preparar la cena y Juan ha ido a tirar la basura… Luego verán la televisión, tal vez una de las cadenas que, sin que ellos lo sospechen, están contribuyendo a mantener… Es posible que ni siquiera imaginen que cada mes tributan a la Hacienda española 584 euros (7.000 a lo largo del año, más del doble si tenemos en cuenta también la aportación empresarial a la Seguridad Social, por parte de la empresario del marido)… Es posible que a Juan y a María, de saberlo, tampoco esto les importe o moleste más que al resto de los españoles; hasta podría ser que, si se percataran de ello, empezaran a ver como algo suyo las carreteras, los hospitales, las escuelas, el ejército, las oficinas de empleo, comisarías de policía, parques de bomberos, las televisiones públicas, el sistema de pensiones y todo lo que ayudan a mantener con su trabajo y su consumo, incluidos la familia real y los diputados que no pueden elegir… Hasta podría ser que se sintieran orgullosos de ello, de formar parte del país que han escogido para vivir y al que ayudan a crecer día a día… aunque luego no les permitan votar.
Bien, pues ahora resulta que Mariano Rajoy nos asegura que, cuando él sea presidente, los inmigrantes tendrán que pagar sus impuestos. ¿Qué querrá decir con eso? ¿No los están pagando ya con Zapatero? ¿No los pagaban ya con Adolfo Suárez, con Calvo Sotelo, con Felipe González, con Aznar?
Repito que no sé nada de Economía y que, a partir de aquí, sabiendo que en España hay ahora mismo más de dos millones de inmigrantes cotizando a la Seguridad Social, si tuviera que seguir haciendo multiplicaciones, me perdería… así es que tomo datos que han hecho públicos J. Ignacio Conde-Ruiz y Clara I. González, investigadores en FEDEA: “las aportaciones de los inmigrantes permiten pagar la pensión de 1.100.000 jubilados (sólo 69.000 son extranjeros); pagan el desempleo a 300.000 pardos (lo cobran sólo 150.000, la mitad); sin la inmigración el llamativo crecimiento del PIB, que en los últimos años ha tenido una media del 3,5%, no hubiera alcanzado el 2 %.”.. podéis leer el artículo completo: ¿La inmigración es un problema real?... Ellos lo explican mucho mejor que yo que (sólo quería deciros eso), no salgo de mi asombro por más veces que lea la promesa/amenaza de Rajoy.
Cuatro décadas y media de coincidencias

Recordadme que el día de Reyes os regale un relato que, en más de una ocasión y en esta misma bitácora, os he mencionado; una narración que escribí con el nombre de Apagones y cuya historia también es como una fábula… Y, aunque parezca que no tiene nada que ver con esto ni con lo que sigue, dejadme que primero os cuente que Noelia (sabiendo que una de mis aficiones preferidas es la de buscar libros, sin que me importe el que a veces tarde años en hallarlos), me pidió que encontrara una novela de Nick Hornby, llamada High fidelity…
Pero, en realidad, todo empezó cuando mi hermano Amador escribió El gigante egoísta, allá por el año 1962. Supongamos que es 28 de diciembre, tal día como hoy, pero hace cuatro décadas y media. Es el cumpleaños de papá; el tío Antonio y la tía Maribel han venido a pasar las Navidades con nosotros. Sus hijos (Antonio, Maribel y Juan Ramón), aún no han nacido, seguramente ni siquiera quienes algún día serán sus padres puedan soñarlos. En Casas Ibáñez han amanecido las calles blancas de escarcha; de los tejados cuelgan transparentes chuzos de hielo y también el agua de los charcos y las balsas se ha helado; los niños, sin escuela por las vacaciones de Navidad, calzados con botas de goma para no mojarnos los pies, tratamos de patinar sobre las improvisadas pistas; es tanta la humedad del aire que el humo de las chimeneas apenas consigue alzar el vuelo, y va impregnando de olor a leña quemada incluso las ropas de quienes en casa no encendemos lumbre, de quienes nos calentamos los pies (que al final se han empapado), junto a un brasero eléctrico que, como si también él huyera del frío, se esconde bajo las gruesas faldas de una mesa camilla, en la que Amador, que sólo tiene un año menos que yo, unos días antes, llevado por el espíritu de la Navidad, ha escrito un cuento de su invención al que ha titulado El gigante egoísta.
En la calle principal, que entonces llamaba “Caídos” y hoy le dicen “Tercia”, está la imprenta Lahiguera y, en la calle “José Antonio” (hoy “Correos”), la imprenta de Jesús; ambas son, además, las únicas librerías del pueblo y, aunque ninguna de ellas exista ya, el 28 de diciembre de 1962, cuando cae la noche, encienden sus pequeños escaparates para que cualquiera que pase por delante pueda ver los tesoros que se ofrecen de cara a la próxima venida de los Reyes Magos: cajas de colores, cuadernos con fotos de Marisol en la cubierta y las tablas de multiplicar en el dorso, el último número de la revista Ama, plumieres de madera, libros de cuentos, de recetas de cocina, de horóscopos que auguran un venturoso 1963… Amador, que no se ha mojado los pies, porque nunca hace lo que no debe, regresa a casa y se para ante algunos escaparates, desempeña los cristales, haciendo un circulo en el vaho con la manga del abrigo de paño, y se asoma al interior, tenuemente iluminado: los juguetes y tebeos del kiosco de la Nicolasa, los dulces de las pastelerías de Juan Manuel, de Blesa y de Torrente, más juguetes en la tienda de la Sole (en la que yo me había ofrecido como dependiente voluntario), y una de las librerías, en la que se lleva la sorpresa de encontrarse su propio cuento… creía que nadie lo había leído todavía y allí estaba su gigante egoísta, risueño y bellamente coloreado, con un niño en sus brazos.
Aunque para los más mayores fuera fácil imaginar que aquél no era el relato que él había inventado, que se trataba de una mera coincidencia con el título de otro, escrito por un tal Óscar “Bilde” o algo así (no olvidemos que en la escuela nos enseñaban que la “W” se leía “b”, como en “retrete”), yo nunca he olvidado la excitación con que nos contó su sorpresa porque luego, a lo largo de la vida, esto mismo me ha ocurrido más de una vez: no sólo me he encontrado publicado un título que yo guardaba como un tesoro, sino a veces todo un argumento que ya tenía escrito o, cuando tuve la editorial, el primer diseño que Ana hizo para la colección Odaluna resultó que coincidía con la “Biblioteca de Cuentos” de la poco conocida pero muy recomendable editorial Clan.
Podría poneros más ejemplos, pero entonces no me quedarían ni espacio ni tiempo para contaros que el otro día vino Inés a casa, con su marido y su hijo, el pequeño Eduardo; ni que he empezado a leer Alta fidelidad, la novela de Nick Hornby que Noelia me pidió que buscara; ni de explicaros qué es un piscolabis de la CAT y que hubo una vez en que su tema fue “el apagón”… Los “piscolabis” son una especie de merienda o cena de sobaquillo, a la que cada uno se lleva su bocadillo y, además de la buena compañía, recibe bebida para regarlo y aceitunas y frutos secos con los que pasar el trago; a cambio, nada más, de acudir con algo escrito sobre el tema propuesto, ya sea original, sacado de Internet, rescatado de la memoria… Cuando aquella vez andaba yo pensando qué escribir sobre “el apagón”, Isabel Sanchís, la bibliotecaria de Requena, me ofreció una idea, contándome la historia de un niño que apagaba la luna a base de soplidos; se la había escuchado a un cuenta-cuentos (creía que en Chelva, en su mágica noche “al calor de las palabras”); decidí que yo la contaría a mi manera, Eliana se buscó un poema de Rafael Pombo y, con los bocadillos bajo el brazo, nos fuimos a cenar. El relato gustó tanto que decidí averiguar quién era su autor, o si no lo tenía, si estaba publicado y podía leerse completo… Pregunté a Lorenzo, que también había estado en Chelva, y no lo recordaba; a las cuenta-cuentos que conozco: Sonia, Ivana, incluso a Maricuela, la única persona que se sabe la historia de las hormiguitas y el fraile motilón, que mi padre nos contaba de pequeños y que ella recosntruye con las mismas palabras que él usaba… pero nadie conocía esa historia que me habían contado. Hice un breve resumen de su argumento y lo coloqué en foros literarios, pidiendo pistas; nadie respondió. Un par de años después encontré aquel borrador que había hecho para la CAT y pensé que era una pena que ese cuento que alguien había oído junto a un fuego, en una plaza de pueblo, se perdiera para siempre, así es que lo incluí en mi relato Cuando llegué a Chillán, pero explicando la circunstancia de que esa fábula, que uno de los personajes escribía para su hijo, en realidad se la había escuchado a un cuenta-cuentos… Y ahí se quedó la historia, como alguno de vosotros ya la habrá leído en el blog, hasta que hace un par de meses se me ocurrió escribirlo en serio y, partiendo de lo que me habían contado, inventar un ambiente, definir los personajes (por ejemplo, puse mucho empeño en inventar un padre obsesionado con explicarle todo a su hijo, que todavía no sabía hablar), y así, finalmente, narrarlo con mi propio estilo, añadiendo todo tipo de detalles, para que fuese mi obra y sólo en el argumento se pudiera parecer a la que alguien fuera contando por ahí… Sólo cuando ya estaba acabado y a mi gusto, encontré en “Google” las primeras referencias a la historia del niño que apagó la luna y que resultó ser un original de Carles Cano, incluido en su libro Cuentos para todo el año. Busqué inmediatamente el libro (lo encontré con facilidad, cuando, después de casi dos años, todavía no me había hecho con el de Nick Hornby), y me quedé tan asombrado como Amador cuando vio su Gigante egoísta en el escaparate de la imprenta: no era sólo la historia que narraba, es que estaba contada de idéntica manera, casi con las mismas expresiones que yo había ido hilvanando a lo largo de los años.
Pensé que ese cuento, aunque en parte aún pudiera considerarlo “mío”, ya no era publicable y sólo podría
... (quiero leerlo todo)Luces en la noche

Alumbrado por el sol radiante de una mañana luminosa, impropia de un otoño que, en vez de acercársele, parece huir del invierno, voy a escribiros sobre la noche; sobre algunas noches y las luces que a duras penas resquebrajaron su oscuridad.
La verdad es que, cuando me puse a pensar en lo que ahora os voy a contar, el título que me rondaba en la cabeza era el de Luces de la ciudad, el mismo de la película de Chaplin; iba a escribir la “genial película de Chaplin”, pero me ha parecido que el uso del adjetivo podía ser una redundancia, que ya está implícito en el nombre del guionista, director, intérprete y autor de la banda sonora que, por cierto, se basa en el cuplé de “La violetera”… no es lo único español del film, puesto que también el argumento parece inspirado en Marianela, la novela de Bentio Pérez Galdós.
El caso es que yo iba a escribir sobre las luces que más recuerdo de cada ciudad o lugar y me parecía que ése era un buen título pero, al enumerar sobre el papel algunos de esos recuerdos, me di cuenta de que en la mayoría de ellos recuperaba momentos vividos en la noche… Aunque no todos, porque el primero que ahora me viene a la cabeza es el de la fría luz de la mañana en la que caminábamos Tina y yo por la Gran Vía de Madrid (aún estaba cerrado el metro), y me recordó ese otro amanecer en el que, en La Colmena, la novela de Cela (¿o debería decir la película de Camus?), “un marica y uno que escribe” salen de la cárcel a una mañana “esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…”
Mas, al fin y al cabo, el amanecer está todavía muy cerca de la noche; como también lo estaba aquel atardecer lejano en el que, en una terraza de Alacuás, con Visi, Carmen y Luis (amigos cuyos rostros puedo recordar, pero cuyas voces se han perdido para siempre en los recovecos de la memoria), hablábamos de la libertad y la justicia que habrían de llegar (como Gora y sus amigos, en la novela de Tagore), mientras el sol se ocultaba a nuestras espaldas y, frente a nosotros, al otro lado de la enjalbegada barandilla de adobes, podían adivinarse (aunque no se vieran), campos de naranjos que llegan hasta el mar… o imaginarse (aunque no estuvieran), una polvorienta plaza árabe y un minarete desde el que el almuédano llamara a la oración.
Ahora, que casi hemos llegado al Mediterráneo, evoco sus bellos amaneceres en los que, antes de surgir de entre las aguas todavía oscuras, el sol pinta de rojo y fuego los penachos de nubes cercanos al horizonte. Alguna vez, cuando he estado de vacaciones en la playa, he madrugado para verlo; pero el recuerdo que conservo más vivo es el de contemplarlo desde el tren que, cuando iba a ver a Rosana a Cartagena, me traía de vuelta a Valencia; aquellos trenes expresos que antes me habían llevado al colegio a Zamora y en los que, pocos años después, los domingos regresaba desde Nules a Barcelona… siempre de noche, siempre con la tentación de salirme largos ratos al pasillo vacío, mientras todos dormían y, desde la ventana, poder contemplar la oscuridad que, poco a poco, habría de dejar lugar a ese rojo amanecer sobre los campos de trigo o sobre las olas.
Y de las vías del tren a la carretera, desde el amanecer a una noche que, si no era oscura, como la del alma, es porque una enorme y redonda luna llena, la iluminaba por entre las encinas, muy cerca ya de Ávila. Me bajé del coche para mirarla y hacerle algunas fotos; también para recordar otras noches en las que, bajo la misma y blanquecina luz de los cuentos más góticos, desde Villatoya nos íbamos andando a Cilanco por el camino de las Balsillas, entre huertas, pinares y extensas choperas que resplandecían iluminadas por Selene.
Al hablar de viajes y carreteras me acuerdo también de un atardecer, llegando a Zurgena, en el que, cerca ya las desérticas tierras de Almería, me tuve que parar para contemplar el espectáculo de un cálido atardecer que teñía de rojo todo lo que alcanzaban a ver mis ojos; era una luz que hasta entonces sólo había visto en sueños y, una vez, algunos años antes, había creído vislumbrar (aunque no fuera la misma), en la Puszta húngara, sentado en una cerca de madera y contemplando, junto a Agnes, que me enseñaba su país, a unos jinetes que cabalgaban sin sillas de montar… Son muchas más las luces que puedo evocar de Hungría pero, si tuviera que escoger una, elegiría la de esta foto que tomé en un parque de Budapest y en la que un solo rayo de luz ilumina un banco, en el que uno no se atreve a sentarse para no romper el hechizo de la estampa. Sí que lo hice en Albacete, en la casa de mi madre, una vez que bajando la escalera, con un libro en la mano, me encontré con ese efímero rayo de luz iluminando uno de los peldaños, me senté allí mismo a leer… y nunca más se me ha ofrecido la ocasión.
Valencia, como ciudad mediterránea, tiene todas las luces que uno se pueda imaginar. Está tan cerca y tan presente que resulta difícil evocarla como recuerdo o elegir uno sólo de los momentos en los que su luz formó parte de una historia; pero me voy a quedar con una noche muy oscura, recién llegado allí a vivir, en la que Amparo, una de las primeras persona que conocí, junto a una amiga suya australiana y yo caminábamos de madrugada por el mercado de Ruzafa, abriéndonos paso en medio de una niebla espesa, que a duras penas rasgaban las farolas… no es una imagen muy propia de la ciudad, pero a mí me sirvió para escribir uno de los relatos de terror que me compraban en la editorial Valenciana para publicar, bajo pseudónimo, en la revista “SOS”…
Tendría que hablaros también de Casas Ibáñez, de sus noches de feria; no las de ahora, sino las de la infancia, las de los primeros años sesenta, cuando los puestos de los feriantes y quincalleros se alumbraban con una sola bombilla, de tan poca potencia que podía mirarse directamente sin que molestara a los ojos… o de las miles de estrellas que poblaban los cielos de aquellos veranos en los que todavía se oía cantar a los grillos y el corazón no se cansaba de latir apresurado… De Mariquita, en Colombia, cuando en la noche de cada siete de diciembre, las calles se iluminan con las velitas que los vecinos colocan en los corredores de sus casas, para recibir a la Virgen; uno puede pasearse por todo el pueblo en medio de esas llamitas temblorosas, que parecen oscilar al ritmo de las cumbias y los vallenatos que se escapan de las ventanas abiertas, como todo el año, de par en par… De algunos pueblos extremeños, como Villanueva de la Serena, Guareña o Trujillo, en los que las tardes de verano caen lentamente, como si la luz quisiera prolongar la contemplación de decenas y decenas de niños que corren y juegan por sus plazas, mientras cientos de pájaros las sobrevuelan sin descanso… Y la luna, siempre la luna, sobre el Cantábrico, en El Barquero, contemplada desde la casa de Natacha, apareciendo y desapareciendo tras las nubes que arrastra el mismo viento que silba junto a las ventanas de madera… Sobre los hielos azules del glaciar Grey, en Chile, gigantescos al fondo del lago, pequeños cubitos que tintinean musicalmente junto a la orilla en la que me he ido quedando solo a medida que caía la noche… En Córdoba, junto a las aguas del arroyuelo de Rabanales, a espaldas de la ciudad, cuyas luces cercanas sólo se aprecian en el resplandor que se refleja en la oscuridad del cielo… Y así, recorriendo cada rincón, hasta regresar a Requena, donde sus rayos blancos se colaban por la ventana de mi dormitorio sin persia
... (quiero leerlo todo)Qué pasa cuando no pasa nada

En la última novela de Luis Landero (Hoy, Júpiter), uno de los personajes, siendo todavía poco más que un niño, se levanta de la mesa, después de los postres, y anuncia a su familia: “Me voy a mi cuarto a leer”. La obra que está leyendo es de Calderón, La vida es sueño. Al final de una de sus escenas cierra los ojos y se pone a pensar hasta llegar a la convicción de que, al retirarse del comedor, lo que tenía que haber proclamado era: “Me voy para siempre a leer”… Y a partir de entonces vivió ya para los libros.
De esta bella novela, que me recomendó mi prima Esperanza y que yo os recomiendo a vosotros (con el mismo ahínco que os sugiero la lectura de Juegos de la edad tardía, si aún no la habéis leído), extraigo el título de mi carta de hoy. El mismo personaje, páginas después, siendo ya adulto, preparando una clase o un tema para las oposiciones, analiza el inicio de Tio Vania y, de forma bella y emocionante para el lector, llega a esa conclusión: “Qué pasa cuando no pasa nada: eso es lo que nos cuenta exactamente Chéjov”
¿Qué pasa cuando no pasa nada? Me decía a mí mismo que, si llevaba un mes sin volver a escribir en el blog, era porque no había pasado nada que mereciera la pena ser contado… claro que podría haber colgado algún texto, más o menos literario, sin necesidad de escribiros ninguna carta; o algo escrito por alguno de mis amigos o cuya lectura me hubiera emocionado (como he hecho otras veces), o haberos hablado de una biblioteca, de un algún restaurante como La Lola, del que hace tiempo que pretendo hablar y en el que estuve cenando un día con María, José María y los niños (David y Natalia); de algún amigo que se deje retratar… Pero, por lo que parece, cuando no pasa nada ni siquiera se tienen ánimos para escribir.
Ahora, después de un mes, lo hago desde Albacete. Creo que es 2 de octubre; no estoy muy seguro, pero por ahí anda la cosa; hasta el viernes no volveré a casa, así es que aún tardaré unos días en colgar esta nueva carta abierta en la que pretendo contar qué he hecho en todo este tiempo en el que no he hecho nada.
Como os contaba el último día, habíamos estado en la playa. Luego tuve que volver al trabajo y me pasaba las horas de la mañana en la oficina, a veces sin más asueto que los minutos justos para tomarme un café en el bar de la Santa. Por las tardes, ya en casa, repasaba matemáticas con David, leía novelas sin tapas, estudiaba algo de húngaro o de francés, traducía un par de frases latinas, rompía recortes almacenados durante años (al darme cuenta de que ya no los quería para nada), me asomaba a la terraza para ver a la gente pasear por la avenida… Un par de veces fui con Eliana a tomar un helado en la heladería donde Julie ha trabajado este verano; en una maceta del pasillo salieron unos hongos amarillos y les hice una foto (la he puesto para acompañar estas palabras, porque me resulta muy difícil encontrar una imagen para ilustrar “nada”)… Me cuesta creer que sólo fuera eso, pero no consigo recordar otra cosa. Luego volví a estar unos días de vacaciones. Como Eliana y Julie tenían que trabajar, nos íbamos solos los tres (David, Natalia y yo); fuimos a la playa (a Moncófar), también a ver el deprimente museo de Ciencias Naturales de Onda y a navegar por el río subterráneo de las Grutas de San José, en Vall de Uxó; fuimos un par de veces a la caseta de María, en Utiel, para comer al aire libre y bañarnos en la piscina; hicimos noche fuera de casa, camino de las Lagunas de Ruidera y alquilamos un patinete para navegar en una de ellas; buscamos las cascadas que hay en la cueva de Las Palomas, en Alborache, y en la cueva Turche, de Buñol; con la sequía apenas caía una fina cortina de agua en la primera, pero pudimos bañarnos en los pequeños lagos que se forman a sus pies.
Supongo que cualquiera de estas aventuras hubiera dado para contar mucho: de la playa de Moncófar guardo un par de recuerdos muy emotivos en los que me hubiera podido recrear, no era la primera vez que iba al museo de Onda y, además, de allí era un amigo del primer año de facultad, que colaboró en una revista que monté “Sin embargo…”, y que ayudaba a reprografíar desde el segundo número (aunque no tenía intencionalidad política, el primer lo hicimos con una multicopista, tan en boga durante los últimos años del franquismo); de Vall de Uxó era mi primera mujer, allí nos casamos (justo en la ermita que se levanta sobre las grutas), e incluso llegué a vivir allí durante un tiempo… y así podría haber ido rescatando otros recuerdos de Utiel, las lagunas de Ruidera, Buñol… Incluso sin evocar al pasado, hubiera podido recrearme en la narración de algunas anécdotas, como la comida que hicimos en una desolada terraza, en la que sobre una mesa sucia, una camarera con uñas renegridas le sirvió a los niños una hamburguesa y a mí un bocadillo; el baño era tan pequeño que encontré a una chica con la puerta abierta, porque no podía cerrarla para poder sacar los pies… En el Albergue Juvenil de Alborache, la directora no sólo nos impidió entrar a preguntar, sino que nos negó toda la información que le pedimos sobre el camino qué debíamos seguir o cómo hacer para poder utilizar las instalaciones algún día… nos indicó que si queríamos información fuéramos al Ayuntamiento de Buñol, pese a que estaba a varios kilómetros y cerrado en fin de semana; no lo hicimos porque yo recordaba que el camino por el que le preguntábamos nace precisamente frente a la puerta del albergue y, por más que ella quisiera ocultárnoslo, encontramos un mapa mural junto a la puerta. Los niños se quedaron bastante impresionados porque nunca habían visto a nadie así, pero yo (aunque ella no lo recuerde), la conozco personalmente, hemos coincidido incluso en alguna cena y, como cualquiera que la conozca, no hubiera esperado otro comportamiento de ella; si llegamos hasta allí a por la información fue porque, siendo fin de semana, confiaba en que en su lugar hubiera estado algún empleado que, como otras veces, nos habría dado alguno de los planos que tienen fotocopiados con el recorrido que nos interesaba y, como en otros albergues (Barcelona, Córdoba, Toledo…), además del teléfono para reservas, nos hubiera facilitado precios, temporadas, características y demás.
Así podría seguir contando nimiedades hasta llegar al día en el que volví al trabajo y a la rutina de lo cotidiano; pero el caso es que, ahora que os lo estoy contando, (diciendo que lo podría haber contado), me doy cuenta de cuántas cosas pasan cuando no pasa nada…. Ya no volveré a tener excusa para escribiros.
Entrega de premios (06.02.2007)

El sábado nos reunimos en Villatoya para hacer la entrega de los Premios Literarios “Emilio Murcia”, que se habían fallado (como ya os conté) el 23 de septiembre. De los miembros del jurado sólo vino Ana (Anichuí), pero también estaban algunos de quienes me ayudaron con las lecturas previas: Dolores y Nacho, Noelia, Ramona… No faltaron los ganadores, Fernando Flórez, de poesía, que viajó desde Asturias y Santiago Casero, que llegó desde Alcázar de San Juan con su encantadora familia. Vinieron también los dos mencionados de Valencia, Rafael Camarasa (de quien ya compartimos el poema Cerezas en este blog) y Miguel Ángel Ríos Padilla (“Ángel Padilla” para sus lectores), alguno de cuyos geniales dibujos tengo que mostraros un día, acompañado de su mujer y de su musa, Valentina di Nícola. “Perdonadme –les dije--, si por amor a la lengua latina, a la lengua castellana y al resto de las lenguas romances, no digo amigos y amigas o, lo que aún sería peor, amigos barra as” En realidad quería decir “amigos/as” o, incluso, “amig@s”, pero eso no podía pronunciarlo, así es que continué señalando que estábamos poniendo punto final a la IX Edición del Certamen Literario Emilio Mucia, los premios de poesía y cuento de Villatoya. Son nueve ediciones pero, en realidad, han transcurrido ya once años desde que, en el verano de 1996 se convocaran por primera vez. Los cambios de fechas que se han ido produciendo en sucesivas convocatorias han hecho que, al revés que Fileas Fog que perdió un día de su cuenta dando la vuelta al mundo, nosotros hayamos ganado dos años convocando a los narradores y poetas, leyendo los miles de cuentos y poemas que, desde todos los rincones de España, y aún del mundo, han enviado hasta ese pueblo de Albacete, tan pequeños que algunos de quienes escriben no sabrían encontrarlo en el mapa… Y diez años cumplidos, camino ya de los once, son un buen momento para pararse a rememorar y hacer balance. Así es que lo hice:“Tuve la suerte ser Concejal de Cultura en aquellos años tan difíciles para nuestro pueblo; y serlo, además, con Camilo como alcalde, quien (no sé si por sabio iluminado o por loco soñador), en mitad de días tormentosos me invitó a trabajar con él para que me ocupara de promocionar la cultura; pues en la cultura veía el futuro y, sin ella, (pensaba acertadamente), de nada serviría cualquier otro logro. Junto a él, quien, sin ser concejala de Villatoya, hacía las funciones de tal con una ilusión digna de admiración: Inés Picazo. Inés, desde su puesto de auxiliar administrativo, yendo más allá de todas sus obligaciones, sin escatimar tiempo ni dedicación, apostó por todo lo que enriquece el alma, aunque no dé inmediatos beneficios materiales: la cultura, el asociacionismo, el voluntariado… Y llegó también, en el momento oportuno, la propuesta de Maribel Rubio, ofreciendo una cantidad de dinero para que, en la escuela, se creara un premio en memoria de Emilio Murcia; quien, además de haber sido su marido, su compañero y su cómplice, había sido un hombre bueno nacido allí… Siempre que lo menciono hago hincapié en lo de “hombre bueno” (el único de sus méritos que figura en la plaza que lleva su nombre), porque lo que he aprendido de él a lo largo de estos años es que, por encima de sabio, que lo fue; de político comprometido, que lo fue; de soñador, que lo fue… por encima de todo, fue un hombre bueno que como tal dejó recuerdo en quienes lo conocieran, ya fuera como vicerrector de universidad, como catedrático, como consejero del Principado de Asturias, como sindicalista o como director del Instituto Geográfico Nacional… sólo por citar algunas de las tareas de las que se ocupó en su corta vida… Un cúmulo de circunstancias y coincidencias que me empujaron a llevar una propuesta al pleno del Ayuntamiento y que, una vez aprobada, supuso la convocatoria de aquel I Certamen que a todos nos sobrepasó: tres veces más obras presentadas que habitantes había en aquel momento en Villatoya, la visita de escritores de excepción (como Fernando Lalana, premio Nacional de Literatura y de Rodrigo Rubio, premio Planeta) y tres primeros premios de los que dejan buen sabor de boca.” A los nombres de aquellos tres primeros ganadores: Luis Leante, en novela (en los primeros tres certámenes también se convocó esa modalidad); María Cristina Rodríguez Tuero, en poesía, y Florián Recio en relatos; siguieron los nombres de muchos autores, hoy apreciados por los lectores y que, en sus currículos y en las solapas de sus libros, pasean el nombre de Villatoya y el del Certamen, Emilio Murcia, por todas las librerías, bibliotecas y hogares en los que se ame la lectura. Estoy pensando, entre otros, en el asturiano Pepe Monteserín, la pacense Francisca Gata, nuestro paisano Miguel Ángel Carcelén, el aragonés Oscar Sipán, el gaditano Félix J. Palma Macías, el valenciano José Montoro, la madrileña Beatriz Jiménez de Ory… y así, entre premiados y finalistas, hasta un total de 50 que, con los galardonados esa tarde, llegaron a los 56… 56 autores a quienes corresponden otras tantas historias, cientos de personajes con los que conmoverse, con los que reír o llorar… cientos de versos que hacen florecer todo tipo de sentimientos (desde la melancolía a la rabia, desde el deseo más ardiente a la desazón, desde la nostalgia de la infancia perdida a la esperanza de un mundo mejor)… Cenicientas modernas (más de una), peluqueros obsesivos, amantes condenados al silencio o hermanas que no pueden escapar del odio que las liga, náufragos y mendigos del amor, curas mafiosos (también más de uno), cobardes toreros y niños tan malvados como los de la vida real, personajes secundarios de obras famosas (Don Quijote o El diablo Cojuelo), escapados para vivir su propia aventura…Soldados que vuelven después de la derrota… Literatura en suma que os invito a gozar con la lectura de las obras premiadas porque, año tras año, convocatoria tras convocatoria, el Ayuntamiento de Villatoya, en otro rasgo de generosidad, las ha ido editando para que todo el mundo pueda disfrutarlas… Por eso no os cuento más, os propongo que leáis. ¿Cómo? Pues muy sencillo, sólo tenéis que pedidme un ejemplar y yo os lo mando.
En otros países (27.01.2007)

Tuve un amigo que fue gobernador de una ínsula… No, no fue Sancho Panza (por más veces que leí el Quijote, nunca llegué a conocerlo en persona); además, el que yo digo, vive todavía; vive y gobierna a su manera. Se trata sólo de una parábola, alegoría, apólogo o fábula que sigue así: Cuando este buen hombre se interesaba por un tema, ésa era la cuestión de la que debía ocuparse todo el país; si, por ejemplo, amanecía fascinado por la vida natural y ecológica, todos en su ínsula habían de volverse vegetarianos, los periódicos adquirían el formato de la revista Integral y en sus páginas sólo se hablaba de la energía solar y las propiedades de la soja; las emisoras emitían música “new age” a toda hora y los masteres de la Universidad eran sustituidos por estancias en Findhorn (la imagen pertenece a una de las actividades de esta escuela escocesa de espiritualidad)… Hasta que, tiempo después, fascinado por la lectura de algún libro sobre la Sábana Santa, hacía girar la vida de su pueblo en torno a esa cuestión: reportajes en radio, primeras páginas de los periódicos en blanco, si no se encontraba cualquier hecho que tuviera relación con el tema (por nimia que fuera), viajes a Turín y debates en televisión… Luego serían los barcos de guerra (con las mismas consecuencias); y más tarde, por seguir poniendo ejemplos, la paz o las máquinas tragaperras… El caso es que todo en la vida de su ínsula giraba cada día en torno al tema que a él le interesase en ese momento, no sólo cómo si no hubiera nada más para los habitantes de aquel pequeño mundo, sino como si lo mismo fuera más allá de sus fronteras, como si así hubiera sido siempre y así fuese a ser hasta el final de los tiempos.
¿No os habéis sentido alguna vez vosotros como ese ególatra soberano? Porque yo (siguiendo con ejemplos), cuando me asomo a este cuaderno siento ese temor: ¿Hablaré una vez más de Colombia y la gente que allí conocí, de las niñas del orfanato, de mi libro de cuentos, de Publicaciones Acumán o los tejados que se ven desde mi ventana? Os aseguro que, aunque así sea, hay muchas más cosas de las que podría ocuparme a la hora de sentarme a escribiros:
- Nuevas y asombrosas lecturas, como la de la demencial Sin tetas no hay paríso o el siempre actual Relato inmoral de Wenceslao.
- El viaje relámpago a Salamanca, para recoger a Dora Elisa, que me sirvió para revivir por unas horas el año que allí pasé: Las clases en el palacio de Anaya, las comidas en La Luna (restaurante frecuentado por estudiantes, que tenía el mismo nombre que el de Casas Ibáñez del que pronto os hablaré), los pisos de la calles Mateo Hernández y El Greco en los que viví, las gentes que conocí y a las que sigo tratando (Tina e Inés), o recordando con cariño (Laura, Ana Sedano, Natalia, Lauren, Arantxa, Keit…), la revista de la facultad con la que colaboré (“Vanidades”), la biblioteca de barrio en la que por primera vez disfruté de las obras de Fernández Flórez que ahora estoy releyendo.
- La visita a Toledo, también con Dora Elisa, en compañía de María Isabel y Carlos… para que conocieran ellos, más que para seguir recordando yo, calles y plazas como las de Zocodover, como las del Hombre de Palo o del Pozo Amargo, cuyas leyendas bien podían ocupar estas páginas; callejones medievales, sinagogas, la Casa Museo del Greco (entre cuyas paredes de yeso pasé mis primeros años de funcionario), mazapanes, damasquinados, puertas de la antigua muralla, iglesias y Catedral, bordados de Lagartera, espadas y armaduras…
- Los molinos de viento contra los que, creídos gigantes, luchó Don Quijote, y que nosotros cuatro (los mismos de antes, atravesando La Mancha), visitamos en Mota del Cuervo, donde casi es obligado hablar también de otro personaje literario: Manolito Gafotas, de Elvira Lindo; como obligado es citar a Plinio, de García Pavón, cuando se visita Tomelloso; o a Sara Montiel en Campo de Criptana donde, por cierto, también se conservan bellos molinos.
- La grata tertulia que tuvimos en casa el sábado por la noche, para hablar de algunos de estos temas y de muchos otros, con Gregorio y Mari Carmen, Marisol y Ramón, Elena, Roberto, Ángel y Mamen, Grian… Todos volverán a aparecer por estas páginas, antes o después. Como tienen que aparecer, todavía, Mónica, los niños (Julie Paola, David y Natalia), Tina, Rafa…
- El domingo que pasamos Eliana y yo mostrándoles Valencia a nuestras invitadas: la plaza del Ayuntamiento, con sus nobles edificios (El Ayuntamiento, que le da nombre, Correos, Telefónica…) y sus puestos de flores; la Lonja y el Mercado Central, la plaza Redonda y la de la Virgen, la Catedral con sus tres puertas y su esbelta torre (El Miguelete), el Palacio de la Generalitat y el del Marqués de dos Aguas, la señorial calle de la Paz, la estación central de trenes… Las playas de las Arenas y de la Malvarrosa, acariciadas por las aguas del Mediterráneo, la futurista ciudad de las Artes y las Ciencias, el Palau de la Música, en mitad del antiguo cauce del río Turia… Y eso por citar lo que pudimos ver en un sólo día, que mucho es lo que se quedó pendiente, junto a la sensación de que somos vecinos de una hermosa ciudad.
- Estuve presente en la aclamación de Carmen Navalón como cabeza de lista del PSOE en Casas Ibáñez para las próximas elecciones municipales; ha sido siempre una buena amiga y va a ser una buena alcaldesa; como Llanos lo será en Villatoya… Esa misma noche cené con los miembros de mi antiguo taller literario: Manolo Calomarde, David Zafra, que vino con Loli, Noelia, Manolo Picó… Faltaron Irene y Jesús, pero no faltaron temas de los que hablar; antes, m&aacu
... (quiero leerlo todo)La procesión de los días (09.01.2007)

Hoy, para empezar a escribiros, le tomo prestado el título a Wenceslao Fernández Flórez; al que he vuelto a leer, con placer, después de mucho tiempo. Los Reyes me han traído sus obras completas, editadas por Aguilar en siete tomos… llevaba más de veinte años buscándolos. A veces, para empezar a escribir, cuando ya he perdido el hábito de hacerlo, tengo que buscarme una excusa como ésta, que me ayude a arrancar. Tenía otra preparada: “Esta mañana, cuando volvía al trabajo, en medio de la niebla me he encontrado con Irene, que andaba sola y sonriente, como siempre. Me ha recomendado que vea “Babel”, la última película de Alejandro González Iñárritu, antes de volverse a perder tras la densa cortina a que se cerraba a sus espaldas”
Cualquiera de los dos inicios me valía porque, en principio, pensaba hablar de libros y películas… aunque también de otras cosas; si me he quedado con la primera es porque el título de esta novela (que he terminado de leer esta misma tarde), me parecía muy adecuado para comenzar esta carta que también podría haberse llamado “Las doce uvas” o “Adiós para siempre”, como luego se verá.
Digo que hace tiempo que quería hablaros de libros, que casi nunca lo hago. De los que he leído estas Navidades: El hombre que fue jueves de Chesterton, Mi familia y otros animales de Gerald Durrell (no pude, sin embargo, con el Sebastián de su hermano Lawrence; aunque ahora lo estoy intentando con Justine y sí me está gustando), y una antología de Cuentos Colombianos… me vuelvo a quedar con El mago de Lublin de Isaac Bashevis Singer, que he releído después de varias décadas (¿nunca os he contado su cuento Cuando Shlemel fue a Varsovia? Pues merece la pena)
Pero ahora me doy cuenta de que eso hay que escribir en el momento, cuando las sensaciones que ha despertado la lectura aún están vivas; cuando, al llegar la noche, los personajes de las novelas se mezclan con nuestros amigos en mitad de los sueños; cuando basta con cerrar un momento los ojos para volver a sentir la caricia del tímido rayo del sol de invierno que iluminaba la página que leíamos junto a la chimenea, o en el banco del parque, solitario, en una fría mañana de Año Nuevo… E igual ocurre con las películas que se ven y no se cuentan; uno termina por olvidarse hasta del título (si no es de las que anuncian por televisión), y se queda sólo con alguna escena, con alguna imagen suelta o unas pinceladas de la historia, como la de aquellos dos hermanastros que encontraron el amor (o algo parecido), después de los treinta años, en “Las partículas elementales”, que al final dejan mejor sabor de boca que las películas de fantasmas (como “Scoop” o “Volver”, por muy de Woody Allen y Almodóvar que respectivamente sean)… Mas si hay una de estos últimos días que nunca voy a olvidar, aunque la viera en televisión, es la de “Dogville” (a la que pertenece la imagen que he escogido para acompañar este artículo).
Decía que había más cosas de las que hablaros, aparte de los libros y las películas… Quería mencionar también la muerte de Rafa, con quien trabajé codo a codo durante veinte años (hasta hace sólo unos meses), y no sólo en la oficina, sino también en la radio, en el teatro, en algún proyecto más idealista que político… Siempre estuvo ahí, cercano, en los buenos momentos (bodas, éxitos profesionales, presentaciones de libros, premios literarios…) y en los malos (enfermedades, separaciones, muertes de seres queridos…). Veinte años, a razón de 365 días por año y una media de 7 u 8 horas al día, son muchas horas de convivencia, como para no sentirlo enormemente… pero hablaremos de él cuando podamos hacerlo sin la tristeza de su ausencia, sólo con la alegría de haberlo conocido.
En fin, que muchos han sido los motivos y las excusas que tenía para volveros a escribir y, hasta hoy, no he sabido aprovechar ninguno de ellos… Lo mismo que me ocurrió al comerme las uvas, cuando pasábamos de uno a otro año: Se me olvidó formular deseos, hacer propósitos encomiables, apadrinar buenas intenciones… Me di cuenta al acabar y no supe muy bien si había perdido una ocasión o así estaba mejor puesto que, no mucho antes, estuve pensando (tomando conciencia), de todos esos planes que uno arrastra consigo desde que recuerda y que nunca llegan a realizarse: aprender inglés, adelgazar, dejar de fumar, ahorrar para la vejez… Hasta había empezado una lista de todas aquellas cosas a las que iba a decir adiós para siempre… Una lista que se quedó abierta, pero que bien podría ajustarse ahora, por aquello de las doce campanadas, de las doce uvas:
Adiós para siempre a
· tener un hijo biológico… me quedo definitivamente con Julie, David y Natalia; como me hubiera quedado en su día con Sandra o hasta con Alejandro, a quien le enseñé a distinguir las puertas de las ventanas y el agua de la lluvia… y si tres son pocos, pues ahí están todas las niñas del Hogar Niña María, para ser queridas y cuidadas en la medida de lo posible.
· aprender inglés… aunque lo cierto es que nunca lo intenté del todo. Ni italiano, ni gallego, ni catalán siquiera. Me quedo con el húngaro, que elegí sobre el mapa de Europa, cuando era poco más que un niño, y con el francés, que me obligaron a estudiar en el bachillerato y que ahora voy a leer por mero placer.
· aprender griego (vamos ahora con los clásicos), por más que me lo recomendara Torrente Ballester la única vez que tuve la ocasión de hablar con él (“Hasta que no haya leído La Odisea en griego –me dijo--, no habrá leído nada”)… Pues me quedo con el latín, que me enseñaron a estudiar como si de resolver un enigma policiaco se tratara.
· leer los cientos de peri&o
... (quiero leerlo todo)Felicitación de Navidad (18.12.2006)

Para todos los que me pedisteis menos de lo que necesitabais y me disteis más de lo que podíais.
Algún otro año, como felicitación de Navidad, he mandado una foto de la familia al completo, de los cinco… Y ahí seguimos, para quienes los conocéis y para quienes no los conocéis: Julie, David y Natalia, creciendo (en estatura y sabiduría); Eliana peleando con los cuatro, mas sin perder la belleza de dentro ni la de fuera; y yo, aunque con más canas en la barba, como siempre, que ya estoy muy mayor para cambiar… Y eso que éste ha sido un año lleno de cambios: nuevo trabajo para mí, nuevo hogar para la familia, nuevo libro (y ya se está agotando la segunda edición de Historias de gente sin historia), y, como ya he contado en varias ocasiones, nuevo viaje a Colombia, en octubre pasado, esta vez solo…
Cuánto bueno, ¿verdad? Pues aún ha habido algo mejor: A lo largo del año, con la ayuda de Publicaciones Acumán, de muchos desconocidos y de algunos de vosotros, hemos conseguido buena parte del dinero que nos propusimos enviar a Colombia, para financiar los proyectos en los que me embarqué durante las Navidades pasadas: el del albergue de paso para los ancianos sin recursos y el de la ampliación y el mantenimiento del Hogar Niña María, donde se acoge a niñas con alto riesgo físico y moral. Durante mi viaje de este otoño pude ver el solar que se ha comprado para construir el primero y las obras de mejora que se han hecho en el hogar de las niñas, porque la ayuda ha alcanzado no sólo para la comida, la ropa, el material escolar, las medicinas y demás gastos del día a día, sino también para seguir mejorando las condiciones en las que viven y haciendo crecer las instalaciones para que, dentro de poco, sean más las niñas que encuentren en él un refugio en su huida de la violencia, los abusos, las vejaciones y hasta las violaciones a las que se ven sometidas… En total, hasta la fecha, han sido 15.200 los euros enviados.
Bueno, pues por todo esto que os cuento, la felicitación de estas Navidades no va acompañada del tradicional “christma” o de la foto de la familia, o con un dibujo de los niños… Este año es una foto de alguna de ellas (podéis verlas a casi todas pulsando en este enlace).
Y sabed que, cuando miraban a la cámara, os sonreían a todos los que anónimamente estáis ayudando, y no decían “patata” o “güisqui”… sino “¡Gracias!” y, por supuesto…
¡Feliz Navidad!
Quinto viaje a América... Tercero a Colombia (04.11.2006)

Ayer me preguntaba María por los olores de Colombia (“me gustaría que junto a todos los cachivaches que traerás de tu nuevo país, me enviaras un pequeño frasco con los olores de cada lugar que has visitado y de todos los sabores que has probado”). Me sorprendió darme cuenta de que, entre tantas y tantas imágenes como me han acompañado en mi vuelta, no he traído conmigo el recuerdo de ningún olor que me impactara… Justamente ahora, cuando lo último que estoy escribiendo se va a llamar "Dónde habitan los olores"; próximo capítulo de Déjame que te cuente en el que trato de narrar dónde vive el olor de la infancia, cuando nos hacemos mayores; el del frío, cuando llega el verano; el olor de los sueños, cuando estamos despiertos... hasta el olor de la muerte, cuando ya hemos enterrado al ser querido que murió.
Será tal vez, le expliqué, que siendo tantos los sabores que me hechizaron, no me quedó capacidad para almacenar más sensaciones. A éstos habría que sumarles los colores de tanta y exuberante vegetación, de las ropas con que visten y hasta de las pinturas con que alegran las paredes de sus casas… el sonido de la lluvia torrencial que me acunaba casi todas las noches, la música que se escapaba por las ventanas de cada casa, el dulce acento con el que los colombianos hablan su lengua, que también es la nuestra… Mas yo le mencionaba a María los sabores y, al hacerlo, pensaba en todas esas frutas que para nosotros son exóticas y que allí ayudan a calmar la sed y recargarse de vitalidad. Me encantan el mangostino y el anón, pero también la granadilla, el lulo y los jugos de arazá, badea, guanábana y marañón; sé que no me gustaron tanto los de tamarindo, papaya o carambola... Y hay otras frutas que he comido (o bebido), pero cuyo sabor no puedo recordar (curuba, mamey, pitaya...) No me importa probar cualquier tipo de vegetal, pero para las carnes soy más aprensivo; en este viaje le di una nueva oportunidad a la chunchulla (tripas fritas), y me atreví, por primera vez, a comer hamburguesas del Corral (dicen que están hechas con lombriz de tierra)… Los jugos sí. Hay una frutería (“Pachamama” se llama y os la recomiendo; un día hablaré de ella en el apartado de “Cafés, bibliotecas, librerías y otros lugares de interés”), donde los hacen en el momento, por menos de un euro y de la fruta que escojas… Sólo hay un problema: los “vasitos” tiene una capacidad de un litro, y no siempre apetece beberse tanto zumo.
Por cierto, que nadie vaya a pensarse que es zumo lo que estoy bebiendo en la foto que ilustra esta entrega… Claro que, aunque sí está tomada en Colombia, tampoco es de este viaje… En éste me moví de otra manera (si alguien tiene curiosidad que eche un vistazo a esta otra foto… o a ésta… o que sé dé una vuelta por la página de Publicaciones Acumán, donde he dejado una carta abierta a todos los que están colaborando con los proyectos de Colombia).
La verdad es que hubo tiempo para todo… para almuerzos y reuniones que podríamos considerar de “trabajo” con las hermanas de la Fraternidad Misionera Betlehemita, los miembros de la Fundación Madre Teresa de Calcuta y los del Núcleo de Trabajo por la Vida, la Paz y la Justicia, pero también para jugosas comida en familia (la “frijolada” de Marina, el Ajiaco de Carolina, los huevos criollos que alguna mañana fritaba Gloria, mi suegra, y me ofrecía acompañados con arepas, la cena española que preparamos en Bogotá dos noches antes de mi partida: tortilla de patatas, ibéricos, quesos… y vino), largas horas de tertulia, cervezas, algún trago de ron viejo de Caldas, compras de libros en las surtidas librerías de la capital y hasta en un puesto callejero de La Dorada, en el parque de las iguanas; viaje en barca por el caudaloso río Magdalena, en buseta por la sabana del norte de Bogotá, hasta las ciudades de Zipaquirá (con su impresionante catedral de sal) y de Chiquinquirá; algunos mimos personales; la participación, como invitado, en el taller de novela que dirige el escritor Juan Manuel Silva y, eso sí, todas las mañanas, tan pronto como empezaba a amanecer, una caminata de casi hora y media, con mis suegros (Gloria y Jorge), por los bellos alrededores de Mariquita, recreando la vista en las escarpadas montañas del Cerro Lumbí, en la frondosa vegetación (húmeda, todavía, por las torrenciales lluvias de la noche), que se convierte en frondoso bosque a los pies del Cerro de la Cruz y alcanzando a ver, si el cielo estaba limpio, la blanca cima del Nevado del Ruiz… por cierto que también estuve paseando por el parque que ocupa el lugar de la ciudad de Armero que, tras la erupción de este volcán, despareció en una sola noche, dejando más de veinticinco mil muertos y la imagen tristemente célebre, de la niña Omaira, agonizando durante días ante las cámaras de televisión.
… Y, por último, está la gente. Esas más de cien personas, que bien podrían ser personajes de una calidoscópica novela, pero con las que tuve la oportunidad de relacionarme directamente, desde el abrazo a Iván y Alba Lucía (que fueron a recibirme al aeropuerto de El Dorado), hasta “Yanet”, la compañera de viaje en el avión de regreso, e incluyendo en el número, por supuesto, a las treinta niñas acogidas en el Hogar Niña María, con las que pasé una agradable mañana de sábado, viendo sus actividades, comiendo helados, contestando a sus innumerables preguntas, tratando inútilmente de aprender sus nombres y fotografiándome con cada una de ellas. Hablar de toda esta gente, mencionarla al menos, lo dejo para una próxima ocasión… Será otro día.
La vida es una tómbola (07.10.2006)

Amador siempre dice que, cuándo éramos pequeños, yo quería ser “feriante”. Lo que yo recuerdo es que quería serlo todo; aunque me imagino que lo mismo os ha pasado a cada uno de vosotros: Desde carpintero a médico, desde misionero a cantante, desde portero de fútbol a periodista… El afán por escribir y por viajar me acompañaron siempre; pero es que éstos no eran incompatibles con todos los demás. Un profesor del instituto de Casas Ibáñez me vaticinó que nunca sería nada; pero, años más tarde, al acabar C.O.U. en Valencia, otro me dijo que yo podría llegar a donde me propusiera… El del pueblo se acercó más a la realidad, pero durante muchos años, si me esforcé por conseguir algo en la vida, fue por llevarle la contraria, no porque tuviera verdadero interés en ninguna de las carreras que comencé… El otro día fui al cementerio de Casas Ibáñez, que era uno de mis lugares preferidos en la adolescencia (incluso lugar de encuentro en citas clandestinas con la novia de un amigo… convencidos de que allí nunca nos iban a encontrar), y entre los recuerdos, me tropecé con la tumba de aquel hombre. Me dio verdadera pena. Era un mal profesor y una mala persona, pero resulta que lo recuerdo con cariño…
Mas volvamos a los feriantes. Aunque no lo fui, uno de los juegos que en mi niñez se estilaban era el de hacer tómbolas en las que se rifaban todo tipo de juguetes de plástico rotos y tebeos gastados por el uso. Creo que lo reflejé en uno de los capítulos de La Calle de Atrás, uno que se llamó “Luchas y tesoros”. No estoy muy seguro, pero luego lo busco y, si me da tiempo, lo coloco también en el blog, por si a alguno de vosotros le apetece leerlo. Lo de las tómbolas surgía espontáneamente, nunca supe cómo, pero de pronto alguien la hacía y poco a poco todos los niños se iban contagiando y montando las suyas en las puertas de sus casas… Si hice alguna fue dejándome llevar por la corriente, así es que el único mérito que me cabe es el de haber montado el Teatro Circo “La Ponderosa”, en cuya única función no sólo hubo magia, canciones y volteretas, sino también la representación de una obra de teatro que yo mismo escribí sobre la muerte de Viriato, episodio que, al parecer, me impresionaba. Las entradas se vendieron a dos reales y estaban impresas de verdad pues, como otras veces, Jesús Gòmez, el impresor con quien todavía me paro a hablar alguna vez, nos siguió la corriente y se prestó a hacérnoslas.
Cuando años después conocí a Ana no me enamoré de ella porque sus padres hubieran sido feriantes, ni porque la imaginara nacida entre tómbolas y tiovivos, caballitos y coches de choque, sino por otras razones que no vienen al caso y las mayorías de las cuales estarán escondidas por los recovecos del inconsciente. Además, la historia de su familia la supe cuando ya salía con ella y lo único que cabía era escuchar las historias que me contaban, y lamentar que aquel fuera un tiempo pasado y que nuestro noviazgo no tuviera lugar en un carromato de circo o la taquilla de una montaña rusa.
Mas si cuento todo esto no es tanto por recordar viejos tiempos como porque me sirve de prólogo para deciros que la otra noche (hace ya unas semanas), tuve la ocasión de hacer realidad ese sueño y estuve “trabajando” en una tómbola de verdad, en las fiestas de Alborea. Verdad es que mi colaboración se limitó a vender boletos durante unas horas y entregar algún premio pequeño, algún encendedor, libro o botella de vino… pero por un momento allí estaba, bajo las luces, al otro lado del mostrador, como un feriante más. La razón era bien sencilla, Cáritas, que monta todos los años esa “Tómbola de la Solidaridad”, me había ofrecido la recaudación de este año para los proyectos de Colombia (no vuelvo a describirlos porque ya los debéis de conocer todos y, si alguno no, puede verlos en la página de Acumán, a la que se accede pinchado aquí)… Bueno, no sé si al final la ayuda vendrá o no, pero para mí fue muy agradable ver realizado ese sueño de la infancia y constatar, una vez más, que nunca es tarde para nada, que la vida siempre nos da sorpresas y que lo que no ha ocurrido nunca, se hace realidad en un solo día… Que también la vida es una tómbola.
Y el título no es sólo por esto. Cuando de verdad se me ocurrió fue una semana después, cuando se reunió el Jurado del IX Certamen Literario “Emilio Murcia”. Cada vez que he tenido la oportunidad de vivir un momento así, he tenido la misma sensación. Más de quinientos trabajos se habían presentado a concurso entre las dos categorías. La mayoría de ellos malos o muy malos; pero unos veinte o treinta bastante interesantes y, auque la calidad de algunos de estos pudiera ser discutible, al final siempre quedan diez o doce cuentos y otros tantos poemas que podrían ser premiados perfectamente… pero el galardón ha de ser sólo para uno… Y ahí es donde me doy cuenta de lo relativo que es todo. Este año, Noelia y yo estábamos convencidos de que iba a ganar un relato llamado “El instante”, pese a ello, su favorito era “Seis” y el mío “Encuentro entre dos mundos”. Los demás nos parecían que estaban como de relleno. Los dos primeros que desechó el jurado fueron nuestros favoritos. Luego el que iba a ganar seguro. Al final el premio fue para “Sombras”, un bello relato, que a ella no le gustaba y que yo tuve que volver a leer para recordar. ¿Qué hubiera ocurrido si en el jurado hubiéramos estado nosotros, si hubiera tenido otros miembros o si, aún siendo los mismos, se hubieran reunido otros día?
Y así con todo. ¿Cómo llegamos a conocernos? ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Seguro que en el origen de todo, en la razón del primer paso que nos acercó aquel día, hay algo intranscendente, una nimiedad, una tonta decisión que podríamos no haber tomado porque daba igual y, sin embargo, eran el paso, la decisión, la ocasión que la vida nos brindaba para conocernos.
No quería irme por estos derroteros. No quería ponerme tan serio. Me estuvieron urgiendo para que entregara mi colaboración de este mes al “Casas Ibáñez Informativo”. Hacía semanas que el tema lo tenía claro; el tema, el título y un esquema… Pues bien, cada vez que me ponía a escribirlo me salía un borrador completamente diferente y nunca tenía un trabajo terminado para entregar… Y hoy, lo mismo: Sólo pensaba contar lo de la tómbola de Alborea y mira por donde vamos ya.
El otro día recibí un correo electrónico de Carmen Morales, desde México, en el que me decía que le estaban gustando los relatos de Historias de gente sin historia. Quise escribirle unas líneas para darle las gracias y le conté todo esto:
“Me alegra que te esté gustando la lectura de mis relatos; si hubiera sido oportuno, me hubiera gustado contar, al inicio de cada uno, la historia de cómo y cuándo nacieron, de los avatares que siguieron hasta adquirir esa forma definitiva en la que los estáis leyendo; porque ahí, de algún modo (junto a las anécdotas, las situaciones y los personajes de los mismos), está mi vida o parte de mi vida; desde "Galad y Sera", que debe de ser el más antiguo de los publicados y que escribí en Barcelona, cuando era un soldado que se negaba a vivir en el cuartel y tenía que ganarme la cama y la comida trabajando por las tardes (recuerdo la habitación de alquiler que compartía con un amigo chileno, al que le perdí la pista y que creo recordar que se llamaba Hugo Francisco "Noséqué" Cortés y con Agustín, que andaba por Roma dando clases de español la última vez que supe de él; la mesa camilla sobra la que leía los anuncios de trabajo del periódico
... (quiero leerlo todo)Próximamente... (13.09.2006)

He apagado la lámpara, que ya había encendido, para gozar de la hermosa luz del atardecer…
He abandonado lo que estaba haciendo, para escribirte en este momento mágico, que no puedo apresar, ni soy capaz de pintar con palabras, porque la calidez de sus colores antes sólo la había visto en sueños…
He abierto la venta de par en par para que, además de de la tarde que muere, entre también el olor de los tejados mojados, de la tierra empapada, de los árboles regados por la lluvia...
Te escribo sin mirar al teclado, sin apartar los ojos del paisaje, sin importarme que la página en blanco que simula la pantalla se vaya llenando con trazos rojos que señalan las faltas en las que incurren mis dedos… No importa, luego, cuando la noche caiga del todo, corregiré; pondré tildes donde no las haya, consonantes donde falten, espacios donde sean menester… Lo importante es que, cuando relea lo escrito, volverá a alumbrarme esta luz y volveré a sentir este aroma que creía olvidado.
La otra mañana, el día que se casó Mercedes, me ocurrió algo parecido… Pero era el amanecer y yo, como ahora que se pone, estaba de espaldas al sol que salía. Al abrir la ventana y dejar vagar la mirada por entre las sombras que se desvanecían, llegó hasta mí el aroma del pan recién cocido, que subía desde la panadería que está debajo de casa.
Ahora maúlla un gato, está más oscuro y el aire viene frío. Alguien llama al timbre, pero a mí me da pereza levantarme. Suena el teléfono, pero no me apetece cogerlo. Prefiero seguir pensando en el pan, en las panaderías que calentaban el horno quemando leña de pino y tan bueno era el olor de las leña amontonada a la entrada como el de las hogazas recién sacadas del horno, cuando todavía era de noche… Prefiero seguir mirando hacia un horizonte cada vez más difuminado, a las pequeñas ventanas que se van encendiendo en los edificios de enfrente, dando testimonio de que entre sus paredes hay vida: niños que hacen los deberes del primer día de clase, hombres y mujeres que se disponen a preparar la cena, que esperan una llamada de teléfono o a que comience el programa de televisión que les hará olvidar sus penas por un momento… quizás alguien lea un libro o escriba una carta o escuche la radio con la luz apagada.
…
Han pasado dos días desde que escribí el párrafo anterior. La inspiración se ha esfumado y no puedo seguir con el mismo tono… Hay temas que se quedan en el tintero para la próxima vez: la citada boda de Mercedes, el nacimiento de Pedrito (como aún no tengo ninguna foto de él, había pensado ilustrar la noticia con una de Tina, su madre, de cuando era pequeña, muy pequeña); el comienzo del curso para los niños; que Natalia quedó la primera en las pruebas de acceso para el conservatorio (pronto tendremos una clarinetista en casa… aunque ella se molesta cuando le digo que algún día podrá tocar junto a Woody Allen).
Las ideas corren más veloces por la mente que mis dedos sobre el teclado del ordenador.
“Cuando éramos pequeños, en el pueblo, había cine casi todos los días. Los lunes, miércoles y viernes, en sesión de noche; y el sábado y domingo, por la tarde y después de cenar. Eran películas para adultos, incluso algunas (como La mujer marcada), de las calificadas por la iglesia como 3R… Tarde años en saber que existían incluso las que habían obtenido un 4, pues ésas, como eran moralmente peligrosas para todos, no llegaron nunca a Casas Ibáñez.
Pero lo importante, para quiénes éramos niños, era la sesión que para nosotros se hacía cada domingo por la tarde: pocas películas infantiles, pero todas toleradas; la mayoría, todavía en blanco y negro (como la vida), aunque la tendencia se fue invirtiendo con el paso de los años y acabando siendo todas en color (como los sueños). El lejano oeste americano, las enmarañadas selvas africanas, las profundidades marinas, los dibujos animados, los enredos de los cantantes de la época, los niños prodigio, los valientes espadachines, el más difícil todavía del mundo del circo, las vidas de los santos… y un largo etcétera que empezaba a alimentar nuestros sueños desde el lunes anterior, cuando a través de los cristales del ambigú se mostraban a la calle los “cuadros”, ocho o diez fotogramas que incitaban a adivinar qué iba a ocurrir en la película, del mismo modo que los traílers que se proyectaban o los carteles que las anunciaban y que, desde mucho antes, ya estaba colocado en alguna de las paredes del cine, casi siempre con la leyenda de “PRÓXIMAMENTE”.
Pues del mismo modo, entrando aquí, podrás ir viendo algunos de los temas que estoy preparado para mi blog: los textos y autores que quiero compartir contigo, los amigos que te voy a presentar, los lugares que vamos a visitar juntos… El orden no será el establecido… pero no dejes de mirarlo de vez en cuando, porque tal vez tú andes
... (quiero leerlo todo)Lección de húngaro (04.09.2006)

Una de las preguntas que más veces me han hecho es la de por qué estudié húngaro. Parece que lo normal es aprender inglés y, en todo caso, los que ya están “demodé”, francés; los que quieren hacer de esa segunda lengua una fuente de ingresos, alemán (algunos, con el mismo argumento, ruso o chino); quienes piensan en el futuro, árabe; los “aznaristas”, catalán (para hablarlo en la intimidad); los miembros de la casa real, vasco o vascuence (lo de “euskera” sólo deberían decirlo los que lo estén hablando)… Mejor dejemos a un lado el latín y volvamos al principio: ¿Cómo se me pudo ocurrir, cuando nuestro país aún no estaba en la Unión Europea y el de ellos todavía formaba parte del Pacto de Varsovia? Pues por eso; quizás hoy no se me hubiera pasado por la cabeza, pero a principios de los años ochenta, recién llegado a Castellón, tuve la tentación de conocer algún país, alguna cultura, que fuese muy diferente; me propuse huir de lo tópico: Oriente, la paradisíacas islas del Pacífico, el África negra… y así, repasando el Atlas una y otra vez, con el mismo ahínco que de niño buscaba en los mapas un país que se llamase “Guachilandia” y que nadie conociese (ésa es una historia que tendré que contar otro día); descubrí Hungría que, aún estando en la misma Europa, tiene una lengua que no es ni latina, ni céltica, ni germánica…. en realidad no es indoeuropea y, además, en aquellos tiempos, todavía era un país comunista (una República Popular), no sólo no está junto al Mediterráneo, sino que ni siquiera tiene mar... Todo se me antojaba diferente a lo nuestro y, sin embargo, cuando fui por primera vez, descubrí que los hombres y mujeres sí que, a pesar de todo, eran iguales (qué bonito lo canta Rafael Amor en sus canciones: “siempre quedan iguales en el adiós los pañuelos, y las pupilas borrosas de los que dejamos lejos, los amigos que nos nombran y son iguales los besos y el amor de la que sueña con el día del regreso.”)… Eso fue entonces, ahora, cuando vaya la próxima vez (¿este año por fin?), tendré la sensación de no haber salido de aquí, salvo por los rótulos que señalen la farmacia (gyógyszertan), el cine (filmszínház), la librería (könyvesbolt), la dirección al aeropuerto (repülőtér) la estación de tren (vasútállomás)… Y salvo porque no entenderé a nadie por las calles, ya que, desgraciadamente, lo de estudiar húngaro no ha pasado de ser un deseo durante este cuarto de siglo…
Que, con tanto hablar, no se me olvide que el motivo de esta carta, de esta nueva circular, es el de quejarme de tu doloroso silencio. Si os escribo así a todos, a la vez, parece que es mentira. Cada uno puede pensar que, si me acordara de él, le escribiría directamente: “ mi querida Princesa”, “recordado Quijano”, “inolvidable Amapola”, “entrañable Lobo”… Y sin embargo, te aseguro que cada mañana, al despertar, cuando pierdo la mirada por las terrazas que se divisan desde la ventana del dormitorio, hay un momento en el que me acuerdo de ti… Voy a tratar de poner esa vista para ilustrar esta carta abierta; puede que no parezca hermosa, si no contempla pensando en ti, pero a mí me atrapa cada mañana, mientras amanece a mis espaldas y el pueblo empieza a despertar.
Mirar por las ventanas de la nueva casa es una de las cosas que más me relajan. Creo que hay doce y al menos tres de ellas son enormes ventanales que van desde el techo a la pared, el sol entra a raudales por los cuatro puntos cardinales y estoy tan a gusto aquí que estas fiestas de Requena apenas he salido a la calle (la mayoría de los actos se pueden ver desde la terraza, porque estamos en el centro del centro). Donde sí fuimos fue a la feria de Casas Ibáñez, para presentar el libro el pasado domingo por la mañana; me hubiera gustado contártelo con detalle, porque la nota que han puesto en la página de la editorial es muy escueta… aunque lo bueno es que hubieras podido escuchar las emotivas palabras de Noelia, de Miguel Ángel Carcelén y de Gregorio, el alcalde de Casas Ibáñez del que os hablaba en la carta anterior.
A todo esto, ya me estaba olvidando de que había empezado hablándote de mi interés por el húngaro. Pues resulta que, cuando por fin elegí el país, la lengua y la cultura que iba a estudiar en profundidad, resultó que en España no existía tal posibilidad. Escribí un par de veces a la Embajada de Hungría en Madrid, pero no me contestaron y decidí olvidar el asunto hasta que en 1984 (¿tú ya habías nacido?), estando en Salamanca, en la Facultad de Filología (donde yo era alumno de primero pero, con mi barba y mi calva, todos me confundían con los profesores), hallé el anuncio de un curso de iniciación al húngaro, que iba a impartir la profesora de Budapest Gergelyi Ágnes, aprovechando su estancia en España… Fui uno de los cuarenta y un decididos que se inscribieron y uno de los siete que lo acabaron (aunque sin que mi oído carpetovetónico fuera capaz de distinguir el sonido de sus catorce vocales). Todavía conservo el libro y los apuntes del curso, el recuerdo de una compañera de La Rioja, que se llamaba Ana, que conocía casi todas las lenguas del mundo y soñaba con formar parte de algún harén árabe y, lo que es más importante, la entrañable amistad de la profesora, que acabó siendo Inés y no sólo me abrió las puertas de su ciudad y de su país, sino que también me hizo un hueco en su casa y en su vida… Aunque eso debería contarlo otro día, porque hoy, como te he dicho antes, no tengo tiempo para escribir y si me he puesto a hablar del húngaro es porque, gracias a todo lo que te he contado, conocí un poema de Ady Endre (Elbocsátó, szép üzenet), que nunca he sido capaz de comprender entero, pero cuyos dos primero versos siempre me han impresionado, porque dicen algo así como: “Cien veces me despedí de ti… ésta no es la vez ciento una, sino la última vez”. Cuando iba a empezar esta breve nota lo recordé porque mi intención es que ésta sea la última “circular”… Aunque no la última vez que te escriba. No quiero que mis mensajes se conviertan en “spam”… La idea no es de hoy, sino de hace tiempo, de tanto tiempo que he tenido el suficiente para encontrar y preparar una alternativa: mi blog, un lugar donde ir escribiendo para qu
... (quiero leerlo todo)